Una correspondencia, una vida

Quería hoy comentarte mi lectura de las Cartas escogidas de William Faulkner, recopiladas por Joseph Blotner (autor, además, de una de las más fiables biografías del novelista de Oxford) y editadas por Alfaguara, como parte de lo que ellos llamaron el «Año Faulkner» (2012) cuando se cumplieron cincuenta años de su fallecimiento (6 de julio de 1962). La recopilación de la correspondencia faulkneriana nos ayuda, como era de esperar, a conocer un poco al hombre detrás de la obra. Aunque la mayoría de sus cartas hablan o están relacionadas con el proceso de creación de sus diversas novelas y volúmenes de relatos, en varias de ellas se vislumbran las costumbres de Faulkner en su vida privada, razón por la cual siempre manifestó su desagrado con la idea de acercar al gran público su correspondencia. Fue la voluntad de sus descendientes y el incalculable esmero de Blotner los que hicieron posible que hoy podamos disponer de este material valiosísimo.

Cartas escogidas de William Faulkner. Madrid, Alfaguara, 2012. 648 páginas

Empezando por su viaje a Europa en 1925, siguiendo con el significado de la publicación de La paga de los soldados (1926), su primera novela, hasta la composición de sus grandes obras El ruido y la furia (1929) o Mientras agonizo (1930), la continuidad de la correspondencia reunida nos revela el carácter de un hombre de fuertes ideales y convicciones, y de arraigada tradición sureña. Es notable el orgullo que siente hacia su oficio de escritor y los ingentes esfuerzos que hace para aclarar a sus allegados que él no es un «literato», sino simplemente un hombre que ama los libros y que, como tal, lo único que hace con ellos es leerlos y escribirlos (como si esto fuera poco). También es digno de mención su esfuerzo sobrehumano por huir de cualquier tipo de publicidad y su titánico afán por preservar intacta su intimidad en la finca Rowan Oak, en pleno corazón de Oxford, condado de Lafayette (Mississippi).

Entre las cartas seleccionadas abunda la comunicación que mantuvo con varios de sus agentes literarios y con los representantes de Random House Mondadori, editorial que publicó la mayoría de sus trabajos y a la que le unió una fructífera relación autor-editor. También es reseñable la tardía amistad que entabla con Jean Williams, una joven escritora de Memphis a la que Faulkner sirve de mentor y a quien consigue colocar en el mundo editorial. Es admirable la abnegación con la que le vemos exhortar el ánimo de la joven prodigio, basando siempre sus consejos en la realidad última de la vida del artista, y que Faulkner siempre promulgó desde muy diversos púlpitos: que el arte no tiene nada que ver con la paz y el contento.

William Faulkner en plena labor

Por lo demás, la compilación nos permite el acceso a una cara distinta del Faulkner que siempre conocimos. Sabremos de sus constantes penurias económicas, de su galopante alcoholismo, de la frustración que le causaba su parasitario árbol genealógico, del orgullo velado de incertidumbre que despertó en él la recepción del premio Nobel…, y presenciaremos, además, los instantes finales de su vida, truncada cuando planeaba un cambio de aires definitivo y, quizá, alguna obra postrera. Podremos conocer también qué sentimientos despertaban en su ánimo sus trabajos y el entusiasmo vital que entregó a la composición de cada uno de los mismos, así como el cansancio insoslayable que se apoderó de su espíritu en los últimos años pero que, así y todo, no le impidió terminar una carrera brillante con la grandeza que se merecía, culminando la celebérrima Trilogía de los Snopes.

Nada más que pueda decir desde aquí, sino recomendar la compilación a todos aquellos que ya estén algo empapados de la obra faulkneriana. En estas páginas encontraréis otra dimensión de lo ya conocido y los secretos entresijos que empujaron a este escritor, granjero, padre, ciudadano comprometido y artista íntegro a su composición.

 

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Pesadilla

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Anoche tuvo un sueño desagradable, una pesadilla. Soñó que caía desde cientos y cientos de metros hasta un vacío sin fin. Una caída prolongada e interminable de la cual sólo podía vislumbrar el trágico desenlace: el impacto brutal contra el suelo, el golpe mortal de necesidad que sufriría al final del descenso vertiginoso a través del túnel oscuro e insondable del sueño.

No mucho después del alarido desesperado comprobó que tan sólo se trataba de una pesadilla, de una aventura siniestra de su agitado subconsciente…

Esta mañana lo encontraron en el suelo, junto al lecho. En efecto, se había caído de la cama durante la noche…, pero su cuerpo estaba destrozado, despedazado, eclosionadas sus vísceras, pulverizados sus huesos, amoratada toda su piel, un lago de sangre fresca debajo de una masa amorfa y semilíquida apenas reminiscente a un cuerpo humano. El suelo estaba agrietado y los restos humeaban y emanaban la pestilencia de una muerte violenta y brutal.

Las mejores letras de 2018

Siendo, como es hoy, 31 de diciembre, me paso a disparar letras para dejarte una lista de los diez mejores libros que he leído durante este 2018 ya moribundo. Suelo ser de los que toma nota de cada libro que lee durante el año, y uno de los motivos que me impulsan a esta costumbre un tanto maniática es poder recapitular en este día tan especial y hacer una elección, siempre complicada, de las mejores letras que he tenido oportunidad de absorber durante el año en cuestión, y así compartirlas contigo en este blog. Como siempre, la elección no fue nada fácil; muchos muy buenos libros se han quedado fuera de la criba final. Algunos son obvias relecturas, otros, nuevas experiencias con autores que no conocía. Hay novelas, colecciones y antologías de relatos, ensayos y un poco de todo. Para no hacer favoritismos, te los ofrezco en riguroso orden alfabético de autores. Ahí van:


1. El Rey de Amarillo (Robert W. Chambers)

71mdLzyaj0LMaravillosa compilación de relatos del maestro Robert William Chambers, uno de los autores fundamentales para entender el paso del género de terror desde el gótico clásico y el romántico hacia las nuevas corrientes que se originaron a principios del siglo XX. Contiene el estremecedor relato «El Signo Amarillo», más otro puñado de excelentes historias: «La Máscara», «En el Pasaje del Dragón», «El Reparador de Reputaciones», «La demoiselle d’Ys», «El Creador de Lunas», «Una velada placentera», «El Emperador Púrpura», «El Mensajero» y «La Llave del Dolor». Los relatos, amén de pequeñas y escalofriantes perlas de la literatura de terror y el suspense, están unidos por un elemento argumentativo común: el libro prohibido El Rey de Amarillo, cuya lectura provoca estupor, locura y tragedia espectral. ¿Qué hay aquí, sino la auténtica simiente del Necronomicon lovecraftiano…?

 

2. Luz de agosto (William Faulkner)

9788490628171Llevaba unos diez años sin releer esta obra maestra del genio de New Albany, con el que intento mantener siempre una distancia lo más estrecha posible en mi relación como lector. Una vez más, me ha parecido una novela apasionante, llena de circunstancias emocionales y vidas entretejidas en torno a un trasfondo dramático tratado con la calidad acostumbrada. Uno no deja de asombrarse ante la destreza de Faulkner para la utilización de ese estilo tan particular, inconfundible, y mediante el cual consigue lo más ansiado casi por cualquier escritor: hacer de la forma un discurso, y que en el equilibrio narrativo se vuelva tanto o más importante el cómo se cuentan las cosas que lo que se está contando en verdad. Diálogos insuperables, cadenas de pensamiento magistralmente diagramadas y extraordinaria resolución dramática para una de las obras cumbre del genio Faulkner. Literatura con mayúsculas.

 

3. Los mares grises sueñan con mi muerte (William Hope Hodgson)

91Gg0Ld44kLImpagable colección de todos los cuentos de Hodgson ambientados en el mar, en lo que supone la edición definitiva y canónica de los relatos náuticos de este inigualable maestro del horror literario. Cabe destacar el esfuerzo y buen hacer de José María Nebreda, compilador, editor y traductor de cada uno de los trabajos para Valdemar, y que incluyen además un cuaderno de bitácora de uno de los viajes del propio Hodgson, un glosario de términos náuticos y diversos planos de los segmentos de un navío que colaboran muchísimo en la recreación de los espacios marítimos que nos regala el autor. Relatos sobre invisibles criaturas oceánicas, sanguinarios piratas, horrores intangibles, multitudes de ahogados revenidos, y un apartado absolutamente magistral con todos los cuentos de Hodgson ambientados en el mar de los Sargazos. Un volumen delicioso, tan apto para los acólitos al terror como para los amantes de las aventuras marinas. Un lujo.

 

4. Historia natural de los cuentos de miedo (Rafael Llopis)

21900537Uno de los muchísimos ensayos que tuve oportunidad de leer este año, y que puede servir como columna vertebral a cualquiera que desee emprender una investigación primordial sobre el desarrollo del género de terror en la historia de la literatura. Con un estilo ameno y cercano, al tiempo que riguroso y académico, Llopis desgrana una cronología fascinante y clarificadora que nos ayuda a entender el porqué de las diferentes corrientes y subgéneros que fue adoptando el horror como materia literaria, siempre supeditada a los avances de la ciencia y el conocimiento humano. Un completísimo ensayo que demuestra una vez más la maestría de Llopis para el estudio y la exposición del análisis literario.

 

5. Confesiones de un incrédulo (H. P. Lovecraft)

9788494811296Y después de Llopis… Lovecraft, por supuesto. Es muchísimo el material que sigo recopilando para mi ensayo sobre el maestro de Providence, y sin duda esta colección de postulados (inéditos hasta ahora en español) es digna de aplauso. Brillante trabajo de la editorial El Paseo, un sello independiente de Sevilla que, en base a la publicación de un material más que interesante, está comenzando a hacerse un hueco en mi estantería. Confesiones de un incrédulo contiene el ensayo que da título al volumen, además de «Nietzscheísmo y realismo», «El materialista moderno», «Las conductas autosacrificiales y sus causas», «A propósito de los denominados “fenómenos paranormales”», «Algunas consideraciones sobre el mundo feérico», «Ciertas reiteraciones sobre la situación actual», «Un profano se dirige al Gobierno», «Qué debo leer» y «Ejemplario de argumentos fantásticos». Un libro maravilloso que nos ofrece el lado más pensante y reflexivo del genio Lovecraft, y en cuyas páginas asistimos a sus opiniones (siempre controvertidas, siempre sesgadas por el relumbre de su personalidad sin par) sobre fantasía, literatura, política, economía, filosofía, biología y un sinfín de materias más. La mayoría de ellos publicados en su día en prensa amateur, estos ensayos nos ayudan a configurar una detallada semblanza de la mente y el pensamiento ideológico de uno de los literatos más fascinantes de todos los tiempos.

 

6. Cuentos completos de terror, locura y muerte (Guy de Maupassant)

45494867_1957984001160830_4296873449730605056_nPrácticamente un curso acelerado sobre cómo escribir relatos breves, esta soberbia colección a cargo de Mauro Armiño aglutina todos aquellos relatos de Maupassant cuya temática tiende hacia lo macabro y la demencia, amén de alguna que otra perla de humor negro muy de la cosecha del autor. Tenemos aquí 936 páginas de impresionante narrativa breve, a lo largo de las cuales Maupassant muestra su completo dominio del lenguaje y de los escenarios campestres, marítimos, góticos, taberneros y de todas clases y colores, regalándonos un completísimo muestrario de comportamientos humanos enturbiados por oscuras pesadillas, tenebrosas alucinaciones y desquiciantes brotes de locura. Cuentos oscuros y escalofriantes que provocan alguna que otra hora de insomnio, pero que son una muestra más de la asombrosa capacidad de uno de los narradores más eficientes y pluscuamperfectos de la historia de las letras francesas.

