“La mirada de los peces”: un diálogo entre pasado y presente

Sergio del Molino lo ha vuelto a hacer. Con La mirada de los peces nos regala un fresco barroco y lo suficientemente condensado como para asimilarlo en un par de sentadas, que es lo que suelen durar sus libros entre mis manos (así ha sido durante estos últimos meses, tras leer casi de un tirón La hora violeta, Lo que a nadie le importa y éste, su más reciente trabajo). Es un escritor fascinante. Yo creo que el secreto de su literatura radica en que logra una combinación prodigiosa entre profundidad, intimismo y fluidez. Valiéndose de un vocabulario amplísimo y de una mirada entre nostálgica y cínica sobre los temas que toca, cuesta creer que se trate de un autor tan joven. Hay, en sus maneras expositivas, esa distancia analítica que solo brindan los años de experiencia, como si dentro de ese lenguaje, profuso y cercano a la vez, se escondiera un veterano curtido en mil batallas, tanto en la vida como en la literatura.

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“La mirada de los peces” (Barcelona, Literatura Random House, 2017)

Un comentario apresurado indicaría que La mirada de los peces nos cuenta la cronología de una muerte anunciada: la del profesor Antonio Aramayona, docente y amigo personal del narrador. Pero, en realidad, la novela habla sobre muchas más cosas. Es el retrato de una generación, esa que creció contemplando la barbarie de ETA y la decadencia social tan emparentada a los noventa, esa que encontró en el consumo de porquerías más o menos inofensivas la sublimación de un espíritu confuso en tiempos vertiginosos y mandibulares. Los amigos, los descampados, los conciertos, los porros y las borracheras, las ansias literarias, la incomprensión de los mayores, las gamberradas protoperiodísticas y, finalmente, esa madurez ilusoria, esa sensación de haber traspasado el umbral de la adultez que nunca termina de ser concreta, que nunca termina de ser real. De todo eso y de mucho más nos habla Sergio del Molino en este libro, jugando con una estructura de saltos en el tiempo que da forma a un maravilloso diálogo entre pasado y presente y que otorga muchísimo relieve a la narración, siempre a través de los ojos de su narrador.

Sergio del Molino es un autor que me llegó casi por casualidad. La hora violeta cayó un día entre mis manos y lo leí, con más curiosidad que expectativa. Es de esas novelas que te dejan con la boca abierta, de esas que no sabes explicar de forma palmaria por qué te han gustado tanto, especialmente tratando un tema tan espinoso, tan complicado. Poco después descubrí que el autor y yo compartíamos claustro en los Talleres de Escritura Creativa de Fuentetaja; otra casualidad. Enseguida caí sobre Lo que a nadie le importa, esta vez sí con unos niveles de expectativa bastante elevados; no me defraudó en absoluto, pues encontré una literatura igual de compleja y al mismo tiempo igual de fluida, patrón estilístico que, insisto, es lo más llamativo de su obra. Ahora, tras La mirada de los peces, apunto con letra indeleble al autor como uno de esos de los que hay que estar atento a cada publicación suya (me he saltado La España vacía, su exitoso ensayo del año pasado, sobre el que caeré en breve).

La mirada de los peces sale a la venta el 7 de septiembre (fui uno de los privilegiados a los que la editorial confió uno de los ejemplares no venales, bendita sea por siempre su existencia). Le auguro, desde luego, un fulminante éxito de crítica, tal y como lo tuvieron sus anteriores novelas. Creo que estamos ante un ejemplo más de la buena salud que goza la literatura en lengua española fomentada por un grupo de autores jóvenes, entre los que destacaría, además de a Sergio del Molino, a Patricio Pron y a Jesús Carrasco. Literatura seria, pero fresca; profunda, pero accesible, y hecha (estas cosas se notan) con devoción y respeto hacia el oficio.

Taller de Escritura Creativa: El deseo de escribir

Hoy vengo a disparar letras para anunciarte una feliz noticia: este verano estaré impartiendo dos talleres de Escritura Creativa en Fuentetaja Literaria, institución con más de treinta años de experiencia en el campo de la didáctica aplicada a la escritura creativa. El taller, que será presencial, tendrá lugar a partir del miércoles 12 de julio, en las dependencias de la Galería Manuel Ojeda (C/ Buenos Aires, 3, Las Palmas de Gran Canaria). Puedes acceder a toda la información desde la web de Fuentetaja o en Librería Sinopsis (C/ Perdomo 6, Las Palmas de Gran Canaria).

