La Semana del Libro

Entrada de recordatorio la de hoy, lunes después de Semana Santa, pero, sobre todo, jornada previa al Día del Libro y a una etapa del año que nos tiene acostumbrados a muchos y muy jugosos eventos a todos los que nos movemos entre letras y páginas. En lo que respecta a las actividades en las que me veré involucrado, te recuerdo que este jueves 25 de abril tenemos la presentación de Alguna clase de monstruo, mi nueva colección de relatos de terror. Como te anticipé en la entrada del lunes 15, el evento tendrá lugar en las instalaciones del Club La Provincia, a partir de las 20.00 horas. Fernando De la Guardia hará las veces de maestro de ceremonias. Huelga decir que espero verte ahí, con tu ejemplar en la mano y a la espera de una firma. Para todos los que me lo han preguntado durante la semana, sin duda es necesario que lo aclare: el libro no estará a la venta antes del día 25, con lo cual la presentación es el mejor momento para hacerse con un ejemplar.

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Alguna clase de monstruo. Madrid, Mercurio Editorial, 2019. 367 páginas

Al día siguiente, y casi sin que haya tiempo para asimilar nada, parto para Tenerife, donde estaré, a partir de las 18.30 horas, en Librería Agapea, en lo que será la celebración de una extraordinaria Noche Lovecraft, llevada adelante por todo el equipo del Proyecto Choose Cthulhu. Allí impartiré una nueva conferencia sobre el maestro de Providence. El evento será, además, la puesta de largo del Proyecto Choose Cthulhu II, la segunda serie de relatos de Lovecraft adaptados al formato libro-juego, iniciativa en la que tendré el honor de participar. Se prevé una noche llena de horrores tentaculares, así que si vives en la isla vecina te invito a que te des un salto.

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Por si fuera poco, el próximo martes 30 de abril comienza la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria, nuestro más querido evento literario anual en el parque San Telmo. Tengo prácticamente montado el calendario de firmas para este encuentro ineludible, y espero traértelo confirmado el próximo lunes, en la previa.

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Como ves, estamos en el comienzo de una semana agitada y cargada de eventos, de los que espero salir vivo y con la cordura más o menos intacta. Sea como sea, no quería faltar a esta cita semanal que tengo contigo, que visitas este blog asiduamente. Al fin y al cabo, es la Semana del Libro, y de eso venimos a hablar aquí la mayoría de las veces.

 

 

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Alguna clase de libro

Sí: llegó un día en el que me puse a escribir unos cuantos relatos de terror y los reuní en un solo volumen. Salió a la venta en 2016 y se llamó Un puñado de sombras. Era toda una incógnita. Después del éxito que había supuesto Pandemonio, había que sacar otro libro al mercado, pero no una novela que sofocase las ventas de la última. Entonces nos decidimos por una colección de relatos. Y, curiosamente, la acogida que tuvo el volumen fue extraordinaria, hasta el punto de convertirse en el libro canario más vendido en la Feria del Libro de ese año. El entusiasmo del los lectores fue, en muchos aspectos, incluso superior al que habían mostrado por Pandemonio. Hoy, tres años y muchos relatos después, te traigo mi segunda colección. La hemos llamado Alguna clase de monstruo.

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Alguna clase de monstruo. Madrid, Mercurio Editorial, 2019. 367 páginas

La impresionante portada es obra otra vez de Mélani Garzón Sousa, al igual que en mis últimas tres publicaciones. Si alguien te brinda constantemente semejantes muestras de talento, ¿merece la pena cambiar? Yo creo que no.

Siempre es un placer para mí sentarme a escribir relatos de terror. La mayoría de las veces me ayudan a paliar el síndrome de abstinencia que sufro cuando acabo una novela y necesito un tiempo más o menos prudencial para empezar otra sin volverme completamente loco por el choque de los mundos de ficción en los que trabajo. Esos periodos de desasosiego se vuelven de recreo total cuando tengo la libertad de inventar universos más breves, más reducidos, pero al mismo tiempo más intensos, más explosivos, y hasta cierto punto también más terroríficos que los de las novelas. Las historias viven y palpitan, y es una suerte no solo poder darles forma de narración, sino también, y sobre todo, contar con la posibilidad de ofrecerlas a los lectores a través de esta clase de libros. En este caso, Alguna clase de monstruo posee once narraciones independientes y autoconclusivas, casi todas ellas orientadas hacia las vertientes del horror que ya conoces de mis libros anteriores ―especialmente Pandemonio, Un puñado de sombras y Abismo―, pero también me he permitido incluir algunas piezas que se alejan un poco del género: ciencia ficción, relatos nostálgicos que coquetean con un realismo más o menos oscuro, y alguna que otra pieza de corte surrealista. En definitiva, creo que es un cóctel bastante equilibrado para que puedas vivir una agradable y truculenta experiencia lectora.


Te cuento un poco acerca de la presentación, que tendrá lugar el jueves 25 de abril a las 20.00 horas en el Club La Provincia, ese recinto donde he presentado ya tantos libros a lo largo de mi carrera. Me acompañará Fernando De La Guardia, un experto en literatura fantástica y de terror, con una prolongada carrera como librero y sobrado conocimiento en estos mundos de fantasía oscura que tanto nos gustan. No puedo estar en mejores manos. La presentación tendrá lugar justo antes de la Feria del Libro (que comienza el día 30 de abril), donde esperamos colapsar las casetas con este nuevo volumen.


Cada vez que vengo por aquí suelo traer microcuentos o microensayos, o noticias sobre algún evento muy particular. Y, muy de vez en cuando, vengo a hablar de cierta clase de libro. Es decir, de esos libros que yo mismo escribo. Creo que no es de extrañar que sea cuando mejor y más exultante me siento.

Nos vemos en la presentación.

Proyecto «Choose Cthulhu» y «Noche Lovecraft»

Hoy vengo a disparar letras henchido de orgullo. Y es que me dispongo a hacer oficial una noticia que ya ha estado dando vueltas por las redes sociales durante la semana pasada: mi ingreso en el Proyecto «Choose Cthulhu», un magnífico emprendimiento editorial destinado a adaptar los relatos de H. P. Lovecraft al formato libro-juego. Me estarás preguntando qué es esto del libro-juego: ¿recuerdas aquellos libros que también llamábamos los de «elige tu propia aventura»? Causaron furor a principios de los ochenta, cuando su irrupción en el mundo literario supuso una nueva alternativa a la hora de encarar una lectura. Después, por algún motivo, pasaron de moda. Ahora, este proyecto ambicioso y original no solo vuelve a ponerlos en la palestra, sino que nos trae entre sus páginas toda la demencia y el horror cósmico del más grande autor de fantasía de todos los tiempos.

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Este proyecto se lanzó al mercado el año pasado, adaptando seis de los más significativos relatos del maestro. «La llamada de Cthulhu» y «El horror de Dunwich» (adaptados por Víctor Conde), «Los sueños en la casa de la bruja» y En las montañas de la locura (por Edward T. Riker), y «La ciudad sin nombre» y «La sombra sobre Innsmouth» (por Giny Valris), además de un séptimo volumen titulado «El manicomio de Arkham», en el que participaron los tres autores. Todos estos libros están magníficamente ilustrados por Eliezer Mayor y Juan Antonio Abad «Juapi», y cuentan con dos formatos de edición (rústica y lujo). La irrupción del Proyecto Choose Cthulhu supuso un verdadero impacto en la esfera de las publicaciones relacionadas con H. P. Lovecraft, y en vista del fulgurante éxito de esta primera andanada de relatos se prepara en cocina el Proyecto Choose Cthulhu II. Y es ahí donde, casi sin creerlo, he sido convocado.

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La puesta de largo de esta segunda fase del proyecto tendrá lugar el próximo 26 de abril en las instalaciones de Agapea Tenerife, y aprovecho esta entrada para invitarte formalmente a lo que se ha dado en llamar la Noche Lovecraft, especialmente pensada para los fanáticos del genio de Providence. Allí tendré la oportunidad de brindar una nueva conferencia sobre H. P. L., sobre su importancia para la cultura popular y la controversia que despierta su imagen. Me acompañarán Edward T. Riker, que hará una lectura grupal de «Los sueños en la casa de la bruja», y Eliezer Mayor, que realizará dibujos exclusivos para los que traigan sus ejemplares de Choose Cthulhu o los adquieran durante la velada. El evento tendrá lugar a partir de las 18.30 horas en Librería Agapea Tenerife (Avenida Tres de Mayo, 71, Santa Cruz de Tenerife). Espero verte por allí, ya que nos espera una noche llena de horrores tentaculares y viejos grimorios prohibidos.

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Espero, con el transcurso de las semanas, traerte más información sobre lo que se cuece en el Proyecto y sobre mi participación en él. De momento, te anticipo que preparamos grandes sorpresas, y que todo está a punto para nuestra Noche Lovecraft del día 26, donde me encantaría verte. Y recuerda que en los libro-juegos de Choose Cthulhu, tú te encargas de elegir la mejor forma de morir… o de acabar demente sin remedio…

Te dejo aquí enlaces al evento en Facebook y, por supuesto, a la página web del Proyecto, para que tengas toda la información necesaria.

Nos vemos en R’lyeh…

«Dune», el arte de la política

De entre todas las catedrales que la literatura de ciencia ficción ha dado a luz durante el siglo XX, pocas o ninguna ofrece un calado filosófico y sociológico tan profundo como Dune, la obra maestra de Frank Herbert que supuso un drástico cambio estilístico y formal en el género cuando se publicó, allá por 1965. Fuente de múltiples interpretaciones e iniciadora de una larguísima saga ―continuada por Brian, el hijo de Frank Herbert, y Kevin J. Anderson― ocupa un lugar casi mítico dentro de las obras de culto de este género tan particular. Es su magnífica estructura formal y la superlativa configuración de sus personajes lo que sin duda atrae en primer término al lector, pero no hay que olvidar que en Dune subyace un mensaje que engloba la existencia humana en general y su devenir sobre nuestro planeta: el arte de la supervivencia termina siendo, a fin de cuentas, el arte de la política.

