Gatos y calabazas

Dedicado a Tania

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Se acercó con sigilo a la puerta del caserón. Parecía vacío… Abandonado, le susurró su mente, siempre tan imaginativa. Llamó un par de veces, sin respuesta. Agitó la bolsa de papel. Los caramelos y las chocolatinas rebotaron en el fondo con un sonido hueco. Todavía no era medianoche y ya había conseguido un botín más que interesante. La noche prometía. Golpeó otras dos veces… sin respuesta. Entonces abrió la puerta y entró. Sabía que eso no estaba bien, pero era un niño. Un niño disfrazado de vampiro. ¿Qué reprimenda le podía caer por entrar a hurtadillas en la casa abandonada de la esquina, esa que todos sus amigos decían que estaba embrujada? Al contrario: pensaba en el momento en el que podría presumir delante de ellos de haber entrado allí… ¡y en plena Noche de Brujas!

Entró. El suelo del vestíbulo estaba repleto de calabazas. Calabazas ornamentadas para la ocasión. Vacías y recortadas y con velas encendidas dentro. Muchas. Muchas calabazas. Tantas que le encandilaron. Tantas que no alcanzó a distinguir la presencia del gato negro agazapado junto a la bolsa de chucherías. Dio un paso adelante y solo entonces lo vio. Se le veía tranquilo. Incluso parecía estar esperándole.

Una bolsa de chucherías. Seguramente la habían dejado allí para él… ¿no? Es decir, para el valiente que se atreviera a entrar en la casa embrujada durante esa noche. Era un premio. Un reconocimiento. Se acercó a la bolsa. Y al gato, que no dejaba de observarle con calma, se diría que con suficiencia. El niño disfrazado de vampiro, el más valiente de todo el vecindario, se asomó al interior de la bolsa.

En ese momento, un tumulto de maullidos infernales surgió desde todos los rincones del salón, y de los escondrijos iluminados con el resplandor anaranjado de las calabazas emergieron innumerables garras afiladas y cuerpos peludos y pequeños dientes puntiagudos. Y una marea de bolas negras e hirsutas se abalanzó sobre el niño y las risas de las brujas se oyeron hasta después de medianoche.

 Un Halloween más en la casa de los gatos y las calabazas.


Feliz Noche de Brujas, monstruitos…

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La chica que se comió el cadáver de Kurt Cobain

Dedicado a Miguel

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Tres días. Tres días estuve junto al cadáver de Kurt. Oí la detonación desde mi escondite, dentro del armario donde guardaba sus chaquetas y esas camisas holgadas que solía vestir. Entonces oí el disparo y me estremecí. Se había hablado mucho de suicidio durante las últimas semanas. Todo el entorno. Él lo negaba siempre y yo, como de costumbre, me aferraba a aquellas palabras que le oía gritar en mi oído una y otra vez: I like it, I’m not gonna crack; I miss you, I’m not gonna crack; I love you, I’m not gonna crack; I killed you, I’m not gonna crack. Las oía una y otra vez. Mientras hacíamos el amor. Mientras él lloraba en mis hombros. Mientras le oía berrear en sueños. O cuando ponía el radiocasete a todo volumen y pegaba el altavoz a mi oreja. Siempre lo mismo: no voy a estallar, no voy a estallar, no voy a estallar

¡Bang! Un disparo seco. La caída de un cuerpo. Dejé pasar un par de horas, temblando de pánico en el interior de ese armario que olía a naftalina y marihuana y a otras cosas. De pronto empezó a oler a muerte. Abrí la puerta y allí estaba, tumbado en medio de la habitación. La pestilencia de la pólvora recién detonada aún no se había disipado. Y sus sesos… sus sesos estaban embarrados sobre el suelo de madera. Le observé con los ojos entrecerrados. Era su rostro de siempre. Algo crispado, con una barba de un par de días, los ojos vidriosos arrasados por la muerte.

I like it.

I miss you.

I love you.

I killed you.

Sabía que era nuestro último encuentro, clandestino o no. Ya no volveríamos a hacer el amor, ni a gritarnos incoherencias al oído en tórridas noches de alcohol y porquerías. Y nunca me relacionarían con él, claro. ¿Quién era yo? Tan solo una chica. Una chica anónima que se acostaba con Kurt. Una más.

Me arrodillé y me acerqué a él. Al principio solo quería acariciarle la cara, pero al final me poseyó una especie de frenesí de inexplicable necrofagia. Con los ojos cerrados, empecé a comerme los fragmentos de su cerebro explosionado.

Tres días después, el 8 de abril, encontraron el cadáver. Para entonces yo ya estaba en casa, durmiendo la siesta, escuchando sus gritos desgarrados en mi mente otra vez. Una y otra vez…

El testamento de Stoker

Como resulta obvio, Bram Stoker (1847-1912) ha alcanzado la inmortalidad por ser el autor de Drácula, probablemente la novela de terror más importante jamás escrita. El resto de su obra, bajo la augusta y gigantesca sombra que arrojan las aventuras del celebérrimo conde, parece perderse en una suerte de espesa bruma de desconocimiento por parte del gran público. Por eso es de agradecer, una vez más, la gran tarea de la editorial Valdemar, que nos acerca en su catálogo buena parte de la producción literaria del autor irlandés. En este caso, su última novela, culminada en 1911, un año antes de su muerte: La madriguera del Gusano Blanco: una historia gótica con ciertas reminiscencias a Arthur Machen (por la hábil mezcla de folclore y supersticiones druidas, britanas y romanas), con un desarrollo minucioso y un final sencillamente espeluznante.

“La madriguera del Gusano Blanco”. Madrid, Valdemar, 2001

Stoker narra en esta novela la historia de un gusano prehistórico que sobrevive al paso de los milenios en «La Arboleda de Diana», un solar en el que cohabita con la figura sensual e irresistible de Lady Arabella March, una deliciosa vampiresa devora-hombres. A la zona llega Adam Salton, joven aventurero australiano que visita a su tío, a la espera de heredarle. La historia se desarrolla en torno a la lucha que Salton emprende junto a sir Nathaniel, un anciano experto en la historia y prehistoria de la zona, para acabar con el maligno Gusano Blanco, que ha abierto una gigantesca madriguera en las profundidades de «La Arboleda de Diana».

De estructura sencilla y con apenas un puñado de personajes, La madriguera del Gusano Blanco recupera buena parte de la tradición gótica clásica, mixturando sus elementos con otros eminentemente arraigados en las modificaciones que el género de terror comenzaba a presentar a principios del siglo XX, donde, tras la irrupción de Lovecraft, daría un giro de ciento ochenta grados hacia las facetas cósmicas y de horror materialista que configuraron las bases temáticas décadas después. En este caso, Stoker se anticipa con la inclusión de una criatura medio mitológica, medio bíblica, pero siempre en el entorno de pesadilla enfermiza del que dota a la atmósfera, con su carga de tradiciones y residuos de civilizaciones pretéritas (el asentamiento y la cueva del monstruo se erigen sobre las ruinas de un antiguo convento). Así, el autor consigue aunar dos mitos de enorme peso en el desarrollo de la tradición gótica: el monstruo prehistórico moderno (encarnado en la figura bíblica del Dragón del Apocalipsis) y la clásica entidad de la mujer-serpiente, todo en un mismo y monstruoso ser. La historia está hábilmente salpicada de soterradas referencias sexuales, muy del gusto del autor.

Bram Stoker (1847-1912)

La historia se mueve a un ritmo a ratos quizá un poco elevado, lo cual deriva en un pequeño déficit: la inclusión de alguna subtramas que, en mi opinión, no alcanzan un desarrollo del todo satisfactorio. Eché en falta alguna peripecia más del perverso negro Ulanga, o alguna trastada más de las mangostas caza-serpientes que el protagonista suelta en medio de la foresta hacia el principio de la novela. En todo caso, desde luego, se trata de una obra extraordinaria, una novela que fascina y atrapa y que representa un muestrario válido y sumamente consistente de la capacidad del gran Stoker para la construcción de tramas y la concatenación de elementos góticos clásicos con otros más modernos. Una forma de adentrarse en su fina literatura, alejados por una vez del castillo transilvano y de los salones británicos donde tiene lugar la más famosa de sus novelas.

 

Por las noches, viene a mí…

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Es la vieja ansia, el anhelo pretérito, rancio e incontenible. Surge a la caída del sol, cada noche, cobijado por las tinieblas, el silencio y la quietud. Se trata de una antigua llamada, una invocación milenaria, la maldición de la estirpe condenada a la que sin voluntad pertenezco. La racionalidad se hace añicos, lo mismo que cualquier vestigio de humanidad. El hombre se esfuma, se evapora, y la bestia surge entre alaridos desgarradores, voraz, inclemente, insaciable…

Como un proscrito recorro el pavimento fresco y ennegrecido, las esquinas solitarias, los pabellones umbríos, las ventanas desprotegidas. Es el reclamo acuciante de un cuerpo que no es el mío, de unas entrañas voraces que solo me pertenecen cuando el fuego del firmamento se oculta hasta el amanecer sosegado y confuso. Mientras las estrellas rutilan y me vigilan, es el gemido taladrante de las vísceras, el gruñido ensordecedor de un conjunto de tejidos desconocidos, metamorfoseados por la ponzoña de un hechizo innominable.

Puedes hablar conmigo. Puedes acercarte y confraternizar. Podemos estrecharnos las manos y compartir conversaciones, risas y anécdotas. El sol brilla en el cielo despejado o tras las nubes de tormenta. Soy un ser afable y cercano, cálido y bondadoso. Tengo que serlo mientras el ocaso no se acerque, tengo que extremar la bonhomía para compensar toda la crueldad, toda la vileza, toda la monstruosidad de lo que soy cuando cae la noche, cuando el crepúsculo violáceo se desvanece y las tinieblas descienden sobre las calles de la ciudad.

