Cierre por vacaciones

Llega el último lunes de julio y, al igual que durante los últimos tres años, toca despedirnos temporalmente en El Disparaletras®. Y, como siempre que llega esta ocasión, siento que es una excelente oportunidad para hacerlo con alguna mínima reflexión sobre lo que representa para mí este espacio tan particular.

Una vez más, arribo a este momento del año con la satisfacción de haber mantenido contigo, que frecuentas este blog, una comunicación constante y sumamente fluida. No tengo muy claro con qué ganas o expectativas te pasas por aquí cada lunes a ver lo que vengo a contarte, pero te puedo asegurar que yo sí estoy deseando que llegue ese día para mostrarte lo que de nuevo tenga en esa semana. He llegado a desarrollar una gran dependencia por este rincón tan especial, y siento que me hace muy feliz cuidarlo, mantenerlo y actualizarlo. Hacer que esté vivo.

Gente especializada en comunicación a través de redes sociales y espacios virtuales me lo repite una y otra vez: la única manera en la que un blog puede funcionar es transmitiendo la sensación de que está activo, de que se renueva cada pocos días con material nuevo. Ese era el desafío cuando iniciamos esta aventura allá por octubre de 2018, cuando al espacio de comunicación que había entre tú y yo se le hicieron escasas las páginas de mis libros y sentimos que necesitábamos contarnos más historias, compartir más lecturas, intercambiar más pareceres y opiniones. Afortunadamente, lo hemos ido consiguiendo: cada lunes un microcuento, un microensayo, alguna novedad importante…, siempre algo que compartir.

Hay ocasiones en las que me da por pensar en el futuro de El Disparaletras® como espacio virtual. Ya sabes a qué me refiero: a esta altura del partido sabemos que nada, absolutamente nada es para siempre. Y entonces me pregunto: ¿se terminará algún día? ¿Alguna entrada del blog se titulará «Cierre Permanente»? ¿Llegará ese momento terrorífico en el que no tenga nada más que contarte? Yo confío en que, si llega, lo haga dentro de mucho tiempo. Todavía me queda demasiado por compartir, pero es evidente que toda actividad merece un descanso. Así que, oficialmente, clausuro aquí la temporada 2020-2021 de El Disparaletras®, con la tranquilidad y la felicidad que me provoca el no haber faltado a una sola cita desde que empezamos.

Déjame adelantarte, eso sí, que cuando nos reencontremos en septiembre habrá importantes novedades que comentar, lanzamientos inminentes, noticias frescas… Incluso puede que un nuevo aspecto general en la apariencia de este blog —ya sabes lo que suele decirse: la cosa va de renovarse o morir—. Lo que te aseguro es que procuraré que este espacio tan particular esté más vivo que nunca. Las estadísticas siguen subiendo; el número de visitas y seguidores es cada vez mayor, y la cantidad de comentarios de ida y vuelta lo hacen un espacio cada vez más interactivo. Así que habrá que seguir disparando letras. Como ahora, como entonces… Como siempre.

¡Felices vacaciones!

Esperando el amanecer

Cuando arribase el alba, nos iban a ahorcar a los dos. Nos acusaban de violadores y asesinos, y éramos culpables. Él me brindó palabras de consuelo durante toda la noche; me habló del fin de los sufrimientos y las tribulaciones, de los granos de arena del reloj de la miseria, que caerían uno a uno hasta el final. Es evidente que no me juzgó preparado para afrontar la ejecución, y por eso decidió retener el amanecer.

Antes de que el primer resplandor rosáceo apareciera por el este, se aproximó a la ventana del calabozo y allí se plantó, con la vista fija en el exterior, dispuesto a obrar el prodigio. La luz se debilitó, su tímido albor se apagó… Fue como si el tiempo se detuviera. Yo, aterido por el pánico, tiritaba en mi sucio camastro, derramando lágrimas de horror y balbuceando oraciones inútiles a los dioses indiferentes, invisibles, silentes… Él, allí plantado, apenas una estatua de carne y huesos, de piel y cabello erizado, de alguna manera consiguió posponer el amanecer. Era un acto de voluntad pura: quizá se había propuesto aplazar el momento hasta que me sintiera preparado; tal vez pretendía, nada menos, abolir para siempre la llegada del alba.

No sé cuánto tiempo estuvo de pie ante el ventanuco de nuestra celda. No sé durante cuánto tiempo consiguió que el sol no terminara de asomar por el este. Ahora, con la soga al cuello y a punto de abrirse la trampilla bajo mis pies, pienso que fueron días enteros… Semanas… Tal vez meses.

Cuando finalmente se derrumbó, aplastado por la agonía y el cansancio, vencido por las fuerzas cósmicas, yo ya había dejado de temblar y de lloriquear. Seguía sin sentirme preparado para afrontar la muerte, pero sí, al menos, para contaros su hazaña sobrehumana.

Durante todo el tiempo que compartimos cautiverio, durante los incontables meses y años que dedicó a retener el último amanecer, estuve convencido de que compartiríamos cadalso. Pero no…; en este templo de la muerte solo me encuentro yo. A él no hizo falta ahorcarlo, ya que a la salida del sol no era más que un saco de huesos pulverizados.

Matheson y un debut inolvidable

No es la primera vez —y seguramente no será la última— que hablamos del gran Richard Matheson en este blog. Como sabes, suelo estar muy atento a las peticiones y comentarios que me dejas tanto aquí, en «El Disparaletras®», como en las redes sociales, y las referencias a este gran maestro del horror del siglo XX suelen abundar. Así, y en cumplimiento de peticiones, vengo hoy a hablarte del primer relato publicado por Matheson, allá por 1950. Se trata de un cuento corto que causó honda impresión en los lectores de la época, que premió a nuestro autor con la fama instantánea y que, por derecho propio, se ha ganado su lugar entre las historias más memorables de nuestro querido género de terror. Me refiero a esa pequeña obra maestra titulada «Nacido de hombre y mujer».

Nacido de hombre y mujer y otros relatos espeluznantes (volumen que contiene el relato homónimo), de Richard Matheson. La Factoría de Ideas, Madrid, 2014. 592 páginas

«Nacido de hombre y mujer» (Born of Man and Woman) es una inquietante narración breve sobre un niño deforme al que sus padres mantienen cautivo en un sótano. Narrado en primera persona y bajo la estructura de un diario personal tosco y minimalista, el cuento desgrana las inquietudes de la criatura y su enfrentamiento con el mundo hostil y desconocido que lo rodea. La ruptura del patrón narrativo se produce cuando el protagonista consigue romper las cadenas que lo tienen prisionero y contempla la realidad exterior. Los miembros de la familia, decididos a mantener su secreto oculto a los ojos del mundo, reaccionan entonces con violencia. El niño observa el exterior a través de un pequeño ventanuco; desde allí espía la actividad de otros niños que juegan en la calle. Uno de ellos lo ve, y como castigo, su madre le propina una brutal golpiza con un palo hasta causarle una hemorragia de sangre verde. Hacia el final del relato, su hermana menor ingresa en el sótano acompañada por un gato, que se muestra igualmente agresivo con el monstruoso narrador, situación que deriva en un final abierto y estremecedor en el que se anticipan las potenciales reacciones violentas del protagonista. Entre las anormalidades del narrador cabe destacar su gran tamaño —pese a tener solo ocho años— y su sangre verde.

El cuento, de discurso aparentemente sencillo, esconde no obstante un profundo mensaje referente a la discriminación y la otredad. De alguna manera, se inspira en las mismas premisas que constituyen los mimbres de la novela Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) de Mary W. Shelley, y que nos hablan de la imposible «adaptabilidad» del diferente a un entorno cerrado e intolerante. También podemos encontrar ecos de la realidad de Segismundo, personaje central de la obra de teatro La vida es sueño (1635), de Pedro Calderón de la Barca; un personaje encerrado en una celda desde su nacimiento, y que debe enfrentar las realidades de su inesperada libertad como un encuentro constante con el extrañamiento, con todo aquello que forma parte del mundo pero que él, debido a su cautiverio, desconoce. El protagonista de «Nacido de hombre y mujer» experimenta un periplo similar al de estos personajes, y cuya raíz la podemos encontrar nada menos que en la alegoría de la caverna de Platón. De ahí la importancia histórica que ha tenido este relato de Matheson, en tanto revela el profundo contenido existencialista que pueden albergar las narraciones pertenecientes al género de terror, históricamente denostado y erróneamente calificado de «plano» a nivel conceptual e intelectual.

