Umbral

Abrió la puerta, dio un paso al frente y cayó al vacío.


 

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La génesis del Gotico

Sí. Esto que tú y yo amamos tanto y que no es otra cosa que el terror en la literatura, nació un buen día. El día en el que la Oscuridad se cernió sobre las páginas y surgió desde las tinieblas lo que hoy conocemos como «género gótico». El día en el que el mundo conoció El castillo de Otranto, la primera novela gótica y, por tanto, el punto de partida a la literatura de terror tal cual la conocemos hoy.

“El castillo de Otranto”. de Horace Walpole. Madrid, Valdemar, 2008.

Llevaba tiempo queriendo escribir sobre esta novela fundacional y absolutamente imprescindible para entender no sólo este género que nos apasiona, sino los orígenes mismos del relato de miedo o horror story, como se lo conoce en inglés. Tal vez no sea este el espacio adecuado para rastrear los orígenes mismos de la imaginería gótica o el por qué de su nacimiento, pero básicamente se trataba de contrarrestar las normas graníticas y encorsetadas que hacia mediados del siglo XVIII, y en materia de narrativa, había impuesto la Ilustración. Considerado ya desde sus inicios como un género «menor» o incluso «vulgar», el surgimiento del gótico se sustentó en la aparición consecutiva de cuatro novelas clave en la conformación de sus características: El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole; Los misterios de Udolfo (1794), de Ann Radcliffe; El monje (1796), de Matthew G. Lewis; y Manuscrito encontrado en Zaragoza (1805), de Jan Potocki.

El castillo de Otranto es una obra breve y extrañamente bella en la que Walpole establece los patrones fundamentales del relato gótico clásico (presencia de una profecía ancestral, erotismo soterrado bajo la atmósfera de los eventos sobrenaturales, escenario medieval, emociones exacerbadas de los protagonistas). No es, estrictamente hablando, una novela que provoque miedo o terror (no al menos en el sentido en el que estamos acostumbrados en nuestros días), pero su tono apela al romanticismo más desnudo y, por primera vez, a la presencia de hechos inexplicables. La historia es bien sencilla: Manfred, príncipe de Otranto, ve morir trágicamente a su hijo Conrad en un luctuoso y macabro accidente. Decidido a tener descendencia masculina, se dispone a casarse por la fuerza con Isabella, la hasta ese día prometida de su hijo. En medio de las persecuciones por pasadizos y catacumbas, por galerías medievales y almenas, se irán revelando los jirones de una maldición ancestral que los hados habían prometido hacer caer sobre Manfred, usurpador del trono.

“El castillo de Otranto”. Grabado de Giovanni Battista Piranesi.

La novela mantiene un tono eminentemente trágico, pero Walpole la salpica hábilmente con sutiles toques de humor, siempre en boca de los criados del castillo, una práctica que repetiría la señora Ann Radcliffe en su monumental Los misterios de Udolfo. El lector del siglo XXI quizá pueda detectar rasgos de ingenuidad en algunas de las actitudes de los personajes o en la exagerada demostración de sus sentimientos (proliferan las exclamaciones, los clamores al cielo, los desmayos, etcétera). Es éste otro rasgo propio de estas novelas pioneras y, creo yo, han de ser contemplados con el respeto que se les debe a las piezas iniciáticas. En todo caso, la novela contiene valores que van más allá de sus virtudes puramente fundacionales: se trata de un relato entretenido y apasionante, con un excelente desarrollo narrativo y un puñado de muy pintorescos personajes.

Horace Walpole (1717-1797)

Hablando de personajes pintorescos, el autor de la novela no lo es menos. Horace Walpole nació el 24 de septiembre de 1717 en Londres. Era hijo del Primer Ministro Robert Walpole, y cursó estudios en el Eton College y el King’s College de Cambridge. Fue un homosexual declarado desde su más temprana juventud, y no solo fue un pionero en literatura, sino también en arquitectura: económicamente holgado tras la muerte de su padre, se hizo construir un suntuoso palacete gótico al que llamó Strawberry Hill, cerca de Twickenham (Londres), sitio que hoy puede visitarse como destino turístico y que se ha convertido en una referencia del estilo neogótico. Además de narrativa, incursionó con notable éxito en el ensayo artístico, sobre todo en pintura y arquitectura, además de legar para la posteridad una cuantiosa correspondencia. Falleció, longevo, el 2 de marzo de 1797.

Una reducida semblanza de esta pequeña gran obra maestra, sin la cual no se podría entender toda la literatura de terror hasta nuestros días. La edición de Valdemar nos ofrece 240 deliciosas páginas que nos harán entender cuándo y por qué, un buen día, se hizo la Oscuridad en la literatura.

 

El espejo a medianoche

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¿Conoces esa leyenda urbana? Sí, ya sabes a cuál me refiero. No, no mires para otro lado. Te hablo a ti, a la del espejo. Esa que cada mañana y cada tarde y cada noche me contempla disconforme con la forma del rostro, el corte y el color del cabello, los granos rebeldes de ese acné imperecedero, la cintura con sus insufribles lorzas, los labios que desearías más carnosos y sensuales… Te hablo ti: la que siempre se queja, la que siempre se amarga, la que desperdicia su vida deseando que la imagen del espejo sea otra. Que yo misma sea otra. ¿Conoces acaso la leyenda urbana? ¿Te has mirado alguna vez al espejo a medianoche, con las luces apagadas? ¿Sabes acaso quién te espera tras ese reflejo de ojos caídos y temerosos y la expectación tatuada en tus labios crispados?

Ahora… Ahora lo sabes. Ahora que faltan apenas unos segundos para el cambio del día, como en aquel relato de la Muerte Roja. Ahora que tu pecho se agita con tu respiración desacompasada y que tus extremidades tiemblan a causa del pánico venidero. ¡No, no entornes los ojos! Te perderías el espectáculo, monada. Te perderías el rostro maléfico que te aguarda tras la protección de cristal. Sí, puede que creas que está a tus espaldas…, pero en realidad está dentro de ti.

Prepárate. Solo faltan unos segundos.

Cuatro, tres, dos, uno…

Ahora…, ahora es cuando empiezas a gritar

Fantasía sexual con Lucy Westenra

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No era una esposa adúltera como Bovary, Karenina o Lady Chatterley. Ni siquiera una recatada voluptuosa y apetecible como la incomparable Anita Ozores. No. Era una núbil doncella, una virgen curiosa, una flor rebosante de candor que gustaba de pasearse por el cementerio, por la tenebrosa abadía de Withby, y que contemplaba lápidas y losas y se maravillaba ante el mugido de las vacas. Su sonambulismo. Eso era lo que más fascinaba de ella. Ataviada solo con su blanco camisón, medio transparente, dejaba que la niebla nocturna envolviera su cuerpo delicioso y espigado, y sus ojos cerrados temblaban tras los párpados rosados. Su pelo castaño ondeaba al viento suave y cálido de finales de agosto mientras se aposentaba, laxa, sobre la lápida falaz, anhelando quién sabe qué compañía. Su tierna virginidad era un reclamo de voluptuosidad, una llamada al pecado, un grito de deseo.

La noche tenía su nombre: Lucy. Lucy Westenra. Una dulce muchacha de veintitrés años con la que soñar y fantasear, con la que imaginar noches de viva sensualidad, con la que procurar una vil mezcla corporal de cimiente, sangre, sexo y violencia. Era para devorarla. Para devorarla viva.

La sombra se cernió sobre ella. No una noche, sino varias noches. Innumerables noches. La sombra llegó en un barco a la deriva, en forma de perro feroz, y se ocultó entre los matorrales salvajes de la abadía, entre la penumbra de los panteones, entre las telarañas de las grutas de Whitby. La sombra la poseyó y arrebató su virginidad con brutalidad. No la disfrutó ni la hizo participe de un armonioso rito de iniciación, sino que la empaló con su descomunal fuerza ultraterrena, y su risa carcajeó a la luz de la luna, mientras los perros de la noche acunaban los gritos de dolor con aullidos lobunos. Los dientes blancos refulgieron y se hincaron en su cuello terso, tan deseable, y su sangre manó y su sexo padeció dolores y placeres por igual.

Qué fácil se vuelve fantasear con Lucy Westenra y desearla más que a cualquier otra criatura viva entre las páginas. Pergeñar fantasías con su cuerpo…, incluso cuando este yace sobre el altar de mármol de un gélido panteón: su corazón atravesado por una estaca astillada, su cabeza separada del cuerpo, sus ojos abiertos al horror de la destrucción… Y su boca… ¡su boca deliciosa y ávida de pecado, monstruosamente repleta de ristras de ajo!

In memoriam (ochenta años, infinitos eones)

Hoy es un día muy especial para todos los lovecraftianos de pro. Y es que se cumplen nada menos que ochenta años de la muerte del genio Howard Phillips Lovecraft. La muerte de su envoltura terrenal, se entiende, ya que su desaparición física significó, como en muchos otros casos, el nacimiento de un mito imperecedero, el surgimiento de la leyenda de ese autor único e irrepetible que, desde esta y desde otras plataformas, nunca me cansaré de reivindicar pese a las agudas polémicas surgidas en torno a su personalidad impar y a su estilo literario, característico e incomparable. Un autor que, como dije hace bien poco, resulta un género en sí mismo. Imposible de encasillar. Inclasificable. Inmortal.