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Dune, de Frank Herbert. Barcelona, Debolsillo, 2017. 704 páginas

Dune cuenta la historia de un gobierno galáctico, una megaorganización política conocida como Landsraad. Uno de los territorios de esta organización es Arrakis, también llamado Dune, un planeta inhóspito y carente de agua, y adonde son destinados el Duque Leto Atreides y su familia. Con ellos viene su hijo Paul Atreides, un adolescente con poderes extrasensoriales que está llamado a convertirse en el mesías de los Fremen, una tribu libre de Arrakis, habitantes del desierto que manejan técnicas ecológicas y planetológicas para conseguir el bien más preciado en Arrakis: el agua. Arrakis es un infierno seco y árido asolado por unos monstruosos y gigantescos gusanos salidos de las profundidades de la arena, pero cuyo ecosistema produce la melange, una sustancia terapéutica sumamente adictiva que sostiene el interés de las Grandes Casas, de la Cofradía y del Imperio sobre el planeta. A raíz de una traición urdida en el mismo trono del emperador a través de los Harkonnen, casa rival del clan Atreides, la muerte del Duque Leto ocasionará la huida de su concubina, Dama Jessica, una bruja Bene Gesserit, y de Paul, a quien los Fremen más tarde llamarán Muad-‘Dib, y en cuya figura encontrarán a su dictador, su mesías y su mártir.

Esto, como puedes comprender, es apenas un resumen de lo que se revela como una de las tramas más ambiciosas e inabarcables de la literatura contemporánea. Como todo gran elemento adscrito a la fantasía en su universo propio, Dune contiene un importantísimo aparato extraliterario que el autor nos ofrece al final, a modo de apéndices y glosarios para entender su jerga particular y los diferentes intersticios de este universo apasionante. En todo caso, se diría que Herbert juega con las costumbres, los pilares culturales y los dogmas religiosos de nuestro propio mundo para ilustrar la pluralidad racial, social, territorial y sobre todo religiosa de todos los habitantes de su microuniverso particular. Así, más que una novela de ciencia ficción, Dune deviene en un fabuloso calidoscopio de la existencia humana reflejado a través de una narrativa atrapante y portentosa.

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Fotograma de la película Dune (David Lynch, 1984)

Pero más allá de erigirse como uno de los tótems universales del género, personalmente lo que más me ha impactado de la novela es su completo sentido político y su forma de conducir cada discurso y cada actitud de los personajes hacia las derivas sociales que puede desprender, siempre respetando las normas del juego intrínseco que los márgenes de la pieza literaria permiten. La política es el arte de la mentira pero también el arte de lo posible, y Dune despliega un amplio catálogo de actitudes políticas que son estrato puro del comportamiento humano en su función de conductor de pueblos. Todos los personajes actúan según sus ambiciones o creencias, según sus designios y supersticiones, pero siempre en pos de un establecimiento, de una relación de causa-efecto en el factor social que entronca, de manera muy notable, toda la estructura de la novela.

Mucho se ha hablado, por supuesto, de la para algunos defectuosa adaptación al cine a cargo de David Lynch, pero no me interesa ahora mismo tocar este tema. Después de haber leído la novela soy de los que piensan que la historia reposa en el soporte adecuado, y que tal vez resulte una temeridad intentar una transferencia a otros ámbitos de comunicación. La narrativa de Frank Herbert posee en este caso suficiente autonomía como para que las postales áridas y desoladas de Arrakis permanezcan en la memoria del lector para siempre.

Como sabemos, la novela fue un éxito fulgurante desde su aparición. Se publicó el 1 de diciembre de 1965 y al año siguiente se alzó con el Premio Hugo y con la primera edición del Premio Nebula a la mejor novela de ciencia ficción. El éxito del libro llevó a Herbert a escribir dos continuaciones: El mesías de Dune (1969) e Hijos de Dune (1976), con las que dio por concluida la trilogía. La gran popularidad de la saga le llevó, no obstante, a escribir un cuarto tomo: Dios emperador de Dune (1981), con la que esperaba ahora sí cerrar la saga, que se convirtió entonces en tetralogía. Finalmente, volvería con dos volúmenes más: Herejes de Dune (1984) y Casa Capitular Dune (1985). El final de esta novela era asombrosamente abierto, lo cual sin duda contribuyó a que, tras la muerte de Frank Herbert en 1986, su hijo Brian se asociara al reputado autor Kevin J. Anderson y pergeñaran dos trilogías más: Preludio a Dune (compuesta por Dune: La Casa Atreides, Dune: La Casa Harkonnen y Dune: La Casa Corrino) y Leyendas de Dune (que integran Dune: La Yihad Butleriana, Dune: la cruzada de las máquinas, y Dune: La Batalla de Corrin).

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Frank Herbert (1920-1986)

Como toda obra de ciencia ficción que se precie, Dune ofrece un escenario futurista lleno de tecnología avanzada elaborada a base de ingenio y lógica mecánica, pero al mismo tiempo aporta una visión primordial del espíritu humano. Es una novela que traspasa la mera capa de futurismo del género para hablar de mesianismo, religiones, establecimiento de castas, supersticiones, luchas cuerpo a cuerpo, armas rudimentarias, ciclópeos gusanos del desierto y, sobre todo, de política, en mi opinión el tema principal de la trama, y a través de cuyo oscuro vórtice sobrevuelan todos los vericuetos narrativos de esta portentosa obra maestra. A casi cincuenta y cinco años de su publicación, podemos considerarla un verdadero clásico de la ciencia ficción. Tal vez, por qué no decirlo, El Clásico con mayúsculas dentro de la inabarcable esfera del género.

 

 

I Feria de Autor en Gáldar

Hoy vengo a disparar letras para comentarte que este domingo, 31 de marzo, estaré firmando ejemplares en la I Feria de Autor de Gáldar. El evento tendrá lugar en la Plaza de Santiago, entre las 10.00 y las 15.00 horas. La propuesta está despertando muchísima expectativa, así que contamos con que habrá un ambientazo por todo lo alto, con mucha literatura que ofrecerte.

Uno de los objetivos del encuentro es el de dar a conocer a los escritores y escritoras de las islas y promocionar sus obras, y ha sido patrocinado por la poeta Isa Guerra, en colaboración con la Concejalía de Cultura del Excelentísimo Ayuntamiento de Gáldar y la Asociación Palabra y Verso.

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Si te apetece darte una vuelta, allí te espero. Estaré en alguna de las mesas de firmas con abundantes ejemplares de Veneno de escorpión, Pandemonio, Un puñado de sombras, las dos entregas de la serie Demencia y todos los demás.

Nos vemos allí.

In memoriam (ochenta y dos años, infinitos eones)

El pasado viernes 15 de marzo fue un día muy especial para todos los lovecraftianos de pro. Y es que se cumplieron nada menos que ochenta y dos años de la muerte del genio Howard Phillips Lovecraft. La muerte de su envoltura terrenal, se entiende, ya que su desaparición física significó, como en muchos otros casos, el nacimiento de un mito imperecedero, el surgimiento de la leyenda de ese autor único e irrepetible que, desde esta y otras plataformas, nunca me cansaré de reivindicar pese a las agudas polémicas surgidas en torno a su personalidad sin par y a su estilo literario, característico e incomparable. Un autor que, como dije hace bien poco, resulta un género en sí mismo. Imposible de encasillar. Inclasificable. Inmortal.

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Howard Phillips Lovecraft (1890-1937)

Lovecraft es ese autor que se te mete bajo la piel y, desde que profundizas un poco en su obra, no se aparta de ti. Vuelves a sus relatos una y otra vez porque es demasiada la atracción que generan sus descripciones barrocas del reino de Sarnath, aquel paraje verdoso e imaginal en donde una vez cayó la maldición. Porque se vuelve epidérmico su retrato rural de la comarca de Dunwich, donde se instaló el horror. Porque las criaturas batracias de Innsmouth, donde está la sombra, forman parte indeleble del bagaje cultural de cualquier adepto al horror. ¿Quién puede resistirse a indagar por los pasillos de la biblioteca de la Universidad de Miskatonic en busca de ese ejemplar perdido del Necronomicon, o quién puede apartar sus ojos del rito pagano en las catacumbas umbrías de la iglesia innominada de El ceremonial? ¿Cuál de sus millones de lectores no ha sentido la fascinación del Trapezoedro Resplandeciente y la llamada de ese asiduo de las tinieblas? ¿Y la invocación persistente y sensual del ser del umbral? ¿Y los balbuceos de ese que susurra en la oscuridad? ¿Y la dentellada letal del sabueso que despedaza carne humana? Las resurrecciones macabras perpetradas por Herbert West, con su ejército de Lázaros vengativos, o esa esfera de color indescifrable que, un buen día, vino desde el espacio exterior. El mar bravío y los manuscritos prohibidos, la dimensión paralela y los pasadizos injertos en los repliegues del espacio curvo. La degeneración de una comunidad, el mestizaje con seres innombrables, los grimorios, las tablillas repletas de lenguajes cuneiformes… las puertas de R’lyeh, donde Cthulhu espera soñando mientras bambolea sus tentáculos gelatinosos…, esperando, tan solo esperando el último ritual que le devuelva a la superficie…

Sí, es mi autor favorito. Al que vuelvo una y otra vez con la sensación de que estoy leyendo a un escritor que no es ni bueno ni malo, sino sencillamente otra cosa. Tuve el privilegio de impartir una conferencia sobre su figura hace unos años; estuve cerca de dos horas hablando de su vida y de su obra. También me han invitado a participar en programas de radio y en multitud de charlas. Y me supo a poco. Porque siempre quiero más. Relatos inéditos. Cartas. Escritos apócrifos. Narraciones en las que apenas se supone que intervino. Todo me vale, pero nada es suficiente para saciar esta sed de su literatura. Entonces vuelvo a las montañas de la locura o al cuarto preñado de misterios de Charles Dexter Ward, o a volar, perdido el sentido del espacio-tiempo, por las tierras de ensueño de Randolph Carter, en busca de la ignota Kadath. Intento superar las barreras del sueño gracias a las llaves de plata y entre legañas, flipando y adormilado, contemplo la reverberación iridiscente e interdimensional de Yog-Sothoth, la multiforme cadencia en el discurso perverso de Nyarlathotep, la mirada ciega e idiota de Azathoth, que babea y burbujea en el centro del infinito…

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Tumba de H. P. Lovecraft, en el Swan Point Cemetery, Providence, Rhode Island

Ochenta y dos años de mito y leyenda, de dioses y panteones, de horrores cósmicos y criaturas híbridas. Más de ocho décadas que han forjado el canon literario del horror cósmico y que cambiaron para siempre el devenir de los escritos oscuros. Hoy, 18 de marzo de 2019, podemos decir que la sombra del Sumo Sacerdote es quizá más alargada que nunca, y que bajo su cobijo crece un árbol de ficción inconmensurable, un caudal de narrativa lovecraftiana en continua evolución. La esencia se mantiene, los autores se suceden. El horror crece.

