Foster Wallace: un autor inagotable

Cada cierto tiempo —y particularmente durante el verano— suelo releer parte de la obra de David Foster Wallace. Si frecuentas este blog, pero sobre todo si has participado en alguno de los talleres de Escritura Creativa que imparto durante el año, sabrás de mi debilidad por este genio malogrado. Lo bueno de la experiencia de releer a Foster Wallace es que no es necesario zamparse el libro completo para disfrutar con plenitud de su genio literario. Así, en ocasiones me da por releer algunos cuentos del volumen La niña del pelo raro, o uno cualquiera de los intrépidos experimentos literarios compilados en Extinción; o, sin más, alguna deliciosa entrevista al azar de las incluidas en el magistral Entrevistas breves con hombres repulsivos —las números 11 y 36 siempre han sido mis favoritas—. En el plano de la no ficción, es fácil perderse en el encanto seudofilosófico de maravillas como Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer o Hablemos de langostas. Cuando el mono es demasiado intenso y la sed de su literatura se vuelve poco menos que acuciante…, entonces ya no queda otro remedio que recurrir a La broma infinita —de la que ya te hablé en este post— o a El rey pálido, y estas dos novelas son muy difíciles de soltar una vez que las coges, aunque sea tu tercera o cuarta relectura. Esta capacidad que uno encuentra siempre de redescubrir al autor es una de las virtudes más importantes que puede tener una obra literaria. Y eso es precisamente lo que destaca a Wallace del resto de sus contemporáneos: su cualidad de inagotable.

Pero lo cierto es que desde hacía un tiempo andaba dando vueltas por la estantería —con esporádicos viajes de ida y vuelta a la torre de los «pendientes/urgentes»— un volumen de ensayos de nuestro autor publicado a título póstumo. Se trata de una interesante colección de escritos de no ficción que Wallace fue publicando en diversas revistas —algunas de ellas especializadas— y que se han editado bajo el título de En cuerpo y en lo otro.

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En cuerpo y en lo otro, de David Foster Wallace. Random House Mondadori, Barcelona, 2013. 303 páginas

En este libro David Foster Wallace nos ofrece una paleta ensayística de lo más variada. Entre sus páginas encontramos reflexiones profundas y muy interesantes sobre el movimiento literario minimalista hijo de Carver que surgió en América a mediados de los años ochenta, y con representantes como McInerney, Leavitt o Easton Ellis, y cuyo estilo el propio Wallace dinamitaría poco después. El tenis —tema de referencia en muchos de sus libros— se hace un hueco con dos ensayos: «Federer, en cuerpo y en lo otro» —en el que se analiza la «belleza» como concepto inherente a la ejecución por parte de los deportistas de élite, y especialmente centrado en el tenista suizo— y «Democracia y comercio en el Open de Estados Unidos», un texto mordaz sobre la influencia publicitaria en los eventos deportivos. Encontramos también un profundísimo análisis de la novela La amante de Wittgenstein, de David Markson, intención ensayística que no ha de sorprendernos si tenemos en cuenta la insoslayable ascendencia del filósofo austríaco sobre la obra —y sobre la trayectoria vital— de David Foster Wallace. El autor también desgrana la influencia perniciosa de los efectos especiales en el cine de ídem y, en uno de los textos más lúcidos de todo el volumen, efectúa un análisis sobre la personalidad de Jorge Luis Borges, otro autor que le fascinó especialmente, y sobre la tendencia de los biógrafos a localizar las aristas emocionales del escritor en la genialidad inabarcable de su literatura.

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David Foster Wallace, libro en mano, y luciendo la mítica «bandana» que ya es todo un emblema para los adeptos a su literatura 

Estos son los más destacados de entre este conjunto de ensayos, pero el resto —muchos de ellos sobre poesía y retórica, otros sobre matemáticas puras y literatura— no desmerecen en cuanto a interés y visión personal. Además, y como todo texto de Wallace, están impregnados de una sinceridad entrañable. Creo que aquí radica uno de los principales atractivos de la literatura del genio malogrado: cuando uno está harto del cinismo y del postureo de nuestro mundo actual, o de la abulia y la monotonía de la literatura contemporánea en general, un repaso a las páginas de Foster Wallace supone una necesaria y balsámica bocanada de aire fresco y, sobre todo, de franqueza y desnudez emocional. Wallace no emplea la voz ensayística en el estilo frío y distante que se ha impuesto a los textos de no ficción, sino que se acerca al modelo cercano y autorreferencial de Montaigne; eso sí, con abundantes raciones de humor e ironía, y sobre todo con un altísimo nivel de inteligencia para interpretar la época y el entorno cultural en el que se analiza el tema en cuestión. La capacidad de Wallace para captar la realidad y convertirla en literatura de calidad —de ficción y de no ficción, distinción que en su obra apenas se percibe— contrasta sin duda con todos los problemas que arrastró en su vida personal para aceptar la ampulosidad casi insoportable de esa misma realidad, situación que le condujo al abismo existencial y al suicidio en septiembre de 2008.

Hoy quería hablarte de este interesante conjunto de ensayos que, por supuesto, no es ni de lejos la mejor obra del autor, pero que representa una llamativa semblanza de su postura ante ciertos temas. Por mi parte, esta nueva toma de contacto ha despertado nuevamente la «wallacemanía», así que me daré una vuelta por la estantería, por ese rincón privilegiado que sus obras tienen en mi biblioteca, a ver por dónde se me ocurre tirar esta vez. La experiencia resultante puede ser de muchos tipos, pero te aseguro que el baño de sinceridad literaria que ofrece este autor es de esas cosas que lo reconcilian a uno con la vida, y que sobre todo lo afirman en el amor por este sagrado arte de disparar letras.

La viuda del ventrílocuo

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Después de treinta años de parlotear ironías y de soltar chistes picantes, Morris por fin se había quedado callado. Muerto el hombre que le otorgaba vida, movimiento y voz, ahora no era más que un trozo de madera pintado y ataviado con un minúsculo esmoquin con pajarita, olvidado para siempre. Desde la noche anterior dormitaba en el fondo de un armario.

La viuda del ventrílocuo se estuvo preguntando durante todo el funeral qué haría ahora con aquel condenado muñeco. Echarlo al incinerador era su auténtico deseo, pero eso habría supuesto un agravio para los miles de fans que Morris atesoraba a lo largo y ancho del país. Donarlo a algún museo o galería equivalía a una burla; Morris solo era Morris cuando la mano del demiurgo hacía girar su cuello o mover su mandíbula, y cuando la habilidad del ventrílocuo ponía en su boca aquellos chascarrillos obscenos.

Ya habría tiempo para pensar en un destino para Morris. Ahora, muerto y enterrado el ventrílocuo, la viuda regresó a la soledad de su casa y se dirigió al armario donde descansaba el monigote. Sabía que no era posible. Sabía que era demencial siquiera esperar una respuesta. No obstante, la asaltó el presentimiento de que Morris aún tenía algo que decir.

Abrió la puerta del armario y se enfrentó a esa mirada vidriosa. La mandíbula muerta caía sin fuerza y dejaba al descubierto el agujero negro de la boca sin vida. El pelo pajizo y apelmazado. El esmoquin arrugado. Los ojos como canicas pulidas.

—Vamos —dijo la viuda—. Vamos, habla. Di lo que tengas que decir.

Nunca sabremos cuáles fueron las palabras finales de Morris, pero casi todos los vecinos escucharon, en mitad de la tarde soleada, un grito de pavor absoluto y de desesperante locura… Y todos supieron que lo había proferido la viuda del ventrílocuo.

Thomas Ligotti. Parte III: El soñador muerto

De entre los mensajes que semana tras semana me encuentro en la casilla de correo de este blog, una importante cantidad de ellos reclamaba una y otra vez la continuidad de este monográfico sobre Thomas Ligotti. A la mayoría les he respondido lo mismo: no se trata de un autor del que uno pueda pegarse un «atracón» literario, sino que su obra ha de ser degustada muy poco a poco. Una sobredosis de Ligotti puede ser letal para el ánimo hasta del más nihilista de los lectores. En todo caso, y como ya ha transcurrido un tiempo más que prudencial, me decidí a traerte esta semana el capítulo III, en el que ya nos adentramos de lleno en la obra narrativa de este singularísimo escritor, para mí el mejor autor de terror desde que el genio Lovecraft nos dejara en una húmeda mañana de marzo de 1937. Y empezaremos analizando, como corresponde, la primera obra de Thomas Ligotti: un compendio de piezas de terror titulado Canciones de un soñador muerto. Además, haremos también un repaso a otra de sus colecciones, una especie de breviario o resumen de los grandes mitos del terror en literatura bajo el título La agónica resurrección de Victor Frankenstein y otros cuentos góticos. Sí: has tenido que esperar, pero como recompensa hoy te traigo un dos por uno.

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Canciones de un soñador muerto, seguido de La agónica resurrección de Victor Frankenstein y otros relatos góticos, de Thomas Ligotti. Valdemar, Madrid, 2019. 354 páginas

Canciones de un soñador muerto (Songs of a Dead Dreamer) se publicó originalmente en 1986. Se trata de un impresionante volumen de cuentos de horror en donde ya destaca la presencia de escenarios narrativos relacionados con lo grotesco, concepto mediante el cual Ligotti daría una vuelta de tuerca al género y que ya analizamos en la primera entrega de este monográfico. Dividido en tres partes («Sueños para sonámbulos», «Sueños para insomnes» y «Sueños para muertos»), todos los relatos de este volumen están impregnados de una extraña atmósfera de pesadilla. A medida que las narraciones se desgranan, el lector irá encontrando una serie de puntos en común o motivos literarios que se repiten y que otorgan una muy interesante línea de continuidad, a pesar del carácter eminentemente unitario de cada una de las piezas. Uno de estos motivos literarios es el del muñeco, marioneta o maniquí, utilizado por Ligotti como una representación falaz de la humanidad, o incluso como una alegoría del muerto o del durmiente. La simbología se vuelve patente en relatos como «El sueño de un maniquí», «El doctor Voke y el señor Veech» o «Bebe a mi salud solo con ojos laberínticos», segundo capítulo de un relato en tres partes llamado «La trilogía del nictálope». Otro tema que se repite a lo largo del volumen, y que se volverá proverbial en la obra de Ligotti, es el de la mascarada, la farsa o la fiesta de disfraces. Encontramos unas trabajadísimas atmósferas de terror camuflado tras la protección de caretas y antifaces en relatos como «El mayor festival de máscaras» o la pieza «La mascarada de una espada muerta: una tragedia», cuyos tres capítulos («I. El rescate de Faliol», «II. La historia de los anteojos» y «III. Anima mundi») están ambientados en un colorido fandango de carnaval. Ligotti sorprende con una soberbia historia de vampiros llamada «El olvidado arte del crepúsculo», impresionante recreación del mito ambientada en una comarca francesa, y con un par de piezas que comienzan como lecciones sobre el arte de escribir relatos de terror para mutar, a mitad de camino, una de ellas en una escalofriante narración («Anotaciones sobre la narrativa de terror: un relato»), y la otra en una aguda reflexión cruzada entre narrativa sobrenatural y filosofía nihilista («Breves lecciones del profesor Nadie sobre el horror sobrenatural»). No deben dejar de mencionarse dos de los relatos más reputados del autor: «La secta del idiota» (lovecraftiano hasta la médula) y «El retozo», así como el infaltable cuento sobre libro maldito: «Vastarien», relato que cierra un volumen prodigioso.

