Función teatral

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Me deslicé entre el público, que apestaba a colonia barata y a after shave peleón. No había joyas ni pieles, pero sí mucho oropel falaz y lujo de cartón piedra.

Vi su cabeza por encima de la multitud, casi a mitad del patio de butacas. Se abanicaba con un programa y oteaba el panorama, inquieto. Me buscaba. Y yo a él. Pensé en levantar la mano para que me viera, pero eso hubiera sido tanto como delatarnos. Casi tanto como confesar. Pedí perdón unas cuantas veces, pero no por eso dejé de soltar codazos y patadas al respetable.

Fila 17. Asientos B y C.

Nos sentamos.

—Todo listo —dije. Todavía persistían el tictac, las telarañas, la humedad. El encanto de lo furtivo. El morbo de la destrucción.

Él asintió con la cabeza y permaneció con la vista al frente, atento a la función, que estaba a punto de comenzar.

Esta noche terminaría antes de lo previsto.

Fue al abrirse el telón cuando comprendí que él no era mi cómplice, sino yo el suyo. Fue entonces cuando me di cuenta de que había sido él quien lo había ideado todo, y yo únicamente el brazo ejecutor.

Sonó un redoble… y enseguida estalló la primera salva de aplausos.

Lovecraft para lectores consumados

Siempre que doy una conferencia o participo en algún evento relacionado con la figura de H. P. Lovecraft y toca el turno de intervención a los asistentes, la pregunta surge en primer o segundo lugar, indefectiblemente: «¿Cómo empiezo a leer a Lovecraft? ¿Cuál es el libro ideal para introducirse en su literatura sin que resulte tan pesado?» En vista de la sensación de constante dejá vù que me generaba esta situación, decidí un día comentar en este blog cuál era ese libro (y puedes acceder a dicho artículo pinchando aquí). Una vez solventada esta duda, la siguiente pregunta que generalmente surge es: «¿Cuál es, en tu opinión, la mejor antología de Lovecraft que se ha editado en español?» Y esa es la pregunta que me propongo responderte hoy en El Disparaletras®. Por mi parte, lo tengo claro: el mejor compilado lovecraftiano que se ha editado en español es El que susurra en la oscuridad y otros relatos del ciclo blasfemo de Cthulhu. De Valdemar… ¿De quién, si no?

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El que susurra en la oscuridad y otros relatos del ciclo blasfemo de Cthulhu, de H. P. Lovecraft. Valdemar, Madrid, 2014. 690 páginas.

Te habrás dado cuenta de que he omitido imperdonablemente la Narrativa completa en dos volúmenes editada por el mismo sello. Lo hago porque hoy quiero hablarte de la mejor antología, de la mejor selección. Por supuesto que para un conocimiento completo e integral de la obra lovecraftiana recomendaría leer toda su producción de relatos de ficción. Pero El que susurra en la oscuridad es, en mi opinión, el tomo que reúne lo mejor de la última etapa de la obra del maestro, y que se centra en el núcleo narrativo de los Mitos de Cthulhu. Aquí encontramos a un Lovecraft que ha alcanzado la cúspide de su creatividad, y que despliega en relatos de considerable extensión —casi podríamos hablar de novelas breves— la más completa imaginería referente a su intransferible universo narrativo. Es la consolidación del horror cósmico como género literario, y la consumación estética absoluta del cuento materialista de terror. Son, por otra parte, los relatos que terminarían por predefinir las obras que sus compañeros del CírculoAshton Smith, Belknap Long, Howard, Bloch, Derleth y otros— escribirían por aquellos años para apuntalar y dar relieve y consistencia a la Mitología. Se trata, en definitiva, de piezas narrativas en las que abundan las referencias lovecraftianas más míticas: las ciudades ficticias (Arkham, Dunwich, Innsmouth…), la Universidad Miskatonic, el Necronomicon y, sobre todo, los Dioses Primigenios (Cthulhu, Yog-Sothoth, Azathoth, Nyarlathotep, los Profundos de Innsmouth, etcétera).

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Una imagen del Lovecraft maduro que compuso los relatos incluidos en este volumen, todos ellos escritos entre 1926 y 1935

¿Qué relatos contiene el tomo? Pues nueve de los trece que conforman el canon de los Mitos de Cthulhu. De la lista predefinida por August Derleth —tan polémica y discutida— y ratificada por Rafael Llopis en su ensayo Historia natural de los cuentos de miedo, se incluyen todos menos las dos novelas —El caso de Charles Dexter Ward (1927) y En las montañas de la locura (1931)— y los dos relatos anteriores a la redacción de «La llamada de Cthulhu», que si bien es el relato troncal de los Mitos no fue el primero en el orden cronológico; estos dos relatos son «La ciudad sin nombre» y «El ceremonial» (ambos de 1923). Es decir, que el volumen incluye los siguientes relatos, en este orden: «La llamada de Cthulhu» (1926), «El color del espacio exterior» (1927), «El horror de Dunwich» (1928), «El que susurra en la oscuridad» (1930), «La sombra sobre Innsmouth» (1931), «Los sueños en la casa de la bruja» (1932), «El ser del umbral» (1933), «La sombra de otro tiempo» (1934) y «El asiduo de las tinieblas» (1935). Resumiendo: nueve genuinas obras maestras. No hay más que observar el índice para darse cuenta de que no se le puede pedir más a la vida.

Quizá lo apropiado fuera hacer un resumen de cada uno de los relatos, pero eso lo dejo para otro momento. Además, creo que en este espacio cabe una advertencia no menor: si te acercas a este tomo, lo mejor es que ya seas un lector lovecraftiano consumado. En ningún caso es un libro que recomendaría a un neófito o a un recién iniciado. Como antes decía, en estos relatos encontramos al Lovecraft definitivo, al del estilo más depurado y personal, y para un completo disfrute de estas piezas literarias antes deberíamos haber recorrido unos cuantos senderos previos, esos que, como siempre digo, permiten una familiarización con las temáticas y el estilo del maestro de Providence. Así que lo más probables es que si te zambulles en este volumen, ya sepas de qué van los relatos.

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Fabulosa ilustración de «El horror de Dunwich» (1928), uno de los relatos que se incluyen en el volumen, y una de las obras maestras definitivas de H. P. Lovecraft

Otro punto a comentar es la calidad del tomo en sí. Pertenece a la colección Diógenes de la editorial Valdemar, y es un precioso tomo en octavo mayor con tapa dura, con una impresionante ilustración de Zdzislaw Beksinski en la portada —es el ilustrador polaco cuyos trabajos Rafael Díaz Santander y compañía suelen utilizar para las portadas lovecraftianas—. Las traducciones de Juan Antonio Molina FoixFrancisco Torres Oliver son soberbias, y el encadenado de los relatos en orden cronológico —con el ya asumido vacío de las novelas— nos introduce de lleno en este mundo pavoroso de Dioses Primigenios, ritos ancestrales, cultos blasfemos y entidades abominables.

Esta es, en mi opinión, la mejor antología, la mejor selección de relatos lovecraftianos publicada en nuestro idioma. Si ya eres un lector consumado, si ya has hollado el terreno pedregoso de la literatura del Sumo Sacerdote, no dudes en hacerte con él; cada vez que quieras volver a empaparte de mitología lovecraftiana, sabrás que tienes a mano estas 690 páginas de puro horror cósmico.

Choose Cthulhu II, ya disponible en Kickstarter

Ayer, 2 de febrero, dio comienzo el lanzamiento del crowdfunding de Choose Cthulhu II, la nueva colección de librojuegos basados en la obra del maestro H. P. Lovecraft. Esta campaña se extenderá hasta el día 28 de febrero y su objetivo es financiar, mediante la participación de los mecenas, los siete relatos pertenecientes a los Mitos de Cthulhu que no se incluyeron en la primera promoción. Hablamos de narraciones tan míticas como «El ceremonial» (The Festival), «El que susurra en la oscuridad» (The Whisperer in Darkness), «El ser del umbral» (The Thing on the Doorstep), «El color del espacio exterior» (The Colour Out of Space), «La sombra de otro tiempo» (The Shadow Out of Time) y «El asiduo de las tinieblas» (The Haunter of the Dark), además de la novela El caso de Charles Dexter Ward (The Case of Charles Dexter Ward).

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Por supuesto que además del lanzamiento de estos siete nuevos librojuegos la campaña incluye un montón de sorpresas y recompensas a desbloquear; puedes acceder a una información completísima al respecto en la web oficial de Choose Cthulhu (www.choosecthulhu.com). Y, lo más importante de todo, puedes (y deberías, de hecho) convertirte en mecenas accediendo a la web de la plataforma Kickstarter y metamorfoseando en uno de los Cultistas Primigenios de esta nueva promoción. Extiende tus tentáculos hacia esta fabulosa colección pinchando AQUÍ MISMO

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En noviembre del año pasado ya me viste adaptar nada menos que «La llamada de Cthulhu», el relato troncal del ciclo de los Mitos. En esta nueva campaña se me han asignado dos títulos más, y estoy deseando llevarte al universo de horrores cósmicos, seres de aspecto extraño y hedor nauseabundo del gran H. P. Lovecraft. Como bien sabes, en esta aventura me acompaña gente de verdadero talento: Gini Valrís y Edward T. Riker son las otras plumas al servicio del Sumo Sacerdote, pero además contamos con un soberbio equipo de ilustradores, con Eliezer Mayor, Juan Antonio Abad «Juapi» y Adrián Lucas Hernández a la cabeza. Confío en que a esta altura ya te habrás unido a nuestra maléfica cofradía de idólatras, y que nos ayudarás a invocar a estos Dioses Primigenios. Una vez dentro, todo dependerá de tu capacidad para elegir el mejor camino posible; ese que te conduzca a un final relativamente feliz, o el que te lleve a morir horriblemente desfigurado o, tal vez, a pasar el resto de tu vida entre las celdas acolchadas del asilo de Arkham. Sea como sea, ya sabes cómo funciona: una vez que te conviertes en mecenas, eres tú quien elige el devenir de tu propia aventura lovecraftiana…

«Los sauces»: el horror como manifestación de la naturaleza

En su maravilloso ensayo El horror sobrenatural en la literatura (1926) el maestro H. P. Lovecraft dice de «Los sauces», de Algernon Blackwood, que es «el mejor relato espectral que he leído». Y aunque todos sabemos que Lovecraft habrá leído toneladas de literatura espectral desde esta sentencia hasta el día de su muerte, es muy probable que nunca cambiara su opinión al respecto. Paradigma absoluto, junto con «El Wendigo», de la narrativa de su autor, se erige hoy en día como un claro ejemplo de literatura de horror cuyo escenario transmite la amenaza latente en ese elemento que siempre consideramos amigo del hombre: la Madre Naturaleza.

