Panorama desde el puente

La mañana plomiza se desparramaba sobre el río quieto y la ciudad moribunda. La línea de casas bajas y bloques de apartamentos más allá del ribazo emanaba un silencio lóbrego: la extinción masiva de los habitantes. Era un día ideal para apoyar las manos sobre el gélido pretil del puente y saltar al vacío, al frío abrazo de las aguas inmóviles, al túnel ensordecedor de las profundidades.

La vista desde el puente no arrojaba esperanzas de redención. Más allá de esta perspectiva infecunda yacía, inmóvil, todo aquello que alguna vez fue.

Solo el tiempo insensible transcurrió sobre el pavimento helado del puente; ninguna presencia física perturbó la calma de las aguas inmutables. El panorama no se modificó y nadie, jamás, contempló aquella postal desoladora.

Expediente Ligotti. Parte VI: la apoteosis de lo inmaterial

La última entrega en este blog de nuestro «Expediente Ligotti» nos había dejado en 1994, con la aparición de Noctuario. Para adentrarnos en el análisis de su siguiente obra publicada en español —y disponible a día de hoy— hemos de efectuar un significativo salto cronológico hasta el año 2006, cuando hace su aparición Teatro Grottesco. En medio ocurrieron más cosas: la publicación, poco después de Noctuario, de La agónica resurrección de Victor Frankenstein y otros cuentos góticos —compilación que ya analizamos en el «Expediente Ligotti. Parte III»—, la edición de las colecciones de cuentos My Work Is Not Yet Done: Three Tales of Corporate Horror (2002) y Sideshow, and Other Stories (2003), y del poemario Death Poems (2004), obras aún no publicadas en español. Estos trabajos marcan un punto de crisis en la carrera de Thomas Ligotti y jalonan la metamorfosis final de su tratamiento de la ficción; este proceso evolutivo daría como resultado el fascinante volumen llamado Teatro Grottesco.

Teatro Grottesco, de Thomas Ligotti. Valdemar, Madrid, 2016. 296 páginas

La narrativa de Thomas Ligotti, tan especial, tan arraigada en lo literario, y justificados sus discursos a través de sus contactos tangenciales con la filosofía y la metafísica, terminaría de instalarse en el terreno de lo inmaterial mediante el desarrollo de los conceptos que operan como columna vertebral de los cuentos reunidos en Teatro Grottesco. Así, la evolución del cuento gótico moderno encuentra un terreno de cultivo que se antoja cuasi definitivo —al menos durante un buen espacio de tiempo, y mientras siga imperando en el ámbito del horror literario el conservadurismo estético—: la supresión casi definitiva del «horror material» y la preponderancia del «horror atmosférico», representado, la mayoría de las veces, a través de intangibles manifestaciones de lo grotesco. En líneas generales, Teatro Grottesco emerge como el volumen de más compleja lectura y asimilación para el lector moderno de todos los que escribiera Ligotti hasta la fecha, un oscuro carnaval de referencias sesgadas y conceptos inasibles que vuelve sumamente difuso e inestable el escenario narrativo, pero tras cuyo discurso subyace tal vez la esencia más primitiva del sentimiento de horror: el contacto con lo desconocido y lo inexplicable, aquello que H. P. Lovecraft definió con palabras maestras en su novela En las montañas de la locura: «The thing that should not be».

Como de costumbre, Ligotti divide el volumen en bloques temáticos. El primero, «Enajenaciones», incluye cinco relatos que destacan por la evolución del entorno atmosférico en el que se desarrollan las historias: estos mutan desde una ligera distorsión de la realidad hasta escenarios de auténtica locura y pesadilla. «Pureza», el cuento que abre la sección y el volumen, se enumera por derecho propio entre las obras más inquietantes de su autor, una interesante reflexión sobre la «contaminación intelectual» a través de la institución fundamental de la sociedad —la familia—; «El gestor de la ciudad» ofrece una visión irónica y a ratos sangrienta del ansia de poder del espíritu humano y de su carácter acomodaticio; «Atracción de feria y otros relatos» funciona como un pequeño contenedor de otras tantas historias en la relación del narrador con un misterioso escritor, y glosa algunas de las imágenes más impactantes y representativas del universo del autor, retazos genuinos de sus conceptos del horror grotesco; «La marioneta payaso» recrea una vez más la fascinación del autor por la ventriloquía, los títeres, los autómatas y las figuras inanimadas que simulan cierta humanidad, llevado en este caso dicho leitmotiv al terreno de la contemplación exacerbada; la sección se cierra con uno de los relatos más populares y fascinantes del autor: «La Torre Roja», una escalofriante alegoría sobre la muerte, el abandono, la incuria y la putrefacción; una obra maestra.

The Red Tower, ilustración inspirada en el relato homónimo de Thomas Ligotti, una de sus obras maestras definitivas (© Mihail Bila). En la ilustración se aprecia el trazado teórico de los tres niveles subterráneos de la fábrica que se describen en la narración

La segunda sección del volumen, titulada «Deformaciones», articula mediante tres discursos de tipo corporativo los dos prismas de horror que se enuncian en las secciones primera y tercera, y funciona como una muy necesaria transición entre ambos universos conceptuales. «Mi defensa de una acción punitiva», «Nuestro supervisor provisional» y «En una ciudad extranjera, en una tierra extranjera» forman así una especie de trilogía; son relatos unidos por ciertos hilos conductores en los que se narra la presencia de lo grotesco amenazante en diversos focos de actividad humana, y operativos solamente en una tierra marginal y oscura, a ratos desolada y temible, pero todo el tiempo aislada de las normas del universo conocido. Ligotti recrea en esta segunda sección el drama de la alienación humana y la vida en sociedad, una existencia regida por normas absurdas y orientada hacia un proceso de embrutecimiento sin remedio. De alguna manera, el autor establece a través de estos tres escritos de ficción las bases filosóficas para lo que expondría cuatro años más tarde en su impagable tratado metafísico La conspiración contra la especie humana (2010), libro que ya analizamos en el «Expediente Ligotti. Parte II».

Llegamos, así, a la tercera y última sección del libro —posiblemente la más inquietante de todas—: «Los dañados y los enfermos». Esta incluye cinco relatos estremecedores que funcionan como una especie de contenedor de conceptos de lo que se ha leído hasta el momento. De alguna manera, son el resultado de las anteriores «Enajenaciones» y «Deformaciones». Aquí no caben los horrores materiales, ni siquiera las perturbaciones psíquicas, sino la simple convivencia inevitable con la atmósfera enferma y malsana que resulta, a modo de regurgitación infecta, de la eclosión definitiva del universo conceptual del autor. «Teatro Grottesco» y «Las ferias de gasolinera» nos ofrecen el panorama de la existencia baldía sujeta a los devenires de organizaciones invisibles y opresivas, cuya actividad justifica fenómenos de desdoblamiento, ruptura cronológica con el presente y otras disrupciones con la realidad cotidiana. «El Bungalow» presenta un retrato disfuncional de la admiración artística y plantea un extraño juego de suplantación propia, un laberinto de espejos casi «borgiano». Finalmente, «Severini» y «La sombra, la oscuridad» plasman el desaliento final de un compendio narrativo que, quizá más que nunca, orienta su discurso hacia la desesperanza y el nihilismo, dos conceptos que, según hemos analizado a lo largo de todo este expediente, se convierten casi en los motivos temáticos principales en la obra del autor.

Portada de la edición italiana de Teatro Grottesco, publicada en 2015 por Il Saggiatore con traducción de Luca Fusari

Como exponíamos más arriba, Teatro Grottesco no es un libro fácil de leer; exige una máxima concentración al lector y lo obliga a comulgar con un lenguaje que no se basa en los hechos materiales, sino en la articulación de sus horrores atmosféricos con escenarios imposibles, a ratos casi inimaginables para el lector moderno. Nuevamente, y tal vez más que nunca, Ligotti se esfuerza por suprimir los preceptos básicos de la «visualidad» que tanto han caracterizado al relato de terror contemporáneo, especialmente desde los años setenta del siglo pasado. Ligotti, con espíritu revolucionario, replantea las bases discursivas del horror: se hace fuerte en la implementación de lo filosófico como vehículo para su mensaje y consigue la apoteosis definitiva del horror inmaterial a través de la creación de escenarios oníricos y vaporosos, retablos de pesadilla deshilachada donde una acción medio estancada apenas puede desplazarse en medio de la densidad de los elementos grotescos que los sostienen en pie.

Por ahora, esta será la última entrega de nuestro «Expediente Ligotti»; los adeptos al autor de Michigan siempre podemos confiar en que Valdemar siga haciendo el gran trabajo al que nos tiene acostumbrados y saque al mercado las obras pendientes de traducir antes mencionadas, o quizá nos sorprenda con la aparición de The Spectral Link (2014), su última obra hasta la fecha. De momento, aquí te ofrecemos esta panorámica extensa de su obra: un trabajo narrativo que, ya desde sus comienzos, estuvo llamado a convertirse en el catalizador definitivo de la revolución que el género de terror viene pidiendo a gritos desde hace décadas. Su lectura y asimilación, gustos aparte, no puede sino confirmarnos una verdad insoslayable: no existe otro autor como Thomas Ligotti.

Día del Libro 2021

A pesar de la pandemia y de las restricciones, la llegada del Día del Libro siempre ofrece actividades y momentos de acercamiento con los lectores; son circunstancias que se agradecen especialmente, ya que aunque el apego a la actividad solitaria y aislada que supone la escritura es cada vez mayor, de vez en cuando uno desea —y necesita— salir de la cueva e interactuar con amigos y lectores que puedan acercarse. Este año, al igual que durante el ya extinto e infausto 2020, el Día del Libro no coincidirá en Las Palmas de Gran Canaria con la Feria del Libro, que nuevamente ha sido trasladada hasta octubre/noviembre —sin confirmar aún esta fecha—. El calendario de firmas se presenta, entonces, un tanto ligero, pero aun así me parece fundamental compartirlo contigo, que frecuentas este blog.

La ruta empieza el mismo Día del Libro, es decir, el viernes 23 de abril. Ese día,  de 11.00 a 13.00 horas, estaré firmando ejemplares en Librería Greda, en TerorPlaza del Pino, nº 1, a muy pocos pasos de la iglesia—. En este evento compartiré mesa de firmas con mi buen amigo Rayco Cruz, quien tendrá allí ejemplares de Germen, su última novela, además del resto del sus títulos.

El recorrido finaliza al día siguiente, sábado 24 de abril, en plena celebración de la Semana del Libro en Librería Yaya, en ArucasPaseo Poeta Pedro Lezcano, nº 5—. Será este un encuentro muy especial, ya que en esta librería de referencia he participado en numerosas firmas en el pasado, y solo la pandemia ha impedido que pudiera presentar allí mi novela Lugares Prohibidos, que, como recordarás, se ambienta en el pueblo de Arucas.

Por supuesto que los títulos estrella de estos dos eventos serán El Vástago del Mal y Lugares Prohibidos, las dos novelas que salieron al mercado en noviembre y diciembre del año pasado, pero también habrá numerosos ejemplares de mis anteriores trabajos, tanto novelas como volúmenes de relatos. Así que ya sabes: si te apetece pillar alguno de mis libros y llevártelo firmado, te espero en uno de estos dos magníficos enclaves del norte de nuestra isla. Que la mascarilla y la distancia social no nos impidan celebrar este día, el más especial del año para los que amamos las letras. ¡Nos vemos allí!