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Máscara y marioneta: dos motivos literarios de primer orden en la narrativa de Thomas Ligotti

Thomas Ligotti consigue con este primer libro de cuentos sentar las bases estéticas de su discurso y una clara postura metodológica para el planteamiento del relato de terror, al que de alguna manera redefine en estructura. La lectura de estos relatos nos transporta a escenarios imposibles donde finalmente ocurre lo imposible, pero cuya relación de coherencia interna convierte al prodigio en un fenómeno absolutamente verosímil. Amparado por la visión difusa de las pesadillas, el concepto de «irrealidad» termina por arraigar en el entorno trastocado, cosa que permite al autor romper las barreras de «no probable» y convertir lo intangible en elementos de una peligrosa y estremecedora híperrealidad. En este nuevo escenario asoman todos nuestros miedos (los más íntimos, los más elementales, los más primigenios). El autor exige a través de símbolos y alegorías la inteligencia participativa del lector, quien en la mayoría de los casos arribará a las estremecedoras conclusiones del relato no en el momento exacto de la lectura, sino uno poco más adelante, cuando el material narrativo haya tenido oportunidad de germinar en sus capas de conciencia.

La editorial Valdemar decidió añadir a este primer compendio un pequeño breviario que el autor publicó originalmente en 1994: La agónica resurrección de Victor Frankenstein y otros cuentos góticos (The Agonizing Resurrection of Victor Frankenstein and Other Gothic Tales). Ligotti se ha mostrado como un consumado conocedor del horror literario, un lector atento y estudioso de los mimbres de la materia, condición que sin duda le ha permitido establecer las bases discursivas de su reinvención del género. En este pequeño resumen lleva a cabo un sentido homenaje a todas esas obras y autores que marcaron su trayectoria, y lo hace a través de reducidos cuentos apócrifos que otorgan continuidad a la historia de esos personajes de los que un día tuvimos noticias. Aquí veremos qué fue de las vidas (o muertes) del doctor Moreau de H. G. Wells, del Henry Jekyll de Stevenson o del Victor Frankenstein de Mary Shelley. También se hace un repaso a los grandes espectros o criaturas del horror literario, como Drácula, el hombre lobo o el fantasma de la ópera. En estas páginas nos rencontraremos con heroínas muy caras a los lectores de novelas góticas, como la Emily St. Aubert de Los misterios de Udolfo (Ann Radcliffe) o la institutriz sin nombre de Otra vuelta de tuerca (Henry James). Por último, Ligotti rinde homenaje a los dos grandes maestros del género: Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft, y lo hace mediante una pequeña antología de cada uno de ellos en las que revisitamos los inolvidables escenarios de relatos como «Ligeia», «William Wilson», «La caída de la casa Usher» o «La llamada de Cthulhu».

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Típica atmósfera ligottiana, en esta impresionante ilustración de Aeron Alfrey

Canciones de un soñador muerto es una obra maestra. Tenemos aquí un volumen de relatos que deja huella en lector gracias a la recreación enteramente literaria de una serie de atmósferas oscuras y apabullantes en las cuales Ligotti comienza a desarrollar su concepto de «horror grotesco» con toques filosóficos. Son relatos que narran mucho más de lo que dicen y que en numerosas ocasiones nos obligan a efectuar una peligrosa mirada introspectiva, tras la cual descubriremos con estupor que ese horror convertido en literatura siempre estuvo ahí, muy dentro de nosotros.

Por supuesto que volveré por aquí con más Thomas Ligotti, el gran reinventor del género de terror, un autor absolutamente necesario y que consiguió resucitar esa materia inane en la que parecía haberse convertido el horror literario. Gracias a su audacia creativa, el género camina hoy entre nosotros…, como si fuera una criatura revenida desde el sepulcro…

Clive Barker y el terror físico

A mediados de los ochenta del siglo pasado, y en medio de la vorágine del cine slasher y la cúspide del entretenimiento para la llamada «Generación Nocilla», surgió un autor llamado a revolucionar el género de terror en literatura. Esta deslumbrante aparición cobró su forma en seis volúmenes de relatos descarnados y viscerales en los que la esencia del horror eclosionaba en una impresionante paleta heterogénea de temas y motivos literarios. Se conoció a esa obra como los Libros de sangre, y con ella su autor, el británico Clive Barker, consiguió un lugar de privilegio en el panorama de la literatura de género. Hasta el propio Stephen King habló de él en términos muy auspiciosos, llamándolo «el futuro del terror». Algún día, por supuesto, hablaremos en este blog de los Libros de sangre, una de las compilaciones de relatos más fascinantes jamás pergeñadas. Lo cierto es que la consagración, tan rupturista como inesperada, de Barker, exigía la «graduación» que el mercado literario neciamente siempre impone (o casi siempre: véase el caso Thomas Ligotti, incorruptible hasta el final): la publicación de una novela. Así, dos años después, y como mandan los cánones, Barker nos presentaba su primera novela: El corazón condenado.

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Hellraiser. El corazón condenado, de Clive Barker. Hermida Editores, Madrid, 2017. 155 páginas

Conocida masivamente como Hellraiser, ya que dio origen a la adaptación cinematográfica de 1987 con ese título (dirigida por el propio Barker), The Hellbound Heart desgrana una atrapante y vertiginosa historia de terror haciendo gala de una asombrosa economía de medios y de una muy meritoria creación de atmósferas que fluctúan entre lo real y lo onírico, con el terror físico como hilo conductor de la trama. Frank Cotton, un hombre cruel y despiadado, y siempre en busca de placeres y sensualidad extrema, se apodera en uno de sus muchos viajes a lugares exóticos de un extraño cubo de madera de fabricación francesa, y elaborado bajo el enigmático diagrama de las cajas chinas. Tras resolver su apertura, Frank tiene acceso al mundo paralelo de los cenobitas: unas deidades tangibles y descarnadas cuyas anatomías se desuellan y despedazan merced a una profusión de clavos, anzuelos, ganchos, cadenas y objetos punzantes de todo tipo. Frank accede por propia voluntad al mundo caótico y demoniaco de los cenobitas, y es absorbido hacia este universo de sufrimiento en una de las habitaciones de la primera planta de su casa… Una casa cuya heredad comparte con su insulso hermano Rory, quien al año siguiente se muda allí con su esposa, la bella, sensual, hambrienta e insatisfecha Julia, clandestinamente enamorada del salvaje Frank. La tímida y frágil Kristy, antigua amiga de los hermanos Cotton y enamorada en secreto de Rory, completa el cuadrángulo amoroso que pone en marcha la trama de la novela. Esta centra su aparato resolutivo en los intentos de Julia por rescatar a Frank de las garras de los cenobitas alimentándolo con carne, sangre y tejidos de ciertas víctimas ocasionales a las que «caza» en oscuras expediciones de femme fatale. Mientras tanto, Rory y Kristy se verán arrastrados al vórtice de terror, asesinatos y baños de sangre en el que se ha convertido la casa de Lodovico Street.

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Imagen de un cenobita. Fotograma de la mítica película Hellraiser (Reino Unido, 1987), dirigida por el propio Clive Barker

La novela está montada sobre una estructura simple: escenario con cuatro personajes y apariciones ocasionales de los cenobitas. Barker juega con sus personajes como si fueran marionetas sobre un tablado y basa toda la premisa narrativa en la interacción entre ellos. El terror que impregna la novela no es nada sutil; por el contrario, se expresa mediante descripciones implícitas y de un naturalismo lúgubre y deliciosamente macabro: son disecciones de una realidad que se deshace a través de la propia carne en descomposición, de los masivos derramamientos de sangre, de un concepto fluctuante de la destrucción y resurgimiento de la existencia a través de la conjunción celular. A pesar de la presencia de inevitables sortilegios e invocaciones, todo el proceso místico deriva en el rejunte o la separación de la carne, conceptos que Barker ya había manejado muy bien en los volúmenes de relatos arriba citados. El resultado es una novela de violencia explícita y sin tabúes, y en la que el sexo, la muerte, el deseo y la sensualidad conviven en un estrecho espacio de apenas ciento cincuenta y dos páginas.

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El polifacético Clive Barker (1952-)

Clive Barker nació en Liverpool en 1952 y estudió Inglés y Filosofía en la universidad de esa ciudad. Como decíamos, hizo una ruidosa aparición en el panorama de la literatura de terror con sus magistrales y aclamados Libros de sangre (1984-1985). Después, por suerte o por desgracia, se pasó a la novela: El juego de las maldiciones (1985), El corazón condenado (1986), Sortilegio (1987), Cabal (1988) y El gran espectáculo secreto (1989). A partir de Imajica (1991), Barker abandonaría la senda del terror puro y su temática se fusionaría con una especie de fantasía oscura. Aunque para muchos esta última es su obra maestra, personalmente soy de los que piensan que Barker nunca ha podido superar en audacia y originalidad el contenido de sus Libros de sangre, compilaciones que vienen a reforzar mi teoría (no porque la haya formulado yo, sino porque creo en ella) de que el género del horror casi siempre se adapta mejor al relato que a la novela. Barker también ha escrito obras de no ficción y piezas de teatro, y se ha mostrado como un competente artista plástico y director de cine, facetas que no analizaremos aquí… A día de hoy se ha convertido en un autor de culto, una de las referencias ineludibles entre los fomentadores del terror durante la segunda mitad del siglo XX.