Soy un hombre normal. Solo que, por las noches, eso viene hasta mí…

Feria del Libro 2016: Inolvidable

Todo el mundo acabó feliz tras la XXVIII edición de la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria. La organización, los libreros, los lectores y, por supuesto, los autores. Sobre todo estos, porque he compartido muchísimas horas con ellos durante estos últimos cinco días y lo cierto es que no acabábamos de dar crédito a la velocidad con la que nuestros libros salían y se firmaban. Es evidente que el público estuvo mucho más comprometido con la causa de los autores, y que estos (todos nosotros) mostramos quizá un entusiasmo y una predisposición muy especial. El resultado es el que todo el mundo está comentando desde ayer: la mejor Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria de la última década.

Firmando ejemplares en la caseta de Librería Sinopsis

Por lo que a mí toca, la vorágine de estos días se pareció más a un sueño que a una realidad tangible. Y no solo debido al halo mágico que siempre desprenden estos eventos, sino porque nunca antes la comunidad lectora (todos vosotros, mis queridos monstruitos) se había acercado tanto y con tanto entusiasmo a mis libros. Fue alucinante comprobar cómo en cifras, que siempre son frías pero realistas, prácticamente se cuadruplicaba el número de ejemplares que, hasta ahora, constituía mi promedio en el total de las seis ferias anteriores en las que participé, que Un puñado de sombras aparecía en los sondeos entre los quince libros más vendidos de la Feria y que Pandemonio agotaba existencias en algunas casetas. Es entonces cuando uno se queda sin palabras y totalmente anonadado, y siente ganas de estrechar en un abrazo enorme al mundo entero. Pero es evidente que lo correcto es agradecer a todos los que lo han hecho posible, que no son pocos.

En primer lugar, desde luego, a todos los lectores. A los incondicionales, por supuesto; a todos aquellos que venían a completar la colección y con los que siempre hay oportunidad de intercambiar un saludo y una foto, pero también, y muy especialmente, a todos aquellos que me han dado una primera oportunidad durante esta feria, con cualquiera de los libros que se llevaran. Es gratificante (y casi increíble) que dentro de la inabarcable cantidad de ofertas y autores disponibles a lo largo y ancho del Parque San Telmo se inclinaran por uno de mis títulos. Solo me queda decirles que espero no defraudarles en absoluto, y que, desde luego, confío en verles allí el año que viene. No quiero olvidarme de alguien muy especial para mí: Jonathan Mellado, a quien, sin poder creérmelo, contemplé acercarse hasta mi puesto con una bolsa con mis seis libros, en busca de seis dedicatorias que no fue fácil improvisar. Hace muy poco que te conozco, fenómeno, pero te has elevado al proscenio de los Lectores Incondicionales.

Con Jonathan Mellado, que se vino cargado con los seis libros, a por sus dedicatorias

En segundo lugar quería agradecer de corazón a los libreros, que me otorgaron su espacio en la caseta de su librería y que tan bien me atendieron durante el evento, brindándome una hospitalidad inmejorable. A Zara y José Luís (Azulia), Verónica (Bilenio), Antonio y Laura (Canaima), Juan Antonio y Nanda (Doramas), Carmen y Ayose (Librópolis), Mario y Joan (La Comarca/Mundofreak) y Javier, Nisia, Amparo y Ana (Sinopsis). Todos han logrado, con su impagable disponibilidad, que los libros salieran como salieron, y que tanto el lector como el autor se sintieran acogidos en esas casetas donde reinaba un ambiente tan cercano y familiar. También quería agradecer al resto de los libreros, con quienes no hubo ocasión de concertar firmas por lo ajustado del calendario, pero que sé muy bien que se preocuparon de que mis libros contaran con buena visibilidad y accesibilidad para los lectores.

Firmando ejemplares en el célebre Sillón de Librería Canaima

Y por último, y no menos importante, a mis compañeros de profesión, con quienes comparto tantas horas en estos eventos increíbles. En primer lugar a mi hermanita Mélani Garzón (qué alegrón me llevé al ver cómo te hinchabas a firmar ejemplares, Peque) y a Rayco Cruz, mi gran compañero de aventuras, porque ya son muchas peripecias juntos, muchos años de convivir y de vivir emociones y alegrías. También quería agradecer a Nisa Arce, Carlos González Sosa, Sandro Doreste Bermúdez, Santiago Gil, Jessica Herrera Ojeda (sabes que te odio con el corazón, bicho), David Melián Godoy, Alexis Ravelo, Miguel Aguerralde, Soledad Martel, Moisés Morán, Javier VelascoPaula Lizarza, con quienes he vuelto a coincidir, y también con aquellos a quienes tuve el placer de conocer y de compartir mesa de firmas, como Yauci Fernández. Tampoco quiero dejar de mencionar a todos los ilustradores con los que tuve oportunidad de trabar conocimiento (Ana Guadalupe Lauzirika y Francisco Montesdeoca; demasiado talento junto), especialmente después del magnífico evento que puso el broche de oro a la Feria. Este éxito es también vuestro, compañeros. Todos juntos hemos inundado de fantasía una ciudad entera.

Con mi hermanita Mélani, que fue de las autoras más vendidas de la Feria. Un éxito rotundo en su doble faceta de autora e ilustradora

 

Con el fenómeno Rayco Cruz, que me firmó la reedición de “La sombra de Pranthas”. Ya son unas cuantas ferias las que compartimos

 

Con Yauci Fernández, a quien tuve el placer de conocer durante la Feria

 

Reclutando nuevos Agentes de Pandemonio

No quiero olvidarme en este post de agradecer a Daniel Valdivieso Bueno, de DOK Personalización Textil, por la diligencia y la profesionalidad con la que diseñó esas camisetas magníficas de Edgar Allan Poe y Stephen King que pude lucir en la Feria y que tanto éxito y excelentes comentarios cosecharon. Aquí os dejo una muestra:

Bueno, creo que ya me he puesto todo lo cursi y pasteloso que la ocasión requería. Ahora queda mirar hacia adelante e intentar bajar de la nube, especialmente porque queda por hacer lo más importante de todo: seguir trabajando para que este fuego, que ha crecido tanto durante este último tiempo, nunca jamás se apague.

Gracias a todos.

Ventana

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Anoche soñé con el horror.

Soñé que el mundo había llegado a su fin y que todos habían muerto. Soñé que la tierra había logrado abrir sus fauces hambrientas y se había tragado a la humanidad entera. Soñé que el pavor y la destrucción se habían cernido sobre las almas de las personas, aniquilándolas para siempre.

Pero yo estaba en mi cama, agitado, sudoroso. Rechinaba los dientes y sentía que el final estaba cerca, que mi estancia en esa habitación era efímera, una prórroga de excepción, un ligero error de cálculo en la implantación de ese Apocalipsis que ya había arrasado con todo lo demás.

Poco a poco logré tranquilizarme; me imbuí de pensamientos racionales y me convencí de que todas aquellas visiones espeluznantes y terroríficas no eran sino el resultado de una pesadilla, de un sueño atorado entre los pasadizos oscuros del dédalo de mi subconsciente.

Logré incorporarme y, poco después, ponerme en pie. La ventana era mi objetivo; si alcanzaba la visión de una imagen real, el vislumbre de una postal concreta y el influjo de la realidad desnuda, cualquier rastro de ese sueño pavoroso desaparecería por fin.

Me acerqué. Incrédulo, apoyé las manos sobre el cristal nitroso y empañado por la mortaja de una obtusa neblina.

Fuera, la pesadilla encontró una horrorosa continuidad…

Cuidado con lo que deseas…

En el mundo de la literatura fantástica y de terror existen un puñado de relatos que nos fascinan sin remedio tras repetidas lecturas. Algunos por el impacto que nos causa su desenlace, otros por las implicaciones emocionales de la trama, y algunos por su perfección formal y por el equilibrio de las partes, que conforman un todo aposentado en la excelencia narrativa. El caso de «La pata de mono», de W. W. Jacobs, reúne no alguna, sino todas las características arriba mencionadas, convirtiéndose en una de las piezas más redondas e inmejorables de nuestro querido género. Vengo a hablarte hoy de este relato porque es uno de mis favoritos, un cuento excepcional que no me canso de leer y que me ha brindado no solo el apasionamiento que suele despertar una historia de terror muy bien escrita, sino también ramalazos de agradecida inspiración y, por qué no decirlo, algunas horas de insomnio.

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La pata de mono y otros cuentos macabros. Valdemar, 2008

En «La pata de mono», su autor, William Wymark Jacobs, reflexiona acerca del peligro inherente en la formulación de deseos. La posesión de un talismán que conceda deseos ha sido y sigue siendo un tema muy frecuentado en la ficción literaria, pero creo que el análisis del fenómeno como fantasía humana nunca alcanzó las cotas dramáticas a las que arriba en este relato. Intentando no hacer spoiler: el relato va de una pata mono que llega, de forma fortuita, al seno de una familia tradicional. La persona que les lega el amuleto les asegura que puede concederles tres deseos. El primero de los deseos se cumple, pero acarrea una infausta desgracia a la familia. La formulación del segundo deseo lo que busca es deshacer las consecuencias funestas del primero, pero solo consigue empeorarlas; el tercer deseo se desperdicia, entonces, en la anulación del segundo. De este modo, solo prevalece el primer deseo, mientas que el segundo y el tercero se anulan entre sí, en un final escalofriante.