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Los sauces, de Algernon Blackwood. Hermida Editores, Madrid, 2017. 100 páginas

«Los sauces» nos cuenta la historia de dos aventureros que navegan por el Danubio a bordo de una canoa o piragua, y que se detienen a acampar en una pequeña isla rodeada de marismas, donde encuentran una gran profusión de sauces. Inmediatamente, el conjunto de elementos naturales —viento, fuego, vegetación, agua— condiciona el estado emocional de los personajes. Poco a poco, además, estos comienzan a percibir una extraña presencia entre los sauces…; no precisamente la de una «criatura», sino más bien la de un «acceso», tal vez un portal hacia otra dimensión. Durante la noche, una fuerza intangible destroza la piragua y arrasa las provisiones de los viajeros, impidiendo así que abandonen la isla durante el día. El surgimiento de un «prodigio» despierta una sensación de adoración casi religiosa en el narrador y este, en medio de un trance alucinatorio, descubre que durante la noche se han producido una serie de cambios en la disposición del paisaje: ahora los sauces están más cerca del campamento… Los aventureros, al tiempo que luchan contra las desavenencias que surgen entre ellos, intentan buscar explicaciones racionales a los portentos y poner coto a su desatada imaginación, ya que se sienten inevitablemente sobrecogidos por la oscura magia del lugar. La incómoda situación les despierta la nostalgia por la civilización, hasta que llegado un punto se produce en ellos la percepción innegable de un mundo paralelo, de una dimensión distinta de la que siempre han conocido. El relato fluye hasta un impactante final, en el que los protagonistas acceden al convencimiento de que solo un sacrificio humano puede calmar la hostilidad del entorno.

Nos encontramos ante lo que podríamos considerar, más que un relato, una novella, debido a su considerable extensión. «Los sauces» formó parte del volumen titulado The Listener, que Blackwood publicó en 1907, y es uno de los ejemplos de prosa poética más notables de toda la literatura de terror. La narración se inicia con una larga y minuciosa descripción de los cauces por los que discurre el Danubio más allá de Alemania y de camino a la frontera austro-húngara, transmitiendo la sensación de un cuadro impresionista. La presencia del río adquiere tal fisicidad que es casi un personaje más de la trama. Como siempre, Blackwood pretende inspirar el terror mediante la conjunción entre los elementos naturales y las reacciones de la mente humana ante los prodigios. El escenario se muestra todo el tiempo como un entorno hostil, ominoso y perversamente amenazador para los personajes, y cabe destacar la importancia de los sentidos como medio casi exclusivo de percibir el fenómeno. Aunque las descripciones resulten abstractas y sumamente crípticas durante largos pasajes, las escenas resultan expresivas y muy sensoriales. También es admirable la forma sutil y paulatina en la que el relato se torna angustioso y claustrofóbico. Blackwood opera con suma inteligencia al describir las «presencias» de manera difusa e imprecisa, estimulando así la imaginación del lector; el narrador se refiere todo el tiempo a «Algo que se movía», «Aquello que vimos», etcétera.

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Cauce del río Danubio, donde tiene lugar la acción de «Los sauces», de Algernon Blackwood

En cuanto al autor, Algernon Blackwood, podemos decir que además de escritor fue periodista y narrador de radio, y uno de los autores primordiales de la llamada Transición —aquellos autores que florecieron entre 1849 (año de la muerte de Edgar Allan Poe) y 1923 (año de la publicación de los primeros relatos de Lovecraft en Weird Tales)—; pertenece, por tanto, a una inigualable estirpe de narradores anglosajones de terror: todos aquellos que sembraron el terreno y propiciaron las bases discursivas que permitirían a Lovecraft reinventar el género años más tarde. Blackwood es, así, junto con Machen, Chambers, Dunsany y Hodgson, uno de los más destacados autores del género de finales del siglo XIX. Nació en Shooter’s Hill —Inglaterra— en 1869, pero pasó gran parte de su vida en América, especialmente en Canadá, Alaska y Nueva York. Murió en Beckenham, de vuelta en Inglaterra, en 1951, y dejó un total de diez libros de historias cortas y catorce novelas, muy pocas de ellas traducidas hoy al español. También escribió una autobiografía, basada especialmente en sus años de juventud, y demostró ser un verdadero maestro en el relato largo de corte sobrenatural y también en la creación de uno de los más populares detectives de lo oculto de la literatura: John Silence.

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Algernon Blackwood (1869-1951)

«Los sauces» está considerada por muchos como su obra maestra definitiva. Si bien es un relato de no fácil lectura, tanto por su volumen narrativo como por lo parsimonioso de su desarrollo, se trata de una obra perfectamente escrita, basada en una inmaculada perfección formal y en un estilo preciosista y esmerado. Por todas estas razones, merecía desde hacía tiempo un espacio en El Disparaletras®, ya que a nivel personal ha sido una de esas piezas que han forjado mi amor incondicional por el horror literario. Desde que la leí por primera vez, hace más de quince años, intento volver cada cierto tiempo a ese rincón oscuro y amenazador en el delta del Danubio, donde la masa de sauces agitada por el viento presagia el acceso a multitud de mundos desconocidos…

La broma de Foster Wallace

Hoy me apetece hablarte de La broma infinita, la mega novela de David Foster Wallace. Es un tema que suelo tocar en las clases de Escritura Creativa en Fuentetaja, y también con amigos y compañeros de profesión: el cómo en nuestros días es realmente complicado encontrar obras universales, novelas cuya genialidad las coloque en un plano artístico que va más allá de las esferas comerciales en las que por lo general se mueve el mundillo literario. Y, también, el cómo resulta casi imposible hoy en día conseguir cierta originalidad en nuestros planteamientos y en el desarrollo de nuestro material narrativo. Siempre he sostenido la teoría de que ningún libro puede intimidar el ánimo de un lector comprometido, y que todo es cuestión de ir línea tras línea y página por página desde el punto A hasta el Z. La broma infinita es uno de esos libros que pueden, en principio, poner en jaque a esta teoría, y por eso mismo no quería dejar de compartir contigo mis impresiones y mi experiencia de lectura en este blog.

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La broma infinita, de David Foster Wallace. Literatura Random House, Barcelona, 2011. 1216 páginas

La novela impone ya desde su aspecto físico. Se trata de un muy poco maleable ladrillo de más de 1200 páginas, pero todavía impone más cuando uno lo abre, lo hojea y se encuentra con una estructura granítica de párrafos apretujados, letra menuda y casi ningún espacio en blanco. No se aprecian a simple vista divisiones en partes o capítulos, y proliferan los puntos y seguidos y las subordinadas. Además, a partir de la página 1093 comienzan las «Notas del Autor», donde se podría decir que prácticamente se desarrolla una novela diferente. Pero el tema de las notas merece un párrafo aparte y lo comentaré más adelante. Quizá te resulte curioso que me dedique, en primer término, a hacer un infructuoso análisis de lo que es la arquitectura del libro sin hablar del texto en sí, pero quería hacerlo constar porque el peso y la apariencia compacta y pantagruélica del volumen es algo a lo que uno se enfrenta durante todo el proceso de lectura.

Bien, ahora hablemos un poco de la historia. Ambientada en un futuro no muy lejano, aunque bizarro y ciertamente antiutópico, Foster Wallace nos habla en ella de un mundo totalmente mercantilizado en el que hasta los años naturales son patrocinados por empresas multinacionales y sus más burdos productos. El autor disemina a un puñado de personajes con bastante entidad, y profundiza principalmente en dos de ellos: Hal Incandenza, niño prodigio de la familia y futuro tenista de élite, y Don Gately, exadicto a todo tipo de fármacos que realiza labores comunitarias en la Ennet House, una residencia en la que se tratan distintos tipos de adicciones. El resto son tan pintorescos y freaks como el tono mismo de la novela, empezando por todos los miembros de la familia Incandenza —Orin, un ligón trasnacional; Avril, la madre de familia ninfómana; James O., el cineasta perturbado y patriarca del clan; y Mario, el enano deforme— y terminando por los miembros de la AET —Academia Enfield de Tenis—, con el nazi Schtitt a la cabeza y el intrépido Michael Pemulis como alumno revolucionario.

David Foster Wallace (1962-2008)

El inusual y originalísimo contexto sociohistórico que Foster Wallace plantea como punto de partida para la trama me pareció un aporte de genialidad realmente único en la narrativa contemporánea. La historia es más o menos así: Estados Unidos elige como presidente a uno de los tantos neuróticos que han ocupado la Casa Blanca. Para no perder la costumbre, un hombre que pertenece a la farándula, un excantante de poca monta. Este hombre, obsesionado con la limpieza, decide enviar todos los residuos radiactivos del país, vía catapulta, a una concavidad ubicada en el estado de Maine. Dicho estado se convierte, entonces, en un hervidero de deformidades abominables: niños con cabezas gigantes y cinco ojos, monstruosas ardillas superdesarrolladas y otros entes ciclópeos de este tipo. El presidente, entonces, determina que esta concavidad pútrida e hipertóxica tiene que dejar de ser territorio estadounidense, para lo cual propone una reconfiguración territorial, dando nacimiento a la ONAN —Organización Nacional de América del Norte—. Esta operación supone unos costes fastuosos, así que desde la fundación de la ONAN los años ya no se cuentan por número, sino que estarán patrocinados por productos que pagarán ingresos monumentales por publicidad —tenemos así el Año de la Hamburguesa Whopper, el Año del Parche Transdérmico Tucks, el Año del Superpollo Perdue y el Año de la Ropa Interior para Adultos Depend, que es cuando transcurre la acción—. Cuestión, que la concavidad radiactiva es desde entonces territorio canadiense. Los habitantes de Québec, ciudad fronteriza del sur de Canadá, se sublevan y comienzan a realizar actos de terrorismo a través de unos renegados francófonos en sillas de ruedas, creando entes antiONAN. Cuentan, para ello, con un arma sumamente letal: La broma infinita, una de las películas filmadas por James O. Incandenza, capaz de controlar la mente humana.

El autor nos cuenta con detalle el funcionamiento fascista de la Academia Enfield de Tenis, y narra con tal profusión de detalles la vida en la Ennet House y en las reuniones de Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos que se hace inevitable pensar que tuvo que desfilar en persona por estas asociaciones. Se pueden verificar estos datos leyendo casi cualquier resumen biográfico de la vida del inestable David Foster Wallace.