Hellraiser es una novela de una sentada en la que puedes degustar la habilidad de Clive Barker para la narración sustentada en el terror físico y visceral, y en cuya ejecución se ponen de manifiesto los más bajos instintos humanos en combinación con peligrosas fuerzas infernales. Una novela que marcó un hito en la literatura de terror de los ochenta.

Ratonera

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La amenaza está fuera, allí donde mueren las tinieblas y reina la luz. Ahí es donde está él, esperando una oportunidad para aniquilarme. El hambre acucia, y este encierro prolongado no hace sino profundizar el pánico y la incertidumbre. Las noches son lo peor: oscuro por dentro y por fuera, me pregunto si estará durmiendo, cosa que dejaría el terreno despejado para una posible huida o quizá —audacia extrema— para una excursión hacia las provisiones.

Pero ¿y si padece de insomnio? ¿Y si esas noches de borrachera e inquietud no fueron tan solo episodios aislados? ¿Y si toda la frustración que inunda su realidad se transmutara en furia incontrolable hacia cualquier presencia molesta aquí, en sus dominios?

La amenaza no la representa solo él, sino también el soberbio felino, las trampas y cepos, los rincones envenenados, la visita de los fumigadores.

Quieren cazarme. Quieren aniquilarme. Se han complotado para acabar con mi vida. Lo sé. Lo siento en mi piel erizada, en la sensibilidad de mis oídos y mis bigotes, en mi agudizado olfato de presa acorralada.

Mientras tanto, espero, agazapado en mi agujero de tinieblas y humedad, rogando por una supervivencia que, desde siempre, considero imposible y quimérica…

El mundo empieza a conocer a Shirley

Es evidente que la figura de Shirley Jackson, tan admirada y venerada en este pequeño blog, se ha puesto de moda. A la realización de la dispar serie La maldición de Hill House del año pasado —conceptualmente meritoria, aunque totalmente alejada del contenido de la novela original— se suma el estreno mundial, este fin de semana, de la película Shirley. Me ha parecido un film un tanto irregular, y en el que no terminan de definirse las claves biográficas que uno espera ver en un biopic de la autora. En todo caso, no es mi intención hablar aquí ni de la serie ni de la película, sino una vez más de la escritora y de su obra.

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Shirley, película de Josephine Decker sobre la vida de la autora Shirley Jackson (2020).

Los que nos movemos en el género de terror conocemos desde hace años a Shirley Jackson. En mi caso particular, puedo hablar de una especie de amor a primera vista… o amor a primera lectura, como sería más apropiado decir. Leí La maldición de Hill House a los dieciocho años y viví un momento de revelación. El contacto con esta novela me enseñó un nuevo concepto del manejo de la materia terrorífica: el del horror psicológico, que viene sustentado en la narración por la carga psíquica que arrastran los personajes, en prodigioso equilibrio de combinación con la propia energía de la casa maldita. Pero ya he hablado antes de esta novela en este blog, y puedes acceder al post pinchando aquí.

La editorial Minúscula, de Barcelona, se está encargando de desenterrar la obra de Shirley Jackson a través de las magníficas traducciones de Paula Kuffer. Hasta hace poco tiempo solo teníamos acceso a la edición de Valdemar de La maldición de Hill House, sin duda la obra maestra de la señora Jackson, y a alguna versión suelta de su gran relato «La lotería». Ahora, gracias al trabajo de Minúscula, podemos disfrutar de una nueva edición de La maldición de Hill House, de buena parte de su trabajo ensayístico en Deja que te cuente, de un caudal interesante de sus relatos en Cuentos escogidos y, gracias a todos los dioses, de su última novela, una maravilla titulada Siempre hemos vivido en el castillo, la escalofriante narración de dos hermanas, una casa desolada, una familia muerta por envenenamiento, unas tazas de té y un poco de cianuro.

No sé hasta qué punto el estreno de la película y la masificación de la serie sobre Hill House funcionarán a modo de trampolín para la reivindicación de la obra de esta autora, injustamente olvidada durante tanto tiempo. Quienes venimos siguiendo sus pasos desde hace años estamos de enhorabuena, ya que todo el disfrute que nos ha brindado con su narrativa empieza a estar ahora al alcance de todos los lectores. Durante años su nombre obtuvo cierta celebridad solo gracias a la mención que de su influencia hacían algunos autores contemporáneos de mucha fama, especialmente Donna Tartt, Richard Matheson y Stephen King. Era entonces cuando nos preguntábamos quién era esa señora Jackson a quienes todos tenían como referencia, y cuáles habían sido las bases de su trabajo. En el mundo hispanohablante no teníamos otra opción que no fuera releer una y otra vez su Hill House, sensación muy placentera pero que siempre nos dejaba con ganas de más. Ahora solo nos queda esperar que Minúscula dé un paso más y nos traiga Hangsaman, su primera novela, de 1951 (y en cuya composición se basa el argumento de la película estrenada este viernes) y The Bird’s Nest, de 1954. Probablemente dentro de un tiempo ya se trate de una autora reconocida por todos, lo cual no dejará de ser un espaldarazo para nuestro querido género oscuro.

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Elisabeth Moss interpretando a Shirley Jackson en Shirley (Josephine Decker, 2020).

Un día de estos me pasaré por aquí para comentarte detalladamente algunas obras más de nuestra amada Shirley Jackson. Por ahora solo quería plasmar aquí la felicidad que siento al comprobar el reconocimiento que empieza a tener la obra de una de mis autoras favoritas, de una de mis influencias más directas. El mundo por fin empieza a conocer a Shirley; una reivindicación de su obra que, aunque tardía, no deja de ser una muestra de estricta justicia.

Renacer

Abres los ojos y todo es oscuridad. La tierra negra invade tus pulmones y no puedes respirar. Estás atrapado, obnubilado, deshecho. Vapuleado. Destruido. De repente surge una luz; no proviene del exterior, y por tanto no es un signo de salvación. La tienes dentro de ti y brilla como el primer día. Y te empuja. Y te mueves. Y reptas entre los laberintos de la penumbra y la sordidez. Hueles la luz al final del túnel. Anhelas llegar a ella y volver a respirar, y sientes por primera vez que puedes vencer a la oscuridad.

Culebreas y gritas, aunque tragues tierra húmeda y gusanos. Sientes que el fantasma de la Muerte y de la Oscuridad no te dejará salir, ya que es el guardián de tu prisión. Procura empujarte hacia abajo, nuevamente hacia la insana lobreguez del sepulcro. Hacia el olvido. Hacia la destrucción. Hacia la nada.

Abres los ojos y ves la luz, y sientes que has vencido. Tu mano anhelante asoma de entre la tierra removida y puedes por fin sentir el aire del exterior. La luz del exterior.

Has vencido a la oscuridad.

Es entonces cuando comprendes que no tenías otro destino que renacer.

Demasiado ego

—¿Ves esta pluma? Debes escribir sobre alguien a quien admiras. Alguien que por sus méritos merezca la pena ensalzar en un escrito.

—Yo. Yo soy digno de admirar. Soy un artista íntegro, incorruptible, auténtico. Poseo el don de la creación y lo alimento con trabajo y sacrificio, con tesón, con una voluntad inquebrantable. Hay otros que también lo intentan, pero sus proyectos son simples, superficiales, planos. Yo soy el único de todos ellos que busca y encuentra la profundidad, el origen y el destino. Estoy por encima de ellos. De todos. Por tanto, ¿a quién podría elegir para ensalzar en un escrito? A mí mismo.

—¿Ves esa tarima? Debes subirte a ella y hablarle al mundo acerca de alguien que pasará a la historia. Alguien que por su inferencia en el mundo de las artes ocupará un lugar de privilegio en la galería de los grandes creadores.

—Yo. Yo pasaré a engrosar la lista de los inmortales, de los olímpicos, de los inalcanzables. Destruiré a mis contemporáneos y aplastaré sus mínimos logros, su magra herencia artística, su insignificante legado. A fuerza de genialidades me abriré camino y me fabricaré un lugar entre los más célebres nombres de la creación artística. Y no solo eso: también los destruiré a ellos. Nada quedará de los antiguos dioses. Su tan laureada influencia se verá reducida a cenizas que se llevará el viento. El tiempo se rendirá ante mí. Yo seré el tiempo. Estaré por encima de los nombres y de las épocas. Por tanto, ¿a quién podría elegir para gritar su nombre al mundo entero? A mí mismo.

—¿Ves ese lienzo? Debes pintar en él la imagen de un genio inalcanzable, de unos de esos milagros de la naturaleza. De alguien cuya capacidad creativa lo haga comparable solo con Dios.

—Yo. Otra vez yo. Siempre yo. Soy el más grande creador que ha dado la humanidad. El más auténtico. El más prolífico. Un ente sobrehumano. La palabra «genio» se hace añicos ante mis creaciones, ante mis utopías, ante mis demostraciones de mayestática inventiva. Dios y yo. Dios y yo somos dos generales en el mismo campo de batalla. Él conduce sus tropas para intentar derrotarme: millones y millones de creadores que, no obstante, jamás podrán estar a mi altura. No podrían lograrlo ni aunando la fuerza de sus creaciones combinadas. Una sola de mis manifestaciones dejaría en ridículo sus ingentes esfuerzos, sus vanos trabajos. Las tropas de Dios: ingenuas y desbordantes de fe. Las mías: mis propias creaciones, monstruosas, gigantes, todo dientes y músculos. Dios y yo. Semejantes. Pares. Iguales en poder. Él creó el mundo. Puede que incluso me creara a mí. Pero yo he creado más que él. Y mejor. ¿A quién pintar, entonces, en esta tela, que merezca compararse con Dios sino a mí mismo? Yo. Mi rostro. Mis ojos vivaces. Mi gesto de superioridad ganada a pulso. Yo. Como ves, ya no hay nadie. Me pides que escriba sobre alguien. Que grite al mundo el nombre de alguien. Que pinte en una tela el rostro de alguien. No existe alguien. Existo yo. Alguien soy yo.

—¿Ves esa arma? Debes matar a alguien.

—¿Yo?

El filósofo en su torre

Una de las lecturas que más me ayudaron a superar el encierro producto del confinamiento fue el volumen de Cátedra que contiene los Ensayos completos de Michel de Montaigne. Hablamos de una obra fundacional, ya que se considera a Montaigne como el padre del ensayo como género en sí, y el fundador, junto con Descartes, de la filosofía moderna. Este volumen llevaba muchos años en mi estantería, y cada vez estoy más convencido de la verdad tras esa máxima que sostiene que las lecturas llegan a uno en el momento idóneo, y nunca antes o después. Las reflexiones, tan amenas, tan sinceras y al mismo tiempo tan profundas a nivel intelectual del gran filósofo francés sin duda hicieron que el tiempo de encierro fuera mucho más llevadero. Son lecturas que amplían muchísimo los horizontes reflexivos y que colaboran considerablemente en la asimilación de los hechos desagradables de la vida.

