Ventana

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Anoche soñé con el horror.

Soñé que el mundo había llegado a su fin y que todos habían muerto. Soñé que la tierra abría sus fauces hambrientas y se tragaba a la humanidad entera. Soñé que el pavor y la destrucción se cernían sobre las almas de las personas, aniquilándolas para siempre.

Pero yo estaba en mi cama, agitado, sudoroso. Rechinaba los dientes y sentía que el final estaba cerca, que mi estancia en esa habitación era efímera, una prórroga de excepción, un ligero error de cálculo en la implantación de ese Apocalipsis que ya había arrasado con todo lo demás.

Poco a poco logré tranquilizarme. Me imbuí de pensamientos racionales y me convencí de que todas aquellas visiones espeluznantes y terroríficas no eran sino el resultado de una pesadilla, de un sueño atorado entre los pasadizos oscuros del dédalo de mi subconsciente.

Logré incorporarme y, poco después, ponerme de pie. La ventana era mi objetivo. Si alcanzaba la visión de una imagen real, el vislumbre de una postal concreta y el influjo de la realidad desnuda, cualquier rastro de ese sueño pavoroso desaparecería por fin.

Me acerqué. Incrédulo, apoyé las manos sobre el cristal nitroso y empañado por la mortaja de una obtusa neblina.

Fuera, la pesadilla encontró una horrorosa continuidad…

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Los tatuajes nos cuentan historias

Siempre es un placer volver al refugio que sólo brindan los grandes maestros. Me refiero a esos autores especiales que marcaron nuestro albor como lectores y que nos hicieron amar la literatura y el arte de contar historias. Y, de entre los muchos genios creativos que resultaron claves en mi formación, sin duda Ray Bradbury es de mis favoritos. Todavía recuerdo el estupor con el que, con trece o catorce años, deglutí las páginas de esa maravilla titulada La feria de las tinieblas, uno de los primeros libros que me permitió adentrarme en este sendero de tinieblas literarias en el que transito ahora día tras día. Por eso, y en agradecimiento perpetuo a tantas enseñanzas y a tantos momentos de placer lector, suelo regresar a las obras de Bradbury con cierta asiduidad. Hace muy poco releí una de sus mejores y más populares colecciones de relatos: El Hombre Ilustrado. Y, tras la deliciosa lectura, no podía menos que pasarme por aquí a compartir contigo las impresiones que me dejó.

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El Hombre Ilustrado, de Ray Bradbury. Barcelona, Booket, 2009. 288 páginas

El hombre ilustrado es un soberbio compendio de lo mejor que Bradbury puede ofrecer en materia de narrativa breve, siempre orientada hacia la literatura distópica, tan en boga en nuestros días. Coqueteando con otros géneros más definidos en su parámetros estéticos, como la ciencia ficción o la fantasía pura, el autor de Waukegan nos regala en este volumen dieciocho relatos de extraordinaria factura, unidos por el nexo de una fantasía sorprendente, de esa que actúa no sólo sobre el ánimo del lector, sino también sobre la estabilidad emocional de los personajes, sea cual sea el entorno en el que estos se encuentren. Así, en «La pradera» asistimos al estupor de unos padres ante la desbordante imaginación de sus hijos; en «Calidoscopio», una de las obras más reputadas del autor, nos encontramos a un grupo de cosmonautas a punto de perecer, pero que encontrarán ocasión para liberar sus sentimientos a través de una serie de parlamentos en la distancia cuya autenticidad resulta demoledora; en «El otro pie», sin duda una de las mejores piezas de todo el volumen, Bradbury le da la vuelta al calcetín del problema eterno del racismo, culminando el cuento en una soberbia reflexión sobre la condición humana. «La carretera», relato breve pero estremecedor, esboza apenas una pincelada de un violento e inminente Apocalipsis; «El Hombre» nos trae la perspectiva mesiánica desde un escenario futurista y demencial; «La larga lluvia» es una narración escalofriante y preñada de una atmósfera angustiante y claustrofóbica, que encuentra en su desenlace la eclosión de las esperanzas y los anhelos, que nunca deben desfallecer. «El hombre del cohete» nos remonta a las incógnitas infantiles, las relaciones paterno-filiales y la eterna curiosidad por la contemplación de las estrellas, tema recurrente en la obra del autor. «La última noche del mundo» es apenas un diálogo, un breve intercambio de palabras entre un matrimonio, pero que esconde todo el horror del advenimiento del Armagedón, otro tema frecuente en la literatura de Bradbury. «Los desterrados» es una arriesgadísima pieza narrativa en la que el autor resucita a muchos de los más célebres escritores fantásticos y góticos del pasado (entre ellos Poe, Bierce, Machen y Dickens) en un sentido homenaje a sus ídolos literarios.

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Rod Steiger interpretando al Hombre Ilustrado en la versión cinematográfica (Jack Smight, 1969)

«Una noche o una mañana cualquiera» supone una escalada hasta la locura más abierta y descarnada, en medio de un escenario caótico y tenebroso. «El zorro y el bosque» es un relato que explora con gran habilidad el tema de los desplazamientos en el tiempo, y en el cual Bradbury se muestra como un digno discípulo de H. G. Wells; de soslayo, recae nuevamente sobre el drama de la alienación, tal y como hiciera en la inmortal Fahrenheit 451. En «El Visitante» nos enfrentamos a la problemática del talento desbordante, un tema bastante habitual no sólo en la obra de Bradbury, sino también en la de uno de sus más aventajados alumnos: Stephen King (recuérdese la escalofriante La zona muerta). «La mezcladora de cemento» retoma la temática marciana y nos presenta la eventual invasión de nuestro mundo por parte de los habitantes del planeta rojo, con la consiguiente mixtura imposible entre ambas especies. «Marionetas, S. A.» es, definitivamente, mi relato favorito del todo el volumen, un cuento de ciencia ficción utópica con un final espeluznante. «La ciudad» es otro de los relatos en los que se desprende una buena muestra de la portentosa imaginación del autor, dando vida a una terrorífica metrópoli extraterrestre con suficiente autonomía como para fagocitar y exterminar a sus invasores. «La hora cero» nos lleva a la magia de la infancia, deviniendo en un oscuro relato sobre invasión alienígena. En «El cohete» asistimos a un largo viaje hasta el corazón de la fantasía, en un relato en el que veremos a un padre hacer hasta lo imposible por cumplir el anhelo de sus hijos. Por último, y cerrando la antología, «El Hombre Ilustrado» refleja la peripecia de ese ser misterioso, enorme e inabarcable, cuyo cuerpo cubierto de tatuajes nos revela historias pasadas y, lo que resulta más escalofriante, futuras. Su pavoroso desenlace corona una colección de relatos verdaderamente apasionante.

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Ray Bradbury (1920-2012)

Cabe destacar el acierto de Bradbury para ofrecernos un Prólogo y un Epílogo en los que el narrador se encuentra con el propio Hombre Ilustrado, jugando con la posibilidad de que los relatos del volumen sean extractos narrativos de las ilustraciones que el portento humano exhibe en su piel. Esta técnica, interesantísima y muy sugerente, la adoptaría años más tarde Clive Barker en sus extraordinarios Libros de Sangre, en los que las piezas narrativas son imágenes desprendidas del cuerpo sanguinolento de un ser violentamente mutilado.

Siempre he tenido el convencimiento de que El Hombre Ilustrado es una de las antologías de relatos más equilibradas y armónicas que la literatura fantástica clásica nos puede ofertar. El lenguaje, como siempre en Bradbury, es preciso y asequible, y enaltece numerosas postales de una imaginería imposible con retazos de realidad cercana, jugando siempre con la nostalgia, la memoria y los deseos corporizados. Es esa magia intangible, ese halo de fantasía que sobrevuela nuestros sueños y pesadillas, lo que Ray Bradbury supo manejar quizá mejor que ningún otro autor.

«Los mitos de Cthulhu»: el libro que cambió mi vida

Hoy te traigo la que quizá sea la entrada más especial de todas las que he publicado en El Disparaletras®. Sí, porque hoy vengo a hablarte de ese libro que es distinto a todos los demás, ese al que más cariño le tengo no sólo porque me ha proporcionado momentos de lectura inolvidables, sino porque ha cambiado para siempre mi relación con la literatura como actividad. Fuente de inspiración infinita, y con toda seguridad la razón por la que creo haber caído de pie en el universo lovecraftiano, hoy quisiera rendir homenaje a ese volumen que siempre tengo en mi mesilla de noche como si fuera una biblia y que cada año, más o menos por esta fecha, releo obligatoria e indefectiblemente: Los mitos de Cthulhu, de H. P. Lovecraft y otros; la magnífica y ya mítica compilación que hizo Rafael Llopis y que publicó Alianza Editorial en 1969. Un libro que ha marcado a toda una generación de lectores.

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Los mitos de Cthulhu, de H. P. Lovecraft y otros. Madrid, Alianza, 2011. 736 páginas

La literatura lovecraftiana es complicada y exigente, eso ya lo sabemos. Y son muchos los lectores que se han manifestado incapaces de comulgar con la magia del genio de Providence. Esto se debe, quizá, a que se trata de un autor al que hay que acceder mediante una combinación muy concreta de relatos y obras, y entendiendo, además, cuáles fueron los precedentes literarios que cimentaron su estilo y buena parte de su abanico temático. Como si se tratara de un jeroglífico en un muro antiquísimo o de una tablilla plagada de runas ininteligibles (elementos tan propios de su universo, por otro lado), la obra del maestro sólo resulta asequible si logramos una concatenación equilibrada y muy selecta de sus escritos en la fase inicial. Ahora, eso sí: una vez que hayamos desenredado el sortilegio y abierto las compuertas de su universo, nos sentiremos allí en la cumbre de la literatura fantástica, y dentro de un contexto cosmogónico y un limbo narrativo que nos cautivará para siempre. Creo que esta es la premisa fundamental que, con suma inteligencia, supo interpretar el maestro Rafael Llopis en la elaboración de este volumen, que ha sido clave en la formación de tantos y tantos lectores lovecraftianos y que es, ahora mismo, una pieza mítica dentro de la historia editorial del terror en España. De hecho, creo que junto con los dos tomos de los Cuentos de Edgar Allan Poe (prologados y traducidos por Julio Cortázar y publicados también por Alianza), se trata del volumen de terror más importante jamás editado en este país.