Portada de la primera edición de Born of Man and Woman, de Richard Matheson, volumen en el que está incluido el relato homónimo. The Chamberlain Press, Filadelfia, 1954

Como decíamos en la introducción, Born of Man and Woman fue el primer relato publicado por Richard Matheson. Lo hizo en 1950, cuando el autor tenía solo veinticuatro años. El relato vio la luz en la famosa revista pulp The Magazine of Fantasy & Science Fiction, e inmediatamente catapultó la carrera del escritor. Ya hemos hablado en este blog de las principales obras de Matheson, entre las que cabe destacar Soy leyenda —tienes un microensayo completo sobre esta novela aquí— y La casa infernal —sobre la que hemos hablado en detalle aquí—. Como sabes, Matheson es uno de los autores de terror más destacados del siglo XX, y una de las piezas fundamentales de lo que yo llamo la «Segunda transición»; esto es, el período que va desde el declive del horror cósmico propuesto por Lovecraft y su círculo a finales de los cuarenta hasta el resurgimiento del género en los setenta a través de Stephen King y compañía. Se trata de una etapa realmente difícil para el género de terror, y durante la cual tanto Matheson como muchos de sus contemporáneos —entre los que destaco a Ray Bradbury y Robert Bloch— debieron dedicarse a escribir guiones para el cine y la televisión para sobrevivir. Afortunadamente, su obra sirvió de influencia para los grandes autores que vendrían más tarde, y constituyó un indestructible eslabón en la cronología del horror literario.

Hoy me apetecía rendir un merecido homenaje a este relato fundacional e inolvidable, uno de los debuts más rotundos que se han podido apreciar en un autor de terror. Sin duda una carta de presentación inmejorable para lo que sería una carrera muy fecunda, llena de magníficas narraciones elaboradas a través de una visión muy particular del horror: esa sensación de miedo que nos rodea y que nos acecha desde los rincones más inesperados; el horror cotidiano, el que subyace tanto en las realidades orgánicas como en los solapamientos más imperceptibles de lo sobrenatural.

Presentación de «Lugares prohibidos» en la Biblioteca Municipal de Arucas

Hoy me paso por «El Disparaletras®» para anunciarte un evento que tendrá lugar este miércoles 7 de julio a las 19.00 horas. Se trata de una nueva presentación de mi novela juvenil Lugares prohibidos, aquella que viera la luz en noviembre de 2020 en el marco de la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria. ¿Por qué una nueva presentación? En este caso, para saldar un compromiso adquirido hace tiempo y largamente postergado a causa de la pandemia de COVID-19, que durante todo el 2020 se cargó la programación de muchísimos eventos de este tipo. En este caso, la idea era que Lugares prohibidos regresara al lugar en donde nació: el pueblo de Arucas, ese maravilloso municipio que me inspiró el escenario de esta historia juvenil cuyo recorrido, durante estos ocho meses que lleva en el mercado, no me ha dado sino alegrías.

El evento tendrá lugar en la Biblioteca Municipal de Arucas (Calle León y Castillo, Nº. 5), e iniciamos la velada a las 19.00 horas. Me estará acompañando la logística de Alejandro Santana y Librería Yaya, un comercio de referencia para todos los lectores de Arucas. De esta manera, iniciamos un verano que se presenta cargado de actividades y eventos, de los cuales, por supuesto, te mantendré al tanto a través de este blog. Por lo pronto, espero verte en Arucas dentro de dos días; habrá ejemplares en abundancia y un autor impaciente por firmarlos, así que pásate a descubrir los lugares prohibidos que se esconden tras la capa de normalidad que enmascara nuestra realidad; son sitios recónditos que, aunque no los veas, están al alcance de tu mano…

¡Nos vemos allí!

Visiones del Apocalipsis

Me habían hablado de los efectos de aquella bebida. Según los rumores, modificaba la percepción, y su ingesta provocaba la muerte de todo tipo de esperanza. Visiones apocalípticas, sensación inminente de finitud, precogniciones relacionadas con el Armagedón, acceso directo y visceral a la putrefacción.

El bar estaba escondido en lo más hondo de un callejón, más allá de los chorreantes escalones que precedían la puerta de un sótano. El lugar era sórdido, de atmósfera implacable. Los escasos pares de ojos me observaron sin curiosidad; sin duda, no era yo el primero que se acercaba a probar aquel elixir devastador.

El sabor resultó suave y cautivador; su textura, deliciosa y duradera en el paladar. Una leve sensación de embriaguez se apoderó de mí, y antes de salir del local ya pude oler la perdición de los presentes. También vislumbré, de reojo, cómo sus tejidos comenzaban a caerse a pedazos.

Pero el impacto supremo tuvo lugar cuando subí los escalones y me enfrenté a la ciudad llena de grietas y roturas. A los edificios derruidos. A las construcciones medio derrumbadas. A los gritos de dolor y pánico de todos aquellos que morían aplastados por los escombros.

Sonreí, pues aquello era lo que había venido a buscar: la visión completa del Apocalipsis.

«Tommyknockers»: una novela a reivindicar

Durante estas últimas semanas, Stephen King ha vuelto a ser noticia: la publicación de Después (After), su última novela, y los debates sobre si lo que ofrece es novedad o refrito, homenaje o directamente plagio, han inundado los blogs, las redes sociales y las pocas charlas de cafetería en las que he participado. Quienes me conocen un poco saben que mis preferencias están más bien orientadas hacia lo que podríamos llamar el «King clásico», así que a falta de una opinión formada sobre su último trabajo —sí: lo más probable es que tarde o temprano lo termine leyendo—, hoy me paso por «El Disparaletras®» para hablarte de la que para mí ha sido y sigue siendo una de sus novelas más fascinantes y ambiciosas: Tommyknockers.

Tommyknockers, de Stephen King. Debolsillo, Barcelona, 963 páginas

Era la cúspide de su creatividad, el momento de mayor fragor en su producción, una época en la que los libros excepcionales prácticamente se le caían de los bolsillos…, pero también uno de sus momentos personales más complicados, cuando su adicción al alcohol y a todo tipo de sustancias había llegado a lo más alto y amenazaba con hacer volar su vida en pedazos. Sí: nos ubicamos en la segunda mitad de los años ochenta; para muchos —entre los que me incluyo— indudablemente el momento más álgido en la carrera del escritor. Solamente hay que hacer un breve repaso a la nómina: El pistolero y Las cuatro estaciones (1982), Christine y Cementerio de animales (1983), El talismán y Sacrificio (1984), Skeleton Crew (1985), It (1986), La llegada de los tres y Misery (1987)… Demasiado, ¿no? Por si fuera poco, y coronando esta impresionante pirámide de obras maestras, aparece Tommyknockers, una novela potente y desenfadada, compuesta desde la más absoluta libertad creativa y ambición estructural, y destinada a convertirse en un rotundo fracaso de crítica y público. Sí: porque si algo tiene de curioso esta novela es el agudo contraste que existe entre su calidad intrínseca —en mi opinión, irrefutable— y la mala fama que la ha perseguido, principalmente debido a la forma tan despiadada en la cual la crítica especializada la fustigó, pero también a lo mal que ha hablado de ella el propio autor en unas cuantas entrevistas.

Posiblemente se deba a su atrezo, a su vestimenta de película de serie B, porque lo cierto es que Tommyknockers funciona como una especie de recreación de las películas de ciencia ficción de los años cincuenta: ya sabes, de esas en las que se veía el platillo volante sostenido por el cordelito. En cualquier caso, la gran apuesta de King consiste en desgranar la historia de la influencia nociva de un ovni desde dentro, desde la realidad comunitaria y desde el punto de vista de un enorme puñado de personajes, convirtiendo una premisa sencilla en el germen de una inabarcable novela coral. La modernidad en el tratamiento del tema o motivo literario consiste en trasladar el escenario, como siempre, al ámbito de la Norteamérica medio rural de los años ochenta, y a una especie de hongo expansivo de la influencia tóxica de la nave desde un epicentro concreto: el pueblecito de Haven, una de sus tantas localizaciones inventadas y ubicadas en el mapa de Maine, su estado natal.

Contraportada de la primera edición de Misery (Viking Press, 1987), publicada el mismo año que Tommyknockers.

La protagonista de la historia es Roberta Anderson, una escritora de novelas del oeste que vive aislada del mundanal ruido en una casa en medio de los bosques, a las afueras de Haven. Un día, y mientras pasea con Peter, su fiel sabueso, tropieza con un trozo de metal enterrado. Aquí entra en juego una de las situaciones narrativas favoritas del autor, y que mejores resultados le ha dado: la apertura de una especie de tecno-caja de Pandora, ese acercamiento al conocimiento prohibido que tan bien supo explotar H. P. Lovecraft en su día. Y es que el tropiezo inicial de Roberta Anderson se convierte en una verdadera obsesión por descubrir la naturaleza de ese objeto enterrado; así, no mucho después ya la tenemos excavando frenéticamente en su búsqueda, y pronto descubriremos, junto con el personaje, que dicho objeto resulta ser un enorme platillo intergaláctico. Aquí se desata el giro argumental maestro de la novela: los extraterrestres que pilotaban la nave no están muertos, sino en estado de hibernación en el interior de la nave, y el descubrimiento del platillo los ha despertado. A partir de entonces, emplearán sus habilidades telepáticas para influir en los ciudadanos de Haven. ¿Cuál será el resultado? Evidentemente, una ola de locura, crímenes, asesinatos, desapariciones y baños de sangre.