El resto de la novela se desarrolla en largas y profusas narraciones de escenas inconexas y barroquísimas que hacen gala de un vocabulario muy completo y de un fondo de cultura popular realmente amplio. Se tocan temas como el sexo, el incesto, la violencia, el terrorismo, la desintegración familiar, la alienación en el mundo del deporte universitario, la política, el arte, las violaciones y, muy por sobre todas las cosas, las adicciones al alcohol y a sustancias psicotrópicas. Foster Wallace elabora un catálogo completísimo de farmacología adictiva y explica, además, los compuestos químicos de cada alucinógeno y las redes comerciales para adquirirlos. Aquí un profano en la materia fácilmente puede confundir material de investigación con triquiñuelas propias de la invención del cosmos de la historia, pero lo que sí hay que destacar es que la línea que establece Foster Wallace entre drogas recreativas y medicinales es tan delgada que a veces se pierde entre los actos y las intenciones de los personajes, la mayoría de ellos involucrados en problemas de drogadicción.

David Foster Wallace arrastró una larga depresión durante toda su vida. Se suicidó en septiembre de 2008

Las «Notas del Autor», de las que dije que merecían un párrafo aparte, agregan un curioso y profundísimo apéndice a todo lo que se narra en las primeras mil páginas. Allí podremos encontrar, por ejemplo, una monografía detallada de la obra filmográfica de James O. Incandenza —con un resumen de cada una de sus películas—, minuciosos detalles científicos de los fármacos que se nombran, o teorías físicas que explican los distintos efectos de algunos golpes tenísticos (¡!). También hay entrevistas a algunos de los personajes que nos revelan quizá más detalles que las descripciones de la novela, así como entretelones familiares y anécdotas académicas que solo se insinúan en el transcurrir narrativo.

La biografía de Foster Wallace daría para otra entrada en este blog, así que solo la comentaré muy por encima. Se trataba del típico niño estudioso y superdotado. Sus padres eran profesores de Literatura y Filosofía. Pronto destacó en el campo académico y en el tenis. Ya desde muy joven comenzó a arrastrar problemas de depresión, que fue tratando con los años a través de fármacos antidepresivos. Durante los últimos veinte años de su vida estuvo convencido de que era esta medicación antidepresiva lo que le había llevado a ser tan productivo a nivel literario. Cuando comenzó a sufrir graves efectos secundarios derivados de la medicación, su médico le recomendó que los dejara. Esto ocurrió en 2007. La depresión regresó y el autor se sometió a otras terapias, entre ellas la electroconvulsiva. Cuando finalmente regresó a su medicación, comprobó con desesperación que esta ya no impulsaba su creatividad. Sumido en una profundísima depresión, se suicidó ahorcándose el 12 de septiembre de 2008. La muerte del autor significó un auténtico sacudón para el mundo literario de entonces, y acrecentó así la leyenda de David Foster Wallace, a quien se considera hijo dilecto de autores como Don DeLillo y padre de la generación de los William T. Vollman, Richard Powers o Jonathan Franzen.

La broma infinita es una obra tan singular y de tan inusual factura que no podía dejar de hablarte de ella aquí. Desde mi humilde óptica, estamos ante la novela en lengua inglesa más grande de los últimos treinta años, que es decir muchísimo. Con el correr de las décadas es posible que su semilla se extienda y termine por germinar una influencia decisiva, al nivel de otras novelas universales tan ambiciosas estructuralmente, como  puede ser el Ulises de James Joyce.

Rutina

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Hubo un tiempo en el que no me dedicaba a empujar mi destino cuesta arriba. Antes era diferente. Tenía mi sustento, al que alimentaba y veía crecer. Hasta que el vecino, aquel caco desvergonzado, comenzó a perpetrar una serie de hurtos camuflados; un ladrón de guante negro, manchado de estiércol. Pero lo desenmascaré y su oprobio me regaló una fugaz aventura, un retozo ocasional con su hija, una adúltera de muy buen ver. Después entré y salí, disputé y engañé, y escapé a las garras del deceso por pura astucia.

El anhelo de estos días, en cambio, consiste en lograr algo notorio. El encargo, simple en perspectiva, se ha vuelto repetitivo hasta lo imposible, perpetuo hasta la demencia, interminable hasta la desesperación. Pura rutina. Mi única meta es la recompensa, a menos que ellos sean unos liantes y yo un comevidrios. O un escarabajo pelotero. A ratos me da por pensarlo, pero suelo estar tan ocupado, tan ofuscado en esta práctica embrutecedora y sin sentido que casi no me centro en llegar a conclusiones.

Aquí viene otra vez, y otra vez empiezo a empujar. ¿No me estarán tomando el pelo…?

El año de Galdós

Hace un par de días, el 4 de enero, recordamos el centenario del fallecimiento de Benito Pérez Galdós, y por tanto me parecía justo que el gran maestro ocupara este espacio en el primer Disparaletras® de 2020. Sin duda, se trata de un escritor muy especial: orgullo de Madrid, su ciudad adoptiva, y también de todos nosotros, los grancanarios, que gozamos del enorme privilegio de haberlo dado al mundo. Siempre digo que es mi novelista favorito en lengua española; ya lo era desde mi época de lector adolescente, cuando devoraba sus novelas sin tener la más remota idea de que un día viviría en la tierra que lo vio nacer. Preveo que serán muchos los eventos que tendrán lugar durante este 2020 para conmemorar este centenario, y haríamos bien en hacernos eco de todos ellos.

El Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, junto con Toda una Ciudad y la iniciativa Bienio Galdosiano ya han dado un primer paso, muy importante: poner a disposición de todos los lectores la novela Fortunata y Jacinta, una de sus obras maestras, de forma gratuita y en formato epub y mobi para Kindle. Ya sabes lo que pienso de esto: pagar 12,45 euros (el precio de las ediciones de bolsillo de Penguin Clásicos y Austral) me parece una miseria a cambio de gozar de semejante novelón, y yo soy muy de formato tradicional. En todo caso, la extraordinaria narración de estas dos mujeres casadas ya está al alcance de tu mano (puedes descargarla pinchando aquí). Fortunata y Jacinta es uno de los frescos más impresionantes que se han elaborado acerca de la sociedad española del siglo XIX; una novela con una estructura narrativa prodigiosa y una magistral disección de personajes en la que Benito Pérez Galdós muy probablemente alcanzó la cumbre de su arte narrativo. Es la «novela galdosiana» por antonomasia, un retrato a la vez castizo y universal de un microcosmos determinado, y sin duda una de las más grandes novelas realistas jamás escritas.

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Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós. Penguin Clásicos, Barcelona, 2018. 1360 páginas

Pero, como bien sabes, las obras cumbre de Galdós son muchas. Casi podríamos afirmar que cada una de ellas es una cima de genialidad. ¿Acaso se quedan pequeñas al lado de Fortunata y Jacinta novelas maestras como Tormento, Doña Perfecta, Misericordia, Miau, Marianela o La desheredada? ¿Y qué decir de ese compendio fastuoso e inalcanzable que mixtura con extraordinario equilibrio la historia y la novela, y que constituyen las cuarenta y seis novelas de los Episodios Nacionales? Trafalgar, Bailén, Napoleón en Chamartín, Gerona… De cada una de ellas guardo un espléndido recuerdo, la reminiscencia de una experiencia lectora inolvidable. Sí: así como te lo digo: muy probablemente estemos hablando del novelista definitivo. Un escritor de formas inmaculadas, un retratista sobrenatural de su entorno; un autor que supo reflejar como nadie el carácter de las gentes y los vaivenes de las mareas sociales; un novelista insuperable que supo trasladar la realidad a la página escrita sin perder la esencia única e intransferible del lenguaje literario, ese que manejó mejor que nadie en nuestro idioma.

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Benito Pérez Galdós (1843-1920)

En charlas e intercambios con amigos y compañeros suelo afirmar que nada tiene que envidiarle a Dickens, Balzac, Tolstói, Eça de Queirós, Dumas y un largo etcétera de escritores realistas decimonónicos. Probablemente todos aquellos tuvieron más publicidad que el nuestro, cuyo nombre siento que se destaca mucho menos de lo que merecería. Ojalá que este año, el año de Galdós, sepamos entre todos elevar su figura hasta el proscenio que merece: el del mejor novelista español de todos los tiempos después de Cervantes, y el de ese genio imperecedero que nació aquí, en nuestra ciudad, que conquistó la capital de España con su magia narrativa y que se ha ganado, por derecho propio, un lugar en la Literatura Universal.

Un año muy especial

2019 está tocando a su fin, y lo cierto es que ha sido un año muy especial en mi vida, especialmente a nivel profesional. Fue el año que me permitió dedicarme por entero al oficio de escritor, un sueño que venía persiguiendo desde hacía más de quince años. Y me pareció que esta entrada final de 2019 en El Disparaletras® era una ocasión inmejorable para agradecer a todos aquellos que han ayudado a que este sueño se haya hecho realidad.

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En primer lugar, a todos los lectores y lectoras, a todos aquellos que se han aproximado a mis libros. A los que me han dejado comentarios en este blog y en las redes sociales, pero también a todos aquellos lectores silenciosos que se han sumergido en mi literatura y que han contribuido a que el círculo crezca cada vez más. A todos los que se han acercado a cualquiera de los eventos en los que participé durante este año y que, por un motivo o por otro, han optado por llevarse alguna de mis obras, cuando en la mayoría de los casos la oferta que había alrededor era abrumadora. Muchas gracias por hacerme un hueco en vuestros hogares y por pasar un rato entre mis páginas.

En segundo lugar, a mis editores, que han apostado y siguen apostando por mi trabajo. Es indudable que nada de esto sería posible sin su buen hacer, sin su talento y su profesionalidad. Ellos son el puente que me une a los lectores, los que dan forma definitiva a todo este caudal de palabras que en poco o nada se quedaría si no invirtieran su capital, exiguo en la mayoría de los casos, en convertir la obra escrita en libros que uno pueda palpar y leer. A todos ellos, gracias por hacerme un lugar en sus catálogos.

También quería agradecer muy especialmente a la academia Fuentetaja por abrirme sus puertas desde hace ya tres años y confiar en mí para sus Talleres de Escritura Creativa. Juntos estamos llevando adelante una excelente labor de formadores de escritores y propagando el amor y la devoción que sentimos por esta profesión; esto me hace recordar y agradecer, desde luego, a todos los alumnos y alumnas que han formado parte de mis clases durante este año, a todos los que siguen soportándome semana tras semana y que me profesan tanto cariño y cercanía, y que se entregan en cuerpo y alma a las actividades que llevamos a cabo, y a todos aquellos que se han de incorporar próximamente a mis clases. Como siempre digo, todos formamos parte del mismo barco: ese que nos conduce, entre olas tempestuosas, al disfrute máximo de la tarea literaria.