Han pasado ochenta y dos años pero la perspectiva en tan vasta, y tan indiscernible el borde de su horizonte literario, que es como si hubieran transcurrido eones. Infinitos eones.

In memoriam.

El sueño de Lucy Westenra

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No era una esposa adúltera como Bovary, Karenina o Lady Chatterley. Ni siquiera una recatada voluptuosa y apetecible como la incomparable Anita Ozores. No. Era una núbil doncella, una virgen curiosa, una flor rebosante de candor que gustaba de pasearse por el cementerio, por la tenebrosa abadía de Withby, y que contemplaba lápidas y losas y se maravillaba ante el mugido de las vacas. Su sonambulismo. Eso era lo que más fascinaba de ella. Ataviada solo con su blanco camisón, medio transparente, dejaba que la niebla nocturna envolviera su cuerpo delicioso y espigado, y sus ojos cerrados temblaban tras los párpados encarnados. Su pelo castaño ondeaba al viento suave y cálido de finales de agosto mientras se aposentaba, laxa, sobre la lápida falaz, anhelando quién sabe qué compañía. Su tierna virginidad era un reclamo de voluptuosidad, una llamada al pecado, un grito de deseo.

La noche tenía su nombre: Lucy. Una dulce muchacha de veintitrés años con la que soñar y fantasear, con la que imaginar noches de viva sensualidad, con la que procurar una vil mezcla corporal de cimiente, sangre, sexo y violencia. Era para devorarla. Para devorarla viva.

La sombra se cernió sobre ella. No una noche, sino varias noches. Innumerables noches. La sombra llegó en un barco a la deriva, en forma de perro feroz, y se ocultó entre los matorrales salvajes de la abadía, entre la penumbra de los panteones, entre las telarañas de las grutas de Whitby. La sombra la poseyó y arrebató su virginidad con brutalidad. No la disfrutó ni la hizo participe de un armonioso rito de iniciación, sino que la empaló con su descomunal fuerza ultraterrena, y su risa carcajeó a la luz de la luna, mientras los perros de la noche acunaban los gritos de dolor con aullidos lobunos. Los dientes blancos refulgieron y se hincaron en su cuello terso, tan deseable, y su sangre manó y su sexo padeció dolores y placeres por igual.

Sueño y fantaseo con Lucy Westenra, y elaboro luctuosas fantasías con su cuerpo…, incluso cuando este yace sobre el altar de mármol de un gélido panteón: su corazón atravesado por una estaca astillada, su cabeza separada del cuerpo, sus ojos abiertos al horror de la destrucción… Y su boca… ¡su boca deliciosa y ávida de pecado, monstruosamente repleta de ristras de ajo!

Amanecer interrumpido

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El coche color negro humo aparcaba todas las mañanas a la puerta del bloque de edificios. Llegaba antes de cada amanecer con precisión quirúrgica, hasta el punto de que el chirrido de los frenos coincidía con el tañido de la campana de la iglesia del pueblo, que anunciaba las cinco de la mañana.

El vehículo se detenía y permanecía en su puesto hasta que el sol se elevaba por sobre el tejado recto del edificio. Esto solía ocurrir sobre las once de la mañana, y durante esas seis horas de abulia e improductividad el coche permanecía aparcado ante la puerta del bloque, impertérrito, con el motor apagado. Cada sesenta minutos exactos, un teléfono sonaba en un apartamento de la primera planta del edificio. Se trataba de un piso con cortinas púrpura que siempre estaban echadas. No se apreciaba, eso sí, el menor movimiento en el interior, y ninguna otra señal de actividad que no fueran los timbrazos del teléfono, que siempre eran once. El campanilleo daba a entender que se trataba de un receptor bastante antiguo, probablemente de disco. Nadie cogía estas llamadas que se producían cada hora.

Cuando la esfera solar asomaba por encima del tejado del edificio el coche se ponía en marcha y se largaba en la dirección opuesta a la que había llegado. Dejaba tras de sí un ligero penacho de humo azulado y el edificio permanecía en la misma calma inamovible que durante el resto del día. Las horas transcurrían, el disco del sol seguía su carrera imperturbable hacia el oeste y, finalmente, se ocultaba, dando paso a la noche, que resultaba tan calma e insustancial como el día.

La rutina se repitió hasta el hartazgo durante quince largos años. Cada mañana, lloviera, nevara o estuviera despejado, el mismo coche color negro humo aparcaba ante el edificio poco antes del amanecer, coincidiendo su llegada con el tañido de las campanas. Al rato despuntaba el día. Una hora exacta después de su llegada se producía la primera llamada. Once timbrazos en el apartamento de la primera planta que no encontraban respuesta. Una hora más tarde, una nueva llamada telefónica incontestada. Poco antes del mediodía el coche se marchaba. Las puertas y ventanas del edificio jamás se abrieron durante esos quince años. Nunca nadie entró ni salió del bloque durante esos tres lustros de eterno déjà vu. Era un edificio deshabitado, y en cuyos intestinos solo podían adivinarse, desde la prudente distancia del exterior, dos elementos relacionados con la actividad humana: unas cortinas purpuradas que nunca se abrían ni se movían, y un teléfono que nadie contestaba.

Sin embargo, una mañana de otoño ocurrió un hecho inesperado. Después de más de cinco mil días de esta secuencia repetida, alguien cogió el teléfono. La llamada se produjo a las siete de la mañana de un 14 de octubre. Como siempre, el teléfono empezó a sonar, pero al cuarto timbrazo alguien respondió:

―Diga.

Un pequeño tumulto se produjo en el interior del coche color negro humo, sin duda producto de la inesperada respuesta. Se oyeron golpes y forcejeos, y un segundo después el petardeo de un motor. Nunca antes había ocurrido, pero lo cierto es que el vehículo arrancó a toda velocidad y salió de allí como alma que lleva el diablo, dejando sobre la calzada la marca del caucho quemado de los neumáticos. Desde el interior del apartamento de la primera planta se oyó un sordo clic cuando colgaron el teléfono, y pocos segundos después se apreció un ligerísimo y furtivo movimiento en las cortinas purpuradas. Se diría que alguien se asomó al exterior, pero nada alcanzó a verse de esa misteriosa figura.

En cualquier caso, lo más extraño de todo no fue que una voz respondiera a la llamada telefónica, sino el hecho de que el disco del sol se paralizara en su posición, como si fuera incapaz de seguir su carrera ascendente sin la presencia del coche color negro humo aparcado ante la fachada del edificio. Fue un hecho paranormal, inexplicable para cualquier estudio astronómico, pero lo cierto es que el coche nunca más regresó, y el sol, impelido ahora su desplazamiento por la ausencia de este elemento terrenal, permaneció por siempre jamás en esta posición, iluminando a medias el edificio deshabitado, irradiando una débil claridad sobre esas cortinas purpuradas que se habían movido un ápice, y eternamente congelado en lo que, al parecer, continúa siendo un misterio sin explicación: un amanecer interrumpido que, desde la distancia, causa extrañeza y pavor.

 

Comunidad de vecinos

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El apartamento permaneció vacío durante años. Las muertes violentas que habían tenido lugar allí espantaban a los potenciales inquilinos. El agente inmobiliario agotó sus recursos y sus estratagemas de convencimiento. Pero el resultado, al final, siempre era el mismo: las tragedias salían a relucir y las leyendas de sangre asomaban como conejos de una chistera. Y los interesados salían por patas.

Un día, sin embargo, el apartamento se pobló de presencias. Los vecinos las detectaron a los pocos días. Indignados, elevaron una queja al presidente de la comunidad: los nuevos vecinos estarían exentos de pagar las cuotas de la comunidad, y eso representaba un agravio comparativo para con el resto de los propietarios. El presidente se rascó la barbilla, reflexivo, pero no pudo arribar a ninguna conclusión. Convocó entonces una junta de propietarios con carácter de urgente. El único punto del día era la viabilidad de la permanencia de esos nuevos vecinos etéreos y sobrenaturales en el apartamento conflictivo.

La comunidad al completo se mostró inflexible. Los nuevos ocupantes no podían permanecer en el apartamento sin abonar las cuotas correspondientes a la comunidad. Como no se llegó a ninguna solución práctica acerca de cómo gestionar estos pagos, se adoptó como solución unilateral la expulsión inmediata de los indeseables.

Se aprobó, pues, una derrama para contratar a un exorcista. Este apareció en el edificio con sus libros vetustos y sus elementos sacramentales, y en poco menos de media hora se deshizo de estos molestos habitantes.