Llopis, analista sin par, uno de los más lúcidos ensayistas españoles y especialista en el género de terror, plantea el universo de los Mitos como un territorio no unívocamente lovecraftiano. Sí es cierto que consigna al genio de Providence como a la principal figura de esta corriente literaria, pero en el magnífico ensayo que antecede a los relatos nos ofrece una estupenda panorámica que explica la evolución del género en su contexto socio-histórico y la influencia que las diversas corrientes literarias y la aparición de ciertos autores ejercieron sobre la materia. Así, a través de los pasos previos de autores como Dunsany, Blackwood, Bierce o Machen, llegamos al Horror Cósmico, que terminó de cristalizar gracias a la pluma de HPL. Lejos de morir entre los pliegos que Lovecraft redactó en Providence, la literatura de los Mitos encontró sucesores en los miembros del Círculo, autores tan brillantes como Frank Belknap Long, Clark Ashton Smith, Robert E. Howard o Robert Bloch. Planteada la evolución de los Mitos en tres fases bien definidas, Llopis divide el volumen en una especie de tríptico, conteniendo cada uno de los segmentos lo más representativo de las diversas etapas. El primero, que acertadamente llama «Los precursores», nos ofrece aquellos relatos que sin duda ejercieron una influencia decisiva en Lovecraft a la hora de elaborar su mitología particular. «Días de ocio en el país del Yann» (Lord Dunsany), «Un habitante de Carcosa» (Ambrose Bierce), «El signo amarillo» (Robert W. Chambers), «Vinum Sabbati» (Arthur Machen) y «El Wendigo» (Algernon Blackwood) nos ofrecen una semblanza extraordinaria de todos aquellos precedentes que Lovecraft, como lector casi enfermizo de este tipo de relatos, absorbió para la creación de sus mundos. Esta primera parte se cierra con una pieza del propio HPL, «La maldición que cayó sobre Sarnath», el primero de todos los relatos del Sumo Sacerdote que leí en mi vida, y que me marcó tal vez como ninguna otra pieza literaria lo ha hecho jamás. La segunda parte, llamada «Los Mitos», contiene los relatos que constituyen el ciclo de los Mitos de Cthulhu, es decir, lo más genuino de la literatura de Lovecraft y el Círculo. Llopis incluye en este apartado «El ceremonial», «La sombra sobre Innsmouth», «En la noche de los tiempos» y «El morador de las tinieblas», todos ellos de HPL, además de «Los perros de Tíndalos» (Belknap Long), «La Piedra Negra» (Howard), «Estirpe de la cripta» (Ashton Smith), «Reliquia de un mundo olvidado» (al alimón entre Lovecraft y Hazel Heald), «Las ratas del cementerio» (Kuttner) y «El vampiro estelar» (Bloch). Llopis aclara en las notas el por qué de la no inclusión de «La llamada de Cthulhu», sin duda el relato fundacional de toda la mitología, respondiendo a una pregunta que muchos lectores seguramente se hagan al repasar el índice. Por último, la tercera parte, llamada «Mitos póstumos», incluye lo mejorcito de todo aquello que constituye el legado de los Mitos en la literatura contemporánea: los relatos «La Hoya de las brujas» (coescrito entre Derleth y Lovecraft), «El sello de R’lyeh» (Derleth), «La sombra que huyó del chapitel» (Bloch), «La iglesia de High Street» (Campbell) y una pieza en español: «Con la técnica de Lovecraft», del gran Juan Perucho.

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Una de las portadas que tuvo el volumen antes de la última edición de 2011. Esta en concreto pertenece a la de 1999. Lo tuve durante muchos años, hasta que se lo regalé a una persona muy especial

Personalmente, tuve la suerte de toparme con este libro cuando tenía diecisiete años. Por entonces era un adolescente friki y enfebrecido por la literatura de terror, y siempre ávido de descubrir nuevos autores y corrientes literarias (es decir: lo mismo que soy ahora, pero con algunos años menos). Tenía escritos unos cuantos relatos y soñaba con escribir novelas de terror, pero se puede decir que todavía estaba a la búsqueda de la epifanía que sólo tiene lugar cuando encuentras ese libro que sientes que ha sido creado especialmente para tus ojos. Y ese libro apareció. Y desde entonces no sólo se afianzó mi amor incondicional por el horror literario, sino que me convertí en enfermo de Lovecraft. Recuerdo que el embrujo fue instantáneo, y el hechizo que el universo lovecraftiano ejerció sobre mi ánimo lector perdura hasta estos días, y creo que ya nunca me abandonará. Por eso estoy convencido de que el trabajo de Rafael Llopis fue fundamental para que ese entorno barroco, sobrecargado y voluptuoso no me resultara abrumador y no me espantara, como me consta que le ha ocurrido a muchos lectores que, por no haber tenido la suerte de toparse con este volumen en primer lugar, han intentado adentrarse en los mundos de HPL por caminos un tanto más ríspidos y tortuosos (como por ejemplo quienes intentan empezar a leerle con En las montañas de la locura, lo que constituye un auténtico suicidio intelectual). Así, cuando en charlas y conferencias me preguntan por dónde es conveniente empezar a leer a Lovecraft, siempre recomiendo este impagable volumen de Alianza. Contiene los relatos fundamentales para enamorarse de la literatura del maestro, pero también todos aquellos precedentes que nos allanan el camino y nos ofrecen, además, momentos de impresionante narrativa.

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Esta portada corresponde al volumen que cayó en mis manos un afortunado día del año 2000, cuando tenía diecisiete años. Lo pillé en una librería de viejo de Buenos Aires, y desde entonces, el embrujo se ha mantenido…

Hoy, que estamos tan cerca de la Noche de las Brujas y del Día de los Difuntos, quería rendir homenaje al que para mí es el libro de terror por antonomasia en el ámbito editorial español. Un libro que, como digo, vio la luz en 1969, pero cuya magia imperecedera ha cautivado a tantos lectores que ha seguido reeditándose hasta nuestros días. Yo lo he tenido con distintas portadas y formatos, lo he regalado numerosas veces a amigos y personas especiales, y suelo volver a comprarlo cada cierto tiempo, cuando ya el uso y el abuso lo ha vuelto deshojado e impracticable. Pero siempre tengo mi ejemplar a mano, como mi libro de cabecera particular. Vuelvo a él cada año, y es una de mis referencias infaltables en la elaboración de conferencias, clases para el taller de escritura creativa y textos de no ficción, ya que posee un impresionante aparato bibliográfico. Encontrarlo supuso para mí un momento clave, y marcó un antes y un después en mi existencia lectora. Sí, todos tenemos un libro especial. Y en mi caso, este es el libro que, cuando apenas era un adolescente, cambió mi vida para siempre…

 

Las ratas asesinas de Herbert

Me dispuse a leer Las ratas, el debut literario de James Herbert, con la premisa de que era la última oportunidad que le daba al autor inglés. Si visitas este blog con asiduidad (o si tienes la mala suerte de conocerme en persona) sabrás que me apasiona el terror y que me he formado un amplísimo panteón de autores del género a los que admiro y venero desde hace años. Por lo general, no hay nada que me haga sentir con más fuerza la esencia de mi profesión que un buen relato o una buena novela de terror. Es algo que va más allá de la condición inapelable de escritor: tiene que ver con esas parcelas de la vida que, sin que exista explicación alguna, despiertan nuestra pasión. Y el terror es, en mi vida y en mi carrera literaria, la principal de ellas. Pero el tema es que nunca me había llevado bien con este autor. Leí hace muchos años Sepulcro, una novela escrita hacia la mitad de su carrera (1987), y la verdad es que me decepcionó bastante. Nunca supe si se debía a lo prosaico de su argumento o a la zafiedad general de su estilo. Se trataba, eso sí, de una novela un tanto desagradable y bastante aburrida. Decidí probar suerte con Herbert hace cosa de un año con Entre los muros de Crickley Hall, su penúltima novela, de 2006, toda vez que siempre me han fascinado las historias sobre casas encantadas. Una obra interminable, mustia y poco interesante, y en la que me sorprendió sobremanera la abundancia de ingenuidades retóricas y personajes con muy poco fondo que pululaban entre sus más de seiscientas páginas. Digo que me sorprendió porque, al escribirla, Herbert ya era un autor mucho más que maduro. Finalmente, hace poco más de una semana me hice con un ejemplar de Las ratas, la novela que le lanzó al estrellato en 1974. Hablando con sinceridad: la pillé porque me sentí cautivado por la maravillosa edición que ha hecho La Biblioteca de Carfax, una editorial joven y audaz de la que alguna vez me gustaría hablar un poco más en este blog. Las ratas era el número 1 de su colección, y pensé que qué mejor ocasión de empezarla que otorgándole una nueva (y última) oportunidad al bueno de Herbert…

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Las ratas, de James Herbert. Madrid, La Biblioteca de Carfax, 2017. 256 páginas

Lo cierto es que me he llevado una nueva decepción. La idea de partida no es mala (la proliferación de una nueva especie de rata mutante carnívora, asesina, arrojada y muy inteligente, que empieza a pulular entre las alcantarillas y las zonas húmedas del East End londinense), pero el problema es que Herbert pasa casi de puntillas sobre todo elemento estructural de interés en la trama, desperdigando entre las páginas una serie de escenas truculentas con los roedores como protagonistas, pero sin que el argumento, raquítico y poco consistente, acabe de afianzarse en ningún momento. La estructura me ha parecido endeble y muy poco trabajada: los capítulos comienzan contándonos la existencia y los avatares de algunos personajes (planos, muy estereotipados), para acto seguido hacerlos sucumbir bajo la voracidad de las ratas asesinas. El autor plantea los escenarios de conflicto no desde la perspectiva del horror sobrenatural o inexplicado de unos animales mutantes, sino desde el enfoque que brinda ese personaje del que nos ha brindado un largo introito, un preludio a modo de Currículum Vitae que, finiquitado el personaje media página más tarde, termina siendo totalmente intrascendente. Herbert permite sobrevivir sólo a uno de sus protagonistas tras estos curiosos preámbulos: el profesor Harris, cuya sensibilidad termina arrastrándole a formar parte de un comando del gobierno (inverosímil desde todo punto de vista) para exterminar a las ratas de la ciudad.