La idea del taller es motivar e incentivar a todos aquellos que sientan la nacesidad de expresarse creativamente a través de la escritura. Allí manejaremos dinámicas de grupo, horizontales, en las que primará el intercambio de ideas y de opiniones y un feedback que nos ayudará a deshinibirnos y a liberarnos de cualquier tipo de prejuicio a la hora de enseñar nuestros escritos. Se trata de un taller intensivo, de quince horas repartidas en seis sesiones, mediante las cuales abriremos el camino a la imaginación, nos adentraremos en él y llegaremos al misterioso corazón de la escritura. Así, romperemos bloqueos, estimularemos la creatividad y superaremos las barreras que dificultan la expresión literaria.

También compartiremos opiniones y debatiremos acerca de textos de autores imprescindibles que, a modo de material práctico, nos ayudarán a adentrarnos en el complejo mundo de la expresión escrita. En definitiva: un taller que busca no tanto formar a escritores profesionales (que también), sino estimular la creatividad en todos aquellos que sientan afición por la expresión escrita, por esto tan mágico y maravilloso que conocemos como “literatura”.

Si eres de los que quiere escribir y no se atreve, o si crees que te faltan herramientas, conceptos o tan sólo un empujón para lanzarte a la aventura, te espero en “El deseo de escribir: los primeros pasos en la escritura”.

NOTA: Hay otra convocatoria de este mismo taller en septiembre (haz clic aquí para acceder a la información del taller).


La génesis del Gotico

Sí. Esto que tú y yo amamos tanto y que no es otra cosa que el terror en la literatura, nació un buen día. El día en el que la Oscuridad se cernió sobre las páginas y surgió desde las tinieblas lo que hoy conocemos como «género gótico». El día en el que el mundo conoció El castillo de Otranto, la primera novela gótica y, por tanto, el punto de partida a la literatura de terror tal cual la conocemos hoy.

“El castillo de Otranto”. de Horace Walpole. Madrid, Valdemar, 2008.

Llevaba tiempo queriendo escribir sobre esta novela fundacional y absolutamente imprescindible para entender no sólo este género que nos apasiona, sino los orígenes mismos del relato de miedo o horror story, como se lo conoce en inglés. Tal vez no sea este el espacio adecuado para rastrear los orígenes mismos de la imaginería gótica o el por qué de su nacimiento, pero básicamente se trataba de contrarrestar las normas graníticas y encorsetadas que hacia mediados del siglo XVIII, y en materia de narrativa, había impuesto la Ilustración. Considerado ya desde sus inicios como un género «menor» o incluso «vulgar», el surgimiento del gótico se sustentó en la aparición consecutiva de cuatro novelas clave en la conformación de sus características: El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole; Los misterios de Udolfo (1794), de Ann Radcliffe; El monje (1796), de Matthew G. Lewis; y Manuscrito encontrado en Zaragoza (1805), de Jan Potocki.

El castillo de Otranto es una obra breve y extrañamente bella en la que Walpole establece los patrones fundamentales del relato gótico clásico (presencia de una profecía ancestral, erotismo soterrado bajo la atmósfera de los eventos sobrenaturales, escenario medieval, emociones exacerbadas de los protagonistas). No es, estrictamente hablando, una novela que provoque miedo o terror (no al menos en el sentido en el que estamos acostumbrados en nuestros días), pero su tono apela al romanticismo más desnudo y, por primera vez, a la presencia de hechos inexplicables. La historia es bien sencilla: Manfred, príncipe de Otranto, ve morir trágicamente a su hijo Conrad en un luctuoso y macabro accidente. Decidido a tener descendencia masculina, se dispone a casarse por la fuerza con Isabella, la hasta ese día prometida de su hijo. En medio de las persecuciones por pasadizos y catacumbas, por galerías medievales y almenas, se irán revelando los jirones de una maldición ancestral que los hados habían prometido hacer caer sobre Manfred, usurpador del trono.

“El castillo de Otranto”. Grabado de Giovanni Battista Piranesi.

La novela mantiene un tono eminentemente trágico, pero Walpole la salpica hábilmente con sutiles toques de humor, siempre en boca de los criados del castillo, una práctica que repetiría la señora Ann Radcliffe en su monumental Los misterios de Udolfo. El lector del siglo XXI quizá pueda detectar rasgos de ingenuidad en algunas de las actitudes de los personajes o en la exagerada demostración de sus sentimientos (proliferan las exclamaciones, los clamores al cielo, los desmayos, etcétera). Es éste otro rasgo propio de estas novelas pioneras y, creo yo, han de ser contemplados con el respeto que se les debe a las piezas iniciáticas. En todo caso, la novela contiene valores que van más allá de sus virtudes puramente fundacionales: se trata de un relato entretenido y apasionante, con un excelente desarrollo narrativo y un puñado de muy pintorescos personajes.