 

7. El Terror (Dan Simmons)

No suele9788416867721 ser habitual que incluya en estas listas novelas contemporáneas o demasiado actuales, y no debido a un prejuicio particular, sino a que mis gustos suelen estar dirigidos más hacia las obras clásicas. Por tanto, tiene que impactarme mucho una novela actual para considerarla como una de las mejores lecturas del año. Y es lo que me ha ocurrido con El Terror, la fastuosa y apasionante novela de Dan Simmons. Me habían hablado muy bien de la serie de televisión y, como cada vez que me sucede esto, recurrí a la fuente literaria. Simmons plantea en su novela el viaje de dos buques de exploración de la Armada Birtánica (el HMS Terror y el HMS Erebus), comandados por sin John Franklin. Su misión consiste en atravesar y explorar el último tramo del Paso del Noroeste, situado en el Ártico Canadiense, y que se suponía podía conectar los océanos Atlántico y Pacífico bordeando la masa continental de América del Norte. Simmons recrea la devastadora tragedia de ambos navíos y de sus respectivas tripulaciones, en un macabro carnaval de frío, hambre, aislamiento, canibalismo, deshumanización y, sobre todo, terror. Mucho terror. Una novela espectacular, magistralmente estructurada y escrita con muchísima precisión, con un extraordinario ritmo narrativo. Recomendable al cien por cien. P.D.: Ni siquiera me molesté, una vez acabada la lectura, en visionar la serie en cuestión. Di por hecho que era imposible que estuviese a la altura…

 

8. Las uvas de la ira (John Steinbeck)

1369922444_711283_1369924933_noticia_normalClásico entre los clásicos, siempre la he considerado, junto con Cien años de soledad de García Márquez, como la gran novela del siglo XX, aunque en verdad llevaba como doce o trece años sin releerla. A modo de lastimoso periplo y devastador viaje iniciático de los protagonistas, Steinbeck narra con su tono duro y seco las consecuencias de la Gran Depresión a comienzos de los años treinta a través de la mirada de la familia Joad. El libro es un inteligentísimo compendio de literatura realista y pequeñas reflexiones de corte sociológico que, como todas las reflexiones de este tipo, no hacen sino cristalizar la crueldad y el individualismo, los sentimientos que parecen haber jalonado el espíritu humano en todo tiempo de crisis. Una novela dramática, y a la vez absolutamente magistral. La crónica de una época que bien puede ser, en definitiva, la crónica del devenir humano. Adaptada al cine insuperablemente por John Ford en 1940, el conjunto de la historia (novela y película) ha pasado a ser uno de los iconos del siglo XX.

 

9. El horror según Lovecraft (Varios Autores)

9788415937074_L38_04_lDe entre la multitud de libros sobre Lovecraft que he leído este año, pocos me han reportado tanto placer lector y tanto bagaje de información como El horror según Lovecraft, una maravillosa compilación de relatos a cargo de Juan Antonio Molina Foix que incluye un ramillete de espléndidas narraciones que fueron la predilección absoluta del solitario de Providence. El diagrama de Molina Foix es sumamente inteligente: tomando como base el ensayo El horror sobrenatural en la literatura, rastrea las influencias más directas en el estilo y la temática lovecraftianos, y selecciona de cada uno de los autores incluidos en el índice no su mejor relato o el más popular de ellos, sino el favorito de Lovecraft, según los comentarios expuestos en dicho ensayo. Así, contamos en esta impagable antología con los relatos «¿Qué fue eso?» (Fitz-James O’Brien), «El pacto de sir Dominick» (Sheridan Le Fanu), «La litera de arriba» (Francis Marion Crawford), «¿Quién sabe?» (Guy de Maupassant), «El papel amarillo» (Charlotte Perkins Gilman), «La muerte de Halpin Frayser» (Ambrose Bierce), «El gran dios Pan» (Arthur Machen), «El conde Magnus» (M. R. James), «Los sauces» (Algernon Blackwood), «La araña» (Hans Heinz Ewers), «La mansión de los ruidos» (M. P. Shiel), «La Casa de la Esfinge» (Lord Dunsany), «De Profundis» (Walter de la Mare), y «El final de la historia» (Clark Ashton Smith). El volumen finaliza con un relato del propio Lovecraft: «El testimonio de Randolph Carter», a modo de corolario. Un libro fundamental para entender la formación literaria de Lovecraft en el género de terror, y para dilucidar el armazón básico de muchas de sus más reconocidas creaciones literarias. Edición primorosa de Siruela, como de costumbre…

 

10. La vuelta al mundo en ochenta días (Jules Verne)

9788420653341Me acerqué a ella más que nada por motivos de investigación, y para intentar averiguar la tardanza en los desplazamientos de los diversos medios de locomoción en el siglo XIX. Me terminé encontrando, aunque no sin esperarlo, con una novela apasionante, llena de intrigas y emociones, y con un pulso narrativo digno de los grandes maestros. Hay que decir que, más allá del alucinante recorrido geográfico de los personajes, se trata de literatura en su estado más puro, en su esencia más prístina. Verne obedece aquí al precepto fundamental de la narrativa: contar una historia. Y lo hace con soltura y desparpajo, con muy buenos toques de humor y dramatismo y creando una fábula inmortal sobre la puntualidad, que era la gran obsesión del inigualable Phileas Fogg. Una historia que ha pasado a formar parte de las grandes aventuras de la historia literaria. Obra maestra.


Bien, estas han sido mis diez lecturas favoritas de este 2018. Sólo me queda desearte a ti, que frecuentas este blog, un feliz final de año y un mejor comienzo del siguiente. Que el 2019 te encuentre sumergido en tantas letras como te sea posible, y recuerda siempre que, en literatura, aún no hay nada escrito…

Hasta el próximo año.

 

Estatuilla

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4 de abril

Querido J.:

Recibí ayer tu envío postal. Muchas gracias por el detalle. Esta primorosa estatuilla de barro hará las veces de inmejorable adorno en mi habitación.

Afectuosamente, N.

16 de abril

Querido J.:

No dejo de admirar la belleza estética de este fantástico regalo que me has hecho. Todos sus rasgos me recuerdan, de alguna manera, a aquellos encuentros que teníamos hace años, y cuya esencia perdura por siempre en mi corazón. ¿Es posible, acaso, que detecte rasgos de tu propia entelequia entre las facciones delicadamente talladas del rostro de la estatuilla?

Amistosamente, N.

 

27 de abril

Querido J.:

¿Por qué no respondes a mis cartas? Tu silencio y tu ausencia me preocupan, y de no ser por la absorta contemplación del souvenir que tan amablemente has tenido a bien obsequiarme, podría pensar que una sombra siniestra y desagradable se ha cernido sobre nuestra amistad. Espero una respuesta pronta por tu parte, al menos para cerciorarme de que no has sufrido ningún percance.

Cordialmente, N.

 

2 de mayo

Querido J.:

Pese a no haber recibido una respuesta tuya por escrito, ahora me encuentro más tranquilo con respecto a tu bienestar, e incluso por el excelente estado de nuestras relaciones. El muro de tu silencio me había preocupado en un principio, pero esa sonrisa cándida y bienhechora que tanto conozco ha aflorado por fin, otorgándome la serenidad que necesitaba. Anoche estuve observándote durante unas cuatro horas. Te noto en paz.

Cariñosamente, N.

7 de mayo

Querido J.:

Aunque nuestra comunicación es más fluida que nunca, creo que dejaré de escribir cartas y de enviarlas a tu dirección postal, puesto que es evidente que ya no te encuentras allí. Las horas de intensa reflexión que transcurro delante de la estatuilla que me regalaste han estrechado más que nunca los lazos de nuestra amistad, con lo cual considero innecesario todo otro tipo de comunicación escrita. A partir de ahora, todo lo que tenga que transmitirte tendrá lugar mediante este intercambio de miradas que ahora mismo, y mientras redacto estas inútiles líneas, está teniendo lugar entre nosotros. El fulgor aprobatorio de tu pétrea mirada me da a entender que estás de acuerdo con esta resolución. Definitivamente, estás aquí. Conmigo.

Atentamente, N.

 

El día 8 de mayo, el señor N. fue encontrado muerto en su habitación. El informe del forense dictaminó que la causa del deceso fue una fuerte impresión. A su lado yacía una estatuilla de barro cocido de extrañísima factura, con facciones remotamente humanoides. Dicha estatuilla fue confiscada por la policía para una posterior investigación. También se encontró junto al cadáver la última carta de la víctima a su amigo, el señor J.

El día 9 de mayo se inspeccionó el domicilio del señor J. No se encontró a nadie allí, aunque sospechosamente fueron halladas cuatro cartas sin abrir en su buzón, todas ellas escritas por el señor N.

Nada más se supo del señor J. ni de la extraña estatuilla, que desapareció misteriosamente de la comisaría de policía.

El arte de la digresión

Llevaba unos cuantos días enfrascado, entre otros proyectos, en la relectura del Tristram Shandy de Laurence Sterne, y deseando terminarlo para poder colgar una reseña en este blog. Supe que tendría que hacer un comentario casi desde el momento en el que lo empecé a releer, ya que se trata no sólo de una obra clásica de curiosísima factura, sino también de un ejemplo viviente de los límites que puede alcanzar la literatura.

Tristram Shandy, de Laurence Sterne. Madrid, Alfaguara, 2017. 760 páginas

Sterne está considerado como uno de los autores más «libres» de la época clásica, y este apelativo se lo debe, en gran parte, a esta obra monumental, paradigma de un impecable lenguaje aplicado a una historia que, en el fondo, no tiene ningún sentido y que se basa en la habilidad del autor para perderse en absurdas y divertidísimas digresiones que sólo el ojo generoso podrá entroncar con el nudo argumental o trama, un concepto que Sterne se carga aquí sin contemplaciones y que le lleva a demostrar, una vez más, algo que todos sabemos: en literatura, todo vale.

Lo que se supone que vamos a leer es la vida y las opiniones de Tristram Shandy, un personaje del que apenas nada se nos dice a lo largo de las seiscientas páginas del libro, excepto que nació con fórceps, que su nariz fue aplastada en el proceso de parto y que su nombre, Tristram, que su padre detestaba hasta el extremo, le fue adjudicado mediante una serie de desdichas a cuál más disparatada. Durante las primeras trescientas páginas se nos cuentan los prolegómenos de este catastrófico nacimiento, y es entonces cuando uno se pregunta en qué parte del volumen podrá Sterne narrar las auténticas vivencias del protagonista; y es que cada frase es apenas una excusa, un puente, un escalón previo que nos conduce a una historia paralela, a una sucesión de reflexiones, pensamientos y descripciones de caracteres adjuntos a un puñado de personajes deliciosos, todo con un vocabulario rico, culto y magistral.

A medida que los volúmenes se van sucediendo (un total de nueve), tenemos la sensación de que Shandy es consciente de que, a ese ritmo y con esa tendencia a irse por las ramas en cada párrafo, no será capaz de narrar su vida, ni siquiera de darnos sus opiniones. Pero el autor sigue adelante y continúa envolviéndonos en el juego de arabescos y situaciones paralelas que, rozando lo grotesco (un ensayo completo dedicado al tamaño de las narices, y otro referente a las normas del bautismo según la iglesia católica, ¡completamete en latín!), nos encandilan por su delicadeza narrativa y su capacidad para exponer el absurdo.

Laurence Sterne (1713-1768)

Te podría decir que este Tristram Shandy es una obra apta para cualquier lector ligeramente aficionado a los clásicos, pero deberías prestarle especial atención si te dedicas a escribir. Hay mucho que aprender en cuanto a coherencia argumentativa (sostenida por una trama, insisto, vacua y sin sentido), ritmo discursivo y, sobre todo, estructura formal. No sólo sorprende por sus virtudes lingüísticas y sus diálogos chispeantes, sino también por la utilización atípica de la puntuación, una rareza a la cual los ojos se terminan acostumbrando.

Párrafo aparte merece la magnífica edición de Alfaguara que cayó en mis manos, traducida nada menos que por Javier Marías, quien se considera fan incondicional de la obra cumbre de Sterne. Un trabajo sobresaliente, sobre todo a la hora de encarar cierto tipo de argot muy complicado que el autor emplea.