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Ensayos completos, de Michel de Montaigne. Cátedra, Madrid, 2003. 1117 páginas

Los Ensayos de Montaigne exhiben la completa desnudez emocional e intelectual de su autor. No están escritos en el estilo impersonal que sería característico de la filosofía posterior, sino que se trata de postulados en primera persona y totalmente autorreferenciales. Montaigne combina con enorme habilidad su gran bagaje de conocimientos —especialmente basado en autores latinos como Horacio, Claudiano, Lucrecio, Virgilio, Silio Itálico, Séneca y muchísimos más— con opiniones propias e incluso con experiencias personales. El estilo ensayístico es llano y sumamente cercano, elemento que acentúa la sinceridad y frontal exposición del autor. Pueden funcionar como resumen de su vida dedicada a la contemplación y el pensamiento, pero también como un compendio de sabiduría acumulada en pos del entendimiento de unos tiempos conflictivos y turbulentos: la Francia renacentista en la que le tocó vivir.

La imagen del hombre en su torre de sabiduría se hace patente, pues, a través del diálogo informal que Montaigne establece con su lector, y el alcance de sus preceptos se vuelve universal al referirse a cuestiones esenciales de la condición humana tales como la valentía, la nobleza, la solidaridad, la santidad, la fidelidad, el compromiso, la satisfacción de los deseos, la pervivencia de la esperanza, la desolación, la traición, el crimen, el poder… Temas, como puedes comprobar, muy vigentes también a día de hoy.

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Monumento a Michel de Montaigne en el Barrio Latino de París, justo frente a La Sorbona. Los estudiantes suelen tocar el pie derecho de la estatua para que les dé suerte en sus exámenes

La biografía de Montaigne es demasiado interesante como para comentarla someramente en este pequeño blog, pero así y todo te cuento que nació en el Castillo de Montainge, en Saint-Michel-de-Montaigne (cerca de Burdeos) en 1533. Vástago de una familia acomodada, ejerció diversos cargos públicos y diplomáticos en la Francia de finales del siglo XVI, una época convulsa y plagada de conflictos políticos y religiosos. En 1572, con treinta y nueve años, se recluyó en la torre de su castillo y dedicó los siguientes veinte años a la confección de sus inmortales Ensayos, bajo la premisa de responder a la pregunta «¿Qué sé yo?». Como decimos, a esta obra se la considera la piedra fundacional del género ensayístico, y de su autor de ha dicho que es «el más clásico de los modernos y el más moderno de los clásicos». Montaigne murió en su castillo en 1592, a los cincuenta y nueve años, y la posteridad lo ha consagrado como a uno de los más destacados filósofos y humanistas de la historia.

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Michel de Montaigne (1533-1592)

Es digno de destacar el magnífico trabajo de la editorial Cátedra en la edición de los Ensayos completos, en su impagable Colección Avrea. Este en particular cuenta con un magnífico aporte de Álvaro Muñoz Robledano, a cargo de las notas y de la introducción a los Ensayos, aparatos que considero fundamentales para conocer el contexto en el que fueron redactados y algunos rasgos de la personalidad de Montaigne que sin duda resultan muy influyentes en el corpus temático de la obra. Esta aparece dividida en tres grandes Libros y nos ofrece la totalidad de los ciento siete ensayos del autor, además de los veintinueve sonetos que compuso Étienne de La Boétie, poeta y amigo personal de Montaigne. Todo en un lujoso volumen de más de mil páginas.

Una magnífica lectura para cualquier tiempo, para cualquier época y para cualquier circunstancia. Una obra universal que manifiesta el pensamiento, el sentir y el vivir de un humanista y escéptico que, enclaustrado en la soledad de su torre, dio vida a estos Ensayos, un compendio de sabiduría que lo ha catapultado hasta la inmortalidad.

Literaturas del encierro VII: Goyen y el gótico sureño

Los que somos amantes de los relatos ambientados en el llamado Deep South norteamericano, y además adeptos al género oscuro, encontramos un placer lector sin igual en la obra de una serie de autores que han sabido desnudar las aristas más oscuras del alma humana en estos entornos tan particulares. Por supuesto que William Faulkner es el máximo exponente de esta literatura, pero al genio de Mississippi le han salido unos cuantos hijos literarios —más de los que podríamos contar aquí, realmente—. Entre sus compatriotas destacan Carson McCullers y Flannery O’Connor en narrativa, y Tennessee Williams en teatro; pero entre estos ilustres nombres es justo destacar el de un autor prácticamente desconocido para el gran público, pero cuya literatura exhibe una excelsa calidad: William Goyen.

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La misma sangre y otros cuentos, de William Goyen. La Compañía, Buenos Aires, 2011. 151 páginas

Goyen cultivó el cuento de vertiente gótica ambientado en el sur de los Estados Unidos mediante un estilo muy personal; adoptando puntos de vista inusuales, elabora en sus relatos un espejo de la sociedad sureña a través de sus miserias e inquietudes, para llegar a la formación de una visión globalizadora del espíritu humano. La violencia casi siempre está presente en sus narraciones, casi como un sustrato inevitable de todo acto humano y de su comportamiento en sociedad. El goticismo de sus relatos radica, por supuesto, en usos y costumbres propios del modo de vida sureño, en los que veremos la intervención de ritos vudús y supersticiones asociadas a la vida en los pantanos. Todo esto combinado con un agudo retrato de la humanidad en el que sobrevienen pasiones, impulsos e instintos incontrolables.

La misma sangre y otros cuentos incluye una magnífica selección de lo mejor de la narrativa breve de Goyen. Entre los cuentos compilados destacan el que da título al volumen, oscura y trágica historia de una maldición genética; «Preciada puerta», el que abre el libro, sobre la enigmática crónica de una supervivencia en medio de un cataclismo; «Zamour, historia de una herencia», en el que vuelve a hacerse hincapié en la maldición atávica; y «Si tuviera cien bocas», sin duda el más estremecedor de los cuentos aquí reunidos, una historia de violencia, incesto, linchamientos y descarnadas venganzas pasionales.

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William Goyen (1915-1983)

William Goyen nació en Trinity, Texas, en 1915. Vivió durante un tiempo en California, Nueva York y Europa, y posteriormente regresó a América, donde enseñó escritura en las prestigiosas universidades de Princeton y Columbia. El 1963 contrajo matrimonio con la actriz Doris Roberts. Durante años cultivó con maestría no solo el cuento, sino también la novela y el teatro. De sus obras cabe destacar Arcadio (Versal, 1991), La casa del aliento (Cátedra, 1993), Los fantasmas y la carne (Lumen, 1969), Ángeles y hombres (La Compañía, 2009) y sus Cuentos completos, editados por Seix Barral en 2012. Goyen falleció en 1983.

La misma sangre y otros cuentos es un excelente volumen de relatos que recrea lo mejor del Southern Gothic, un derivado del clásico gótico americano adaptado a las tierras de Mississippi, Tennessee, Alabama, Luisiana, Arkansas, Oklahoma, Texas y toda la franja sureña, tierra plagada de magia, misterios, racismo, pasiones familiares y una tradición soterrada de violencia que narradores como Goyen han sabido convertir en magnífica literatura. Ideal para estos tiempos de encierro forzado…

Literaturas del encierro VI: El Día del Libro… entre libros

Como sabes, el pasado jueves 23 de abril se celebró el Día del Libro. No hace falta que te diga que esta conmemoración obedece a la fecha en que murieron William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Sí, ambos murieron el mismo día del mismo año (1616), aunque se supone que Cervantes murió en realidad el 22, y se supone que tampoco es que murieran exactamente el mismo día, ya que uno fue según el calendario Gregoriano y otro según el calendario Juliano y bla, bla, bla… En fin, esa historia que tú tan bien conoces. Lo cierto es que para los que formamos parte de la comunidad literaria, es siempre un día muy especial. De vez en cuando coincide con el inicio de la Feria del Libro en nuestra ciudad, o en otras ciudades que tengamos oportunidad de visitar, respondiendo a una invitación. También suele ser jornada de firma de ejemplares en alguna librería, aparición en alguna radio, eventos de ese tipo. En mi caso particular, también tuve oportunidad de conmemorar mi primera década como escritor publicado, ya que mi primer libro, Orlando Brown, se presentó en sociedad un 23 de abril de 2010.

Por supuesto, nada de todo esto ha sido posible este año, debido a esta situación de confinamiento tan particular que nos toca vivir. Y sin embargo, y por paradójico que pueda sonar, ha sido uno de los Días del Libro en los que más cerca me he sentido de la esencia misma de la literatura, y que no está relacionada tanto con el hecho de acudir a estos eventos sino con las tareas, mucho más puras y ascéticas, de simplemente leer y escribir. En anteriores entregas de esta obligada sección informalmente llamada «Literaturas del encierro» (sexta entrega, y contando) te comenté que había aumentado exponencialmente mis horas de lectura. La falta de comunicación con el exterior, la supresión de algunas distracciones outdoor y un mayor grado de concentración me han permitido llevar tres y hasta cuatro lecturas diferentes a la vez, algo que hacía mucho tiempo que no hacía. De esta manera, pude sentir el pasado jueves que esto era verdaderamente un Día del Libro como mandan los cánones: en el rincón, junto a la estantería de los libros, y sumergido en la magia de sus páginas.

Esta será una entrada breve, porque no quiero aburrirte desgranando esas lecturas simultáneas que estoy llevando a cabo. Te mostraré, eso sí, qué libros son, con la promesa de que pronto me pasaré por aquí para comentarte el resultado de estas lecturas. Porque estamos de acuerdo en que es una época dura e indeseada, y de incertidumbre absoluta respecto al futuro, pero también estaremos de acuerdo en que la literatura y el encierro siempre han sido buenos amigos. La reclusión, forzada o no, allana sin duda el camino para esa otra reclusión: la de la mente del lector en el embrujo que solo le proporcionan sus impagables horas de lectura.