Al día siguiente la comunidad volvió a la normalidad, y todos los vecinos continuaron pagando sus cuotas religiosamente, más que nada para asegurarse de que seguían con los pies en la tierra. Y es que, para la mayoría de ellos, el más mínimo atraso les hacía sentir un poquito inmateriales…

«Sustento»

El pasado 26 de octubre viví el placer de impartir una charla sobre literatura de terror en el I. E. S. Arguineguín, frente a un grupo muy nutrido de alumnos de Bachillerato. Fue un encuentro agradable, con mucho feedback e intercambio, con preguntas inteligentes que destilaban tanto la curiosidad de los asistentes por el género como un genuino interés por acercarse a las obras que comentamos durante la charla.

Como parte de este encuentro, la Biblioteca de Mogán organizó un certamen, el VIII Concurso Literario del Ayuntamiento de Mogán. Se trata de un concurso de relatos escritos por los alumnos que desearan participar, y aquel día me comprometí a incluir el relato ganador en una entrada de El Disparaletras®. Y, como lo prometido es deuda, aquí te lo traigo.

Quien lo escribe es Jeremy Isaac Araña Moreno, un joven de diecisiete años influenciado por Lovecraft, Poe y Stephen King, y cuya imaginación ha florecido a la sombra del cine y las series de terror finiseculares (El proyecto de la bruja de Blair, Walking Dead), pero que también ha bebido de fuentes cinematográficas clásicas, como La noche de Halloween, Los chicos del maíz o El exorcista. El relato que Jeremy presentó, «Sustento», posee muchas cualidades como para tenerse en cuenta como una muestra de lo que puede estar surgiendo en cuanto a terror literario en la mente y en la imaginación de los más jóvenes. Cabe aclarar que este relato pronto verá la luz en una edición impresa, y que cuento con el permiso de los editores para hacerlo público aquí.

Así pues, no soy yo quien viene hoy a disparar letras en este blog, sino Jeremy Araña Moreno. Aquí te dejo, entonces, el sugestivo e inquietante microuniverso de…

 

SUSTENTO

La muerte simplemente es el comienzo

Dios, ese olor a putrefacto me está volviendo loco, aunque no me queda otra si quiero cobrar a fin de mes.

Esta mañana, al empezar mi turno, me encontré con el viejo Basalt tumbado en el pasto. Pensé que estaba durmiendo, pero hace una hora que lo aparté a la basura; si hay algo que me desconcentre más en una biblioteca es el mal olor.

Es extraño, hoy está vacía; normalmente, suelen venir los jóvenes a hacer sus quehaceres de los estudios, y más un lunes. Con el paso de los años, es triste ver cómo en las bibliotecas hay más libros y menos personas. Internet.

Diablos, casi olvido mis pastillas. He de tomarlas si quiero seguir cuerdo para cuando acabe mi turno.

Otra vez ese dichoso olor. Abrí las ventanas y vi a lo lejos al perro, justo donde lo dejé. Buen chico. Pobre Basalt. No tengo ni idea de por qué no se ha ido ese horrible olor. Me dirigí a mi puesto, me tomé las pastillas y retomé mi lectura. A veces, me sorprendo con la mano que tuvo Lovecraft para crear a Cthulhu.

Un señor de gafas y bien vestido entró a la biblioteca, manifestó un gesto de atención hacia mí. Respondí. Se dirigió hacia las mesas principales, desbloqueó el seguro de su cartera de piel negra y extrajo unos documentos. No pasaron dos minutos cuando se acercó a mí.

—Disculpe, ¿podría encender el aire acondicionado? —dijo mientras dibujaba una sonrisa en su rostro.

—Oh, por supuesto —dije amablemente—. Debo ir al almacén; si mal no recuerdo, el mando está allí. Un segundo.

—Muchas gracias, estaba a punto de quedarme en el sitio.

Esbocé una pequeña sonrisa.

—No hay de qué.

Volvió a su sitio y continuó con su trabajo. Al acercarme a la puerta del almacén, noté de nuevo ese maldito olor, aun más desagradable, más insufrible.

Introduje la llave en la cerradura y, con un suave giro de muñeca, hice sonar el clic del pasador. Roté con un segundo giro el pomo. El olor era cada vez más intenso e insoportable. Empujé la puerta, pero no se movió. La golpeé por segunda vez con el hombro, nada. Miré avergonzado al señor, pero parecía no haberse percatado de la situación y mucho menos del olor. ¡Dios, es asqueroso! Al tercer intento, la puerta se abrió estrepitosamente, aunque hubiese deseado que no fuese así.

Al momento de terminar la puerta su recorrido, me recompuse de la inercia. Al alzar la vista, una criatura antropomórfica, que rebasaba mi altura en un par de metros, estaba arrodillada en el habitáculo, junto a la pila de enciclopedias, y me observaba con una sonrisa burlona e inquietante mientras tenía los brazos estirados y apoyados en las últimas baldas de las estanterías.

Yo estaba petrificado. Sus dientes eran como mi antebrazo y sus ojos, completamente negros, penetraban los míos. «Si es verdad que los ojos son el reflejo del alma, espero que los suyos no la reflejen», llegué a pensar. De su piel grisácea supuraba un líquido baboso blanquecino. Un charco de sangre comenzaba a dibujarse debajo de él. El líquido goteaba de su gran boca dentada. Empezó a caminar de cuclillas y no sin dificultad hacia mí. Yo seguía como una completa estatua. Al estar a menos de tres metros, alzó su brazo derecho y comenzó a incrementar su velocidad; sus garras negras cortaban el aire provocando un silbido cortante. Estrelló su mano contra mi cabeza reventándome el cráneo contra la madera maciza. Un sonido seco retumbó en toda la biblioteca. En una décima de segundo, todo negro.

         *    *     *

—¿A qué hora dijo usted que lo tuvo?

—Pues, creo recordar que fue sobre las 12.00 horas. Eso fue lo que me despertó, doctor —dije mientras me colocaba en la silla—. Y desde aquella pesadilla, no se me quita de la cabeza la nana del Coco.

—Jason, sabes perfectamente que estoy aquí para ayudarte. Nos conocemos. Vienes a mi consulta desde mayo del año pasado —dijo mientras consultaba su libreta—. Jason, ¿para qué te levantaste anoche?

—Doctor Belmaco, si he de serle sincero… he recaído.

Jason extrajo una jeringa y un bote de GHB del bolsillo derecho de sus vaqueros rotos. Fue entonces cuando comenzaron a brotarle las primeras lágrimas. Mientras miraba al doctor, se deslizaban las gotas por su degradada cara.

La aventura total

De entre la multitud de novelas de aventuras que pueblan el universo literario, mi favorita desde siempre ha sido El conde de Montecristo. Supe de ella siendo muy pequeño, con ocho o diez años. Fue una historia que mi padre me contó una noche de esas en las que a uno le cuesta dormir. Por supuesto que fue una versión minimalista, muy reducida: Edmundo Dantés era un muchacho ejemplar que un día fue víctima de una traición, tras la cual se le confinó en una prisión oscura durante un montón de años. Allí conoció a un anciano que le habló de la existencia de un tesoro. La versión de mi padre incluía una explicación detallada del proceso de fuga del protagonista, aunque una reducción drástica de toda la venganza posterior. Mi padre me dijo, simplemente, que se presentaba como el conde de Montecristo y que, tras acorralar con su espada a sus enemigos, en el momento de matarlos revelaba su verdadera identidad: «¡Soy Edmundo Dantés!». Aquello, como puedes imaginar, resultaba fascinante para el chiquillo de nueve años quera yo por aquel entonces.

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El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas. Barcelona, Literatura Random House, 2016. 1144 páginas

Leí el libro completo por primera vez a los catorce o quince años, cuando ya era un adolescente que pasaba más tiempo leyendo que haciendo cualquier otra cosa. La versión completa de la novela me resultó un poco abrumadora, pero la voluptuosidad de la historia y la riqueza en los detalles narrativos ayudaron a que la adaptación de mi padre cobrara fuerza y se volviera del todo coherente. La venganza de Dantés no se limitaba a apuntar con un florete a sus enemigos para acto seguido ensartarlos, sino que estaba basada en un proceso psicológico absolutamente desquiciante. Volví al libro cinco o seis años después, en una época en la que me bebía a litros las novelas de aventuras. Desde entonces se ha convertido en una de esas novelas a las que uno regresa cada par de años, con esa nostalgia única que solo despiertan las grandes peripecias literarias que nos han forjado como lectores

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Fotograma de El conde de Montecristo, miniserie de 1998 dirigida por Josée Dayan y protagonizada por Gérard Depardieu, con guion de Didier Decoin

El conde de Montecristo es una novela magistral y de una complejidad narrativa apabullante. Narra la caída en desgracia de Edmundo Dantés, un marinero marsellés honrado y bondadoso  que es víctima de una traición por parte de un triunvirato de viles envidiosos: Fernando Mondego, perdidamente enamorado de Mercedes, su prima y prometida de Dantés; el señor de Villefort, sustituto del procurador del rey Luis XVIII durante los agitados días de la Primera Restauración y las conspiraciones bonapartistas; y Danglars, el ambicioso administrador del Faraón, el navío del que Dantés está a punto de ser nombrado capitán. Como un anticipo del inefable Josef K. de El proceso de Kafka, Dantés será conducido a la prisión del castillo de If, una oscura mazmorra donde pasará catorce años de su vida preguntándose qué oscura maniobra del destino habrá acabado con sus huesos entre rejas. En el calabozo, y en medio de un proceso de desesperación y locura totales, Dantés traba conocimiento con el abate Faria, un eclesiástico italiano que es tomado por loco y que conoce la existencia de un fastuoso tesoro escondido en la isla de Monte-Cristo. Los planes de fuga que ambos elucubran se truncan con la muerte del anciano, pero el sentido de la improvisación de Dantés le lleva a escapar de la cárcel e ir a por el tesoro, una fortuna incalculable que le permitirá posicionarse en las altas esferas de la burguesía parisina, desde cuyas entrañas planeará la venganza más cruel y despiadada.