Es justo agradecer también a todas las personas que trabajan de forma directa o indirecta conmigo, y cuya labor ha sido esencial para sostener este proyecto: agentes, correctores, ilustradores, lectores beta, libreros y organizadores de eventos. Una mención especial para Librería Sinopsis, por permitirme su espacio para mis charlas y clubes de lectura y por proveerme tan diligentemente de tanto material literario. Todo esto no sería posible tampoco sin el aporte de los encargados de los departamentos públicos y gubernamentales que han contado conmigo este año para impartir conferencias, charlas, ponencias y talleres en distintos ámbitos y escenarios de nuestra geografía, desde el Centro Penitenciario Las Palmas II hasta la Hispacón en Valencia; desde el Festival del Manga en Infecar hasta la Feria del Libro de Madrid. Gracias también a los organismos que me han financiado todos los viajes que he hecho este año y que han ayudado a sufragar las estancias, alojamiento, transporte, comidas, paseos y un largo etcétera; vuestra contribución ha sido esencial para afrontar esta aventura. No quiero terminar sin hacer una mención de agradecimiento para todos ellos, y muy en especial para nuestro querido Juanbe, que nos dejó este año, en una triste mañana de septiembre; el mundo de la literatura y de la cultura ya no será lo mismo sin ti, querido amigo.

Huelga decir que hay muchísima gente más a la que agradecer: familiares, amigos, allegados de todo tipo y de todas las latitudes imaginables. Gracias a todos y al trabajo diario y constante siento que vivo un sueño del que espero no despertar jamás. Por eso, creo que también es muy importante que te agradezca de todo corazón a ti, que frecuentas este blog, que compartes y difundes su contenido en las redes sociales, que te suscribes y esperas el correo electrónico con las últimas tonterías que se me ocurren o que simplemente te pasas por aquí cada lunes a ver qué voy a contarte. Desde aquí te tiendo un abrazo eterno y levanto mi copa para brindar: ojalá que el 2020 sea tan idílico y maravilloso como este 2019 que se marcha, y que me encuentre donde siempre quiero estar: aquí, en este rincón tan querido, disparando letras sin detenerme.

¡Feliz 2020!

Thomas Ligotti. Parte II: Un sistema filosófico

Retomo este monográfico sobre Thomas Ligotti no para hablar aún de su narrativa, ya que para entender los entresijos y las claves simbólicas que la componen pienso que es muy aconsejable empaparse antes de sus postulados filosóficos, todo un sistema de pensamiento que tiene como base el nihilismo y también el pesimismo de los filósofos alemanes del siglo XIX, y que Ligotti supo reivindicar y reinterpretar en uno de sus escritos más complejos y extraordinarios. Hablamos de su tratado filosófico publicado en 2010, una obra inclasificable y de ríspido mensaje a la que conocemos con el rimbombante título de La conspiración contra la especie humana.

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La conspiración contra la especie humana, de Thomas Ligotti. Valdemar, Madrid, 2015. 312 páginas

Sin duda se trata de uno de los puntos fuertes de la literatura de Thomas Ligotti, y lo que dota a su narrativa de una solidez y una consistencia de la que carecen las obras de casi todos los escritores de terror contemporáneos: el autor de Michigan establece el mensaje de su ficción sobre los cimientos de una corriente filosófica basada en silogismos y razonamientos que refuerzan el sentido grotesco, absurdo e insignificante de la vida humana, aspecto en el cual ya hiciera especial hincapié su gran maestro H. P. Lovecraft. La diferencia principal radica en que Lovecraft contrastó la insustancialidad humana con la vastedad y hostilidad del inmenso cosmos, mientras que Ligotti la ridiculiza al hacerla entrar en contacto con esferas caricaturescas de su propia esencia. De esta manera invalida la cualidad beatífica de la existencia y plantea el paso vital del ser humano como un obtuso y recalcitrante paréntesis en medio de la Nada, concepto este fundamental para comprender los postulados filosóficos del autor.

La conspiración contra la especie humana es un libro de múltiples lecturas. Por un lado, sirve como guía interpretativa de algunas de las obras fundacionales del género de terror; en sus páginas Ligotti elabora profundos análisis de piezas tan magistrales como «La caída de la casa Usher» (Edgar Allan Poe), Los misterios de Udolfo (Ann Radcliffe), «Los sauces» (Algernon Blackwood) o «La llamada de Cthulhu» (H. P. Lovecraft). Son fragmentos sumamente interesantes, y que nos sirven para conocer el perfil crítico y analítico de Ligotti y su manera de aplicarse a los resortes estéticos y discursivos fundamentales del género.

Por otra parte, el libro ofrece un lúcido análisis de la obra de dos filósofos pesimistas: el noruego Peter Wessel Zapffe (1899-1990) y el alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860), este último una de las obsesiones del gran Jorge Luis Borges, cuyo nombre en este análisis monográfico volverá a surgir, ya que representa una de las principales influencias literarias del autor. Ligotti desgrana a través de los postulados de estos filósofos lo que él denomina la «manipulación intelectual» que existe en nuestra sociedad respecto a la supuesta dádiva que representan la vida humana y el derecho a existir. Esgrime así una serie de axiomas pesimistas y antinatalistas y enumera las aportaciones a esta corriente de pensamiento de autores como Friedrich Nietzsche, Julius Bahnsen, Phillip Mainländer y otros. Todo este sistema filosófico, extrapolado a los conceptos estéticos del horror reinterpretados por Lovecraft, forma parte de la miscelánea conceptual que constituye el grueso de la obra de ficción de Thomas Ligotti.

Finalmente, el libro ofrece una serie de reflexiones sobre la propia condición humana, con un buen puñado de frases de la cosecha de Ligotti que bien pueden convertirse en aforismos representativos de la evolución del pensamiento humano acerca de su propia naturaleza, una suerte de análisis introspectivo de la especie en pos de algo que, en las líneas maestras del libro, se da por sentado que es imposible alcanzar: el sentido mismo de la existencia.

Desde luego que no es imprescindible empaparse de este sistema filosófico para disfrutar plenamente de la obra narrativa de Ligotti, pero me permito recomendar su lectura como una magnífica puerta de entrada al personalísimo universo del autor. La casi insondable profundidad intelectual de sus relatos adquiere notoria coherencia a la luz de estos postulados y se refleja en los silogismos de su sistema filosófico. La conspiración contra la especie humana ofrece la visión amarga y pesimista de un autor inexorable, de un creador que no otorga ningún tipo de concesión a los conceptos más manidos y manipulables de la metafísica. Por consiguiente, solo podemos esperar que la ficción resultante de semejante conjunto de teorías nos resulte igual de rigurosa, igual de inapelable, y forzosamente ligada a todo aquello que constituye nuestros temores más recónditos: no ya la muerte o el sufrimiento, sino el misterio mismo de la existencia, su cualidad de inasible e inexplicable, la absurda obligación de ser y estar.

Volveré dentro de poco con más Thomas Ligotti, por supuesto. Ya va siendo hora de abrirnos paso a través de su ficción y de adentrarnos poco a poco en su narrativa.

Espérame por aquí…

«Berenice», o la estética pura del horror

De entre todos los relatos de Edgar Allan Poe, probablemente sea «Berenice» aquel que más se instala en los terrenos de lo que podríamos llamar «horror moderno». Relato absolutamente adelantado a su tiempo, exhibe una de las atmósferas más enfermizas y mórbidas de toda la obra del autor, al tiempo que conduce el ánimo del lector hacia uno de los finales más violentos y perturbadores de la historia del horror literario. Paradigma rotundo del estilo y la temática del autor, quizá se trate de su obra definitiva.04. Berenice (Poe)

Poe escribió «Berenice» alrededor de 1834. El relato vería la luz en marzo del año siguiente en las páginas del Southern Literary Messenger. De más está decir que su aparición provocó reacciones de protesta y repulsa entre los lectores más sensibles; Poe volvió a publicarlo diez años después en el Broadway Journal, en el fugaz impasse durante el que fue dueño y regidor de este periódico (lo compró en 1845, y pocos meses después la publicación decayó). Un signo más de la existencia errática y marcada por el fracaso del autor, pero quizá una de sus pocas muestras de transigencia creativa: esta segunda publicación del relato sufrió algunas modificaciones que, en cualquier caso, poco pudieron hacer para ocultar la brutal impetuosidad de los hechos que se relatan, así como su espiral de demencia y vejación física.

«Berenice», como quintaesencia de relato «a lo Poe», reúne muchas de las características habituales en el abanico temático del autor: entierro prematuro, amada perdida, enfermedad como fenómeno que trastoca la identidad de los personajes, trastorno mental como vehículo de los actos del protagonista. Este se presenta al lector como Egaeus; y, aunque omite el apellido, es uno de los pocos «narradores obsesivos» de Poe del que al menos tenemos acceso a su nombre de pila. Se trata del solitario y macilento habitante de una biblioteca; un aposento decadente y apolillado donde nació, creció y seguramente desarrolló esa monomanía que durante casi la primera mitad del cuento se encarga de intentar describir, no sin cierta dificultad. Al parecer hablamos de un mal atípico y poco habitual: una tendencia enfermiza a la atención mórbida por ciertos «objetos triviales», atención que deriva en reflexiones desagradables y en una especie de obsesión imposible de combatir. Con esta descripción (intencionadamente peregrina y difusa) de su enfermedad, Egaeus nos pone en situación, nos habla de ese trastorno que, según intuimos, es el motor narrativo de toda la historia. A diferencia de otros narradores de Poe (como los de «El gato negro» o «El corazón delator»), el Egaeus que desgrana la historia de Berenice es un narrador tranquilo y sosegado, se diría que bajo la influencia de algún opiáceo o sustancia tranquilizadora. Solo al final entendemos que la carga de horror bestial que emanan sus actos es lo que probablemente lo ha adormecido…

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Edgar Allan Poe (1809-1849)

Pero la cosa va a de enfermedades, así que Egaeus también nos cuenta la patología de su prima Berenice, esa prima amada e inevitable y trágicamente destinada a convertirse en su esposa. Berenice sufre un extraño género de epilepsia que, según el narrador, «terminaba no rara vez en catalepsia» (la cursiva, desde luego, es del autor). La enfermedad de su prima entristece y desconsuela a Egaeus, quien impotente contempla la degradación física y espiritual de su amada, una especie de descomposición ontológica que difumina la identidad en otro tiempo alegre y vital de la desgraciada Berenice. En un momento desafortunado, Egaeus pide en matrimonio a su prima, casi como en un acto de compasión final. En otro momento aún más desafortunado, y en medio de uno de los brotes de esta monomanía sin nombre ni forma que aqueja a nuestro protagonista, una desmejorada Berenice exhibe una sonrisa enferma…, la sonrisa característica de los convalecientes o de las víctimas de alguna carcoma terminal: los labios replegados y casi inexistentes, el rostro lívido y marmóreo, las facciones turbadas por algo que se necrosa poco a poco…

Entonces aparecen los dientes. El protagonista los describe con una precisión espeluznante, con un nivel de detalle sobrecogedor. Fruto de su obsesión, claro está; solo gracias a una «atención mórbida» es posible alcanzar semejante nivel de descripción, incluso en el recuerdo. Su realidad gira entonces alrededor de estas piezas dentales, que no puede apartar de su mente perturbada. Hasta tal punto es así, que de esta forma nos describe el paso de las horas, absorto en el nuevo objeto de su obsesión:

Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, y duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto.