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Lovecraft es ese autor que se te mete bajo la piel y, desde que profundizas un poco en su obra, no se aparta de ti. Vuelves a sus relatos una y otra vez, porque es demasiada la atracción que generan sus descripciones barrocas del reino de Sarnath, aquel paraje verdoso e imaginal en donde, una vez, cayó la maldición. Porque se vuelve epidérmico su retrato rural de la comarca de Dunwich, donde se instaló el horror. Porque las criaturas batracias de Insmouth, donde está la sombra, forman parte indeleble del bagaje cultural de cualquier adepto al horror. ¿Quién puede resistirse a indagar por los pasillos de la biblioteca de la Universidad Miskatonic en busca de ese ejemplar perdido del Necronomicon, o quién puede apartar sus ojos del rito pagano en las catacumbas umbrías de la iglesia innominada de El ceremonial? ¿Cuál de sus millones de lectores no ha sentido la fascinación del Trapezoedro Resplandeciente y la llamada de ese asiduo de las tinieblas? ¿Y la invocación persistente y sensual del ser del umbral? ¿Y los balbuceos de ese que susurra en la oscuridad? ¿Y la dentellada letal del sabueso que despedaza carne humana? Las resurrecciones macabras perpetradas por Herbert West, con su ejército de Lázaros vengativos, o esa esfera de color indescifrable que, un buen día, vino desde el espacio exterior. El mar bravío y los manuscritos prohibidos, la dimensión paralela y los pasadizos injertos en los repliegues del espacio curvo. La degeneración de una comunidad, el mestizaje con seres innombrables, los grimorios, las tablillas repletas de lenguajes cuneiformes… las puertas de R’lyeh, donde Cthulhu espera soñando, el bamboleo de sus tentáculos gelatinosos, esperando, tan solo esperando el último ritual que le devuelva a la superficie…

Sí, es mi autor favorito. Al que vuelvo una y otra vez con la sensación de que estoy leyendo a un escritor que no es ni bueno ni malo, sino sencillamente otra cosa. Tuve el privilegio de impartir una charla sobre él hace unos meses; estuve cerca de dos horas hablando de su vida y de su obra. Y me supo a poco. Porque siempre quiero más. Relatos inéditos. Cartas. Escritos apócrifos. Narraciones en las que apenas se supone que intervino. Todo me vale, pero nada es suficiente para saciar esta sed de su literatura. Entonces vuelvo a las montañas de la locura o al cuarto preñado de misterios de Charles Dexter Ward, o a volar, perdido el sentido del espacio-tiempo, por las tierras de ensueño de Randolph Carter, en busca, cómo no, de la ignota Kadath. Intento superar las barreras del sueño gracias a las llaves de plata, y entre legañas, flipando y adormilado, contemplo la reverberación iridiscente e interdimensional de Yog-Sothoth, la multiforme cadencia en el discurso perverso de Nyarlathotep, la mirada ciega e idiota de Azathoth, que babea y burbujea en el centro del infinito…

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Tumba de H. P. Lovecraft, en el Swan Point Cemetery, Providence, Rhode Island, Estados Unidos

Ochenta años de mito y leyenda, de dioses y panteones, de horrores cósmicos y criaturas híbridas. Ocho décadas que han forjado el canon literario del horror cósmico y que cambiaron para siempre el devenir de los escritos oscuros. Hoy, 15 de marzo de 2017, podemos decir que la sombra del Sumo Sacerdote es, quizá, más alargada que nunca, y que bajo su cobijo crece un árbol de ficción inconmensurable, un caudal de narrativa lovecraftiana en continua evolución. La esencia se mantiene, los autores se suceden. El horror crece.

Han pasado ochenta años, pero la perspectiva en tan vasta, y tan indiscernible el borde de su horizonte literario, que es como si hubieran transcurrido eones. Infinitos eones.

In memoriam.

Un encuentro con la demencia…

Hoy vengo a invitarte a la presentación en sociedad de mi última novela, Grietas en el tejado, la primera entrega de la serie Demencia. Respondiendo a la pregunta que más me has hecho durante el par de semanas que el libro lleva en la calle, te aclaro que esto NO es una saga. Es decir: cada novela que integre la serie será autoconclusiva, y estarán unidas entre sí, principalmente, por el trasfondo de locura y los escenarios relacionados con manicomios, casas de reposo o clínicas psiquiátricas en donde tendrán lugar las distintas narraciones. Seguramente existan algunos guiños entre las obras, pero todas, empezando por Grietas en el tejado, podrán leerse de forma autónoma e independiente. Aprovecho para agradecer a todos aquellos que han ido a por su ejemplar de forma rauda y que me han ido dejando sus comentarios durante este tiempo. Las perspectivas respecto a la acogida inicial están siendo muy auspiciosas.

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Una vez aclarado este punto, toca hablar de la cita, que tendrá lugar el próximo viernes 24 de febrero, a las 20:00 horas, en el Club La Provincia (Calle León y Castillo, Nº 39, a un par de pasos del Parque San Telmo). Por enésima vez toca agradecer al personal del Club, donde ya se está haciendo costumbre para mí presentar mis trabajos. En esta ocasión, además, me acompañará mi gran amigo Carlos González Sosa, autor de las sagas Las Tierras de MeedLos Señores de los Siete Tronos y, más recientemente, de Sangre: la trilogía de la conquista de Canarias.

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Grietas en el tejado (Demencia I). Mercurio Editorial, 2017

La presentación tendrá una pequeña guinda de postre: aprovecharemos para lanzar al mercado la tercera edición de Pandemonio, con su flamante portada diseñada desde cero por el departamento gráfico de Mercurio Editorial. Quisiera agradecer vivamente a Julián Cardeñosa por el magnífico diseño de la portada de este libro que, según parece, sigue expandiendo su semilla maligna año tras año.

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Nueva portada de Pandemonio (tercera edición, 2017)

Como ves, nos espera una noche demencial. Cuento contigo para que la hagamos inolvidable.

Allí nos vemos…

Un nuevo blog, el mismo Disparaletras

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Estreno con esta entrada un nuevo blog, que en el fondo verás que es prácticamente el mismo blog que he venido ofreciéndote desde que saliera a la venta mi segunda novela, Remanso de paz, allá por diciembre de 2011. No obstante, he decido incorporar algunos cambios, más allá del traslado a otro servidor mucho más completo y accesible. Sobra que te indique aquí cómo moverte a través de un blog. Está todo a la vista. Como siempre, me comprometo a compartir contigo muchos de los textos que vayan surgiendo de esta costumbre mía de disparar letras de forma impenitente. De vez en cuando verás por aquí algunos microrrelatos, cuentos diminutos y pequeños y fugaces universos narrativos; podrás acceder a ellos en la pestaña “Microcuentos”. Por otro lado, también compartiré contigo impresiones reducidas y análisis comprimidos que vaya haciendo de algunas lecturas muy singulares. No son exactamente reseñas, sino algo más. Las podrás encontrar en la pestaña “Microensayos”. Y, como de costumbre, te traeré las últimas novedades en referencia a mis obras y eventos relacionados con ellas, como presentaciones, firmas y demás, más alguna que otra baratija sin demasiada importancia que se me ocurra escribir. Para suscribirte al blog, tienes un botón de “Seguir…” en la esquina inferior derecha.

¿Qué más? Nada más. Te he dejado un microcuento y un microensayo como bienvenida, para ir pasando el rato.

Yo volveré pronto por aquí, donde espero encontrarte.

Te doy la bienvenida El Disparaletras®, un pequeño blog de abundantes caracteres.

Borges, la estética involuntaria

Sumergirme en la Poesía completa de Jorge Luis Borges ha significado una de las experiencias lectoras más gratificantes que he tenido. Sin sorpresas en cuanto a la perfección formal y a la precisión quirúrgica de su terminología (mal conoce a Borges el que se sorprende ante estos prodigios lingüísticos), el amplio recorrido que emprendí de su obra poética al completo despertó en mi alma todo aquello que tiene que ver con Buenos Aires y con la tierra que me vio nacer, tan lejana ahora en cuestiones cronológicas y espaciales, pero siempre presente en mi corazón.

El repaso atento de los versos que componen sus trece poemarios nos ofrece una enorme variedad estilística y temática, pero resulta admirable cómo desde el primer libro (Fervor de Buenos Aires, 1923) hasta el último (Los conjurados, 1985) detectamos en la destilación lírica de las composiciones al mismo hombre, a la misma persona: el muchacho de letras insaciable y ambicioso de saber se convierte en el Gran Inquisidor, en el sabio universal, en el conocedor de todas las culturas del pasado y del presente y de todos los entresijos del pensamiento humano, pero en ese lapso enorme de más de sesenta años pervive y permanece el mismo espíritu, la misma esencia ontológica de la persona que fue, es y será Jorge Luis Borges.

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Poesía completa, de Jorge Luis Borges. Barcelona, Destino, 632 páginas

El volumen se abre con una trilogía puramente criolla: Fervor de Buenos Aires (1923) contiene los ecos de una adolescencia todavía cercana; nos habla de zaguanes, aljibes y paredones, de esos arrabales del Sur tan recurrentes en su literatura, de las primeras referencias al mártir Francisco Borges. Le sigue Luna de enfrente (1925), donde vuelve a prodigarse en argentinismos y en esa nostalgia juvenil por lo cercano, por la efusión del terruño tras el reencuentro. Cuaderno San Martín (1929) nos muestra a un Borges más oscuro, y en cuyas páginas encontramos un díptico dedicado a los dos recintos funerarios de referencia de nuestra ciudad: “La Chacarita” y “La Recoleta”, inolvidable conjunto de versos en apología a una Muerte que, ya desde épocas tan tempranas, tanto le preocupó.