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Alexandre Dumas (padre) (1802-1870)

Siempre he creído que la obra maestra de Alexandre Dumas es no solo la novela de aventuras por antonomasia, sino la más grande fábula sobre venganzas jamás contada. Muchas historias posteriores sobre personajes agraviados que vuelven desde la desgracia en busca de un resarcimiento están inspiradas en la ultrarromántica figura de Edmundo Dantés, un joven desafortunado que, veinticuatro años después de su caída, regresa convertido en el conde de Montecristo, un oscuro personaje que se cree guiado por la mano de Dios, y cuyo poder inabarcable acabará condicionando las vidas de todos aquellos que le rodean. Es digno de destacar el perfil del héroe que protagoniza esta novela: aunque en todo momento el lector consiga una total empatía para con sus ánimos vengativos, Dumas nos lo presenta como a un ser abyecto y rebosante de odio y resentimiento, un veneno sentimental del que no podrá desprenderse incluso después de haber ejecutado su revancha. Al mismo tiempo, su trayectoria vital es un canto a la esperanza moribunda y a los deseos de vivir, un ejemplo de que los caprichos del azar nos pueden empujar a la más absoluta desgracia, pero también al encumbramiento definitivo.

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Vista actual del castillo de If, cerca de Marsella, donde se ambienta un importante segmento de la novela

Mucho se ha hablado de la adjudicación de la autoría no solo de esta novela, sino de toda la obra de Dumas padre. Mucho se ha elucubrado acerca de sus colaboradores y de la participación de estos en la elaboración de las tramas y el desarrollo narrativo de las novelas en sí. Lo cierto es que a día de hoy ya está asumido que buena parte del trabajo corrió por cuenta de Auguste Marquet, así que es de justicia mencionarle en esta entrada, aunque en su día Dumas pagara una fortuna para eliminar su nombre de la portada del libro. No hay que olvidar que la labor de Marquet fue fundamental en otra de las catedrales literarias que han hecho inmortal el nombre de Alejandro Dumas padre: la serie de novelas de Los tres mosqueteros.

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Retrato de Auguste Marquet (1813-1888), principal colaborador de Alexandre Dumas y co-autor de El conde de Montecristo

El conde de Montecristo se publicó por primera vez en 1844 y, como era costumbre en la época, lo hizo a modo de folletín, en dieciocho entregas. Su leyenda perdura hasta nuestros días y suele incluírsela en la lista de las mejores novelas de todos los tiempos. Ejemplo y paradigma de novela romántica y de aventuras, la considero una de las experiencias lectoras más completas que puede uno vivir. Su sentido humano, la perfecta concatenación de los hechos dramáticos y sus emanaciones de peripecia épica la convierten en la aventura literaria total.


Este post está dedicado, desde el mayor cariño y respeto, a la memoria de Antonio Lozano, nuestro querido amigo y gran escritor que nos dejó ayer. Han sido numerosas las muestras de afecto en las redes sociales y en la prensa de nuestras islas. Todos le recordamos con su sonrisa y sus palabras siempre sabias. Descansa en paz, amigo.

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Antonio Lozano (1956-2019)

Efecto espejo

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Se despertó de madrugada con muchas ganas de orinar. Un fuego líquido le quemaba por dentro y luchaba por romper las barreras del sueño que le tenían prisionero. Al final, y como suele ocurrir, la necesidad corporal fue superior al arraigo de la mente a los juegos del subconsciente.

Medio dormido aún, atravesó la habitación en penumbra, encaró en pasillo y se dirigió al cuarto de baño. Encendió la luz. El tubo fluorescente bañó su humanidad soñolienta con un resplandor frío, casi impersonal. Orinó bastante ruidosamente. Tiró de la cadena. El sonido de la descarga le pareció atronador en medio del embotamiento, ese que casi impedía la irrupción de cierta lucidez dubitativa. Abrió el grifo y el chorro de agua fría le caló todas las falanges de los dedos. El acto de lavarse las manos fue, como de costumbre, más bien simbólico, solo una remojada para cumplir el expediente. Levantó los ojos esperando encontrarse con el repetido rostro legañoso y aturdido de las madrugadas, la misma cara de entrecejo fruncido y boca crispada que observaba cada vez que se levantaba a orinar de madrugada.

Pero el espejo no le devolvió ninguna imagen. No había ningún hombre allí. La incertidumbre fue solo pasajera y más bien efímera. Se diría que no le sorprendía tanto no hallar su propia figura en el espejo. Arrugó un poco más el gesto e intentó abrir más los ojos, como buscando la forma de verificar el prodigio.

Muy pronto, no obstante, desistió. Se secó las manos con la toalla, apagó la luz y salió del cuarto de baño. Mientras andaba medio a los tumbos por el pasillo volvió a chillar la pregunta en su cabeza. ¿Cómo era posible que no estuviera su imagen reflejada en el espejo? Si no estaba allí, con él, en el cuarto de baño, ¿dónde estaría entonces?

La respuesta le llegó un par de segundos después, cuando irrumpió en el dormitorio a oscuras y se vio a sí mismo tumbado en la cama, durmiendo de lado, respirando con la misma cadencia pacífica de todas las noches. Como si nunca se hubiera levantado a orinar.

En este caso, el efecto espejo resultó demoledor.

Por las noches, viene a mí…

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Es la vieja ansia, el anhelo pretérito rancio e incontenible. Surge a la caída del sol, cada noche, cobijado por las tinieblas, en medio del silencio y la quietud. Se trata de una antigua llamada, una invocación milenaria, la maldición de la estirpe condenada a la que sin voluntad pertenezco. La racionalidad se hace añicos, lo mismo que cualquier vestigio de humanidad. El hombre se esfuma, se evapora, y la bestia surge entre alaridos desgarradores. Voraz, inclemente, insaciable…

Como un proscrito recorro el pavimento fresco y ennegrecido, las esquinas solitarias, los pabellones umbríos, las ventanas desprotegidas. Es el reclamo acuciante de un cuerpo que no es el mío, de unas entrañas rapaces que solo me pertenecen cuando el fuego del firmamento se oculta hasta el amanecer sosegado y confuso. Mientras las estrellas rutilan y me vigilan, es el gemido taladrante de las vísceras, el gruñido ensordecedor de un conjunto de tejidos desconocidos, metamorfoseados por la ponzoña de un hechizo innominable.

Puedes hablar conmigo. Puedes acercarte y confraternizar. Podemos estrecharnos las manos y compartir conversaciones, risas y anécdotas. Mientras el sol brilla en el cielo despejado o tras las nubes de tormenta soy un ser afable y cercano, cálido y bondadoso. Tengo que serlo mientras el ocaso no se acerque, tengo que extremar la bonhomía para compensar toda la crueldad, toda la vileza, toda la monstruosidad de lo que soy cuando cae la noche, cuando el crepúsculo violáceo se desvanece y las tinieblas descienden sobre las calles de la ciudad.

Soy un hombre normal. Solo que, por las noches, eso viene a mí…

El testamento de Stoker

Como resulta obvio, Bram Stoker (1847-1912) ha alcanzado la inmortalidad por ser el autor de Drácula, probablemente la novela de terror más importante jamás escrita. El resto de su obra, bajo la augusta y gigantesca sombra que arrojan las aventuras del celebérrimo conde, parece perderse en una suerte de espesa bruma de desconocimiento por parte del gran público. Por eso es de agradecer una vez más la gran tarea de la editorial Valdemar, que nos acerca en su catálogo buena parte de la producción literaria del autor irlandés. En este caso su última novela, culminada en 1911, un año antes de su muerte: La madriguera del Gusano Blanco: una historia gótica con ciertas reminiscencias a Arthur Machen (por la hábil mezcla de folclore y supersticiones druidas, britanas y romanas), con un desarrollo minucioso y un final sencillamente espeluznante.

La madriguera del Gusano Blanco de Bram Stoker. Madrid. Valdemar, 2006. 244 páginas

Stoker narra en esta novela la historia de un gusano prehistórico que sobrevive al paso de los milenios en «La Arboleda de Diana», un solar en el que cohabita con la figura sensual e irresistible de Lady Arabella March, una deliciosa vampiresa devora-hombres. A la zona llega Adam Salton, joven aventurero australiano que visita a su tío, a la espera de heredarle. La historia se desarrolla en torno a la lucha que Salton emprende junto a sir Nathaniel, un anciano experto en la historia y prehistoria de la zona, para acabar con el maligno Gusano Blanco, que ha abierto una gigantesca madriguera en las profundidades de «La Arboleda de Diana».

De estructura sencilla y con apenas un puñado de personajes, La madriguera del Gusano Blanco recupera buena parte de la tradición gótica clásica, mixturando sus elementos con otros eminentemente arraigados en las modificaciones que el género de terror comenzaba a presentar a principios del siglo XX cuando, tras la irrupción de H. P. Lovecraft, daría un giro de ciento ochenta grados hacia las facetas cósmicas y de horror materialista que configuraron las bases temáticas décadas después. En este caso, Stoker se anticipa con la inclusión de una criatura medio mitológica, medio bíblica, pero siempre en el entorno de pesadilla enfermiza del que dota a la atmósfera, con su carga de tradiciones y residuos de civilizaciones pretéritas (el asentamiento y la cueva del monstruo se erigen sobre las ruinas de un antiguo convento). Así, el autor consigue aunar dos mitos de enorme peso en el desarrollo de la tradición gótica: el monstruo prehistórico moderno (encarnado en la figura bíblica del Dragón del Apocalipsis) y la clásica entidad de la mujer-serpiente, todo en un mismo y monstruoso ser. La historia está hábilmente salpicada de soterradas referencias sexuales, muy del gusto del autor.