En resumen, una obra completísima, de muy grata lectura, aunque una auténtica rara avis en el mundo de las letras clásicas. Digno heredero de Swift, Cervantes y Rabelais, Sterne da lecciones aquí de cómo utilizar la digresión como arte, regalándonos una perla de la literatura universal cuya lectura te recomiendo encarecidamente.

«La pata de mono», o el peligro del deseo hecho realidad

En el mundo de la literatura fantástica y de terror existen relatos que nos fascinan sin remedio tras repetidas lecturas. Algunos por el impacto que nos causa su desenlace, otros debido a las implicaciones emocionales de la trama, y los menos por su perfección formal y por el equilibrio de las partes, que conforman un todo aposentado en la excelencia narrativa. El caso de «La pata de mono», de W. W. Jacobs reúne no alguna, sino todas las características arriba mencionadas, convirtiéndose en una de las piezas más redondas e inmejorables de nuestro querido género. Vengo a hablarte hoy de este relato porque es uno de mis favoritos, un cuento excepcional que no me canso de leer y que me ha brindado, además del apasionamiento que suele despertarme toda historia de terror bien escrita, ramalazos de agradecida inspiración y, por qué no decirlo, algunas horas de insomnio.

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La pata de mono y otros cuentos macabros, de W. W. Jacobs. Madrid, Valdemar, 2008. 462 páginas

En «La pata de mono» su autor, William Wymark Jacobs, reflexiona acerca del peligro inherente en la formulación de deseos. La posesión de un talismán que conceda deseos ha sido y sigue siendo un tema muy frecuentado en la ficción literaria, pero creo que el análisis del fenómeno como fantasía humana nunca alcanzó las cotas dramáticas a las que arriba en este relato. Intentando no hacer spoiler: la historia va de una pata de mono que llega, de manera fortuita, al seno de una familia tradicional. La persona que les lega el amuleto les asegura que puede concederles tres deseos. El primero de los deseos se cumple, pero acarrea una infausta desgracia a la familia. La formulación del segundo deseo lo que busca es deshacer las consecuencias funestas del primero, pero sólo consigue empeorarlas; el tercer deseo se desperdicia, entonces, en la anulación del segundo. De este modo, sólo prevalece el primer deseo, mientas que el segundo y el tercero se anulan entre sí en un final escalofriante.

El relato plantea la moraleja eterna acerca de la correcta formulación de los deseos sobre el amuleto, y de la insidiosa costumbre del diablo —o de otras fuerzas malignas— de aprovechar una formulación precipitada o incompleta para inocular el mal en las consecuencias. De ahí los famosos refranes de «cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad» y tantos otros. El cuento nos deja también otra reflexión oblicua: a veces es mejor dejar las cosas como están. Esto es: aunque algo haya salido mal, en ocasiones intentar arreglarlo a través de los mismos medios lo único que hará será agravar las consecuencias, dando origen a una espiral destructiva.

«La pata de mono» posee una estructura sencilla y un lenguaje equilibrado y elegante, muy al estilo de los relatos de principios del siglo XX. Sin ningún alarde, crea una atmósfera trágica que va in crescendo conforme se suceden los hechos, para desembocar en uno de los finales sugeridos más estremecedores que yo haya leído. Su genialidad radica en la brevedad y economía de medios que emplea el autor, pero también en su equilibrio verbal, en el correctísimo uso de la simbología y en el impacto rotundo de su moraleja. Su estructura y temática han inspirado a numeroso relatos y narraciones posteriores —la más destacada de ellas, sin duda, el novelón de Stephen King Cementerio de animales, de 1983—.

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W. W. Jacobs (1863-1943)

Te cuento algunas cosas del autor, W. W. Jacobs. Nació en Wapping (Londres), en 1863. Trabajó durante un tiempo como funcionario de correos y publicó su primer relato hacia 1885. Fue un especialista en literatura náutica, componiendo numerosos relatos donde los protagonistas viajan a bordo de embarcaciones medianas. Sobre todo se especializó en un tipo de comedia negra, relatos oscuros en los que hacía gala de un muy agudo sentido del humor. Tiene un puñado de excelentes relatos macabros, pero fue sin duda «La pata de mono» el que le proporcionó una fama imperecedera; publicó este relato en Londres en 1902 en The Boydell Press, una publicación de prensa académica. Una vez que obtuvo popularidad y posibilidades de vivir de la escritura, se dedicó básicamente a adaptar sus propios relatos a la escena. Murió en 1943, también en Londres.

La edición en la que leí «La pata de mono» es la de Valdemar (¿cúal si no?), y que incluye una más que interesante colección de otros relatos de Jacobs, todos ellos muy recomendables por la continuidad en la línea temática y por el más que llamativo uso de la conciencia humana como eje de acción ante los hechos escabrosos que se suceden. Desde luego que te recomiendo todos estos relatos, pero en este post me quería detener especialmente en su cuento inmortal, el que da título a la antología y el que, por derecho propio, ha pasado a ocupar un lugar de privilegio dentro de la cultura popular. En palabras de G. K. Chesterton, los cuentos de Jacobs van más allá del terror para ser, sencillamente, sobrecogedores. Amén, señor Chesterton.

El ausente

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El ajuar funerario era primoroso. Lo habían elegido con mucho criterio. No era un deceso cualquiera, y todos sus familiares lo sabían. Nadie lo esperaba y nadie, en el fondo, terminaba de creerlo. Siempre le habían considerado inmortal, una de esas presencias ineludibles, de esas que parecen sempiternas de puro ancestrales, de puro atávicas. El ataúd de impoluta caoba estaba preparado desde por la mañana, lo mismo que los arreglos florales, la colección de coronas plagadas de epitafios y pomposos tributos verbales, la iluminación a base de luz eléctrica falazmente camuflada en velas artificiales. Incluso estaba sazonado ya el jugoso y nutritivo ágape, para consuelo eventual de los dolientes. Todo el mundo tenía preparadas sus palabras de condolencia para con los deudos más cercanos, así como la frase a rasgar en el álbum de visitas. Nada estaba librado al azar, en lo que parecía una ceremonia cerebral y meticulosamente preparada.

La sorpresa tuvo lugar poco antes de comenzado el funeral, cuando varios de los familiares descubrieron que el difunto, el invitado de excepción, se había ausentado de la ceremonia sin si quiera avisar, y sin que nadie le viera atravesar las puertas del recinto funerario.

Al margen de este hecho aislado, la celebración continuó sin mayores sobresaltos.

Saramago y la cuestión de la identidad

Hay lecturas que inevitablemente me obligan a disparar caracteres sin que lo pueda evitar. Suele suceder cuando al cerrar un libro las ideas centrarles de este se quedan grabadas en mi mente y no ceso de buscar conclusiones a todo lo que me han contado, quizá esperanzado en la búsqueda del sentido lógico que suelen expresar la mayoría de los relatos o quizá, yendo más allá, intentando localizar de alguna manera lo que el autor ha querido decir, más que lo que ha dejado escrito en las páginas. Con José Saramago no es la primera vez que me ocurre. Es un autor que consigue perturbar mi curiosidad por la complejidad de los temas que toca y despertar mi admiración por su original y nada convencional estilo, y además me fascina porque detecto, tras la enorme cortina de palabras que ha extendido ante mí, un trasfondo, una intrahistoria, un conglomerado de reflexiones que motivan a sondear el alma humana, o al menos a intentarlo. Pocos autores hay que puedan calar tan hondo, y si se habían apoderado de mí la desesperación tras Ensayo sobre la ceguera y la incertidumbre tras Las intermitencias de la muerte, la lectura de El hombre duplicado no sólo me ha regalado un puñado de horas de excelente literatura, sino que me ha llevado a plantear y replantear diversos aspectos formales de lo que se conoce como «identidad».

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El hombre duplicado, de José Saramago. Madrid, Alfaguara, 2002. 408 páginas

Es este un paradigma demasiado complejo como para que lo tratemos aquí, y ha sido tema central en obras literarias desde tiempo inmemorial. Sólo hay que recordar El doble de Dostoievski o «William Wilson», inmortal relato de Edgar Allan Poe, para encontrar enseguida un par de ejemplos previos. En El hombre duplicado Saramago plantea el dilema de la duplicidad de personalidad a raíz de la situación social finisecular. Ambientada en una ciudad sin nombre, de enormes dimensiones y exagerada población, la idea de que un hombre pueda toparse un día con un sosia se insinúa desde los mismos problemas de identidad que, peligrosamente, asoman la cabeza en la monótona y embrutecedora existencia actual. Tertuliano Máximo Afonso, el protagonista, yace adormecido en una realidad abúlica e insustancial. Su carrera como profesor de Historia no le despierta la más mínima motivación, así como erráticos y confusos son sus sentimientos hacia María Paz, una joven con la que sostiene una relación inestable. Una noche, y durante el visionado de una insulsa película de serie B, descubre en la pantalla del televisor a un hombre que es su doble exacto. Esto, lejos de causarle una gran perturbación, introduce por fin un objetivo a alcanzar en su insípida existencia: encontrar a ese hombre que es su copia, su doble, una reproducción absoluta de cada uno de sus rasgos físicos.

A partir de esta premisa el autor portugués desarrolla el relato con la estructura de una narración de intriga en la que el lector tiene acceso a situaciones que por lo inverosímil que es la idea de partida rozan muchas veces el absurdo, pero que ante las inauditas posibilidades que despierta terminan resultando del todo lógicas. Resulta admirable cómo hacia la mitad del relato el problema de la identidad de intensifica hasta el punto de que se vuelve de una importancia relevante establecer mentalmente la distinción entre los personajes. Es entonces cuando surgen las preguntas más inquietantes: ¿Quién es la copia de quién? ¿Quién de ellos es el original? ¿Quiénes somos realmente? ¿Podemos confiar siempre en la imagen que el espejo nos devuelve de nosotros mismos?

José Saramago (1922-2010)

Resulta admirable el juego metaliterario que Saramago plantea durante largos pasajes de la novela. La irrupción del Sentido Común ante varias de las encrucijadas que encuentra el protagonista es como un grito en la oscuridad, la llamada de la cordura ante tanta demencia, ante tanta confusión. El estilo narrativo tiene la firma del autor: capítulos muy extensos en los que apenas se distinguen puntos y aparte; párrafos compactos como ladrillos; sinuosidad en la descripción; pequeñas y contundentes reflexiones insertadas a modo de píldoras filosóficas entre las acciones propias de la narración; puntuación personal en la que brillan por su ausencia las plicas de diálogo y los signos de interrogación y exclamación, así como las asignaciones en los parlamentos de los protagonistas. Todo ordenado de tal manera que, aunque la armonía reina, aunque el equilibrio predomina, exige a la inteligencia y la compenetración del lector, establece con él un juego de ida y vuelta, de complicidad continua, de asistencia atónita ante los hechos. El narrador juega con ellos como un maestro de marionetas y dinamita de un plumazo el concepto de individualidad, dejando claro que en el fondo no somos sujetos exclusivos e intransferibles. Ni siquiera números o posiciones en un orden social. Somos tiempo. Nada más que tiempo.

Si hemos de analizar los aspectos meramente formales del libro, una vez más nos encontraremos con una originalidad en el tratamiento sólo al alcance de los privilegiados de la pluma. Y es que la auténtica grandeza de El hombre duplicado —así como de otras obras de Saramago— radica en que todo lo que se nos está contando forma parte de un conjunto de postulados y cadenas de pensamiento directamente relacionadas con el dilema a tratar, al tiempo que, gracias a la acción dramática, compone las bases de una historia que es pura ficción, puro arte narrativo. Esta combinación, perfectamente equilibrada, bailotea sobre una delgada línea que separa lo real de lo imaginario e introduce al lector en un microcosmos donde el destino de los personajes asume un papel tan azaroso como la inusual situación de partida.

Lectura altamente recomendable si lo que te gusta es darle al coco una vez acabado un libro…, pero cuidado, porque las percepciones ante el espejo puede que te perturben a partir de entonces.