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La impresionante necrópolis de Chacarita, uno de los cementerios inmortalizados por Borges en “Muertes de Buenos Aires”

Más de treinta años iban a transcurrir hasta el siguiente poemario: El hacedor (1960). Aquí afloran (o apenas se vislumbran) algunos de los inconcebibles límites que alcanza su bagaje cultural, profundamente enriquecido durante las tres décadas del impasse. Referencias a citas bíblicas, al infierno dantesco, al mundo cervantino y al atisbo de realidades orientales tras unos gráciles tapices componen una colección realmente maravillosa. En El otro, el mismo (1964) surge el siempre recurrente problema de la identidad, tan caro a la literatura borgiana, y comienzan las primeras referencias a la gran maldición que devastó los años de su madurez: la ceguera. Para las seis cuerdas (1965) es un delicioso compendio de milongas rimadas para su recitación acompañada de guitarra. Es uno de los poemarios más entrañables de todos los que compuso el maestro, sembrado de referencias gauchescas y reminiscencias a ese “mundo malevo” que nos ofreciera en tantas piezas geniales de prosa, como “El muerto” o “El Sur”. La poesía rimada de este volumen no arroja la más mínima partícula de ripio a los ojos del lector. Elogio de la sombra (1969) se erige como una de las colecciones de poemas más sobrias y equilibradas de todo el compendio; encontraremos la referencia fresca y periódica al río de Heráclito, versos dedicados al pueblo de Israel y, especialmente, al contacto místico en la relación ente un lector y el objeto de su lectura. El volumen finaliza con el poema que da título a la colección, uno de los más celebrados de toda la lírica borgiana. El oro de los tigres (1972), contiene algunas composiciones prosísticas; continúan las referencias a su cada vez más aguda ceguera y a la cercanía inquietante de una Muerte susurrante, un espacio incógnito y ampliamente especulativo. Surgen también los versos dedicados a la lengua sajona y a las sagas islandesas, que por aquel entonces Borges empezó a indagar en compañía de María Kodama. La rosa profunda (1975), La moneda de hierro (1976) e Historia de la noche (1977) nos traen al Borges del reposo, al autor otoñal que ha asumido su papel pasivo en la existencia, sumergido ya totalmente en la penumbra de una ceguera total y tanteando las maravillas a su alrededor, todavía con el asombro juvenil por lo desconocido y por los confines asimétricos de su inabarcable universo mental. La cifra (1981) y Los conjurados (1985), a modo de resumen, transmiten las inquietudes del Borges final y, quizás, del Borges más cercano.

Jorge Luis Borges fue un autor que durante la mayor parte de su discurso renegó del concepto de “estética”, si bien es cierto que es un tema que le preocupó hondamente, como queda manifestado en muchos de sus ensayos, principalmente en El tamaño de mi esperanza (1926). Borges siempre declaró no considerarse propietario de una estética, seguramente por la amplitud insondable de su universo cultural, de una magnitud prácticamente cósmica. Por eso creo que, especialmente en su obra poética, Borges estableció una estética inconfundible a su pesar, y casi de forma involuntaria. La conjunción entre lo pequeño y lo universal, entre lo sencillo y lo complejo, la perfecta armonía en la convivencia entre lo tangible y lo inasible, entre lo recto y lo cíclico, lo cartesiano y lo profundamente abstracto. En resumen: el compendio universal del pensamiento humano y su manifestación lírica impecable es lo que, a mi modo de ver, constituye el corpus de su estética, un apabullante calidoscopio de manifestaciones materiales, culturales y metafísicas entre las que sobresalen algunos elementos recurrentes (el laberinto, el espejo, la espada, la clepsidra, el ajedrez).

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Borges, el mundo y la literatura; tres partes de un todo indivisible. La esencia de una estética involuntaria

La editorial Destino ha tenido el excelente criterio de reunir la poesía completa de Borges en un solo tomo, de preciosa encuadernación. Este libro es, lo puedo asegurar, uno de los mayores tesoros de mi biblioteca, y al que no creo que tarde en regresar.


Quisiera dedicar este artículo (apenas un intento humilde de aproximación a una obra poética monumental) a mi prima Sandra Noemí Agopián, a quien admiro profundamente y quiero con todo mi corazón. Tu entusiasmo y devoción por el gran maestro de nuestras letras es muy contagioso, prima. Víctor Hugo escribió una vez: “Seré Chateaubriand, o no seré nada”. En nuestra lengua, aunque resulte muy osado, se puede decir “seré García Márquez”, “seré Cortázar” o “seré Onetti”, pero es evidente que nunca, nunca jamás se puede decir “seré Borges”… Uno acaba comprendiendo, finalmente, que es mucho más factible ser Nada.

 

Un toque de demencia

Tal y como te anuncié en la última entrada de este blog, se avecinaba una nueva publicación, y hoy puedo anunciar, pletórico de alegría y entusiasmo, que muy, muy pronto, estará entre nosotros. Se trata de una novela breve que, además, inicia una serie. Se trata de Grietas en el tejado, la primera entrega de la serie Demencia.

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“Grietas en el tejado (Demencia, I)” (Mercurio Editorial, 2017). Portada de Mélani Garzón Sousa

Siempre he creído que no existe territorio más vasto sobre el que la literatura pueda explayarse que la mente humana. Se trata de un universo tan inabarcable como insondable, tan misterioso como fascinante. En ese caso, ¿por qué no sumergirse en el amplio terreno de las enfermedades mentales como materia para la creación de historias? Esa es, básicamente, la intención que persigue la serie Demencia, cuya primera entrega vengo hoy a presentar en sociedad: la locura y el misterio, unidos por esa herramienta milagrosa que es la literatura, dando forma a pequeñas historias, a reducidos microcosmos, intensos y potencialmente explosivos.

Grietas en el tejado narra la historia de Luis Paredes, un periodista que anhela escribir una novela sobre enfermedades mentales. Decidido a afrontar el proyecto, visita las instalaciones del Centro Psiquiátrico de Linares. Allí vivirá en primera persona las descarnadas consecuencias de la devastación mental que reina entre las paredes del manicomio. Al tiempo que busca enriquecer su novela con pinceladas de verosimilitud inspiradas en sus experiencias en el psiquiátrico, Luis comenzará a sentir que su propia realidad puede no ser tan firme como creía, y que su labor narrativa poco a poco le abre las puertas de un mundo de locura y pesadilla…, un mundo que traspasa la barrera de la psique y del que tal vez no logre escapar jamás.

Grietas en el tejado supone un ligero cambio de rumbo en mi carrera literaria, tras un par de publicaciones netamente orientadas hacia el género de terror puro. Los recovecos mentales y los laberintos de la psique estarán más presentes que nunca, tanto en esta novela como en las que puedan componer el resto de la serie, pero me interesaba, de alguna manera, experimentar con las formas y descubrir ciertos límites del lenguaje literario que hasta ahora no me había atrevido a sondear. Creo, con esta novela, haber alcanzado la primera meta que me había propuesto: una evolución hacia una voz narrativa más compleja. El resto lo dictaminarás tú, que como lector siempre me has mostrado tanta lealtad.

Nuevamente a través de Mercurio Editorial, la novela estará en las librerías muy pronto. Pon atención, porque habrá eventos y presentaciones en varios puntos de la isla. Te pondré al tanto en cuanto se confirmen las fechas.

De momento, te invito a hacer este viaje conmigo. Un viaje breve, pero sumamente intenso, al fondo mismo de esta oscura espiral de demencia…

Las mejores letras de 2016

Como cada año, y acercándonos al filo de uno nuevo, me paso por aquí para traerte un resumen de las mejores lecturas que he tenido el placer de abordar durante este 2016 al que ya le queda tan poco. Este repaso se ha convertido en una tradición en este blog, y como tal, conviene respetarla y hacerle los honores correspondientes. Debo aclarar que 2016 ha sido para mí un año no solo muy fructífero a nivel profesional, sino también uno de los más nutritivos en lo que a lecturas se refiere. Tanto es así, que me ha costado más que nunca poder elegir solo diez de entre los más de sesenta libros que cayeron en mis manos durante estos doce meses. Aclaro, una vez más, que la lista está confeccionada de acuerdo a un riguroso orden alfabético de autores.


1. VOLVERÁS A REGIÓN (Juan Benet)

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Indescifrable, compleja y casi impenetrable, pero al mismo tiempo magistral y extraordinaria, esta novela de Juan Benet obedece a la más pura estirpe faulkneriana de la narrativa contemporánea. Planteada su vertiente narrativa en base a un fresco barroco y enrevesado de la posguerra, el autor nos regala un muy abigarrado calidoscopio de pasiones y miserias humanas, intercaladas con sueños, fantasías y pensamientos puros de los narradores-protagonistas. Una de esas novelas que jalonan el canon de un idioma por su rotunda complejidad y por su originalísima factura. Para leer docenas de veces, sin terminar nunca de aprehenderla.