Bram Stoker (1847-1912)

La historia se mueve a un ritmo a ratos quizá un poco elevado, lo cual deriva en un pequeño déficit: la inclusión de algunas subtramas que, en mi opinión, no alcanzan un desarrollo del todo satisfactorio. Eché en falta alguna peripecia más del perverso negro Ulanga, o alguna trastada más de las mangostas caza-serpientes que el protagonista suelta en medio de la foresta hacia el principio de la novela. En todo caso, desde luego, se trata de una obra extraordinaria, una novela que fascina y atrapa y que representa un muestrario válido y sumamente consistente de la capacidad del gran Stoker para la construcción de tramas y la concatenación de elementos góticos clásicos con otros más modernos. Una forma de adentrarse en su fina literatura, alejados por una vez del castillo transilvano y de los salones británicos donde tiene lugar la más famosa de sus novelas.

 

Una correspondencia, una vida

Quería hoy comentarte mi lectura de las Cartas escogidas de William Faulkner, recopiladas por Joseph Blotner (autor, además, de una de las más fiables biografías del novelista de Oxford) y editadas por Alfaguara, como parte de lo que ellos llamaron el «Año Faulkner» (2012) cuando se cumplieron cincuenta años de su fallecimiento (6 de julio de 1962). La recopilación de la correspondencia faulkneriana nos ayuda, como era de esperar, a conocer un poco al hombre detrás de la obra. Aunque la mayoría de sus cartas hablan o están relacionadas con el proceso de creación de sus diversas novelas y volúmenes de relatos, en varias de ellas se vislumbran las costumbres de Faulkner en su vida privada, razón por la cual siempre manifestó su desagrado con la idea de acercar al gran público su correspondencia. Fue la voluntad de sus descendientes y el incalculable esmero de Blotner los que hicieron posible que hoy podamos disponer de este material valiosísimo.

Cartas escogidas de William Faulkner. Madrid, Alfaguara, 2012. 648 páginas

Empezando por su viaje a Europa en 1925, siguiendo con el significado de la publicación de La paga de los soldados (1926), su primera novela, hasta la composición de sus grandes obras El ruido y la furia (1929) o Mientras agonizo (1930), la continuidad de la correspondencia reunida nos revela el carácter de un hombre de fuertes ideales y convicciones, y de arraigada tradición sureña. Es notable el orgullo que siente hacia su oficio de escritor y los ingentes esfuerzos que hace para aclarar a sus allegados que él no es un «literato», sino simplemente un hombre que ama los libros y que, como tal, lo único que hace con ellos es leerlos y escribirlos (como si esto fuera poco). También es digno de mención su esfuerzo sobrehumano por huir de cualquier tipo de publicidad y su titánico afán por preservar intacta su intimidad en la finca Rowan Oak, en pleno corazón de Oxford, condado de Lafayette (Mississippi).

Entre las cartas seleccionadas abunda la comunicación que mantuvo con varios de sus agentes literarios y con los representantes de Random House Mondadori, editorial que publicó la mayoría de sus trabajos y a la que le unió una fructífera relación autor-editor. También es reseñable la tardía amistad que entabla con Jean Williams, una joven escritora de Memphis a la que Faulkner sirve de mentor y a quien consigue colocar en el mundo editorial. Es admirable la abnegación con la que le vemos exhortar el ánimo de la joven prodigio, basando siempre sus consejos en la realidad última de la vida del artista, y que Faulkner siempre promulgó desde muy diversos púlpitos: que el arte no tiene nada que ver con la paz y el contento.

William Faulkner en plena labor

Por lo demás, la compilación nos permite el acceso a una cara distinta del Faulkner que siempre conocimos. Sabremos de sus constantes penurias económicas, de su galopante alcoholismo, de la frustración que le causaba su parasitario árbol genealógico, del orgullo velado de incertidumbre que despertó en él la recepción del premio Nobel…, y presenciaremos, además, los instantes finales de su vida, truncada cuando planeaba un cambio de aires definitivo y, quizá, alguna obra postrera. Podremos conocer también qué sentimientos despertaban en su ánimo sus trabajos y el entusiasmo vital que entregó a la composición de cada uno de los mismos, así como el cansancio insoslayable que se apoderó de su espíritu en los últimos años pero que, así y todo, no le impidió terminar una carrera brillante con la grandeza que se merecía, culminando la celebérrima Trilogía de los Snopes.

Nada más que pueda decir desde aquí, sino recomendar la compilación a todos aquellos que ya estén algo empapados de la obra faulkneriana. En estas páginas encontraréis otra dimensión de lo ya conocido y los secretos entresijos que empujaron a este escritor, granjero, padre, ciudadano comprometido y artista íntegro a su composición.

 

Pesadilla

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Anoche tuvo un sueño desagradable, una pesadilla. Soñó que caía desde cientos y cientos de metros hasta un vacío sin fin. Una caída prolongada e interminable de la cual sólo podía vislumbrar el trágico desenlace: el impacto brutal contra el suelo, el golpe mortal de necesidad que sufriría al final del descenso vertiginoso a través del túnel oscuro e insondable del sueño.

No mucho después del alarido desesperado comprobó que tan sólo se trataba de una pesadilla, de una aventura siniestra de su agitado subconsciente…

Esta mañana lo encontraron en el suelo, junto al lecho. En efecto, se había caído de la cama durante la noche…, pero su cuerpo estaba destrozado, despedazado, eclosionadas sus vísceras, pulverizados sus huesos, amoratada toda su piel, un lago de sangre fresca debajo de una masa amorfa y semilíquida apenas reminiscente a un cuerpo humano. El suelo estaba agrietado y los restos humeaban y emanaban la pestilencia de una muerte violenta y brutal.

Las mejores letras de 2018

Siendo, como es hoy, 31 de diciembre, me paso a disparar letras para dejarte una lista de los diez mejores libros que he leído durante este 2018 ya moribundo. Suelo ser de los que toma nota de cada libro que lee durante el año, y uno de los motivos que me impulsan a esta costumbre un tanto maniática es poder recapitular en este día tan especial y hacer una elección, siempre complicada, de las mejores letras que he tenido oportunidad de absorber durante el año en cuestión, y así compartirlas contigo en este blog. Como siempre, la elección no fue nada fácil; muchos muy buenos libros se han quedado fuera de la criba final. Algunos son obvias relecturas, otros, nuevas experiencias con autores que no conocía. Hay novelas, colecciones y antologías de relatos, ensayos y un poco de todo. Para no hacer favoritismos, te los ofrezco en riguroso orden alfabético de autores. Ahí van:


1. El Rey de Amarillo (Robert W. Chambers)

71mdLzyaj0LMaravillosa compilación de relatos del maestro Robert William Chambers, uno de los autores fundamentales para entender el paso del género de terror desde el gótico clásico y el romántico hacia las nuevas corrientes que se originaron a principios del siglo XX. Contiene el estremecedor relato «El Signo Amarillo», más otro puñado de excelentes historias: «La Máscara», «En el Pasaje del Dragón», «El Reparador de Reputaciones», «La demoiselle d’Ys», «El Creador de Lunas», «Una velada placentera», «El Emperador Púrpura», «El Mensajero» y «La Llave del Dolor». Los relatos, amén de pequeñas y escalofriantes perlas de la literatura de terror y el suspense, están unidos por un elemento argumentativo común: el libro prohibido El Rey de Amarillo, cuya lectura provoca estupor, locura y tragedia espectral. ¿Qué hay aquí, sino la auténtica simiente del Necronomicon lovecraftiano…?

 

2. Luz de agosto (William Faulkner)

9788490628171Llevaba unos diez años sin releer esta obra maestra del genio de New Albany, con el que intento mantener siempre una distancia lo más estrecha posible en mi relación como lector. Una vez más, me ha parecido una novela apasionante, llena de circunstancias emocionales y vidas entretejidas en torno a un trasfondo dramático tratado con la calidad acostumbrada. Uno no deja de asombrarse ante la destreza de Faulkner para la utilización de ese estilo tan particular, inconfundible, y mediante el cual consigue lo más ansiado casi por cualquier escritor: hacer de la forma un discurso, y que en el equilibrio narrativo se vuelva tanto o más importante el cómo se cuentan las cosas que lo que se está contando en verdad. Diálogos insuperables, cadenas de pensamiento magistralmente diagramadas y extraordinaria resolución dramática para una de las obras cumbre del genio Faulkner. Literatura con mayúsculas.

 

3. Los mares grises sueñan con mi muerte (William Hope Hodgson)

91Gg0Ld44kLImpagable colección de todos los cuentos de Hodgson ambientados en el mar, en lo que supone la edición definitiva y canónica de los relatos náuticos de este inigualable maestro del horror literario. Cabe destacar el esfuerzo y buen hacer de José María Nebreda, compilador, editor y traductor de cada uno de los trabajos para Valdemar, y que incluyen además un cuaderno de bitácora de uno de los viajes del propio Hodgson, un glosario de términos náuticos y diversos planos de los segmentos de un navío que colaboran muchísimo en la recreación de los espacios marítimos que nos regala el autor. Relatos sobre invisibles criaturas oceánicas, sanguinarios piratas, horrores intangibles, multitudes de ahogados revenidos, y un apartado absolutamente magistral con todos los cuentos de Hodgson ambientados en el mar de los Sargazos. Un volumen delicioso, tan apto para los acólitos al terror como para los amantes de las aventuras marinas. Un lujo.

 

4. Historia natural de los cuentos de miedo (Rafael Llopis)

21900537Uno de los muchísimos ensayos que tuve oportunidad de leer este año, y que puede servir como columna vertebral a cualquiera que desee emprender una investigación primordial sobre el desarrollo del género de terror en la historia de la literatura. Con un estilo ameno y cercano, al tiempo que riguroso y académico, Llopis desgrana una cronología fascinante y clarificadora que nos ayuda a entender el porqué de las diferentes corrientes y subgéneros que fue adoptando el horror como materia literaria, siempre supeditada a los avances de la ciencia y el conocimiento humano. Un completísimo ensayo que demuestra una vez más la maestría de Llopis para el estudio y la exposición del análisis literario.