 

«El entierro prematuro»: la apoteosis del horror

Establecer una lista de relatos para una antología de Edgar Allan Poe siempre se me ha antojado una tarea imposible: ¿cómo cribar diez o doce de entre las sesenta y siete obras maestras de la narrativa breve que escribió el genio de Boston? Por suerte hubo y hay personas capaces de hacer una selección, y en la mayoría de las antologías ahí están los infaltables: «El gato negro», «El tonel de amontillado», «El pozo y el péndulo», «El corazón delator», «La máscara de la muerte roja», «La caída de la casa Usher» y algunos más. En unas selecciones se opta por los retratos de las «damas malditas», como «Ligeia», «Berenice» y «Eleonora», y otros incluyen las aventuras del investigador Dupin. No en todos aparece compilado «El entierro prematuro», unas sus narraciones más singulares y que dio origen a lo que podríamos considerar una especie de subgénero dentro de la macro-estructura del horror literario. Se lo puede encontrar, desde luego, en las ediciones de sus Cuentos completos (Alianza, Páginas de Espuma y Edhasa tienen las ediciones más recomendables), pero también en el volumen Narraciones extraordinarias que, con traducción de Mauro Armiño, publicó Valdemar en 2009 (para más señas: entre las páginas 191 y 212).

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Narraciones extraodinarias, de Edgar Allan Poe. Madrid, Valdemar, 2009. 276 páginas

«El entierro prematuro» constituye una de las cumbres del género de terror por su alusión directa a uno de los horrores más mórbidos que puede experimentar el espíritu humano: la posibilidad de ser sepultado vivo. Poe, especialista en la exploración de los temas que obsesionaban a la sociedad de su tiempo, indagó en los entresijos de este fenómeno y estableció un relato que en algunos aspectos se acerca más a una crónica periodística que a un cuento de ficción. El gran Julio Cortázar dijo de él que «se trata menos de un cuento que de un artículo». Y es que, para comprender el alcance del horror potencial inherente al desgraciado hecho de ser enterrado con vida, Poe comienza la narración haciendo una revisión de unos cuantos casos reales de entierro prematuro, a cuál más truculento y morboso. La catalepsia era un mal bastante habitual por aquel entonces, lo mismo que los casos «comprobados» de entierros antes de tiempo (utilizo las comillas porque muchos de estos casos no eran tales, ya que solían confundirse los avances de la putrefacción con los espasmos de un cuerpo vivo sepultado erróneamente). Sea como fuere, Poe tuvo el acierto narrativo de viajar hasta el fondo del horror más absoluto de sus contemporáneos planteando la historia de un protagonista cuyo máximo terror arraiga en la posibilidad de despertarse un día en un ataúd, víctima de uno de sus repetidos ataques de catalepsia. Para evitar tan desgarrador desenlace le vemos adoptar numerosas precauciones, como el establecimiento de una cerradura endeble en el panteón donde han de descansar sus restos, un ataúd carente de cierres, un avituallamiento de provisiones en el mausoleo para no morir de inanición en el caso de despertar, e incluso una cuerda con una campana instalada en lo alto del recinto fúnebre, para que cualquier allegado escuche su llamada desesperada una vez que se produzca su regreso del reino de los muertos. El cuento está impregnado de un sentimiento de paranoia y de fatalidad tan grande que, a medida que se desarrolla, en todo momento sentimos que la desgracia latente acabará cebándose sobre el personaje y que todas sus minuciosas previsiones serán inútiles. Poe, en un final verdaderamente atípico en él, muestra una regeneración casi total en el carácter del protagonista, no sin antes, desde luego, hacerle atravesar el momento más pavoroso de su existencia, y que fácilmente puedes imaginar sin que yo te lo cuente…

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Entierro precipitado, obra del pintor y escultor belga Antoine Wiertz (1854)

«El entierro prematuro» se erige en una de piedra fundacional de lo que podríamos considerar una subespecie de relato de terror basado en esta espantosa posibilidad. Cuantiosos autores han indagado en el tema casi como materia obligatoria para cualquiera que se adentre en los umbríos corredores del horror literario. El propio Edgar Allan Poe desplegó el mismo concepto en muy diversos registros, logrando relatos tan impactantes como «Berenice» (1835), «El tonel de amontillado» (1846) o, por supuesto, la que para muchos es su obra maestra definitiva: «La caída de la casa Usher» (1839), relato de una perfección insultante. Guy de Maupassant redujo el tema a su mínima expresión en su estremecedor cuento «El tic» (1884). El genio de Providence, H. P. Lovecraft, estableció con su relato «En la cripta» (1925) una asombrosa variante a la temática, logrando una de sus mejores narraciones de la llamada «Etapa gótica». Cornell Woolrich, uno de los maestros indiscutibles del suspense noir, pergeñó bajo el seudónimo de William Irish un asombroso relato llamado «Tumbas para los vivos (1937),  que narra el accionar de una oscura secta encargada de este tipo de casos. Y, si me permites que hable aquí de mi propia obra, la temática me sedujo tanto en su día que también me puse a la tarea de escribir una humilde historia sobre entierros prematuros, y que por suerte vio la luz poco después en «El caso de Heriberto Kasewski», el primero de los siete relatos incluidos en la antología Un puñado de sombras (2016). Huelga decir que la temática sigue muy viva, y que en numerosas ocasiones podemos encontrarnos con casos de enterrados vivos en la literatura y el cine contemporáneos, siendo los más populares el de la deliciosa Uma Thurman en Kill Bill, Vol. 2 (Quentin Tarantino, 2004)  y el de Ryan Reynolds en Buried (Rodrigo Cortés, 2010).

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Uma Thurman, enterrada viva en Kill Bill, Vol. 2

«El entierro prematuro» («The Premature Burial») se publicó por primera vez en julio de 1844 en el periódico The Philadelphia Dollar Newspaper, y desde entonces no ha dejado de cautivar a lectores de todo el mundo. Ha sido fuente de inspiración para muchos autores de terror, quizá porque más allá de las presencias sobrenaturales o los monstruos informes que recorren la cronología del horror literario puede que no exista un miedo más auténtico que el que suscita la posibilidad de abrir los ojos y sentir allí mismo, a centímetros de nuestra nariz y en medio de una noche eterna y uniforme, la obtusa tapa de madera y los kilos de tierra que nos hunden en el abismo de una muerte ilusoria y anticipada, para dar paso, entonces sí, al más espantoso de los desenlaces. Su trascendencia se debe sin duda a su capacidad para representar la apoteosis definitiva del sentimiento y la quintaesencia del horror como materia literaria, campo en el que el genio Edgar Allan Poe supo desenvolverse como nadie.

Ventana

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Anoche soñé con el horror.

Soñé que el mundo había llegado a su fin y que todos habían muerto. Soñé que la tierra abría sus fauces hambrientas y se tragaba a la humanidad entera. Soñé que el pavor y la destrucción se cernían sobre las almas de las personas, aniquilándolas para siempre.

Pero yo estaba en mi cama, agitado, sudoroso. Rechinaba los dientes y sentía que el final estaba cerca, que mi estancia en esa habitación era efímera, una prórroga de excepción, un ligero error de cálculo en la implantación de ese Apocalipsis que ya había arrasado con todo lo demás.

Poco a poco logré tranquilizarme. Me imbuí de pensamientos racionales y me convencí de que todas aquellas visiones espeluznantes y terroríficas no eran sino el resultado de una pesadilla, de un sueño atorado entre los pasadizos oscuros del dédalo de mi subconsciente.

Logré incorporarme y, poco después, ponerme de pie. La ventana era mi objetivo. Si alcanzaba la visión de una imagen real, el vislumbre de una postal concreta y el influjo de la realidad desnuda, cualquier rastro de ese sueño pavoroso desaparecería por fin.

Me acerqué. Incrédulo, apoyé las manos sobre el cristal nitroso y empañado por la mortaja de una obtusa neblina.

Fuera, la pesadilla encontró una horrorosa continuidad…

Los tatuajes nos cuentan historias

Siempre es un placer volver al refugio que sólo brindan los grandes maestros. Me refiero a esos autores especiales que marcaron nuestro albor como lectores y que nos hicieron amar la literatura y el arte de contar historias. Y, de entre los muchos genios creativos que resultaron claves en mi formación, sin duda Ray Bradbury es de mis favoritos. Todavía recuerdo el estupor con el que, con trece o catorce años, deglutí las páginas de esa maravilla titulada La feria de las tinieblas, uno de los primeros libros que me permitió adentrarme en este sendero de tinieblas literarias en el que transito ahora día tras día. Por eso, y en agradecimiento perpetuo a tantas enseñanzas y a tantos momentos de placer lector, suelo regresar a las obras de Bradbury con cierta asiduidad. Hace muy poco releí una de sus mejores y más populares colecciones de relatos: El Hombre Ilustrado. Y, tras la deliciosa lectura, no podía menos que pasarme por aquí a compartir contigo las impresiones que me dejó.

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El Hombre Ilustrado, de Ray Bradbury. Barcelona, Booket, 2009. 288 páginas

El hombre ilustrado es un soberbio compendio de lo mejor que Bradbury puede ofrecer en materia de narrativa breve, siempre orientada hacia la literatura distópica, tan en boga en nuestros días. Coqueteando con otros géneros más definidos en su parámetros estéticos, como la ciencia ficción o la fantasía pura, el autor de Waukegan nos regala en este volumen dieciocho relatos de extraordinaria factura, unidos por el nexo de una fantasía sorprendente, de esa que actúa no sólo sobre el ánimo del lector, sino también sobre la estabilidad emocional de los personajes, sea cual sea el entorno en el que estos se encuentren. Así, en «La pradera» asistimos al estupor de unos padres ante la desbordante imaginación de sus hijos; en «Calidoscopio», una de las obras más reputadas del autor, nos encontramos a un grupo de cosmonautas a punto de perecer, pero que encontrarán ocasión para liberar sus sentimientos a través de una serie de parlamentos en la distancia cuya autenticidad resulta demoledora; en «El otro pie», sin duda una de las mejores piezas de todo el volumen, Bradbury le da la vuelta al calcetín del problema eterno del racismo, culminando el cuento en una soberbia reflexión sobre la condición humana. «La carretera», relato breve pero estremecedor, esboza apenas una pincelada de un violento e inminente Apocalipsis; «El Hombre» nos trae la perspectiva mesiánica desde un escenario futurista y demencial; «La larga lluvia» es una narración escalofriante y preñada de una atmósfera angustiante y claustrofóbica, que encuentra en su desenlace la eclosión de las esperanzas y los anhelos, que nunca deben desfallecer. «El hombre del cohete» nos remonta a las incógnitas infantiles, las relaciones paterno-filiales y la eterna curiosidad por la contemplación de las estrellas, tema recurrente en la obra del autor. «La última noche del mundo» es apenas un diálogo, un breve intercambio de palabras entre un matrimonio, pero que esconde todo el horror del advenimiento del Armagedón, otro tema frecuente en la literatura de Bradbury. «Los desterrados» es una arriesgadísima pieza narrativa en la que el autor resucita a muchos de los más célebres escritores fantásticos y góticos del pasado (entre ellos Poe, Bierce, Machen y Dickens) en un sentido homenaje a sus ídolos literarios.

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Rod Steiger interpretando al Hombre Ilustrado en la versión cinematográfica (Jack Smight, 1969)

«Una noche o una mañana cualquiera» supone una escalada hasta la locura más abierta y descarnada, en medio de un escenario caótico y tenebroso. «El zorro y el bosque» es un relato que explora con gran habilidad el tema de los desplazamientos en el tiempo, y en el cual Bradbury se muestra como un digno discípulo de H. G. Wells; de soslayo, recae nuevamente sobre el drama de la alienación, tal y como hiciera en la inmortal Fahrenheit 451. En «El Visitante» nos enfrentamos a la problemática del talento desbordante, un tema bastante habitual no sólo en la obra de Bradbury, sino también en la de uno de sus más aventajados alumnos: Stephen King (recuérdese la escalofriante La zona muerta). «La mezcladora de cemento» retoma la temática marciana y nos presenta la eventual invasión de nuestro mundo por parte de los habitantes del planeta rojo, con la consiguiente mixtura imposible entre ambas especies. «Marionetas, S. A.» es, definitivamente, mi relato favorito del todo el volumen, un cuento de ciencia ficción utópica con un final espeluznante. «La ciudad» es otro de los relatos en los que se desprende una buena muestra de la portentosa imaginación del autor, dando vida a una terrorífica metrópoli extraterrestre con suficiente autonomía como para fagocitar y exterminar a sus invasores. «La hora cero» nos lleva a la magia de la infancia, deviniendo en un oscuro relato sobre invasión alienígena. En «El cohete» asistimos a un largo viaje hasta el corazón de la fantasía, en un relato en el que veremos a un padre hacer hasta lo imposible por cumplir el anhelo de sus hijos. Por último, y cerrando la antología, «El Hombre Ilustrado» refleja la peripecia de ese ser misterioso, enorme e inabarcable, cuyo cuerpo cubierto de tatuajes nos revela historias pasadas y, lo que resulta más escalofriante, futuras. Su pavoroso desenlace corona una colección de relatos verdaderamente apasionante.