Lo único que rompe este letargo alucinatorio es «un grito como de horror y consternación». El anuncio tan esperado: la muerte de Berenice. Un acceso de epilepsia que la condujo hasta la tumba, que ya está preparada para recibirla.

Después, un confuso despertar que presagia el horror pasado; es el momento en el que Poe rompe la línea cronológica con la inserción magistral de un «vacío narrativo». Algo ha ocurrido, pero como viajamos a través de la atribulada mente del narrador, la misma nebulosa que obstaculiza su entendimiento nos impide vislumbrar una escena preñada del horror más absoluto. Pero tendremos indicios, elementos y consecuencias para dilucidarla, claro que sí. Existe una ligera noción en la bruma de consciencia de Egaeus: «Yo había hecho algo. ¿Qué era?», plantea la confusa mente del narrador. En la mesa hay una lámpara y una curiosa e insustancial cajita. ¿Otro de los «objetos triviales» que despiertan la obsesión del protagonista? No, por cierto: terminará siendo una entidad trascendental en el proceso de descifrar la tragedia. Un criado penetra en la habitación y balbucea pinceladas de un horror total: una tumba violada y un cadáver vejado y desfigurado por una horrenda mutilación… ¡un cadáver que aún respiraba y palpitaba! Egaeus se contempla a sí mismo por primera vez en todo el relato…; quizá por primera vez en toda su vida. Manchas de barro y sangre coagulada. Una pala en un rincón como evidencia de la necrofilia y el merodeo noctámbulo por el camposanto. La cajita, que el tembloroso narrador no puede retener entre sus manos, cae al suelo y se abre, dejando a los ojos del narrador el contenido, la sustancia narrativa que quita el velo a ese escenario de horror puro que el autor, con suma habilidad, solo le ha permitido ver con sombríos vestigios cada vez menos sutiles: las treinta y dos piezas dentales de Berenice, que ruedan por el suelo con un cloqueo pavoroso que casi somos capaces de escuchar.

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Cuentos completos, de Edgar Allan Poe. Páginas de Espuma, Madrid, 2009. 964 páginas

Edgar Allan Poe rompe definitivamente las barreras del horror clásico (¿victoriano?) con la materialización de los elementos. No solo despoja al relato de horror de cualquier dispositivo sobrenatural, sino que al socorrido recurso de la demencia le añade otras patologías que también son capaces de suscitar el terror. Lo más llamativo de todo es que aquí casi no entra en juego la famosa «suspensión voluntaria de la incredulidad» que mencionaba Coleridge. La verosimilitud del relato en sus planteamientos formales es absoluta, radical, y Poe da una vuelta de tuerca más cuando se adentra en los senderos del brutal desenlace y redobla la apuesta: nuestro protagonista no solo se ha obsesionado con los dientes hasta el punto de desenterrar el cadáver de su prima para arrancárselos sin piedad, sino que la víctima ni siquiera estaba muerta. ¿Podemos hacer un acopio de imaginación suficiente como para deleitarnos con la pavorosa secuencia que el relato nunca detalla, pero que sugiere con tanta maestría? ¿Somos capaces de acercarnos a la tumba, «espiar» a ese lunático desenterrando un cuerpo vivo y, mediante «algunos instrumentos de cirugía dental», verle mutilar el cuerpo amado y ensangrentado de Berenice?

Ese es quizá el reto principal que se planteó Poe en la confección de esta inexorable obra maestra: materializar una nueva estética del horror puro desarrollando todo aquello que sirve como preludio y epílogo a la secuencia misma que encierra el núcleo del terror, y abonando implacablemente la imaginación del lector para horadar, como siempre, lo más profundo de nuestras almas.

Café envenenado

Él me quería matar. Yo lo sabía. Y él sabía que yo lo sabía. No era muy creativo, en realidad. Al ser un químico —un hombre de ciencias, ya sabéis—, la creatividad no era una de sus cualidades. En cambio, sí poseía conocimientos suficientes como para matarme sin dejar huellas. Por eso quiso utilizar un truco tan viejo como el del café envenenado. Pero yo sabía que lo iba a hacer. Y estaba preparado. Y decidido: no solo no iba a permitir que me matara, sino que lo mataría yo a él.

Sirvió las tazas con simpatía; intercaló un chiste, incluso. Un chiste muy malo, muy propio de un hombre de ciencias. Se sentó y me ofreció una taza. Yo le había visto volcar el polvillo letal en la taza de la izquierda… No, en la de la derecha. En la de la izquierda, sí. En la de la izquierda. ¿O acaso…? Bueno, en una de las dos. Vale, que me despisté, ¿de acuerdo? O quizá fue él quien logró despistarme. Pero tenía todavía una oportunidad: podía hacerle creer que sabía muy bien en qué taza estaba el veneno, y en consecuencia confundirlo yo a él.

Abrió el azucarero.

—¿Cuántas? —preguntó.

—¿No tienes sacarina?

—No te imaginaba tan… delicado.

—Estoy cuidándome un poco.

Se levantó y se dirigió hasta la alacena. O sea: que me dio la espalda. La pregunta era: ¿Cambio las tazas de lugar… o solo finjo cambiarlas? ¿Era la de la izquierda o la de la derecha? ¿Sabría él que me había perdido… o estaría pensando que intentaba fingir que me había perdido? Pero se iba a dar la vuelta en cualquier momento, así que tenía que dar el paso ya. Sí: cambiar las tazas de lugar. O hacerlas entrechocar para que crea que las he cambiado. O cambiarlas de verdad.

Sí: cambiarlas de verdad. No: entrechocarlas. En todo caso, hacer algo. Las entrechoqué. Clink. Cualquiera podría pensar que las había cambiado de sitio. Él se dio la vuelta, sonriente. Se acercó con la sacarina.

—¿Cuántas? —preguntó.

—Una.

Plic. Una pastillita blanca cayó en el café… de la izquierda. ¿Se había dado cuenta? ¿Se había dado cuenta de que me había dado cuenta? ¿Se había enterado de que me había enterado de todo y que estaba intentando hacer que se diera cuenta de que me había dado cuenta? ¿O era al revés? Qué lío… Me bebí el café. Él se bebió el suyo. Sin azúcar.

Se le agrandaron los ojos. Se ruborizó. Entonces supe que había triunfado, que lo había vencido. Se puso serio. Después rio. Y siguió riéndose y riéndose… y riéndose y riéndose… Mientras, yo empecé a sentir que un fuego me consumía desde el estómago y me empujaba a un abismo de oscuridad.

Era un químico. Un tipo de ciencias. Un sujeto muy poco creativo.

Pero lo cierto es que me lié con el rollo de las tacitas, oye…

Hispacón 2019

Hoy voy a inflar un poco el pecho para contarte que el próximo fin de semana —puente de la Constitución— estaré impartiendo una conferencia en la Hispacón 2019, a celebrarse, como todos los años, en la ciudad de la Valencia. Como sabes, se trata del evento más trascendente en el mundo de la fantasía en España, así que espero defender bien el pabellón y retirarme de allí sin tomatazos ni abucheos —o con los menos posibles—.

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El tema a tocar serán, cómo no, los Mitos de Cthulhu, temática a través de la cual entroncaré con la realización de nuestro querido Proyecto Choose Cthulhu. Se hablará de la génesis y evolución de los Mitos desde las esferas lovecraftianas y no lovecraftianas, y de las principales características estructurales de estos relatos que nos han permitido volcarlos al formato libro-juego. En definitiva, será una disertación sobre este género literario en sí y sobre lo que el futuro depara a Choose; un futuro que se presenta lleno de sorpresas e iniciativas que confiamos en poder sacar adelante.

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Choose Cthulhu II: segunda fase de nuestro proyecto, sobre la cual sin duda hablaré en la Hispacón

A continuación te dejo un enlace desde el cual podrás acceder al programa completo del festival, que como cada año viene repleto de actividades muy interesantes:

Accede al programa completo de la Hispacón 2019 aquí.

Como siempre, prometo pasarme por este blog una vez terminado el evento para mostrarte fotos y vídeos de lo que será este apasionante encuentro en Valencia. De momento, preparo una maleta llena de grimorios, amuletos y sortilegios varios. Se trata de que Choose Cthulhu siga extendiendo cada vez más sus viscosos tentáculos…

Thomas Ligotti. Parte I: La tercera pata del banco

Algunas de las personas que me frecuentan y unos pocos amigos con los que suelo intercambiar opiniones sobre literatura me han pedido que les explique cabalmente mi fanatismo por Thomas Ligotti. Digo «unos pocos» porque, en realidad, son en verdad muy escasos los que siquiera registran este nombre. Y a estos, lo hayan leído o no, les despierta curiosidad la enorme admiración que he llegado sentir por su literatura. Pero el caso de Ligotti es muy especial; se trata de un autor «incómodo», incluso «antipático». No es un escritor que despierte el fetichismo del lector o sobre el que se pueda debatir abiertamente y con las herramientas tradicionales de la crítica. Por eso pensé que tal vez era hora de expresar por escrito lo que opino sobre su literatura, y qué mejor espacio que este blog, donde siento que puedo comunicarme contigo a mis anchas. En todo caso, es tanto lo que tengo para decirte que voy a estructurar este monográfico por partes. Hoy, vamos con la primera.