2. SOLDADOS DE SALAMINA (Javier Cercas)

Unimage-1a novela que me habían recomendado muchas veces, y sobre la que finalmente me arrojé sin demasiadas expectativas. Y lo cierto es que me sorprendió gratamente y, además, de manera fulminante, ya que no había forma de soltarla. Javier Cercas plantea en Soldados de Salamina un interesantísimo juego metaliterario entre obra, hecho histórico, crónica de investigación y falsa biografía personal que termina dando forma a una obra redonda y realmente meritoria. Ambientada en un episodio concreto de la Guerra Civil Española, el autor se adentra en los intestinos mismos del conflicto y, sobre todo, en la vida de sus supervivientes, girando a gran velocidad, y sin cinturón de seguridad, en unos virajes argumentales realmente sorprendentes. Muy recomendable.

3. EL RUIDO Y LA FURIA (William Faulkner)

image-2Se me hace muy complicado referirme a esta obra maestra total y absoluta en las pocas líneas que dedico a cada libro de este resumen; es evidente que una novela como El ruido y la furia merece una reseña como Dios manda, y prometo que llegará un día en el que me atreva a hacerla. Por tanto, no mucho que decir aquí, más que destacarla como una de las mejores, más complejas y más revolucionarias novelas de todos los tiempos, y con toda seguridad una de los dos o tres mejores obras de William Faulkner, el genio más grande de la literatura universal (así, sin paños calientes). Léela. Simplemente eso: léela.

4. PARÍS ERA UNA FIESTA (Ernest Hemignway)

image-3Entrañable y delicioso diario a modo de novela de los días del gran Ernest Hemignway en París, durante aquellos años juveniles y rebeldes en los que dimitió de su tarea de periodista para el Toronto Star y decidió dedicarse a escribir a tiempo completo, para gloria de todos los que le leemos. Aquí el bueno de Ernest nos cuenta sus paseos por los cafés de París, sus visitas a la librería Shakespeare and Company y sus contactos con las vanguardias intelectuales de la época y con personalidades como Francis Scott Fitzgerald, Ezra Pound o Gertrude Stein, los miembros de la llamada “Generación perdida”. Tan cercano y tan humano como siempre, en estas páginas quizá encontramos al Hemingway más auténtico.

5. NARRATIVA COMPLETA, VOLUMEN II (H. P. Lovecraft)

image-4Como bien sabes, 2016 ha sido el más lovecraftiano de todos mis años como lector, toda vez que tuve oportunidad de repasar la obra completa del autor de Providence. Y quiero destacar en este apartado el volumen II de su Narrativa completa, magníficamente editado por Valdemar y extraordinariamente anotado por Juan Antonio Molina Foix. En este tomo encontramos las dos novelas del autor (El caso de Charles Dexter Ward y En las montañas de la locura) y los relatos que componen la etapa final de su narrativa, entre ellos “El horror de Dunwich”, “El color del espacio exterior”, “El asiduo de las tinieblas”, “El que susurra en la oscuridad” y “La sombra sobre Insmouth”, entre otros. Un complemento indispensable al tomo I, y posiblemente los momentos más destilados y pulimentados de toda la narrativa lovecraftiana. Impresionante.

6. CUENTOS COMPLETOS (Juan Carlos Onetti)

image-5Uno de esos libros que le dejan a uno con la boquita abierta, especialmente si nunca antes había leído al autor. Espectacular volumen compilatorio de los relatos de Juan Carlos Onetti, en cuyas páginas descubrimos por qué el autor uruguayo está considerado como uno de los maestros indiscutibles del género en lengua española. El dominio del tempo narrativo, del espacio geográfico y, sobre todo, de la estructura psicológica de los personajes me pareció de lo mejor, lo mismo que la habilidad del autor para ofrecernos, en la mayoría de las piezas, tan solo una semblanza básica situacional, en función de la cual el lector se aboca a reconstruir una trama en ocasiones volátil e inaprehensible. Magnífico.

 7. METAMORFOSIS (Ovidio)

1481827053Un clásico de las letras de todos los tiempos, las Metamorfosis componen uno de los textos fundamentales de la cultura occidental. Aquí Ovidio recrea una apabullante cantidad de mitos dando forma a escenarios y situaciones dramáticas con enorme pericia literaria y un muy ajustado didactismo ético-moral. Es imposible no sentir en la propia piel el inmenso catálogo de sentimientos y conductas humanas inherente a cada una de las historias que se nos ofrece, a modo de Biblia del comportamiento humano y divino. Un texto fundacional e imprescindible para cualquier lector. Uno de esos libros que dejan huella.

8. EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO (J. D. Salinger)

image-6Se siente uno pequeño como escritor cuando se enfrenta a obritas tan redondas y perfectas como El guardián entre el centeno, ya que se vuelve complicado explicar por qué le gustan a uno tanto. Envuelta en la mitología por diversas razones (es la única novela publicada por su autor, J. D. Salinger), la novela se elevó al proscenio de los objetos de culto por un motivo más bien estúpido: estaba entre las pertenencias de Lee Harvey Oswald (supuesto asesino de John F. Kennedy) y entre las de Mark David Chapman (asesino contrastado, este sí, de John Lennon), pero más allá de esta chorrada periodística, hay que decir que es una novela que representa el sentimiento y el pensamiento de una generación completa: esa de la maquinita Underwood y los cigarrillos, el vaso de whisky y las preguntas existencialistas. Esa misma generación que se pregunta, a veces, cómo puede caber tanta hipocresía y tanta estupidez en un solo mundo. Un libro, en definitiva, para todos los Disparaletras del planeta.

9. LOVECRAFT. UNA BIOGRAFÍA (L. Sprague de Camp)

1481827355En medio de la fiebre lovecraftiana, tuve oportunidad de leer esta colosal biografía del genio de Providence escrita por L. Sprague de Camp. Asombrosa en cuanto al rigor de los datos vitales del personaje, y muy amplia en cuanto a apreciaciones personales y juicios diversos, se mantiene no obstante en el terreno del ensayo objetivo, serio y profundamente académico. Fundamental para entender los devenires y avatares en la vida y la obra de H. P. Lovecraft, este ensayo cuenta además con un abundante material epistolar, siempre tan querido a los fans del Sumo Sacerdote. Un ladrillo de importantes dimensiones, claro que sí, pero absolutamente imprescindible para cualquier lovecraftiano de pro.

10. LA CIUDAD Y LOS PERROS (Mario Vargas Llosa)

imageDe entre los varios autores de los que decidí hacer un repaso bibliográfico cronológico de su obra, uno de ellos es Mario Vargas Llosa. Y La ciudad y los perros, su ópera prima, no pudo sorprenderme más de lo que lo hizo. Impresionante novelón ambientado en una academia militar en la que el autor peruano recrea las anécdotas de su propia adolescencia, jugando en todo momento con una fisicidad perfectamente trabajada. Un impresionante catálogo de inolvidables personajes compone el factor humano de esta novela que ya es historia de las letras hispánicas, como una de las representaciones más singulares de ese fenómeno que se dio en llamar “El Boom Latinoamericano”. Fantástica.


Eso es todo, entonces, por este año. El siguiente, como bien sabes, está a la vuelta de la esquina, y seguro estoy que nos traerá lecturas imprescindibles y satisfacciones literarias tan grandes como estas.

Yo me despido…, pero hasta muy pronto.

Sí: es verdad: hay novedades. Hay libro nuevo en el horizonte.

Así que no te despistes…

¡Feliz 2017!

El efecto Lovecraft

Como sabes, el pasado viernes celebré mi cumpleaños número 33 de la mejor forma que cabe imaginar: impartiendo una conferencia sobre mi adorado Howard Phillips Lovecraft en las instalaciones de Librería Sinopsis, y en el marco de la Quincena Lovecraftiana organizada desde el 4 hasta el 18 de noviembre por dicha librería. La expectativa que la conferencia había despertado durante las semanas previas se vio justificada por la gran cantidad de concurrentes. Muchos de ellos debieron permanecer de pie, ya que superamos con creces el aforo previsto. Durante nada menos que dos horas ininterrumpidas logramos, entre todos, revivir el espíritu del genio de Providence, haciendo un repaso por su biografía, sus obras, su estilo, su bestiario y panteón mitológico, su epistolario y muchas cosas más. Fue, sin duda, una velada mágica.

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El pequeño gran Cthulhu, durante los momentos previos a la conferencia

Al final de esta entrada podrás acceder al vídeo de la conferencia. Por desgracia, y como se nos acabó la batería de la cámara, la parte final se quedó sin registrar. Las desventajas de estar más de dos horas hablando, claro. Mientras tanto, te dejo unas cuantas imágenes de la velada, que, como te digo, es una de las más memorables que me ha tocado vivir durante mi carrera. Poder dedicar una conferencia completa a mi autor favorito y ante tanta gente es un privilegio que no creo merecer. Lo he disfrutado a tope.