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Ray Bradbury (1920-2012)

Cabe destacar el acierto de Bradbury para ofrecernos un Prólogo y un Epílogo en los que el narrador se encuentra con el propio Hombre Ilustrado, jugando con la posibilidad de que los relatos del volumen sean extractos narrativos de las ilustraciones que el portento humano exhibe en su piel. Esta técnica, interesantísima y muy sugerente, la adoptaría años más tarde Clive Barker en sus extraordinarios Libros de Sangre, en los que las piezas narrativas son imágenes desprendidas del cuerpo sanguinolento de un ser violentamente mutilado.

Siempre he tenido el convencimiento de que El Hombre Ilustrado es una de las antologías de relatos más equilibradas y armónicas que la literatura fantástica clásica nos puede ofertar. El lenguaje, como siempre en Bradbury, es preciso y asequible, y enaltece numerosas postales de una imaginería imposible con retazos de realidad cercana, jugando siempre con la nostalgia, la memoria y los deseos corporizados. Es esa magia intangible, ese halo de fantasía que sobrevuela nuestros sueños y pesadillas, lo que Ray Bradbury supo manejar quizá mejor que ningún otro autor.

«Los mitos de Cthulhu»: el libro que cambió mi vida

Hoy te traigo la que quizá sea la entrada más especial de todas las que he publicado en El Disparaletras®. Sí, porque hoy vengo a hablarte de ese libro que es distinto a todos los demás, ese al que más cariño le tengo no sólo porque me ha proporcionado momentos de lectura inolvidables, sino porque ha cambiado para siempre mi relación con la literatura como actividad. Fuente de inspiración infinita, y con toda seguridad la razón por la que creo haber caído de pie en el universo lovecraftiano, hoy quisiera rendir homenaje a ese volumen que siempre tengo en mi mesilla de noche como si fuera una biblia y que cada año, más o menos por esta fecha, releo obligatoria e indefectiblemente: Los mitos de Cthulhu, de H. P. Lovecraft y otros; la magnífica y ya mítica compilación que hizo Rafael Llopis y que publicó Alianza Editorial en 1969. Un libro que ha marcado a toda una generación de lectores.

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Los mitos de Cthulhu, de H. P. Lovecraft y otros. Madrid, Alianza, 2011. 736 páginas

La literatura lovecraftiana es complicada y exigente, eso ya lo sabemos. Y son muchos los lectores que se han manifestado incapaces de comulgar con la magia del genio de Providence. Esto se debe, quizá, a que se trata de un autor al que hay que acceder mediante una combinación muy concreta de relatos y obras, y entendiendo, además, cuáles fueron los precedentes literarios que cimentaron su estilo y buena parte de su abanico temático. Como si se tratara de un jeroglífico en un muro antiquísimo o de una tablilla plagada de runas ininteligibles (elementos tan propios de su universo, por otro lado), la obra del maestro sólo resulta asequible si logramos una concatenación equilibrada y muy selecta de sus escritos en la fase inicial. Ahora, eso sí: una vez que hayamos desenredado el sortilegio y abierto las compuertas de su universo, nos sentiremos allí en la cumbre de la literatura fantástica, y dentro de un contexto cosmogónico y un limbo narrativo que nos cautivará para siempre. Creo que esta es la premisa fundamental que, con suma inteligencia, supo interpretar el maestro Rafael Llopis en la elaboración de este volumen, que ha sido clave en la formación de tantos y tantos lectores lovecraftianos y que es, ahora mismo, una pieza mítica dentro de la historia editorial del terror en España. De hecho, creo que junto con los dos tomos de los Cuentos de Edgar Allan Poe (prologados y traducidos por Julio Cortázar y publicados también por Alianza), se trata del volumen de terror más importante jamás editado en este país.

Llopis, analista sin par, uno de los más lúcidos ensayistas españoles y especialista en el género de terror, plantea el universo de los Mitos como un territorio no unívocamente lovecraftiano. Sí es cierto que consigna al genio de Providence como a la principal figura de esta corriente literaria, pero en el magnífico ensayo que antecede a los relatos nos ofrece una estupenda panorámica que explica la evolución del género en su contexto socio-histórico y la influencia que las diversas corrientes literarias y la aparición de ciertos autores ejercieron sobre la materia. Así, a través de los pasos previos de autores como Dunsany, Blackwood, Bierce o Machen, llegamos al Horror Cósmico, que terminó de cristalizar gracias a la pluma de HPL. Lejos de morir entre los pliegos que Lovecraft redactó en Providence, la literatura de los Mitos encontró sucesores en los miembros del Círculo, autores tan brillantes como Frank Belknap Long, Clark Ashton Smith, Robert E. Howard o Robert Bloch. Planteada la evolución de los Mitos en tres fases bien definidas, Llopis divide el volumen en una especie de tríptico, conteniendo cada uno de los segmentos lo más representativo de las diversas etapas. El primero, que acertadamente llama «Los precursores», nos ofrece aquellos relatos que sin duda ejercieron una influencia decisiva en Lovecraft a la hora de elaborar su mitología particular. «Días de ocio en el país del Yann» (Lord Dunsany), «Un habitante de Carcosa» (Ambrose Bierce), «El signo amarillo» (Robert W. Chambers), «Vinum Sabbati» (Arthur Machen) y «El Wendigo» (Algernon Blackwood) nos ofrecen una semblanza extraordinaria de todos aquellos precedentes que Lovecraft, como lector casi enfermizo de este tipo de relatos, absorbió para la creación de sus mundos. Esta primera parte se cierra con una pieza del propio HPL, «La maldición que cayó sobre Sarnath», el primero de todos los relatos del Sumo Sacerdote que leí en mi vida, y que me marcó tal vez como ninguna otra pieza literaria lo ha hecho jamás. La segunda parte, llamada «Los Mitos», contiene los relatos que constituyen el ciclo de los Mitos de Cthulhu, es decir, lo más genuino de la literatura de Lovecraft y el Círculo. Llopis incluye en este apartado «El ceremonial», «La sombra sobre Innsmouth», «En la noche de los tiempos» y «El morador de las tinieblas», todos ellos de HPL, además de «Los perros de Tíndalos» (Belknap Long), «La Piedra Negra» (Howard), «Estirpe de la cripta» (Ashton Smith), «Reliquia de un mundo olvidado» (al alimón entre Lovecraft y Hazel Heald), «Las ratas del cementerio» (Kuttner) y «El vampiro estelar» (Bloch). Llopis aclara en las notas el por qué de la no inclusión de «La llamada de Cthulhu», sin duda el relato fundacional de toda la mitología, respondiendo a una pregunta que muchos lectores seguramente se hagan al repasar el índice. Por último, la tercera parte, llamada «Mitos póstumos», incluye lo mejorcito de todo aquello que constituye el legado de los Mitos en la literatura contemporánea: los relatos «La Hoya de las brujas» (coescrito entre Derleth y Lovecraft), «El sello de R’lyeh» (Derleth), «La sombra que huyó del chapitel» (Bloch), «La iglesia de High Street» (Campbell) y una pieza en español: «Con la técnica de Lovecraft», del gran Juan Perucho.

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Una de las portadas que tuvo el volumen antes de la última edición de 2011. Esta en concreto pertenece a la de 1999. Lo tuve durante muchos años, hasta que se lo regalé a una persona muy especial

Personalmente, tuve la suerte de toparme con este libro cuando tenía diecisiete años. Por entonces era un adolescente friki y enfebrecido por la literatura de terror, y siempre ávido de descubrir nuevos autores y corrientes literarias (es decir: lo mismo que soy ahora, pero con algunos años menos). Tenía escritos unos cuantos relatos y soñaba con escribir novelas de terror, pero se puede decir que todavía estaba a la búsqueda de la epifanía que sólo tiene lugar cuando encuentras ese libro que sientes que ha sido creado especialmente para tus ojos. Y ese libro apareció. Y desde entonces no sólo se afianzó mi amor incondicional por el horror literario, sino que me convertí en enfermo de Lovecraft. Recuerdo que el embrujo fue instantáneo, y el hechizo que el universo lovecraftiano ejerció sobre mi ánimo lector perdura hasta estos días, y creo que ya nunca me abandonará. Por eso estoy convencido de que el trabajo de Rafael Llopis fue fundamental para que ese entorno barroco, sobrecargado y voluptuoso no me resultara abrumador y no me espantara, como me consta que le ha ocurrido a muchos lectores que, por no haber tenido la suerte de toparse con este volumen en primer lugar, han intentado adentrarse en los mundos de HPL por caminos un tanto más ríspidos y tortuosos (como por ejemplo quienes intentan empezar a leerle con En las montañas de la locura, lo que constituye un auténtico suicidio intelectual). Así, cuando en charlas y conferencias me preguntan por dónde es conveniente empezar a leer a Lovecraft, siempre recomiendo este impagable volumen de Alianza. Contiene los relatos fundamentales para enamorarse de la literatura del maestro, pero también todos aquellos precedentes que nos allanan el camino y nos ofrecen, además, momentos de impresionante narrativa.

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Esta portada corresponde al volumen que cayó en mis manos un afortunado día del año 2000, cuando tenía diecisiete años. Lo pillé en una librería de viejo de Buenos Aires, y desde entonces, el embrujo se ha mantenido…

Hoy, que estamos tan cerca de la Noche de las Brujas y del Día de los Difuntos, quería rendir homenaje al que para mí es el libro de terror por antonomasia en el ámbito editorial español. Un libro que, como digo, vio la luz en 1969, pero cuya magia imperecedera ha cautivado a tantos lectores que ha seguido reeditándose hasta nuestros días. Yo lo he tenido con distintas portadas y formatos, lo he regalado numerosas veces a amigos y personas especiales, y suelo volver a comprarlo cada cierto tiempo, cuando ya el uso y el abuso lo ha vuelto deshojado e impracticable. Pero siempre tengo mi ejemplar a mano, como mi libro de cabecera particular. Vuelvo a él cada año, y es una de mis referencias infaltables en la elaboración de conferencias, clases para el taller de escritura creativa y textos de no ficción, ya que posee un impresionante aparato bibliográfico. Encontrarlo supuso para mí un momento clave, y marcó un antes y un después en mi existencia lectora. Sí, todos tenemos un libro especial. Y en mi caso, este es el libro que, cuando apenas era un adolescente, cambió mi vida para siempre…

 