El relato plantea la moraleja eterna acerca de la correcta formulación de los deseos sobre el amuleto, y de la insidiosa costumbre del diablo —o de otras fuerzas malignas— de aprovechar una formulación precipitada o incompleta para inocular el mal en las consecuencias. De ahí los famosos refranes de «cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad» y tantos otros. El cuento nos deja también otra reflexión oblicua: a veces, es mejor dejar las cosas como están. Esto es: aunque algo haya salido mal, en ocasiones intentar arreglarlo a través de los mismos medios lo único que hará será agravar las consecuencias, dando origen a una espiral destructiva.

«La pata de mono» posee una estructura sencilla y un lenguaje equilibrado y elegante, muy al estilo de los relatos de principios del siglo XX. Sin ningún alarde, crea una atmósfera trágica que va in crescendo conforme se suceden los hechos, para desembocar en uno de los finales sugeridos más estremecedores que yo haya leído. Su genialidad radica no solo en la brevedad y economía de medios que emplea el autor, sino también en su equilibrio verbal, en el correctísimo uso de la simbología y en el impacto rotundo de su moraleja. Su estructura y temática han inspirado numeroso relatos y narraciones posteriores —la más destacada de ellas, sin duda, el novelón de Stephen King, Cementerio de animales—.

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W. W. Jacobs (1863-1943)

Te cuento algunas cosillas del autor, W. W. Jacobs. Nació en Wapping (Londres), en 1863. Trabajó durante un tiempo como funcionario de correos y publicó su primer relato hacia 1885. Fue un especialista en «literatura náutica», componiendo numerosos relatos donde sus protagonistas viajaban a bordo de embarcaciones medianas. Sobre todo se especializó en un tipo de comedia negra, relatos oscuros en los que hacía gala de un muy agudo sentido del humor. Tiene un puñado de excelentes relatos macabros, pero fue sin duda «La pata de mono» el que le proporcionó una fama imperecedera; publicó este relato en Londres en 1902 en The Boydell Press, una publicación de prensa académica. Una vez que obtuvo popularidad y posibilidades de vivir de la escritura, se dedicó básicamente a adaptar sus propios relatos a la escena. Murió en 1943, también en Londres.

La edición en la que leí «La pata de mono» es la de Valdemar (¿cúal, si no?), y que incluye una más que interesante colección de otros relatos de Jacobs, todos ellos muy recomendables por la continuidad en la línea temática y por el más que llamativo uso de la conciencia humana como eje de acción ante los hechos escabrosos que se suceden. Desde luego que te recomiendo todos estos relatos, pero en este post me quería detener especialmente en su cuento inmortal, el que da título a la antología y el que, por derecho propio, ha pasado a ocupar un lugar de privilegio dentro de la cultura popular. En palabras de G. K. Chesterton, los cuentos de Jacobs van más allá del terror, para ser, sencillamente, sobrecogedores. Amén, señor Chesterton.

Pilla cuando puedas este relato y no te lo pierdas. Y ya sabes: mucho cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad…

Las mejores letras de 2015

Lo prometido es deuda: aquí te traigo la selección que he hecho de las diez mejores lecturas de 2015. Me repito en lo que dije las últimas tres veces: ha costado enorme trabajo escoger solo diez de entre la gran cantidad de excelentes obras con las que me topé, y de hecho muchas de ellas son relecturas, una práctica en la que caí especialmente durante este año ya difunto. Como siempre, te ofrezco los títulos por orden alfabético de autores, aprovechando para recomendarte vivamente la lectura de estas diez obrazas maestras.

Aquí van:


1. LIBROS DE SANGRE, VOLUMEN 1 (Clive Barker)

En realidad leí los dos primeros volúmenes, pero me quedo con este primero por la finura formal y estilística de varios de sus relatos. «El tren nocturno de carne» y «Terror», de lo mejor que he leído en el género. El resto, de muy buen nivel, y una antesala perfecta para el resto de los tomos. Esta compilación, llevada adelante con gran acierto por la moribunda editorial La Factoría de Ideas, supone el compendio de la obra breve en prosa de Clive Barker, uno de los más singulares representantes del género de las últimas décadas. Un libro de relatos completísimo y apasionante.

 2. DON QUIJOTE DE LA MANCHA (Miguel de Cervantes)

Una obvia relectura, aunque en este caso no quiero hablar tanto de la novela como de la edición que cayó en mis manos, y que es la que elaboró Andrés Trapiello para Destino, trasladando toda aquella terminología en castellano antiguo que tanto espanta a los lectores hispanos y adaptándola al español actual. Más allá de la opinión de los puristas, creo que el de Trapiello se trata de un trabajo muy meritorio. Evidentemente, sigo prefiriendo el original, y ese es el que te recomiendo, pero, como bien dijo alguien, mejor leer esta adaptación del Quijote, que no leer el Quijote en absoluto. De la obra, poco que decir: tan solo la más grande novela jamás escrita. Ahí es nada…

 3. MADAME BOVARY (Gustave Flaubert)

Otra relectura, y otra de las obras capitales de la historia de la literatura. Lógicamente, es muy poco lo que puedo añadir aquí que ya no se haya dicho de este novelón de Flaubert, cuya perfección estructural y narrativa ha vuelto locas a generaciones de lectores y ha servido como base de aprendizaje a incontables escritores, entre los que me incluyo. Sencillamente, se trata de un curso acelerado de literatura, una novela perfecta, redonda y revolucionaria en la implantación de un estilo, en el hecho de que el autor, digamos que por primera vez, exhibe ya una voz propia y real, alejándose de esa fría omnipresencia que primara en la narrativa hasta esos años. Un libro irrepetible, único y magistral.

 4. CIEN AÑOS DE SOLEDAD (Gabriel García Márquez)

Otra novela de la que poco se puede añadir, otra relectura, y otra de las obras maestras indiscutibles de la literatura universal. Para mí, la gran novela del siglo XX en castellano, y uno de mis cuatro o cinco libros favoritos. Lo tiene todo: un territorio mítico, personajes cíclicamente deliciosos, un estilo insuperable y la mejor versión de un autor en estado de gracia. Un milagro de la literatura que, no sé cómo, ocupa el mismo espacio en la estantería que muchos otros; al leerlo, tienes la sensación de que narra la historia de la humanidad. Legendario.

 5. EL OTOÑO DEL PATRIARCA (Gabriel García Márquez)

Un libro sorprendente, y sin duda uno de los más defenestrados por la crítica de todos los que ha escrito García Márquez. Desde este año, forma parte de mi galería de favoritos. Impresionante collage sociopolítico-narrativo, cargado de un barroquismo insuperable y de ciertas dosis de un surrealismo inquietante (surrealismo, que no realismo mágico). Una de las obras más ambiciosas y audaces del genio colombiano que la crítica, fiel a su costumbre, no supo apreciar en su día.

 6. LA MALDICIÓN DE HILL HOUSE (Shirley Jackson)

Dentro del género de terror, una de mis novelas favoritas. Creo que ningún autor del género debería dejar de leer esta sutilísima y exquisita novela gótica. Terror psicológico, nunca mejor dicho y nunca mejor desarrollado. Hubo reseña en El Disparaletras; accede a ella cliqueando aquí.

7. EL MISTERIO DE ‘SALEM’S LOT (Stephen King)

Siempre sostendré que es una de las mejores novelas de vampiros jamás escritas, y una de las obras cumbre del tito Stephen, aunque se trate de una de las primeras. Es como la cuarta o quinta vez que la leo, pero en esta ocasión lo hice de la impresionante edición especial ilustrada que Plaza & Janés sacó al mercado en 2005, con motivo del treinta aniversario de su publicación. La edición contiene fragmentos inéditos y hasta un final alternativo, obviamente no incluidos en la versión final. Por desgracia, esta edición ya está descatalogada y no se puede conseguir. Pero está en mi estantería, así que te chinchas…

 8. NARRATIVA COMPLETA, VOLUMEN I (H. P. Lovecraft)

Debería ponerme de pie no solo para hablar de este autor y de los relatos incluidos en este volumen, sino también de la impagable edición que Valdemar realizó con esta compilación. Sin palabras; sencillamente impresionante. Un muestrario completísimo de todo el talento y la capacidad imaginativa del genio de Providence, nuestro sacerdote particular, nuestra deidad, el número uno en el panteón de los admirados. No me canso de leerle. Nunca me cansaré. Jamás.

 9. CUENTOS, 1 (Edgar Allan Poe)

¿Dije el número uno del panteón? Pues aquí aparece uno que puede disputar sin duda ese galardón, sobre todo porque es el maestro directo del anterior. En este caso, leí también el volumen 2, pero me voy a quedar con el primero porque contiene todos aquellos relatos implicados de forma directa con el terror, sus obras mayores. Están todos: «La caída de la Casa Usher», «Berenice», «El gato negro», «Ligeia», «El corazón delator»…, y mi favorito, por supuesto: «La verdad sobre el caso del señor Valdemar». ¿Quieres más?: la traducción de los relatos en esta edición de Alianza corre a cargo de Julio Cortázar. Sigo de pie, claro. ¿Cómo sentarme ante tanta grandeza?

 10. LOS MISTERIOS DE UDOLFO (Ann Radcliffe)

Otra novela exquisita del gótico clásico, plena de elegancia narrativa y sutileza estilística. Larga vida a la señora Radcliffe, que fue una de las pioneras de este género que derivaría, siglos más tarde, en el terror que tanto nos gusta leer y escribir a día de hoy. La historia de las letras oscuras no hubiera sido la misma, sin duda, sin esta grandiosa novela sobre castillos encantados, traiciones familiares y amores apasionados a la luz de la luna. Imperdible.