Herbert acierta en alguna que otra descripción macabra, y puede que algunos de los pasajes (el ataque de las ratas al andén de una estación ferroviaria, o quizá la secuencia del cine) estén más o menos conseguidos, pero lo cierto es que la historia discurre de manera ramplona, con un vocabulario de lo más básico, y cayendo en muchísimos y muy manidos clichés, como la visita de la pareja protagonista a una casa de campo (con coito en una pradera desolada incluido), o el más que asumido encierro en un coche a merced de una horda de roedores voraces. Sí es cierto, claro, que la novela se lee muy fácil, casi de una sentada, pero cuando estás a la búsqueda permanente de nuevos recursos expresivos para el horror literario o mantienes el anhelo de que, al menos, te sorprendan con una historia original o un tratamiento audaz de la materia, este tipo de novelas facilonas y enclenques terminan decepcionándote de forma irremediable.

Quiero destacar, a pesar de la mediocre talla de la pieza literaria, el magnífico trabajo de la editorial, que nos ofrece una preciosa encuadernación con solapas y una portada más que atractiva. Ojeando un poco el resto de su catálogo, es justo decir que están llevando a cabo una labor muy prometedora, publicando títulos realmente complicados de conseguir, u obras que hasta ahora nunca habían sido traducidas a nuestro idioma. Se trata, sin duda, de un sello al que habrá que seguirle la pista.

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James Herbert (1943-2013)

Si de repente dudas de este comentario, puedes hacerte con un ejemplar de Las ratas y juzgar bajo tu propio criterio los parámetros del horror y el desarrollo de la historia que Herbert manejó en esta, su primera novela, que vendió cien mil ejemplares durante las tres primeras semanas y que le consagró como el autor de terror más exitoso del Reino Unido (a pesar de verdaderos colosos británicos del género como Peter Straub, Clive Barker o Ramsey Campbell, en mi opinión infinitamente superiores). Quería dar mi veredicto aquí sobre esta novela, y ya sabes que no me gusta mentirte. Por mi parte, es muy improbable que vuelva a dar otra oportunidad a Herbert. Este género tiene demasiadas obras maestras y, por desgracia, el tiempo de que dispongo para leerlas es limitado…, aunque a veces no me lo parezca.

Botas

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Llevaba tiempo planeando comprarse unas, pero nunca se imaginó que aquel par de botas de montaña le hicieran sentir tan poderoso. Corpulento por naturaleza, siempre había creído que sus pies debían estar no sólo bien enfundados y protegidos contra las calamidades de la intemperie, sino también cubiertos por un calzado que hiciera honor a su tamaño e imponencia física. Estas eran de marca, impermeables, un poco rústicas. No eran elegantes, a decir verdad, pero al ponérselas se sintió invadido por una especie de frenesí asesino, un indescifrable afán de destrucción que, por algún motivo, sabía que estaba relacionado con el embrujo que aquel calzado despertaba en él. De repente se sentía más alto, más pesado, más fuerte. Más poderoso.

El rostro anonadado del dependiente le hizo comprender que no se trataba de una ilusión o de una engañosa impresión interna. Era algo real… Sintió de pronto que el techo de la tienda estaba más cerca de su coronilla, y que su ropa empezaba a apretarle, sobre todo los pantalones. Un ligero crujido de tela desgarrada le llevó a pensar que su camisa se estaba deshilachando. También la chaqueta de piel que llevaba puesta. Toda su ropa estaba sufriendo el colapso de su monstruosa e inexplicable metamorfosis.

Toda, menos las botas, que parecían readaptarse al tamaño creciente de sus pies.

Pagó el par de botas a toda prisa y salió del local dando grandes zancadas, al tiempo que se agachaba para atravesar la puerta. Para cuando llegó a la acera se había convertido en un espantoso y abominable gigante desnudo que sacudía el pavimento y resquebrajaba el cemento de las calles con cada paso.

Un poco antes de llegar a la esquina comenzó a sembrar el pánico en la ciudad, pisoteándolo todo con sus botas nuevas.

El Golem: mito y novela

De entre las piezas narrativas que jalonan la literatura de terror en los comienzos del siglo XX sin duda El Golem, la obra maestra de Gustav Meyrink, es un ejemplo vivo de cómo el arte de la novela es capaz de revivir y moldear los elementos de la leyenda y readaptarlos a sus necesidades narrativas. Prototipo clásico de novela sobre el mito creativo, hermana pequeña de Frankenstein y, además, pieza literaria de múltiples y muy variadas lecturas, El Golem cosechó un éxito sin precedentes en la literatura germánica de principios de siglo; esto se debe en parte a que la arriesgadísima estructura de la novela y su caótico argumento forman un conjunto embriagador que produce una especie de hipnosis en el lector, atrapándole irremediablemente en el dédalo de callejuelas y casas derruidas del gueto de Praga en el que se desarrolla la acción. Tomando los elementos fundamentales del mito, Meyrink crea una novela monumental e imperecedera.

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El Golem, de Gustav Meyrink. Madrid, Valdemar, 2014. 352 páginas

Hablemos un poco del mito en sí, que se remonta hasta la edad media del judaísmo y que está basado en diversos elementos de la Cábala. Según la leyenda, Rabbi Judah Loew (1520-1609), conocido como el «Marahal de Praga», era un destacado talmudista, místico judío y filósofo que ejercía como rabino en Praga, la por entonces principal ciudad de la región de Bohemia (hoy, capital de la República Checa). A este místico se le atribuye la creación del Golem, un ser animado fabricado a partir de materia inanimada (barro, arcilla o elementos similares). El mito sostiene que Loew dio vida al Golem para proteger al gueto de los ataques antisemitas, así como para llevar a cabo el mantenimiento de la Sinagoga Alteneuschul («Vieja-Nueva»). El Golem, por definición, carece de alma, y tan sólo es una réplica en vida artificial de la figura humana. Como espejo de la creación de Adán (también insuflado de vitalidad por un Creador a raíz de una figura de barro), el Golem cuenta con fuerza, pero no con inteligencia. El demiurgo puede ponerlo en funcionamiento metiéndole un papel con la orden escrita en la boca, detrás de los dientes, o inscribiendo en su frente la palabra hebrea Emet (Verdad). Para desactivarlo, el creador debe borrar la letra M de la frente, dejando entonces el vocablo Met (Muerte en hebreo), con lo cual el Golem vuelve a ser una inocua e inerte masa de barro. En todo caso, el acierto de Meyrink consiste en asirse a unos elementos muy concretos del mito, principalmente a la sentencia que recoge Gershom Scholem en su libro La Cábala y su simbolismo, según la cual el Golem es una figura que cada treinta y tres años aparece en la ventana de un cuarto sin acceso en el gueto de Praga.

Tomando este antecedente como base fundamental de su discurso narrativo, Meyrink elabora una subyugante novela sobre la identidad y la personificación del ser, y en la cual las tribulaciones de su protagonista, el cortador de gemas Athanasius Pernath, devienen en la problemática universal sobre la eclosión del lado oscuro de la personalidad humana. Al mismo tiempo, la extrapolación del drama al microuniverso del agobiante y laberíntico gueto de Praga da forma a una reflexión sobre la conciencia colectiva de los pueblos y la alienación social. El Golem es el doble, el mismo Doppelgänger desde siempre tan querido a la literatura germánica, pero al mismo tiempo es esa figura que encarna a los autómatas humanos que conforman la sociedad moderna. Meyrink establece un marcado mensaje de pesimismo vital con esta analogía, efectuando un retrato de personajes torturados por la miseria, la enfermedad y el encierro espiritual. En cuanto al drama personal, queda retratado a través de la voz en primera persona de Athanasius Pernath, un hombre que no recuerda su pasado y que se siente perseguido por el fantasma de una locura de la que todos sus allegados le hablan. Inmiscuido de forma involuntaria en los asuntos turbios que tienen su origen en los recodos del gueto, Pernath trabará relación con seres abyectos y mal encarados, al mismo tiempo que entre los callejones y las tiendas de la oscura judería de Praga se eleva un rumor de demencia creciente, pues el Golem ha sido visto en esa ventana del cuarto inaccesible en donde la leyenda le ubica una y otra vez…

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Fachada occidental de la Sinagoga Vieja-Nueva de Praga, donde, según el mito, Rabbi Judah Loew creó el legendario Golem

La cadena de pensamientos y reflexiones del protagonista, plasmadas mediante un texto depurado e impecable, se torna intencionadamente caótica y alambicada a causa del misterio mismo que sostiene la existencia de Pernath. Si el Golem es una figura ilusoria y sin autonomía, al tiempo que sin pasado y sin alma, ¿qué seguridad puede tener Pernath de no ser él mismo una encarnación de esa efigie de barro a la que un demiurgo (en este caso representado en el archivero del gueto, un hombre sabio y de cualidades casi mesiánicas) ha insuflado vida? ¿Cómo podemos no poner en duda nuestra imagen reflejada en un espejo? ¿Cómo es posible que la problemática de la propia identidad no nos conduzca a una locura irremediable? Meyrink pone esta y muchas otras cuestiones en boca del protagonista, arrastrando en sus reflexiones al lector. El aire eminentemente kafkiano de toda la novela la emparenta con algunos de los confusos y magistrales dramas del escritor checo, aunque la temática de El Golem resulte, en muchos pasajes, mucho más violenta y escabrosa. El capítulo final, impactante y sobrecogedor, engloba una magistral resolución que eleva la entidad de la novela a terrenos que escapan a lo meramente literario; así, El Golem deviene no sólo en obra maestra de la literatura gótica, sino en objeto de análisis de diversas materias como la filosofía, el ocultismo, la Cábala, la religión o la alquimia.