Horace Walpole (1717-1797)

Hablando de personajes pintorescos, el autor de la novela no lo es menos. Horace Walpole nació el 24 de septiembre de 1717 en Londres. Era hijo del Primer Ministro Robert Walpole, y cursó estudios en el Eton College y el King’s College de Cambridge. Fue un homosexual declarado desde su más temprana juventud, y no solo fue un pionero en literatura, sino también en arquitectura: económicamente holgado tras la muerte de su padre, se hizo construir un suntuoso palacete gótico al que llamó Strawberry Hill, cerca de Twickenham (Londres), sitio que hoy puede visitarse como destino turístico y que se ha convertido en una referencia del estilo neogótico. Además de narrativa, incursionó con notable éxito en el ensayo artístico, sobre todo en pintura y arquitectura, además de legar para la posteridad una cuantiosa correspondencia. Falleció, longevo, el 2 de marzo de 1797.

Una reducida semblanza de esta pequeña gran obra maestra, sin la cual no se podría entender toda la literatura de terror hasta nuestros días. La edición de Valdemar nos ofrece 240 deliciosas páginas que nos harán entender cuándo y por qué, un buen día, se hizo la Oscuridad en la literatura.

 

El espejo a medianoche

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¿Conoces esa leyenda urbana? Sí, ya sabes a cuál me refiero. No, no mires para otro lado. Te hablo a ti, a la del espejo. Esa que cada mañana y cada tarde y cada noche me contempla disconforme con la forma del rostro, el corte y el color del cabello, los granos rebeldes de ese acné imperecedero, la cintura con sus insufribles lorzas, los labios que desearías más carnosos y sensuales… Te hablo ti: la que siempre se queja, la que siempre se amarga, la que desperdicia su vida deseando que la imagen del espejo sea otra. Que yo misma sea otra. ¿Conoces acaso la leyenda urbana? ¿Te has mirado alguna vez al espejo a medianoche, con las luces apagadas? ¿Sabes acaso quién te espera tras ese reflejo de ojos caídos y temerosos y la expectación tatuada en tus labios crispados?

Ahora… Ahora lo sabes. Ahora que faltan apenas unos segundos para el cambio del día, como en aquel relato de la Muerte Roja. Ahora que tu pecho se agita con tu respiración desacompasada y que tus extremidades tiemblan a causa del pánico venidero. ¡No, no entornes los ojos! Te perderías el espectáculo, monada. Te perderías el rostro maléfico que te aguarda tras la protección de cristal. Sí, puede que creas que está a tus espaldas…, pero en realidad está dentro de ti.

Prepárate. Solo faltan unos segundos.

Cuatro, tres, dos, uno…

Ahora…, ahora es cuando empiezas a gritar

Fantasía sexual con Lucy Westenra

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No era una esposa adúltera como Bovary, Karenina o Lady Chatterley. Ni siquiera una recatada voluptuosa y apetecible como la incomparable Anita Ozores. No. Era una núbil doncella, una virgen curiosa, una flor rebosante de candor que gustaba de pasearse por el cementerio, por la tenebrosa abadía de Withby, y que contemplaba lápidas y losas y se maravillaba ante el mugido de las vacas. Su sonambulismo. Eso era lo que más fascinaba de ella. Ataviada solo con su blanco camisón, medio transparente, dejaba que la niebla nocturna envolviera su cuerpo delicioso y espigado, y sus ojos cerrados temblaban tras los párpados rosados. Su pelo castaño ondeaba al viento suave y cálido de finales de agosto mientras se aposentaba, laxa, sobre la lápida falaz, anhelando quién sabe qué compañía. Su tierna virginidad era un reclamo de voluptuosidad, una llamada al pecado, un grito de deseo.

La noche tenía su nombre: Lucy. Lucy Westenra. Una dulce muchacha de veintitrés años con la que soñar y fantasear, con la que imaginar noches de viva sensualidad, con la que procurar una vil mezcla corporal de cimiente, sangre, sexo y violencia. Era para devorarla. Para devorarla viva.

La sombra se cernió sobre ella. No una noche, sino varias noches. Innumerables noches. La sombra llegó en un barco a la deriva, en forma de perro feroz, y se ocultó entre los matorrales salvajes de la abadía, entre la penumbra de los panteones, entre las telarañas de las grutas de Whitby. La sombra la poseyó y arrebató su virginidad con brutalidad. No la disfrutó ni la hizo participe de un armonioso rito de iniciación, sino que la empaló con su descomunal fuerza ultraterrena, y su risa carcajeó a la luz de la luna, mientras los perros de la noche acunaban los gritos de dolor con aullidos lobunos. Los dientes blancos refulgieron y se hincaron en su cuello terso, tan deseable, y su sangre manó y su sexo padeció dolores y placeres por igual.

Qué fácil se vuelve fantasear con Lucy Westenra y desearla más que a cualquier otra criatura viva entre las páginas. Pergeñar fantasías con su cuerpo…, incluso cuando este yace sobre el altar de mármol de un gélido panteón: su corazón atravesado por una estaca astillada, su cabeza separada del cuerpo, sus ojos abiertos al horror de la destrucción… Y su boca… ¡su boca deliciosa y ávida de pecado, monstruosamente repleta de ristras de ajo!