Las ratas asesinas de Herbert

Me dispuse a leer Las ratas, el debut literario de James Herbert, con la premisa de que era la última oportunidad que le daba al autor inglés. Si visitas este blog con asiduidad (o si tienes la mala suerte de conocerme en persona) sabrás que me apasiona el terror y que me he formado un amplísimo panteón de autores del género a los que admiro y venero desde hace años. Por lo general, no hay nada que me haga sentir con más fuerza la esencia de mi profesión que un buen relato o una buena novela de terror. Es algo que va más allá de la condición inapelable de escritor: tiene que ver con esas parcelas de la vida que, sin que exista explicación alguna, despiertan nuestra pasión. Y el terror es, en mi vida y en mi carrera literaria, la principal de ellas. Pero el tema es que nunca me había llevado bien con este autor. Leí hace muchos años Sepulcro, una novela escrita hacia la mitad de su carrera (1987), y la verdad es que me decepcionó bastante. Nunca supe si se debía a lo prosaico de su argumento o a la zafiedad general de su estilo. Se trataba, eso sí, de una novela un tanto desagradable y bastante aburrida. Decidí probar suerte con Herbert hace cosa de un año con Entre los muros de Crickley Hall, su penúltima novela, de 2006, toda vez que siempre me han fascinado las historias sobre casas encantadas. Una obra interminable, mustia y poco interesante, y en la que me sorprendió sobremanera la abundancia de ingenuidades retóricas y personajes con muy poco fondo que pululaban entre sus más de seiscientas páginas. Digo que me sorprendió porque, al escribirla, Herbert ya era un autor mucho más que maduro. Finalmente, hace poco más de una semana me hice con un ejemplar de Las ratas, la novela que le lanzó al estrellato en 1974. Hablando con sinceridad: la pillé porque me sentí cautivado por la maravillosa edición que ha hecho La Biblioteca de Carfax, una editorial joven y audaz de la que alguna vez me gustaría hablar un poco más en este blog. Las ratas era el número 1 de su colección, y pensé que qué mejor ocasión de empezarla que otorgándole una nueva (y última) oportunidad al bueno de Herbert…

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Las ratas, de James Herbert. Madrid, La Biblioteca de Carfax, 2017. 256 páginas

Lo cierto es que me he llevado una nueva decepción. La idea de partida no es mala (la proliferación de una nueva especie de rata mutante carnívora, asesina, arrojada y muy inteligente, que empieza a pulular entre las alcantarillas y las zonas húmedas del East End londinense), pero el problema es que Herbert pasa casi de puntillas sobre todo elemento estructural de interés en la trama, desperdigando entre las páginas una serie de escenas truculentas con los roedores como protagonistas, pero sin que el argumento, raquítico y poco consistente, acabe de afianzarse en ningún momento. La estructura me ha parecido endeble y muy poco trabajada: los capítulos comienzan contándonos la existencia y los avatares de algunos personajes (planos, muy estereotipados), para acto seguido hacerlos sucumbir bajo la voracidad de las ratas asesinas. El autor plantea los escenarios de conflicto no desde la perspectiva del horror sobrenatural o inexplicado de unos animales mutantes, sino desde el enfoque que brinda ese personaje del que nos ha brindado un largo introito, un preludio a modo de Currículum Vitae que, finiquitado el personaje media página más tarde, termina siendo totalmente intrascendente. Herbert permite sobrevivir sólo a uno de sus protagonistas tras estos curiosos preámbulos: el profesor Harris, cuya sensibilidad termina arrastrándole a formar parte de un comando del gobierno (inverosímil desde todo punto de vista) para exterminar a las ratas de la ciudad.

Herbert acierta en alguna que otra descripción macabra, y puede que algunos de los pasajes (el ataque de las ratas al andén de una estación ferroviaria, o quizá la secuencia del cine) estén más o menos conseguidos, pero lo cierto es que la historia discurre de manera ramplona, con un vocabulario de lo más básico, y cayendo en muchísimos y muy manidos clichés, como la visita de la pareja protagonista a una casa de campo (con coito en una pradera desolada incluido), o el más que asumido encierro en un coche a merced de una horda de roedores voraces. Sí es cierto, claro, que la novela se lee muy fácil, casi de una sentada, pero cuando estás a la búsqueda permanente de nuevos recursos expresivos para el horror literario o mantienes el anhelo de que, al menos, te sorprendan con una historia original o un tratamiento audaz de la materia, este tipo de novelas facilonas y enclenques terminan decepcionándote de forma irremediable.

Quiero destacar, a pesar de la mediocre talla de la pieza literaria, el magnífico trabajo de la editorial, que nos ofrece una preciosa encuadernación con solapas y una portada más que atractiva. Ojeando un poco el resto de su catálogo, es justo decir que están llevando a cabo una labor muy prometedora, publicando títulos realmente complicados de conseguir, u obras que hasta ahora nunca habían sido traducidas a nuestro idioma. Se trata, sin duda, de un sello al que habrá que seguirle la pista.

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James Herbert (1943-2013)

Si de repente dudas de este comentario, puedes hacerte con un ejemplar de Las ratas y juzgar bajo tu propio criterio los parámetros del horror y el desarrollo de la historia que Herbert manejó en esta, su primera novela, que vendió cien mil ejemplares durante las tres primeras semanas y que le consagró como el autor de terror más exitoso del Reino Unido (a pesar de verdaderos colosos británicos del género como Peter Straub, Clive Barker o Ramsey Campbell, en mi opinión infinitamente superiores). Quería dar mi veredicto aquí sobre esta novela, y ya sabes que no me gusta mentirte. Por mi parte, es muy improbable que vuelva a dar otra oportunidad a Herbert. Este género tiene demasiadas obras maestras y, por desgracia, el tiempo de que dispongo para leerlas es limitado…, aunque a veces no me lo parezca.

Botas

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Llevaba tiempo planeando comprarse unas, pero nunca se imaginó que aquel par de botas de montaña le hicieran sentir tan poderoso. Corpulento por naturaleza, siempre había creído que sus pies debían estar no sólo bien enfundados y protegidos contra las calamidades de la intemperie, sino también cubiertos por un calzado que hiciera honor a su tamaño e imponencia física. Estas eran de marca, impermeables, un poco rústicas. No eran elegantes, a decir verdad, pero al ponérselas se sintió invadido por una especie de frenesí asesino, un indescifrable afán de destrucción que, por algún motivo, sabía que estaba relacionado con el embrujo que aquel calzado despertaba en él. De repente se sentía más alto, más pesado, más fuerte. Más poderoso.

El rostro anonadado del dependiente le hizo comprender que no se trataba de una ilusión o de una engañosa impresión interna. Era algo real… Sintió de pronto que el techo de la tienda estaba más cerca de su coronilla, y que su ropa empezaba a apretarle, sobre todo los pantalones. Un ligero crujido de tela desgarrada le llevó a pensar que su camisa se estaba deshilachando. También la chaqueta de piel que llevaba puesta. Toda su ropa estaba sufriendo el colapso de su monstruosa e inexplicable metamorfosis.

Toda, menos las botas, que parecían readaptarse al tamaño creciente de sus pies.

Pagó el par de botas a toda prisa y salió del local dando grandes zancadas, al tiempo que se agachaba para atravesar la puerta. Para cuando llegó a la acera se había convertido en un espantoso y abominable gigante desnudo que sacudía el pavimento y resquebrajaba el cemento de las calles con cada paso.

Un poco antes de llegar a la esquina comenzó a sembrar el pánico en la ciudad, pisoteándolo todo con sus botas nuevas.

El Golem: mito y novela

De entre las piezas narrativas que jalonan la literatura de terror en los comienzos del siglo XX sin duda El Golem, la obra maestra de Gustav Meyrink, es un ejemplo vivo de cómo el arte de la novela es capaz de revivir y moldear los elementos de la leyenda y readaptarlos a sus necesidades narrativas. Prototipo clásico de novela sobre el mito creativo, hermana pequeña de Frankenstein y, además, pieza literaria de múltiples y muy variadas lecturas, El Golem cosechó un éxito sin precedentes en la literatura germánica de principios de siglo; esto se debe en parte a que la arriesgadísima estructura de la novela y su caótico argumento forman un conjunto embriagador que produce una especie de hipnosis en el lector, atrapándole irremediablemente en el dédalo de callejuelas y casas derruidas del gueto de Praga en el que se desarrolla la acción. Tomando los elementos fundamentales del mito, Meyrink crea una novela monumental e imperecedera.

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El Golem, de Gustav Meyrink. Madrid, Valdemar, 2014. 352 páginas

Hablemos un poco del mito en sí, que se remonta hasta la edad media del judaísmo y que está basado en diversos elementos de la Cábala. Según la leyenda, Rabbi Judah Loew (1520-1609), conocido como el «Marahal de Praga», era un destacado talmudista, místico judío y filósofo que ejercía como rabino en Praga, la por entonces principal ciudad de la región de Bohemia (hoy, capital de la República Checa). A este místico se le atribuye la creación del Golem, un ser animado fabricado a partir de materia inanimada (barro, arcilla o elementos similares). El mito sostiene que Loew dio vida al Golem para proteger al gueto de los ataques antisemitas, así como para llevar a cabo el mantenimiento de la Sinagoga Alteneuschul («Vieja-Nueva»). El Golem, por definición, carece de alma, y tan sólo es una réplica en vida artificial de la figura humana. Como espejo de la creación de Adán (también insuflado de vitalidad por un Creador a raíz de una figura de barro), el Golem cuenta con fuerza, pero no con inteligencia. El demiurgo puede ponerlo en funcionamiento metiéndole un papel con la orden escrita en la boca, detrás de los dientes, o inscribiendo en su frente la palabra hebrea Emet (Verdad). Para desactivarlo, el creador debe borrar la primera letra E de la frente, dejando entonces el vocablo Met (Muerte en hebreo), con lo cual el Golem vuelve a ser una inocua e inerte masa de barro. En todo caso, el acierto de Meyrink consiste en asirse a unos elementos muy concretos del mito, principalmente a la sentencia que recoge Gershom Scholem en su libro La Cábala y su simbolismo, según la cual el Golem es una figura que cada treinta y tres años aparece en la ventana de un cuarto sin acceso en el gueto de Praga.

Tomando este antecedente como base fundamental de su discurso narrativo, Meyrink elabora una subyugante novela sobre la identidad y la personificación del ser, y en la cual las tribulaciones de su protagonista, el cortador de gemas Athanasius Pernath, devienen en la problemática universal sobre la eclosión del lado oscuro de la personalidad humana. Al mismo tiempo, la extrapolación del drama al microuniverso del agobiante y laberíntico gueto de Praga da forma a una reflexión sobre la conciencia colectiva de los pueblos y la alienación social. El Golem es el doble, el mismo Doppelgänger desde siempre tan querido a la literatura germánica, pero al mismo tiempo es esa figura que encarna a los autómatas humanos que conforman la sociedad moderna. Meyrink establece un marcado mensaje de pesimismo vital con esta analogía, efectuando un retrato de personajes torturados por la miseria, la enfermedad y el encierro espiritual. En cuanto al drama personal, queda retratado a través de la voz en primera persona de Athanasius Pernath, un hombre que no recuerda su pasado y que se siente perseguido por el fantasma de una locura de la que todos sus allegados le hablan. Inmiscuido de forma involuntaria en los asuntos turbios que tienen su origen en los recodos del gueto, Pernath trabará relación con seres abyectos y mal encarados, al mismo tiempo que entre los callejones y las tiendas de la oscura judería de Praga se eleva un rumor de demencia creciente, pues el Golem ha sido visto en esa ventana del cuarto inaccesible en donde la leyenda le ubica una y otra vez…

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Fachada occidental de la Sinagoga Vieja-Nueva de Praga, donde, según el mito, Rabbi Judah Loew creó el legendario Golem

La cadena de pensamientos y reflexiones del protagonista, plasmadas mediante un texto depurado e impecable, se torna intencionadamente caótica y alambicada a causa del misterio mismo que sostiene la existencia de Pernath. Si el Golem es una figura ilusoria y sin autonomía, al tiempo que sin pasado y sin alma, ¿qué seguridad puede tener Pernath de no ser él mismo una encarnación de esa efigie de barro a la que un demiurgo (en este caso representado en el archivero del gueto, un hombre sabio y de cualidades casi mesiánicas) ha insuflado vida? ¿Cómo podemos no poner en duda nuestra imagen reflejada en un espejo? ¿Cómo es posible que la problemática de la propia identidad no nos conduzca a una locura irremediable? Meyrink pone esta y muchas otras cuestiones en boca del protagonista, arrastrando en sus reflexiones al lector. El aire eminentemente kafkiano de toda la novela la emparenta con algunos de los confusos y magistrales dramas del escritor checo, aunque la temática de El Golem resulte, en muchos pasajes, mucho más violenta y escabrosa. El capítulo final, impactante y sobrecogedor, engloba una magistral resolución que eleva la entidad de la novela a terrenos que escapan a lo meramente literario; así, El Golem deviene no sólo en obra maestra de la literatura gótica, sino en objeto de análisis de diversas materias como la filosofía, el ocultismo, la Cábala, la religión o la alquimia.