 

Es de justicia que agradezca no solo a todos los asistentes a la conferencia, sino también a Javier Guerra y todo el personal de Librería Sinopsis por montarlo todo con tanta diligencia y profesionalidad. Las condiciones para recrear el mundo lovecraftiano fueron inmejorables y contribuyeron a que el evento se convirtiera en un éxito casi desde su misma concepción. También quiero agradecer a todos aquellos que me brindaron ánimos desde la distancia y que no pudieron acercarse a la librería, especialmente a mi gran amigo Ignacio Apestegui, lovecraftiano como nadie, y a quien me hubiera encantado ver por allí. Estas dos horas de fantasía lovecraftiana son para ti, Nacho. Tampoco quiero olvidarme de la inestimable ayuda que me brindaron Sandro Doreste Bermúdez y Rubén Rodríguez Dámaso, que se encargaron del registro audiovisual del evento. Y gracias también a todos los que participaron con sus preguntas e inquietudes, y a todos aquellos que se atrevieron, tras la charla, a penetrar el umbral del horror cósmico y se sintieron atraídos por el “efecto Lovecraft”, adquiriendo alguno de sus títulos. El objetivo de esta conferencia era precisamente ese: que os apasionéis tanto como yo con el mundo lovecraftiano. Ahora… ¡a sufrir y a disfrutar!

Antes de marcharme, aprovecho para recordarte que este fin de semana tenemos Feria del Libro y de la Lectura en Agaete, durante los días 18, 19 y 20 de noviembre. Allí tendré la oportunidad de brindar una Master Class sobre la historia de la literatura de terror, que hemos titulado “250 años de oscuridad”. Seguramente me pase durante estos días para darte más detalles, pero, mientras tanto, vete tomando nota de la cita. Haremos un repaso completo por la historia del terror literario, una cronología repleta de páginas oscuras y volúmenes prohibidos que no te puedes perder.

Hasta muy pronto…

Gatos y calabazas

Dedicado a Tania

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Se acercó con sigilo a la puerta del caserón. Parecía vacío… Abandonado, le susurró su mente, siempre tan imaginativa. Llamó un par de veces, sin respuesta. Agitó la bolsa de papel. Los caramelos y las chocolatinas rebotaron en el fondo con un sonido hueco. Todavía no era medianoche y ya había conseguido un botín más que interesante. La noche prometía. Golpeó otras dos veces… sin respuesta. Entonces abrió la puerta y entró. Sabía que eso no estaba bien, pero era un niño. Un niño disfrazado de vampiro. ¿Qué reprimenda le podía caer por entrar a hurtadillas en la casa abandonada de la esquina, esa que todos sus amigos decían que estaba embrujada? Al contrario: pensaba en el momento en el que podría presumir delante de ellos de haber entrado allí… ¡y en plena Noche de Brujas!

Entró. El suelo del vestíbulo estaba repleto de calabazas. Calabazas ornamentadas para la ocasión. Vacías y recortadas y con velas encendidas dentro. Muchas. Muchas calabazas. Tantas que le encandilaron. Tantas que no alcanzó a distinguir la presencia del gato negro agazapado junto a la bolsa de chucherías. Dio un paso adelante y solo entonces lo vio. Se le veía tranquilo. Incluso parecía estar esperándole.

Una bolsa de chucherías. Seguramente la habían dejado allí para él… ¿no? Es decir, para el valiente que se atreviera a entrar en la casa embrujada durante esa noche. Era un premio. Un reconocimiento. Se acercó a la bolsa. Y al gato, que no dejaba de observarle con calma, se diría que con suficiencia. El niño disfrazado de vampiro, el más valiente de todo el vecindario, se asomó al interior de la bolsa.

En ese momento, un tumulto de maullidos infernales surgió desde todos los rincones del salón, y de los escondrijos iluminados con el resplandor anaranjado de las calabazas emergieron innumerables garras afiladas y cuerpos peludos y pequeños dientes puntiagudos. Y una marea de bolas negras e hirsutas se abalanzó sobre el niño y las risas de las brujas se oyeron hasta después de medianoche.

 Un Halloween más en la casa de los gatos y las calabazas.


Feliz Noche de Brujas, monstruitos…

La chica que se comió el cadáver de Kurt Cobain

Dedicado a Miguel

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Tres días. Tres días estuve junto al cadáver de Kurt. Oí la detonación desde mi escondite, dentro del armario donde guardaba sus chaquetas y esas camisas holgadas que solía vestir. Entonces oí el disparo y me estremecí. Se había hablado mucho de suicidio durante las últimas semanas. Todo el entorno. Él lo negaba siempre y yo, como de costumbre, me aferraba a aquellas palabras que le oía gritar en mi oído una y otra vez: I like it, I’m not gonna crack; I miss you, I’m not gonna crack; I love you, I’m not gonna crack; I killed you, I’m not gonna crack. Las oía una y otra vez. Mientras hacíamos el amor. Mientras él lloraba en mis hombros. Mientras le oía berrear en sueños. O cuando ponía el radiocasete a todo volumen y pegaba el altavoz a mi oreja. Siempre lo mismo: no voy a estallar, no voy a estallar, no voy a estallar

¡Bang! Un disparo seco. La caída de un cuerpo. Dejé pasar un par de horas, temblando de pánico en el interior de ese armario que olía a naftalina y marihuana y a otras cosas. De pronto empezó a oler a muerte. Abrí la puerta y allí estaba, tumbado en medio de la habitación. La pestilencia de la pólvora recién detonada aún no se había disipado. Y sus sesos… sus sesos estaban embarrados sobre el suelo de madera. Le observé con los ojos entrecerrados. Era su rostro de siempre. Algo crispado, con una barba de un par de días, los ojos vidriosos arrasados por la muerte.

I like it.

I miss you.

I love you.

I killed you.

Sabía que era nuestro último encuentro, clandestino o no. Ya no volveríamos a hacer el amor, ni a gritarnos incoherencias al oído en tórridas noches de alcohol y porquerías. Y nunca me relacionarían con él, claro. ¿Quién era yo? Tan solo una chica. Una chica anónima que se acostaba con Kurt. Una más.

Me arrodillé y me acerqué a él. Al principio solo quería acariciarle la cara, pero al final me poseyó una especie de frenesí de inexplicable necrofagia. Con los ojos cerrados, empecé a comerme los fragmentos de su cerebro explosionado.

Tres días después, el 8 de abril, encontraron el cadáver. Para entonces yo ya estaba en casa, durmiendo la siesta, escuchando sus gritos desgarrados en mi mente otra vez. Una y otra vez…

El testamento de Stoker

Como resulta obvio, Bram Stoker (1847-1912) ha alcanzado la inmortalidad por ser el autor de Drácula, probablemente la novela de terror más importante jamás escrita. El resto de su obra, bajo la augusta y gigantesca sombra que arrojan las aventuras del celebérrimo conde, parece perderse en una suerte de espesa bruma de desconocimiento por parte del gran público. Por eso es de agradecer, una vez más, la gran tarea de la editorial Valdemar, que nos acerca en su catálogo buena parte de la producción literaria del autor irlandés. En este caso, su última novela, culminada en 1911, un año antes de su muerte: La madriguera del Gusano Blanco: una historia gótica con ciertas reminiscencias a Arthur Machen (por la hábil mezcla de folclore y supersticiones druidas, britanas y romanas), con un desarrollo minucioso y un final sencillamente espeluznante.

“La madriguera del Gusano Blanco”. Madrid, Valdemar, 2001

Stoker narra en esta novela la historia de un gusano prehistórico que sobrevive al paso de los milenios en «La Arboleda de Diana», un solar en el que cohabita con la figura sensual e irresistible de Lady Arabella March, una deliciosa vampiresa devora-hombres. A la zona llega Adam Salton, joven aventurero australiano que visita a su tío, a la espera de heredarle. La historia se desarrolla en torno a la lucha que Salton emprende junto a sir Nathaniel, un anciano experto en la historia y prehistoria de la zona, para acabar con el maligno Gusano Blanco, que ha abierto una gigantesca madriguera en las profundidades de «La Arboleda de Diana».

De estructura sencilla y con apenas un puñado de personajes, La madriguera del Gusano Blanco recupera buena parte de la tradición gótica clásica, mixturando sus elementos con otros eminentemente arraigados en las modificaciones que el género de terror comenzaba a presentar a principios del siglo XX, donde, tras la irrupción de Lovecraft, daría un giro de ciento ochenta grados hacia las facetas cósmicas y de horror materialista que configuraron las bases temáticas décadas después. En este caso, Stoker se anticipa con la inclusión de una criatura medio mitológica, medio bíblica, pero siempre en el entorno de pesadilla enfermiza del que dota a la atmósfera, con su carga de tradiciones y residuos de civilizaciones pretéritas (el asentamiento y la cueva del monstruo se erigen sobre las ruinas de un antiguo convento). Así, el autor consigue aunar dos mitos de enorme peso en el desarrollo de la tradición gótica: el monstruo prehistórico moderno (encarnado en la figura bíblica del Dragón del Apocalipsis) y la clásica entidad de la mujer-serpiente, todo en un mismo y monstruoso ser. La historia está hábilmente salpicada de soterradas referencias sexuales, muy del gusto del autor.

Bram Stoker (1847-1912)

La historia se mueve a un ritmo a ratos quizá un poco elevado, lo cual deriva en un pequeño déficit: la inclusión de alguna subtramas que, en mi opinión, no alcanzan un desarrollo del todo satisfactorio. Eché en falta alguna peripecia más del perverso negro Ulanga, o alguna trastada más de las mangostas caza-serpientes que el protagonista suelta en medio de la foresta hacia el principio de la novela. En todo caso, desde luego, se trata de una obra extraordinaria, una novela que fascina y atrapa y que representa un muestrario válido y sumamente consistente de la capacidad del gran Stoker para la construcción de tramas y la concatenación de elementos góticos clásicos con otros más modernos. Una forma de adentrarse en su fina literatura, alejados por una vez del castillo transilvano y de los salones británicos donde tiene lugar la más famosa de sus novelas.