 

5. Confesiones de un incrédulo (H. P. Lovecraft)

9788494811296Y después de Llopis… Lovecraft, por supuesto. Es muchísimo el material que sigo recopilando para mi ensayo sobre el maestro de Providence, y sin duda esta colección de postulados (inéditos hasta ahora en español) es digna de aplauso. Brillante trabajo de la editorial El Paseo, un sello independiente de Sevilla que, en base a la publicación de un material más que interesante, está comenzando a hacerse un hueco en mi estantería. Confesiones de un incrédulo contiene el ensayo que da título al volumen, además de «Nietzscheísmo y realismo», «El materialista moderno», «Las conductas autosacrificiales y sus causas», «A propósito de los denominados “fenómenos paranormales”», «Algunas consideraciones sobre el mundo feérico», «Ciertas reiteraciones sobre la situación actual», «Un profano se dirige al Gobierno», «Qué debo leer» y «Ejemplario de argumentos fantásticos». Un libro maravilloso que nos ofrece el lado más pensante y reflexivo del genio Lovecraft, y en cuyas páginas asistimos a sus opiniones (siempre controvertidas, siempre sesgadas por el relumbre de su personalidad sin par) sobre fantasía, literatura, política, economía, filosofía, biología y un sinfín de materias más. La mayoría de ellos publicados en su día en prensa amateur, estos ensayos nos ayudan a configurar una detallada semblanza de la mente y el pensamiento ideológico de uno de los literatos más fascinantes de todos los tiempos.

 

6. Cuentos completos de terror, locura y muerte (Guy de Maupassant)

45494867_1957984001160830_4296873449730605056_nPrácticamente un curso acelerado sobre cómo escribir relatos breves, esta soberbia colección a cargo de Mauro Armiño aglutina todos aquellos relatos de Maupassant cuya temática tiende hacia lo macabro y la demencia, amén de alguna que otra perla de humor negro muy de la cosecha del autor. Tenemos aquí 936 páginas de impresionante narrativa breve, a lo largo de las cuales Maupassant muestra su completo dominio del lenguaje y de los escenarios campestres, marítimos, góticos, taberneros y de todas clases y colores, regalándonos un completísimo muestrario de comportamientos humanos enturbiados por oscuras pesadillas, tenebrosas alucinaciones y desquiciantes brotes de locura. Cuentos oscuros y escalofriantes que provocan alguna que otra hora de insomnio, pero que son una muestra más de la asombrosa capacidad de uno de los narradores más eficientes y pluscuamperfectos de la historia de las letras francesas.

 

7. El Terror (Dan Simmons)

No suele9788416867721 ser habitual que incluya en estas listas novelas contemporáneas o demasiado actuales, y no debido a un prejuicio particular, sino a que mis gustos suelen estar dirigidos más hacia las obras clásicas. Por tanto, tiene que impactarme mucho una novela actual para considerarla como una de las mejores lecturas del año. Y es lo que me ha ocurrido con El Terror, la fastuosa y apasionante novela de Dan Simmons. Me habían hablado muy bien de la serie de televisión y, como cada vez que me sucede esto, recurrí a la fuente literaria. Simmons plantea en su novela el viaje de dos buques de exploración de la Armada Birtánica (el HMS Terror y el HMS Erebus), comandados por sin John Franklin. Su misión consiste en atravesar y explorar el último tramo del Paso del Noroeste, situado en el Ártico Canadiense, y que se suponía podía conectar los océanos Atlántico y Pacífico bordeando la masa continental de América del Norte. Simmons recrea la devastadora tragedia de ambos navíos y de sus respectivas tripulaciones, en un macabro carnaval de frío, hambre, aislamiento, canibalismo, deshumanización y, sobre todo, terror. Mucho terror. Una novela espectacular, magistralmente estructurada y escrita con muchísima precisión, con un extraordinario ritmo narrativo. Recomendable al cien por cien. P.D.: Ni siquiera me molesté, una vez acabada la lectura, en visionar la serie en cuestión. Di por hecho que era imposible que estuviese a la altura…

 

8. Las uvas de la ira (John Steinbeck)

1369922444_711283_1369924933_noticia_normalClásico entre los clásicos, siempre la he considerado, junto con Cien años de soledad de García Márquez, como la gran novela del siglo XX, aunque en verdad llevaba como doce o trece años sin releerla. A modo de lastimoso periplo y devastador viaje iniciático de los protagonistas, Steinbeck narra con su tono duro y seco las consecuencias de la Gran Depresión a comienzos de los años treinta a través de la mirada de la familia Joad. El libro es un inteligentísimo compendio de literatura realista y pequeñas reflexiones de corte sociológico que, como todas las reflexiones de este tipo, no hacen sino cristalizar la crueldad y el individualismo, los sentimientos que parecen haber jalonado el espíritu humano en todo tiempo de crisis. Una novela dramática, y a la vez absolutamente magistral. La crónica de una época que bien puede ser, en definitiva, la crónica del devenir humano. Adaptada al cine insuperablemente por John Ford en 1940, el conjunto de la historia (novela y película) ha pasado a ser uno de los iconos del siglo XX.

 

9. El horror según Lovecraft (Varios Autores)

9788415937074_L38_04_lDe entre la multitud de libros sobre Lovecraft que he leído este año, pocos me han reportado tanto placer lector y tanto bagaje de información como El horror según Lovecraft, una maravillosa compilación de relatos a cargo de Juan Antonio Molina Foix que incluye un ramillete de espléndidas narraciones que fueron la predilección absoluta del solitario de Providence. El diagrama de Molina Foix es sumamente inteligente: tomando como base el ensayo El horror sobrenatural en la literatura, rastrea las influencias más directas en el estilo y la temática lovecraftianos, y selecciona de cada uno de los autores incluidos en el índice no su mejor relato o el más popular de ellos, sino el favorito de Lovecraft, según los comentarios expuestos en dicho ensayo. Así, contamos en esta impagable antología con los relatos «¿Qué fue eso?» (Fitz-James O’Brien), «El pacto de sir Dominick» (Sheridan Le Fanu), «La litera de arriba» (Francis Marion Crawford), «¿Quién sabe?» (Guy de Maupassant), «El papel amarillo» (Charlotte Perkins Gilman), «La muerte de Halpin Frayser» (Ambrose Bierce), «El gran dios Pan» (Arthur Machen), «El conde Magnus» (M. R. James), «Los sauces» (Algernon Blackwood), «La araña» (Hans Heinz Ewers), «La mansión de los ruidos» (M. P. Shiel), «La Casa de la Esfinge» (Lord Dunsany), «De Profundis» (Walter de la Mare), y «El final de la historia» (Clark Ashton Smith). El volumen finaliza con un relato del propio Lovecraft: «El testimonio de Randolph Carter», a modo de corolario. Un libro fundamental para entender la formación literaria de Lovecraft en el género de terror, y para dilucidar el armazón básico de muchas de sus más reconocidas creaciones literarias. Edición primorosa de Siruela, como de costumbre…

 

10. La vuelta al mundo en ochenta días (Jules Verne)

9788420653341Me acerqué a ella más que nada por motivos de investigación, y para intentar averiguar la tardanza en los desplazamientos de los diversos medios de locomoción en el siglo XIX. Me terminé encontrando, aunque no sin esperarlo, con una novela apasionante, llena de intrigas y emociones, y con un pulso narrativo digno de los grandes maestros. Hay que decir que, más allá del alucinante recorrido geográfico de los personajes, se trata de literatura en su estado más puro, en su esencia más prístina. Verne obedece aquí al precepto fundamental de la narrativa: contar una historia. Y lo hace con soltura y desparpajo, con muy buenos toques de humor y dramatismo y creando una fábula inmortal sobre la puntualidad, que era la gran obsesión del inigualable Phileas Fogg. Una historia que ha pasado a formar parte de las grandes aventuras de la historia literaria. Obra maestra.


Bien, estas han sido mis diez lecturas favoritas de este 2018. Sólo me queda desearte a ti, que frecuentas este blog, un feliz final de año y un mejor comienzo del siguiente. Que el 2019 te encuentre sumergido en tantas letras como te sea posible, y recuerda siempre que, en literatura, aún no hay nada escrito…

Hasta el próximo año.

 

Estatuilla

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4 de abril

Querido J.:

Recibí ayer tu envío postal. Muchas gracias por el detalle. Esta primorosa estatuilla de barro hará las veces de inmejorable adorno en mi habitación.

Afectuosamente, N.

16 de abril

Querido J.:

No dejo de admirar la belleza estética de este fantástico regalo que me has hecho. Todos sus rasgos me recuerdan, de alguna manera, a aquellos encuentros que teníamos hace años, y cuya esencia perdura por siempre en mi corazón. ¿Es posible, acaso, que detecte rasgos de tu propia entelequia entre las facciones delicadamente talladas del rostro de la estatuilla?

Amistosamente, N.

 

27 de abril

Querido J.:

¿Por qué no respondes a mis cartas? Tu silencio y tu ausencia me preocupan, y de no ser por la absorta contemplación del souvenir que tan amablemente has tenido a bien obsequiarme, podría pensar que una sombra siniestra y desagradable se ha cernido sobre nuestra amistad. Espero una respuesta pronta por tu parte, al menos para cerciorarme de que no has sufrido ningún percance.

Cordialmente, N.

 

2 de mayo

Querido J.:

Pese a no haber recibido una respuesta tuya por escrito, ahora me encuentro más tranquilo con respecto a tu bienestar, e incluso por el excelente estado de nuestras relaciones. El muro de tu silencio me había preocupado en un principio, pero esa sonrisa cándida y bienhechora que tanto conozco ha aflorado por fin, otorgándome la serenidad que necesitaba. Anoche estuve observándote durante unas cuatro horas. Te noto en paz.

Cariñosamente, N.