 


Es todo por ahora. Estas son las mejores letras del 2015. Volveré en breve por aquí, como siempre, ya que hay noticias frescas que me gustaría compartir contigo. De momento, tienes para leer (o releer), sin miedo a caer en el aburrimiento…

El insecto cumple cien años

El de hoy será el último post del año 2015 en El Disparaletras. Volveré por aquí en 2016 y te traeré, como ya es tradición en este blog, ese listado de las mejores lecturas del año, cosa que vengo haciendo desde 2012. Pero no quería que se marchara este 2015 sin recordar el centenario de la publicación de una de las obras clave de la literatura de todos los tiempos, un relato que me ha marcado profundamente en mi vida lectora y que me ha hecho admirador incondicional de su autor por los siglos de los siglos, amén. En 1915 veía la luz La metamorfosis, de Franz Kafka. El universo literario ya nunca volvió a ser el mismo.

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“Die Verwandlung”. Leipzig, Kurt Wolff Editores, 1916

Como ya sabes, el título original de la novela es Die Verwandlung, en alemán, y como seguramente también sabes, narra la historia de Gregor Samsa, un comerciante de telas que mantiene a su familia con su magro sueldo y que, una mañana, despierta convertido en un insecto repugnante. La apariencia obviamente metafórica de esta premisa inicial ha suscitado múltiples y muy variadas interpretaciones a lo largo de estos cien años, pero sin duda lo más apasionante de la novela es que la vertiente simbólica ejerce una perfecta simbiosis con la realidad ficticia propia del relato. La conversión, la transformación, esconde un profundo mensaje social y filosófico, pero lo cierto es que los personajes que rodean a Samsa —su hermana, sus padres, los huéspedes, el gerente y las criadas— le contemplan en su nuevo aspecto y reaccionan en consecuencia. La rotunda genialidad de la obra radica en la combinación precisa y equilibrada de ambas vertientes narrativas, una de ellas explícita y visceral —la del hombre metamorfoseado en abominable cucaracha—, la otra, profundamente soterrada y escondida entre las líneas del texto, una de las reflexiones más lúcidas y brillantes que la literatura nos ha regalado acerca de la realidad del hombre en sociedad, de la indiferencia de un sistema burocráticamente asesino y embrutecedor y una maquinaria institucional absolutamente incomprensible para una raza que se ha entregado a la ceguera. También es una interesante parábola sobre el desdoblamiento de la personalidad, y el aislamiento familiar y social al que es sometido el protagonista esconde muchos de los trastornos que acosaron al propio autor durante su peculiar vida. No por nada la novela está escrita en forma de autobiografía, con las consabidas hipérboles y exageraciones tan propias del universo kafkiano.

   Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto.

Mítica frase inicial de la novela.

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“La metamorfosis”, de Franz Kafka. Madrid, Alianza, 2011

Hablando de eso que llamamos «kafkiano», esta novela sin duda es el paradigma de tal calificativo. ¿Qué es exactamente lo «kafkiano»? Quizá no exista una definición específica, pero podríamos decir que se trata de toda aquella situación extraña, absurda y ciertamente alejada de la lógica, pero que al mismo tiempo contiene algún componente desasosegante, angustioso y claustrofóbico, o que transmite una atmósfera entre enfermiza y algo impostada, como de maligno guiñol, que es en efecto de lo que están contagiadas permanentemente las obras del célebre autor checo.


De este hay poco que se pueda decir que no se sepa ya. Franz Kafka nació en Praga el 3 de julio de 1883. Solo escribió tres novelas, aunque todas ellas magistrales —El proceso, El castillo y El desaparecido—, la novela corta La metamorfosis y multitud de memorables relatos, como «La condena», «La muralla china», «Un médico rural», «Chacales y árabes» o «El comerciante». Su obra es de las más influyentes de la historia de la literatura. En ella se reflejan de forma patente el absurdo, la desolación y la desesperación del alma humana ante la maquinaria social, los problemas existenciales y el pesimismo ante el misterio de la existencia.

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Franz Kafka en 1906

La metamorfosis cuenta con un puñado de adaptaciones cinematográficas. La más célebre de ellas es la que dirigió el director ruso Valeri Fokin en 2002, con Yevgeni Mironov en el papel de Gregor Samsa. El checo Jan Nemec —uno de los directores más prestigiosos de la llamada Nueva Ola Checoslovaca— había hecho una adaptación para televisión en 1975; la originalidad de este film radica en que en ningún momento se observa a Samsa delante de la cámara, sino que todo el relato transcurre a través de los ojos del personaje convertido en insecto. Más recientemente, en 2012, Chris Swanton dirigió la versión británica de la novela, protagonizada por Robert Pugh. La rotunda complejidad narrativa y la insondable profundidad sociológica de la trama hacen que la novela, pese a ser una de las más célebres y prestigiosas de la historia de la literatura, haya sido adaptada tan escasas veces al cine, y con resultados tan dispares.

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Fotograma de “Prevrashchenie”, la adaptación rusa dirigida en 2002 por Valeri Fokin. En la imagen, Yevgueni Mironov en el papel de Gregor Samsa

No podía dejar de hacerme eco en El Disparaletras de este felicísimo aniversario: un siglo de vida de La metamorfosis de Kafka, una de esas piezas literarias que te marcan de forma indeleble y que nunca, nunca jamás se borran de tu memoria.


Nos vemos el año que viene. Que haya felicidad… y que 2016 no nos encuentre, una mañana cualquiera, convertidos en abominables cucarachas

 

La sutileza como vehículo del terror

Hoy te traigo una de esas novelas que no solo hacen las delicias de todos los amantes del género oscuro, sino que se ha constituido en una auténtica referencia para todos aquellos que gustamos de un buen rato de miedo entre las páginas de un libro. Se trata de una obra que numerosos autores de terror han citado como influencia y que se ha ganado, por derecho propio, un lugar entre las más destacadas novelas góticas de todos los tiempos. Te hablo, claro, de La maldición de Hill House, de Shirley Jackson.

“La maldición de Hill House”. Madrid, Valdemar (2008)

La Maldición de Hill House es una de las primeras novelas en utilizar el terror psicológico como elemento conductor del sentimiento que inspira en sus lectores. Utilizando una técnica muy depurada y llena de sutiliza, la autora esgrime el pasado y las cicatrices en el alma de los personajes como catalizadores en la aventura que se disponen a vivir en las profundidades de Hill House; se trata de una herramienta que numerosísimos autores del género han utilizado posteriormente —Ramsey Campbell en Nazareth Hill y Stephen King en El resplandor son solo dos ejemplos—. La novela es también la madre de todas las historias sobre casas encantadas que ha dado la literatura, un tema trillado y masticado hasta la saciedad por la voracidad incontenible de las mandíbulas del género, pero que probablemente nunca después encontró una representación tan auténtica y genuina de lo que realmente significa una casa embrujada; de entre las toneladas de literatura posterior que ha crecido bajo su sombra, probablemente La casa infernal de Richard Matheson sea la más digna de sus representantes.

Shirley Jackson elabora en esta novela un delicioso catálogo de personajes principales: Eleanor, una mujer desdichada que tras pasar once años cuidando a su madre enferma intenta luchar contra los fantasmas de su soledad y su remordimiento, buscando entre los tablones sombríos de Hill House algunos jirones de su despedazada identidad. Theodora, una joven frívola y despreocupada con una inquietante capacidad telepática; y Luke, un vividor mentiroso y granuja que ha sido invitado solo por pertenecer a la familia propietaria de la mansión de marras. Todos ellos han sido convocados a una estancia indeterminada en Hill House por John Montague, doctor en Filosofía y antropólogo, afanoso investigador que lleva años volcado en la indagación de las perturbaciones psíquicas que suelen tener lugar en las supuestas casas encantadas.

Fotograma de “La mansión encantada”, la más célebre de las las múltiples adaptaciones cinematográficas de la novela (Robert Wise, 1963)

La novela es lo más alejado del gore y el género sangriento que nos podamos imaginar. De hecho, la violencia apenas hace una ligera aparición entre sus páginas, lo cual otorga un doble mérito a la obra de Jackson. Porque lo cierto es que durante largos pasajes la narración despierta realmente miedo en el lector, sin que en ningún momento tengamos una idea clara de lo que sucede. El estilo de la autora es claro y sin dobleces, pero al otorgar a la propia casa la entidad de un personaje más, sus obstinados silencios y las misteriosas e indescifrables fluctuaciones de la realidad que se producen entre sus muros umbríos despertarán una inevitable sensación de inquietud y desasosiego en el lector, posiblemente la esencia misma de lo que es una narración de terror como tal. En todo momento nos encontramos con el dilema de la objetividad: ¿están teniendo lugar realmente los hechos paranormales que se nos relatan o tan solo son producto de la psique de los personajes, perturbados por la atmósfera malsana y por sus propios remordimientos? Es ahí donde Shirley Jackson, con gran maestría, involucra irremisiblemente al lector entre las agobiantes líneas de su narración. Valiéndose de un estilo más bien frío y siempre comedido, la autora logra adaptar las directrices básicas del relato gótico clásico a la atmósfera de su época, con las preocupaciones y dilemas sociales de sus contemporáneos, dando forma a la que muy posiblemente se la novela de terror clásico por antonomasia.

Como la mayoría de los autores del género, la biografía de Shirley Jackson resulta un tanto pintoresca. Nacida en San Francisco en 1916, publicó su primera novela, The Road Through the Wall, en 1948. A estas seguirían Hangsaman (1951), The Bird’s Nest (1954), The Sundial (1958) y, por supuesto, la que nos ocupa: The Haunting of Hill House (1959). Habría tiempo para una más: We Have Always Lived in the Castle (1961). Asimismo, también publicó en vida multitud de relatos, entre ellos una de las piezas más exquisitas y soberbias de la literatura breve de terror: «La lotería», un ejemplo más de la economía de medios y de la precisión narrativa de esta singular autora. Los años finales de su vida suscitan cierta polémica ya que su marido, en cierta ocasión, declaró públicamente que la señora Jackson practicaba la brujería y el satanismo, que poseía un tablero Ouija y cartas del tarot y que solía entregarse al frenesí de una serie de rituales oscuros. La autora siempre lo negó, pero tras su muerte en 1965 —de un ataque al corazón— su hijo Laurence Hyman confirmó buena parte de estos rumores.