 

Por las noches, viene a mí…

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Es la vieja ansia, el anhelo pretérito, rancio e incontenible. Surge a la caída del sol, cada noche, cobijado por las tinieblas, el silencio y la quietud. Se trata de una antigua llamada, una invocación milenaria, la maldición de la estirpe condenada a la que sin voluntad pertenezco. La racionalidad se hace añicos, lo mismo que cualquier vestigio de humanidad. El hombre se esfuma, se evapora, y la bestia surge entre alaridos desgarradores, voraz, inclemente, insaciable…

Como un proscrito recorro el pavimento fresco y ennegrecido, las esquinas solitarias, los pabellones umbríos, las ventanas desprotegidas. Es el reclamo acuciante de un cuerpo que no es el mío, de unas entrañas voraces que solo me pertenecen cuando el fuego del firmamento se oculta hasta el amanecer sosegado y confuso. Mientras las estrellas rutilan y me vigilan, es el gemido taladrante de las vísceras, el gruñido ensordecedor de un conjunto de tejidos desconocidos, metamorfoseados por la ponzoña de un hechizo innominable.

Puedes hablar conmigo. Puedes acercarte y confraternizar. Podemos estrecharnos las manos y compartir conversaciones, risas y anécdotas. El sol brilla en el cielo despejado o tras las nubes de tormenta. Soy un ser afable y cercano, cálido y bondadoso. Tengo que serlo mientras el ocaso no se acerque, tengo que extremar la bonhomía para compensar toda la crueldad, toda la vileza, toda la monstruosidad de lo que soy cuando cae la noche, cuando el crepúsculo violáceo se desvanece y las tinieblas descienden sobre las calles de la ciudad.

Soy un hombre normal. Solo que, por las noches, eso viene hasta mí…

Feria del Libro 2016: Inolvidable

Todo el mundo acabó feliz tras la XXVIII edición de la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria. La organización, los libreros, los lectores y, por supuesto, los autores. Sobre todo estos, porque he compartido muchísimas horas con ellos durante estos últimos cinco días y lo cierto es que no acabábamos de dar crédito a la velocidad con la que nuestros libros salían y se firmaban. Es evidente que el público estuvo mucho más comprometido con la causa de los autores, y que estos (todos nosotros) mostramos quizá un entusiasmo y una predisposición muy especial. El resultado es el que todo el mundo está comentando desde ayer: la mejor Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria de la última década.

Firmando ejemplares en la caseta de Librería Sinopsis

Por lo que a mí toca, la vorágine de estos días se pareció más a un sueño que a una realidad tangible. Y no solo debido al halo mágico que siempre desprenden estos eventos, sino porque nunca antes la comunidad lectora (todos vosotros, mis queridos monstruitos) se había acercado tanto y con tanto entusiasmo a mis libros. Fue alucinante comprobar cómo en cifras, que siempre son frías pero realistas, prácticamente se cuadruplicaba el número de ejemplares que, hasta ahora, constituía mi promedio en el total de las seis ferias anteriores en las que participé, que Un puñado de sombras aparecía en los sondeos entre los quince libros más vendidos de la Feria y que Pandemonio agotaba existencias en algunas casetas. Es entonces cuando uno se queda sin palabras y totalmente anonadado, y siente ganas de estrechar en un abrazo enorme al mundo entero. Pero es evidente que lo correcto es agradecer a todos los que lo han hecho posible, que no son pocos.

En primer lugar, desde luego, a todos los lectores. A los incondicionales, por supuesto; a todos aquellos que venían a completar la colección y con los que siempre hay oportunidad de intercambiar un saludo y una foto, pero también, y muy especialmente, a todos aquellos que me han dado una primera oportunidad durante esta feria, con cualquiera de los libros que se llevaran. Es gratificante (y casi increíble) que dentro de la inabarcable cantidad de ofertas y autores disponibles a lo largo y ancho del Parque San Telmo se inclinaran por uno de mis títulos. Solo me queda decirles que espero no defraudarles en absoluto, y que, desde luego, confío en verles allí el año que viene. No quiero olvidarme de alguien muy especial para mí: Jonathan Mellado, a quien, sin poder creérmelo, contemplé acercarse hasta mi puesto con una bolsa con mis seis libros, en busca de seis dedicatorias que no fue fácil improvisar. Hace muy poco que te conozco, fenómeno, pero te has elevado al proscenio de los Lectores Incondicionales.

Con Jonathan Mellado, que se vino cargado con los seis libros, a por sus dedicatorias

En segundo lugar quería agradecer de corazón a los libreros, que me otorgaron su espacio en la caseta de su librería y que tan bien me atendieron durante el evento, brindándome una hospitalidad inmejorable. A Zara y José Luís (Azulia), Verónica (Bilenio), Antonio y Laura (Canaima), Juan Antonio y Nanda (Doramas), Carmen y Ayose (Librópolis), Mario y Joan (La Comarca/Mundofreak) y Javier, Nisia, Amparo y Ana (Sinopsis). Todos han logrado, con su impagable disponibilidad, que los libros salieran como salieron, y que tanto el lector como el autor se sintieran acogidos en esas casetas donde reinaba un ambiente tan cercano y familiar. También quería agradecer al resto de los libreros, con quienes no hubo ocasión de concertar firmas por lo ajustado del calendario, pero que sé muy bien que se preocuparon de que mis libros contaran con buena visibilidad y accesibilidad para los lectores.

Firmando ejemplares en el célebre Sillón de Librería Canaima

Y por último, y no menos importante, a mis compañeros de profesión, con quienes comparto tantas horas en estos eventos increíbles. En primer lugar a mi hermanita Mélani Garzón (qué alegrón me llevé al ver cómo te hinchabas a firmar ejemplares, Peque) y a Rayco Cruz, mi gran compañero de aventuras, porque ya son muchas peripecias juntos, muchos años de convivir y de vivir emociones y alegrías. También quería agradecer a Nisa Arce, Carlos González Sosa, Sandro Doreste Bermúdez, Santiago Gil, Jessica Herrera Ojeda (sabes que te odio con el corazón, bicho), David Melián Godoy, Alexis Ravelo, Miguel Aguerralde, Soledad Martel, Moisés Morán, Javier VelascoPaula Lizarza, con quienes he vuelto a coincidir, y también con aquellos a quienes tuve el placer de conocer y de compartir mesa de firmas, como Yauci Fernández. Tampoco quiero dejar de mencionar a todos los ilustradores con los que tuve oportunidad de trabar conocimiento (Ana Guadalupe Lauzirika y Francisco Montesdeoca; demasiado talento junto), especialmente después del magnífico evento que puso el broche de oro a la Feria. Este éxito es también vuestro, compañeros. Todos juntos hemos inundado de fantasía una ciudad entera.

Con mi hermanita Mélani, que fue de las autoras más vendidas de la Feria. Un éxito rotundo en su doble faceta de autora e ilustradora

 

Con el fenómeno Rayco Cruz, que me firmó la reedición de “La sombra de Pranthas”. Ya son unas cuantas ferias las que compartimos

 

Con Yauci Fernández, a quien tuve el placer de conocer durante la Feria

 

Reclutando nuevos Agentes de Pandemonio

No quiero olvidarme en este post de agradecer a Daniel Valdivieso Bueno, de DOK Personalización Textil, por la diligencia y la profesionalidad con la que diseñó esas camisetas magníficas de Edgar Allan Poe y Stephen King que pude lucir en la Feria y que tanto éxito y excelentes comentarios cosecharon. Aquí os dejo una muestra:

Bueno, creo que ya me he puesto todo lo cursi y pasteloso que la ocasión requería. Ahora queda mirar hacia adelante e intentar bajar de la nube, especialmente porque queda por hacer lo más importante de todo: seguir trabajando para que este fuego, que ha crecido tanto durante este último tiempo, nunca jamás se apague.

Gracias a todos.

Las mejores letras de 2015

Lo prometido es deuda: aquí te traigo la selección que he hecho de las diez mejores lecturas de 2015. Me repito en lo que dije las últimas tres veces: ha costado enorme trabajo escoger solo diez de entre la gran cantidad de excelentes obras con las que me topé, y de hecho muchas de ellas son relecturas, una práctica en la que caí especialmente durante este año ya difunto. Como siempre, te ofrezco los títulos por orden alfabético de autores, aprovechando para recomendarte vivamente la lectura de estas diez obrazas maestras.

Aquí van:


1. LIBROS DE SANGRE, VOLUMEN 1 (Clive Barker)

En realidad leí los dos primeros volúmenes, pero me quedo con este primero por la finura formal y estilística de varios de sus relatos. «El tren nocturno de carne» y «Terror», de lo mejor que he leído en el género. El resto, de muy buen nivel, y una antesala perfecta para el resto de los tomos. Esta compilación, llevada adelante con gran acierto por la moribunda editorial La Factoría de Ideas, supone el compendio de la obra breve en prosa de Clive Barker, uno de los más singulares representantes del género de las últimas décadas. Un libro de relatos completísimo y apasionante.