Escaleras

A medida que ascendía esos peldaños mohosos y ancestrales tuve claro que no me sentiría cómodo entre ellos. Llevaba años allí abajo, aislado, encerrado, oculto…, como si fuera yo un secreto tortuoso que no podían compartir con nadie.

Ahora, tras una vida entre tinieblas, por fin me daban la oportunidad de subir esas escaleras que me separaban de su mundo.

Cada peldaño que pisaba levantaba una nube de polvo e incuria, y cada vez más cerca podía oír sus gruñidos, sentir su espantoso hedor, percibir su nociva influencia.

Cuando por fin llegué arriba mis sospechas se confirmaron. Definitivamente, jamás podría sentirme cómodo entre ellos. No eran como yo.

No eran humanos.

Mariana Enriquez, o la nueva tesis del cuento de horror

A día de hoy, casi no hay libros que reúnan cuentos de horror. Puede parecer falaz lo que comento, ya que en cualquier librería te puedes encontrar decenas de antologías con narraciones breves adscritas al género, pero cabe puntualizar que lo que la mayoría de los autores practican no es el cuento de horror, sino el relato de terror, género muy similar —hermano, diríamos—, pero del que lo separan algunas sutiles diferencias que un día quizá analicemos en profundidad en este blog. Por esta razón, la satisfacción que uno vive cuando se topa con genuinos cuentos de horror es casi insuperable, y hoy vengo a hablarte de la autora que mejor se maneja en este registro tan difícil de encontrar; hablo de mi compatriota Mariana Enriquez, y en concreto de los cuentos reunidos en su primer volumen, Los peligros de fumar en la cama.

Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enriquez. Anagrama, Barcelona, 2017. 201 páginas

Mariana Enriquez plantea en estos escritos una especie de nueva tesis del cuento de horror. Apoyándose en los sustratos temáticos de los maestros clásicos —Sheridan Le Fanu, Poe, o M. R. James, pero con claras influencias de contemporáneos como Shirley Jackson o Thomas Ligotti—, recrea un mundo soterrado de espantos sutiles que filtran sus garras hacia una realidad tangible y muy reconocible: la de la Argentina de las últimas cuatro décadas. Diversos elementos característicos de la iconografía del género son recreados en sus textos, pero actualizados y despojados de la rimbombancia de otras épocas. El estupor va de la mano de las revelaciones, pero los cuentos no poseen momentos ruidosos ni explosivos, y toda reminiscencia a la tan mentada carnalidad del género se queda en unos muy apropiados momentos en fuera de campo. Mariana Enriquez maneja a la perfección el arte de la insinuación, de la sugerencia, de la referencia solapada, y lo hace, además, mediante un lenguaje cercano, a ratos un tanto frío, pero siempre profundo, y verbalizado, la mayoría de las veces, a través del fiable punto de vista del narrador protagonista o testigo. De esta forma, crea la ilusión de unas realidades que, por más imposibles que resulten en su concepto, entablan un diálogo verosímil por su articulación en el contexto de la narración.

La implementación de esta tesis le permite a la autora componer cuentos verdaderamente estremecedores, como son «La Virgen de la tosquera» —una historia de celos adolescentes con retazos de oscuro misticismo—, «El carrito» —narración de una maldición urbana a manos de un vagabundo desharrapado—, «El aljibe» —donde se revive el mundo de la brujería a través de una desgarradora historia familiar—, «Carne» —un cuento de fanatismo en el que se mezclan el rock, la muerte y la necrofagia— y, sobre todo, «Chicos que faltan», probablemente el más impactante de los cuentos de este volumen, una narración intensa y dramática sobre la reaparición de adolescentes en los parques del centro de Buenos Aires tiempo después de que se los diera por perdidos. Algunos otros cuentos ahondan en cuestiones más bien existenciales, como «El desentierro de la angelita» o «Los peligros de fumar en la cama», u otros en los que ciertas prácticas sexuales o masturbatorias se convierten en vehículos expresivos del horror, como en «Dónde estás corazón» o «Ni cumpleaños ni bautismos».

En todo caso, lo más destacado de estas piezas literarias es su pertenencia al género del cuento, que no al del relato. Lo que más abunda en el mundo de la narrativa breve de terror es este último, generalmente mucho más extenso y con una estructura granítica de introducción, nudo y desenlace. Por lo común, estos relatos cuentan con álgidos momentos de acción o terror gore, personajes heroicos o desgraciados, masacres, clímax y anticlímax, y un desenlace perfectamente atado en cuanto a coherencia y cohesión con el corpus de la narración. Los cuentos de Mariana Enriquez, en cambio, ofrecen estructuras de tipo confesional, un planteamiento circunstancial derivado de una realidad solo sugerida por la voz del narrador, horrores más bien relacionados con lo atmosférico, lo psicológico y lo emocional —aquí se acerca mucho a Ligotti—, y desenlaces abiertos, ambivalentes, en ocasiones enigmáticos e irresolutos…, pero siempre inquietantes y perturbadores. Esta es la función principal del cuento de horror, y lo que más lo separa del relato de terror —cabe resaltar aquí tanto la distancia que existe entre «cuento» y «relato» como la que separa al «terror» del «horror»—: esa función convierte al lector en un ente activo del proceso de comunicación, lo obliga a pensar y a rellenar los huecos del texto con posibles eventos narrativos que se han quedado fuera del espacio de lo contado, y así lo empuja, irremisiblemente, a una participación casi corporal en el entorno de esa historia en particular.

Mariana Enriquez

Algún día hablaremos un poco de la magistral novela de Enriquez Nuestra parte de noche, ganadora del Premio Erralde 2019, Premio de la Crítica de narrativa castellana 2019 y Premio Celsius 2020, y de algún otro de sus libros. De la autora podemos decir que es periodista y subdirectora del suplemento Radar del diario argentino Página/12, además de docente. De sus libros cabe destacar el que nos ocupa, la fabulosa novela arriba mencionada y «Las cosas que perdimos en el fuego», otro de sus volúmenes de cuentos, y del que hablaremos muy pronto en «El Disparaletras®». Todos estos títulos están publicados por Anagrama, y han elevado a Mariana Enriquez a lo más alto de la narrativa de horror actual. La originalidad en el tratamiento de los temas, la reinterpretación tan radical que efectúa de los códigos básicos del género y, sobre todo, su apego al «cuento» en su concepción más «borgiana» la convierten en una lectura obligada en nuestros días, justamente cuando nuestro amado género más necesita de propuestas renovadoras y frescas, aunque en la búsqueda incansable del mismo viejo objetivo de siempre: el escalofrío ante la irrupción de lo irreal, de lo «imposible», en nuestra realidad tangible; el eterno escalofrío del horror transmitido a través de las palabras.

«En las colinas, las ciudades», una reflexión política

Son días de relectura, de reencuentro con algunos de esos libros que marcaron a fuego mi perfil como lector y mis gustos literarios. Siempre he creído que no existe placer como el de redescubrir las sensaciones que nos despiertan algunos relatos y novelas; quizá el único privilegio superior consista en alcanzar un nivel de comprensión o de asimilación conceptual de ciertas piezas literarias cuando uno vuelve a ellas después de un tiempo, con otro bagaje, otras experiencias, otro conjunto de opiniones y preceptos como base de nuestro caudal de conocimiento. Es lo que me ha ocurrido esta semana cuando, releyendo por quinta o sexta vez los fabulosos Libros de sangre de Clive Barker me reencontré con una de las maravillas del género de horror del siglo XX, un relato singular e irrepetible titulado «En las colinas, las ciudades».

Libros de sangre, Vol. 1, de Clive Barker. La Factoría de Ideas, Madrid, 2004. 336 páginas

La narración se inicia con el viaje en coche de Mick y Judd, una pareja de homosexuales ingleses que celebra una improvisada luna de miel recorriendo iglesias, monumentos y carreteras de la Yugoslavia comunista de mediados de los ochenta. La pareja atraviesa algunos problemas de comunicación: mientras que Mick es sensible, reflexivo, contemplativo y aficionado al arte, Judd es pragmático, polemista y de carácter brusco; para él «todo es política», concepto que choca con la visión idealista y platónica de la vida que tiene Mick. Perdidos en una carretera yugoslava cercana a unas colinas, llevan a cabo una fogosa reconciliación en mitad de un campo de trigo; mientras tanto, y no lejos de este escenario, dos ciudades gemelas, Popolac y Podujevo, se preparan para la celebración de una extraña y demencial ceremonia de confrontación.

El joven Clive Barker —tenía unos treinta años cuando escribió este relato— basa la premisa en el contexto algo exótico de la República Federativa Socialista de Yugoslavia. Se trata, en su superficie, de un relato de terror perfectamente confeccionado y ambientado, pero también desarrolla en su intrahistoria una interesante reflexión política y social. Los debates que Judd y Mike llevan a cabo en el coche —un Volkswagen que tendrá gran protagonismo en la historia— entroncan directamente con la clave del argumento: el enfrentamiento de las urbes tendrá lugar mediante la confrontación entre dos seres gigantescos compuestos por los propios miembros de las comunidades. Es decir, que los ciudadanos de Popolac y Podujevo formarán una descomunal pirámide humana, desnudos y atados entre sí con cuerdas y arneses, para configurar una enorme criatura antropomorfa que se desplace hasta las colinas, donde se llevará a cabo el encuentro. Barker hace mucho hincapié en la complejidad de este imposible entramado de seres humanos: juntos conformarán los músculos, tendones, meniscos, ligamentos, articulaciones, huesos, órganos internos y externos, y todas y cada una de las partes de un cuerpo humano. El lugar de los ojos lo ocuparán los ciudadanos con mejor vista; el de la garganta y la boca, aquellos que posean una voz más potente. Juntos deberán coordinar sus movimientos y posiciones para hacer avanzar hasta las colinas la forma de un gigante monstruoso e inaudito compuesto únicamente de seres humanos.

In the Hills, the Cities, ilustración de John Bolton (©Bolton Studio)

Aquí el autor juega con una muy visible alegoría política basada en los preceptos de socialismo y materialismo histórico, además de en otros conceptos básicos asociados a la teoría política. Los ciudadanos de ambas comunidades interactúan en la conformación del gigante con su aporte particular a un Bien Común, concepto desarrollado por Platón y Aristóteles y retomado más adelante por Tomás de Aquino en su Suma Teológica. La reflexión implícita en el relato incluso va más allá: el enfrentamiento entre las ciudades presagia, trágicamente, el desmembramiento de la antigua Yugoslavia, que tendría lugar menos de una década después de escrito el relato. La catastrófica caída de uno de los gigantes —el que representa a la ciudad de Podujevo, con más de 38.000 personas muertas— reclama también las deficiencias del sistema político: el Bien Común se resquebraja cuando un conjunto de los individuos no cumple con su parte en el contrato social, provocando así el colapso. Aunque una de las ciudades permanece en pie y avanza hasta las colinas en el último y escalofriante segmento del relato, este plantea una más que interesante dicotomía entre el individualismo —representado en el suicidio de un anciano que se encarga de rematar a los moribundos tras la catástrofe— y la preservación de la comunidad como órgano social.