De su autor, Gustav Meyrink, diremos nació en 1868 en Viena. Ejerció como banquero y financiero, pero un fraude al descubierto acabó con sus huesos en la cárcel y arruinó su carrera. En cualquier caso, pudo vivir posteriormente de su talento literario. No recibió muchos beneficios por El Golem (cometió el error de malvender la novela cuando todavía estaba inacabada, y cuando esta alcanzó un éxito considerable ya no era propietario de los derechos), pero obtuvo importantes beneficios como traductor de las obras de Charles Dickens. Su profundo conocimiento de la literatura dickensiana le permitió emular al genio británico en la descripción de las ciudades, rasgo evidente en la novela que nos ocupa. Debido a una aguda crisis existencial, Meyrink intentó suicidarse a los veinticuatro años, reculando en el último momento. A partir de entonces comenzó a interesarse por los fenómenos esotéricos, tema de gran importancia en su obra literaria. Se casó y tuvo un par de hijos, y murió en Starnberg en 1932. Su nombre pasó a la inmortalidad gracias a El Golem, en parte porque la novela, que vio la luz en 1915, fue repartida en formato bolsillo entre los soldados del frente durante la Primera Guerra Mundial.

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Gustav Meyrink (1868-1932)

Como novela de corte gótico resulta un ejercicio fascinante, y una de esas obras que involucran al lector de forma irremediable. La estructura elíptica del argumento y la arquitectura enrevesada y laberíntica del escenario (en connotación directa con los retorcidos ejercicios de reflexión de su protagonista) subyugan y provocan un desasosiego que sólo será redimido al llegar al último recodo, a esa última página en la cual, como una sombra agazapada, espera el Golem, esa figura de arcilla sin autonomía aparente que, tal vez, sea un trasunto directo de nuestra propia imagen.

Robert Blake: paradigma de intertextualidad

De los relatos pertenecientes a los Mitos de Cthulhu creo que los tres que componen el fascinante tríptico ambientado en Federal Hill, y a los que se conoce como «Ciclo de Robert Blake», son los que de forma más evidente se erigen como un símbolo genuino de lo que es la intertextualidad siempre relacionada con este tipo de relatos, piezas narrativas en las que la correlación entre los miembros del Círculo se hacía más patente. Me refiero a «El vampiro estelar», «El asiduo de las tinieblas» y «La sombra que huyó del chapitel». De los tres, sólo el segundo de ellos es obra de H. P. Lovecraft. Los otros dos, los que abren y cierran la trilogía, fueron un producto genuino de uno de los discípulos más aventajados del Sumo Sacerdote: el inigualable Robert Bloch.

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Robert Bloch (1917-1994)

Todos conocemos a Bloch como el autor de Psicosis, celebérrima novela de terror que Alfred Hitchcock convertiría en obra maestra del cine en 1960, pero Bloch es también uno de los escritores de terror más destacados del siglo XX y el puente directo, junto con Richard Matheson, entre la generación que formó el Círculo de Lovecraft y los autores del género que surgieron después, con Ramsey Campbell y Stephen King a la cabeza. De hecho, Bloch fue el más joven y probablemente el más querido por Lovecraft de entre los miembros de aquella maravillosa cofradía. Su presencia entre las nuevas generaciones le convirtió no sólo en una leyenda literaria, sino también en una especie de apóstol Pablo de la religión lovecraftiana. La veneración de Bloch por el maestro era, como fácilmente podemos imaginar, ilimitada. Hasta tal punto que ideó un relato en el que se permitía «matar» a un personaje directamente inspirado en Lovecraft, pero antes de ponerse a ello solicitó el permiso del Solitario de Providence. La respuesta de H. P. L. fue la siguiente:

A quien pudiera interesar:

Certifico que el señor Robert Bloch, de Milwaukee, Wisconsin, EE.UU.,
reencarnación de Mijneheer Ludvig Prinn, autor del De Vermis Mysteriis,
queda plenamente autorizado para retratar, matar, aniquilar, desintegrar,
transfigurar, metamorfosear o maltratar al abajo firmante
en el cuento titulado «El Vampiro Estelar».

Firmado,
H. P. Lovecraft

Tan genial como siempre, ¿no te parece? Lo cierto es que Bloch se lanzó a la redacción del relato «El vampiro estelar» (“The Shambler from the Stars”), que nos cuenta la llegada del narrador (del que no se menciona su nombre) a Providence, en visita a un corresponsal del que tampoco sabremos su denominación, pero que por su descripción física y costumbres resulta ser un trasunto del propio Lovecraft. La historia se desarrolla en torno al misterio que suscita el volumen que H. P. L. menciona en su nota de autorización: De Vermis Mysteriis (Los Misterios del Gusano), uno de los tantos grimorios o libros prohibidos que pueblan la literatura de los Mitos. A raíz de una serie de invocaciones y conjuros, el residente de Providence convoca la presencia de una fuerzas invisibles que, a posteriori, terminarán por encarnarse en una especie de parásito estelar invisible. El clímax final se desenvuelve con gran tensión hasta alcanzar un desenlace verdaderamente espeluznante. Es digna de admirar la imaginería desatada y la descarnada violencia de las escenas finales, en las que un jovencísimo Bloch se muestra como un narrador audaz y sumamente arriesgado. Con todo, y pese a la gran entidad del relato, hay que se decir que probablemente su calidad esté un peldaño por debajo de la que atesoran las otras dos obras que componen el tríptico. «El vampiro estelar» vio la luz en Weird Tales, en el número de septiembre de 1935.

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Weird Tales. Número de septiembre de 1935, donde fue publicado por primera vez «El vampiro estelar», de Robert Bloch

Pero la cosa se pone realmente interesante cuando, dos meses después de publicar Bloch este relato, Lovecraft le devuelve la pelota escribiendo la continuación de la historia. Hablamos de «El asiduo de las tinieblas». Este relato, titulado en inglés “The Haunter of the Dark”, ha sido publicado en castellano bajo diversos títulos («El huésped de la negrura», o en ocasiones «El morador de las tinieblas»; en todo caso, la traducción más fiable es la de Francisco Torres Oliver). Más allá del ingenioso quid pro quo que Lovecraft establece con su amigo Bloch, el hecho trágico-simbólico es que nos encontramos ante el último relato de H. P. Lovecraft, con todo lo que eso significa. Es justo decir que aunque los orígenes de la trama son atribuibles a Bloch, la perfecta construcción narrativa del relato y su atmósfera angustiante y enfermiza representan un magnífico corolario a una carrera literaria asombrosa. En esta narración, Lovecraft otorga por fin un nombre al hasta ahora anónimo narrador de «El vampiro estelar», y no tiene mejor idea que llamarle Robert Blake. Y ya que Bloch le ha «matado» en su relato, H. P. L. se encarga de brindar al bueno de Blake un horripilante deceso frente a la ventana de la posada en la que se hospeda, mientras contempla a ese «huésped de la negrura» que ha huido desde lo alto del chapitel de la iglesia de Federal Hill, donde ha morado desde tiempo inmemorial.

Este relato es uno de los mejores que escribió el maestro durante su etapa final, ambientado en una atmósfera histérica y supersticiosa, y poblado de inmigrantes agoreros y aprensivos. Lovecraft efectúa una especie de juego detectivesco que articula a la perfección con el misterio que envuelve a toda la trama. El joven Robert Blake, escritor y poeta, se traslada a Providence tras la espeluznante muerte de su amigo (la que se narra al final del primer relato). Una vez allí, se siente cautivado por las vistas a las que tiene acceso desde la ventana de su estudio, y especialmente por la presencia de la cúpula ennegrecida de una iglesia ancestral y abandonada. Medio hipnotizado por el misterio, acude al templo en ruinas y descubre allí los restos de un periodista que, años atrás, también ha indagado en la incógnita y que, al parecer, ha encontrado un horrible desenlace. Pero además del cadáver del periodista, Blake hará un descubrimiento aun más importante: el Trapezoedro Resplandeciente, un amuleto mediante el cual invoca, de forma involuntaria, a la criatura mitológica que anida en la penumbra impenetrable del chapitel. Ante los sucesivos cortes de energía eléctrica que se producen en las cercanías de Federal Hill, Blake inicia la desesperada redacción de un diario, al tiempo que los supersticiosos habitantes del pueblo se reúnen en torno a la iglesia portando velas y lumbres para, de esta forma, impedir que la criatura escape a través del manto de oscuridad. La muerte de Blake, anunciada casi desde el principio, supone uno de los momentos más álgidos de toda la literatura de terror del siglo XX. Lovecraft escribió «El asiduo de las tinieblas» en tan sólo cuatro días (entre el 5 y el 9 de noviembre de 1935), y el relato vería la luz un año más tarde, en la edición de diciembre de 1936 de Weird Tales. Tres meses después, el Abuelo se nos iba de este mundo hasta los confines cósmicos. Huelga aclarar que esta obra maestra de Lovecraft es el mejor de los tres relatos. Evidencia una construcción minuciosa, un manejo insuperable del suspense como motor narrativo y posee, como de costumbre, unas descripciones absolutamente magistrales.