 2. DON QUIJOTE DE LA MANCHA (Miguel de Cervantes)

Una obvia relectura, aunque en este caso no quiero hablar tanto de la novela como de la edición que cayó en mis manos, y que es la que elaboró Andrés Trapiello para Destino, trasladando toda aquella terminología en castellano antiguo que tanto espanta a los lectores hispanos y adaptándola al español actual. Más allá de la opinión de los puristas, creo que el de Trapiello se trata de un trabajo muy meritorio. Evidentemente, sigo prefiriendo el original, y ese es el que te recomiendo, pero, como bien dijo alguien, mejor leer esta adaptación del Quijote, que no leer el Quijote en absoluto. De la obra, poco que decir: tan solo la más grande novela jamás escrita. Ahí es nada…

 3. MADAME BOVARY (Gustave Flaubert)

Otra relectura, y otra de las obras capitales de la historia de la literatura. Lógicamente, es muy poco lo que puedo añadir aquí que ya no se haya dicho de este novelón de Flaubert, cuya perfección estructural y narrativa ha vuelto locas a generaciones de lectores y ha servido como base de aprendizaje a incontables escritores, entre los que me incluyo. Sencillamente, se trata de un curso acelerado de literatura, una novela perfecta, redonda y revolucionaria en la implantación de un estilo, en el hecho de que el autor, digamos que por primera vez, exhibe ya una voz propia y real, alejándose de esa fría omnipresencia que primara en la narrativa hasta esos años. Un libro irrepetible, único y magistral.

 4. CIEN AÑOS DE SOLEDAD (Gabriel García Márquez)

Otra novela de la que poco se puede añadir, otra relectura, y otra de las obras maestras indiscutibles de la literatura universal. Para mí, la gran novela del siglo XX en castellano, y uno de mis cuatro o cinco libros favoritos. Lo tiene todo: un territorio mítico, personajes cíclicamente deliciosos, un estilo insuperable y la mejor versión de un autor en estado de gracia. Un milagro de la literatura que, no sé cómo, ocupa el mismo espacio en la estantería que muchos otros; al leerlo, tienes la sensación de que narra la historia de la humanidad. Legendario.

 5. EL OTOÑO DEL PATRIARCA (Gabriel García Márquez)

Un libro sorprendente, y sin duda uno de los más defenestrados por la crítica de todos los que ha escrito García Márquez. Desde este año, forma parte de mi galería de favoritos. Impresionante collage sociopolítico-narrativo, cargado de un barroquismo insuperable y de ciertas dosis de un surrealismo inquietante (surrealismo, que no realismo mágico). Una de las obras más ambiciosas y audaces del genio colombiano que la crítica, fiel a su costumbre, no supo apreciar en su día.

 6. LA MALDICIÓN DE HILL HOUSE (Shirley Jackson)

Dentro del género de terror, una de mis novelas favoritas. Creo que ningún autor del género debería dejar de leer esta sutilísima y exquisita novela gótica. Terror psicológico, nunca mejor dicho y nunca mejor desarrollado. Hubo reseña en El Disparaletras; accede a ella cliqueando aquí.

7. EL MISTERIO DE ‘SALEM’S LOT (Stephen King)

Siempre sostendré que es una de las mejores novelas de vampiros jamás escritas, y una de las obras cumbre del tito Stephen, aunque se trate de una de las primeras. Es como la cuarta o quinta vez que la leo, pero en esta ocasión lo hice de la impresionante edición especial ilustrada que Plaza & Janés sacó al mercado en 2005, con motivo del treinta aniversario de su publicación. La edición contiene fragmentos inéditos y hasta un final alternativo, obviamente no incluidos en la versión final. Por desgracia, esta edición ya está descatalogada y no se puede conseguir. Pero está en mi estantería, así que te chinchas…

 8. NARRATIVA COMPLETA, VOLUMEN I (H. P. Lovecraft)

Debería ponerme de pie no solo para hablar de este autor y de los relatos incluidos en este volumen, sino también de la impagable edición que Valdemar realizó con esta compilación. Sin palabras; sencillamente impresionante. Un muestrario completísimo de todo el talento y la capacidad imaginativa del genio de Providence, nuestro sacerdote particular, nuestra deidad, el número uno en el panteón de los admirados. No me canso de leerle. Nunca me cansaré. Jamás.

 9. CUENTOS, 1 (Edgar Allan Poe)

¿Dije el número uno del panteón? Pues aquí aparece uno que puede disputar sin duda ese galardón, sobre todo porque es el maestro directo del anterior. En este caso, leí también el volumen 2, pero me voy a quedar con el primero porque contiene todos aquellos relatos implicados de forma directa con el terror, sus obras mayores. Están todos: «La caída de la Casa Usher», «Berenice», «El gato negro», «Ligeia», «El corazón delator»…, y mi favorito, por supuesto: «La verdad sobre el caso del señor Valdemar». ¿Quieres más?: la traducción de los relatos en esta edición de Alianza corre a cargo de Julio Cortázar. Sigo de pie, claro. ¿Cómo sentarme ante tanta grandeza?

 10. LOS MISTERIOS DE UDOLFO (Ann Radcliffe)

Otra novela exquisita del gótico clásico, plena de elegancia narrativa y sutileza estilística. Larga vida a la señora Radcliffe, que fue una de las pioneras de este género que derivaría, siglos más tarde, en el terror que tanto nos gusta leer y escribir a día de hoy. La historia de las letras oscuras no hubiera sido la misma, sin duda, sin esta grandiosa novela sobre castillos encantados, traiciones familiares y amores apasionados a la luz de la luna. Imperdible.

 


Es todo por ahora. Estas son las mejores letras del 2015. Volveré en breve por aquí, como siempre, ya que hay noticias frescas que me gustaría compartir contigo. De momento, tienes para leer (o releer), sin miedo a caer en el aburrimiento…

El insecto cumple cien años

El de hoy será el último post del año 2015 en El Disparaletras. Volveré por aquí en 2016 y te traeré, como ya es tradición en este blog, ese listado de las mejores lecturas del año, cosa que vengo haciendo desde 2012. Pero no quería que se marchara este 2015 sin recordar el centenario de la publicación de una de las obras clave de la literatura de todos los tiempos, un relato que me ha marcado profundamente en mi vida lectora y que me ha hecho admirador incondicional de su autor por los siglos de los siglos, amén. En 1915 veía la luz La metamorfosis, de Franz Kafka. El universo literario ya nunca volvió a ser el mismo.

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“Die Verwandlung”. Leipzig, Kurt Wolff Editores, 1916

Como ya sabes, el título original de la novela es Die Verwandlung, en alemán, y como seguramente también sabes, narra la historia de Gregor Samsa, un comerciante de telas que mantiene a su familia con su magro sueldo y que, una mañana, despierta convertido en un insecto repugnante. La apariencia obviamente metafórica de esta premisa inicial ha suscitado múltiples y muy variadas interpretaciones a lo largo de estos cien años, pero sin duda lo más apasionante de la novela es que la vertiente simbólica ejerce una perfecta simbiosis con la realidad ficticia propia del relato. La conversión, la transformación, esconde un profundo mensaje social y filosófico, pero lo cierto es que los personajes que rodean a Samsa —su hermana, sus padres, los huéspedes, el gerente y las criadas— le contemplan en su nuevo aspecto y reaccionan en consecuencia. La rotunda genialidad de la obra radica en la combinación precisa y equilibrada de ambas vertientes narrativas, una de ellas explícita y visceral —la del hombre metamorfoseado en abominable cucaracha—, la otra, profundamente soterrada y escondida entre las líneas del texto, una de las reflexiones más lúcidas y brillantes que la literatura nos ha regalado acerca de la realidad del hombre en sociedad, de la indiferencia de un sistema burocráticamente asesino y embrutecedor y una maquinaria institucional absolutamente incomprensible para una raza que se ha entregado a la ceguera. También es una interesante parábola sobre el desdoblamiento de la personalidad, y el aislamiento familiar y social al que es sometido el protagonista esconde muchos de los trastornos que acosaron al propio autor durante su peculiar vida. No por nada la novela está escrita en forma de autobiografía, con las consabidas hipérboles y exageraciones tan propias del universo kafkiano.

   Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto.

Mítica frase inicial de la novela.

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“La metamorfosis”, de Franz Kafka. Madrid, Alianza, 2011

Hablando de eso que llamamos «kafkiano», esta novela sin duda es el paradigma de tal calificativo. ¿Qué es exactamente lo «kafkiano»? Quizá no exista una definición específica, pero podríamos decir que se trata de toda aquella situación extraña, absurda y ciertamente alejada de la lógica, pero que al mismo tiempo contiene algún componente desasosegante, angustioso y claustrofóbico, o que transmite una atmósfera entre enfermiza y algo impostada, como de maligno guiñol, que es en efecto de lo que están contagiadas permanentemente las obras del célebre autor checo.


De este hay poco que se pueda decir que no se sepa ya. Franz Kafka nació en Praga el 3 de julio de 1883. Solo escribió tres novelas, aunque todas ellas magistrales —El proceso, El castillo y El desaparecido—, la novela corta La metamorfosis y multitud de memorables relatos, como «La condena», «La muralla china», «Un médico rural», «Chacales y árabes» o «El comerciante». Su obra es de las más influyentes de la historia de la literatura. En ella se reflejan de forma patente el absurdo, la desolación y la desesperación del alma humana ante la maquinaria social, los problemas existenciales y el pesimismo ante el misterio de la existencia.