Al margen de estos planteamientos, el relato alcanza los niveles de descripción visceral y profunda exposición de elementos que son característicos en el autor. Su talento visual ha sido ampliamente aprovechado por el cine y las artes gráficas —el propio Barker se ha sabido desempeñar con gran competencia en numerosas disciplinas—, y el relato resulta sumamente impactante en secuencias como la llegada de la pareja de ingleses al lugar del colapso y la descripción absolutamente dantesca de la tragedia, un verdadero pandemonio de sangre y destrucción humana que impactará a personajes y lector por iguales. Tanto y más destacados resultan los pasajes finales, con el paso del gigante por el camino de una pequeña cabaña que acaba aplastada por un pie compuesto exclusivamente de seres humanos: son los pies del coloso que representa a la ciudad de Popolac, en su inexorable ruta hacia las colinas.

Clive Barker

Los escritores de terror hemos tenido que asumir, desde nuestra propia génesis en el siglo XVIII, el estigma de ser meros creadores de entretenimiento vacuo. Nuestro quehacer literario ha permanecido al margen de academicismos y compromisos sociales debido, muchas veces, a la naturaleza «irreal» de las temáticas que nos toca trabajar. Con «En las colinas, las ciudades» el sagaz Clive Barker demuestra que un cuento de terror puede erigirse como materia de reflexión social y debate político, sin perder por eso sus cualidades como sustrato literario de la estirpe del horror más puro. Por supuesto que no es este el único relato de terror que logra este cometido —casi me atrevería a decir que cada pieza maestra de nuestro querido género lo consigue, e incluso la obra completa de autores como Thomas Ligotti están firmemente arraigadas en el compromiso con la reflexión social—; en todo caso, resulta un claro ejemplo de literatura de terror fresca, perfectamente elaborada y con una suculenta intrahistoria que ahonda en la cuestión política.

El relato, como ya comenté más arriba, forma parte de la colección Libros de sangre, probablemente el más fascinante compendio de relatos de terror de un solo autor surgido durante la segunda mitad del siglo XX, por encima de otras maravillas como El habitante del lago de Ramsey Campbell o El umbral de la noche de Stephen King. «En las colinas, las ciudades» cierra el volumen 1 de la colección; un colofón perfecto merced a la originalidad de su premisa y a lo impactante de su desenlace.

Las paredes de mi habitación

Si ellos no las ven, ¿será porque en realidad no existen? Si pretenden que duerma en esta habitación infestada de monstruos, ¿será porque solo yo los percibo?

Cada noche es una pesadilla. Cada siesta, una tortura. Cada momento de juegos aquí dentro, un pequeño tormento. Agazapada en mi rincón, observo cómo invaden mi realidad. ¿Serán reales, tangibles…, o solo un producto de mi imaginación?

En algún momento me preguntarán por qué no puedo dormir por las noches, o por qué, en plena madrugada, me despierto gritando tras sentir que se abalanzan sin remedio sobre mí. También me preguntarán por qué durante el día intento no permanecer en esta habitación. Y entonces tendré que decirles la verdad, y para entonces mi ánimo será tan convulso que no tendré otro remedio que gritar:

—¡¿Por qué ha de ser?! ¡¿Es que acaso no las veis?! ¡¿Acaso no veis a todas esas criaturas sin forma… arrastrándose por las paredes de mi habitación?!

«Alas tenebrosas»: la sombra alargada del genio

Hoy, 15 de marzo, se cumplen ochenta y cuatro años de la muerte de H. P. Lovecraft. Y aprovechando que es lunes, día de posteo en «El Disparaletras®», ¿qué mejor que dedicarle la entrada de hoy en esta efeméride tan particular? Eso sí: soy consciente de que tal vez ya haya hablado demasiado del Abuelo en este blog —y fuera de él, especialmente—, así que hoy trataré de hablar no tanto del escritor, sino de la sombra alargadísima que su literatura ha expandido en el tiempo y en la cronología del horror literario. Para ello, voy a desgranarte un volumen que reúne mucho de lo muy bueno que ha dado la herencia lovecraftiana en forma de relatos. Me refiero a las veintiuna excelentes narraciones compiladas por S. T. Joshi, experto en la obra de Lovecraft, y editadas por Valdemar en el tomo titulado Alas tenebrosas. 21 nuevos cuentos de horror lovecraftiano.

Alas tenebrosas. 21 nuevos cuentos de horror lovecraftiano (Varios Autores). Edición de S. T. Joshi. Valdemar, Madrid, 2014. 533 páginas

S. T. Joshi es el más aventajado gurú en materia lovecraftiana de nuestros días. Habiendo iniciado su carrera en la editorial Arkham House, bajo el tutelaje de August Derleth, con el correr del tiempo se ha convertido en el más hondo pozo de sabiduría en relación con la vida y la obra de nuestro autor favorito (motivo por el cual sigo sin entender cómo su obra no se traduce a nuestra lengua aún). Ha trabajado en la más ambiciosa biografía del genio de Providence: H. P. Lovecraft: A Life (1996), reeditada en 2010 con el título I Am Providence: The Life and Times of H. P. Lovecraft. Joshi ha preparado numerosas ediciones corregidas y anotadas de la obra de Lovecraft, y también ha encarado la labor suprema de compilar y editar su monumental epistolario. Ahí es nada, ¿verdad? ¿Quién mejor, entonces, que el propio Joshi para efectuar una selección de lo más granado del horror lovecraftiano escrito durante las últimas décadas del siglo XX? Es indudable que podemos guiarnos de su criterio a la hora de encarar la lectura de este magnífico volumen por él seleccionado.

S. T. Joshi, la mayor autoridad mundial en H. P. Lovecraft

A excepción de tres o cuatro nombres, la nómina de autores no parece, a simple vista, muy rutilante. Sin embargo, la calidad de los relatos es realmente elevada. Hay que aclarar que los cuentos incluidos en este volumen no están incluidos en la dudosa categoría de «pastiche». Es decir: no se limitan al típico trabajo «derlethiano» de tomar escenarios, elementos mitológicos y otros conceptos lovecraftianos y desarrollarlos en un relato que, además, imite las formas del maestro. No: aquí cada autor maneja sus propios escenarios, sus propias ambientaciones y rasgos temáticos y, lo más importante, su propia estética narrativa. La relación con el mundo del horror lovecraftiano viene sustentada por el tipo de horror materialista, en algunas ocasiones más cercano y en otras más alejado de la esencia «cthulhiana», pero siempre destinado a provocar esa sensación de horror que tan bien definió H. P. Lovecraft como «un contacto con esferas y poderes desconocidos; una actitud sutil de escucha sobrecogida, como a la espera de un batir de alas tenebrosas». Los relatos también inciden en la insignificancia cósmica del ser humano, un concepto fundamental para entender las directrices del horror lovecraftiano.

Entre los relatos compilados en el volumen cabe destacar algunas obras maestras: «El otro modelo de Pickman (1929)», de Caitlín. R Kiernan —relato que abre la antología—, «El Broadsword», de Laird Barron, y, sin duda el mejor de todos, «La correspondencia de Cameron Thaddeus Nash», del maestro Ramsey Campbell. En un segundo nivel de excelencia podríamos considerar «Róterdam», de Nicholas Royle, «Un suceso extraño», de Adam Niswander, y «Sustitución», de Michael Marshall Smith. El resto mantiene el nivel para dar forma a un volumen realmente meritorio.

Algunos de estos relatos se recrean en la incorporación de H. P. Lovecraft o algunos de sus familiares como un personaje de ficción más, como en los casos de «Tentadora Providence», de Jonathan Thomas, o «Susie», de Jason Van Hollander; otros reproducen parte de la mitología o recuperan a personajes de algunos de los más populares relatos lovecraftianos, como «Trapicheo de calamar», de Michael Shea o «La verdad sobre Pickman», de Brian Stableford. En todo caso, predomina en el volumen la narración de tipo ominosa, de misterio ajeno no solo a la lógica y la casuística, sino a la propia esfera cósmica concebida por el ser humano; buenos ejemplos de esta narrativa densa y aciaga son «Grabados», de Joseph S. Pulver Sr., «El libro de Denker», de David J. Schow, «La Cúpula», de Mollie L. Bulerson, «Túneles», de Philip Haldeman o «Demonios inferiores», de Norman Partridge.

El gran Ramsey Campbell, autor del relato «La correspondencia de Cameron Thaddeus Nash», en mi opinión, la mejor pieza de las que componen el volumen

En un día tan señalado como hoy, nada mejor que recomendar la lectura de este impresionante compilado de horror lovecraftiano, una vía directa hacia unas cuantas muestras vivientes de lo alargada que es la sombra del maestro hasta nuestros días; una sombra que, no tengo ninguna duda, seguirá creciendo y capturando cada vez a una mayor cantidad de lectores ávidos de oír ese ominoso batir de alas tenebrosas

Charlotte Perkins Gilman: la locura emparedada en amarillo

Hoy, 8 de marzo, es el Día Internacional de la Mujer. Nada que tú no sepas, pero mientras la movida discurre entre polémicas sobre si manifestación sí, o manifestación no, quiero dedicar el espacio en El Disparaletras® de hoy a una mujer muy especial, una autora que aunque no está oficialmente adscrita a la literatura de terror nos ha legado a los fanáticos de este género uno de los relatos más terroríficos jamás escritos. Una escritora que, además, fue de las primeras en reivindicar el papel de la mujer en la sociedad. Te hablo de Charlotte Perkins Gilman y de su gran obra maestra: «El papel pintado amarillo».

El papel pintado amarillo, de Charlotte Perkins Gilman. José J. de Olañeta Editor, Palma de Mallorca, 2014. 93 páginas

Traducido en ocasiones como «El papel amarillo» o «El tapiz amarillo», se trata de un relato escrito por Gilman en 1890 y publicado en 1892 en la revista The New England Magazine. Como decimos, se trata de una rara avis dentro de la producción literaria de la autora, cuya obra siempre estuvo más orientada hacia la crónica periodística y el ensayo en pro de la igualdad de género. Hay que decir, no obstante, que como relato puramente de terror, «El papel pintado amarillo» también ofrece una visión muy particular sobre el concepto de la mujer atrapada y oprimida, y el mensaje implícito que se desliza a través del discurso de horror sobrenatural funciona como un grito de socorro ya no de la propia autora, sino de la mujer en sociedad como colectivo.

El relato está contado a través del diario personal de la protagonista, quien se ve obligada a escribir a escondidas, ya que su marido, un reputado médico, le tiene prohibida tal actividad debido a una crisis nerviosa que ella ha sufrido poco antes de que el matrimonio se instale a pasar una temporada en una casa de veraneo. El posesivo marido coarta todo el tiempo la capacidad imaginativa de la protagonista, dando lugar a una situación de asfixia psicológica realmente angustiante. Al poco de comenzar el relato, el lector conocerá la obsesión de la narradora por el papel pintado que cubre las paredes de una de las habitaciones de la planta alta del caserón. La descripción de dicho papel tapiz es, en un principio, muy difusa, aunque a medida que el relato avanza comenzará a pormenorizarse. En un momento de la narración, la protagonista lo describe con unas palabras realmente inquietantes: una especie de «románico degenerado con delirium tremens».