Stephen King mantiene una prodigiosa coherencia interna en el trazado de la historia, desplazándose con enorme soltura y equilibrio a lo largo de una gran cantidad de escenarios narrativos. Como siempre, resulta muy convincente la construcción de personajes, la creación de la atmósfera y la introducción de insertos. Esta riqueza de detalle le permite la confección de una novela sólida y atrapante, fascinante durante largos pasajes. En lo que es una de sus señas de identidad, el lector podrá comprobar cómo se deshace el contrato inicial: esto es, cómo se desmoronan las premisas narrativas de partida en pos de una metamorfosis conceptual tanto del escenario narrativo como de la naturaleza de los personajes. A la hora de analizar los distintos niveles estructurales que maneja, comprendemos que la novela funciona como una parábola de la involución, y como el resultado de la imposible convivencia entre dos razas separadas por un abismo cósmico. Por supuesto, no hace falta destacar la influencia patente del magistral relato de Lovecraft «El color del espacio exterior» (The Colour Out of Space, 1927) en esta novela.

Portada de la edición en rústica de Tommyknockers, de Stephen King. Plaza & Janés, Barcelona, 1992. 704 páginas

Al margen quedará la opinión fundada de los numerosos críticos que la pusieron a caldo en su día y que, por diversos motivos, siguen defenestrándola hoy. Fuera de este análisis dejaremos las razones por las cuales el propio Stephen King reniega de ella —es muy probable que lo retrotraiga a una época gloriosa de su vida creativa, pero también a un periodo muy desagradable de su peripecia personal—. A un lado dejaré los porqués de la reprobación del público en general, incluso de sus fanáticos más adeptos; como siempre, baso estas palabras en una opinión subjetiva y personal: creo y siento que Tommyknockers es una novela a reivindicar, un clásico a redescubrir y una obra magnífica que ha ser leída sin complejos ni preconceptos. En sus páginas, Stephen King nos ofrece una de las cumbres de su fecunda creatividad y recrea aquellos miedos siderales que nacieran con el horror cósmico en los años veinte y que se potenciarían con los miedos nucleares de los años cincuenta, plasmados en cantidades industriales de cine de ciencia ficción; ese miedo primordial a aquello que está en el exterior y que sabemos que algún día puede desatar lo peor que llevamos dentro de nosotros mismos; la presencia de los tommyknockers, llamando a tu puerta…

El invitado

Desde hace unos meses, Leopold, mi vecino, tiene un invitado. Nunca lo he visto, pero la vida de Leopold ha cambiado desde que llegó. De repente, todo le sale bien: en el trabajo, en el amor, en la salud… Este invitado parece haber traído un aura de felicidad para Leopold. La semana pasada pensé en tocar el timbre de mi vecino e intentar conocer al huésped…, pero una extraña sensación interna me lo impidió en el último momento.

Ayer me crucé con Leopold en el rellano, y su aspecto no me gustó nada. No digo que pareciera enfermo, pero daba la sensación de que le faltaba algo. Si me apuráis, diría que Leopold había perdido el alma.

—Es el pago que tengo que afrontar por tanta felicidad —dijo—. Desde que él llegó las cosas no son como antes.

Quise saber algo más acerca de ese misterioso invitado, pero Leopold se mostró muy reservado. A lo único que accedió fue a susurrarme al oído su nombre. La verdad es que no me sorprendió, pues lo he oído un millón de veces… y vosotros también. ¿Acaso hace falta que os lo repita?

Leopold se alejó, caminando por el rellano, rumbo a su apartamento, allí donde le esperaba un encuentro con su invitado. Por el camino, el alma parecía ir cayéndosele a pedazos.

Talleres intensivos (verano 2021)

Ha llegado junio, y me paso hoy por El Disparaletras® para anunciarte los talleres de escritura creativa que vamos a estar impartiendo este verano en la academia Fuentetaja. Como cada verano —salvo el de 2020, por lo que tú ya sabes—, ofrecemos un programa intensivo de introducción a la escritura creativa, con un contenido realmente sustancioso y original. Durante este verano tendremos dos talleres, que paso a detallarte:

El deseo de escribir: los primeros pasos en la escritura (del 13 al 29 de julio)

Nivel: Inicial.

Periodicidad: Intensivo.

Duración: 6 clases.

Apertura de grupos: Julio, del 13 al 29. (Inicio el martes 13.)

Horario: Martes y jueves de 19.00 a 21.00 horas.

Precio del curso: 125 euros.

Modalidad: Taller presencial en Las Palmas de Gran Canaria (Aula en Galería Manuel Ojeda, en la calle Buenos Aires, n.º 3).

Descripción: El taller de escritura creativa es el decano de nuestros talleres. En este intensivo mensual intentaremos descubrir cómo es un taller de escritura creativa de un modo práctico. Abriremos el camino de la imaginación, nos adentraremos en él y llegaremos al misterioso corazón de la escritura. Así, romperemos bloqueos, estimularemos la creatividad y superaremos las barreras que dificultan la expresión literaria. Una vez cursado este taller, su continuidad natural para quienes hayan disfrutado de la experiencia sería entrar en un grupo del nivel de iniciación de nuestro tradicional Taller de Escritura Creativa, bastante más sosegado en el ritmo de trabajo, y cuyo objetivo es establecer una disciplina a largo plazo, a la vez que proveer de unos conocimientos y destrezas técnicas que no es posible facilitar en propuestas de carácter intensivo.

Descarga aquí toda la información relativa a este taller.


El cuento fantástico moderno

Nivel: Inicial.

Periodicidad: Intensivo.

Duración: 6 clases.

Apertura de grupos: Septiembre, del 7 al 23. (Inicio el martes día 7.)

Precio del curso: 125 Euros.

Modalidad: Taller presencial en Las Palmas de Gran Canaria (Aula en Galería Manuel Ojeda, en la calle Buenos Aires, n.º 3).

Descripción: Un taller idóneo para los amantes del cuento fantástico y de la literatura del llamado «Boom Latinoamericano», o para aquellos que siempre han sentido curiosidad por este movimiento literario. Análisis y estudio del cuento fantástico moderno, principalmente el surgido en Latinoamérica a mediados del siglo XX. Rastrearemos sus orígenes estéticos en el cuento norteamericano, analizando sus influencias. De forma intensiva, se estudiarán las diversas vertientes de lo fantástico en la obra de autores como Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y otros, y la articulación del elemento fantástico en una narrativa comprometida con la realidad social. En este taller exploraremos nuestras habilidades para la creación de situaciones de índole irreal y trabajaremos especialmente los métodos de yuxtaposición con el entorno realista. También analizaremos los distintos espacios mito-poéticos de la literatura fantástica latinoamericana (Comala, Santa María, Macondo), y sus parámetros fundamentales en busca de una inspiración para la confección de nuestros propios espacios narrativos. Como complemento, se estudiará el carácter estético y expresivo del llamado «Realismo mágico» como subgénero principal surgido de la práctica del cuento en Latinoamérica, y su asimilación en algunos autores españoles, como Juan Benet.

Descarga aquí toda la información relativa a este taller.


Como ves, dos alternativas ideales para afrontar este verano, dos talleres completísimos donde poder desarrollar tu creatividad y tus capacidades para la escritura creativa.

Si tienes alguna consulta respecto a cualquiera de los talleres, no dudes en ponerte en contacto conmigo; escríbeme un correo electrónico a leandropinto@gmx.es y resolveré cualquier duda. Así que ya sabes: afila la pluma y la imaginación, que hay mucho que contar…

«El horror de Dunwich». Lovecraft y los miedos arquetípicos

Llevábamos un tiempo sin hablar del genio de Providence en este blog —no mucho tiempo, en realidad; más concretamente, desde el 15 de marzo—. Pero ya sabes que aquí, en El Disparaletras®, el bueno de H. P. Lovecraft es dueño y señor, y siempre que tengo oportunidad me suelto a comentarte algo sobre su vida o su obra. En este caso, te traigo algunas de las impresiones que me ha dejado una nueva relectura —no me pidas que las enumere— de una de sus obras maestras definitivas: «El horror de Dunwich».

El horror de Dunwich, de H. P. Lovecraft. Alianza, Madrid, 2018. 254 páginas

Este relato fue compuesto en 1928, en pleno desarrollo de los Mitos de Cthulhu, y cuando comenzaba a consolidarse la estructura temática y conceptual del horror cósmico. HPL nos regala aquí una soberbia historia de ambientación rural, provista de una imaginería sin igual y con una trabajadísima atmósfera de horrores materializados a través de lo que podríamos llamar «miedos arquetípicos», esos miedos que anidan no ya en el inconsciente colectivo de la raza humana, sino en una especie de fuente primigenia que se originó cuando el universo era muy joven, cuando el ser humano aún no caminaba por la tierra. En este caso, sirva como perfecta analogía el texto de Charles Lamb que Lovecraft cita al comienzo del relato, y que extrae de su obra Witches and Other Night-Fears. Los rostros del miedo, las diferentes configuraciones del horror, han variado a lo largo de los siglos, pero su esencia siempre ha estado ahí, desde el principio de los tiempos.