Shirley Jackson (1916-1965)

Más allá del anecdotario, cabe destacar la importancia capital de Shirley Jackson en el marco de la narrativa de terror de mediados del siglo XX; una sombra alargada bajo la cual se cobijarían muchos de los exitosos autores que vieron florecer sus carreras algunas décadas después —Neil Gaiman, Stephen King, Clive Barker, Ramsey Campbell, Thomas Ligotti y un largo etcétera—.

Yo, personalmente, no dejo pasar un año sin releer esta maravilla llamada La maldición de Hill House y que hoy me apetecía compartir contigo. 253 páginas de verdadero terror —del auténtico, del que te estremece y emociona sin baños de sangre ni motosierras chirriantes— y de un estilo intachable, en el cual la sutileza sirve como vehículo a la oscuridad.

Cita anual

Dedicado a Mélani

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Eran vecinos. Incluso amigos. Pero solo se veían una vez al año. Era su noche especial. Comenzó a vestirse de vampiro cerca de las once de la noche. Un traje que se había fabricado él mismo durante meses. Se repeinó con gomina, el cabello tirante y oleaginoso que parecía casi gritar en los umbrales de la noche silenciosa. La capa, negra y densa como el ala de un cuervo. Los dientes de plástico, manchados de sangre artificial los extremos puntiagudos de los colmillos. Los guantes blancos, delicados y sedosos. Los zapatos negros relucientes. La pechera tiesa y pulquérrima. Los botones de la chaqueta brillantes como los ojos de un demonio perverso.

Antes de salir a la calle encendió las velas en el interior de las cuatro calabazas recortadas, ornamentadas y sonrientes, colocadas en el alféizar de las cuatro ventanas de la fachada. Las sonrisas dentudas de los espectrales tubérculos relucieron bajo los destellos pálidos de la luna llena. Cerró con llave y atravesó los cien metros que separaban su casa de la de su vecina. Su amiga. Su amiga especial durante una noche al año. Se aproximó al caserón caminando con calma; quedaban quince minutos para la medianoche. Las suelas de su zapatos despertaban ecos siniestros en el silencio sepulcral de la calleja tenebrosa. Allí estaba el caserón, imponente y funesto, preñado de sombras y telarañas, maligno, susurrante, macabramente recortado en el lienzo azul oscuro de la noche. Y allí estaba ella: medio recostada contra el murete de la entrada, solapada, descuidadamente apoyada sobre el musgo verdoso y húmedo del jardincillo delantero. No había cambiado mucho desde el año anterior. Se había teñido de rubia, solo eso. Vestía un traje oscuro, con falda, corsé y portaligas. Su rostro mostraba una palidez cadavérica que, sospechó él, no era producto de ningún maquillaje. Estaba bien, tratándose de la noche que se trataba. Ella le observó con ojos vacuos, con gesto pétreo. Con mirada muerta.

—¿Estás lista? —preguntó.

—Desde hace rato —fue la respuesta; una voz de ultratumba, deliciosamente macabra.

—Vamos.

Sin mirarse, sin tocarse, sin dirigirse la palabra, pusieron rumbo a las calles de la ciudad, dispuestos a matar a un buen puñado de inocentes.

“Revival”, o cómo llegar a entender que es imposible que el maestro “renazca”

Terminé de leer Revival, la última novela de Stephen King, hace ya un par de semanas, pero antes de traerte estos apuntes a modo de reseña me dediqué a bucear por la red y por diversos blogs en busca de opiniones acerca de la obra en cuestión. La verdad es que me he quedado un poco sorprendido ante las reacciones que ha despertado esta publicación, sobre todo en aquellos que sé que son fanáticos acérrimos del novelista de Maine desde hace tiempo. Las opiniones resultaron, como siempre, muy diversas, pero con un matiz interesante: aquellos que defienden la novela lo hacen un poco tímidamente; los que la defenestran, en cambio, lo hacen con furia asesina y espumajeando por la boca…

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Revival. Plaza & Janes, 2015

Es evidente que no voy a efectuar aquí una exégesis de Revival, porque sinceramente no la merece. No obstante, quiero romper una lanza en favor no solo de algunas características de la novela sino sobre todo del autor, especialmente por todo lo que nos ha ofrecido a lo largo de casi cuarenta años de trayectoria. Sí: ya sé que el público es soberano, y que cuanto más fan se es de un artista más se le debe exigir y menos debe uno cegarse ante sus bajones, pero creo que ha llegado la hora de que todos los que le admiramos tomemos conciencia real de que sus mejores años han quedado atrás y que, por tanto, forma parte de nuestro deber como lectores bajar un poco el listón y el nivel de las expectativas cada vez que oímos sobre una nueva publicación suya. Stephen King es un autor que se ha vaciado a lo largo de cuatro décadas y que nos ha regalado obras y momentos inolvidables. Es un tío de sesenta y ocho tacos que tras La Torre Oscura evidenció que ya no tenía gran cosa que contar y que solo podía ofrecernos los restos, lo que le queda a una imaginación puede que saturada o sobrecargada, pero sí definitivamente agotada en sí misma. Creo que sería sano y conveniente entenderlo: nunca más tendremos un Resplandor, un Apocalipsis, un Misterio de ‘Salem’s Lot, un Cementerio de animales o un It. Nunca más. Incluso deberíamos sentirnos felices con haber disfrutado de maravillas recientes como La cúpula o el brillante cuarteto de nouvelles que conforman Todo oscuro sin estrellas. Pero no esperemos maravillas ni obras de entidad porque creo que ya no las va a haber.

Dicho esto, vuelvo a Revival, que es una novela interesante aunque claramente falta de chicha. La idea de partida es atractiva y Stephen, ya maduro, se mueve con soltura en sus reflexiones sobre el paso del tiempo y la llegada de la senectud, la fuerza de los recuerdos y, sobre todo, la importancia del azar en el sendero vital, algo que se está poniendo un poco de moda en las manifestaciones artísticas —me viene a la mente toda la obra de Paul Auster, Woody Allen con Match Point y mil ejemplos más—. El ritmo como siempre es dinámico y la novela cuenta con un par de escenas un poco estremecedoras —un poco—. Una secuencia en una funeraria perfectamente descrita y un viaje onírico del protagonista a su casa natal que te deja un poco tocado. No mucho más.

Pienso que la novela peca de cierta falta de solidez. Le falta consolidación a la idea principal. El concepto de los predicadores fraudulentos y descreídos —que no tengo duda que era la idea de partida de todo el relato— se diluye visiblemente y la novela termina siendo una suerte de ensalada temática, muy al gusto del autor en sus últimas novelas (recuerda el desaguisado en Doctor Sueño). No quiero ir mucho más allá; no me interesa demasiado regodearme en sus defectos porque tampoco es ninguna aberración, como he leído por ahí. No siento que el autor tenga una deuda conmigo —más bien al contrario— ni que tenga que rendir examen cada vez que le leo. Pienso que ya es bastante lo que nos ha dado a lo largo de los años y que, siendo objetivos, nos ha ofrecido cosas peores que Revival incluso en sus mejores años.

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Stephen King

Solo queda cerrar el libro y colocarlo en la estantería, junto al resto de la colección. No estaría de más coger alguno de aquellos irrepetibles y releerlo, en un arranque nostálgico y reparador.


No, por supuesto que no voy a olvidarme de ti, que te has estado preguntando en qué oscura madriguera he estado escondido todos estos meses, que me has dejado mensajes y preguntas en este blog y en la casilla de correo electrónico. Es alucinante la cantidad de correos que me encontrado al regresar a este espacio, que siempre ha sido mi casa pero que me he visto en la obligación de abandonar temporalmente. Los problemas, que siempre surgen cuando menos te los esperas, y te acechan en la oscuridad y te muerden y te despedazan. Sí, has adivinado: la entrada anterior de este blog contiene cierta simbología autobiográfica, por esto de «renacer», palabra tan cercana a «revival», que también nos ocupa hoy. Pero de todo se sale. Me preguntas también si he estado escribiendo; créeme si te digo que no he hecho otra cosa durante todo este tiempo. Fue la única manera —como siempre— de superar la adversidad; me aboqué a crear monstruos y criaturas todavía más espantosas que las que me acechaban, y la verdad es que lograron ahuyentarlas. Pero ¿cómo no agradecerte el apoyo constante y desinteresado que me has brindado incluso ante el muro de mi silencio? ¿Cómo no sentirme reconfortado entre esta maravillosa familia lectora que día tras día me obsequia más satisfacciones de las que creo merecer? Se trata justamente de eso: de ser feliz haciendo lo que a uno más le gusta. Créeme: no volveré a marcharme.

Gracias, de verdad.

Renacer

Cuando abres los ojos y todo es oscuridad. Cuando la tierra negra invade tus pupilas y no puedes respirar. Cuando estás atrapado y obnubilado y deshecho. Vapuleado. Destruido. Cuando has bajado los brazos. Cuando de repente surge una luz; no proviene del exterior y por tanto no es un signo de salvación. La tienes dentro de ti y brilla como el primer día. Y te empuja. Y te mueves. Y reptas entre los laberintos de la penumbra y la sordidez. Cuando hueles la luz al final del túnel. Cuando anhelas llegar a ella y volver a respirar. Cuando sientes, por primera vez, que puedes vencer a la oscuridad.