Alegoría de la mujer atrapada tras el papel pintado de amarillo

Existe en todo momento la duda sobre si las cualidades del dibujo para mutar y trastornar a quien lo ve son producto de un fenómeno sobrenatural o de la locura incipiente de la narradora. Es entonces cuando Gilman demuestra una gran habilidad para el discurso doble o solapado; al otorgar el punto de vista a una narradora poco fiable, siembra esta duda en el lector, quien nunca sabrá cuál es la verdadera naturaleza del portento. En todo caso, las entradas en el diario, a través de las cuales se desarrolla toda la historia, dejan patente que la demencia del personaje va en aumento conforme se intensifican sus experiencias en esa habitación. Poco a poco, las fluctuaciones en el fascinante tapiz amarillo conforman la figura de una mujer atrapada tras el papel pintado, en lo que resulta una impactante alegoría de la situación que vive la narradora y, probablemente, también la autora en su vida real: la presencia de la silueta femenina tras la desquiciante tonalidad amarilla del tapiz funciona como figura semiótica de la mujer prisionera bajo el despotismo masculino representado en el ahogo matrimonial que vive la protagonista. El relato culmina, como cabría esperar, en un desenlace frenético, espejo de la locura total del personaje principal. Cabe aclarar que el relato, de tintes indiscutiblemente autobiográficos, fue escrito por Gilman tras una profunda depresión posparto.

Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)

La autora, Charlotte Perkins Gilman, nació en Hartford, Connecticut, en 1860. Destacó como socióloga, novelista y cuentista, aunque también escribió poesía y obras de no ficción. Colaboró activamente con varias asociaciones feministas y reformistas, desarrollando una gran actividad como conferenciante. Se casó dos veces, y el divorcio de su primer marido trajo aparejada una fuerte crítica social por tratarse de algo inaceptable en la época. Tuvo dos hijos, y fue pionera también en la defensa de la eutanasia para los enfermos terminales. Tuvo un final trágico, ya que se suicidó en 1935 con una sobredosis de cloroformo al habérsele diagnosticado un cáncer de mama. De entre sus obras cabe destacar, además del relato que nos ocupa, la serie de textos reunidos en el volumen Si yo fuera un hombre (UVE Books, 2018), un conjunto de escritos en clave tragicómica en los que las protagonistas femeninas deciden dar un giro radical a su vidas y convertirse en el centro activo de las mismas. También cabe resaltar la fascinante novela Matriarcada (Akal, 2018), un relato distópico que describe una sociedad ordenada y ascética en la que sus habitantes son exclusivamente miembros del género femenino que conviven en paz y armonía, con una historia de más de dos mil años sin hombres. Al margen de estas obras tan interesantes, su nombre ha pasado a la historia por la confección de esta maravilla llamada The Yellow Walpaper, «El papel pintado de amarillo».

En un día muy especial, era justo dedicar este espacio a una autora y un relato muy especiales. Un relato que siempre fue de mis favoritos, y que no dudé en incorporarlo a mi lista de los «20 mejores relatos de terror de la historia», un recorrido en forma de conferencia que realicé hace algún tiempo (puedes verlo aquí).

Es todo por hoy; el próximo lunes es 15 de marzo, un nuevo aniversario de la muerte de H. P. Lovecraft. Amén de resultar tautológico, creo que es obvio a quién irá dedicado el siguiente post…

Sin verbos: Un experimento

1 de marzo. Un buen día para un experimento literario: un microcuento sin verbos. Los retos del escritor; los desafíos cotidianos de la palabra. Vocablos, sintagmas, frases, párrafos…; capítulos, novelas. Normas simples: verbo más sustantivo, igual a historia. El deseo de ruptura, de transgresión. ¿Un microcuento sin verbos? Sí, un experimento. Coherencia, cohesión, sinapsis, narración…, pero sin verbos.

Bolígrafo en mano, la octava página de la libreta de todos los días. Una página nueva: en blanco. Palabras en maridaje, líneas en sucesión. Luz al final del túnel. Un verbo, casi invisible, casi del todo imperceptible. ¡Detección a tiempo y tachón sobre la página! Supresión inmediata y reemplazo. Más palabras, más líneas, más frases. ¿El tema del cuento?: la esencia del desafío, el experimento en sí mismo. Quizá digresión, tal vez paréntesis. El descubrimiento de nuevas formas de expresión. Palabras como churros, frases como en una catarata. Todo el día igual. Toda la vida igual.

Punto y final. El desenlace: un pequeño microcuento sin un solo verbo. Sensación de paz…, y de un extraño dominio.

Otros Lovecraft

No pasa mucho tiempo sin que el maestro H. P. Lovecraft haga una nueva aparición por El Disparaletras®; cosa muy natural, tratándose del escritor favorito de quien viene aquí a disparar cada lunes, y mucho más en estos tiempos, cuando me encuentro sumergido en una copiosa y apasionante investigación sobre los intersticios de sus obras y devoro sin miramientos cualquier libro que directa u oblicuamente esté relacionado con su hacer literario. Y el volumen que cayó en mis manos esta semana me pareció tan interesante que creí justo compartir mis impresiones contigo en este blog.

H. P. Lovecraft (1890-1937), presencia infaltable, cada cierto tiempo, en El Disparaletras®

En el año 2017, la editorial Biblioteca del Laberinto anunció la salida de tres volúmenes misceláneos con obras concernientes al genio de Providence. No eran relatos, sino selecciones de correspondencia, ensayos de o sobre H. P. Lovecraft…, en fin: textos de diversa clase que nos acercan quizá no tanto a su obra, sino más a bien a su pensamiento. En septiembre de ese año salió al mercado H. P. Lovecraft. La vida privada, un interesantísimo volumen del que seguramente hablaremos aquí un día de estos. La segunda parte no se hizo esperar, y vio la luz en mayo de 2018 con el sugerente título de El cáncer de la superstición.

El cáncer de la superstición, de H. P. Lovecraft (selección de Francisco Arellano). La Biblioteca del Laberinto, Madrid, 2018. 478 páginas

El volumen empieza contándonos la relación que estableció, allá por 1924, nuestro autor favorito con el escapista Harry Houdini. Es un hecho significativo en la vida de Lovecraft, ya que a partir de allí comenzaría su carrera como ghostwriter, o escritor a sueldo. De este contacto con Houdini nace «Bajo las pirámides», un relato que coloca al mítico escapista en un cuento de aventuras ambientado en las cercanías de las pirámides de Egipto. El volumen incluye no solo este cuento, sino también los que escribiera Walter B. Gibson (otro escritor a sueldo) para el gran Houdini. A continuación, Francisco Arellano (editor y compilador del volumen) nos ofrece una jugosa selección de poesía escrita por H. P. Lovecraft. Aquí no encontraremos su obra maestra de la lírica, Hongos de Yuggoth, pero sí un interesante muestrario de sus habilidades como poeta macabro. De entre las piezas cabe destacar La pesadilla del Poe-ta: una fábula, que en su interior contiene una de las piezas líricas más comentadas de toda la obra lovecraftiana: «Aletheia Phrikodes».

Portada de la revista Weird Tales (mayo/junio/julio de 1924). Número especial aniversario en el cual se publicó el relato «Bajo las pirámides (Atrapado con los faraones)», firmado por Harry Houdini, pero escrito por H. P. Lovecraft

La siguiente sección es la más copiosa y, en mi opinión, la más interesante del volumen, y es la dedicada a los ensayos. En estas páginas encontraremos una muy valiosa selección de textos de no ficción escritos por HPL, entre los que cabe destacar «La literatura de Roma», «Idealismo y materialismo: una reflexión», «Merlinus Redivivus», «En la raíz», «Un descenso al Averno» y «El cáncer de la superstición», que da título al volumen, ensayo escrito en verdad por C. M. Eddy, aunque sobre un bosquejo muy detallado de Lovecraft.

Prosigue el volumen con una sección igualmente valiosa: los ensayos sobre H. P. Lovecraft, escritos por autores contemporáneos. De esta lista destacaré «Lovecraft, Jean Ray, Hodgson», de Jacques van Herp, «Los “libros” de Lovecraft, algunos addenda y corrigenda», de William Scott Home y «Terror y Filología: Rafael Llopis y los apócrifos lovecraftianos españoles (1974-1980)», de Mariano Martín Rodríguez. Párrafo aparte merece el ensayo titulado «Los ilustradores de Lovecraft», escrito por John E. Vetter, una fascinante selección de las portadas de libros y revistas y del arte inspirado en la literatura lovecraftiana a lo largo de la historia. El volumen se cierra con un relato de ficción entrañable: «H. P. L. (1890-1991)», escrito por Roland C. Wagner, una fantasía ucrónica que juega con la posibilidad de que nuestro autor hubiera muerto no en 1937, sino en 1991, con ciento un años de edad; se trata de una ficción maravillosa, emocionante para todos los fanáticos del Abuelo.

Portada de Weird Tales de mayo de 1942, número en el que se publicó el relato de Lovecraft «La sombra sobre Innsmouth», una de sus obras maestras (la ilustración es de Virgil Finlay)

Sin duda un material valiosísimo el que nos ofrece Francisco Arellano con estos volúmenes de miscelánea lovecraftiana, un auténtico tesoro para aquellos que llevamos adelante una investigación en pos de un trabajo ensayístico. Tanto en la solapa como en la contratapa del volumen se anuncia la preparación de un tercer tomo, que sin duda estaremos esperando ansiosamente. Y es que, en realidad, uno tiene la sensación de nunca contar con material suficiente sobre este escritor fascinante, y a medida que conoce más al Lovecraft de siempre crecen los anhelos por indagar en los perfiles de todos aquellos Lovecraft que uno desconoce; eso que llamamos los «otros Lovecraft».

Tiempo

El Tiempo no se ha detenido; simplemente ha dejado de existir. Todo comenzó cuando las agujas del reloj interrumpieron su curso. Al principio, lógicamente, creí que era el artefacto —un medidor de Tiempo falible— lo que había dejado de funcionar, pero poco después observé que todos los relojes a mi alcance se habían detenido en el mismo segundo exacto. Entonces me asomé a la ventana y contemplé el flujo de Tiempo detenido en un crepúsculo eterno, en un ocaso petrificado que reflejaba una reminiscencia de eternidad.

No sé cuánto Tiempo llevo ante la ventana; lo que sí sé es que las luces no modifican su intensidad, que no hay desplazamientos cósmicos. La gruesa, indestructible, inexorable línea cronológica se ha hecho añicos. Parpadeo, muevo mis manos frente a mis ojos, percibo la constancia de mi respiración; las funciones vitales, motrices, mentales y conscientes siguen allí. Lo único que parece haberse desvanecido es el Tiempo; su transcurso. La muerte final del Padre Cronos. Pienso en la aniquilación del léxico afín: «periodo», «intervalo», «lapso», «época», «tarde», «temprano»…; vocablos destinados a extinguirse.

Sigo aquí. Ante la ventana. El Tiempo no se ha detenido, simplemente ha dejado de existir.