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Son muy pocas las imágenes de Thomas Ligotti que puedes encontrar en Internet. Aquí, una ilustración aproximada…

Suele decirse que toda estructura o sistema necesita, como un banco, de al menos tres recias patas que lo sostengan. Quizá todo medio artístico tenga su trinomio indiscutible —en música clásica se habla de Bach-Mozart-Beethoven, por ejemplo—. Como explorador y estudioso del género de terror he llegado a la conclusión de que el horror literario ha encontrado su Santísima Trinidad: Poe-Lovecraft-Ligotti. En el reparto de papeles la cosa quedaría así: Padre (Poe), Hijo (Ligotti), y Espíritu Santo (Lovecraft).

Antes de que me taches de exagerado o de hereje, paso a explicar los motivos de esta consideración, que son varios.

En primer lugar, Ligotti ha entendido mejor que nadie que el soporte verdaderamente genuino —y el más eficaz— para la materia terrorífica es el relato, y no la novela. El motivo literario, ese hilo conductor temático que forma el esqueleto de toda obra escrita, necesita en el ámbito del terror permanecer tenso todo el tiempo, sostener al lector en una atmósfera de silencioso pavor y no permitirle una distensión que lo refugie en los confortables huecos de la realidad. El relato, en su propia naturaleza como formato literario, no permite esta distensión. Un relato de terror es siempre de terror; una novela, en cambio, necesita de la combinación de la atmósfera horrorosa con un background de realidad convencional, incluso en escenarios totalmente ilusorios. Así, el efecto terrorífico se diluye de manera inevitable.

En segundo lugar, Thomas Ligotti se ha desprendido por completo de la tan cacareada «visualidad» en sus relatos, elemento que —siempre lo he dicho— constituye en mi opinión un lastre para la expresión literaria. Cuando Poe escribía sus relatos no existía el cine; cuando escribía Lovecraft sí, pero era tan grande el desprecio y la indiferencia que el genio de Providence sentía hacia este medio expresivo que, en cuestiones estéticas, es como si no hubiera existido; en una de las escasas entrevistas que le he visto dar, Ligotti se confiesa como un gran aficionado al cine de terror, pero lo importante es que no ha permitido que los códigos expresivos del cine invadan y perviertan su literatura. Sus relatos son puramente literarios y se desarrollan exclusivamente mediante las herramientas que el medio tiene a su alcance, mucho más poderosas e ilimitadas que las del cine —otro tema sobre el que he discutido hasta la saciedad, pero no voy a abrir el debate aquí—. Ligotti es el único de los escritores contemporáneos de terror que ha entendido la importancia del lenguaje literario en la comunicación de su mensaje. Autores como Barker, Campbell, Koontz o King han caído inevitablemente en la «visualidad» —especialmente los dos últimos—, y han otorgado a sus narraciones ese aire de película que vuelve a sus escritos más asequibles a los ojos del lector moderno, obnubilado por el bombardeo de imágenes. No tengo duda de que esto obedece en muchos casos a motivos comerciales: los libros escritos bajo los códigos visuales se venden mucho mejor. A Ligotti se nota que los motivos comerciales le importan bien poco y por eso escribe relatos, menos vendibles que las novelas; y relatos totalmente literarios, mucho menos vendibles que los «visuales».

Tercer punto: la literatura de Thomas Ligotti tiene un trasfondo tan vasto e inabarcable como la de Lovecraft. Obedece a una propia cosmogonía, a un universo creado al margen del papel, pero sumamente coherente, y que basa su discurso en un aspecto del horror que nunca hasta ahora había sido tratado: el concepto de lo grotesco. Poe inventó el horror macabro; Lovecraft dio vida al horror cósmico; Ligotti creó el horror grotesco. Sus relatos están poblados de marionetas, payasos y mascaradas, criaturas híbridas que se han colado en la realidad desde los sueños, supuestos humanos bajo cuya epidermis subyace el embrión de una criatura desarticulada y ancestral; sus escenarios colindan con entornos de pesadilla y su discurso se eleva sobre la acostumbrada banalización del género para instalarse en una especie de terror filosófico donde prima el pensamiento, lo que la mente es capaz de evocar y recrear, la materia del subconsciente que nunca alcanza una forma concreta en la realidad pero que justamente se vuelve más horrorosa por esta cualidad difusa. Y por otras tantas: es una materia subjetiva, inconexa, pulsátil, siempre presente y exclusiva de cada lector, ya que los resortes que activan sus apariciones tienen su origen en sus propios miedos, una especie de punto sensible del subconsciente que el autor de Michigan ha sabido alcanzar como nadie.

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Ilustración interior de una de las ediciones de Noctuario, una de las obras maestras de Thomas Ligotti. Este impresionante cover, obra de Aeron Alfrey, refleja a la perfección la esencia del universo ligottiano.

No son solo tres puntos los que sostienen mi teoría de que Thomas Ligotti es la tercera pata del banco de la literatura de terror, sino unos cuantos más, pero no quiero extenderme demasiado hoy. Muy pronto me pasaré por aquí para seguir hablándote de este autor. Por supuesto que no es un autor fácil ni de consumo rápido. No es el escritor que te llevarías al aeropuerto, a la playa o al apartamento donde pasas las vacaciones. Es un autor en el que has de sumergirte en tu rincón de lectura favorito, con diccionarios y libros de consulta al lado, a ser posible con algún volumen de Schopenhauer cerca, con una lámpara que apunte directamente sobre las páginas del libro y sin ruidos o interrupciones que detengan la magia y la hipnosis de su literatura…

¿Que cuáles son mis obras favoritas de Thomas Ligotti? Te lo cuento otro día, en la segunda parte de este monográfico. Ese día te prometo ahondar en su obra y desgranarte algunos de los relatos que más me han impactado.

Con lo de hoy, creo tenemos suficiente como para empezar…

Festival del Manga/ComicCan 2019. Galería fotográfica

Hoy me paso por El Disparaletras® para dejarte una buena colección de imágenes de lo que fue el fin de semana que vivimos en el X Festival del Manga/ComicCan 2019 de Las Palmas de Gran Canaria, encuentro en donde mis compañeros de equipo del Proyecto Choose Cthulhu y yo presentamos en sociedad a nuestro último bicharraco: La llamada de Cthulhu. Hardcore Edition. Quería aprovechar para agradecer de corazón a todos los que se pasaron por allí a escuchar nuestra conferencia y que agotaron la edición en tapa dura del libro, y también, por supuesto, a los que dejaron flacas las existencias de la edición Vintage. Estoy seguro de que, a una semana del evento, ya todos ellos habrán muerto de diversas formas horripilantes, o acabado entre las celdas acolchadas del Manicomio de Arkham, o tal vez perdidos en los mares ignotos, a bordo de un navío ingobernable… En fin, que habrán tenido la oportunidad de vivir esta apasionante aventura lovecraftiana en primera persona, que es nuestro objetivo máximo en el Proyecto. También quería agradecer a mis compañeros de equipo: en primer lugar a Edward T. Riker y Eliezer Mayor, por todo su talento y buen hacer artístico, pero más que nada por todos los buenos ratos que pasamos juntos y por hacerme sentir tan a gusto a bordo de este barco que es Choose Cthulhu. Y también, por supuesto, al resto del equipazo, a toda esa gente que se desloma para que lleguemos cada vez más lejos y que aguanta estoicamente nuestras frikadas. Sois unos cracks, amigos…

Sin más dilación, te dejo aquí una nutrida galería de imágenes de lo que fue el evento:

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Primer plano de la “criatura”…

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Primer contacto…

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El resto de las bestias…

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Con mi gran colega y confidente, el Gran Cthulhu

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El resto de nuestra fabulosa colección. Simplemente Choose Cthulhu

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Asistentes al evento flipando con nuestra galería de imágenes de Choose Cthulhu

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Más imágenes de nuestra colección

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Una exposición dedicada al maestro

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Datos de interés del universo lovecraftiano

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Lovecraft en el cine…

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Objetos fetiche: películas, cómics, funko pops… y más

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Nuestra colección, rodeada de criaturas tentaculares. La esencia de Choose Cthulhu

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Nuestro ilustrador, Eliezer Mayor, desplegando su arte…

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… y creando genialidades, como es su costumbre.

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En compañía de una cultista de las más fieles, con su camiseta oficial de Choose Cthulhu

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Exposición sobre Nosferatu, uno de mis no-muertos favoritos

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Los artículos fetiche del bueno de Pennywise

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Y el payaso en persona…, con los otros dos payasos detrás, en sus dos versiones cinematográficas

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Delante de la exposición de imágenes de Choose Cthulhu

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Con otros dos colegas a los que aprecio mucho: Mike y Jason

Como sabes, están siendo unas semanas cargadas de eventos y noticias, y prometo pasarme regularmente por aquí para tenerte al tanto de todo. Especialmente, de una novedad muy suculenta que me gustaría compartir contigo, que frecuentas este blog, antes que con nadie. Así que, atención…

De momento, esto es todo. Volveré pronto con más…

Feria del Libro y la Lectura en Maspalomas

Todavía con la resaca del intensísimo fin de semana que vivimos durante el X Festival del Manga de Las Palmas de Gran Canaria – ComicCan 2019 (evento del que prometo traerte fotos y testimonios en cuanto se calme un poco la cosa), resulta que el calendario está tan apretado que hoy tengo que pasarme a disparar letras para informarte de otro evento. Este tendrá lugar el próximo sábado 16 de noviembre en el marco de la Feria del Libro y la Lectura, una iniciativa del Cabildo de Gran Canaria y la Biblioteca Insular, y que consiste en llevar la Feria del Libro por distintos municipios de nuestra querida isla.

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Cartel promocional de la Feria del Libro y la Lectura, que este año se traslada a San Fernando de Maspalomas

En esta ocasión estaré impartiendo una conferencia sobre la importancia de la mujer en la evolución de la literatura gótica y de terror. El rol de las mujeres ha sido primordial en el desarrollo de la narrativa de terror a lo largo de la historia. Ya desde los comienzos, con el nacimiento del género gótico, la mujer ha sido artífice de gran cantidad de obras capitales que jalonaron las bases temáticas y estilísticas del género. Desde pioneras como Ann Radcliffe o Mary Shelley hasta grandes autoras contemporáneas como Daphne Du Maurier, Shirley Jackson, Joyce Carol Oates o Anne Rice, lo que se propone esta conferencia es homenajear a todas aquellas escritoras que hicieron grande la narrativa gótica y que resultaron influyentes para generaciones enteras de lectores y escritores.