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Franz Kafka en 1906

La metamorfosis cuenta con un puñado de adaptaciones cinematográficas. La más célebre de ellas es la que dirigió el director ruso Valeri Fokin en 2002, con Yevgeni Mironov en el papel de Gregor Samsa. El checo Jan Nemec —uno de los directores más prestigiosos de la llamada Nueva Ola Checoslovaca— había hecho una adaptación para televisión en 1975; la originalidad de este film radica en que en ningún momento se observa a Samsa delante de la cámara, sino que todo el relato transcurre a través de los ojos del personaje convertido en insecto. Más recientemente, en 2012, Chris Swanton dirigió la versión británica de la novela, protagonizada por Robert Pugh. La rotunda complejidad narrativa y la insondable profundidad sociológica de la trama hacen que la novela, pese a ser una de las más célebres y prestigiosas de la historia de la literatura, haya sido adaptada tan escasas veces al cine, y con resultados tan dispares.

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Fotograma de “Prevrashchenie”, la adaptación rusa dirigida en 2002 por Valeri Fokin. En la imagen, Yevgueni Mironov en el papel de Gregor Samsa

No podía dejar de hacerme eco en El Disparaletras de este felicísimo aniversario: un siglo de vida de La metamorfosis de Kafka, una de esas piezas literarias que te marcan de forma indeleble y que nunca, nunca jamás se borran de tu memoria.


Nos vemos el año que viene. Que haya felicidad… y que 2016 no nos encuentre, una mañana cualquiera, convertidos en abominables cucarachas

 

La sutileza como vehículo del terror

Hoy te traigo una de esas novelas que no solo hacen las delicias de todos los amantes del género oscuro, sino que se ha constituido en una auténtica referencia para todos aquellos que gustamos de un buen rato de miedo entre las páginas de un libro. Se trata de una obra que numerosos autores de terror han citado como influencia y que se ha ganado, por derecho propio, un lugar entre las más destacadas novelas góticas de todos los tiempos. Te hablo, claro, de La maldición de Hill House, de Shirley Jackson.

“La maldición de Hill House”. Madrid, Valdemar (2008)

La Maldición de Hill House es una de las primeras novelas en utilizar el terror psicológico como elemento conductor del sentimiento que inspira en sus lectores. Utilizando una técnica muy depurada y llena de sutiliza, la autora esgrime el pasado y las cicatrices en el alma de los personajes como catalizadores en la aventura que se disponen a vivir en las profundidades de Hill House; se trata de una herramienta que numerosísimos autores del género han utilizado posteriormente —Ramsey Campbell en Nazareth Hill y Stephen King en El resplandor son solo dos ejemplos—. La novela es también la madre de todas las historias sobre casas encantadas que ha dado la literatura, un tema trillado y masticado hasta la saciedad por la voracidad incontenible de las mandíbulas del género, pero que probablemente nunca después encontró una representación tan auténtica y genuina de lo que realmente significa una casa embrujada; de entre las toneladas de literatura posterior que ha crecido bajo su sombra, probablemente La casa infernal de Richard Matheson sea la más digna de sus representantes.

Shirley Jackson elabora en esta novela un delicioso catálogo de personajes principales: Eleanor, una mujer desdichada que tras pasar once años cuidando a su madre enferma intenta luchar contra los fantasmas de su soledad y su remordimiento, buscando entre los tablones sombríos de Hill House algunos jirones de su despedazada identidad. Theodora, una joven frívola y despreocupada con una inquietante capacidad telepática; y Luke, un vividor mentiroso y granuja que ha sido invitado solo por pertenecer a la familia propietaria de la mansión de marras. Todos ellos han sido convocados a una estancia indeterminada en Hill House por John Montague, doctor en Filosofía y antropólogo, afanoso investigador que lleva años volcado en la indagación de las perturbaciones psíquicas que suelen tener lugar en las supuestas casas encantadas.

Fotograma de “La mansión encantada”, la más célebre de las las múltiples adaptaciones cinematográficas de la novela (Robert Wise, 1963)

La novela es lo más alejado del gore y el género sangriento que nos podamos imaginar. De hecho, la violencia apenas hace una ligera aparición entre sus páginas, lo cual otorga un doble mérito a la obra de Jackson. Porque lo cierto es que durante largos pasajes la narración despierta realmente miedo en el lector, sin que en ningún momento tengamos una idea clara de lo que sucede. El estilo de la autora es claro y sin dobleces, pero al otorgar a la propia casa la entidad de un personaje más, sus obstinados silencios y las misteriosas e indescifrables fluctuaciones de la realidad que se producen entre sus muros umbríos despertarán una inevitable sensación de inquietud y desasosiego en el lector, posiblemente la esencia misma de lo que es una narración de terror como tal. En todo momento nos encontramos con el dilema de la objetividad: ¿están teniendo lugar realmente los hechos paranormales que se nos relatan o tan solo son producto de la psique de los personajes, perturbados por la atmósfera malsana y por sus propios remordimientos? Es ahí donde Shirley Jackson, con gran maestría, involucra irremisiblemente al lector entre las agobiantes líneas de su narración. Valiéndose de un estilo más bien frío y siempre comedido, la autora logra adaptar las directrices básicas del relato gótico clásico a la atmósfera de su época, con las preocupaciones y dilemas sociales de sus contemporáneos, dando forma a la que muy posiblemente se la novela de terror clásico por antonomasia.

Como la mayoría de los autores del género, la biografía de Shirley Jackson resulta un tanto pintoresca. Nacida en San Francisco en 1916, publicó su primera novela, The Road Through the Wall, en 1948. A estas seguirían Hangsaman (1951), The Bird’s Nest (1954), The Sundial (1958) y, por supuesto, la que nos ocupa: The Haunting of Hill House (1959). Habría tiempo para una más: We Have Always Lived in the Castle (1961). Asimismo, también publicó en vida multitud de relatos, entre ellos una de las piezas más exquisitas y soberbias de la literatura breve de terror: «La lotería», un ejemplo más de la economía de medios y de la precisión narrativa de esta singular autora. Los años finales de su vida suscitan cierta polémica ya que su marido, en cierta ocasión, declaró públicamente que la señora Jackson practicaba la brujería y el satanismo, que poseía un tablero Ouija y cartas del tarot y que solía entregarse al frenesí de una serie de rituales oscuros. La autora siempre lo negó, pero tras su muerte en 1965 —de un ataque al corazón— su hijo Laurence Hyman confirmó buena parte de estos rumores.

Shirley Jackson (1916-1965)

Más allá del anecdotario, cabe destacar la importancia capital de Shirley Jackson en el marco de la narrativa de terror de mediados del siglo XX; una sombra alargada bajo la cual se cobijarían muchos de los exitosos autores que vieron florecer sus carreras algunas décadas después —Neil Gaiman, Stephen King, Clive Barker, Ramsey Campbell, Thomas Ligotti y un largo etcétera—.

Yo, personalmente, no dejo pasar un año sin releer esta maravilla llamada La maldición de Hill House y que hoy me apetecía compartir contigo. 253 páginas de verdadero terror —del auténtico, del que te estremece y emociona sin baños de sangre ni motosierras chirriantes— y de un estilo intachable, en el cual la sutileza sirve como vehículo a la oscuridad.

Cita anual

Dedicado a Mélani

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Eran vecinos. Incluso amigos. Pero solo se veían una vez al año. Era su noche especial. Comenzó a vestirse de vampiro cerca de las once de la noche. Un traje que se había fabricado él mismo durante meses. Se repeinó con gomina, el cabello tirante y oleaginoso que parecía casi gritar en los umbrales de la noche silenciosa. La capa, negra y densa como el ala de un cuervo. Los dientes de plástico, manchados de sangre artificial los extremos puntiagudos de los colmillos. Los guantes blancos, delicados y sedosos. Los zapatos negros relucientes. La pechera tiesa y pulquérrima. Los botones de la chaqueta brillantes como los ojos de un demonio perverso.

Antes de salir a la calle encendió las velas en el interior de las cuatro calabazas recortadas, ornamentadas y sonrientes, colocadas en el alféizar de las cuatro ventanas de la fachada. Las sonrisas dentudas de los espectrales tubérculos relucieron bajo los destellos pálidos de la luna llena. Cerró con llave y atravesó los cien metros que separaban su casa de la de su vecina. Su amiga. Su amiga especial durante una noche al año. Se aproximó al caserón caminando con calma; quedaban quince minutos para la medianoche. Las suelas de su zapatos despertaban ecos siniestros en el silencio sepulcral de la calleja tenebrosa. Allí estaba el caserón, imponente y funesto, preñado de sombras y telarañas, maligno, susurrante, macabramente recortado en el lienzo azul oscuro de la noche. Y allí estaba ella: medio recostada contra el murete de la entrada, solapada, descuidadamente apoyada sobre el musgo verdoso y húmedo del jardincillo delantero. No había cambiado mucho desde el año anterior. Se había teñido de rubia, solo eso. Vestía un traje oscuro, con falda, corsé y portaligas. Su rostro mostraba una palidez cadavérica que, sospechó él, no era producto de ningún maquillaje. Estaba bien, tratándose de la noche que se trataba. Ella le observó con ojos vacuos, con gesto pétreo. Con mirada muerta.

—¿Estás lista? —preguntó.

—Desde hace rato —fue la respuesta; una voz de ultratumba, deliciosamente macabra.

—Vamos.

Sin mirarse, sin tocarse, sin dirigirse la palabra, pusieron rumbo a las calles de la ciudad, dispuestos a matar a un buen puñado de inocentes.