«Ficciones»: la apoteosis del cuento fantástico

Si es verdad que todos los caminos conducen a Roma, no menos cierto es que todas las literaturas conducen a Borges. Referencia totémica del cuento fantástico hispanoamericano, hablamos del gran artesano, del alquimista por excelencia de la composición de corte fantástico en nuestra lengua; un hombre que es más una suma ontológica de literaturas que un hombre en sí mismo. Su apabullante perfección formal y su inabarcable universo conceptual deshumanizan, a ratos, su contorno como narrador, y el lector puede tener la sensación de enfrentarse no a un escritor, sino a una deidad con forma de libro colosal, un ente inalcanzable —incluso incomprensible— ante el cual no queda más que el humilde acto de la genuflexión. Y probablemente sea la relación de cuentos que compendia Ficciones la que despierte con más intensidad esa sensación de estar leyendo la apoteosis definitiva del cuento fantástico.

Ficciones, de Jorge Luis Borges. Alianza, Madrid, 2002. 218 páginas

El tomo está compuesto, en realidad, por dos libros que Borges había compilado en 1941 —El jardín de senderos que se bifurcan— y 1944 —Artificios—, respectivamente. En ese mismo año, ambos libros fueron reunidos y publicados en un solo volumen. Treinta años más tarde se publicaría la edición canónica del tomo, revisada por el autor y editada por Emecé (Buenos Aires, 1974). El primer libro contiene los mejores ejemplos de la habilidad de Borges para practicar la intertextualidad y la creación de literatura ficticia; sus más asombrosas incursiones en lo que podríamos llamar «metaliteratura». Se inicia con una de sus obras más complejas: «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», la relación enciclopédica de un mundo pergeñado al margen de la realidad, en la pura literatura, pero del cual ciertos objetos se manifiestan en nuestra esfera tangible. Le sigue «Pierre Menard, autor del Quijote», cuento en clave desmitificadora que glosa la historia de un autor que se propone escribir la obra cumbre de Cervantes en pleno siglo XX, palabra por palabra…, aunque sin recurrir al plagio. «Las ruinas circulares», a continuación, ofrece una de las muestras más depuradas del pensamiento metafísico de Borges, convertido en fábula literaria; una pieza impactante y emocionante, merced, sobre todo, a su inesperado desenlace. «La lotería en Babilonia» deviene en una profunda reflexión sobre el azar, y cómo este determina los senderos por los que discurre la Historia Universal, concepto que obsesionaba al autor. «Examen de la obra de Herbert Quain» ofrece la referencia bibliográfica de un autor ficticio, y en clave narrativa despliega una completísima tesis sobre la composición del cuento y sobre las cualidades matemáticas de la estructuración narrativa. «La Biblioteca de Babel» es, definitivamente, una de las obras más sobresalientes y abrumadoras de toda la obra borgiana, ya que plantea el problema de la existencia humana en un escenario determinado —la Biblioteca como Mundo— y elabora un impresionante juego de paralelismos, con los libros como único alimento, la sabiduría como exclusiva posesión, la persecución de la verdad acrisolada en los hexágonos que componen la Biblioteca como único objetivo vital; también nos habla de la obsesión que despierta el fenómeno que se produce al juntar esos símbolos llamados «letras», que dan forma a «palabras», que dan forma a «libros», que dan forma a «bibliotecas», etcétera. El tomo se cierra con «El jardín de senderos que se bifurcan», narración de corte detectivesco en la que también opera un inteligentísimo juego de intertextualidad interna; la historia de un libro que es todos los libros, un libro que es un laberinto de infinitas bifurcaciones.

Borges pergeñando sus vastos mundos conceptuales (Autor anónimo)

El segundo segmento del volumen, Artificios, se inicia con una de las narraciones más comentadas y reputadas de Borges: «Funes el memorioso», relato de impecable factura que plantea, según el autor, una profunda metáfora sobre el insomnio; el discurso, evidentemente, va mucho más allá, y se hace preguntas sobre lo que es «pensar» y «recordar», sobre lo que es «diferenciar» y «conceptualizar». Analiza cuestiones filosóficas de primer orden, como el símbolo, y establece un diálogo directo con Schopenhauer y su magnum opus: El mundo como voluntad y representación (1819). «La forma de la espada» es un prodigio de la estructuración y un ejemplo inmejorable de inversión literaria, ejercicio desarrollado a través de la narración de un traidor del IRA. Siguiendo la estela temática, «Tema del traidor del héroe» plantea las diferencias entre historia oficial e historia íntima en la leyenda de un traidor que necesitó «ficcionalizar» su heroísmo en aras de la causa. «La muerte y la brújula» es otro de los laberintos narrativos más elaborados de Borges; a través de la historia de unos crímenes religiosos, compone una fascinante telaraña en la que quedará irremediablemente envuelto el investigador Erik Lönnrot. «El milagro secreto» juega una vez más con el concepto Tiempo y su indudable maleabilidad; la narración de un condenado a muerte que, ante el paredón de fusilamiento, encuentra un año de plazo para acabar su obra literaria. «Tres versiones de Judas» establece una curiosa fantasía cristológica en la que se analiza la figura del célebre traidor, en busca de una nueva reinterpretación del concepto del Hijo; un análisis teórico de la Trinidad que arroja una conclusión asombrosa acerca del papel del Iscariote en la crucifixión. «El fin» recrea una escena del Martín Fierro de José Hernández, libro citado permanentemente por Borges y referencia ineludible de la literatura argentina. Finalmente, «La secta del Fénix» desarrolla un tema muy querido para el autor: las sociedades secretas. Dejé para el final —y también Borges en el armado del volumen— «El Sur», un cuento que quizá debamos analizar en una entrada exclusiva en «El Disparaletras®»; se trata de una narración tan compleja y fascinante que no sería apropiado designarle un comentario tan somero como a las demás; habrá que buscarle un espacio como el que se merece, pero se rumorea por ahí que probablemente sea no sólo el mejor cuento de Borges, sino tal vez el mejor cuento jamás escrito por cualquier autor. Hipérboles aparte, creo que no había mejor forma de concluir el volumen.

Ilustración que plasma la maldición de Funes, el memorioso, aprisionado tras los barrotes de su portentosa capacidad mnemotécnica

Ficciones es uno de los mejores libros de cuentos de Borges; solo El Aleph (1949) está a su altura. En las páginas de este volumen encontramos al Borges más complejo y existencialista, pero a la vez el más narrativo, el más «ficticio». Como siempre, los cuentos están sembrados de referencias culturales y eruditas, e impregnados de la bibliofilia sin límite que jalonó toda la existencia del autor. Su lectura nos adentra de lleno en su universo conceptual y nos exige un gran esfuerzo de asimilación y concentración. Porque Borges es un autor que nos obliga a ser cultos; al abrir numerosos frentes temáticos, reclama un lector cuya implicación intelectual esté a la altura de las circunstancias; y esa postura discursiva irremediablemente nos convierte en mejores lectores, en mejores intérpretes de la literatura como espacio de comunicación.

Algernon Blackwood y el horror naturalista

Buceando en una de las etapas más interesantes del desarrollo del horror literario, y especialmente interesado en conocer la obra de los precursores de mi adorado H. P. Lovecraft, caí con apetito voraz sobre la magnífica colección de relatos de Algernon Blackwood que Valdemar sacó al mercado el año pasado, El Wendigo y otros relatos extraños y macabros. Era este un tomo largamente esperado por quienes nos sentimos cautivados por la literatura de Blackwood; hasta el momento, las ediciones en español de su obra se limitaban a la inclusión de unas pocas narraciones —casi siempre las mismas— en antologías, algún tomo perdido de Alianza y, es justo dignificarlo, el muy buen trabajo de Hermida Editores con la publicación de Un estruendo sobre las sombras (2018) y Los sauces (2017), volumen que ya comentamos en este blog —accede al post aquí—. Lo que ha hecho Valdemar es ofrecernos una edición que se acerca lo máximo posible a lo canónico; un Blackwood esencial.

El Wendigo y otros relatos extraños y macabros, de Algernon Blackwood. Valdemar, Madrid, 2020. 457 páginas

Algernon Blackwood es un autor que ofrece una visión muy particular del horror sobrenatural. Su discurso descansa sobre la convivencia —a veces imposible— entre la actividad humana y los misterios de la naturaleza. Haciendo un uso extraordinario de los sentidos y de la percepción psicológica de sus personajes, crea escenarios incómodos, recargados, ominosos —que diría nuestro querido Abuelo de Providence—. Y muchas veces sustenta la transmisión del horror a través de la creación e interacción de los personajes con esta atmósfera antes que en la fuente misma del horror. Esta suele ser, en la mayoría de los casos, difusa, imprecisa, sujeta tanto a su conjunción orgánica con el escenario natural como a la predisposición emocional de los personajes. El resultado de esta hábil combinación de elementos presenta al lector ambientes de una perceptible incomodidad física y psíquica, amén de la presencia innegable de criaturas, fenómenos, entes paranormales, ánimas ancestrales y diversos horrores materiales. Estos son los mimbres que componen el discurso básico de los relatos de horror de Algernon Blackwood, lo que podríamos llamar horror naturalista.

El volumen contiene las dos obras maestras definitivas del autor: «Los sauces» (The Willows, 1907), que ya hemos analizado detalladamente, y «El Wendigo» (The Wendigo, 1910). No hay que olvidar que este último título fue incluido en el volumen compilado por Rafael Llopis en 1969, Los mitos de Cthulhu —libro que también hemos desgranado en este blog; accede al post aquí—. Esta mención es importante, ya que Llopis incluye este relato como un precedente básico en la creación de los mundos de caos y espanto que Lovecraft pergeñaría a partir de 1926 con «La llamada de Cthulhu». En este relato, Blackwood nos ofrece la mejor recreación literaria posible de una de las leyendas populares más arraigadas en la tradición de los pueblos algonquinos: el Wendigo, una criatura ancestral que habita en los bosques de Canadá y que fagocita a los aventureros que se internan en la espesura. Blackwood desarrolla la historia a través de la oscura majestuosidad del escenario natural, la abrumadora presencia de los bosques y el advenimiento de fuerzas inasibles para la siempre limitada conciencia humana.

Representación del Wendigo, mítica criatura algonquina que habita los bosques canadienses. Blackwood consigue una de las mejores recreaciones del mito en su relato homónimo.

El tomo incluye un total de veintitrés historias que reúnen lo más destacado de la narrativa sobrenatural de Blackwood. Entre estas destacan las narraciones protagonizadas por el médium Jim Shorthouse: «La casa vacía», un relato escalofriante en el que se nos cuenta la aventura nocturna del protagonista y de su tía —quien también posee facultades psíquicas— en una casa en la que se ha cometido un crimen; «Un caso de oídas», la peripecia de Shorthouse en una pensión de mala muerte, en una de cuyas habitaciones se reproduce en bucle un ajuste de cuentas; y «Con la intención de robar», historia ambientada en un granero acosado por presencias del más allá que inducen a sus visitantes a la autodestrucción. Entre los relatos abundan los protagonizados por partidas de cazadores, aventureros y exploradores; las incursiones de personajes en parajes naturales agrestes y hostiles se desglosan en los relatos «Skeleton Lake: un suceso en el campamento», «El incendio del páramo» y «El valle de las bestias», entre otros. Mención aparte merece una de las narraciones mejor elaboradas y más intensas del autor: «El que escucha», un relato estremecedor sobre un escritor insomne y su encuentro con el espectro de un enfermo terminal cuya esencia representa, al fin y al cabo, la personificación de sus propios demonios.