In memoriam (ochenta años, infinitos eones)

Hoy es un día muy especial para todos los lovecraftianos de pro. Y es que se cumplen nada menos que ochenta años de la muerte del genio Howard Phillips Lovecraft. La muerte de su envoltura terrenal, se entiende, ya que su desaparición física significó, como en muchos otros casos, el nacimiento de un mito imperecedero, el surgimiento de la leyenda de ese autor único e irrepetible que, desde esta y desde otras plataformas, nunca me cansaré de reivindicar pese a las agudas polémicas surgidas en torno a su personalidad impar y a su estilo literario, característico e incomparable. Un autor que, como dije hace bien poco, resulta un género en sí mismo. Imposible de encasillar. Inclasificable. Inmortal.

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Lovecraft es ese autor que se te mete bajo la piel y, desde que profundizas un poco en su obra, no se aparta de ti. Vuelves a sus relatos una y otra vez, porque es demasiada la atracción que generan sus descripciones barrocas del reino de Sarnath, aquel paraje verdoso e imaginal en donde, una vez, cayó la maldición. Porque se vuelve epidérmico su retrato rural de la comarca de Dunwich, donde se instaló el horror. Porque las criaturas batracias de Insmouth, donde está la sombra, forman parte indeleble del bagaje cultural de cualquier adepto al horror. ¿Quién puede resistirse a indagar por los pasillos de la biblioteca de la Universidad Miskatonic en busca de ese ejemplar perdido del Necronomicon, o quién puede apartar sus ojos del rito pagano en las catacumbas umbrías de la iglesia innominada de El ceremonial? ¿Cuál de sus millones de lectores no ha sentido la fascinación del Trapezoedro Resplandeciente y la llamada de ese asiduo de las tinieblas? ¿Y la invocación persistente y sensual del ser del umbral? ¿Y los balbuceos de ese que susurra en la oscuridad? ¿Y la dentellada letal del sabueso que despedaza carne humana? Las resurrecciones macabras perpetradas por Herbert West, con su ejército de Lázaros vengativos, o esa esfera de color indescifrable que, un buen día, vino desde el espacio exterior. El mar bravío y los manuscritos prohibidos, la dimensión paralela y los pasadizos injertos en los repliegues del espacio curvo. La degeneración de una comunidad, el mestizaje con seres innombrables, los grimorios, las tablillas repletas de lenguajes cuneiformes… las puertas de R’lyeh, donde Cthulhu espera soñando, el bamboleo de sus tentáculos gelatinosos, esperando, tan solo esperando el último ritual que le devuelva a la superficie…

Sí, es mi autor favorito. Al que vuelvo una y otra vez con la sensación de que estoy leyendo a un escritor que no es ni bueno ni malo, sino sencillamente otra cosa. Tuve el privilegio de impartir una charla sobre él hace unos meses; estuve cerca de dos horas hablando de su vida y de su obra. Y me supo a poco. Porque siempre quiero más. Relatos inéditos. Cartas. Escritos apócrifos. Narraciones en las que apenas se supone que intervino. Todo me vale, pero nada es suficiente para saciar esta sed de su literatura. Entonces vuelvo a las montañas de la locura o al cuarto preñado de misterios de Charles Dexter Ward, o a volar, perdido el sentido del espacio-tiempo, por las tierras de ensueño de Randolph Carter, en busca, cómo no, de la ignota Kadath. Intento superar las barreras del sueño gracias a las llaves de plata, y entre legañas, flipando y adormilado, contemplo la reverberación iridiscente e interdimensional de Yog-Sothoth, la multiforme cadencia en el discurso perverso de Nyarlathotep, la mirada ciega e idiota de Azathoth, que babea y burbujea en el centro del infinito…

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Tumba de H. P. Lovecraft, en el Swan Point Cemetery, Providence, Rhode Island, Estados Unidos

Ochenta años de mito y leyenda, de dioses y panteones, de horrores cósmicos y criaturas híbridas. Ocho décadas que han forjado el canon literario del horror cósmico y que cambiaron para siempre el devenir de los escritos oscuros. Hoy, 15 de marzo de 2017, podemos decir que la sombra del Sumo Sacerdote es, quizá, más alargada que nunca, y que bajo su cobijo crece un árbol de ficción inconmensurable, un caudal de narrativa lovecraftiana en continua evolución. La esencia se mantiene, los autores se suceden. El horror crece.

Han pasado ochenta años, pero la perspectiva en tan vasta, y tan indiscernible el borde de su horizonte literario, que es como si hubieran transcurrido eones. Infinitos eones.

In memoriam.