«El horror de Dunwich» narra la historia de la familia Whateley, un clan de brujos que habita en una comarca perdida, anclada en el ostracismo y la ignorancia, allende las montañas de la zona central de Massachusetts. El patriarca del clan, el viejo Whateley, practica rituales y ceremonias paganas en la cima de una colina, Sentinel Hill, donde invoca a dioses primigenios y criaturas primordiales, entre ellas, a Yog-Sothoth, la Llave que abre la Puerta. Un buen día, su hija Lavinia, una albina deforme de treinta y cinco años, queda embarazada. Los pueblerinos desconocen quién es el padre de la criatura y las habladurías se extienden como un reguero de pólvora. Mucho más cuando, nueve meses más tarde, Lavinia da a luz a Wilbur, un niño precoz y muy difícil de ver: sin mentón, de largas extremidades y con un rostro caprino y deforme. El crío desarrolla, en muy poco tiempo, unas capacidades inexplicables para su corta edad: a los cuatro años ya vocaliza perfectamente, tiene vello facial, voz gruesa, va abotonado hasta el cuello y porta un arma de fuego, ya que los perros de la comarca lo acosan y pretenden atacarlo. La familia Whateley, conforme el desarrollo del «pequeño» Wilbur se vuelve cada vez más desproporcionado, compra ingentes cantidades de ganado y lleva a cabo rudimentarias pero inacabables reformas en su granero y su finca. Los alrededores de esta huelen muy mal y los pueblerinos se temen lo peor, ya que todo parece indicar que, además de al mocoso híper desarrollado con facciones caprinas, Lavinia ha traído al mundo a otra criatura… probablemente más horrenda y peligrosa aun que el propio Wilbur.

Impresionante recreación visual de la escena final de «El horror de Dunwich», de H. P. Lovecraft

Lovecraft estructura el relato en nueve capítulos y ambienta la historia en dos escenarios de enorme contraste: los rústicos parajes agrestes de Dunwich y los eruditos salones de la Universidad Miskatonic, en Arkham, donde el caso de las anomalías de Dunwich llamará la atención del profesor Henry Armitage, un estudioso del folclore local que, entre otras cosas, custodia el valioso ejemplar del Necronomicon que se almacena en la biblioteca de dicha universidad. Lovecraft implementa una estrategia narrativa muy especial, y bastante inusual en él: en lugar de adoptar el punto de vista de un narrador personaje —su punto de partida más frecuente—, elige contar la historia desde un narrador omnisciente que se permite el desplazamiento entre escenarios y personajes, consiguiendo de esta forma un relato extraordinariamente coral. Así, mediante testimonios y conversaciones a través del teléfono comunal, tenemos acceso a los hechos ocurridos en Dunwich desde la perspectiva de los rústicos habitantes de la comarca, de algunos visitantes a la granja de los Whateley, de los azotacalles que malgastan su tiempo en el almacén de Osborn y, por supuesto, desde el punto de vista de los estudiosos de Arkham, con quienes el lector inevitablemente empatizará.

Un recurso muy curioso que utiliza el autor de Providence en este relato es la diferenciación en el habla entre los personajes. Para resaltar el profundo atraso intelectual de los pueblerinos de Dunwich, Lovecraft los hace «hablar» con faltas y defectos ortográficos y gramaticales, buscando de esta forma reproducir una dicción muy deficiente. Es importante aclarar que esta diferenciación en el habla no ha sido respetada por todas las traducciones al castellano. La editorial Valdemar —cuya traducción corrió a cargo de Juan Antonio Molina Foix— sí ha trabajado a fondo esta traslación, consiguiendo que la experiencia de lectura sea mucho más sensitiva; la edición de Alianza que citamos aquí, y cuya traducción llevó a cabo Aurelio Martínez Benito en 1981, opta no obstante por una traducción neutra. Dicha edición incluye, además, otros tres relatos de Lovecraft en el volumen; estos son «El modelo de Pickman», «El susurrador en la oscuridad» y «El extraño», amén de un texto muy interesante de August Derleth en donde desglosa someramente la vida y la obra del maestro de Providence.

«El horror de Dunwich» es la obra favorita de una gran cantidad de lectores lovecraftianos, y yo personalmente la considero una de las mejores, un pico en la trayectoria del mejor autor de terror de todos los tiempos. Su estructura ambiciosa de perspectiva múltiple, su desarrollo narrativo, el crescendo del horror cósmico que trabaja, los impresionantes giros en la trama, la descripción precisa y abigarrada de las aberraciones que se producen en el pueblo y, sobre todo, la representación conceptual que lleva a cabo de los miedos arquetípicos lo convierten en uno de los relatos de horror más influyentes jamás escritos. Una pieza maestra cuya lectura impacta y embelesa, al tiempo que nos lega un montón de preguntas inquietantes acerca de nuestro papel en la realidad cósmica, nuestro verdadero e insignificante rol ante esa puerta que domina Yog-Sothoth y que, un buen día, puede llegar a abrirse…

Hawthorne: los cimientos del «American Gothic»

Si existe un autor fundamental para entender el arraigo de la literatura gótica en los Estados Unidos sin duda es Nathaniel Hawthorne, uno de los pocos escritores del género verdaderamente reconocidos por el «canon», palabra indudablemente conflictiva. Su obra es abundante y de enorme calidad, pero hoy quería centrarme en uno de sus mejores relatos, un cuento que cimentó buena parte de las bases discursivas y atmosféricas de esa rama del horror literario que conocemos como American Gothic; una narración fascinante titulada «El joven Goodman Brown».

Musgos de una vieja rectoría [Relatos fantásticos y siniestros], de Nathaniel Hawthorne, volumen que contiene el relato «El joven Goodman Brown». Valdemar, Madrid, 2015. 376 páginas

Un joven honesto y cristiano, Goodman Brown, se interna en un sendero que atraviesa un bosque tenebroso a las afueras de Salem, ciudad en la que vive con su encantadora esposa Faith, con la que lleva casado apenas tres meses. Brown se dirige a un lugar indeseado por él y por su mujer, pero su destino es ineludible. Ha concertado una cita con un ser extraño, un anciano de etérea morfología y capacidad para adoptar diversas identidades, entre ellas la del abuelo de Goodman Brown. El misterioso anciano porta un bastón con forma de serpiente que, a ratos, parece cobrar vida y culebrear entre el polvo del camino. A lo largo del trayecto, Goodman Brown y el anciano se encontrarán con Goody Cloyse, una vieja instructora de catecismo, pero también con otros respetables hombres de la ciudad de Salem. Todos, al parecer, se dirigen al claro del bosque donde se ha de celebrar un ritual oscuro y demoníaco; una ceremonia infernal que el joven Goodman Brown, aunque aborrezca la idea, se verá obligado a presenciar…

Publicado en 1835, este relato magistral, adelantado a su tiempo, establece las bases temáticas y los motivos literarios esenciales para el desarrollo del gótico americano durante los siglos XIX y XX. Fuertemente arraigado en los elementos tradicionales de Nueva Inglaterra y en la cultura de los padres fundadores, ubica la acción en la maldita aldea de Salem, tristemente célebre por los procesos por brujería que tuvieron lugar entre 1692 y 1693. Todavía con reminiscencias culturales de la América colonial, el relato discurre en el límite mismo entre el oscurantismo y la superstición y los preceptos de la religión exacerbada y el puritanismo fanático. La narración se convierte en una aguda y lúcida reflexión sobre los miedos ancestrales y los efectos psicológicos de una doctrina inclemente y dogmática: la presencia del Diablo como encarnación del mal absoluto en el discurso religioso, materializada en una vívida pesadilla sensitiva. El cuento también funciona como implacable metáfora del pecado, concepto inherente a la naturaleza humana y del cual no se libra ni el más férreo de los puritanos.

Recreación de la antigua ciudad de Salem, en Massachusetts, famosa por los procesos por brujería del siglo XVII, ciudad natal de Hawthorne y escenario habitual de sus narraciones.