En todo esto ando metido ahora mismo:

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Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki. Valdemar, Madrid, 2010. 860 páginas

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Poemas escogidos, de John Keats. Cátedra, Madrid, 2005. 213 páginas

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Cuentos completos, de Juan Carlos Onetti. Alfaguara, Madrid, 2014. 533 páginas

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Ensayos completos, de Michel de Montaigne. Cátedra, Madrid, 2003. 1117 páginas

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Zanoni, o el secreto de los inmortales, de Edward Bulwer Lytton. Valdemar, Madrid, 2015. 481 páginas

Por supuesto, nos vemos y leemos muy pronto por aquí.

¡Ah! Y feliz Día del Libro.

Literaturas del encierro V: Horacio Quiroga: el horror al límite

La lectura de un par de cuentos de Horacio Quiroga en el Taller de Escritura Creativa de Fuentetaja me empujó nuevamente a uno de sus volúmenes recopilatorios, en los cuales se destila la concepción del horror, la locura y la muerte que poseía el autor uruguayo. Pequeña ceremonia autodestructiva o un definitivo ejercicio de sadomasoquismo en tiempos de reclusión… Quizá, pero también el rencuentro con uno de mis grandes maestros en esto de la narración corta de terror; un autor al que conocí en la adolescencia y que me impactó como pocos. Un autor que se atrevió a llevar las sensaciones de horror y espanto de sus lectores hasta el límite.

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El síncope blanco y otros cuentos de locura y terror, de Horacio Quiroga. Valdemar, Madrid, 2017. 198 páginas

El síncope blanco incluye una más que interesante selección de cuentos de Quiroga. En todos ellos se pone de manifiesto la destreza del autor para el cuento corto «de efecto». La eficacia de sus narraciones consiste en la construcción de un estilo envolvente basado en la regularidad de sus frases y en un milimétrico vocabulario. La combinación de estos ingredientes impone al relato un ritmo ameno a la vez que hipnótico, y el efecto de su estética provoca un embelesamiento en el lector; embelesamiento que en ocasiones le impide percibir el estado creciente de la situación de horror que va originando la trama del cuento, que casi siempre desemboca en un final impactante, demoledor, lapidario, que deja totalmente aturdido y apabullado al lector. Quiroga practica lo que conocemos como “técnica de la curva ascendente”, que para ser más gráficos diremos que funciona como esos momentos álgidos de la montaña rusa: un ascenso lento que presagia una caída, y finalmente una brusca precipitación hacia los infiernos propios de la atmósfera de cada relato.

Hablando de infiernos: es incontestable el mérito del autor para crear un auténtico averno de pesadillas con elementos realistas y absolutamente terrenales. Sospecho que en la cercanía de los escenarios, y muchas veces en la ausencia total de elementos sobrenaturales, es donde triunfa el horror total de los cuentos de Quiroga. El autor se aferra a la insignificancia del ser humano ante las contingencias de la vida, y apela como motivo literario a los accidentes fortuitos que nos acechan tras cada esquina o en nuestra misma casa, para así evidenciar la delgadez de la capa que separa nuestra existencia cotidiana de un infierno en vida. Toma cuatro o cinco elementos de la realidad más simple y los convierte en un disparadero del horror, como queda de manifiesto en cuentos tan abrumadores como «El hijo», «El perro rabioso», «El puritano» o «La gallina degollada», en mi opinión su obra maestra definitiva. En otros casos, como en «El síncope blanco» o «Los guantes de goma», recurre a escenarios ilusorios tanto o más terroríficos que los tangibles. Todos sus cuentos, en todo caso, siempre están acechados por la desgracia permanente, por la amenaza de una tragedia pendular que nunca desaparece. Entre los cuentos compilados en este volumen se encuentra también uno de los mejores relatos vampíricos jamás escritos: «El almohadón de plumas», una versión prosaica y casi zoológica del mito.

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Horacio Quiroga (1878-1937)

Horacio Quiroga fue un escritor maldito como pocos, y el paradigma absoluto del autor perseguido por la desgracia que buscó la forma de exorcizar sus fantasmas a través de la escritura. Nacido en Salto (Uruguay), el último día de 1878, viajó de joven a París y participó de la vida bohemia de Montevideo, hasta que accidentalmente provocó la muerte de su mejor amigo y tuvo que huir al litoral argentino. Allí, en compañía de Leopoldo Lugones, colonizó la región y practicó diversos empleos (maestro, cultivador de algodón, industrial del carbón, funcionario en el consulado uruguayo) y escribió numerosos cuentos naturalistas (recopilados en su magistral volumen Cuentos de la selva) y otros de un horror descarnado en donde se sublima la mayor de todas sus obsesiones: la muerte. Esta, junto con la locura, fueron los dos grandes fantasmas que persiguieron a Quiroga durante toda su vida, y que sin duda signaron y condicionaron la temática de su literatura, algo que le emparenta inevitablemente con su gran maestro, Edgar Allan Poe, el otro prototipo de escritor maldito y perseguido por la desgracia. Leyendo cualquier resumen biográfico de la vida del autor uno entiende el porqué de su obsesión: presenció el suicidio de su padrastro cuando tenía dieciocho años (se disparó con una escopeta en la boca justo cuando el joven Horacio entraba en la habitación), tuvo que afrontar la muerte de dos de sus hermanos en Chaco, a causa de la fiebre tifoidea, más la muerte accidental de su mejor amigo, Federico (había acordado un duelo con un rival; Quiroga estaba ayudándole a limpiar el arma y esta se disparó y mató a Federico instantáneamente)… En fin, una serie de infortunios que alimentaron su morbosa obsesión por la muerte, y que no podía acabar de otra forma que con el suicidio del propio Quiroga, que ingirió cianuro en la habitación de un hospital de Buenos Aires, al enterarse de que padecía una enfermedad terminal. Esto ocurrió el 19 de febrero de 1937.

Quiroga fue un autor que llevó las concepciones del horror terrenal hasta el límite. Como Poe y Baudelaire, descendió hasta los infiernos en vida y nos trajo de allí una mórbida crónica sobre el horror, la locura y la muerte en forma de una inmortal ristra de cuentos oscuros. Ideal para pasar el mejor peor rato de nuestras vidas, las colecciones del gran escritor uruguayo son una muestra de impresionante técnica narrativa, a la vez que un fresco siniestro del lado oscuro de la existencia.

Literaturas del encierro IV: el humor negro de Ambrose Bierce

La cuarentena está siendo para mí un tiempo de muchas relecturas y redescubrimientos. Me parece un momento ideal para volver sobre esos libros o autores que en su día me causaron especial impacto y que me prometí volver a leer más adelante, con más bagaje, más madurez, y habiendo explorado algunas otras vertientes del género al que pertenecen. El confinamiento me llevó, pues, a reencontrarme con un autor fundamental en la cronología del horror literario: el inigualable Ambrose Bierce.

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¿Pueden suceder tales cosas? Cuentos fantásticos completos, de Ambrose Bierce. Valdemar, Madrid, 2005. 443 páginas

¿Pueden suceder tales cosas? es, en mi opinión, la antología más completa que se ha publicado en España acerca de la narrativa de este autor. Sus páginas compendian la totalidad de sus cuentos fantásticos y ofrecen un muestrario exhaustivo de las capacidades de Bierce para los relatos de misterio, terror, suspense, horror sobrenatural e incluso surrealismo. Casi todos estos relatos, además de magistralmente diagramados y redactados, cuentan con el sello particular de Bierce: su afilada ironía, su perverso humor negro, su sagaz mordacidad y cierta amargura existencial que, durante su vida, le granjeó el singular mote de Bitter Bierce —el «amargo Bierce»—.

Bierce cultivó un estilo de escritura fino y elegante que utilizó para reflejar los grandes hechos aberrantes de la vida. En algunos aspectos, su línea temática se acerca a la del Horacio Quiroga más trágico y fatalista, aunque su estética arraiga en los modos del realismo anglosajón del siglo XIX. Su pluma se desliza y atraviesa escenarios macabros y situaciones sumamente funestas, y uno tiene la sensación de que la belleza de las palabras, en lugar de suavizar la siniestralidad de lo narrado, acrecienta en el lector las sensaciones de horror interno e intensifica su poder evocador gracias al influjo de unas descripciones muy trabajadas. Este estilo distinguido, refinado, en ocasiones casi aristocrático, aplicado a escenarios de matanza y oscuridad, produce un extraño contraste estilístico que resulta inevitablemente cautivador. Buena parte de su léxico satírico está compilado en su monumental Diccionario del Diablo (1906).

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La mítica ciudad de Carcosa

Entre las obras reunidas en este volumen se cuentan piezas maestras como «La muerte de Halpin Frayser», «Una noche de verano», «Una carretera iluminada por la luna», «El famoso legado de Gilson», «Los sucesos nocturnos en el Barranco del Muerto», «El hombre y la serpiente», «El dedo corazón del pie derecho», «El funeral de John Mortonson», y colecciones de cuentos más breves en torno a una temática determinada, como «Algunas casas encantadas», «Soldadesca de pueblo» y una de sus obras más reputadas: «El clan de los parricidas», pequeña compilación con la que se cierra el volumen. De más está decir que el tomo incluye también la obra más emblemática de Bierce: «Un habitante de Carcosa», relato en el que se nombra por primera vez el mítico emplazamiento ficticio que se convertiría en escenario de culto para otros escritores del género, especialmente Robert W. Chambers.

Bierce es un autor imprescindible en la historia del terror y uno de los más destacados de la llamada «Transición», junto con Machen, Blackwood, Hodgson y el propio Chambers. Fue uno de los que allanó el camino para la revolución total que plantearía H. P. Lovecraft años después. En cuanto a su vida, fue tan azarosa como muchas de las tramas de sus cuentos. Nació en Meigs, Ohio, en 1842. Apenas pasada la adolescencia —durante la cual tuvo relaciones con una mujer de setenta años— ingresó en la Escuela Militar de Kentucky. Su oficio en las armas lo llevaría a participar en la Guerra de Secesión (1861-1865), experiencia de la cual extrajo su desgarrador volumen de relatos titulado Cuentos de soldados y civiles (1891).  Tras la guerra se casó y tuvo tres hijos, y comenzó una fructífera y muy longeva carrera periodística en la que pronto destacó por la acidez de sus artículos. Vivió una temporada en Londres, pero regresó a Estados Unidos y se instaló en San Francisco y más tarde en Washington. Su desaparición representa uno de los episodios más enigmáticos en la historia de la literatura, ideal para alimentar la curiosidad de los fanáticos y la fascinación de los fetichistas: en 1913, Bierce —por entonces con setenta y un años— viajó a México para participar activamente en la Revolución de Emiliano Zapata, Pascual Orozco y Pancho Villa, se supone que en compañía de tropas rebeldes. Lo cierto es que, una vez se internó en territorio mexicano, se esfumó y nunca más se supo nada de él

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Ambrose Bierce (1842-¿1913?)