Ya hemos hablado sobre el autor en este blog, así que no merece la pena incurrir en tautologías acerca de su biografía. Sí quisiera destacar, no obstante, que Valdemar ofrece el complemento ideal a este tomo con las aventuras de uno de los más conspicuos detectives de lo sobrenatural en John Silence, investigador de lo oculto, un volumen que reúne las aventuras escritas por Blackwood acerca de este singular personaje, y que sin duda algún día comentaremos en El Disparaletras®. El Wendigo y otros relatos extraños y macabros nos ofrece un fascinante recorrido por la obra de uno de los autores trascendentales del género en el puente entre los siglos XIX y XX. Máximo exponente del horror naturalista, su obra ha dejado una sombra alargada no sólo por su influencia en la futura creación de las atmósferas lovecraftianas, sino también por su ascendente en muchos de los preceptos literarios que sostienen la obra de insignes del siglo XX como Ramsey Campbell, Stephen King o John Langan.

Carol, en la oscuridad

Su forma de impresionar a las chicas siempre había sido a través de la creatividad, orientada a la recreación de atmósferas macabras. El aspecto físico o ciertos rasgos de su personalidad no importaban; en su caso, la conquista se basaba en la cantidad de miedo que fuera capaz de hacerles pasar.

Con Carol, sin embargo, había sido diferente. Ella se había mostrado inmune a sus historias, a sus representaciones, a los numeritos que se montaba en las fiestas nocturnas de la universidad, cuando se quedaban a oscuras en un rincón y él le contaba cuentos macabros que iba improvisando. A ella le resultaba simpático, original, incluso talentoso…, pero su interés no pasaba de ahí.

Entonces decidió llevarla a la famosa «Casa del crimen» —siempre hay una «Casa del crimen» en estos cuentos, incluso cuando son sátiras—. Supuso que sería el golpe definitivo. Pasar con ella una noche en aquella casona abandonada, donde habían degollado a una asistenta hacía treinta años, tenía que resultar. Era un edificio sobre el que circulaban muchos rumores…, habladurías de esas que a él no le quitaban el sueño, pero que podían conmover a una chica como Carol.

Ella aceptó, ligeramente interesada. Antes de acudir, fueron juntos a la hemeroteca y leyeron todos los detalles del caso en los archivos de prensa de la época. Realmente sangriento. Había una foto de la víctima en los periódicos: morena, pálida, de ojos saltones… Todo lo contrario de Carol, que era rubia, fresca, de mirada cándida, muy atractiva.

Se internaron en la casa; él delante, ella detrás, cogida de su mano. Se colaron a través de una ventana, cuyo cristal habían roto los gamberros a pedradas. Caminaron por el suelo crujiente del vestíbulo —«Aquí fue donde el asesino la persiguió», susurraba él—; después se adentraron en un estrecho pasillo —«Y aquí fue donde finalmente la arrinconó», siguió él, con tono lúgubre—. Al llegar al final del corredor, entraron en una habitación vacía, a mano izquierda. Olía allí muy mal. Él notó que la mano de ella se enfriaba, y sospechó que por fin estaba consiguiendo impresionarla. «En esta habitación fue donde la degolló, Carol», dijo. «¿A que impresiona?». Ella no respondió…, y su mano se puso rígida. Él se volvió, sabiendo que por fin contemplaría el miedo en su rostro.

«¿Carol?» susurró en la oscuridad.

Pero Carol no estaba con él. Aquella chica rubia a la que pretendía impresionar había desaparecido, y quien sostenía su mano era un pálido espectro de rostro exangüe y ojos saltones. Una medialuna negruzca atravesaba su cuello de lado a lado, y borbotones de sangre parda y espesa manaban de su garganta.

Él cerró los ojos.

Onetti: un autor inagotable

Llevaba tiempo queriendo dedicarle un espacio en El Disparaletras® a este genio singular llamado Juan Carlos Onetti. Seguramente era el enorme respeto por su obra y la difusa sensación de saberme no del todo preparado para comentarla lo que ha retrasado tanto este momento. Sigo convencido de que no estoy del todo capacitado para diseccionar a semejante autor, pero son más grandes las ganas que tengo de compartirlo contigo, así que me lanzaré a la piscina sin más. Y aunque toda su obra me fascina, todas y cada una de sus novelas me embelesan, hoy vengo a hablarte principalmente de mi libro favorito de Onetti; este tomo maravilloso que te enseño a continuación y en el que se aúnan sus Cuentos completos:

Cuentos completos, de Juan Carlos Onetti. Alfaguara, Madrid, 2009. 536 páginas

Creador de una estética propia, dominador de la expresión escrita como pocos o ninguno, retratista de la amargura y el pesimismo como no ha habido otro, dibujante de héroes grises e insustanciales, inútiles e impotentes, y maestro absoluto en el dominio de los conceptos de espacio-tiempo a través de la técnica narrativa, Juan Carlos Onetti emerge como una referencia totémica para los narradores hispanohablantes del siglo XX. Un poco descolgado de ese grupo compacto y homogéneo etiquetado con el onomatopéyico nombre de «Boom Latinoamericano», Onetti ha sido, sin embargo, una referencia ineludible para todos ellos, con quienes ha compartido amistad, aunque no tanto cartel; experiencias humanas, aunque no tanto mediáticas. Retraído, tímido, invariablemente atrincherado tras una coraza de silencio y protector absoluto de su intimidad creativa, Onetti ha construido sin alharacas un rico y profundo universo narrativo. Sus historias se basan, la mayoría de las veces, en simples contingencias terrenales, pero el autor uruguayo posee tal habilidad para escudriñar la esencia del hombre que esas sencillas eventualidades derivan en dilemas trascendentales para sus personajes, entes a medio camino entre la abulia y el fracaso, destinados generalmente a contemplar la lluvia, el humo de los cigarrillos, los residuos urbanos, la humedad de las paredes, las mil sombras que acechan en los rincones y que engullen las esperanzas desfallecientes del alma humana.

El pozo (Novelas breves 1) (incluye las novelas breves El pozo, Los adioses, Para una tumba sin nombre, La cara de la desgracia y Jacob y el otro), de Juan Carlos Onetti. Debolsillo, Barcelona, 2016. 256 páginas

Mediante un encomiable trabajo, la editorial Alfaguara ha conseguido reunir en un solo volumen la totalidad de los cuentos de Juan Carlos Onetti. Cabe aclarar que Onetti se ha mostrado especialmente hábil en la confección de algunas narraciones que, por su extensión, pueden exceder los límites de lo que normalmente conocemos como «cuento». Así, algunas de estas historias son consideradas «novelas breves». Es el caso de su primera obra publicada, El pozo (1939), un intenso relato intimista en el que ya se despliega el talento del mejor Onetti. Otras obras que pueden enmarcarse en esta categoría de «novela breve» son Los adioses (1954), Para una tumba sin nombre (1959), La cara de la desgracia (1960), Jacob y el otro (1961) o La muerte y la niña (1973), estas tres últimas incluidas, no obstante, en el volumen de los Cuentos completos. Este tomo incluye piezas maestras como «Un sueño realizado», «Bienvenido, Bob», «Esbjerg, en la costa», «El álbum», «El infierno tan temido», «La novia robada», «Ki no Tsuyaruki» o «Maldita primavera». En estos cuentos —y en todos los demás que componen el volumen— el lector tendrá acceso a un mundo cerrado y opresivo, agobiante por momentos, y cuyo discurrir narrativo ofrece la experiencia radical de una transmisión ficcional basada en un lenguaje literario puro y ascético. El lector conocerá las calles de Santa María, uno de los emplazamientos mito-poéticos más célebres de la literatura latinoamericana, y que Onetti creó a partir de su novela La vida breve, de 1950.

La vida breve, de Juan Carlos Onetti. Debolsillo, Barcelona, 2016. 400 páginas

Juan Carlos Onetti nació en Montevideo, Uruguay, en 1909. En 1930 se instaló en la ciudad de Buenos Aires, y tres años después publicó su primer cuento: Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo. Ejerció diversos oficios, algunos de ellos relacionados con la literatura y el periodismo, hasta la publicación de El pozo, en 1939. A partir de entonces es nombrado secretario de redacción del semanario Marcha, en Montevideo, cargo que ejerció hasta 1941. Posteriormente ingresó en la agencia de noticias Reuters, como encargado del teletipo; las guardias nocturnas junto al receptor de noticias le brindaron momentos muy fructíferos de lectura y escritura, como el propio autor contó en una entrevista inolvidable con Joaquín Soler Serrano en el programa de Radiotelevisión Española A fondo (1976). Por esos años su novela Tierra de nadie (1941) obtiene el segundo premio en un certamen de la editorial Losada, de Buenos Aires, ciudad a la que Onetti regresa en 1955. Continúa trabajando para la prensa y publicando novelas regularmente: Para esta noche (1943), y La vida breve (1950), novela troncal y fundamental para entender su obra, y considerada una de las novelas en lengua española más influyentes del siglo XX. Tras publicar algunas novelas breves —ya mencionadas— y contraer matrimonio por cuarta vez, publica en 1961 El astillero, una de sus obras más reputadas. En 1964 aparece Juntacadáveres, finalista del Premio Rómulo Gallegos de 1967. En 1974 tiene lugar un lamentable incidente tras el cual Onetti es detenido y encerrado en un manicomio por orden del dictador uruguayo Juan María Bordaberry. Gracias a la intervención del poeta español Félix Grande, quien reunió firmas para exigir su liberación, Onetti sale del centro psiquiátrico unas semanas después, y tras una breve estadía en Buenos Aires viaja a España. Una vez instalado en Madrid, permanecerá allí hasta el fin de sus días. Los años finales de Onetti están signados por la publicación de sus últimas obras: Dejemos hablar al viento (1979, con la que concluye su llamada «Saga de Santa María»), Cuando entonces (1987) y Cuando ya no importe (1993). En 1980 le fue otorgado el Premio Cervantes, y ese mismo año fue propuesto para el Premio Nobel. Aunque en 1985 la democracia volvió a Uruguay, Onetti decidió permanecer en Madrid, donde murió el 30 de mayo de 1994, a los ochenta y cuatro años de edad.

Juan Carlos Onetti (1909-1994)

Iconoclasta, irreverente, indisciplinado, reflexivo, existencialista, introvertido, sabio sin escuela, filósofo sin academia, pensador sin doctrinas, lector infatigable, literato apasionado y carente de vanidad, creador sin igual. Una cama, un vaso a medio llenar de turbio alcohol, el humo de un cigarrillo, un libro de Simenon en las manos, un codo apoyado sobre el colchón. La mirada lúcida, las gafas enormes. Un hombre tumbado en una cama, con las manos en la nuca, adivinando las sombras en el techo húmedo y telarañoso: el héroe onettiano por antonomasia. La muerte, la prostitución, el juego, la desolación, la bebida, los crímenes, el trabajo inveterado, el camino hacia la nada, el suicidio, la existencia inevitable: sus temas recurrentes. Imágenes, fragmentos, postales humedecidas que dan forma al mundo narrativo de uno de los genios creativos más conspicuos de nuestra literatura. Un autor cuya obra se vuelve inabarcable por la dinámica interna de su mensaje y por la complejidad formal de su discurso, que hace que sus cuentos y novelas evolucionen junto con el crecimiento espiritual del lector, características que permiten que cada lectura de cualquiera de sus textos sea única e irrepetible. Esa magia interna, ese arcano indescifrable, convierte a Juan Carlos Onetti en un autor inagotable.