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Weird Tales. Número de diciembre de 1936, donde fue publicado por primera vez «El asiduo de las tinieblas», de H. P. Lovecraft. Obsérvese que en este tomo de la revista se publicó también la maravillosa novela corta de Robert E. Howard El fuego de Asurbanipal

El asunto bien podría haber acabado aquí, con este fascinante tête à tête entre alumno y discípulo, pero es entonces cuando Robert Bloch decide dar una vuelta más a la tuerca sacándose de la manga un tercer episodio, titulado «La sombra que huyó del chapitel» (“The Shadow From the Steeple”). Y aquí, hay que decirlo, el autor de Chicago perpetra una absoluta genialidad, uno de los relatos más terroríficos y sobrecogedores de todos los que surgieron en el seno del Círculo de Lovecraft. Muerto Blake en el episodio anterior, en este caso el protagonista es Edmund Fiske, de Chicago, Illinois, quien acude a Providence para intentar desentrañar el misterio en torno a la muerte de su amigo Robert Blake. Y lo hace recién en 1950, es decir, quince años después del incidente, por diversos motivos que se narran con gran detalle en el relato. En esta obra Bloch rompe con gran habilidad narrativa la epidermis que separa la realidad de la ficción, convirtiendo en arte macabro un soberbio juego de intertextualidad. H. P. Lovecraft es ahora uno de los personajes del relato, un escritor retraído de Providence en cuyas obras Fiske cree poder seguir un rastro que le conduzca hasta la resolución del misterio. Así, personas reales y ficticias combinan sus esencias ontológicas en la urdimbre del relato, dotándolo de un aparato de realidad verdaderamente asombroso. Hay que decir que Bloch escribió esta pieza en 1950, es decir trece años después de la muerte de Lovecraft, y cuando ya se había convertido en un narrador maduro y consagrado. Lo cierto es que esta consolidación estilística se deja ver en la construcción del relato, que empieza con una muy apropiada y necesaria recapitulación de todo lo que ha acontecido en los dos episodios anteriores. Fiske regresa a Federal Hill persiguiendo al doctor Ambrose Dexter, el médico que certificó la muerte de Blake y quien supuestamente se deshizo limpiamente del Trapezoedro Resplandeciente. El doctor Dexter no solo es la llave para acceder al misterio, sino que es el único que queda con vida de entre quienes se vieron involucrados en la muerte de Blake. El problema es que Fiske no encuentra sino unos pocos vestigios de la pesadilla, aunque finalmente, y cuando consiga dar con el doctor Dexter, descubrirá que el horror no ha acabado ni mucho menos, y que la criatura que huyó del chapitel está más viva que nunca.

Quisiera destacar el impresionante combinado de material literario que Bloch pone en práctica durante el desarrollo del relato, asiéndose no sólo a las premisas que dieron forma a los dos episodios anteriores, sino también a muchas otras referencias a relatos de Lovecraft que resultan muy interesantes como ingredientes narrativos en la resolución de la trilogía. Especial interés tiene la utilización de los versos del poema Nyarlathotep, publicado en 1931. Se trata del soneto número 21 del poemario lovecraftiano Hongos de Yuggoth, y dice tal que así:

 

Y el fin vino del interior de Egipto

el extraño Oscuro ante el que se inclinaban los fellás;

silencioso, descarnado, enigmáticamente altivo

y envuelto en telas rojas como las llamas del sol poniente.

A su alrededor se apretaban las masas, ansiosas de sus órdenes,

pero al marcharse no podían repetir lo que habían oído;

mientras por las naciones se propagaba la pavorosa noticia

de que las bestias salvajes le seguían lamiéndole las manos.

 

Pronto comenzó en el mar un nacimiento pernicioso;

tierras olvidadas con agujas de oro cubiertas de algas;

se abrió el suelo y auroras furiosas se abatieron

sobre las estremecidas ciudadelas de los hombres.

Entonces, aplastando lo que había moldeado por juego,

el Caos idiota barrió el polvo de la Tierra.

 

La forma en la que Bloch se aprovecha de la connotación eminentemente oscura de estos versos y cómo los utiliza con fines narrativos evidencia la maestría que sus habilidades literarias habían alcanzado por entonces. El lector se encontrará en las postrimerías de este relato, y por ende de la trilogía, con un final verdaderamente aterrador, muy impactante por la correctísima utilización de todas las premisas y los antecedentes que fueron jalonando todo el corpus narrativo del ciclo.

Estos tres relatos se pueden encontrar en muchas antologías de diversas editoriales, pero creo que la forma más adecuada de leerlos es entre las páginas 243 y 312 del libro Cthulhu. Una celebración de los mitos, editado por Valdemar en 2004 y reeditado por la misma editorial en 2015, en su colección Gótica. Allí los puedes encontrar, uno detrás del otro, en una inteligentísima seguidilla.

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Cthulhu. Una celebración de los mitos, de H. P. Lovecraft y otros. Madrid, Valdemar, 2015. 704 páginas

Los Mitos de Cthulhu siempre han mostrado tendencia a jugar con la intertextualidad, haciendo realidad la premisa de su inspirador, H. P. Lovecraft, de que la vida a través de la literatura podía servir no sólo como catalizador de las inquietudes existenciales más profundas de sus autores, sino como un juego, un divertimento exteriorizado a través del arte literario. Y creo que el «Ciclo de Robert Blake» ha resultado ser el paradigma supremo de esta dinámica de ida y vuelta entre corresponsales, autores, amigos, personajes, libros prohibidos, leyendas vivas y mitos paganos. La lectura conjunta de estas tres narraciones magistrales nos sumerge de lleno en el oscuro universo lovecraftiano y en la esencia de una de sus más célebres criaturas.

Por hoy hemos terminado, pero no olvides dejar las luces encendidas. Recuerda que la oscuridad es la morada preferida del asiduo de las tinieblas, ese al que las bestias se acercan para lamerle las manos…

Los caminos del terror

Una de las misiones primordiales de la literatura consiste en transmitir sentimientos, y la literatura de terror en particular no cumpliría sus bases artísticas si no consiguiera, mediante sus resortes expresivos, contagiar al lector de la sensación de desasosiego que solo provoca el terror como sentimiento primordial, inherente a la condición humana. Justamente por eso, hoy vengo a invitarte a un encuentro que celebraremos el próximo viernes 27 de abril, a partir de las 18.00 horas, en Vecindario, en el marco de la propuesta El sonido de la tinta, el 2º encuentro de jóvenes autores de relatos cortos y poemas. La idea consiste en compartir nuestras inquietudes como lectores adeptos al terror, e intercambiar pareceres y opiniones respecto a qué escenarios, personajes, atmósferas y monstruos iconográficos del género nos despiertan de forma palmaria este sentimiento tan particular. También debatiremos acerca de los distintos modos de exponer, mediante la palabra escrita, las constantes del género. El vampiro, la bruja, el licántropo y el muerto viviente; el asesino serial; el revenido; el ente multiforme; la mutación nuclear; el pegajoso e inasible horror psicológico; la atmósfera enferma y contaminada por la entidad innominable… Nos proponemos abarcar todas las vertientes del género, planteando ejemplos concretos basados en los escritos de los grandes maestros, clásicos y contemporáneos, con el objetivo de explorar todos los posibles caminos del terror. Y, por supuesto, espero contar contigo para que me acompañes en tan señalado evento.

caminos del terrorEl principal atractivo de este encuentro es que tú eres el protagonista, ya que, basándonos en las conclusiones a las que arribemos tras el debate, nos proponemos explotar la imaginación de los asistentes mediante una actividad dinámica y creativa, y que pondrá a prueba tu capacidad para elaborar relatos en frío. Se trata de entregarte el comienzo de un relato de terror característico (redactado por mí, en este caso) y que tú mismo, eligiendo los caminos que prefieras y elaborando la atmósfera que creas conveniente, lo continúes por tu propio derrotero narrativo, dando forma a un cuento con introducción, nudo y desenlace. El objetivo final de esta actividad se prolongará hasta el turno de lectura, donde tendrás la oportunidad exponer tu relato a los demás.

No me digas que te lo vas a perder… No, estoy seguro que no. Te dejo aquí toda la información para que puedas inscribirte. No dejes pasar esta oportunidad de adentrarte en los caminos del terror, de dónde quién sabe cómo y de qué manera lograremos salir…

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«Cantos de Locura y Horror», o cómo logré colarme en el Círculo de Lovecraft

Desde que me dedico a la escritura, por regla general he rehusado participar en antologías. No es que me hayan convocado a muchas, la verdad, y tampoco es que tenga nada en especial en contra de los trabajos corales, pero siempre he preferido llegar a los lectores a través de mis propios libros, siendo consciente, no obstante, de que esta especie de reclusión podía hacerme perder visibilidad. Pero si hay un factor que me puede hacer cambiar de parecer ―en esta y en un montón de otras cuestiones―, ese es H. P. Lovecraft. Creo que ya te he hablado del autor de Providence lo suficiente como para que sepas de mi fanatismo religioso hacia él, y de lo que representa su obra y su influencia en mi realidad literaria. Por eso, cuando Ginés J. Vera propuso mi nombre para participar en una antología que estaba organizando Beatriz T. Sánchez en torno al autor de Providence, no pude sino sentirme privilegiado y lanzarme con absoluta pasión a la redacción de un relato lovecraftiano que, la verdad, me andaba rondando desde hacía tiempo.

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La experiencia fue maravillosa. En la conferencia que impartí hace cosa de un año y medio comenté que mi segundo sueño, después de ver cumplido el primero de convertirme en escritor, era el de pertenecer al Círculo de Lovecraft, sueño que daba por imposible toda vez que nunca imaginé que se relacionaría mi nombre con el de este genio inalcanzable. Además, muchas veces había puesto cortapisas a su influencia sobre mi estilo, intentando no emularle demasiado cuando mis ansias creativas, en realidad, me empujaban por esos derroteros de forma irremediable, como si se tratara de una de las maldiciones atávicas tan propias de sus escritos. En este caso, la idea en el homenaje era justamente esa: la de dar rienda suelta a todo ese caudal de admiración acumulado a lo largo de años de lecturas, relecturas y absoluta devoción hacia el autor.