El autor trabaja profundamente el perfil psicológico del personaje principal, el joven Goodman Brown. Ya desde la elección del nombre de pila, Hawthorne retrata a un hombre bueno, honrado, fielmente enamorado de su esposa y temeroso de Dios, que se ve arrastrado hasta el corazón de un bosque umbrío para presenciar el surgimiento del mal absoluto: una silueta oscura y siniestra cuyo mensaje no puede ser más desalentador. El nombre de pila de su mujer —Faith— tampoco está elegido caprichosamente, y la descripción de los personajes secundarios compone un retrato arquetípico de las comunidades americanas de la costa Este durante la época postcolonial. El autor demuestra ser un verdadero maestro en la creación de la atmósfera turbia y malsana que envuelve toda la narración, dando origen a una tradición literaria que haría escuela: la utilización de un profuso bagaje léxico para la disección de paisajes, rincones apartados, antiguos caserones coloniales, iglesias de pueblo, tabernas, callejones, etcétera. Son los elementos que los escritores norteamericanos se vieron obligados a potenciar en ausencia de los escenarios clásicos del gótico europeo, tales como abadías, monasterios, castillos o ruinas medievales. Esta tendencia a una creación atmosférica abigarrada y ampulosa encontraría continuidad en los dos grandes genios del horror literario en los Estados Unidos: Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft, y de ahí en adelante, en mayor o menor medida, en todos los escritores adscritos al género. Es por ello que no es exagerado afirmar que nos encontramos ante una de las piezas fundacionales el Gótico Americano, quizá solo superada en su carácter anticipatorio por la impresionante novela de Charles Brockden Brown Wieland, o la transformación, de 1798.

Nathaniel Hawthorne (1804-1864)

Nathaniel Hawthorne nació, cómo no, en Salem, en 1804, y fue uno de los maestros indiscutibles de la ficción gótica y el romanticismo oscuro. Es mundialmente conocido por su novela La letra escarlata (The Scarlett Letter, 1850), narración que retrata la hipocresía del puritanismo de Nueva Inglaterra en el siglo XVII. Una de sus obras más destacadas, y clave también en el desarrollo del Gótico Americano, es la novela La casa de los siete tejados (The House of the Seven Gables, 1851), fascinante narración sobre los efectos de la bujería y las maldiciones ancestrales sobre una construcción maldita erigida en el centro de la ciudad de Salem. A propósito de esta ciudad y de su famosa caza de brujas de finales del XVII, no es menor el dato biográfico de Hawthorne que lo ubica en el mismo árbol genealógico que el juez John Hathorne, el único de los magistrados involucrados en los procesos por brujería que no se arrepintió de su participación ni de sus decisiones en los juicios. Para huir de este siniestro pasado, nuestro autor intercaló una «W» en su apellido. Hawthorne es uno de los escritores de cuentos góticos más notables de su tiempo; entre sus piezas breves cabe destacar «La marca de nacimiento», «La hija de Rappaccini», «El banquete de Navidad» y, por supuesto, «El joven Goodman Brown», considerada una de sus obras cumbre y uno de los relatos más influyentes del Gótico Americano. Hawthorne murió en Plymouth en 1864, y sus restos descansan en el cementerio de Sleepy Hollow. A día de hoy, se lo considera uno de los padres de las letras americanas, junto con Washington Irving, Henry David Thoreau y Ralph Waldo Emerson.

«Voyeur»

Desde un rincón en penumbras de la habitación observo tus rituales amatorios, el amplio desfile de personajes anónimos que pasan por nuestra cama y con los que te has propuesto, sin duda, recuperar el tiempo perdido. Jamás podré expresar con palabras la mezcla de furia y excitación que me provoca mirarte y devorar tu cuerpo, ahora, solo con los ojos.

Para muchos puedo ser un vulgar mirón, un simple voyeur; para otros, una más de las sombras inquietas que acuden desde el otro lado para vigilar a los suyos. Lo cierto es que, tras una muerte tan repentina, podrías haberme guardado el luto durante al menos una semana…

El pozo

Releí la novela una vez más; El pozo. Siempre ha sido una de mis obras de cabecera, una biblia de enseñanza permanente y continuo redescubrimiento. Contemplé el techo manchado de presagios y abandoné la habitación, donde todavía flotaban los susurros del nihilismo. Las miserias del pozo bullían en mis tripas, así que salí al jardín trasero y aparté las zarzas hasta llegar al pútrido cigoñal. Como era sabido, y como cada vez que releía la novela, me asomé al pozo. Ese pozo que era solo mío. El agua hacía años que había dejado de ser cristalina, y el resultado de mis reflexiones estaba allí, atroz e insoslayable. Sobre la turbia pecina del fondo, y en tétrica armonía, flotaban un montón de pájaros muertos.

Panorama desde el puente

La mañana plomiza se desparramaba sobre el río quieto y la ciudad moribunda. La línea de casas bajas y bloques de apartamentos más allá del ribazo emanaba un silencio lóbrego: la extinción masiva de los habitantes. Era un día ideal para apoyar las manos sobre el gélido pretil del puente y saltar al vacío, al frío abrazo de las aguas inmóviles, al túnel ensordecedor de las profundidades.

La vista desde el puente no arrojaba esperanzas de redención. Más allá de esta perspectiva infecunda yacía, inmóvil, todo aquello que alguna vez fue.

Solo el tiempo insensible transcurrió sobre el pavimento helado del puente; ninguna presencia física perturbó la calma de las aguas inmutables. El panorama no se modificó y nadie, jamás, contempló aquella postal desoladora.

Expediente Ligotti. Parte VI: la apoteosis de lo inmaterial

La última entrega en este blog de nuestro «Expediente Ligotti» nos había dejado en 1994, con la aparición de Noctuario. Para adentrarnos en el análisis de su siguiente obra publicada en español —y disponible a día de hoy— hemos de efectuar un significativo salto cronológico hasta el año 2006, cuando hace su aparición Teatro Grottesco. En medio ocurrieron más cosas: la publicación, poco después de Noctuario, de La agónica resurrección de Victor Frankenstein y otros cuentos góticos —compilación que ya analizamos en el «Expediente Ligotti. Parte III»—, la edición de las colecciones de cuentos My Work Is Not Yet Done: Three Tales of Corporate Horror (2002) y Sideshow, and Other Stories (2003), y del poemario Death Poems (2004), obras aún no publicadas en español. Estos trabajos marcan un punto de crisis en la carrera de Thomas Ligotti y jalonan la metamorfosis final de su tratamiento de la ficción; este proceso evolutivo daría como resultado el fascinante volumen llamado Teatro Grottesco.

Teatro Grottesco, de Thomas Ligotti. Valdemar, Madrid, 2016. 296 páginas

La narrativa de Thomas Ligotti, tan especial, tan arraigada en lo literario, y justificados sus discursos a través de sus contactos tangenciales con la filosofía y la metafísica, terminaría de instalarse en el terreno de lo inmaterial mediante el desarrollo de los conceptos que operan como columna vertebral de los cuentos reunidos en Teatro Grottesco. Así, la evolución del cuento gótico moderno encuentra un terreno de cultivo que se antoja cuasi definitivo —al menos durante un buen espacio de tiempo, y mientras siga imperando en el ámbito del horror literario el conservadurismo estético—: la supresión casi definitiva del «horror material» y la preponderancia del «horror atmosférico», representado, la mayoría de las veces, a través de intangibles manifestaciones de lo grotesco. En líneas generales, Teatro Grottesco emerge como el volumen de más compleja lectura y asimilación para el lector moderno de todos los que escribiera Ligotti hasta la fecha, un oscuro carnaval de referencias sesgadas y conceptos inasibles que vuelve sumamente difuso e inestable el escenario narrativo, pero tras cuyo discurso subyace tal vez la esencia más primitiva del sentimiento de horror: el contacto con lo desconocido y lo inexplicable, aquello que H. P. Lovecraft definió con palabras maestras en su novela En las montañas de la locura: «The thing that should not be».

Como de costumbre, Ligotti divide el volumen en bloques temáticos. El primero, «Enajenaciones», incluye cinco relatos que destacan por la evolución del entorno atmosférico en el que se desarrollan las historias: estos mutan desde una ligera distorsión de la realidad hasta escenarios de auténtica locura y pesadilla. «Pureza», el cuento que abre la sección y el volumen, se enumera por derecho propio entre las obras más inquietantes de su autor, una interesante reflexión sobre la «contaminación intelectual» a través de la institución fundamental de la sociedad —la familia—; «El gestor de la ciudad» ofrece una visión irónica y a ratos sangrienta del ansia de poder del espíritu humano y de su carácter acomodaticio; «Atracción de feria y otros relatos» funciona como un pequeño contenedor de otras tantas historias en la relación del narrador con un misterioso escritor, y glosa algunas de las imágenes más impactantes y representativas del universo del autor, retazos genuinos de sus conceptos del horror grotesco; «La marioneta payaso» recrea una vez más la fascinación del autor por la ventriloquía, los títeres, los autómatas y las figuras inanimadas que simulan cierta humanidad, llevado en este caso dicho leitmotiv al terreno de la contemplación exacerbada; la sección se cierra con uno de los relatos más populares y fascinantes del autor: «La Torre Roja», una escalofriante alegoría sobre la muerte, el abandono, la incuria y la putrefacción; una obra maestra.