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La gran Shirley Jackson, una de las autoras más importantes de la historia del horror literario, y que será protagonista de excepción en nuestra charla-debate

La conferencia dará comienzo a las 20.00 horas, pero desde luego habrá multitud de actividades durante todo el fin de semana, con charlas, juegos de animación, firma de ejemplares, proyección de películas y muchas cosas más. Te dejó aquí un enlace de descarga para que puedas ver todo el programa completo y los sitios concretos en donde tendrán lugar las actividades.

Programa completo de la Feria del Libro y la Lectura en Maspalomas

Es todo por ahora. Te prometo un resumen de todos estos eventos en este blog en cuanto logre organizar un poco todo el material. Mientras tanto, seguimos en la carretera…

Ya se escucha la Llamada de Cthulhu

Cada vez está más cerca la presentación en sociedad de La llamada de Cthulhu. Hardcore Edition, el volumen 0 de la colección Choose Cthulhu que he tenido el placer de escribir, adaptando la obra maestra de H. P. Lovecraft al formato libro-juego. Como ya sabes, los Mecenas Primigenios del proyecto han tenido acceso al texto en formato digital, pero el próximo viernes 8 de noviembre, a partir de las 17.00 horas, haremos la puesta de largo del volumen en formato físico. El acto tendrá lugar en el marco  del X Festival del Manga / ComicCan de Las Palmas de Gran Canaria, a celebrarse los días 8, 9 y 10 de noviembre en INFECAR (Recinto Ferial, Av. de la Feria, Nº 1, Las Palmas de Gran Canaria) y se iniciará con una conferencia que impartiremos Edward T. Riker y yo, y en la que hablaremos de «La llamada de Cthulhu» como pieza troncal de los Mitos de Cthulhu y de la influencia de esta corriente literaria en el desarrollo de la literatura de terror en los siglos XX y XXI.

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La llamada de Cthulhu, Hardcore Edition, de H. P. Lovecraft y Leandro Pinto (Ilustraciones de Adrián Lucas Hernández y Jagoba Lekuona). 2.0 Books, Santa Cruz de Tenerife, 2019. 128 páginas (edición vintage)

Cuando terminemos, podrás hacerte con tu ejemplar del libro-juego en cualquiera de los dos formatos (vintage y deluxe) y elegir tu propia manera de perecer bajo las garras de un Dios Primigenio, enfrentarte al Gran Cthulhu en la ignota ciudad-cadáver de R’Lyeh o, tal vez, acabar tus días recluido en el temible Manicomio de Arkham. Huelga aclarar que tendremos abundantes ejemplares del resto de los libro-juegos que componen esta demencial e impresionante colección de aventuras lovecraftianas en las que tú eliges tu propio destino.

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La llamada de Cthulhu, Hardcore Edition, de H. P. Lovecraft y Leandro Pinto (Ilustraciones de Adrián Lucas Hernández y Jagoba Lekuona). 2.0 Books, Santa Cruz de Tenerife, 2019. 128 páginas (edición deluxe)

Te comento, además, que no solo estaré presentando allí a mi nueva criatura, sino que también tendré un stand propio donde estaré firmando ejemplares de todos mis libros, incluida mi última colección de relatos Alguna clase de monstruo. Así que si te falta alguno para completar tu colección, pásate por allí y llévatelo firmado.

Aquí te dejo unos cuantos enlaces de interés:

Accede a la pre-venta del libro-juego La llamada de Cthulhu. Hardcore Edition

Si eres un Mecenas Primigenio de Choose Cthulhu, descarga la versión digital de La llamada de Cthulhu Hardcore Edition

Compra tus entradas para el X Festival del Manga / ComicCan

Accede a toda la información necesaria sobre el X Festival del Manga / ComicCan

 

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La Llamada de invocación del Gran Cthulhu se oye cada vez más próxima, así que prepara tu bolso de viaje y ten a mano pluma y bloc de notas para apuntar los portentos que veas allí, porque las costas de la pérfida R’Lyeh están cada vez más cerca y un monstruo tentacular nos espera agazapado entre aquella arquitectura ciclópea. Y es este viernes cuando le toca asomarse al mundo otra vez…

Gatos y calabazas

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Se acercó con sigilo a la puerta del caserón. Parecía vacío… Abandonado, le susurró su mente, siempre tan imaginativa. Llamó un par de veces, sin respuesta. Agitó la bolsa de papel. Los caramelos y las chocolatinas rebotaron en el fondo con un sonido hueco. Todavía no era medianoche y ya había conseguido un botín más que interesante. La noche prometía. Golpeó otras dos veces… sin respuesta. Entonces abrió la puerta y entró. Sabía que eso no estaba bien, pero era un niño. Un niño disfrazado de vampiro. ¿Qué reprimenda le podía caer por entrar a hurtadillas en la casa abandonada de la esquina, esa que todos sus amigos decían que estaba embrujada? Al contrario: pensaba en el momento en el que podría presumir delante de ellos de haber entrado allí… ¡y en plena Noche de Brujas!

Entró. El suelo del vestíbulo estaba repleto de calabazas. Calabazas ornamentadas para la ocasión. Vacías y recortadas y con velas encendidas en el interior. Muchas. Muchas calabazas. Tantas que lo encandilaron. Tantas que no alcanzó a distinguir la presencia del gato negro agazapado junto a la bolsa de chucherías. Dio un paso adelante y solo entonces lo vio. Parecía tranquilo. Incluso parecía estar esperándolo.

Una bolsa de chucherías. Seguramente la habían dejado allí para él… ¿no? Es decir, para el valiente que se atreviera a entrar en la casa embrujada durante esa noche. Era un premio. Un reconocimiento. Se acercó a la bolsa. Y al gato, que no dejaba de observarlo con calma, se diría que con suficiencia. El niño disfrazado de vampiro, el más valiente de todo el vecindario, se asomó al interior de la bolsa.

En ese momento, un tumulto de maullidos infernales surgió desde todos los rincones del salón, y de los escondrijos iluminados con el resplandor anaranjado de las calabazas emergieron innumerables garras afiladas y cuerpos peludos y pequeños dientes puntiagudos. Y una marea de bolas negras e hirsutas se abalanzó sobre el niño y las risas de las brujas se oyeron hasta después de medianoche.

Fue un Halloween más en la casa de los gatos y las calabazas.

Un Planeta muy, muy lejano

Si hay algo de lo que carece este blog es de artículos incendiarios o polémicos. No pierdas la calma: este seguramente tampoco lo será.

Como todo el mundo, tengo mi opinión sobre los más diversos temas: política, sociedad, religión, cultura… Nunca comparto estas opiniones en las redes sociales o en este blog, plataformas que prefiero utilizar para comunicarme con mis lectores o con cualquiera que esté interesado en las actividades que llevo a cabo.

Pero durante la pasada semana tuvo lugar un hecho curioso y pensé que era una buena ocasión para, convertido el hecho en anécdota, resumirla aquí.

El martes 15 de octubre fallaron los Premios Planeta. Tú ya lo sabes: es el galardón más prestigioso del mundo editorial en España. Del ámbito hispanohablante en general, más bien dicho. Se entrega anualmente, durante las dos últimas semanas de octubre, y se prepara al respecto una gran cruzada publicitaria de cara a la campaña de Navidad. El miércoles por la mañana comencé a recibir mensajes de WhatsApp de amigos y conocidos que trabajan en el mundo del libro: comerciales, representantes de editoriales, libreros, lectores a los que respeto mucho. Todos me preguntaban qué opinión me merecía la elección de los ganadores (Premio y Finalista). Me hizo sentir muy halagado el que mi punto de vista les interesara. Después me llamaron de una radio y de un periódico (que no voy a nombrar) para solicitar, también, mi opinión al respecto. Más halagado me sentí, lógicamente, y para mí hubiera sido muy fácil adoptar cualquiera de estas dos posturas: o bien emitir una opinión cáustica y venenosa acerca de la supuesta transparencia del concurso, o bien pronunciarme en pro de este reputado premio, siguiendo un poco el juego y empleando un tono de circunspecta gacetilla pelotillera. Lo que fuera, digamos, con tal de ver aparecer mi nombre junto al del premio en el medio en cuestión, aunque solo fuera en el papel del perrito del ciego. Y aunque agradezco sinceramente el interés que han mostrado estos medios por mi opinión, sentí que no estaría siendo sincero si adoptaba cualquiera de estos dos papeles. Así que me vi en la obligación de decirles la verdad: que no tengo una opinión formada que merezca la pena publicarse en un periódico o emitirse a través de la radio.

Por eso, y como posiblemente me sienta en deuda con esa curiosidad insatisfecha, intentaré esbozar aquí algo parecido a una opinión, por ajeno y remoto que me resulte el tema.

Cuando la gente te conoce y llega a saber que te dedicas a la literatura suele ser una broma habitual el comentario: «¡A ver si un día ganas el Premio Planeta!». Uno sonríe y pone cara de «¡Es imposible!», pero la persona que ha hecho el comentario no sabe hasta qué punto es realmente imposible. A veces la coletilla germina y acaba ramificando en una conversación, y es entonces cuando yo siento que el Premio Planeta (y con esto puedo englobar al Nadal, el Alfaguara, el Espasa y todos los premios de prestigio que se entregan en este país) forma parte de una realidad en la que ni remotamente me deslizo a diario. No se trata ya de que uno juegue en otra liga; más bien se tiene la sensación de que uno practica otro deporte, con otro balón y otro equipamiento en general. Y bajo un reglamento distinto. Para mí hablar del Premio Planeta es como hablar de los despachos de la embajada letona en Montreal o del apareamiento de la cucaracha «banda café». Es algo de lo que no tengo ni idea.

Cuando lo planteas así, la gente se extraña y te dice, con toda lógica: «Pero ¿cómo? ¿Tú no eres escritor?». Y entonces te preguntas si conviene o no explicarle que toda esta movida tiene un poco que ver con la escritura y con la literatura (un poco), pero que hay muchas otras cosas que quizá ejerzan una influencia más decisiva, y que todos esos factores no tienen ninguna relación con lo que es tu trabajo diario, ese que consiste en recrear historias mediante la palabra, trabajar técnicas literarias, redactar, pulir, releer y corregir, leer a tus autores favoritos, estudiar nuevas técnicas y ampliar los horizontes de conocimiento, volver a redactar y, en fin, todo lo relacionado al oficio de escritor.