Así fue como nació, entonces, «La Morada de los Dioses», el relato que presenté a la antología. Y, junto con el maravilloso trabajo de otros diez fieles apóstoles del solitario de Providence, se fue dando forma a esta antología llamada Cantos de Locura y Horror, y que gracias a la diligencia y profesionalidad de Wave Books está hoy entre nosotros, disponible tanto en formato físico como en digital. La antología reúne once estupendos relatos de corte absolutamente lovecraftiano que enmarcan, además, toda la variante estilística y la heterogeneidad temática de la que hizo gala el gran maestro. En las páginas de la antología se desprende la influencia tan marcada que el autor ha ejercido sobre todos nosotros en sus diferentes épocas, y quien se adentre en estos relatos tendrá acceso a mucho de lo que conceptualmente nos ha ofrecido este autor irrepetible. Se trata de un compendio sumamente equilibrado, con todas las vertientes de horror fantástico que caben esperar: la maldición atávica, el misterio cósmico, la civilización desconocida y antediluviana, la degeneración genética… Todo aquello que ha convertido a H. P. Lovecraft en esa deidad literaria a la que uno no se cansa de rendirle abluciones.

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Sin que sea mi intención extenderme mucho más, creo que es justo dar las gracias a todos aquellos que han hecho posible que cumpliera este sueño. En primer lugar, a mis compañeros, a los diez autores que me acompañan en el índice de esta antología: Andrés Díaz Sánchez, Beatriz T. Sánchez, David Mateo, Diego Capalvo Sousa, Esteban Dilo, Jorge P. López, Milos de Azaloa, Nieves Guijarro Briones, Rafael Lindem y Xuan Folguera. Por razones de índole geográfica, no tengo la suerte de conocerles personalmente, pero sí la he tenido de leerles y de comprobar el inmenso caudal de talento literario que pulula por toda España. Ha sido un verdadero placer, compañeros, formar parte de este proyecto con vosotros. También quiero agradecer especialmente a Ginés J. Vera por el magnífico prólogo que antecede a los relatos y, desde luego, por pensar en mí cuando surgió la idea de la antología. También a Jorge Avellana Parra, por la excelente y sugerente ilustración de portada. Por último, pero no menos importante, a la editorial Wave Books, por arriesgarse con este proyecto y por lanzarlo al mercado. El resultado evidencia el buen hacer y la gran profesionalidad de esta editorial joven y pujante que tanto está haciendo por nuestro amado género.

Es posible que haya eventos relacionados con esta publicación. Todavía no están confirmados, ni tampoco tengo clara cuál será su naturaleza, pero ten por seguro que te mantendré al tanto de todo lo relacionado con esta maravillosa antología gracias a la cual, reptando como una criatura tentacular, he conseguido finalmente colarme en el Círculo de Lovecraft.

Aquí te dejo los enlaces para que, sin más dilación, puedas pillar el libro en tu formato preferido:

Cantos de Locura y Horror (Formato papel)

Cantos de Locura y Horror (Formato digital)

“La mirada de los peces”: un diálogo entre pasado y presente

Sergio del Molino lo ha vuelto a hacer. Con La mirada de los peces nos regala un fresco barroco y lo suficientemente condensado como para asimilarlo en un par de sentadas, que es lo que suelen durar sus libros entre mis manos (así ha sido durante estos últimos meses, tras leer casi de un tirón La hora violeta, Lo que a nadie le importa y éste, su más reciente trabajo). Es un escritor fascinante. Yo creo que el secreto de su literatura radica en que logra una combinación prodigiosa entre profundidad, intimismo y fluidez. Valiéndose de un vocabulario amplísimo y de una mirada entre nostálgica y cínica sobre los temas que toca, cuesta creer que se trate de un autor tan joven. Hay, en sus maneras expositivas, esa distancia analítica que solo brindan los años de experiencia, como si dentro de ese lenguaje, profuso y cercano a la vez, se escondiera un veterano curtido en mil batallas, tanto en la vida como en la literatura.

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“La mirada de los peces” (Barcelona, Literatura Random House, 2017)

Un comentario apresurado indicaría que La mirada de los peces nos cuenta la cronología de una muerte anunciada: la del profesor Antonio Aramayona, docente y amigo personal del narrador. Pero, en realidad, la novela habla sobre muchas más cosas. Es el retrato de una generación, esa que creció contemplando la barbarie de ETA y la decadencia social tan emparentada a los noventa, esa que encontró en el consumo de porquerías más o menos inofensivas la sublimación de un espíritu confuso en tiempos vertiginosos y mandibulares. Los amigos, los descampados, los conciertos, los porros y las borracheras, las ansias literarias, la incomprensión de los mayores, las gamberradas protoperiodísticas y, finalmente, esa madurez ilusoria, esa sensación de haber traspasado el umbral de la adultez que nunca termina de ser concreta, que nunca termina de ser real. De todo eso y de mucho más nos habla Sergio del Molino en este libro, jugando con una estructura de saltos en el tiempo que da forma a un maravilloso diálogo entre pasado y presente y que otorga muchísimo relieve a la narración, siempre a través de los ojos de su narrador.

Sergio del Molino es un autor que me llegó casi por casualidad. La hora violeta cayó un día entre mis manos y lo leí, con más curiosidad que expectativa. Es de esas novelas que te dejan con la boca abierta, de esas que no sabes explicar de forma palmaria por qué te han gustado tanto, especialmente tratando un tema tan espinoso, tan complicado. Poco después descubrí que el autor y yo compartíamos claustro en los Talleres de Escritura Creativa de Fuentetaja; otra casualidad. Enseguida caí sobre Lo que a nadie le importa, esta vez sí con unos niveles de expectativa bastante elevados; no me defraudó en absoluto, pues encontré una literatura igual de compleja y al mismo tiempo igual de fluida, patrón estilístico que, insisto, es lo más llamativo de su obra. Ahora, tras La mirada de los peces, apunto con letra indeleble al autor como uno de esos de los que hay que estar atento a cada publicación suya (me he saltado La España vacía, su exitoso ensayo del año pasado, sobre el que caeré en breve).

La mirada de los peces sale a la venta el 7 de septiembre (fui uno de los privilegiados a los que la editorial confió uno de los ejemplares no venales, bendita sea por siempre su existencia). Le auguro, desde luego, un fulminante éxito de crítica, tal y como lo tuvieron sus anteriores novelas. Creo que estamos ante un ejemplo más de la buena salud que goza la literatura en lengua española fomentada por un grupo de autores jóvenes, entre los que destacaría, además de a Sergio del Molino, a Patricio Pron y a Jesús Carrasco. Literatura seria, pero fresca; profunda, pero accesible, y hecha (estas cosas se notan) con devoción y respeto hacia el oficio.

Una correspondencia, una vida

A riesgo de resultar cansino alabando nuevamente las virtudes de este autor, quería hoy comentarte mi lectura de las Cartas escogidas de William Faulkner, recopiladas por Joseph Blotner (autor, además, de una de las más fiables biografías del novelista de Oxford) y editadas por Alfaguara, como parte de lo que ellos llamaron el «Año Faulkner» (2012) cuando se cumplieron cincuenta años de su fallecimiento (6 de julio de 1962).

“Cartas escogidas”, de William Faulkner. Madrid, Alfaguara, 2012

La recopilación de la correspondencia faulkneriana nos ayuda, como era de esperar, a conocer un poco al hombre detrás de la obra. Aunque la mayoría de sus cartas hablan o están relacionadas con el proceso de creación de sus diversas novelas y volúmenes de relatos, en varias de ellas se vislumbran las costumbres de Faulkner en su vida privada, razón por la cual siempre manifestó su desagrado con la idea de acercar al gran público su correspondencia, editada y maquetada en formato libro. Fue la voluntad de sus descendientes y el incalculable esmero de Blotner los que hicieron posible que hoy podamos disponer de este material valiosísimo.

Empezando por su viaje a Europa en 1925, siguiendo con el significado de la publicación de La paga de los soldados (1926), su primera novela, hasta la composición de sus grandes obras El ruido y la furia (1929) o Mientras agonizo (1930), la continuidad de la correspondencia reunida nos revela el carácter de un hombre de fuertes ideales y convicciones, y de arraigada tradición sureña. Es notable el orgullo que siente hacia su oficio de escritor, y los ingentes esfuerzos que hace para aclarar a sus allegados que él no es un «literato», sino simplemente un hombre que ama los libros y que, como tal, lo único que hace con ellos es leerlos y escribirlos (como si esto fuera poco). También es digno de mención su esfuerzo sobrehumano por huir de cualquier tipo de publicidad y su titánico afán por preservar intacta su intimidad en la finca Rowan Oak, en pleno corazón de Oxford, condado de Lafayette (Mississippi).

Entre las cartas seleccionadas abunda la comunicación que mantuvo con varios de sus agentes literarios y con los representantes de Random House Mondadori, editorial que publicó la mayoría de sus trabajos y con la que le unió una fructífera relación autor-editor. También es reseñable la tardía amistad que entabla con Jean Williams, una joven escritora de Memphis a la que Faulkner sirve de mentor y a quien consigue colocar en el mundo editorial. Es admirable la abnegación con la que le vemos exhortar el ánimo de la joven prodigio, basando siempre sus consejos en la realidad última de la vida del artista, y que Faulkner siempre promulgó desde muy diversos púlpitos: el arte no tiene nada que ver con la paz y el contento.

William Faulkner en plena labor

Por lo demás, la compilación nos permite el acceso a una cara distinta del Faulkner que siempre conocimos. Sabremos de sus constantes penurias económicas, de su galopante alcoholismo, de la frustración que le causaba su parasitaria parentela, del orgullo velado de incertidumbre que despertó en él la recepción del premio Nobel…, y presenciaremos, además, los instantes finales de su vida, truncada cuando planeaba un cambio de aires definitivo y, quizá, alguna obra postrera. Podremos conocer también qué sentimientos despertaban en su ánimo sus trabajos, y el entusiasmo vital que entregó a la composición de cada uno de los mismos, así como el cansancio insoslayable que se apoderó de su espíritu en los últimos años pero que, así y todo, no le impidió terminar una carrera brillante con la grandeza que se merecía, culminando la celebérrima trilogía de los Snopes.

Nada más que pueda decir desde aquí, sino recomendar la compilación a todos aquellos que ya estén algo empapados de la obra faulkneriana. En estas páginas encontraréis otra dimensión de lo ya conocido y los secretos entresijos que empujaron a este escritor, granjero, padre, ciudadano comprometido y artista íntegro a su composición.

