La mujer que volvió de la muerte

Empezamos el 2022 en El Disparaletras® hablando de uno de esos cuentos icónicos de nuestro amado género del terror, y uno de los más representativos de la corriente gótica española del siglo XIX. Se trata de una narración que sin duda encontrarás no solo en cualquier colección de su autora, Emilia Pardo Bazán, sino en casi la totalidad de las antologías de cuentos de terror en nuestra lengua. Aguda y lúcida reflexión sobre el fenómeno de la resurrección, y eclosión pura del estilo romántico aplicado al género sobrenatural, hoy hablaremos de esa pequeña obra maestra llamada «La resucitada».

La resucitada. Antología de cuentos oscuros, de Emilia Pardo Bazán. El Gallo de Oro, Bilbao, 2021. 150 páginas

Doña Dorotea de Guevara ha muerto. Sus restos descansan en la nave central de la capilla del Cristo, un recinto sagrado que su familia, los Guevara Benavides, tienen en patronato. En plena noche, y sin que nadie la esté velando, Dorotea recupera inesperadamente la consciencia. Su ataúd aún está abierto, ya que se ha planificado que sea conducido, durante la mañana, al panteón subterráneo de la familia.

Tras unos minutos de estupor, Dorotea recupera el conocimiento y es consciente de en dónde se encuentra y de cuál es su condición. Contrariamente a lo que cabría esperar, se toma con suma calma el hecho de su resucitación. Sale del ataúd y busca racionalmente la manera de escapar de la capilla y de regresar junto a su familia, que llora por ella en la mansión aledaña. Accede sin problemas a las llaves que cierran la verja de la capilla y en pocos minutos está ya en la calle. Con la misma calma, aunque alimentando la esperanza de contemplar la alegría sin igual con la que su familia la ha de recibir, llama a la puerta de su casa. Tanto los criados como su marido y sus hijos la reciben con espanto, pero pronto todos manifiestan esa felicidad irracional que se desprende del milagro… O casi.

Durante los días subsiguientes se llevan a cabo misas de agradecimiento en la capilla del Cristo y convites fastuosos en la mansión de los Guevara Benavides para celebrar el retorno de la resucitada. No obstante, doña Dorotea comienza a sentirse poco a poco rechazada por sus hijos, por su marido, don Enrique, e incluso por sus criados. Todos la contemplan como a un ente extraño, como a alguien que no debería estar allí. No importa lo mucho que se arregle y se perfume para despertar el deseo de su marido: el hedor de la muerte, la sombra destructora a la que inconcebiblemente ha derrotado, la persigue allá donde vaya… Finalmente, y resignada a la idea de que no se puede escapar de la muerte, doña Dorotea de Guevara se recluye voluntariamente en la cripta mortuoria de la familia. Se acuesta, apaga con su pie el cirio y se deja envolver por la oscuridad…

«La resucitada» es quizá el más célebre de los más de quinientos cuentos que escribió Emilia Pardo Bazán

Doña Emilia Pardo Bazán emplea aquí la técnica de la inversión narrativa, sin duda con el objetivo de encarar la tan trillada temática del entierro prematuro mediante una perspectiva original. Ya hemos analizado en este blog el subgénero temático del entierro prematuro dentro de la literatura de terror sobrenatural; a partir del relato escrito por Edgar Allan Poe en 1844 —accede al análisis que publiqué en su día desde aquí—, el tema se convirtió en una parada casi obligatoria para cualquier escritor del género. La originalidad en el tratamiento por parte de Emilia Pardo Bazán consiste en eliminar todo rastro de claustrofobia en el personaje central en el momento de recuperar la consciencia —en el momento de resucitar, según la concepción sobrenatural del cuento—. Doña Dorotea no solo tiene la fortuna de encontrarse con su ataúd abierto, sino que ni siquiera tiene que padecer el encierro en la capilla hasta la mañana siguiente. Con las llaves de la iglesia a mano, en pocos minutos estará respirando el aire libre de la calle. Este comienzo ya supone una vuelta de tuerca importante en las bases del discurso: lo más pavoroso del hecho de regresar de la muerte ya no es el encuentro con esas «barreras» tras las cuales los vivos aíslan a los difuntos.