El horror en la literatura siempre ha tenido muchas caras y diferentes facetas temáticas y estilísticas, casi todas ellas en pos de un mismo objetivo: producir estremecimiento en el lector y acercarlo a los abismos de oscuridad inherentes a toda existencia. El talento de Ambrose Bierce alcanza con los relatos de este volumen una de las cimas indiscutibles del género; un género que practicó con elegancia y soltura, y que nos lega algunas de las imágenes literarias más estremecedoras y sugestivas.

Literaturas del encierro III: los contadores de historias

Son abundantes las reflexiones en las que cae uno en estos tiempos de cambio histórico e incertidumbre. La mayoría de las veces propiciadas por la lectura, cuyo tiempo uno multiplica para que llene las horas de vacío; otras veces, por el propio empuje del pensamiento, que busca la forma de arribar a alguna conclusión, a alguna respuesta en medio de tanto caos y estupor.

Y esta es una de las conclusiones que he podido alcanzar durante estas semanas: el instinto del narrador, el instinto del contador de historias, afortunadamente se muestra inmune a la pandemia y casi a cualquier otro tipo de contrariedad. Finalmente, habrá que certificar la frase que con exclusiva genialidad pronunció una vez el gran William Faulkner: lo único que puede acabar con el verdadero escritor es la muerte.

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William Faulkner

Muerte, en alguna medida, es lo que ha traído la pandemia. No hablo únicamente de todos aquellos que por desgracia han sucumbido y sucumben día a día a sus efectos, sino a otro tipo de muertes: la muerte de cierto tejido socioeconómico, de algunas de nuestras costumbres, de unos pocos o muchos flecos de nuestro estilo de vida, quizá de nuestro sistema de convivencia tal y como lo conocíamos. Todo eso está por verse. Lo cierto es que durante estos días no puedo dejar de sentirme afortunado, privilegiado, de alguna manera a salvo de la gran calamidad que supone este envite del destino.

En nuestros Talleres de Escritura Creativa de Fuentetaja hemos implementado un sistema de videoconferencia para seguir llevando adelante nuestras clases con la mayor normalidad posible. No lo había comentado hasta ahora en el blog porque quería dejar que el experimento se desarrollara durante algunas semanas, para solo entonces glosar el resultado. Y esa sensación de suerte en la desgracia me llega porque no solo gracias a esto puedo seguir manteniendo a flote mi profesión y desarrollando mi carrera literaria, sino porque hemos descubierto en nuestras clases que el instinto de contadores de historias es también lo que mantiene con vitalidad nuestros espíritus abrumados.

La cuestión es casi antropológica. ¿Qué hacían nuestros antepasados en la antigüedad cuando una calamidad, una peste, una tormenta, la presencia de un animal salvaje o cualquier otra amenaza del exterior los obligaba a recluirse en sus cuevas? Se juntaban alrededor de una hoguera, y los más hábiles en invención y creatividad contaban historias a los demás. El origen de la literatura está ahí, el desarrollo de ese instinto de contadores de historia tuvo su génesis en esos momentos tan complicados. Hoy, con la pandemia en las calles y ante la obligación del confinamiento, tengo la sensación de que eso es precisamente lo que hacemos con los talleristas en nuestras clases a distancia: nos juntamos a un horario determinado y nos contamos historias. Y debatimos, y compartimos nuestra narrativa, y analizamos los resultados y hablamos de literatura, y aprendemos y nos evadimos. Es nuestro espacio; lo cuidamos y lo protegemos, y no estamos dispuestos a perderlo por nada del mundo. No hay pandemia ni virus que afecte a nuestra voluntad de contar historias, de hacer literatura, de cautivar a otros con nuestra narración.

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Esta es una carta de agradecimiento desde el encierro: con todo mi corazón agradezco a todos los talleristas que siguen confiando en nuestros encuentros, que se conectan con su cámara y comparten conmigo y con el resto el fruto de esa semana de trabajo y lecturas; un trabajo al que a veces obstaculiza la desgracia presente o el esquivo plan de futuro, pero que siempre está ahí. Por su voluntad, su predisposición, por las ganas que siempre muestran. De verdad: muchísimas gracias a todos. Y también, por supuesto, a la academia Fuententaja por la importante inversión que ha hecho en la plataforma de videoconferencia, ese elemento tecnológico que nos mantiene cerca y que nos iguala, de alguna manera, con nuestros antepasados, esos contadores de historias que vencían cualquier tipo de adversidad.

Sé que son tiempos muy complicados para mucha gente; para casi todos, en realidad. Y tal vez se trate de que soy un optimista incorregible, o simplemente sea cosa de sentirme feliz porque esta pandemia inesperada no ha podido separarme de lo que más amo en este mundo, además de mi familia: mi instinto de narrador, mi voluntad de trabajar, mis horas de lectura y escritura, mis horas de enseñanza, el contacto con los alumnos, el placer de desarrollar este oficio que tanto me llena.

Ojalá que todo esto pronto quede atrás y que, de alguna manera, podamos volver a ser los que éramos. Mientras tanto, sé que podré perderme entre letras; es en ese lugar donde más seguro me siento. Es ahí donde sé que puedo enfrentarme a lo que sea. Y vencerlo.

Literaturas del encierro II: Historia universal de la infamia

Literatura de altísimos quilates para tiempos de confinamiento. A la vez una muestra meridiana de la capacidad del maestro Borges para el relato breve y un repaso por un amplio crisol de culturas y civilizaciones, la Historia universal de la infamia ha sido desde siempre uno de los volúmenes más queridos por todos los que veneramos al viejo Inquisidor. En tiempos en donde el futuro se presenta como un talismán incierto y difuso, la visión universal de este verdadero animal de la literatura oferta un panorama abigarrado y multiforme de la humanidad a través del cual es posible arribar a una mayestática conclusión: el mundo, más o menos, ha sido y seguirá siendo lo mismo: un conjunto caótico de situaciones y consecuencias que cada cierto tiempo lo llevarán a tambalearse al borde del abismo, sin terminar de despeñarlo del todo.

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Historia universal de la infamia, de Jorge Luis Borges. Alianza, Madrid, 1997. 144 páginas

A través de conspicuas biografías de personajes (reales o no) y de situaciones y reminiscencias culturales, Jorge Luis Borges emplea toda su vocación de cuentista para regalarnos siete piezas deliciosas que, con gran humildad estructural y economía de medios, abarcan las más diversas culturas y épocas de nuestro querido mundo. Así,  en «El atroz redentor Lazarus Morel» viajamos al corazón del Mississippi y al contrabando de hombres de color en el tórrido Sur profundo de los pantanos y lodazales. Con «El impostor inverosímil Tom Castro» asistimos a la jocosa relación de una suplantación imposible, con campañas de desprestigio y augustas damas aristocráticas y llorosas. «La viuda Ching, pirata» nos traslada al mundo corsario oriental y a la historia de una de las más destacadas piratas chinas y su caída ante las tropas imperiales. Con «El proveedor de iniquidades Monk Eastman» nos trasladamos a los barrios bajos de Nueva York y al mundo gansteril de puños de hierro y malevaje, de lupanares y sordos homicidios en callejones. Una simpática postal del far west nos llega a través de «El asesino desinteresado Bill Harrigan», que no es otro que el famoso Billy the Kid; a través del relato asistimos a su caída ante las balas justicieras del sheriff Pat Garrett. «El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké» nos devuelve a oriente, en este caso al Japón feudal, para ofertarnos la mítica historia de la venganza de los cuarenta y siete samuráis, tan socorrida en la cultura japonesa —especialmente en el celuloide— durante el siglo XX. Finalmente, «El tintorero enmascarado Hákim de Merv» nos ofrece una vieja leyenda musulmana, cuya cultura, bien sabemos, siempre fue carísima a la estética borgiana. El volumen continúa con un relato ficticio y totalmente magistral: «Hombre de la esquina rosada», uno de los tantos cuentos del maestro que centra su eje temático en la cultura del gaucho, el puñal, la taberna y los duelos, una cultura cuyo paradigma encontramos en las páginas del Martín Fierro. Para terminar, un breve apéndice llamado «Etcétera», donde Borges relata seis pequeñas fábulas extraídas de otras tantas leyendas, algunas de ellas de su adorado Las mil y una noches.

Historia universal de la infamia fue el primer libro de cuentos publicado por Borges, en 1935. Para entonces ya habían visto la luz tres de sus volúmenes de poesía —Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929)— y cinco de sus libros de ensayos —Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926), El idioma de los argentinos (1928), Evaristo Carriego (1930) y Discusión (1932)—. Conociendo el carácter perfeccionista de Borges para el cuento de ficción, no es de extrañar que su primer libro de relatos tardara tanto en llegar, aunque las piezas incluidas en este volumen ya habían sido publicadas en el diario Crítica entre 1933 y 1934. En cualquier caso, la riqueza del lenguaje y la apabullante profundidad léxica y simbólica que alcanzan algunos pasajes lo revelan como un escritor prodigioso, un verdadero superdotado de la palabra. Como siempre, la urdimbre de la ficción borgiana se teje mediante el inabarcable bagaje cultural, la bibliofilia sin límites, en anchuroso caudal de lecturas y la reinterpretación de las claves universales mediante el filtro de las palabras y el lenguaje.

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Portada de la primera edición de Historia universal de la infamia (Editorial Tor, Colección Megáfono, 1935)

Cabe aclarar que aunque muchos de estos cuentos están narrados en clave ensayística, casi como si se trataran de auténticos testimonios históricos, el arbitrario retoque de hechos, fechas y lugares hace que deban considerarse como historias ficticias. La convicción narrativa de Borges nos lleva a, en cualquier caso, adoptar una postura de docilidad absoluta ante la verosimilitud de los hechos. Este será un rasgo característico de toda la obra cuentística de Borges: sus técnicas de verosimilitud son materia de estudio obligada en academias y cursos de escritura creativa (y quienes me soportan en el Taller de Escritura Creativa de Fuentetaja pueden dar sobrada fe de esto).