 

Taller de Escritura Creativa: El deseo de escribir

Hoy vengo a disparar letras para anunciarte una feliz noticia: este verano estaré impartiendo dos talleres de Escritura Creativa en Fuentetaja Literaria, institución con más de treinta años de experiencia en el campo de la didáctica aplicada a la escritura creativa. El taller, que será presencial, tendrá lugar a partir del miércoles 12 de julio, en las dependencias de la Galería Manuel Ojeda (C/ Buenos Aires, 3, Las Palmas de Gran Canaria). Puedes acceder a toda la información desde la web de Fuentetaja o en Librería Sinopsis (C/ Perdomo 6, Las Palmas de Gran Canaria).

La idea del taller es motivar e incentivar a todos aquellos que sientan la nacesidad de expresarse creativamente a través de la escritura. Allí manejaremos dinámicas de grupo, horizontales, en las que primará el intercambio de ideas y de opiniones y un feedback que nos ayudará a deshinibirnos y a liberarnos de cualquier tipo de prejuicio a la hora de enseñar nuestros escritos. Se trata de un taller intensivo, de quince horas repartidas en seis sesiones, mediante las cuales abriremos el camino a la imaginación, nos adentraremos en él y llegaremos al misterioso corazón de la escritura. Así, romperemos bloqueos, estimularemos la creatividad y superaremos las barreras que dificultan la expresión literaria.

También compartiremos opiniones y debatiremos acerca de textos de autores imprescindibles que, a modo de material práctico, nos ayudarán a adentrarnos en el complejo mundo de la expresión escrita. En definitiva: un taller que busca no tanto formar a escritores profesionales (que también), sino estimular la creatividad en todos aquellos que sientan afición por la expresión escrita, por esto tan mágico y maravilloso que conocemos como “literatura”.

Si eres de los que quiere escribir y no se atreve, o si crees que te faltan herramientas, conceptos o tan sólo un empujón para lanzarte a la aventura, te espero en “El deseo de escribir: los primeros pasos en la escritura”.

NOTA: Hay otra convocatoria de este mismo taller en septiembre (haz clic aquí para acceder a la información del taller).


La génesis del Gotico

Sí. Esto que tú y yo amamos tanto y que no es otra cosa que el terror en la literatura, nació un buen día. El día en el que la Oscuridad se cernió sobre las páginas y surgió desde las tinieblas lo que hoy conocemos como «género gótico». El día en el que el mundo conoció El castillo de Otranto, la primera novela gótica y, por tanto, el punto de partida a la literatura de terror tal cual la conocemos hoy.

“El castillo de Otranto”. de Horace Walpole. Madrid, Valdemar, 2008.

Llevaba tiempo queriendo escribir sobre esta novela fundacional y absolutamente imprescindible para entender no sólo este género que nos apasiona, sino los orígenes mismos del relato de miedo o horror story, como se lo conoce en inglés. Tal vez no sea este el espacio adecuado para rastrear los orígenes mismos de la imaginería gótica o el por qué de su nacimiento, pero básicamente se trataba de contrarrestar las normas graníticas y encorsetadas que hacia mediados del siglo XVIII, y en materia de narrativa, había impuesto la Ilustración. Considerado ya desde sus inicios como un género «menor» o incluso «vulgar», el surgimiento del gótico se sustentó en la aparición consecutiva de cuatro novelas clave en la conformación de sus características: El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole; Los misterios de Udolfo (1794), de Ann Radcliffe; El monje (1796), de Matthew G. Lewis; y Manuscrito encontrado en Zaragoza (1805), de Jan Potocki.

El castillo de Otranto es una obra breve y extrañamente bella en la que Walpole establece los patrones fundamentales del relato gótico clásico (presencia de una profecía ancestral, erotismo soterrado bajo la atmósfera de los eventos sobrenaturales, escenario medieval, emociones exacerbadas de los protagonistas). No es, estrictamente hablando, una novela que provoque miedo o terror (no al menos en el sentido en el que estamos acostumbrados en nuestros días), pero su tono apela al romanticismo más desnudo y, por primera vez, a la presencia de hechos inexplicables. La historia es bien sencilla: Manfred, príncipe de Otranto, ve morir trágicamente a su hijo Conrad en un luctuoso y macabro accidente. Decidido a tener descendencia masculina, se dispone a casarse por la fuerza con Isabella, la hasta ese día prometida de su hijo. En medio de las persecuciones por pasadizos y catacumbas, por galerías medievales y almenas, se irán revelando los jirones de una maldición ancestral que los hados habían prometido hacer caer sobre Manfred, usurpador del trono.

“El castillo de Otranto”. Grabado de Giovanni Battista Piranesi.

La novela mantiene un tono eminentemente trágico, pero Walpole la salpica hábilmente con sutiles toques de humor, siempre en boca de los criados del castillo, una práctica que repetiría la señora Ann Radcliffe en su monumental Los misterios de Udolfo. El lector del siglo XXI quizá pueda detectar rasgos de ingenuidad en algunas de las actitudes de los personajes o en la exagerada demostración de sus sentimientos (proliferan las exclamaciones, los clamores al cielo, los desmayos, etcétera). Es éste otro rasgo propio de estas novelas pioneras y, creo yo, han de ser contemplados con el respeto que se les debe a las piezas iniciáticas. En todo caso, la novela contiene valores que van más allá de sus virtudes puramente fundacionales: se trata de un relato entretenido y apasionante, con un excelente desarrollo narrativo y un puñado de muy pintorescos personajes.

Horace Walpole (1717-1797)

Hablando de personajes pintorescos, el autor de la novela no lo es menos. Horace Walpole nació el 24 de septiembre de 1717 en Londres. Era hijo del Primer Ministro Robert Walpole, y cursó estudios en el Eton College y el King’s College de Cambridge. Fue un homosexual declarado desde su más temprana juventud, y no solo fue un pionero en literatura, sino también en arquitectura: económicamente holgado tras la muerte de su padre, se hizo construir un suntuoso palacete gótico al que llamó Strawberry Hill, cerca de Twickenham (Londres), sitio que hoy puede visitarse como destino turístico y que se ha convertido en una referencia del estilo neogótico. Además de narrativa, incursionó con notable éxito en el ensayo artístico, sobre todo en pintura y arquitectura, además de legar para la posteridad una cuantiosa correspondencia. Falleció, longevo, el 2 de marzo de 1797.

Una reducida semblanza de esta pequeña gran obra maestra, sin la cual no se podría entender toda la literatura de terror hasta nuestros días. La edición de Valdemar nos ofrece 240 deliciosas páginas que nos harán entender cuándo y por qué, un buen día, se hizo la Oscuridad en la literatura.

 

El espejo a medianoche

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¿Conoces esa leyenda urbana? Sí, ya sabes a cuál me refiero. No, no mires para otro lado. Te hablo a ti, a la del espejo. Esa que cada mañana y cada tarde y cada noche me contempla disconforme con la forma del rostro, el corte y el color del cabello, los granos rebeldes de ese acné imperecedero, la cintura con sus insufribles lorzas, los labios que desearías más carnosos y sensuales… Te hablo ti: la que siempre se queja, la que siempre se amarga, la que desperdicia su vida deseando que la imagen del espejo sea otra. Que yo misma sea otra. ¿Conoces acaso la leyenda urbana? ¿Te has mirado alguna vez al espejo a medianoche, con las luces apagadas? ¿Sabes acaso quién te espera tras ese reflejo de ojos caídos y temerosos y la expectación tatuada en tus labios crispados?

Ahora… Ahora lo sabes. Ahora que faltan apenas unos segundos para el cambio del día, como en aquel relato de la Muerte Roja. Ahora que tu pecho se agita con tu respiración desacompasada y que tus extremidades tiemblan a causa del pánico venidero. ¡No, no entornes los ojos! Te perderías el espectáculo, monada. Te perderías el rostro maléfico que te aguarda tras la protección de cristal. Sí, puede que creas que está a tus espaldas…, pero en realidad está dentro de ti.

Prepárate. Solo faltan unos segundos.

Cuatro, tres, dos, uno…

Ahora…, ahora es cuando empiezas a gritar

Fantasía sexual con Lucy Westenra

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No era una esposa adúltera como Bovary, Karenina o Lady Chatterley. Ni siquiera una recatada voluptuosa y apetecible como la incomparable Anita Ozores. No. Era una núbil doncella, una virgen curiosa, una flor rebosante de candor que gustaba de pasearse por el cementerio, por la tenebrosa abadía de Withby, y que contemplaba lápidas y losas y se maravillaba ante el mugido de las vacas. Su sonambulismo. Eso era lo que más fascinaba de ella. Ataviada solo con su blanco camisón, medio transparente, dejaba que la niebla nocturna envolviera su cuerpo delicioso y espigado, y sus ojos cerrados temblaban tras los párpados rosados. Su pelo castaño ondeaba al viento suave y cálido de finales de agosto mientras se aposentaba, laxa, sobre la lápida falaz, anhelando quién sabe qué compañía. Su tierna virginidad era un reclamo de voluptuosidad, una llamada al pecado, un grito de deseo.

La noche tenía su nombre: Lucy. Lucy Westenra. Una dulce muchacha de veintitrés años con la que soñar y fantasear, con la que imaginar noches de viva sensualidad, con la que procurar una vil mezcla corporal de cimiente, sangre, sexo y violencia. Era para devorarla. Para devorarla viva.

La sombra se cernió sobre ella. No una noche, sino varias noches. Innumerables noches. La sombra llegó en un barco a la deriva, en forma de perro feroz, y se ocultó entre los matorrales salvajes de la abadía, entre la penumbra de los panteones, entre las telarañas de las grutas de Whitby. La sombra la poseyó y arrebató su virginidad con brutalidad. No la disfrutó ni la hizo participe de un armonioso rito de iniciación, sino que la empaló con su descomunal fuerza ultraterrena, y su risa carcajeó a la luz de la luna, mientras los perros de la noche acunaban los gritos de dolor con aullidos lobunos. Los dientes blancos refulgieron y se hincaron en su cuello terso, tan deseable, y su sangre manó y su sexo padeció dolores y placeres por igual.