The Red Tower, ilustración inspirada en el relato homónimo de Thomas Ligotti, una de sus obras maestras definitivas (© Mihail Bila). En la ilustración se aprecia el trazado teórico de los tres niveles subterráneos de la fábrica que se describen en la narración

La segunda sección del volumen, titulada «Deformaciones», articula mediante tres discursos de tipo corporativo los dos prismas de horror que se enuncian en las secciones primera y tercera, y funciona como una muy necesaria transición entre ambos universos conceptuales. «Mi defensa de una acción punitiva», «Nuestro supervisor provisional» y «En una ciudad extranjera, en una tierra extranjera» forman así una especie de trilogía; son relatos unidos por ciertos hilos conductores en los que se narra la presencia de lo grotesco amenazante en diversos focos de actividad humana, y operativos solamente en una tierra marginal y oscura, a ratos desolada y temible, pero todo el tiempo aislada de las normas del universo conocido. Ligotti recrea en esta segunda sección el drama de la alienación humana y la vida en sociedad, una existencia regida por normas absurdas y orientada hacia un proceso de embrutecimiento sin remedio. De alguna manera, el autor establece a través de estos tres escritos de ficción las bases filosóficas para lo que expondría cuatro años más tarde en su impagable tratado metafísico La conspiración contra la especie humana (2010), libro que ya analizamos en el «Expediente Ligotti. Parte II».

Llegamos, así, a la tercera y última sección del libro —posiblemente la más inquietante de todas—: «Los dañados y los enfermos». Esta incluye cinco relatos estremecedores que funcionan como una especie de contenedor de conceptos de lo que se ha leído hasta el momento. De alguna manera, son el resultado de las anteriores «Enajenaciones» y «Deformaciones». Aquí no caben los horrores materiales, ni siquiera las perturbaciones psíquicas, sino la simple convivencia inevitable con la atmósfera enferma y malsana que resulta, a modo de regurgitación infecta, de la eclosión definitiva del universo conceptual del autor. «Teatro Grottesco» y «Las ferias de gasolinera» nos ofrecen el panorama de la existencia baldía sujeta a los devenires de organizaciones invisibles y opresivas, cuya actividad justifica fenómenos de desdoblamiento, ruptura cronológica con el presente y otras disrupciones con la realidad cotidiana. «El Bungalow» presenta un retrato disfuncional de la admiración artística y plantea un extraño juego de suplantación propia, un laberinto de espejos casi «borgiano». Finalmente, «Severini» y «La sombra, la oscuridad» plasman el desaliento final de un compendio narrativo que, quizá más que nunca, orienta su discurso hacia la desesperanza y el nihilismo, dos conceptos que, según hemos analizado a lo largo de todo este expediente, se convierten casi en los motivos temáticos principales en la obra del autor.

Portada de la edición italiana de Teatro Grottesco, publicada en 2015 por Il Saggiatore con traducción de Luca Fusari

Como exponíamos más arriba, Teatro Grottesco no es un libro fácil de leer; exige una máxima concentración al lector y lo obliga a comulgar con un lenguaje que no se basa en los hechos materiales, sino en la articulación de sus horrores atmosféricos con escenarios imposibles, a ratos casi inimaginables para el lector moderno. Nuevamente, y tal vez más que nunca, Ligotti se esfuerza por suprimir los preceptos básicos de la «visualidad» que tanto han caracterizado al relato de terror contemporáneo, especialmente desde los años setenta del siglo pasado. Ligotti, con espíritu revolucionario, replantea las bases discursivas del horror: se hace fuerte en la implementación de lo filosófico como vehículo para su mensaje y consigue la apoteosis definitiva del horror inmaterial a través de la creación de escenarios oníricos y vaporosos, retablos de pesadilla deshilachada donde una acción medio estancada apenas puede desplazarse en medio de la densidad de los elementos grotescos que los sostienen en pie.

Por ahora, esta será la última entrega de nuestro «Expediente Ligotti»; los adeptos al autor de Michigan siempre podemos confiar en que Valdemar siga haciendo el gran trabajo al que nos tiene acostumbrados y saque al mercado las obras pendientes de traducir antes mencionadas, o quizá nos sorprenda con la aparición de The Spectral Link (2014), su última obra hasta la fecha. De momento, aquí te ofrecemos esta panorámica extensa de su obra: un trabajo narrativo que, ya desde sus comienzos, estuvo llamado a convertirse en el catalizador definitivo de la revolución que el género de terror viene pidiendo a gritos desde hace décadas. Su lectura y asimilación, gustos aparte, no puede sino confirmarnos una verdad insoslayable: no existe otro autor como Thomas Ligotti.

Día del Libro 2021

A pesar de la pandemia y de las restricciones, la llegada del Día del Libro siempre ofrece actividades y momentos de acercamiento con los lectores; son circunstancias que se agradecen especialmente, ya que aunque el apego a la actividad solitaria y aislada que supone la escritura es cada vez mayor, de vez en cuando uno desea —y necesita— salir de la cueva e interactuar con amigos y lectores que puedan acercarse. Este año, al igual que durante el ya extinto e infausto 2020, el Día del Libro no coincidirá en Las Palmas de Gran Canaria con la Feria del Libro, que nuevamente ha sido trasladada hasta octubre/noviembre —sin confirmar aún esta fecha—. El calendario de firmas se presenta, entonces, un tanto ligero, pero aun así me parece fundamental compartirlo contigo, que frecuentas este blog.

La ruta empieza el mismo Día del Libro, es decir, el viernes 23 de abril. Ese día,  de 11.00 a 13.00 horas, estaré firmando ejemplares en Librería Greda, en TerorPlaza del Pino, nº 1, a muy pocos pasos de la iglesia—. En este evento compartiré mesa de firmas con mi buen amigo Rayco Cruz, quien tendrá allí ejemplares de Germen, su última novela, además del resto del sus títulos.

El recorrido finaliza al día siguiente, sábado 24 de abril, en plena celebración de la Semana del Libro en Librería Yaya, en ArucasPaseo Poeta Pedro Lezcano, nº 5—. Será este un encuentro muy especial, ya que en esta librería de referencia he participado en numerosas firmas en el pasado, y solo la pandemia ha impedido que pudiera presentar allí mi novela Lugares Prohibidos, que, como recordarás, se ambienta en el pueblo de Arucas.

Por supuesto que los títulos estrella de estos dos eventos serán El Vástago del Mal y Lugares Prohibidos, las dos novelas que salieron al mercado en noviembre y diciembre del año pasado, pero también habrá numerosos ejemplares de mis anteriores trabajos, tanto novelas como volúmenes de relatos. Así que ya sabes: si te apetece pillar alguno de mis libros y llevártelo firmado, te espero en uno de estos dos magníficos enclaves del norte de nuestra isla. Que la mascarilla y la distancia social no nos impidan celebrar este día, el más especial del año para los que amamos las letras. ¡Nos vemos allí!

Escaleras

A medida que ascendía esos peldaños mohosos y ancestrales tuve claro que no me sentiría cómodo entre ellos. Llevaba años allí abajo, aislado, encerrado, oculto…, como si fuera yo un secreto tortuoso que no podían compartir con nadie.

Ahora, tras una vida entre tinieblas, por fin me daban la oportunidad de subir esas escaleras que me separaban de su mundo.

Cada peldaño que pisaba levantaba una nube de polvo e incuria, y cada vez más cerca podía oír sus gruñidos, sentir su espantoso hedor, percibir su nociva influencia.

Cuando por fin llegué arriba mis sospechas se confirmaron. Definitivamente, jamás podría sentirme cómodo entre ellos. No eran como yo.

No eran humanos.

Mariana Enriquez, o la nueva tesis del cuento de horror

A día de hoy, casi no hay libros que reúnan cuentos de horror. Puede parecer falaz lo que comento, ya que en cualquier librería te puedes encontrar decenas de antologías con narraciones breves adscritas al género, pero cabe puntualizar que lo que la mayoría de los autores practican no es el cuento de horror, sino el relato de terror, género muy similar —hermano, diríamos—, pero del que lo separan algunas sutiles diferencias que un día quizá analicemos en profundidad en este blog. Por esta razón, la satisfacción que uno vive cuando se topa con genuinos cuentos de horror es casi insuperable, y hoy vengo a hablarte de la autora que mejor se maneja en este registro tan difícil de encontrar; hablo de mi compatriota Mariana Enriquez, y en concreto de los cuentos reunidos en su primer volumen, Los peligros de fumar en la cama.

Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enriquez. Anagrama, Barcelona, 2017. 201 páginas

Mariana Enriquez plantea en estos escritos una especie de nueva tesis del cuento de horror. Apoyándose en los sustratos temáticos de los maestros clásicos —Sheridan Le Fanu, Poe, o M. R. James, pero con claras influencias de contemporáneos como Shirley Jackson o Thomas Ligotti—, recrea un mundo soterrado de espantos sutiles que filtran sus garras hacia una realidad tangible y muy reconocible: la de la Argentina de las últimas cuatro décadas. Diversos elementos característicos de la iconografía del género son recreados en sus textos, pero actualizados y despojados de la rimbombancia de otras épocas. El estupor va de la mano de las revelaciones, pero los cuentos no poseen momentos ruidosos ni explosivos, y toda reminiscencia a la tan mentada carnalidad del género se queda en unos muy apropiados momentos en fuera de campo. Mariana Enriquez maneja a la perfección el arte de la insinuación, de la sugerencia, de la referencia solapada, y lo hace, además, mediante un lenguaje cercano, a ratos un tanto frío, pero siempre profundo, y verbalizado, la mayoría de las veces, a través del fiable punto de vista del narrador protagonista o testigo. De esta forma, crea la ilusión de unas realidades que, por más imposibles que resulten en su concepto, entablan un diálogo verosímil por su articulación en el contexto de la narración.

La implementación de esta tesis le permite a la autora componer cuentos verdaderamente estremecedores, como son «La Virgen de la tosquera» —una historia de celos adolescentes con retazos de oscuro misticismo—, «El carrito» —narración de una maldición urbana a manos de un vagabundo desharrapado—, «El aljibe» —donde se revive el mundo de la brujería a través de una desgarradora historia familiar—, «Carne» —un cuento de fanatismo en el que se mezclan el rock, la muerte y la necrofagia— y, sobre todo, «Chicos que faltan», probablemente el más impactante de los cuentos de este volumen, una narración intensa y dramática sobre la reaparición de adolescentes en los parques del centro de Buenos Aires tiempo después de que se los diera por perdidos. Algunos otros cuentos ahondan en cuestiones más bien existenciales, como «El desentierro de la angelita» o «Los peligros de fumar en la cama», u otros en los que ciertas prácticas sexuales o masturbatorias se convierten en vehículos expresivos del horror, como en «Dónde estás corazón» o «Ni cumpleaños ni bautismos».

En todo caso, lo más destacado de estas piezas literarias es su pertenencia al género del cuento, que no al del relato. Lo que más abunda en el mundo de la narrativa breve de terror es este último, generalmente mucho más extenso y con una estructura granítica de introducción, nudo y desenlace. Por lo común, estos relatos cuentan con álgidos momentos de acción o terror gore, personajes heroicos o desgraciados, masacres, clímax y anticlímax, y un desenlace perfectamente atado en cuanto a coherencia y cohesión con el corpus de la narración. Los cuentos de Mariana Enriquez, en cambio, ofrecen estructuras de tipo confesional, un planteamiento circunstancial derivado de una realidad solo sugerida por la voz del narrador, horrores más bien relacionados con lo atmosférico, lo psicológico y lo emocional —aquí se acerca mucho a Ligotti—, y desenlaces abiertos, ambivalentes, en ocasiones enigmáticos e irresolutos…, pero siempre inquietantes y perturbadores. Esta es la función principal del cuento de horror, y lo que más lo separa del relato de terror —cabe resaltar aquí tanto la distancia que existe entre «cuento» y «relato» como la que separa al «terror» del «horror»—: esa función convierte al lector en un ente activo del proceso de comunicación, lo obliga a pensar y a rellenar los huecos del texto con posibles eventos narrativos que se han quedado fuera del espacio de lo contado, y así lo empuja, irremisiblemente, a una participación casi corporal en el entorno de esa historia en particular.

Mariana Enriquez

Algún día hablaremos un poco de la magistral novela de Enriquez Nuestra parte de noche, ganadora del Premio Erralde 2019, Premio de la Crítica de narrativa castellana 2019 y Premio Celsius 2020, y de algún otro de sus libros. De la autora podemos decir que es periodista y subdirectora del suplemento Radar del diario argentino Página/12, además de docente. De sus libros cabe destacar el que nos ocupa, la fabulosa novela arriba mencionada y «Las cosas que perdimos en el fuego», otro de sus volúmenes de cuentos, y del que hablaremos muy pronto en «El Disparaletras®». Todos estos títulos están publicados por Anagrama, y han elevado a Mariana Enriquez a lo más alto de la narrativa de horror actual. La originalidad en el tratamiento de los temas, la reinterpretación tan radical que efectúa de los códigos básicos del género y, sobre todo, su apego al «cuento» en su concepción más «borgiana» la convierten en una lectura obligada en nuestros días, justamente cuando nuestro amado género más necesita de propuestas renovadoras y frescas, aunque en la búsqueda incansable del mismo viejo objetivo de siempre: el escalofrío ante la irrupción de lo irreal, de lo «imposible», en nuestra realidad tangible; el eterno escalofrío del horror transmitido a través de las palabras.

«En las colinas, las ciudades», una reflexión política

Son días de relectura, de reencuentro con algunos de esos libros que marcaron a fuego mi perfil como lector y mis gustos literarios. Siempre he creído que no existe placer como el de redescubrir las sensaciones que nos despiertan algunos relatos y novelas; quizá el único privilegio superior consista en alcanzar un nivel de comprensión o de asimilación conceptual de ciertas piezas literarias cuando uno vuelve a ellas después de un tiempo, con otro bagaje, otras experiencias, otro conjunto de opiniones y preceptos como base de nuestro caudal de conocimiento. Es lo que me ha ocurrido esta semana cuando, releyendo por quinta o sexta vez los fabulosos Libros de sangre de Clive Barker me reencontré con una de las maravillas del género de horror del siglo XX, un relato singular e irrepetible titulado «En las colinas, las ciudades».

Libros de sangre, Vol. 1, de Clive Barker. La Factoría de Ideas, Madrid, 2004. 336 páginas

La narración se inicia con el viaje en coche de Mick y Judd, una pareja de homosexuales ingleses que celebra una improvisada luna de miel recorriendo iglesias, monumentos y carreteras de la Yugoslavia comunista de mediados de los ochenta. La pareja atraviesa algunos problemas de comunicación: mientras que Mick es sensible, reflexivo, contemplativo y aficionado al arte, Judd es pragmático, polemista y de carácter brusco; para él «todo es política», concepto que choca con la visión idealista y platónica de la vida que tiene Mick. Perdidos en una carretera yugoslava cercana a unas colinas, llevan a cabo una fogosa reconciliación en mitad de un campo de trigo; mientras tanto, y no lejos de este escenario, dos ciudades gemelas, Popolac y Podujevo, se preparan para la celebración de una extraña y demencial ceremonia de confrontación.

El joven Clive Barker —tenía unos treinta años cuando escribió este relato— basa la premisa en el contexto algo exótico de la República Federativa Socialista de Yugoslavia. Se trata, en su superficie, de un relato de terror perfectamente confeccionado y ambientado, pero también desarrolla en su intrahistoria una interesante reflexión política y social. Los debates que Judd y Mike llevan a cabo en el coche —un Volkswagen que tendrá gran protagonismo en la historia— entroncan directamente con la clave del argumento: el enfrentamiento de las urbes tendrá lugar mediante la confrontación entre dos seres gigantescos compuestos por los propios miembros de las comunidades. Es decir, que los ciudadanos de Popolac y Podujevo formarán una descomunal pirámide humana, desnudos y atados entre sí con cuerdas y arneses, para configurar una enorme criatura antropomorfa que se desplace hasta las colinas, donde se llevará a cabo el encuentro. Barker hace mucho hincapié en la complejidad de este imposible entramado de seres humanos: juntos conformarán los músculos, tendones, meniscos, ligamentos, articulaciones, huesos, órganos internos y externos, y todas y cada una de las partes de un cuerpo humano. El lugar de los ojos lo ocuparán los ciudadanos con mejor vista; el de la garganta y la boca, aquellos que posean una voz más potente. Juntos deberán coordinar sus movimientos y posiciones para hacer avanzar hasta las colinas la forma de un gigante monstruoso e inaudito compuesto únicamente de seres humanos.

In the Hills, the Cities, ilustración de John Bolton (©Bolton Studio)

Aquí el autor juega con una muy visible alegoría política basada en los preceptos de socialismo y materialismo histórico, además de en otros conceptos básicos asociados a la teoría política. Los ciudadanos de ambas comunidades interactúan en la conformación del gigante con su aporte particular a un Bien Común, concepto desarrollado por Platón y Aristóteles y retomado más adelante por Tomás de Aquino en su Suma Teológica. La reflexión implícita en el relato incluso va más allá: el enfrentamiento entre las ciudades presagia, trágicamente, el desmembramiento de la antigua Yugoslavia, que tendría lugar menos de una década después de escrito el relato. La catastrófica caída de uno de los gigantes —el que representa a la ciudad de Podujevo, con más de 38.000 personas muertas— reclama también las deficiencias del sistema político: el Bien Común se resquebraja cuando un conjunto de los individuos no cumple con su parte en el contrato social, provocando así el colapso. Aunque una de las ciudades permanece en pie y avanza hasta las colinas en el último y escalofriante segmento del relato, este plantea una más que interesante dicotomía entre el individualismo —representado en el suicidio de un anciano que se encarga de rematar a los moribundos tras la catástrofe— y la preservación de la comunidad como órgano social.