7 de mayo

Querido J.:

Aunque nuestra comunicación es más fluida que nunca, creo que dejaré de escribir cartas y de enviarlas a tu dirección postal, puesto que es evidente que ya no te encuentras allí. Las horas de intensa reflexión que transcurro delante de la estatuilla que me regalaste han estrechado más que nunca los lazos de nuestra amistad, con lo cual considero innecesario todo otro tipo de comunicación escrita. A partir de ahora, todo lo que tenga que transmitirte tendrá lugar mediante este intercambio de miradas que ahora mismo, y mientras redacto estas inútiles líneas, está teniendo lugar entre nosotros. El fulgor aprobatorio de tu pétrea mirada me da a entender que estás de acuerdo con esta resolución. Definitivamente, estás aquí. Conmigo.

Atentamente, N.

 

El día 8 de mayo, el señor N. fue encontrado muerto en su habitación. El informe del forense dictaminó que la causa del deceso fue una fuerte impresión. A su lado yacía una estatuilla de barro cocido de extrañísima factura, con facciones remotamente humanoides. Dicha estatuilla fue confiscada por la policía para una posterior investigación. También se encontró junto al cadáver la última carta de la víctima a su amigo, el señor J.

El día 9 de mayo se inspeccionó el domicilio del señor J. No se encontró a nadie allí, aunque sospechosamente fueron halladas cuatro cartas sin abrir en su buzón, todas ellas escritas por el señor N.

Nada más se supo del señor J. ni de la extraña estatuilla, que desapareció misteriosamente de la comisaría de policía.

El arte de la digresión

Llevaba unos cuantos días enfrascado, entre otros proyectos, en la relectura del Tristram Shandy de Laurence Sterne, y deseando terminarlo para poder colgar una reseña en este blog. Supe que tendría que hacer un comentario casi desde el momento en el que lo empecé a releer, ya que se trata no sólo de una obra clásica de curiosísima factura, sino también de un ejemplo viviente de los límites que puede alcanzar la literatura.

Tristram Shandy, de Laurence Sterne. Madrid, Alfaguara, 2017. 760 páginas

Sterne está considerado como uno de los autores más «libres» de la época clásica, y este apelativo se lo debe, en gran parte, a esta obra monumental, paradigma de un impecable lenguaje aplicado a una historia que, en el fondo, no tiene ningún sentido y que se basa en la habilidad del autor para perderse en absurdas y divertidísimas digresiones que sólo el ojo generoso podrá entroncar con el nudo argumental o trama, un concepto que Sterne se carga aquí sin contemplaciones y que le lleva a demostrar, una vez más, algo que todos sabemos: en literatura, todo vale.

Lo que se supone que vamos a leer es la vida y las opiniones de Tristram Shandy, un personaje del que apenas nada se nos dice a lo largo de las seiscientas páginas del libro, excepto que nació con fórceps, que su nariz fue aplastada en el proceso de parto y que su nombre, Tristram, que su padre detestaba hasta el extremo, le fue adjudicado mediante una serie de desdichas a cuál más disparatada. Durante las primeras trescientas páginas se nos cuentan los prolegómenos de este catastrófico nacimiento, y es entonces cuando uno se pregunta en qué parte del volumen podrá Sterne narrar las auténticas vivencias del protagonista; y es que cada frase es apenas una excusa, un puente, un escalón previo que nos conduce a una historia paralela, a una sucesión de reflexiones, pensamientos y descripciones de caracteres adjuntos a un puñado de personajes deliciosos, todo con un vocabulario rico, culto y magistral.

A medida que los volúmenes se van sucediendo (un total de nueve), tenemos la sensación de que Shandy es consciente de que, a ese ritmo y con esa tendencia a irse por las ramas en cada párrafo, no será capaz de narrar su vida, ni siquiera de darnos sus opiniones. Pero el autor sigue adelante y continúa envolviéndonos en el juego de arabescos y situaciones paralelas que, rozando lo grotesco (un ensayo completo dedicado al tamaño de las narices, y otro referente a las normas del bautismo según la iglesia católica, ¡completamete en latín!), nos encandilan por su delicadeza narrativa y su capacidad para exponer el absurdo.

Laurence Sterne (1713-1768)

Te podría decir que este Tristram Shandy es una obra apta para cualquier lector ligeramente aficionado a los clásicos, pero deberías prestarle especial atención si te dedicas a escribir. Hay mucho que aprender en cuanto a coherencia argumentativa (sostenida por una trama, insisto, vacua y sin sentido), ritmo discursivo y, sobre todo, estructura formal. No sólo sorprende por sus virtudes lingüísticas y sus diálogos chispeantes, sino también por la utilización atípica de la puntuación, una rareza a la cual los ojos se terminan acostumbrando.

Párrafo aparte merece la magnífica edición de Alfaguara que cayó en mis manos, traducida nada menos que por Javier Marías, quien se considera fan incondicional de la obra cumbre de Sterne. Un trabajo sobresaliente, sobre todo a la hora de encarar cierto tipo de argot muy complicado que el autor emplea.

En resumen, una obra completísima, de muy grata lectura, aunque una auténtica rara avis en el mundo de las letras clásicas. Digno heredero de Swift, Cervantes y Rabelais, Sterne da lecciones aquí de cómo utilizar la digresión como arte, regalándonos una perla de la literatura universal cuya lectura te recomiendo encarecidamente.

«La pata de mono», o el peligro del deseo hecho realidad

En el mundo de la literatura fantástica y de terror existen relatos que nos fascinan sin remedio tras repetidas lecturas. Algunos por el impacto que nos causa su desenlace, otros debido a las implicaciones emocionales de la trama, y los menos por su perfección formal y por el equilibrio de las partes, que conforman un todo aposentado en la excelencia narrativa. El caso de «La pata de mono», de W. W. Jacobs reúne no alguna, sino todas las características arriba mencionadas, convirtiéndose en una de las piezas más redondas e inmejorables de nuestro querido género. Vengo a hablarte hoy de este relato porque es uno de mis favoritos, un cuento excepcional que no me canso de leer y que me ha brindado, además del apasionamiento que suele despertarme toda historia de terror bien escrita, ramalazos de agradecida inspiración y, por qué no decirlo, algunas horas de insomnio.

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La pata de mono y otros cuentos macabros, de W. W. Jacobs. Madrid, Valdemar, 2008. 462 páginas

En «La pata de mono» su autor, William Wymark Jacobs, reflexiona acerca del peligro inherente en la formulación de deseos. La posesión de un talismán que conceda deseos ha sido y sigue siendo un tema muy frecuentado en la ficción literaria, pero creo que el análisis del fenómeno como fantasía humana nunca alcanzó las cotas dramáticas a las que arriba en este relato. Intentando no hacer spoiler: la historia va de una pata de mono que llega, de manera fortuita, al seno de una familia tradicional. La persona que les lega el amuleto les asegura que puede concederles tres deseos. El primero de los deseos se cumple, pero acarrea una infausta desgracia a la familia. La formulación del segundo deseo lo que busca es deshacer las consecuencias funestas del primero, pero sólo consigue empeorarlas; el tercer deseo se desperdicia, entonces, en la anulación del segundo. De este modo, sólo prevalece el primer deseo, mientas que el segundo y el tercero se anulan entre sí en un final escalofriante.

El relato plantea la moraleja eterna acerca de la correcta formulación de los deseos sobre el amuleto, y de la insidiosa costumbre del diablo —o de otras fuerzas malignas— de aprovechar una formulación precipitada o incompleta para inocular el mal en las consecuencias. De ahí los famosos refranes de «cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad» y tantos otros. El cuento nos deja también otra reflexión oblicua: a veces es mejor dejar las cosas como están. Esto es: aunque algo haya salido mal, en ocasiones intentar arreglarlo a través de los mismos medios lo único que hará será agravar las consecuencias, dando origen a una espiral destructiva.

«La pata de mono» posee una estructura sencilla y un lenguaje equilibrado y elegante, muy al estilo de los relatos de principios del siglo XX. Sin ningún alarde, crea una atmósfera trágica que va in crescendo conforme se suceden los hechos, para desembocar en uno de los finales sugeridos más estremecedores que yo haya leído. Su genialidad radica en la brevedad y economía de medios que emplea el autor, pero también en su equilibrio verbal, en el correctísimo uso de la simbología y en el impacto rotundo de su moraleja. Su estructura y temática han inspirado a numeroso relatos y narraciones posteriores —la más destacada de ellas, sin duda, el novelón de Stephen King Cementerio de animales, de 1983—.

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W. W. Jacobs (1863-1943)

Te cuento algunas cosas del autor, W. W. Jacobs. Nació en Wapping (Londres), en 1863. Trabajó durante un tiempo como funcionario de correos y publicó su primer relato hacia 1885. Fue un especialista en literatura náutica, componiendo numerosos relatos donde los protagonistas viajan a bordo de embarcaciones medianas. Sobre todo se especializó en un tipo de comedia negra, relatos oscuros en los que hacía gala de un muy agudo sentido del humor. Tiene un puñado de excelentes relatos macabros, pero fue sin duda «La pata de mono» el que le proporcionó una fama imperecedera; publicó este relato en Londres en 1902 en The Boydell Press, una publicación de prensa académica. Una vez que obtuvo popularidad y posibilidades de vivir de la escritura, se dedicó básicamente a adaptar sus propios relatos a la escena. Murió en 1943, también en Londres.

La edición en la que leí «La pata de mono» es la de Valdemar (¿cúal si no?), y que incluye una más que interesante colección de otros relatos de Jacobs, todos ellos muy recomendables por la continuidad en la línea temática y por el más que llamativo uso de la conciencia humana como eje de acción ante los hechos escabrosos que se suceden. Desde luego que te recomiendo todos estos relatos, pero en este post me quería detener especialmente en su cuento inmortal, el que da título a la antología y el que, por derecho propio, ha pasado a ocupar un lugar de privilegio dentro de la cultura popular. En palabras de G. K. Chesterton, los cuentos de Jacobs van más allá del terror para ser, sencillamente, sobrecogedores. Amén, señor Chesterton.