De su autor, Gustav Meyrink, diremos nació en 1868 en Viena. Ejerció como banquero y financiero, pero un fraude al descubierto acabó con sus huesos en la cárcel y arruinó su carrera. En cualquier caso, pudo vivir posteriormente de su talento literario. No recibió muchos beneficios por El Golem (cometió el error de malvender la novela cuando todavía estaba inacabada, y cuando esta alcanzó un éxito considerable ya no era propietario de los derechos), pero obtuvo importantes beneficios como traductor de las obras de Charles Dickens. Su profundo conocimiento de la literatura dickensiana le permitió emular al genio británico en la descripción de las ciudades, rasgo evidente en la novela que nos ocupa. Debido a una aguda crisis existencial, Meyrink intentó suicidarse a los veinticuatro años, reculando en el último momento. A partir de entonces comenzó a interesarse por los fenómenos esotéricos, tema de gran importancia en su obra literaria. Se casó y tuvo un par de hijos, y murió en Starnberg en 1932. Su nombre pasó a la inmortalidad gracias a El Golem, en parte porque la novela, que vio la luz en 1915, fue repartida en formato bolsillo entre los soldados del frente durante la Primera Guerra Mundial.

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Gustav Meyrink (1868-1932)

Como novela de corte gótico resulta un ejercicio fascinante, y una de esas obras que involucran al lector de forma irremediable. La estructura elíptica del argumento y la arquitectura enrevesada y laberíntica del escenario (en connotación directa con los retorcidos ejercicios de reflexión de su protagonista) subyugan y provocan un desasosiego que sólo será redimido al llegar al último recodo, a esa última página en la cual, como una sombra agazapada, espera el Golem, esa figura de arcilla sin autonomía aparente que, tal vez, sea un trasunto directo de nuestra propia imagen.

Robert Blake: paradigma de intertextualidad

De los relatos pertenecientes a los Mitos de Cthulhu creo que los tres que componen el fascinante tríptico ambientado en Federal Hill, y a los que se conoce como «Ciclo de Robert Blake», son los que de forma más evidente se erigen como un símbolo genuino de lo que es la intertextualidad siempre relacionada con este tipo de relatos, piezas narrativas en las que la correlación entre los miembros del Círculo se hacía más patente. Me refiero a «El vampiro estelar», «El asiduo de las tinieblas» y «La sombra que huyó del chapitel». De los tres, sólo el segundo de ellos es obra de H. P. Lovecraft. Los otros dos, los que abren y cierran la trilogía, fueron un producto genuino de uno de los discípulos más aventajados del Sumo Sacerdote: el inigualable Robert Bloch.

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Robert Bloch (1917-1994)

Todos conocemos a Bloch como el autor de Psicosis, celebérrima novela de terror que Alfred Hitchcock convertiría en obra maestra del cine en 1960, pero Bloch es también uno de los escritores de terror más destacados del siglo XX y el puente directo, junto con Richard Matheson, entre la generación que formó el Círculo de Lovecraft y los autores del género que surgieron después, con Ramsey Campbell y Stephen King a la cabeza. De hecho, Bloch fue el más joven y probablemente el más querido por Lovecraft de entre los miembros de aquella maravillosa cofradía. Su presencia entre las nuevas generaciones le convirtió no sólo en una leyenda literaria, sino también en una especie de apóstol Pablo de la religión lovecraftiana. La veneración de Bloch por el maestro era, como fácilmente podemos imaginar, ilimitada. Hasta tal punto que ideó un relato en el que se permitía «matar» a un personaje directamente inspirado en Lovecraft, pero antes de ponerse a ello solicitó el permiso del Solitario de Providence. La respuesta de H. P. L. fue la siguiente:

A quien pudiera interesar:

Certifico que el señor Robert Bloch, de Milwaukee, Wisconsin, EE.UU.,
reencarnación de Mijneheer Ludvig Prinn, autor del De Vermis Mysteriis,
queda plenamente autorizado para retratar, matar, aniquilar, desintegrar,
transfigurar, metamorfosear o maltratar al abajo firmante
en el cuento titulado «El Vampiro Estelar».

Firmado,
H. P. Lovecraft

Tan genial como siempre, ¿no te parece? Lo cierto es que Bloch se lanzó a la redacción del relato «El vampiro estelar» (“The Shambler from the Stars”), que nos cuenta la llegada del narrador (del que no se menciona su nombre) a Providence, en visita a un corresponsal del que tampoco sabremos su denominación, pero que por su descripción física y costumbres resulta ser un trasunto del propio Lovecraft. La historia se desarrolla en torno al misterio que suscita el volumen que H. P. L. menciona en su nota de autorización: De Vermis Mysteriis (Los Misterios del Gusano), uno de los tantos grimorios o libros prohibidos que pueblan la literatura de los Mitos. A raíz de una serie de invocaciones y conjuros, el residente de Providence convoca la presencia de una fuerzas invisibles que, a posteriori, terminarán por encarnarse en una especie de parásito estelar invisible. El clímax final se desenvuelve con gran tensión hasta alcanzar un desenlace verdaderamente espeluznante. Es digna de admirar la imaginería desatada y la descarnada violencia de las escenas finales, en las que un jovencísimo Bloch se muestra como un narrador audaz y sumamente arriesgado. Con todo, y pese a la gran entidad del relato, hay que se decir que probablemente su calidad esté un peldaño por debajo de la que atesoran las otras dos obras que componen el tríptico. «El vampiro estelar» vio la luz en Weird Tales, en el número de septiembre de 1935.

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Weird Tales. Número de septiembre de 1935, donde fue publicado por primera vez «El vampiro estelar», de Robert Bloch

Pero la cosa se pone realmente interesante cuando, dos meses después de publicar Bloch este relato, Lovecraft le devuelve la pelota escribiendo la continuación de la historia. Hablamos de «El asiduo de las tinieblas». Este relato, titulado en inglés “The Haunter of the Dark”, ha sido publicado en castellano bajo diversos títulos («El huésped de la negrura», o en ocasiones «El morador de las tinieblas»; en todo caso, la traducción más fiable es la de Francisco Torres Oliver). Más allá del ingenioso quid pro quo que Lovecraft establece con su amigo Bloch, el hecho trágico-simbólico es que nos encontramos ante el último relato de H. P. Lovecraft, con todo lo que eso significa. Es justo decir que aunque los orígenes de la trama son atribuibles a Bloch, la perfecta construcción narrativa del relato y su atmósfera angustiante y enfermiza representan un magnífico corolario a una carrera literaria asombrosa. En esta narración, Lovecraft otorga por fin un nombre al hasta ahora anónimo narrador de «El vampiro estelar», y no tiene mejor idea que llamarle Robert Blake. Y ya que Bloch le ha «matado» en su relato, H. P. L. se encarga de brindar al bueno de Blake un horripilante deceso frente a la ventana de la posada en la que se hospeda, mientras contempla a ese «huésped de la negrura» que ha huido desde lo alto del chapitel de la iglesia de Federal Hill, donde ha morado desde tiempo inmemorial.

Este relato es uno de los mejores que escribió el maestro durante su etapa final, ambientado en una atmósfera histérica y supersticiosa, y poblado de inmigrantes agoreros y aprensivos. Lovecraft efectúa una especie de juego detectivesco que articula a la perfección con el misterio que envuelve a toda la trama. El joven Robert Blake, escritor y poeta, se traslada a Providence tras la espeluznante muerte de su amigo (la que se narra al final del primer relato). Una vez allí, se siente cautivado por las vistas a las que tiene acceso desde la ventana de su estudio, y especialmente por la presencia de la cúpula ennegrecida de una iglesia ancestral y abandonada. Medio hipnotizado por el misterio, acude al templo en ruinas y descubre allí los restos de un periodista que, años atrás, también ha indagado en la incógnita y que, al parecer, ha encontrado un horrible desenlace. Pero además del cadáver del periodista, Blake hará un descubrimiento aun más importante: el Trapezoedro Resplandeciente, un amuleto mediante el cual invoca, de forma involuntaria, a la criatura mitológica que anida en la penumbra impenetrable del chapitel. Ante los sucesivos cortes de energía eléctrica que se producen en las cercanías de Federal Hill, Blake inicia la desesperada redacción de un diario, al tiempo que los supersticiosos habitantes del pueblo se reúnen en torno a la iglesia portando velas y lumbres para, de esta forma, impedir que la criatura escape a través del manto de oscuridad. La muerte de Blake, anunciada casi desde el principio, supone uno de los momentos más álgidos de toda la literatura de terror del siglo XX. Lovecraft escribió «El asiduo de las tinieblas» en tan sólo cuatro días (entre el 5 y el 9 de noviembre de 1935), y el relato vería la luz un año más tarde, en la edición de diciembre de 1936 de Weird Tales. Tres meses después, el Abuelo se nos iba de este mundo hasta los confines cósmicos. Huelga aclarar que esta obra maestra de Lovecraft es el mejor de los tres relatos. Evidencia una construcción minuciosa, un manejo insuperable del suspense como motor narrativo y posee, como de costumbre, unas descripciones absolutamente magistrales.

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Weird Tales. Número de diciembre de 1936, donde fue publicado por primera vez «El asiduo de las tinieblas», de H. P. Lovecraft. Obsérvese que en este tomo de la revista se publicó también la maravillosa novela corta de Robert E. Howard El fuego de Asurbanipal

El asunto bien podría haber acabado aquí, con este fascinante tête à tête entre alumno y discípulo, pero es entonces cuando Robert Bloch decide dar una vuelta más a la tuerca sacándose de la manga un tercer episodio, titulado «La sombra que huyó del chapitel» (“The Shadow From the Steeple”). Y aquí, hay que decirlo, el autor de Chicago perpetra una absoluta genialidad, uno de los relatos más terroríficos y sobrecogedores de todos los que surgieron en el seno del Círculo de Lovecraft. Muerto Blake en el episodio anterior, en este caso el protagonista es Edmund Fiske, de Chicago, Illinois, quien acude a Providence para intentar desentrañar el misterio en torno a la muerte de su amigo Robert Blake. Y lo hace recién en 1950, es decir, quince años después del incidente, por diversos motivos que se narran con gran detalle en el relato. En esta obra Bloch rompe con gran habilidad narrativa la epidermis que separa la realidad de la ficción, convirtiendo en arte macabro un soberbio juego de intertextualidad. H. P. Lovecraft es ahora uno de los personajes del relato, un escritor retraído de Providence en cuyas obras Fiske cree poder seguir un rastro que le conduzca hasta la resolución del misterio. Así, personas reales y ficticias combinan sus esencias ontológicas en la urdimbre del relato, dotándolo de un aparato de realidad verdaderamente asombroso. Hay que decir que Bloch escribió esta pieza en 1950, es decir trece años después de la muerte de Lovecraft, y cuando ya se había convertido en un narrador maduro y consagrado. Lo cierto es que esta consolidación estilística se deja ver en la construcción del relato, que empieza con una muy apropiada y necesaria recapitulación de todo lo que ha acontecido en los dos episodios anteriores. Fiske regresa a Federal Hill persiguiendo al doctor Ambrose Dexter, el médico que certificó la muerte de Blake y quien supuestamente se deshizo limpiamente del Trapezoedro Resplandeciente. El doctor Dexter no solo es la llave para acceder al misterio, sino que es el único que queda con vida de entre quienes se vieron involucrados en la muerte de Blake. El problema es que Fiske no encuentra sino unos pocos vestigios de la pesadilla, aunque finalmente, y cuando consiga dar con el doctor Dexter, descubrirá que el horror no ha acabado ni mucho menos, y que la criatura que huyó del chapitel está más viva que nunca.