Al margen de estos planteamientos, el relato alcanza los niveles de descripción visceral y profunda exposición de elementos que son característicos en el autor. Su talento visual ha sido ampliamente aprovechado por el cine y las artes gráficas —el propio Barker se ha sabido desempeñar con gran competencia en numerosas disciplinas—, y el relato resulta sumamente impactante en secuencias como la llegada de la pareja de ingleses al lugar del colapso y la descripción absolutamente dantesca de la tragedia, un verdadero pandemonio de sangre y destrucción humana que impactará a personajes y lector por iguales. Tanto y más destacados resultan los pasajes finales, con el paso del gigante por el camino de una pequeña cabaña que acaba aplastada por un pie compuesto exclusivamente de seres humanos: son los pies del coloso que representa a la ciudad de Popolac, en su inexorable ruta hacia las colinas.

Clive Barker

Los escritores de terror hemos tenido que asumir, desde nuestra propia génesis en el siglo XVIII, el estigma de ser meros creadores de entretenimiento vacuo. Nuestro quehacer literario ha permanecido al margen de academicismos y compromisos sociales debido, muchas veces, a la naturaleza «irreal» de las temáticas que nos toca trabajar. Con «En las colinas, las ciudades» el sagaz Clive Barker demuestra que un cuento de terror puede erigirse como materia de reflexión social y debate político, sin perder por eso sus cualidades como sustrato literario de la estirpe del horror más puro. Por supuesto que no es este el único relato de terror que logra este cometido —casi me atrevería a decir que cada pieza maestra de nuestro querido género lo consigue, e incluso la obra completa de autores como Thomas Ligotti están firmemente arraigadas en el compromiso con la reflexión social—; en todo caso, resulta un claro ejemplo de literatura de terror fresca, perfectamente elaborada y con una suculenta intrahistoria que ahonda en la cuestión política.

El relato, como ya comenté más arriba, forma parte de la colección Libros de sangre, probablemente el más fascinante compendio de relatos de terror de un solo autor surgido durante la segunda mitad del siglo XX, por encima de otras maravillas como El habitante del lago de Ramsey Campbell o El umbral de la noche de Stephen King. «En las colinas, las ciudades» cierra el volumen 1 de la colección; un colofón perfecto merced a la originalidad de su premisa y a lo impactante de su desenlace.

Las paredes de mi habitación

Si ellos no las ven, ¿será porque en realidad no existen? Si pretenden que duerma en esta habitación infestada de monstruos, ¿será porque solo yo los percibo?

Cada noche es una pesadilla. Cada siesta, una tortura. Cada momento de juegos aquí dentro, un pequeño tormento. Agazapada en mi rincón, observo cómo invaden mi realidad. ¿Serán reales, tangibles…, o solo un producto de mi imaginación?

En algún momento me preguntarán por qué no puedo dormir por las noches, o por qué, en plena madrugada, me despierto gritando tras sentir que se abalanzan sin remedio sobre mí. También me preguntarán por qué durante el día intento no permanecer en esta habitación. Y entonces tendré que decirles la verdad, y para entonces mi ánimo será tan convulso que no tendré otro remedio que gritar:

—¡¿Por qué ha de ser?! ¡¿Es que acaso no las veis?! ¡¿Acaso no veis a todas esas criaturas sin forma… arrastrándose por las paredes de mi habitación?!

«Alas tenebrosas»: la sombra alargada del genio

Hoy, 15 de marzo, se cumplen ochenta y cuatro años de la muerte de H. P. Lovecraft. Y aprovechando que es lunes, día de posteo en «El Disparaletras®», ¿qué mejor que dedicarle la entrada de hoy en esta efeméride tan particular? Eso sí: soy consciente de que tal vez ya haya hablado demasiado del Abuelo en este blog —y fuera de él, especialmente—, así que hoy trataré de hablar no tanto del escritor, sino de la sombra alargadísima que su literatura ha expandido en el tiempo y en la cronología del horror literario. Para ello, voy a desgranarte un volumen que reúne mucho de lo muy bueno que ha dado la herencia lovecraftiana en forma de relatos. Me refiero a las veintiuna excelentes narraciones compiladas por S. T. Joshi, experto en la obra de Lovecraft, y editadas por Valdemar en el tomo titulado Alas tenebrosas. 21 nuevos cuentos de horror lovecraftiano.

Alas tenebrosas. 21 nuevos cuentos de horror lovecraftiano (Varios Autores). Edición de S. T. Joshi. Valdemar, Madrid, 2014. 533 páginas

S. T. Joshi es el más aventajado gurú en materia lovecraftiana de nuestros días. Habiendo iniciado su carrera en la editorial Arkham House, bajo el tutelaje de August Derleth, con el correr del tiempo se ha convertido en el más hondo pozo de sabiduría en relación con la vida y la obra de nuestro autor favorito (motivo por el cual sigo sin entender cómo su obra no se traduce a nuestra lengua aún). Ha trabajado en la más ambiciosa biografía del genio de Providence: H. P. Lovecraft: A Life (1996), reeditada en 2010 con el título I Am Providence: The Life and Times of H. P. Lovecraft. Joshi ha preparado numerosas ediciones corregidas y anotadas de la obra de Lovecraft, y también ha encarado la labor suprema de compilar y editar su monumental epistolario. Ahí es nada, ¿verdad? ¿Quién mejor, entonces, que el propio Joshi para efectuar una selección de lo más granado del horror lovecraftiano escrito durante las últimas décadas del siglo XX? Es indudable que podemos guiarnos de su criterio a la hora de encarar la lectura de este magnífico volumen por él seleccionado.

S. T. Joshi, la mayor autoridad mundial en H. P. Lovecraft

A excepción de tres o cuatro nombres, la nómina de autores no parece, a simple vista, muy rutilante. Sin embargo, la calidad de los relatos es realmente elevada. Hay que aclarar que los cuentos incluidos en este volumen no están incluidos en la dudosa categoría de «pastiche». Es decir: no se limitan al típico trabajo «derlethiano» de tomar escenarios, elementos mitológicos y otros conceptos lovecraftianos y desarrollarlos en un relato que, además, imite las formas del maestro. No: aquí cada autor maneja sus propios escenarios, sus propias ambientaciones y rasgos temáticos y, lo más importante, su propia estética narrativa. La relación con el mundo del horror lovecraftiano viene sustentada por el tipo de horror materialista, en algunas ocasiones más cercano y en otras más alejado de la esencia «cthulhiana», pero siempre destinado a provocar esa sensación de horror que tan bien definió H. P. Lovecraft como «un contacto con esferas y poderes desconocidos; una actitud sutil de escucha sobrecogida, como a la espera de un batir de alas tenebrosas». Los relatos también inciden en la insignificancia cósmica del ser humano, un concepto fundamental para entender las directrices del horror lovecraftiano.

Entre los relatos compilados en el volumen cabe destacar algunas obras maestras: «El otro modelo de Pickman (1929)», de Caitlín. R Kiernan —relato que abre la antología—, «El Broadsword», de Laird Barron, y, sin duda el mejor de todos, «La correspondencia de Cameron Thaddeus Nash», del maestro Ramsey Campbell. En un segundo nivel de excelencia podríamos considerar «Róterdam», de Nicholas Royle, «Un suceso extraño», de Adam Niswander, y «Sustitución», de Michael Marshall Smith. El resto mantiene el nivel para dar forma a un volumen realmente meritorio.

Algunos de estos relatos se recrean en la incorporación de H. P. Lovecraft o algunos de sus familiares como un personaje de ficción más, como en los casos de «Tentadora Providence», de Jonathan Thomas, o «Susie», de Jason Van Hollander; otros reproducen parte de la mitología o recuperan a personajes de algunos de los más populares relatos lovecraftianos, como «Trapicheo de calamar», de Michael Shea o «La verdad sobre Pickman», de Brian Stableford. En todo caso, predomina en el volumen la narración de tipo ominosa, de misterio ajeno no solo a la lógica y la casuística, sino a la propia esfera cósmica concebida por el ser humano; buenos ejemplos de esta narrativa densa y aciaga son «Grabados», de Joseph S. Pulver Sr., «El libro de Denker», de David J. Schow, «La Cúpula», de Mollie L. Bulerson, «Túneles», de Philip Haldeman o «Demonios inferiores», de Norman Partridge.

El gran Ramsey Campbell, autor del relato «La correspondencia de Cameron Thaddeus Nash», en mi opinión, la mejor pieza de las que componen el volumen

En un día tan señalado como hoy, nada mejor que recomendar la lectura de este impresionante compilado de horror lovecraftiano, una vía directa hacia unas cuantas muestras vivientes de lo alargada que es la sombra del maestro hasta nuestros días; una sombra que, no tengo ninguna duda, seguirá creciendo y capturando cada vez a una mayor cantidad de lectores ávidos de oír ese ominoso batir de alas tenebrosas