Cuando culebreas y gritas aunque tragues tierra húmeda y gusanos. Cuando sientes que el fantasma de la Muerte y de la Oscuridad no te dejará salir, que es el guardián de tu prisión. Procura empujarte hacia abajo, nuevamente hacia la lobreguez insana. Hacia el olvido. Hacia la destrucción. Hacia la nada.

Cuando abres los ojos y ves la luz. Cuando sientes que has vencido. Cuando tu mano anhelante asoma de entre la tierra removida y puedes por fin sentir el aire del exterior. La luz del exterior.

Cuando has vencido a la oscuridad.

Cuando entiendes que no tenías otro camino que renacer.

Café envenenado

Él me quería matar. Yo lo sabía. Y él sabía que yo lo sabía. No era muy creativo, en realidad. Siendo químico —un hombre de ciencias, ya sabéis—, la creatividad no era una de sus cualidades. En cambio, sí poseía conocimientos suficientes como para matarme sin dejar huellas. Por eso quiso utilizar un truco tan viejo como el del café envenenado. Pero yo sabía que lo iba a hacer. Y estaba preparado. Y decidido: no solo no iba a permitir que me matara, sino que lo mataría yo a él.

Sirvió las tazas con simpatía, intercalando un chiste, incluso. Un chiste muy malo, muy propio de un hombre de ciencias. Se sentó y me ofreció una taza. Yo le había visto volcar el polvillo letal en la taza de la izquierda… No, en la de la derecha. En la de la izquierda, sí. En la de la izquierda. ¿O acaso…? Bueno, en una de las dos. Vale, que me despisté, ¿de acuerdo? O quizá fue él quien logró despistarme. Pero tenía todavía una oportunidad: podía hacerle creer que sabía muy bien en qué taza estaba el veneno, y en consecuencia confundirlo yo a él.

Abrió el azucarero.

—¿Cuántas? —preguntó.

—¿No tienes sacarina?

—No te imaginaba tan… delicado.

—Estoy cuidándome un poco.

Se levantó y se dirigió hasta la alacena. O sea: que me dio la espalda. La pregunta era: ¿Cambio las tazas de lugar… o solo finjo cambiarlas? ¿Era la de la izquierda o la de la derecha? ¿Sabría él que me había perdido… o estaría pensando que intentaba fingir que me había perdido? Pero se iba a dar la vuelta en cualquier momento, así que tenía que dar el paso ya. Sí: cambiar las tazas de lugar. O hacerlas entrechocar para que crea que las he cambiado. O cambiarlas de verdad.

Sí: cambiarlas de verdad. No: entrechocarlas. En todo caso, hacer algo. Las entrechoqué. Clink. Cualquiera podría pensar que las había cambiado de sitio. Él se dio la vuelta, sonriente. Se acercó con la sacarina.

—¿Cuántas? —preguntó.

—Una.

Plic. Una pastillita blanca cayó en el café… de la izquierda. ¿Se había dado cuenta? ¿Se había dado cuenta de que me había dado cuenta? ¿Se había enterado de que me había enterado de todo y que estaba intentando hacer que se diera cuenta de que me había dado cuenta? ¿O era al revés? Me bebí el café. Él se bebió el suyo. Sin azúcar.

Se le agrandaron los ojos. Se ruborizó. Entonces supe que había triunfado, que le había vencido. Se puso serio. Después se rio. Y siguió riéndose y riéndose… y riéndose y riéndose… Mientras, yo empecé a sentir que un fuego me consumía desde el estómago, empujándome a un abismo de oscuridad.

Era un químico. Un tipo de ciencias. Un sujeto muy poco creativo.

Pero lo cierto es que me lié con el rollo de las tacitas, oye…

Las mejores letras de 2014

Con un algunas semanas de retraso, te traigo por fin la entrada que te debía acerca de las mejores lecturas con las que tuve oportunidad de toparme a lo largo de 2014, año que ya nos va quedando muy atrás y que, además de la publicación de Pandemonio, me ha dejado momentos de enorme satisfacción en cuanto a lecturas se refiere.

Como ya es el tercer año consecutivo que nos inmiscuimos en un resumen como este, no hace falta que te diga que la selección de diez títulos de entre todos los que tuve ocasión de leer a lo largo del año fue, una vez más, harto dificultosa, y que te los ofreceré a continuación con una breve descripción y, a ser posible, la portada correspondiente a la edición que cayó en mis manos. También te recuerdo que, ante la viva imposibilidad de ordenarlos según criterios de preferencia más o menos arbitrarios, opto nuevamente por detallarlos en riguroso orden alfabético de autores.


1. VIAJE AL FIN DE LA NOCHE (LOUIS-FERDINAND CÉLINE)

Una novela profundísima y de muy hondo calado literario, Viaje al fin de la noche resulta, además de una historia lúgubre y por momentos desasosegante, una agudísima reflexión sobre la condición humana y su tendencia hacia lo más abyecto. Céline se coloca en la piel del narrador -un médico rural que recorre Francia en busca de su destino- para poner sobre la palestra a un puñado de personajes complejísimos y de impresionante relieve psicológico. Estilo intachable y brillante ejecución de la trama, diálogos solventes y personajes tan reales como la vida misma. ¿Se puede pedir más? Quiero agradecer a mi gran amigo Álvaro Nuño, que fue quien me recomendó vivamente la lectura de esta maravilla. Gracias, compañero.

2. ALGO SUPUESTAMENTE DIVERTIDO QUE NUNCA VOLVERÉ A HACER (DAVID FOSTER WALLACE)

Una novela desternillante, desopilante y absolutamente magistral del genio malogrado David Foster Wallace. Una sátira sin paliativos hacia la sociedad de la apariencia y la frivolidad que parece haber echado sus garras sobre todo bicho viviente. Especialmente recomendable para todos aquellos que -como yo- no encuentran ningún encanto especial en el hecho de viajar y conocer sitios, Foster Wallace se da aquí un festín de afiladísima ironía para ridiculizar un supuesto crucero paradisíaco por el Caribe, y en el que nuestro protagonista -el propio Wallace- no encontrará motivo alguno para divertirse. Uno de los libros que más me ha hecho reír en toda mi vida, y que me confirma, una vez más, como fan incondicional de este incomprendido disparaletras. Impresionante.

3. CUENTOS (ERNEST HEMINGWAY)

Difícil encontrar a otro autor que haya manejado este género en lengua inglesa como el bueno de Ernest Hemingway. Esta edición en particular recopila lo mejor del genio de Oak Park, para deleite y absoluto disfrute de los lectores. En este volumen encontraremos maravillas como “La capital del mundo”, “El viejo en el puente”, “Un canario como regalo”, “Colinas como elefantes blancos”, “El río de los dos corazones” y, cómo no, “Las nieves del Kilimanjaro”, una de las cumbres indiscutibles del género. Para aprender, para disfrutar y, en definitiva, para comprender en toda su luminosidad a una de las voces literarias más importantes de todos los tiempos.

4. EL DESAPARECIDO (FRANZ KAFKA)

Novela inquietante y que, de forma similar a como lo hace La náusea de Sartre, termina removiendo ciertas terminaciones nerviosas del lector y llevándolo a estados de pensamiento verdaderamente incómodos. Novela kafkaiana en todo el sentido de la palabra, El desaparecido narra la no-historia de un protagonista difuso y francamente emborronado entre el nihilismo, la decadencia y la crueldad que le rodea; un personaje eminentemente europeo infiltrado casi por accidente en la tenebrosa América. La historia, en definitiva, de un inadaptado, de un ente social tan peculiar y perturbador como el propio Kafka. Es una obra maestra, pero puede que te deje bastante echo polvo.

5. EL RESPLANDOR (STEPHEN KING)

Evidentemente, una relectura (¿cúantas van ya…?). Los que me conocen un poco saben que 2014 fue el año de mi boda. Mi viaje de luna de miel me pilló en un maravilloso hotel en Andorra, a cuyas puertas se acumulaba una buena cantidad de nieve. Puestos a elegir un libro para llevarnos al viaje, ¿qué mejor que El resplandor? Sigo pensando no solo que es la obra maestra de Stephen King, sino una de las novelas de terror más grandes jamás escritas. La forma en la que el mal se nos presenta en estas páginas alcanza cotas de un seísmo psicológico pocas veces experimentado en un relato de corte sobrenatural. Novela de insultante perfección, puede que el bueno de Stephen no haya podido superarla nunca más. Y a fe que lo intentó. Maravilloso fue leer sus páginas en el vestíbulo del hotel, mientras por la ventana contemplaba la nieve caer sobre los prados andorranos. Terroríficamente anecdótico.

6. LA MUERTE DE ARTURO (THOMAS MALORY)

Una cima, sin lugar a dudas, de la literatura de todos los tiempos. Sir Thomas Malory recopila en este impresionante volumen toda la leyenda artúrica, desde los textos de Chrétien de Troyes hasta las leyendas orales que circulaban por entonces -1470- por todo el Reino Unido. Pieza esencial para comprender el devenir de todos los personajes involucrados en la leyenda, desde el mismísimo rey Arturo hasta Lanzarote del Lago, pasando por sir Tristán, sir Palomides, Morgana el Hada, sir Gawain y la inquietante reina Ginebra. Un novelón extenso y de puro sabor medieval, una reliquia literaria para degustar sin prisas y dispuestos a sumergirnos en un mundo mágico, único e irrepetible.

7. TRÓPICO DE CAPRICORNIO (HENRY MILLER)

Indescriptible e inclasificable obra maestra de Henry Miller, superior incluso al también impresionante Trópico de Cáncer. Es muy poco lo que se puede decir de esta novela que no sea recomendarla vivamente a todo aquel que quiera indagar en los tesoros literarios más impagables que han surgido a lo largo del siglo XX. El estilo que tiene esta novela es sencillamente inalcanzable, lo mismo que el vocabulario, el sentido del ritmo, la utilización de símbolos y alegorías, la desfachatez lingüística y el arriesgadísimo diagrama. ¿Argumento? No hace ninguna falta; el maestro Miller nos transporta a través de su incontenible verbo hasta el fondo más oscuro, soterrado y obsceno del espíritu humano. Un libro imperdible y prácticamente imposible de someter a análisis.