Como suele ocurrir con todos los libros de Borges, Historia universal de la infamia es un libro que no solo no envejece, sino que con cada lectura uno siente que se aproxima cada vez más al concepto de «modernidad» en literatura, si es que tal cosa existe. El fondo cultural que uno va adquiriendo entre una lectura y otra ofrece cada vez un prisma distinto, aunque la esencia narrativa siempre está allí, asequible para cualquier tipo de lector. La estética borgiana cobra forma de relato de ficción, y a partir de entonces se irá perfeccionando en futuros volúmenes, en aquellos libros míticos que son un dechado de perfección estética e inmejorable hacer narrativo —especialmente Ficciones (1944) y El Aleph (1949)—. A propósito de la estética borgiana, te dejo aquí un enlace donde analizo este concepto en referencia a toda la poesía del maestro (tan solo pincha aquí).

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Jorge Luis Borges en 1951

El mundo sumergido en la infamia y la iniquidad; entonces como ahora, siempre es necesaria una reinterpretación y una reflexión acerca de los hechos que, en su caótico devenir, en ocasiones pueden generar un orden establecido que, como se está demostrando, resulta totalmente ilusorio.

Y Borges ya lo sabía, claro.

Literaturas del encierro I: Desde mi celda

Sí, estamos confinados. Y por supuesto, la literatura está siendo mi mejor y casi único paliativo para combatir la incertidumbre y perplejidad de estos días que nos toca vivir. También supone una oportunidad excelente para escudriñar esos niveles de la biblioteca personal que uno muy pocas veces visita, y profundizar en los tesoros que anidan allí desde hace tiempo, a la espera de su tiempo de lectura. Entre todos esos compromisos pendientes encontré un título que, por su aparente semejanza con la situación actual, me atrajo inmediatamente; y sumergirme en su lectura y disfrutarlo hasta el punto final fue cosa de una sola e intensa jornada de lectura. Hablo de una obra singular de Gustavo Adolfo Bécquer, más allá de sus célebres Rimas y Leyendas. Me refiero a un conjunto de cartas que el autor sevillano redactó desde la soledad, el encierro y el aislamiento producto de una enfermedad, y que se han compilado bajo el título Desde mi celda.

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Desde mi celda, de Gustavo Adolfo Bécquer. Cátedra, Madrid, 2002. 296 páginas

A finales de diciembre de 1863, Gustavo Adolfo Bécquer partió en compañía de su hermano Valeriano hacia la sierra del Moncayo —cadena montañosa situada entre Zaragoza y Soria— para restablecerse de sus enfermedades: tisis y tuberculosis. Por entonces articulista en nómina del periódico madrileño El Contemporáneo, se comprometió con la redacción a enviar una serie de cartas que se publicarían entre mayo y octubre de 1864. Bécquer escribió las primeras ocho cartas en Tarazona, en el monasterio de Veruela, en cuyas celdas vivió durante aquel invierno y principios de la primavera. La novena carta la escribió ya en Madrid, aunque ese mismo verano volvería a Veruela.

La Carta I, publicada en El Contemporáneo el 3 de mayo de 1864, narra el viaje del poeta desde Madrid hasta Tudela en tren, y desde allí a Tarazona en diligencia, y su posterior llegada al valle del Moncayo. La Carta II (12 de mayo) recoge una serie de reflexiones sobre el oficio periodístico y acerca de los agudos contrastes entre la urbe madrileña y los resecos y agrestes paisajes de Tarazona. Son dignos de destacar párrafos como el que sigue, de gran riqueza léxica y elegancia decimonónica:

Ya todo pasó. Madrid, la política, las luchas ardientes, las miserias humanas, las pasiones, las contrariedades, los deseos; todo se ha ahogado en aquella música divina. Mi alma está ya tan serena como el agua inmóvil y profunda. La fe en algo más grande, en un destino futuro y desconocido, más allá de esto, la fe de la eternidad, en fin, aspiración absorbente, única e inmensa, mata esa fe al pormenor que pudiéramos llamar personal, la fe en el mañana, especie de aguijón que espolea los espíritus irresolutos y que tanto se necesita para luchar y vivir y alcanzar cualquier cosa en la tierra.

La Carta III (5 de junio) glosa una serie de pensamientos de Bécquer sobre la muerte, y a través de ella elabora una regresión a la infancia; la visita del poeta a un cementerio abandonado impulsa estas reflexiones. La Carta IV (12 de junio) nos habla de la pérdida de la identidad española y reclama veneración y respeto por los clásicos; Bécquer referencia este declive de la idiosincrasia hablando de la «caída de murallas fenicias, romanas, godas o árabes», y advierte sobre una incipiente y peligrosa globalización —incluso en la inexistencia de este vocablo en su época—. La Carta V (26 de junio) narra una visita al Mercado de Tarazona seguida de una excursión al pueblo de Añón, del que Bécquer describe en detalle el carácter impetuoso de sus mujeres.

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La entrada al monasterio de Veruela en un dibujo de Valeriano Domínguez Bécquer, hermano del poeta

Tiene lugar, entonces, la redacción de las más populares de estas cartas, ya que su estilo narrativo las emparenta con el de sus famosas Leyendas. La Carta VI (publicada en El Contemporáneo el 3 de julio de 1864) narra la escalofriante lapidación de la tía Casca, conocida por todos como la «Bruja de Trasmoz». Para los que indagamos en el mundo de la brujería con fines literarios el nombre de este pueblo no nos es desconocido; su larga tradición en leyendas sobre brujas y hechicería, a la altura de Barahona y Zugarramundi, lo han convertido en el único pueblo maldito y excomulgado de España. Narrativamente hablando, se trata del episodio más álgido y vibrante de todo el libro. La Carta VII (10 de julio) cuenta el surgimiento del castillo de Trasmoz a través de una leyenda morisca. El relato está emparentado con la carta anterior ya que este castillo, una vez en manos aragonesas y abandonado a la incuria, se transformaría en sede habitual de los aquelarres de las brujas de Trasmoz. Resulta muy llamativa la descripción de cierto «libro prohibido» que se utiliza como elemento ritual para el levantamiento del castillo, y que Bécquer describe como «escrito en caracteres árabes, caldeos y siríacos». La Carta VIII (17 de julio) sirve como complemento a los dos relatos anteriores mediante la sencilla historia del cura Mosén Gil el Limosnero y su sobrina Dorotea, que establece un pacto con las brujas. Finalmente, la Carta IX (escrita en Madrid, y publicada en El Contemporáneo el 6 de octubre de 1864) narra la aparición de la Virgen de Veruela a uno de los notables de su época, episodio que derivó en la construcción del monasterio desde cuya celda Bécquer efectúa la redacción de sus Cartas. Es llamativa la descripción del paisaje durante la aparición de la virgen, y que el poeta compara con algunos de los cuadros de Murillo que decoran las capillas de la catedral sevillana.

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Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870)

Como era de esperar, el dominio del estilo romántico y la expresividad decimonónica de Bécquer alcanza aquí unas cotas estéticas que nada tienen que envidiar a sus magistrales Leyendas. De hecho, algunos de los relatos contenidos en este libro bien podrían sumarse a las narraciones de aquel. Bécquer asimiló la circunstancias de su aislamiento en las sierras del Moncayo elaborando un maravilloso fresco narrativo inspirado en los paisajes y las leyendas locales de que se vio rodeado durante ese periodo, legando una obra equilibrada que mezcla con gran habilidad el testimonio epistolar con una ficción ascética, muestras depuradas del alto vuelo de la imaginación del poeta sevillano. Una colección epistolar de muy grata lectura para estos días de claustro obligado en los que, gracias a la literatura y la reflexión, sin duda puede que encontremos muchos tesoros… En las estanterías de nuestra biblioteca personal, sí, pero también, quizá, dentro de nosotros mismos.

[Como sé que no puedes salir a la calle a por este libro, te dejo aquí un enlace a Cervantes Virtual, que ha tenido a bien digitalizar el contenido completo de Desde mi celda. Pincha aquí, y a por él].

El Capitán Trotamundos: un Coronavirus letal

Obviamente, en el mundo no se habla de otra cosa. Pero tú, que frecuentas este blog y me conoces bien, sabes que aunque el Armagedón caiga sobre nuestras vidas o se abran las fauces del infierno, yo intentaré seguir hablando solo de literatura. No se trata de dar la espalda a la realidad o de vivir en una burbuja; se trata, quizá, de buscar una vía de escape en ese refugio en el que siempre me siento a salvo de cualquier pandemia.

Y lo cierto es que hoy vengo a hablarte de una plaga mucho más letal —al menos por ahora— que la que ha desatado el COVID-19. Llevaba tiempo queriendo hacerle un hueco a esta novela en El Disparaletras®, y lógicamente no hay momento más apropiado que este. Porque la posibilidad de que una cepa de gripe se propagara sin control por la faz de la tierra ya la planteó el tío Stephen una vez, allá en las postrimerías de los setenta. Y, queriendo o sin querer, terminó por dar forma a una de sus obras maestras capitales: Apocalipsis.

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Apocalipsis, de Stephen King. Debolsillo, Barcelona, 2017. 1584 páginas

Una novela que se explica sola desde el título, claro está, pero en cualquier caso te la resumiré brevemente. Un virus gripal, originalmente creado como arma bacteriológica (hum…) se suelta sin control en una base militar americana. Su nombre es bastante más pintoresco que el de nuestro Coronavirus: es El Capitán Trotamundos. Se trata de un virus absolutamente letal, una cepa de gripe mutante que ataca el sistema inmunológico y que merced a su capacidad para metamorfosear termina con la vida humana en cuestión de unos pocos días, entre catarros, toses, estornudos, toneladas de mocos y glándulas inflamadas hasta la implosión. Otro dato importante: el factor de contagio asciende hasta un apabullante 99,4%. Lo que en un principio son unos pocos contagios pronto se convierte en una pandemia universal que, en el curso de un mes y medio, se cepilla a noventa y nueve de cada cien humanos. El mundo muy pronto queda devastado, y a las muertes ocasionadas por la súpergripe se suman los asesinatos y violaciones que el caos propicia, más los suicidios, ejecuciones sumarias y matanzas producto de la represión militar. El uno por ciento de la población superviviente comienza a organizarse en pequeñas colonias con un único fin: restaurar la civilización, ese vellocino de oro al que idolatran y al que intentan devolver a la vida, incluso sabiendo que el trazado del mismo camino y la reconstrucción de la misma ratonera tecnológica volverá a conducir a la humanidad a una nueva destrucción.