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El trofeo que recibe el ganador del Premio Planeta, además de una importante dotación económica

¿Qué es para mí un Premio Planeta? Supongo que un libro, sí. Nunca me he comprado ninguno, a decir verdad, porque aunque me muevo entre libros durante gran parte del día, me siento demasiado ajeno a lo que pueden ofrecerme Ganadores y Finalistas como material literario. Es más: puede que sea el propio galardón el que me despierte alguna reticencia a la hora de acercarme a cualquiera de los títulos. Eso, además de la lejanía insalvable que supone el posicionamiento de toda su maquinaria comercial. Es como si yo estuviera arrinconado en un ático telarañoso en la planta diecisiete de un edificio, escribiendo mis tonterías, y la fragua donde se cuece el Premio Planeta se encontrara en el cuarto subsuelo, ardiendo y escupiendo fuego en medio de calderas sulfurantes y amenazadoras. Y, como si uno fuera K. en El castillo de Kafka, conjetura que todas las puertas que hay entre un recinto y el otro están cerradas y herméticamente protegidas. Y digo «conjetura» porque, sinceramente, nunca me he acercado a ellas, nunca he intentado abrirlas, nunca he golpeado a ver si había alguien del otro lado. Ya escucho los ecos de algunas voces que dicen: «Tranquilo, que no pensábamos abrirte. Ni siquiera nos asomaríamos a la mirilla para verte el careto». Y aunque no me escuchen, también yo me siento con ganas de responder desde este lado: «Tranquilos, que de momento se está a gusto aquí, en el rincón telarañoso del ático, escribiendo tonterías».

Una vez, no obstante, cogí un Premio Planeta de una estantería en mi librería favorita. Creo que fue simple curiosidad. Incluso lo abrí y estuve echando un vistazo. Y resulta que era un libro, con palabras, frases y párrafos. Y contaba una historia. Me sentí estúpido. «¡Ah, pero esto se parece un poco a lo que hago día a día!», pensé. Pasé las páginas con gesto idiota, parpadeé un par de veces, lo cerré y volví a dejarlo en su sitio. Antes de alejarme de él, me pregunté: «¿Dónde radicará la diferencia esencial? ¿Existe allí una especie de conjuro mágico? ¿O es algo que todos menos yo pueden ver, como aquel traje del emperador?». Pensé entonces en el misterio insondable, en el arcano inaccesible que seguramente escondían sus páginas y que, por más que me esforzara, un tontolaba como yo nunca sería capaz de asimilar. Y volví a sentirme estúpido y deseé regresar al rincón del ático. Después vi otros libros y me animé un poco.

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Javier Cercas y Manuel Vila, ganador y finalista (respectivamente) de la edición 2019 del Premio Planeta

Parece que hubo algo de polémica este año: Planeta ha premiado a los «galácticos» de Penguin Random House (Javier Cercas y Manuel Vila), y en muchos medios de comunicación esta decisión huele a tentación por parte del Grupo Planeta por absorber y sustraer a ambos autores. Por birlárselos a la competencia, vamos. Me preguntan: ¿casualidad o burda estrategia comercial?

En fin… Todos somos ya mayorcitos y conocemos el mundo en el que vivimos. Y esto no es una crítica ni al Premio Planeta, ni al Grupo Planeta, ni al sistema de premios en España. Como digo, este tipo de opiniones específicas me las guardo para mí, y nunca he sido ni lanzabombas ni propenso a la genuflexión, ni avieso antisistema ni recalcitrante guardián de los tesoros del mismo. Tan solo quiero dejar constancia de que no puedo emitir una opinión formada al respecto porque, como digo, todo este microuniverso de los premios y los estratos administrativos que los despachan me son demasiado ajenos, demasiado remotos.

Para mí es como si me preguntaran sobre el ecosistema de un Planeta muy, muy lejano al que (de momento) me toca habitar.

«Trilogía de la noche». El testamento literario de Elie Wiesel

Cayó en mis manos la reedición que Austral puso en circulación hace unos años de la célebre «Trilogía de la noche» de Elie Wiesel, volumen que contiene las novelas La noche, El alba y El día, y que forman un compendio esencial de lo que se denomina «Literatura del Holocausto». Siempre bajo la sombra del Diario de Ana Frank, el testimonio de Wiesel ofrece un visión desgarrada y profunda del conflicto que empuja al lector a la reflexión y elabora una pasional y sentida alegoría de la muerte, elemento conductor de las tres novelas y de los distintos episodios de la narración biográfica de Wiesel. Un testamento literario conmovedor y de amplias lecturas. El legado definitivo del premio Nobel de la Paz.

«Trilogía de la noche» (compuesta por La noche, El alba y El día), de Elie Wiesel. Austral, Madrid, 2013. 352 páginas

La noche es una novela en clave biográfica que rescata la primera juventud del protagonista. Capturado por los nazis a los quince años, cuando Ferenc Szálasi tomó el poder por la fuerza y derrocó al regente húngaro Miklós Horthy, fue conducido a los campos de concentración de Auschwitz, Biernkenau y Buchenwald. El relato, visiblemente enmarcado a través de los ojos de un adolescente, narra las penurias del numeroso grupo de judíos cautivos que son expulsados de su ciudad, hacinados en un gueto y, finalmente, conducidos en rústicos trenes hasta los campos de concentración. También se narra la vida miserable y vejatoria en los campos y la transformación espiritual de cada uno de los prisioneros. Es desgarrador el retrato que se nos muestra de la desesperación del alma humana ante la cercanía de la muerte, así como la absoluta pérdida de valores en el afán por sobrevivir. También seremos testigos de la desintegración total de la familia del protagonista, así como de sus intentos por permanecer junto a su padre hasta el último momento. El relato se cierra con el rescate por parte de las tropas soviéticas en abril de 1945.

El alba narra la juventud del mismo protagonista que milagrosamente ha escapado a las garras de la muerte en el infierno de Buchenwald. La novela está ambientada en la Palestina ocupada por las fuerzas británicas. Por siempre traumatizado a causa de la dolorosa experiencia, el joven Elisha se ha convertido en un idealista, en un miembro de la resistencia judía en Palestina y, casi sin darse cuenta, en un terrorista que obedece órdenes en pos de la causa. En este caso, le han encomendado el ajusticiamiento de un oficial británico como brutal respuesta a la ejecución de un agente de la resistencia. El protagonista se debate durante todo el relato en los dilemas morales propios del acto de matar a sangre fría y es consciente de que su vida, a partir de ese momento, no será la misma. La acción está salpicada con dolorosos recuerdos y visiones de amigos y familiares muertos durante la guerra, de amores frustrados, de su primera experiencia erótica y de los sentimientos de amistad y fraternidad que le unen a sus compañeros de causa. Finalmente, de la comprensión humana y del insólito altruismo que surge entre él y su cautivo, en quien reconoce a un inocente, otra víctima de unas circunstancias inexplicables. La escena final conforma uno de los momentos emocionalmente más álgidos de toda la trilogía.

Por último, en El alba, el autor nos cuenta la madurez del personaje, ya instalado en la ciudad de Nueva York y ejerciendo como periodista. El paso de los años no ha logrado cerrar las heridas y el protagonista se presenta ante el umbral de la muerte tras un aparatoso accidente de tráfico. La cercanía del fin lo mantiene indiferente: siente que ha sobrevivido a lo peor en los campos de concentración y que la acechanza de la muerte ya no puede incomodarlo. Una historia de amor confusa lo ata a la vida, además de su deseo siempre implacable de encontrar respuestas y solucionar sus profundas crisis de fe, una fe vapuleada por todo el horror que tuvo que atravesar. Es, a pesar de los tiempos de paz en que se desarrolla, el relato que más nos habla de la muerte. Analiza el concepto no solo como un fenómeno metafísico de inalcanzable explicación, sino como el destino absoluto de la vida, como el único fin posible y aceptable al círculo vital. El relato se cierra con la confrontación de ideas entre el protagonista y un amigo pintor, un hombre apegado al arte como única vía para escapar del inevitable fin.

Elie Wiesel (1928-2016), superviviente de Buchenwald y autor de la «Trilogía de la noche»

Elie Wiesel ha dedicado gran parte de su vida a la escritura y a la divulgación de los horrores del Holocausto. Su testimonio escrito es sin duda uno de los documentos más estremecedores no solo de la vida en los campos de concentración, sino también de las secuelas psíquicas, físicas y emocionales de todos los supervivientes. A Wiesel se le concedió el Premio Nobel de la Paz en 1986.

Tres novelas que te dejan hecho polvo pero en las que se pueden apreciar momentos de una literatura inalcanzable. Durísimo y conmovedor retrato de una época infausta, de unos hechos que nunca debieron ocurrir.

Tarde de relatos en Sinopsis: un recorrido por los mejores cuentos de terror

Hoy me paso por El Disparaletras® para anunciarte un evento que tendrá lugar este jueves, 10 de octubre, en las instalaciones de Librería Sinopsis (C/ Domingo J. Navarro, nº 8) y durante el cual efectuaremos un recorrido por los que yo considero los veinte mejores relatos de terror de todos los tiempos. Empezamos a las 18.00 horas. Se trata, como puedes ver, de una cita imperdible si eres un fanático o fanática del género y quieres empaparte de lo mejor que nos ha dado la materia oscura en cuestión de narrativa breve.

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Nos encantan las listas y los ránkings, eso es innegable, pero ¿qué criterio seguir para confeccionar una lista con los mejores relatos de terror que se han escrito? ¿Cuáles son los mejores? ¿Los que están mejor escritos? ¿Los que cuentan una historia más original? ¿O aquellos que, bien o no tan bien desarrollados, despiertan más miedo en el lector? Todas estas cuestiones, y otras más, intentaremos dirimirlas este jueves, cuando te lleve mi propio listado de relatos, elaborado con no poco quebradero de cabeza. Seguramente verás allí ausencias notables, pero también puede que te encuentres con alguna pieza de la que nunca habías oído hablar. Tu propio listado de favoritos, tan válido y respetable con el mío, puede que salga enriquecido después de este encuentro. Por supuesto que estarán allí los grandes maestros del género, pero también algún que otro autor no del todo reconocido. Tendremos dos horas para analizar cada una de estas veinte piezas maestras.

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El terror, ese género literario que tanto nos apasiona, desgranado a través de sus veinte obras de narrativa breve fundamentales

Sinopsis ha preparado, además, un suculento surtido de literatura macabra. Si te has pasado por su cuenta de Instagram (instagram.com/sinopsislibreria, si no lo has hecho, te aconsejo que no tardes en echar un vistazo) habrás visto la nutrida estantería especialmente montada para el evento.

Desde las 18.00 horas me tendrás allí, con un montón de libros sobre la mesa y una selecta nómina de obras maestras que, obviamente, estoy deseando compartir contigo.

¿Te lo vas a perder?