8. BAILÉN (BENITO PÉREZ GALDÓS)

Mi peregrinaje a través de los Episodios Nacionales -que continúa, placentero e infatigable- me llevó este año a Bailén, sin duda una de las mejores novelas de la llamada Primera Serie. Cualquiera podría pensar que la precisa y milimétrica ambientación que Pérez Galdós pone en práctica durante esta narración iría en detrimento de la insuperable calidad literaria de que hace gala en sus otras novelas… Pero poco conoce a Galdós quien esto barrunta. Como he dicho otras veces, se trata del novelista perfecto, de ese que no padece altibajos y que se instala en la excelencia toda vez que le da la gana escribir sobre lo que sea. ¿Es Bailén mejor que otras novelas de Pérez Galdós, incluso dentro del ciclo de los Episodios? Yo diría que no. Es simplemente sublime… como todas las demás.

9. TITO ANDRÓNICO (WILLIAM SHAKESPEARE)

Una de las tragedias más intensas, violentas y despiadadas de William Shakespeare, en la que los rasgos históricos dejan paso a una magistral configuración de personajes en escena y en la que el genio de Strattford no se corta un pelo y nos ofrece sangre a raudales, mutilacioes y desmembramientos en el marco de una sucesión de venganzas a cuál más cruel y sanguinaria. Una obra impactante y una rara avis en en marco de las tragedias del gran poeta británico, indeleble para la memoria del lector y sublime en su composición dialogística y en sus dramáticos parlamentos. Estremecedora.

10. DRÁCULA (BRAM STOKER)

2014 fue un año que, definitivamente, me devolvió a la senda de la literatura gótica y de terror que había medio abandonado en los últimos tiempos, tanto en mis propios trabajos como en las lecturas que encaraba. Gran culpa de este reencuentro la tiene Drácula, sin duda la madre de todas las novelas de terror. Otra evidente relectura, ya que su prosa voluptuosa y atrapante ya me había seducido hace unos cuantos años, cuando la fiebre vampírica me llevó a tragarme cuanta novela sobre el tema cayera en mis manos. Poco se puede añadir a todo lo que ya se ha dicho o escrito acerca de ella. Pionera en el uso de diarios personales y cartas entre los personajes como exclusiva voz narrativa, y germen de absolutamente toda la literatura vampírica posterior, Drácula es una novela magistral, compleja y escalofriante en la que Bram Stoker no solo da forma a uno de los personajes más populares de la cultura universal, sino que crea de un plumazo varios mitos de primer orden dentro del orbe de esto que llamamos terror gótico o terror sobrenatural. Lo tiene absolutamente todo, y es de esas novelas a las que uno debería volver al menos una vez al año. Me he prometido hacerlo.


Hasta aquí tendrás que aguantarme recomendando lecturas, al menos por este año. Solía terminar esta entrada deseando un feliz año y todas esas palabras amables que suelen decirse en fechas tan señaladas, pero en este caso se me han quedado atrás y sonaría anacrónico. Lo que sí te diré es que el calendario de firmas de Pandemonio está prácticamente diagramado y que pronto volveré a disparar letras para informarte de futuros encuentros, donde espero verte con tu ejemplar listo para una firma y todas las preguntas que se te ocurran.

Hasta muy pronto.

«Pandemonio»: la puerta a los infiernos

Tras largos meses de ausencia, regreso a El Disparaletras® para comentarte unas cuantas novedades, de las cuales sin duda la más importante es la salida al mercado de Pandemonio, mi nueva novela, que ha visto la luz el pasado mes de noviembre gracias al buen hacer de Mercurio Editorial. El porqué de la espera en la aparición de este artículo tiene su razón de ser: me interesaba vivamente comprobar las reacciones de los lectores pasadas unas cuantas semanas del lanzamiento del título, observación que me ha producido inenarrables satisfacciones en el paso de 2014 a 2015, en vista de la excelente acogida que ha tenido y de los muy favorables comentarios que me han ido llegando durante este mes y medio.

Cartel promocional, diseñado por Mercurio Editorial

Pandemonio ha significado un nuevo cambio de estilo y temática en mis trabajos. Se la ha calificado de «novela rocambolesca y ciertamente desenfadada», algunos otros la han etiquetado como «trepidante», y casi todas las opiniones han coincidido en que muy poco se parece a mis anteriores novelas publicadas, cosa que me satisface grandemente, ya que esta distinción no es sino una clara señal de esa evolución que, a veces, tanto me obsesiona. Lo cierto es que, como tarea creativa, Pandemonio ha significado un desahogo para mí, la novela de terror que siempre quise escribir y, por qué no decirlo, una forma de plasmar de mi visión particular del Averno, inspirada en otras mucho más lúcidas como las que plantean John Milton en El paraíso perdido o Dante en su inalcanzable Divina Comedia. La idea de la irrupción de las fuerzas infernales en nuestro mundo corrupto y enloquecido fue el punto de partida; me resultaba interesante jugar con esta posibilidad y comprobar el comportamiento de los personajes según esta irregular condición. A partir de ahí, todo lo demás…

La portada anda dando vueltas por las redes sociales desde hace meses, pero te la voy a pegar aquí abajo, ya que, por lo visto, ha gustado bastante a aquellos que se han acercado a la novela.

Portada de “Pandemonio”. Mercurio Editorial, 588 páginas

Sutil, ¿no?

Te hablo un poco de la presentación, que tuvo lugar el pasado 14 de noviembre en las instalaciones del Club Prensa Canaria, lugar que me trae fantásticos recuerdos, ya que allí mismo presentamos, hace ya algunos años, Remanso de paz, mi segunda novela. Tuve el privilegio de que el bueno de Rayco Cruz me acompañara, en funciones de maestro de ceremonias, que tan bien se le dan. Nos ofreció un magnífico análisis de la novela, amén de unos cuantos comentarios halagüeños hacia este Disparaletras que, creo, no son del todo merecidos. Fue, desde luego, un placer oírle departir, y eterno será mi agradecimiento por su amabilidad y presencia, un eslabón más en la cadena de nuestra fuerte amistad.

Fue llamativa para todos —especialmente para mí— la presencia de un grupo de fans con camisetas alusivas a la novela, incluido el propio Rayco. No puedo dejar de expresar mi agradecimiento hacia estos fieles lectores y amigos, que con su constante apoyo y candor no dejan de sorprenderme día a día. Fue alucinante comprobar no solo que habían acudido a la presentación con la novela ya leída, sino que se habían tomado el trabajo de currarse las camisetas. Impresionante. Lo podrás comprobar en la galería fotográfica que te ofrezco a continuación, y que bien representa el clima de entusiasmo que se vivió durante la presentación.

Para terminar, y como es costumbre, voy a dejarte el vídeo completo de la presentación, para que puedas palpar, si no estuviste allí, todos los pormenores de esta deliciosa velada. Y ahora, y respondiendo a varios de los mensajes que han ido cayendo tanto en la casilla de correo electrónico como en facebook, confirmo que habrá calendario de firmas de Pandemonio una vez que los Reyes Magos regresen a Oriente con los sacos ya vacíos. Como visitante de este blog, tendrás esa información de primera mano en cuanto se confirmen las fechas.

También me has preguntado por el ranking de Mejores Lecturas del año, que suele ser una constante en este blog. Tengo la lista de 2014 casi elaborada, y no tardaré en ofrecértela, aunque con cierto retraso.

No me enrollo más. Te dejo con el vídeo en el que conocerás a fondo de qué va esto de Pandemonio… No es, ni más ni menos, que la mismísima puerta a los infiernos.

Atrapado bajo el hielo

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No sé dónde estoy, pero un océano acristalado me aprisiona entre la incertidumbre y la desesperación. No sé cómo he llegado hasta aquí, pero estalagmitas sin número aguijonean mi piel con picaduras de un frío que, de tan intenso, quema como el mismo infierno. No sé cómo ha surgido sobre mi cabeza esta capota cristalina y espejada, este firmamento gélido que se extiende hasta donde no alcanza la vista, que se expande hasta donde mi imaginación abotargada no puede llegar.

No creo haber deseado encontrarme donde estoy ahora, nadando desnudo en un fluido glacial y espeso. No creo haber fantaseado con la posibilidad del agotamiento del oxígeno en el mínimo espacio que separa la línea de flotación de la base de esta techumbre rocosa y congelada, donde apenas existe un resquicio para que mis fosas ateridas exhalen una respiración vaporosa y cada vez más exangüe.

Pego mi labios amoratados e insensibles a la capa de hielo y ahogo un grito de estupor y pánico. No suena porque nadie puede oírlo, nadie puede rescatarme, nadie sabe que yazgo aquí, bajo esta inmensidad helada.

Finalmente grito. Y lloro. Y muero con exasperante lentitud. El frío espesa la sangre en mis venas y una densa niebla helada cubre mis pupilas, bien abiertas ante la desesperación de la hora final. No encuentro explicación, y no puedo despertar de algo que no es una pesadilla.

No puedo salir.

Inequívoca e irrefutable conclusión: estoy atrapado bajo el hielo.