«Cumbres Borrascosas»: más allá de la novela gótica

Cuando se analiza la cronología de la literatura gótica y, posteriormente, del terror victoriano, aparecen obras inclasificables y asombrosas que sin duda marcan un punto de inflexión, especialmente debido al tratamiento tan original que hacen del tema; en ocasiones, el factor distintivo se lo otorga la inclusión en la historia de un personaje indeleble para la memoria. En el caso de Cumbres borrascosas, de Emily Brontë —novela ideal para leer en estos días lluviosos y fríos (Canarias), o azotados por una furiosa tormenta de nieve (resto de España)— nos encontramos con una novela que reúne ambas características. El resultado es una obra literaria de una intensidad emocional, espiritual y metafísica pocas veces vista.

Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë. Valdemar, Madrid, 2014. 397 páginas

Cumbres Borrascosas narra la historia de dos fincas ancladas en los desolados e inhóspitos páramos de Yorkshire (norte de Inglaterra), y de la ruina moral y física de dos familias: los Earnshaw, propietarios de Cumbres Borrascosas, y los Linton, instalados en la vecina Granja de los Tordos. Ambos árboles familiares caerán en desgracia a causa de la perversidad de un ser ruin y carcomido por el odio y el resentimiento: el mestizo Heathcliff, un niño desarraigado y de origen incierto que el señor Earnshaw adopta de pequeño, y que lleva a vivir con sus dos hijos pequeños, Catrherine y Hindley. Entre Heathcliff y Catherine se forjará muy pronto una relación obsesiva y malsana, un amor imposible que el paso del tiempo y las influencias familiares convertirán en la grotesca caricatura de una pasión incontenible. El perverso Heathcliff, rechazado por Catherine en beneficio de Edgar Linton, huirá derrotado de Cumbres Borrascosas…, pero regresará años después, dispuesto a llevar a cabo una cruenta e implacable venganza: todo su odio y crueldad se volcarán en contra de cualquier Linton o Earnshaw superviviente, hasta convertirse en el señor de ambas fincas. Así y todo, su pasión por Catherine sólo podrá ser satisfecha una vez que ambos atraviesen la barrera de la muerte.

Un aspecto muy interesante de Cumbres Borrascosas es su punto de vista. La novela está narrada en primera persona desde la perspectiva de Lockwood, un simple inquilino que arrenda la Granja de los Tordos en 1801. Una visita accidental a Cumbres Borrascosas despierta su curiosidad, y es entonces cuando entra en escena Ellen Dean, el ama de llaves, que es quien lleva la voz cantante en toda la novela, recreando la cronología de ambas familias mientras Lockwood se recupera de su enfermedad. El relato de Dean se verá salpimentado por intervenciones de otros personajes, quienes en determinados momentos también adoptarán el papel de narradores, y toda la historia se desplegará a través del testimonio de primera mano de todos los que intervienen. De esta manera, veremos que no se registran acciones objetivas desarrolladas por una visión omnisciente, sino un constante solapamiento de relatos en primera persona. Aun así, Emily Brontë maneja con enorme equilibrio esta pirámide de narradores, haciendo que la historia sea, a la vez que compleja e intrincada, perfectamente inteligible para el lector.

Los desolados páramos de Yorkshire (al norte de Inglaterra), escenario de la novela Cumbres Borrascosas. La familia Brontë también vivía en este condado, el más extenso de Gran Bretaña

La novela ofrece una oscura y atormentada visión metafísica del destino, arraigada en el deseo y la pasión de Heathcliff por su hermana adoptiva Catherine. Esta relación representa el foco central de las emociones en la narración, pero termina funcionando como causa de otras uniones, todas ellas saturadas de un apasionamiento incontenible. Discursivamente, es una de las novelas más violentas del siglo XIX: los personajes se agreden verbal y físicamente, y perpetran actos de una crueldad manifiesta, basados principalmente en el maltrato psicológico y la vejación emocional. La novela incluye flagrantes abandonos a enfermos terminales, secuestros, palizas, intentos de asesinato, humillaciones morales y hasta actos de necrofilia. Apelando a la descomposición ética y espiritual de estos rústicos habitantes de los páramos, la joven Brontë parece haberse esforzado en exagerar intencionadamente el tono y la atmósfera elegidos para narrar la novela, y el romanticismo del discurso alcanza altísimas cotas en numerosos pasajes de la narración. Esto crea una sensación estética muy particular en el lector: la historia resulta adictiva por la perfecta estructuración de la trama, mientras que la destilación puramente melodramática y la fuerza expresiva del mensaje crean escenarios narrativos muy impactantes para el lector.

La aparición del libro supuso una ruptura absoluta de los cánones del decoro que la Inglaterra victoriana esperaba y exigía a sus novelas; Emily Brontë se propuso bucear en lo más umbrío y retorcido de la conciencia humana, y articular la novela en la simbología entre las almas torturadas que la protagonizan y la hostilidad climática del entorno; los páramos yermos, desolados, lluviosos, rocosos e impracticables casi son un personaje atormentado más de esta épica tragedia, y resulta asombroso cómo la autora aprovecha estas características escénicas para conseguir, a través de la pura semiótica, circunstancias estéticas que conmueven al lector.

Emily Brontë (1818-1848)

La autora, Emily Brontë, nació en Thornton, Yorkshire, en 1818. Fue la quinta de seis hermanos, siendo muy conocidas también dos de sus hermanas por la popularidad que alcanzaron sus obras literarias Jane Eyre (Charlotte Brontë, 1847) y Agnes Grey (Anne Brontë, 1847). En agosto de 1824, las hermanas Brontë fueron enviadas al crudo internado de Clergy Daughters, en Cowan Bridge (Lancashire), de donde volvieron enfermas de tuberculosis. Las muchachas poseían una imaginación desbordante, lo cual les permitió crear un mundo ficticio que alimentaron con poesías, relatos y novelas. Fue entonces, al regresar del internado, cuando concibieron el plan de escribir una novela cada una, siendo el resultado las obras arriba mencionadas, más Cumbres Borrascosas (1847). A pesar de que las tres novelas son consideradas clásicos de la literatura inglesa, ninguna alcanzó el punto de popularidad de esta última, al menos en nuestros días. Cabe aclarar el hecho de que las tres hermanas tuvieron que publicar las novelas con seudónimos masculinos, debido a los problemas que tenían las mujeres por aquel entonces para editar sus trabajos literarios. Respetando las iniciales de sus nombres, Charlotte publicó Jane Eyre bajo el nombre de Currer Bell; Anne entregó Agnes Grey con el pseudónimo de Acton Bell; y Emily firmó Cumbres Borrascosas con el nombre de Ellis Bell. En septiembre de 1848 falleció su hermano Patrick, y en el entierro de este Emily enfermó y ya nunca se recuperó. Moriría tres meses después, el 19 de diciembre de 1848, con tan sólo treinta años.

Una lectura para disfrutar y paladear, para vibrar y asombrarse, Cumbres Borrascosas emerge como una de las historias de pasión enfermiza más intensas y mejor estructuradas del siglo XIX. La joven Emily Brontë consigue un melodrama inolvidable y entrega para la galería uno de los personajes más oscuros e implacables de la literatura: el perverso Heathcliff, paradigma del resentimiento y la obsesión, y reverso tenebrosos de los típicos héroes byronianos.

Para terminar, una cita de H. P. Lovecraft acerca de la novela en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura: «El inquietante terror de la señorita Brontë no es un mero eco de la novela gótica, sino la expresión tensa de la reacción estremecida del ser humano ante lo desconocido. En este aspecto, Cumbres Borrascosas se convierte en símbolo de una transición literaria, y señala el nacimiento de una nueva escuela, más competente». Ha hablado el maestro… ¿Qué más puedo añadir yo?

Crónicas de Winesburg, Ohio

Como primer encuentro del año en este blog, te traigo hoy el resumen de una lectura muy especial. Se trata de una obra que leí hace muchos años, con todas las limitaciones de la inexperiencia, pero que aun así dejó un sedimento de curiosidad en mi ánimo lector. Hurgando hasta la saciedad en la obra de Faulkner y en la de sus incontables discípulos, el nombre del autor y el título del libro no dejaban de mencionarse como referencias ineludibles. Tras leer algunos fragmentos sueltos durante estos años, me decidí a regresar a sus páginas, lo cual me permitió descubrir su carácter de obra maestra y fundacional. Estoy hablando de una de las creaciones más genuinas de Sherwood Anderson, el inclasificable volumen titulado Winesburg, Ohio.

Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson. Acantilado, Bacerlona, 2009. 247 páginas

El rasgo de mayor originalidad que atesora Winesburg, Ohio lo encontramos en la estructura y el formato de la obra. ¿Es una novela? En parte, sí, ya que sus diferentes episodios articulan una cronología global, la narración de los habitantes del pueblo de Ohio en donde transcurren todas las historias del libro. ¿Es un volumen de relatos? También, ya que cada una de sus piezas se puede leer de forma independiente y prescindiendo de un orden determinado, sin que esta anarquía lectora haga perder un ápice de autonomía a cada uno de los «cuentos». La habilidad de Sherwood Anderson para hilar los diferentes elementos conceptuales del libro le permite esta inusitada versatilidad estructural. Tenemos, entonces, un manojo de cuentos excelentemente narrados que ofrecen, cada uno por separado, el segmento de un fresco global, de una historia integral maravillosamente ensamblada.

Un personaje central ejerce como elemento de unión principal: George Willard, un joven periodista del Winesburg Eagle, el periódico local. George es hijo de un matrimonio de hoteleros, y recorre las calles y los comercios del pueblo en busca de noticias y acontecimientos. De esta forma entrará en contacto con los diversos conflictos amorosos, pecuniarios, religiosos, sexuales, existenciales y mundanos de sus vecinos. En cualquier caso, la figura de George Willard no es la de un simple voyeur que espía los avatares de sus congéneres, sino que el autor también lo lleva a protagonizar su peripecia personal a lo largo de los episodios que conforman la narración. Todos estos capítulos, naturalmente, están enmarcados en la geografía determinada del pueblo de Winesburg, un espacio mítico que el autor trabaja con mimo y sumo detalle. El mapa del pueblo está presente en las descripciones y el recorrido de los personajes a lo largo de la narración, y los diferentes elementos escénicos interactúan una y otra vez con las acciones de los protagonistas. Este contacto permanente con el entorno hace que el lector en ningún momento pierda la referencia espacial en la que se desarrollan los diferentes estadios narrativos.

La edición catalana de Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, con el famoso cuadro American Gothic (Grant Wood, 1930) en la portada. Viena Editorial, Barcelona, 2009. 256 páginas

De entre los cuentos que componen la obra cabe destacar «Nadie lo sabe», una de las aventuras del reportero George Willard en la que se narra un encuentro sexual fortuito con Louise Trunnion, una moza local; «Devoción», una larga historia articulada en cuatro partes que desglosa el devenir de la familia Bentley en el pueblo; «Aventura», la absorbente narración de Alice Hindman, una joven soltera que sucumbe a sus impulsos más primarios y a su necesidad de liberación; «Tandy», un relato estremecedor sobre una niña de cinco años sometida a la desidia de un padre agnóstico y a los inquietantes discursos premonitorios de un turbio forastero borracho; «La fuerza de Dios», narración que desgrana la tragedia y posterior redención de un sacerdote impelido a espiar a una mujer desnuda, con las consiguientes reflexiones sobre el pecado; «La maestra», que cuenta la historia de Kate Swift, una educadora local volcada en fomentar el talento literario del joven George Willard, en un relato cargado de pulsión sexual; y «La mentira no dicha», la peripecia de dos jornaleros sometidos a la esclavitud del matrimonio tras sendos escarceos amorosos. Por último, «Muerte», la impactante historia del doctor Reefy y su extraña relación mística con Elizabeth Willard, la madre del reportero protagonista. Por supuesto que el resto de historias no desmerece en absoluto, pero es importante destacar, una vez más, el carácter ambivalente del libro como compendio de historias sueltas o como narración global articulada.