Qué fácil se vuelve fantasear con Lucy Westenra y desearla más que a cualquier otra criatura viva entre las páginas. Pergeñar fantasías con su cuerpo…, incluso cuando este yace sobre el altar de mármol de un gélido panteón: su corazón atravesado por una estaca astillada, su cabeza separada del cuerpo, sus ojos abiertos al horror de la destrucción… Y su boca… ¡su boca deliciosa y ávida de pecado, monstruosamente repleta de ristras de ajo!

In memoriam (ochenta años, infinitos eones)

Hoy es un día muy especial para todos los lovecraftianos de pro. Y es que se cumplen nada menos que ochenta años de la muerte del genio Howard Phillips Lovecraft. La muerte de su envoltura terrenal, se entiende, ya que su desaparición física significó, como en muchos otros casos, el nacimiento de un mito imperecedero, el surgimiento de la leyenda de ese autor único e irrepetible que, desde esta y desde otras plataformas, nunca me cansaré de reivindicar pese a las agudas polémicas surgidas en torno a su personalidad impar y a su estilo literario, característico e incomparable. Un autor que, como dije hace bien poco, resulta un género en sí mismo. Imposible de encasillar. Inclasificable. Inmortal.

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Lovecraft es ese autor que se te mete bajo la piel y, desde que profundizas un poco en su obra, no se aparta de ti. Vuelves a sus relatos una y otra vez, porque es demasiada la atracción que generan sus descripciones barrocas del reino de Sarnath, aquel paraje verdoso e imaginal en donde, una vez, cayó la maldición. Porque se vuelve epidérmico su retrato rural de la comarca de Dunwich, donde se instaló el horror. Porque las criaturas batracias de Insmouth, donde está la sombra, forman parte indeleble del bagaje cultural de cualquier adepto al horror. ¿Quién puede resistirse a indagar por los pasillos de la biblioteca de la Universidad Miskatonic en busca de ese ejemplar perdido del Necronomicon, o quién puede apartar sus ojos del rito pagano en las catacumbas umbrías de la iglesia innominada de El ceremonial? ¿Cuál de sus millones de lectores no ha sentido la fascinación del Trapezoedro Resplandeciente y la llamada de ese asiduo de las tinieblas? ¿Y la invocación persistente y sensual del ser del umbral? ¿Y los balbuceos de ese que susurra en la oscuridad? ¿Y la dentellada letal del sabueso que despedaza carne humana? Las resurrecciones macabras perpetradas por Herbert West, con su ejército de Lázaros vengativos, o esa esfera de color indescifrable que, un buen día, vino desde el espacio exterior. El mar bravío y los manuscritos prohibidos, la dimensión paralela y los pasadizos injertos en los repliegues del espacio curvo. La degeneración de una comunidad, el mestizaje con seres innombrables, los grimorios, las tablillas repletas de lenguajes cuneiformes… las puertas de R’lyeh, donde Cthulhu espera soñando, el bamboleo de sus tentáculos gelatinosos, esperando, tan solo esperando el último ritual que le devuelva a la superficie…

Sí, es mi autor favorito. Al que vuelvo una y otra vez con la sensación de que estoy leyendo a un escritor que no es ni bueno ni malo, sino sencillamente otra cosa. Tuve el privilegio de impartir una charla sobre él hace unos meses; estuve cerca de dos horas hablando de su vida y de su obra. Y me supo a poco. Porque siempre quiero más. Relatos inéditos. Cartas. Escritos apócrifos. Narraciones en las que apenas se supone que intervino. Todo me vale, pero nada es suficiente para saciar esta sed de su literatura. Entonces vuelvo a las montañas de la locura o al cuarto preñado de misterios de Charles Dexter Ward, o a volar, perdido el sentido del espacio-tiempo, por las tierras de ensueño de Randolph Carter, en busca, cómo no, de la ignota Kadath. Intento superar las barreras del sueño gracias a las llaves de plata, y entre legañas, flipando y adormilado, contemplo la reverberación iridiscente e interdimensional de Yog-Sothoth, la multiforme cadencia en el discurso perverso de Nyarlathotep, la mirada ciega e idiota de Azathoth, que babea y burbujea en el centro del infinito…

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Tumba de H. P. Lovecraft, en el Swan Point Cemetery, Providence, Rhode Island, Estados Unidos

Ochenta años de mito y leyenda, de dioses y panteones, de horrores cósmicos y criaturas híbridas. Ocho décadas que han forjado el canon literario del horror cósmico y que cambiaron para siempre el devenir de los escritos oscuros. Hoy, 15 de marzo de 2017, podemos decir que la sombra del Sumo Sacerdote es, quizá, más alargada que nunca, y que bajo su cobijo crece un árbol de ficción inconmensurable, un caudal de narrativa lovecraftiana en continua evolución. La esencia se mantiene, los autores se suceden. El horror crece.

Han pasado ochenta años, pero la perspectiva en tan vasta, y tan indiscernible el borde de su horizonte literario, que es como si hubieran transcurrido eones. Infinitos eones.

In memoriam.

Un encuentro con la demencia…

Hoy vengo a invitarte a la presentación en sociedad de mi última novela, Grietas en el tejado, la primera entrega de la serie Demencia. Respondiendo a la pregunta que más me has hecho durante el par de semanas que el libro lleva en la calle, te aclaro que esto NO es una saga. Es decir: cada novela que integre la serie será autoconclusiva, y estarán unidas entre sí, principalmente, por el trasfondo de locura y los escenarios relacionados con manicomios, casas de reposo o clínicas psiquiátricas en donde tendrán lugar las distintas narraciones. Seguramente existan algunos guiños entre las obras, pero todas, empezando por Grietas en el tejado, podrán leerse de forma autónoma e independiente. Aprovecho para agradecer a todos aquellos que han ido a por su ejemplar de forma rauda y que me han ido dejando sus comentarios durante este tiempo. Las perspectivas respecto a la acogida inicial están siendo muy auspiciosas.

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Una vez aclarado este punto, toca hablar de la cita, que tendrá lugar el próximo viernes 24 de febrero, a las 20:00 horas, en el Club La Provincia (Calle León y Castillo, Nº 39, a un par de pasos del Parque San Telmo). Por enésima vez toca agradecer al personal del Club, donde ya se está haciendo costumbre para mí presentar mis trabajos. En esta ocasión, además, me acompañará mi gran amigo Carlos González Sosa, autor de las sagas Las Tierras de MeedLos Señores de los Siete Tronos y, más recientemente, de Sangre: la trilogía de la conquista de Canarias.

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Grietas en el tejado (Demencia I). Mercurio Editorial, 2017

La presentación tendrá una pequeña guinda de postre: aprovecharemos para lanzar al mercado la tercera edición de Pandemonio, con su flamante portada diseñada desde cero por el departamento gráfico de Mercurio Editorial. Quisiera agradecer vivamente a Julián Cardeñosa por el magnífico diseño de la portada de este libro que, según parece, sigue expandiendo su semilla maligna año tras año.

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Nueva portada de Pandemonio (tercera edición, 2017)

Como ves, nos espera una noche demencial. Cuento contigo para que la hagamos inolvidable.

Allí nos vemos…

Un nuevo blog, el mismo Disparaletras

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Estreno con esta entrada un nuevo blog, que en el fondo verás que es prácticamente el mismo blog que he venido ofreciéndote desde que saliera a la venta mi segunda novela, Remanso de paz, allá por diciembre de 2011. No obstante, he decido incorporar algunos cambios, más allá del traslado a otro servidor mucho más completo y accesible. Sobra que te indique aquí cómo moverte a través de un blog. Está todo a la vista. Como siempre, me comprometo a compartir contigo muchos de los textos que vayan surgiendo de esta costumbre mía de disparar letras de forma impenitente. De vez en cuando verás por aquí algunos microrrelatos, cuentos diminutos y pequeños y fugaces universos narrativos; podrás acceder a ellos en la pestaña “Microcuentos”. Por otro lado, también compartiré contigo impresiones reducidas y análisis comprimidos que vaya haciendo de algunas lecturas muy singulares. No son exactamente reseñas, sino algo más. Las podrás encontrar en la pestaña “Microensayos”. Y, como de costumbre, te traeré las últimas novedades en referencia a mis obras y eventos relacionados con ellas, como presentaciones, firmas y demás, más alguna que otra baratija sin demasiada importancia que se me ocurra escribir. Para suscribirte al blog, tienes un botón de “Seguir…” en la esquina inferior derecha.

¿Qué más? Nada más. Te he dejado un microcuento y un microensayo como bienvenida, para ir pasando el rato.

Yo volveré pronto por aquí, donde espero encontrarte.

Te doy la bienvenida El Disparaletras®, un pequeño blog de abundantes caracteres.

Pesadilla

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Anoche tuvo un sueño desagradable, una pesadilla. Soñó que caía desde cientos y cientos de metros hasta un vacío sin fin. Una caída prolongada e interminable de la cual solo podía vislumbrar el trágico desenlace: el impacto brutal contra el suelo, el golpe mortal de necesidad que sufriría al final del descenso vertiginoso a través del túnel oscuro e insondable del sueño.

No mucho después del alarido desesperado comprobó que tan solo se trataba de una pesadilla, de una aventura siniestra de su agitado subconsciente…

Esta mañana lo encontraron en el suelo, junto al lecho. En efecto, se había caído de la cama durante la noche…, pero su cuerpo estaba destrozado, despedazado, eclosionadas sus vísceras, pulverizados sus huesos, amoratada toda su piel, un lago de sangre fresca debajo de una masa amorfa y semilíquida apenas reminiscente a un cuerpo humano. El suelo estaba agrietado y los restos humeaban y emanaban la pestilencia de una muerte violenta y brutal.

Los presentes se llevaron las manos a la cabeza.