Apocalipsis es una de las novelas más ambiciosas que se han escrito en el ámbito del terror literario durante la segunda mitad del siglo XX. Stephen King la pergeñó hacia 1977, en plena crisis energética, y en busca de la continuidad del exitosísimo sendero que había iniciado con Carrie (1974), el Misterio de Salem’s Lot (1975) y El resplandor (1977). El problema fue que Apocalipsis (The Stand) resultó ser un manuscrito impracticable: más de mil doscientos folios, y cinco kilos y medio de peso. Doubleday, la editorial que publicaba a King por entonces, se negó a sacarla al mercado a menos que el autor le recortara cuatrocientas páginas. Stephen realizó la cirugía y en 1978 se publicó una versión «recortada» de la novela, que en España conocemos con el nombre de La danza de la muerte.

 

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La danza de la muerte (versión abreviada de Apocalipsis). Plaza & Janés, Barcelona, 1990. 864 páginas

Pero King, como fácilmente podemos imaginar, no se iba a quedar con las ganas. Hacia 1990 reconstruyó el manuscrito original, readaptó la línea cronológica para ambientar la historia a finales de los ochenta y sacó al mercado la novela en su versión completa y sin recortes. Yo me he leído dos o tres veces cada una de las ediciones, y sin duda prefiero la versión extendida. La historia no es distinta, sino que simplemente —y como bien aclara el propio King en el prefacio— en la versión larga «ocurren más cosas». En cualquier caso, La danza de la muerte es una novela que se puede disfrutar a las mil maravillas.

Siempre me ha parecido un prodigio de la planificación narrativa la primera parte de esta novela, es decir, la que narra la destrucción del mundo a raíz de la expansión del virus gripal. Stephen King maneja con mucha habilidad una enorme variedad de escenarios y vertientes narrativas, construyendo de esta manera el andamiaje de una gigantesca e inabarcable novela-río. La virtud principal consiste en el equilibrio que otorga a todos estos escenarios y a la profunda entidad de los personajes; esta hondura en el tratamiento de personal humano y entorno lleva a que el lector tenga siempre fresca la situación y el contexto narrativo. La segunda parte del libro, cuando se cuenta la reconstrucción y la guerra que pronto se desata entre «buenos» y «malos» también resulta interesante, pero de alguna manera aquí entramos en terrenos de novelística un tanto más convencionales, y el maniqueísmo del que el autor impregna toda la trama, con una clara divisoria que separa el bien del mal —más algún dogma religioso un tanto hiperbólico hacia el final— le restan al libro un poco de ecuanimidad: esa misma ecuanimidad que actúa durante los primeros tramos, cuando el virus se carga a todos por igual, sin distinción.

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Stephen King y su pantalla WANG, como siempre repleta de palabras

Apocalipsis es un absoluto logro del arte narrativo y una de las cimas en la obra de Stephen King. A lo largo de los años se ha convertido en una novela de culto y en una de las más reputadas creaciones del autor de Maine. Nos encontramos en estas más de mil quinientas páginas con un King pleno de energías y a punto de llegar a la cumbre de su fecundidad creativa, que siempre he creído que tuvo lugar hacia mediados de los ochenta. Hablamos de un escritor desatado, de una fuente inagotable de historias que hizo de la palabra escrita su forma de comunicarse con el mundo y de transmitir este tipo de inquietudes. Hoy, a más cuarenta años de su publicación, el mundo en el que vivimos enfrenta una situación pandémica que amenaza con convertirse en profecía. Mientras, entre las páginas de esta novela, el mundo encontraba un Apocalipsis casi definitivo…

El hombre de la piara

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Los cerdos se revolcaban tranquilamente en el barro de la porqueriza; era un magma de detritus, barro licuado y restos fecales. Me había aislado del grupo, embelesado en la contemplación de aquella acumulación de mugre y excrecencias malolientes.

El hombre surgió de allí mismo, de aquel fango roñoso en el que retozaba la piara. Primero apareció una mano, negra por el contacto con la pecina. Agitó un poco los dedos y buscó apoyo, como si pretendiera vencer el encierro de su prisión subterránea. No le resultó fácil encontrar asidero, pero de alguna manera consiguió aferrarse. Pronto apareció un brazo, y después el otro. Cuando tuvo la cabeza y medio torso al descubierto, abrió mucho la boca y aspiró una enorme bocanada del aire fétido que reinaba en la porqueriza. Pareció recuperar fuerzas; las suficientes, al menos, como para apoyar ambas palmas en el suelo inestable y, mediante un impulso vertical, terminar de salir.

Después, sencillamente, el hombre de la piara se dedicó a deambular por entre el barro de la pocilga, como si fuera un cerdo más. Hasta me pareció oír que emitía un gruñido. Estaba cubierto de mierda de la cabeza a los pies.

Medio mareado por el tufo insoportable que emanaba de aquel reino excrementoso, me alejé de la porqueriza en busca del grupo, sabiendo que nadie, nunca jamás, creería mi historia.

Un ser en el umbral… y un asiduo en las tinieblas

El sábado 29 se dio por concluida la campaña de crowdfunding para el lanzamiento del Proyecto Choose Cthulhu II, la segunda fase de adaptación de los «Mitos de Cthulhu» lovecraftianos al formato librojuego. La campaña resultó un absoluto éxito: del objetivo inicial de recaudación —22.000 euros—, se alcanzó la impresionante cifra de 65.284 euros, resultante del aporte de 570 patrocinadores. Las cifras son abrumadoras, pues hablamos de aproximadamente un 290% sobre la previsión inicial.

Ante estos números, lo primero es sin duda agradecer. Agradecerte a ti, querido lector o lectora, que te pasaste por la plataforma de Kickstarter para apoyar nuestro proyecto, porque ya nos conocías de la campaña anterior o porque el éxito de Choose Cthulhu llegó a tu conocimiento durante estos dos años en los que la fiebre cultista no ha parado de expandirse por España y el mundo. Es gracias a ti que se han desbloqueado tantos stretch goals y que este barco ha zarpado con tanto ruido hacia las costas de R’Lyeh, hacia las calles de Innsmouth, las granjas de Dunwich, las callejas nevadas de Kingsport…, o hacia el destino aciago de las celdas acolchadas del Manicomio de Arkham. Por tanto, en mi nombre y en el de todo el equipo de Choose Cthulhu: un «GRACIAS» enorme, capaz de abarcar eones y eones de locura.

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Pero más allá de los objetivos conseguidos, metas desbloqueadas y de todo lo que se viene —eventos, encuentros y mucho más—, toca hablar ahora de mis quehaceres en esta fase del proyecto. Es decir, de los relatos que me encargaré de adaptar al formato. Y son, para qué negarlo, dos de mis favoritos: «El ser del umbral» (The Thing on the Doorstep) y «El asiduo de las tinieblas» (The Haunter of the Dark).

«El ser del umbral» es un relato que H. P. Lovecraft escribió en 1933, y es el penúltimo de los «Mitos del Cthulhu». Llevará el número 12 de la colección. Narra la historia de Edward Pickman Derby, un joven apocado, sumamente inteligente e intuitivo, aunque corto de carácter, que comienza a sentir atracción hacia las ciencias ocultas y ciertas materias prohibidas. En su madurez, contrae matrimonio con Asenath Waite, una joven excéntrica que posee facultades mentales mediante las cuales es capaz de «usurpar» la personalidad de sus semejantes. Buena parte de estos poderes parece haberlos heredado de su padre, Ephraim Waite, un siniestro personaje emparentado con los Profundos de Innsmouth. Daniel Upton, el narrador de la historia, asistirá en primera persona al drama de su amigo Edward: una tremenda lucha de voluntades con su mujer, cuyo maligno espíritu se propone sobrevivir fagocitando la existencia de personas débiles de voluntad.

Este relato, una de las obras maestras del genio del Providence, posee una de las resoluciones más impactantes de todas las que podemos encontrarnos en los «Mitos». Es un relato en el que se invocan fuerzas relacionadas con los poderes prohibidos esenciales en la mitología lovecraftiana, y cuenta además con una particularidad, que ya otras veces he comentado: es prácticamente el único relato de Lovecraft en el que sobresale una personalidad femenina —aunque cualquier lector que se acerque a él puede comprender el motivo casi inmediatamente—. El departamento visual de Choose ya ha hecho pública las portadas de este libro, tanto en formato Vintage como en formato Deluxe, así que las comparto aquí contigo:

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En cuanto a «El asiduo de las tinieblas», se trata quizá del relato más especial de Lovecraft, y uno de los más queridos por los fans. El Solitario de Providence lo escribió hacia 1935, y resultó ser su trabajo de despedida, el último testimonio de ficción escrita que nos legó el gran maestro —recuerda que moriría en marzo de 1937—. Llevará el número 11 en la colección Choose Cthulhu II. Este relato recrea la vida y muerte de Robert Blake, un poeta que se muda a Providence y que tiene acceso al misterio que se oculta en la renegrida y siniestra iglesia de Federal Hill, a la que contempla embelesado desde la ventana de su habitación. Impulsado por una mórbida curiosidad, Blake accede clandestinamente a la iglesia y descubre buena parte del misterio que se esconde allí: los restos de una oscura cofradía de nigromantes, el esqueleto de un periodista muerto hace cincuenta años y, lo más importante, un talismán con el que, involuntariamente, invoca al Morador de la Oscuridad, un lúgubre amuleto conocido como el Trapezoedro Resplandeciente. Este objeto supone la puerta de acceso para una de las criaturas más temibles de toda la mitología lovecraftiana: Nyarlathotep, también llamado «El caos reptante». Blake, a partir de entonces, deberá mantener iluminado el entorno de la iglesia; en caso contrario, la criatura irá a por él…

Sin duda una forma inmejorable de terminar su carrera y de coronar un ciclo de relatos magistrales, «El asiduo de las tinieblas» siempre ha sido uno de mis relatos lovecraftianos favoritos, y supone un maravilloso reto desmenuzarlo y volver a montarlo con las opciones y bifurcaciones que reclama el formato librojuego. La pieza forma parte de una trilogía informal, junto con dos relatos de Robert Bloch, sobre la que escribí hace tiempo en El Disparaletras® —pásate a verlo pinchando aquí—. Casualmente, aquel artículo fue el pistoletazo de salida de este blog, allá por octubre de 2018.

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Nyarlathotep, «El caos reptante»

Bueno, como comprenderás, tengo mucho trabajo por delante, así que de momento me despido y me pongo manos a la obra. Tú quédate por aquí, frotándote las manos y a la espera, que se están cociendo a fuego lento no solo estas, sino también el resto de las historias lovecraftianas en librojuego que conforman Choose Cthulhu II, un apasionante proyecto que no podría haber sido realidad sin tu apoyo incondicional.