Sherwood Anderson (1876-1941)

Sherwood Anderson resulta una piedra de toque fundamental para entender la narrativa norteamericana del siglo XX, con todo lo que eso significa. Su tendencia a la narración de corte regionalista terminaría forjando el impulso creativo de escritores de la talla de John Steinbeck, John Dos Passos o William Faulkner —a quien conoció de joven y, de alguna manera, sirvió de mentor—. Todos estos autores, y otros más, no han dudado en calificarlo como el padre literario de toda una generación. Anderson nació en Camden, Ohio, en 1876. A los catorce años abandonó los estudios y se dedicó a los más diversos empleos. Fue soldado en Cuba durante la guerra hispano-estadounidense, hasta que finalmente se radicó en Chicago, con el objetivo de dedicarse a la literatura. Allí empezó a escribir poemas, cuentos, novelas y ensayos. Su obra se reduce a un puñado de libros, de entre los que destaca, sin duda, el Winesburg, Ohio que nos ocupa hoy, libro publicado en 1919. En 1920 vio la luz su novela Pobre blanco, seguida de Muchos matrimonios (1923). De 1931 es La canción de las máquinas, un ensayo, y de 1933 Muerte en el bosque, otra colección de relatos. Anderson tuvo una muerte tan trágica como absurda, digna de un cuento de Quiroga: falleció de peritonitis tras haberse tragado un palillo de dientes. Esto ocurrió en Ciudad de Colón, Panamá, el 8 de marzo de 1941. Tenía sesenta y cuatro años, y para entonces ya había hecho germinar su semilla literaria en muchos de los más importantes y trascendentales escritores de la naciente generación de disparaletras norteamericanos. En 2009, la editorial Lumen publicó en España un volumen de sus Cuentos reunidos, libro que constituye un auténtico tesoro, un ejemplo depurado de su mejor narrativa breve.

Winesburg, Ohio me pareció un libro ideal para iniciar el 2021 en El Disparaletras®. Quienes asisten a los Talleres de Escritura Creativa que imparto desde hace unos años ya conocen algunos cuentos de este volumen, ya que su complejidad discursiva, su estilo limpio y exquisito y, sobre todo, la calidad y profundidad de su discurso hacen que cada una de las perlas que componen este volumen sea una pequeña lección de literatura.

Adiós, veinte-veinte

El de hoy será el último Disparaletras® del año 2020. Durante la última semana del año, y en la agonía del mes de diciembre, suele prevalecer la difusa sensación de que se cierra una etapa y comienza otra nueva, cuando lo cierto es que uno no para. Este año, quizá más que nunca, sobrevuela esa predisposición psicológica —basada principalmente en la esperanza— de que todo lo malo que ha ocurrido en 2020 se irá con él, y de que el nuevo año supondrá la superación de todos estos problemas. No quiero mostrarme ni demasiado agorero ni demasiado esperanzado. Simplemente diré: ojalá.

La medianoche que marca el límite entre un año y otro casi siempre ofrece un mínimo espacio para la reflexión. Se piensa, en ocasiones, en lo que se ha vivido durante esos doce meses, o en cómo progresarán ciertos proyectos que uno espera que encuentren continuidad en el año que empieza. También suele ocurrir que cuando uno piensa: «A ver qué nos traerá el nuevo año…», enseguida otra voz interna responde: «¿Y qué nos va a traer? Lo mismo de siempre». Ahora sabemos que esa voz nunca pudo haberse equivocado más que en lo referente a este infausto 2020 que, estoy seguro, nunca jamás olvidaremos.

Creo y siento que ni la más fértil imaginación creativa hubiera podido pergeñar semejante disparate de año, lo cual viene a demostrar una vez más lo que todos ya sabemos: que la realidad siempre supera a la ficción. Y ya no se trata de si alguna vez recuperaremos el mundo y nuestras vidas tal y como las recordamos, ya que muy probablemente ese fue el origen de todo el problema. A todo nos acostumbraremos y a todo nos adaptaremos, como siempre… Este 2020 nos ha traído un nuevo y desagradable compañero de viaje —me ahorro el nombrarlo—. Su compañía es como una mochila: condiciona nuestro devenir diario, supone una amenaza permanente, ha matado y seguirá matando gente, ha masacrado y seguirá masacrando nuestro desarrollo social… En una palabra: es como una pesadilla que no desaparece.

Bueno, ya me puse oscuro… Es deformación profesional. Vamos a intentar positivar un poco. Y es que, en lo personal, también ha sido un año complicado, con sucesos dolorosos, inesperados y cercanos a la tragedia. Sin embargo, a nivel profesional el tema no ha ido nada mal, y una vez más, como es costumbre, quisiera dedicar un pequeño espacio en este blog para agradecer a todos aquellos que lo hicieron posible. 2020 me ha permitido ofrecer a los lectores dos nuevas publicaciones: Lugares prohibidos y El Vástago del Mal. El primero, un reto que me orienta hacia un nuevo rumbo narrativo, mi propuesta para un público juvenil al que hasta ahora no había tenido acceso; el otro, el inicio de un proyecto de narrativa ambicioso y estimulante, el pistoletazo de salida de mi obra más amplia hasta la fecha. Los dos gozando de muy buena salud en el mes y medio que llevan entre los lectores. Los dos aportándome unas alegrías de fin de año con las que ni soñaba en marzo o abril. Es justo, por supuesto, el agradecimiento a todos los lectores y lectoras que se han acercado tanto a un libro como al otro, y que en tiempos donde gastar dinero se ha convertido en algo cercano a la utopía siguen apostando por este humilde Disparaletras. Este agradecimiento se hace extensivo, por supuesto, a mis editores: Jorge Liria, de Mercurio Editorial, y Verónica García Melgar y Juan Carlos Saavedra de Bilenio Publicaciones. Es obvio que sin ellos no existiría ningún lugar prohibido que visitar ni ningún vástago del mal al que dar a luz…

También quiero agradecer a todos mis alumnos y alumnas de los Talleres de Escritura Creativa por todo lo que hemos podido compartir durante este año. A todos aquellos que pusieron ganas y voluntad para adaptarse al formato videoconferencia cuando las cosas se pusieron verdaderamente complicadas, y a todos los que, tras un verano extraño y lleno de incertidumbre, volvieron a las clases presenciales en octubre con el mismo entusiasmo de siempre. También a los que se incorporaron hace poco y a todos aquellos que contratan tutorías y cuentan conmigo para su formación. Nuestras vivencias en la República de las Letras nos han permitido recordar por qué amamos tanto la creación literaria: sencillamente porque nos facilita el acceso a mundos que, muchas veces, son mucho más agradables que el nuestro, aunque sólo sea por el hecho de que son ficticios. Tenemos mucha peripecia literaria por delante, y esto, desde luego, continúa en 2021. Todo esto no sería posible, desde luego, sin la confianza que Fuentetaja sigue depositando en mí, y desde aquí un abrazo enorme a todos mis compañeros de la Academia; hemos tenido que sostener y sacar adelante una situación complicada que, en otras latitudes de España, sigue siendo inmensamente difícil. Lo estamos consiguiendo: nuestro amor y nuestra pasión por las letras lo puede todo.

Es justo también, y como siempre, enviar un agradecimiento a toda esa gente silenciosa que trabaja con ahínco y responsabilidad, y cuya colaboración resulta imprescindible para que pueda desarrollar este oficio con tanta tranquilidad y placer: agentes, representación, correctores, lectores beta, ilustradores y libreros. También a los organizadores de eventos que han contado conmigo durante este año tan complicado: es admirable el tesón y la irreductibilidad con la que han luchado para que salgan adelante los eventos culturales, viéndose, en la mayoría de los casos, pisoteados por la realidad. Algunos de estos encuentros salieron adelante y pudimos celebrarlos, aún con medidas restrictivas y todo lo demás. Otros se quedaron a medias y no hubo más alternativa que tirar de las nuevas tecnologías para llegar a los lectores y asistentes. Otros, por desgracia, debieron cancelarse del todo. Aquí no voy a hacer distinciones: desde aquí, un aplauso fuerte y de pie para todos los que pugnaron por sacar esos eventos adelante. Han sido un ejemplo de lucha y superación, y su esfuerzo sienta un precedente para este año que comienza.

También quisiera darte las gracias a ti, que frecuentas este blog y que este año me has ayudado mucho con tus visitas, comentarios y difusión; sin tu interés por las tonterías que escribo por aquí, hubiera sido imposible sacar adelante este rinconcito tan querido y tan importante para mi comunicación con los lectores y lectoras.

Finalmente, expreso mi agradecimiento final del año a los más cercanos: a mi familia, por asimilar y paliar mis agudas tribulaciones y comprender que todas mis dudas y miedos y anhelos y esperanzas vayan dirigidas hacia la misma obsesión de siempre —es algo que no puedo evitar, y lo saben… y lo aceptan, que es lo más complicado de todo—; y a mis amigos y amigas, con quienes, pese a la distancia, hemos logrado algunos momentos muy, muy especiales. Algunos del ambiente literario, otros no, han estado ahí en todo momento, compartiendo inquietudes y alucinando conmigo al respecto de todo lo que ocurría conforme avanzaban los meses.

Bueno, suficiente por hoy. Es más: suficiente por este veinte-veinte. Despidámoslo como se merece… Y estemos preparados para el que viene: ¿mejor?, ¿peor? Nunca se sabe. Este, desde luego, ha sido inolvidable y, en cierta medida, demoledor…

¡Feliz 2021!

El egoísta

Había sido el ser más mezquino, egocéntrico e individualista de los que había conocido. Jamás pensaba en nadie que no fuera en sí mismo; nunca había movido un dedo a no ser que fuese en beneficio propio. Nunca jamás había pensado en el bienestar o en la conveniencia de los demás.

Su muerte —un hecho natural— no despertó la habitual congoja. Murió solo. A su funeral y posterior entierro únicamente asistieron los deudos obligatorios, a quienes no acució el llanto. Su recuerdo muy pronto de desvaneció. Nadie lo echó de menos.

Pocos meses después decidí, en un inexplicado arrebato de compasión, llevar unas flores a su descuidada sepultura. Al llegar al cementerio vislumbré su figura desde la distancia, pero la inusitada espectralidad de la escena no me conmovió. Es más: puede que ni siquiera me sorprendiese. Allí estaba, sentado sobre un banco de piedra, contemplando su propia tumba, gimoteando en silencio, absolutamente desolado.

No necesitaba que nadie lo llorase. Ya estaba él para llorarse a sí mismo. Ya estaba él para lamentar su propia muerte.