Ojo literario

De vez en cuando sostengo charlas con amigos escritores. Tengo unos cuantos, aunque en la mayoría de los casos la común dedicación al oficio termina siendo una mera anécdota, el primer punto de contacto para una amistad convencional que, en definitiva, se asienta más sobre las bases de la afinidad humana que en el propio interés por la literatura, con su correspondiente práctica. Pero resulta inevitable que, durante muchas de las charlas que mantenemos, surja el tema de la escritura: nuestros proyectos actuales y futuros, nuestras inquietudes temáticas, quebraderos de cabeza con las editoriales, anhelos, etcétera. Y, también, sobre la metodología de trabajo y sobre el «modo» —por llamarlo de alguna manera bastante peregrina— de encarar el oficio. Ahora, y ante la necesidad de compartir esta inquietud, me doy cuenta de que he escuchado una frase —o postulado— más repetidamente de lo que hubiera deseado: que escribimos según imágenes visuales, que en primer lugar proyectamos una escena «como si se tratara de una película», para después describirla. Como si fuéramos directores de cine, de teatro o de cualquier otra disciplina escénica. Que ubicamos a los «actores» en sus posiciones, que les añadimos los correspondientes elementos de atrezzo —en narrativa esto suele llamarse «descripción»—, ambientamos la secuencia con algunos parámetros sensoriales y, por último, gritamos mentalmente «¡Acción!» para dar vida a la escena, para que transcurra según la hemos «visualizado» previamente en nuestras preclaras y fecundas mentes.

Vaya por delante —y en esto quiero hacer especial hincapié— que guardo un grandísimo respeto no solo por mis compañeros de profesión, sino por sus obras y sus metodologías. Me parece que en este barco en el que todos navegamos cualquier herramienta a utilizar es válida mientras se guarde el respeto que este noble oficio de la escritura merece, y puedo asegurar que todos mis conocidos en el ámbito guardan celosamente dicho respeto. Lo cierto, no obstante, es que no termino de sentirme identificado con esta forma de «plasmar» el producto de la imaginación en el papel, utilizando ese filtro visual del que tanto oigo hablar. Y no digo que sea correcto o no utilizarlo, sino que, en mi caso, intento por todos los medios no hacerlo. Creo que la literatura es una entelequia, un ideal, un medio de expresión con suficiente entidad como para valerse de sus propias herramientas comunicativas, sin que haya necesidad de mezclar en su construcción elementos «visuales» que, al menos en mi humilde opinión, terminan desvirtuando un poco la esencia de la narrativa en su estado más puro, y quizá adulterando un ápice el arte de contar una historia a través de palabras en un papel. Palabras que crean, por sí mismas, imágenes en la mente receptora del lector, siempre —y en todos los casos— distintas a como las imaginó el autor al plasmarlas.

Con esto no busco reivindicar nada, ni vender una metodología sustentada en lo abstracto, ni romper una lanza en favor de viejas escuelas medievales que no gozaban de, por ejemplo, el placer de la degustación cinéfila. De hecho, yo mismo soy tan cinéfilo como el que más —los que me conozcan un poco saben de mi debilidad por el Séptimo Arte y de la lata que doy con la visualización obligada de ciertas películas—. Quizá con esta diatriba esté reafirmando mi creencia en lo que dije hace no mucho: que una novela NO es una película, ni una obra de teatro, ni el episodio de una serie, ni un video clip, ni un cómic, con todo el respeto que me puedan merecer estas otras formas de comunicación. Una novela, o un relato, o cualquier ficción escrita, pertenece a esto que se ha denominado como «Literatura», una práctica de arte única e insustituible, concebida desde la genialidad y nacida desde el impulso natural de contar historias, una práctica que —por lo menos como yo la encaro— no conoce los límites que una imagen puede imponer, sino que se expande y se multiplica y llega a la mente receptora en forma de un calidoscopio que haríamos mal en «castrar» en pos de una visualización más cinematográfica, más escénica y, en cierta manera, más limitada a nivel plástico y expresivo.

Soy de los que creen que el poder de la palabra es infinitamente superior al de las imágenes, y por esto quizá este atrevido y algo descerebrado alegato, que espero sinceramente no ofenda a nadie sino que tan solo transmita una inquietud naciente y creciente en mis conversaciones con compañeros y —hay que decirlo— también a raíz de algunas declaraciones de reconocidos autores —premiados, laureados, muy vendidos, etcétera— al respecto. No voy a pontificar, ni a decir que estamos equivocando el camino. En definitiva, cada uno termina escribiendo muy lejos de como desea hacerlo, y bien cerca de como buenamente puede hacerlo. Yo, personalmente, nunca he podido escribir con ojo fotográfico, ni con mirada cinematográfica. Para bien o para mal, intento siempre aplicar el ojo literario; un iris que, aunque creo que es mucho más difícil de dominar, sí siento que me ofrece ilimitadas perspectivas de expresión, amén de la puerta de entrada a un universo inabarcable, a un cosmos donde no hay techos ni paredes ni límites de plano visible, y donde una descripción puede matizarse de incontables maneras y alcanzar cotas sensitivas imposibles de aplicar a una imagen, por muy dinámica o estática que podamos «pintarla» para nuestros lectores.

El ojo literario. Insisto en el noble afán de buscarlo interiormente y de procurar acceder a él. Siento que solo él puede hacernos llegar más lejos que nadie…, sin levantar los dedos de un puñado de teclas, y con una superficie en blanco ante los «otros» ojos, esos ojos materiales que apenas cuentan.

A por tabaco…

Era demasiado tópico. Demasiado. ¿Cómo iba a abandonar a su familia así, sin más, después de decirle a su mujer que bajaba a por un paquete de tabaco? Era tan rematadamente tópico que, cuando ella lo contara, llorosa, sobre el hombro de una de sus amigas, nadie llegaría a creerlo. Pensarían que se trataba de una matización, incluso de una exageración. Era un chiste que se hacía en las sobremesas. «Ten cuidado, que un día tu marido irá a por tabaco y no volverá».

No podía caer en eso.

Contempló la máquina de tabaco, pulsó la tecla y los Marlboro cayeron con un ruido sordo.

¿Cómo iba a marcharse, dejando a esa histérica y a esos dos chiquillos insoportables con una mano delante y otra detrás? ¿Sería capaz siquiera de fumarse el dichoso paquete de tabaco?

Entonces, y decidido a que toda esa pesadilla no terminara de una manera tan, tan tópica, regresó a su casa y los mató a todos.

Estranguló a su mujer. Oyó el tronido. Sonrió.

Después se encargó de sus hijos. Con frialdad. Pensando sinceramente que aquello era lo mejor.

Para terminar, se suicidó.

Mientras sentía el gusto grasiento del cañón de la escopeta contra su paladar seco y pugnaba por llegar al gatillo, pensó que este final también era demasiado tópico.

Aunque no tanto.

No. No tanto.

Demasiado ego

—¿Ves esta pluma? Debes escribir sobre alguien a quien admiras. Alguien que por sus méritos valga la pena ensalzar en un escrito.

—Yo. Yo soy digno de admirar. Soy un artista íntegro, incorruptible, auténtico. Poseo el don de la creación y lo alimento con trabajo y sacrificio, con tesón, con una voluntad inquebrantable. Hay otros que también lo intentan, pero sus proyectos son simples, superficiales, planos. Yo soy el único de todos ellos que busca y encuentra la profundidad, el origen, el destino. Estoy por encima de ellos. De todos. Por tanto, ¿a quién podría elegir para ensalzar en un escrito? A mí mismo.

—¿Ves esa tarima? Debes subirte a ella y hablarle al mundo acerca de alguien que pasará a la historia. Alguien que por su inferencia en el mundo de las artes ocupará un lugar de privilegio en la galería de los grandes creadores.

—Yo. Yo pasaré a engrosar la lista de los inmortales, de los olímpicos, de los inalcanzables. Destruiré a mis contemporáneos y aplastaré sus mínimos logros, su magra herencia artística, su insignificante legado. A fuerza de genialidades me abriré paso y me fabricaré un lugar entre los más célebres nombres de la creación artística. Y no solo eso: también los destruiré a ellos. Nada quedará de los antiguos dioses. Su tan laureada influencia se verá reducida a cenizas que se llevará el viento. El tiempo se rendirá ante mí. Yo seré el tiempo. Estaré por encima de los nombres y de las épocas. Por tanto, ¿a quién podría elegir para gritar su nombre al mundo entero? A mí mismo.

—¿Ves ese lienzo? Debes pintar la imagen de un genio inalcanzable. De un milagro de la naturaleza. De alguien cuya capacidad creativa le haga comparable solo con Dios.

—Yo. Otra vez yo. Siempre yo. Soy el más grande creador que ha dado la humanidad. El más auténtico. El más prolífico. Un ente sobrehumano. La palabra «genio» se hace añicos ante mis creaciones, ante mis utopías, ante mis demostraciones de mayestática inventiva. Dios y yo. Dios y yo somos dos generales en el mismo campo de batalla. Él conduce sus tropas para intentar derrotarme: millones y millones de creadores que, no obstante, jamás podrán estar a mi altura. No podrían lograrlo ni aunando la fuerza de sus creaciones combinadas. Una sola de mis manifestaciones dejaría en ridículo sus ingentes esfuerzos, sus vanos trabajos. Las tropas de Dios: ingenuas y desbordantes de fe. Las mías: mis propias creaciones, monstruosas, gigantes, todo dientes y músculos. Dios y yo. Semejantes. Pares. Iguales en poder. Él creó el mundo. Puede que incluso me creara a mí. Pero yo he creado más que él. Y mejor. ¿A quién pintar, entonces, en esta tela, que merezca compararse con Dios sino a mí mismo? Yo. Mi rostro. Mis ojos vivaces. Mi gesto de superioridad ganada a pulso. Yo. Ya no hay nadie. Me pides que escriba sobre alguien. Que grite al mundo el nombre de alguien. Que pinte en una tela el rostro de alguien. No existe alguien. Existo yo. Alguien soy yo.

—¿Ves ese arma? Debes matar a alguien.

—¿Yo?