Más adelante, y a raíz de este planteamiento tan poco usual, será donde Pardo Bazán muestre su genio… Porque el haber escapado a la «trampa mortal» de la sepultura no impide que doña Dorotea de Guevara empiece a padecer una extraña sensación de claustrofobia en su propia mansión, acompañada de sus seres queridos. Lo peor no ha sido despertar recostada en el interior de un ataúd, sino la sensación de que la muerte, ahora, va con ella a todas partes. Es inútil que se maquille o se empolve la cara: la tonalidad cetrina de la defunción delata su condición de resucitada; no importa la cantidad de perfumes o esencias que se eche encima: la pestilencia del sepulcro ha impregnado su cuerpo, estigmatizándola como a alguien que ha vuelto de donde la gente no debe volver.

Finalmente, doña Dorotea de Guevara comprende y acepta su realidad inapelable: el «error» que ha supuesto su inesperada resurrección no puede ocultar la realidad. Lo cierto es que, en verdad, ha muerto, y es su deber ocupar el lugar que corresponde a los muertos. Una noche, en secreto, acude a las profundidades de la cripta, se encierra voluntariamente en el panteón y se deja envolver por la oscuridad. Aunque el cuento no lo exprese, es indudable que su familia se sentirá aliviada.

El cuento es de una factura impecable y está desarrollado a través de un primoroso estilo decimonónico. Hace gala de un exquisito vocabulario y de una estructura de frases preciosista y esmerada, otorgando una extraña belleza macabra al tratamiento del tema. A su vez, comunica a través del subtexto una serie de reflexiones que enriquecen notablemente el mensaje de la narración. La resurrección —sin duda producto de una catalepsia, enfermedad que obsesionó a muchos de los autores del terror del XIX— supone la ruptura de un orden demasiado rígido y hermético. Esta ruptura solo es posible en apariencia o, a lo sumo, transitoriamente, pero tarde o temprano las aguas volverán a su cauce y los muertos, separados por error de su entorno natural, volverán a sus tumbas. La muerte, además, se presenta aquí no como la culminación de los males y las enfermedades, o como su consecuencia más inevitable, sino como una enfermedad más, un mal que se manifiesta en síntomas, olores, tonalidad de la piel…, y algo más: algo sin duda intangible, tal vez inexplicable, pero que termina por espantar irremediablemente a las personas que componen el entorno de Dorotea de Guevara. Es algo antinatural, contra lo que no pueden luchar, y que es imposible de racionalizar; por tanto, solo se torna comprensible cuando vuelven a establecerse los parámetros de ese orden (el Orden, como diría Borges): los muertos en sus tumbas, bajo tierra; los vivos en la superficie.

Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

Emilia Pardo-Bazán y de la Rúa-Figueroa, condesa de Pardo Bazán, nació en La Coruña en 1851. Durante su vida se dedicó intensamente a la literatura en casi todas su vertientes: fue novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poetisa, dramaturga, traductora, editora, catedrática, conferenciante y activista por el feminismo. De entre su extensa obra destacan la novela Los pazos de Ulloa (1886), la recopilación de artículos La cuestión palpitante (1883) y la novela La tribuna (1883) obra fundacional del naturalismo en España. Fue la primera mujer socia del Ateneo de Madrid, registrándose su ingreso en 1905, y una de las primeras intelectuales en exponer, mediante su obra narrativa y ensayística, los problemas de la mujer en la sociedad de los siglos XIX y XX en España. Se declaraba a sí misma como «feminista radical», y creó, entre otros aparatos literarios de reivindicación del feminismo, una Biblioteca de la Mujer, una colección de libros de temática feminista que fundó en 1892 y que dirigió hasta 1914. Es de público conocimiento —y fuente de millones de especulaciones espurias— su gran amistad con el escritor Benito Pérez Galdós, relación que nos ha legado un más que interesante y jugoso intercambio epistolar. Emilia Pardo Bazán murió en Madrid en 1921.

Creo que no había mejor manera de empezar este 2022 que con la lectura y el análisis de esta pequeña pero impagable obra maestra sobre la resurrección truncada; un cuento magistral que, por derecho propio, ocupa un lugar de privilegio entre las mejores narraciones de terror escritas en España.

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