Quisiera destacar el impresionante combinado de material literario que Bloch pone en práctica durante el desarrollo del relato, asiéndose no sólo a las premisas que dieron forma a los dos episodios anteriores, sino también a muchas otras referencias a relatos de Lovecraft que resultan muy interesantes como ingredientes narrativos en la resolución de la trilogía. Especial interés tiene la utilización de los versos del poema Nyarlathotep, publicado en 1931. Se trata del soneto número 21 del poemario lovecraftiano Hongos de Yuggoth, y dice tal que así:

 

Y el fin vino del interior de Egipto

el extraño Oscuro ante el que se inclinaban los fellás;

silencioso, descarnado, enigmáticamente altivo

y envuelto en telas rojas como las llamas del sol poniente.

A su alrededor se apretaban las masas, ansiosas de sus órdenes,

pero al marcharse no podían repetir lo que habían oído;

mientras por las naciones se propagaba la pavorosa noticia

de que las bestias salvajes le seguían lamiéndole las manos.

 

Pronto comenzó en el mar un nacimiento pernicioso;

tierras olvidadas con agujas de oro cubiertas de algas;

se abrió el suelo y auroras furiosas se abatieron

sobre las estremecidas ciudadelas de los hombres.

Entonces, aplastando lo que había moldeado por juego,

el Caos idiota barrió el polvo de la Tierra.

 

La forma en la que Bloch se aprovecha de la connotación eminentemente oscura de estos versos y cómo los utiliza con fines narrativos evidencia la maestría que sus habilidades literarias habían alcanzado por entonces. El lector se encontrará en las postrimerías de este relato, y por ende de la trilogía, con un final verdaderamente aterrador, muy impactante por la correctísima utilización de todas las premisas y los antecedentes que fueron jalonando todo el corpus narrativo del ciclo.

Estos tres relatos se pueden encontrar en muchas antologías de diversas editoriales, pero creo que la forma más adecuada de leerlos es entre las páginas 243 y 312 del libro Cthulhu. Una celebración de los mitos, editado por Valdemar en 2004 y reeditado por la misma editorial en 2015, en su colección Gótica. Allí los puedes encontrar, uno detrás del otro, en una inteligentísima seguidilla.

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Cthulhu. Una celebración de los mitos, de H. P. Lovecraft y otros. Madrid, Valdemar, 2015. 704 páginas

Los Mitos de Cthulhu siempre han mostrado tendencia a jugar con la intertextualidad, haciendo realidad la premisa de su inspirador, H. P. Lovecraft, de que la vida a través de la literatura podía servir no sólo como catalizador de las inquietudes existenciales más profundas de sus autores, sino como un juego, un divertimento exteriorizado a través del arte literario. Y creo que el «Ciclo de Robert Blake» ha resultado ser el paradigma supremo de esta dinámica de ida y vuelta entre corresponsales, autores, amigos, personajes, libros prohibidos, leyendas vivas y mitos paganos. La lectura conjunta de estas tres narraciones magistrales nos sumerge de lleno en el oscuro universo lovecraftiano y en la esencia de una de sus más célebres criaturas.

Por hoy hemos terminado, pero no olvides dejar las luces encendidas. Recuerda que la oscuridad es la morada preferida del asiduo de las tinieblas, ese al que las bestias se acercan para lamerle las manos…

Los caminos del terror

Una de las misiones primordiales de la literatura consiste en transmitir sentimientos, y la literatura de terror en particular no cumpliría sus bases artísticas si no consiguiera, mediante sus resortes expresivos, contagiar al lector de la sensación de desasosiego que solo provoca el terror como sentimiento primordial, inherente a la condición humana. Justamente por eso, hoy vengo a invitarte a un encuentro que celebraremos el próximo viernes 27 de abril, a partir de las 18.00 horas, en Vecindario, en el marco de la propuesta El sonido de la tinta, el 2º encuentro de jóvenes autores de relatos cortos y poemas. La idea consiste en compartir nuestras inquietudes como lectores adeptos al terror, e intercambiar pareceres y opiniones respecto a qué escenarios, personajes, atmósferas y monstruos iconográficos del género nos despiertan de forma palmaria este sentimiento tan particular. También debatiremos acerca de los distintos modos de exponer, mediante la palabra escrita, las constantes del género. El vampiro, la bruja, el licántropo y el muerto viviente; el asesino serial; el revenido; el ente multiforme; la mutación nuclear; el pegajoso e inasible horror psicológico; la atmósfera enferma y contaminada por la entidad innominable… Nos proponemos abarcar todas las vertientes del género, planteando ejemplos concretos basados en los escritos de los grandes maestros, clásicos y contemporáneos, con el objetivo de explorar todos los posibles caminos del terror. Y, por supuesto, espero contar contigo para que me acompañes en tan señalado evento.

caminos del terrorEl principal atractivo de este encuentro es que tú eres el protagonista, ya que, basándonos en las conclusiones a las que arribemos tras el debate, nos proponemos explotar la imaginación de los asistentes mediante una actividad dinámica y creativa, y que pondrá a prueba tu capacidad para elaborar relatos en frío. Se trata de entregarte el comienzo de un relato de terror característico (redactado por mí, en este caso) y que tú mismo, eligiendo los caminos que prefieras y elaborando la atmósfera que creas conveniente, lo continúes por tu propio derrotero narrativo, dando forma a un cuento con introducción, nudo y desenlace. El objetivo final de esta actividad se prolongará hasta el turno de lectura, donde tendrás la oportunidad exponer tu relato a los demás.

No me digas que te lo vas a perder… No, estoy seguro que no. Te dejo aquí toda la información para que puedas inscribirte. No dejes pasar esta oportunidad de adentrarte en los caminos del terror, de dónde quién sabe cómo y de qué manera lograremos salir…

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«Cantos de Locura y Horror», o cómo logré colarme en el Círculo de Lovecraft

Desde que me dedico a la escritura, por regla general he rehusado participar en antologías. No es que me hayan convocado a muchas, la verdad, y tampoco es que tenga nada en especial en contra de los trabajos corales, pero siempre he preferido llegar a los lectores a través de mis propios libros, siendo consciente, no obstante, de que esta especie de reclusión podía hacerme perder visibilidad. Pero si hay un factor que me puede hacer cambiar de parecer ―en esta y en un montón de otras cuestiones―, ese es H. P. Lovecraft. Creo que ya te he hablado del autor de Providence lo suficiente como para que sepas de mi fanatismo religioso hacia él, y de lo que representa su obra y su influencia en mi realidad literaria. Por eso, cuando Ginés J. Vera propuso mi nombre para participar en una antología que estaba organizando Beatriz T. Sánchez en torno al autor de Providence, no pude sino sentirme privilegiado y lanzarme con absoluta pasión a la redacción de un relato lovecraftiano que, la verdad, me andaba rondando desde hacía tiempo.

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La experiencia fue maravillosa. En la conferencia que impartí hace cosa de un año y medio comenté que mi segundo sueño, después de ver cumplido el primero de convertirme en escritor, era el de pertenecer al Círculo de Lovecraft, sueño que daba por imposible toda vez que nunca imaginé que se relacionaría mi nombre con el de este genio inalcanzable. Además, muchas veces había puesto cortapisas a su influencia sobre mi estilo, intentando no emularle demasiado cuando mis ansias creativas, en realidad, me empujaban por esos derroteros de forma irremediable, como si se tratara de una de las maldiciones atávicas tan propias de sus escritos. En este caso, la idea en el homenaje era justamente esa: la de dar rienda suelta a todo ese caudal de admiración acumulado a lo largo de años de lecturas, relecturas y absoluta devoción hacia el autor.

Así fue como nació, entonces, «La Morada de los Dioses», el relato que presenté a la antología. Y, junto con el maravilloso trabajo de otros diez fieles apóstoles del solitario de Providence, se fue dando forma a esta antología llamada Cantos de Locura y Horror, y que gracias a la diligencia y profesionalidad de Wave Books está hoy entre nosotros, disponible tanto en formato físico como en digital. La antología reúne once estupendos relatos de corte absolutamente lovecraftiano que enmarcan, además, toda la variante estilística y la heterogeneidad temática de la que hizo gala el gran maestro. En las páginas de la antología se desprende la influencia tan marcada que el autor ha ejercido sobre todos nosotros en sus diferentes épocas, y quien se adentre en estos relatos tendrá acceso a mucho de lo que conceptualmente nos ha ofrecido este autor irrepetible. Se trata de un compendio sumamente equilibrado, con todas las vertientes de horror fantástico que caben esperar: la maldición atávica, el misterio cósmico, la civilización desconocida y antediluviana, la degeneración genética… Todo aquello que ha convertido a H. P. Lovecraft en esa deidad literaria a la que uno no se cansa de rendirle abluciones.

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Sin que sea mi intención extenderme mucho más, creo que es justo dar las gracias a todos aquellos que han hecho posible que cumpliera este sueño. En primer lugar, a mis compañeros, a los diez autores que me acompañan en el índice de esta antología: Andrés Díaz Sánchez, Beatriz T. Sánchez, David Mateo, Diego Capalvo Sousa, Esteban Dilo, Jorge P. López, Milos de Azaloa, Nieves Guijarro Briones, Rafael Lindem y Xuan Folguera. Por razones de índole geográfica, no tengo la suerte de conocerles personalmente, pero sí la he tenido de leerles y de comprobar el inmenso caudal de talento literario que pulula por toda España. Ha sido un verdadero placer, compañeros, formar parte de este proyecto con vosotros. También quiero agradecer especialmente a Ginés J. Vera por el magnífico prólogo que antecede a los relatos y, desde luego, por pensar en mí cuando surgió la idea de la antología. También a Jorge Avellana Parra, por la excelente y sugerente ilustración de portada. Por último, pero no menos importante, a la editorial Wave Books, por arriesgarse con este proyecto y por lanzarlo al mercado. El resultado evidencia el buen hacer y la gran profesionalidad de esta editorial joven y pujante que tanto está haciendo por nuestro amado género.

Es posible que haya eventos relacionados con esta publicación. Todavía no están confirmados, ni tampoco tengo clara cuál será su naturaleza, pero ten por seguro que te mantendré al tanto de todo lo relacionado con esta maravillosa antología gracias a la cual, reptando como una criatura tentacular, he conseguido finalmente colarme en el Círculo de Lovecraft.

Aquí te dejo los enlaces para que, sin más dilación, puedas pillar el libro en tu formato preferido:

Cantos de Locura y Horror (Formato papel)

Cantos de Locura y Horror (Formato digital)

“La mirada de los peces”: un diálogo entre pasado y presente

Sergio del Molino lo ha vuelto a hacer. Con La mirada de los peces nos regala un fresco barroco y lo suficientemente condensado como para asimilarlo en un par de sentadas, que es lo que suelen durar sus libros entre mis manos (así ha sido durante estos últimos meses, tras leer casi de un tirón La hora violeta, Lo que a nadie le importa y éste, su más reciente trabajo). Es un escritor fascinante. Yo creo que el secreto de su literatura radica en que logra una combinación prodigiosa entre profundidad, intimismo y fluidez. Valiéndose de un vocabulario amplísimo y de una mirada entre nostálgica y cínica sobre los temas que toca, cuesta creer que se trate de un autor tan joven. Hay, en sus maneras expositivas, esa distancia analítica que solo brindan los años de experiencia, como si dentro de ese lenguaje, profuso y cercano a la vez, se escondiera un veterano curtido en mil batallas, tanto en la vida como en la literatura.

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“La mirada de los peces” (Barcelona, Literatura Random House, 2017)

Un comentario apresurado indicaría que La mirada de los peces nos cuenta la cronología de una muerte anunciada: la del profesor Antonio Aramayona, docente y amigo personal del narrador. Pero, en realidad, la novela habla sobre muchas más cosas. Es el retrato de una generación, esa que creció contemplando la barbarie de ETA y la decadencia social tan emparentada a los noventa, esa que encontró en el consumo de porquerías más o menos inofensivas la sublimación de un espíritu confuso en tiempos vertiginosos y mandibulares. Los amigos, los descampados, los conciertos, los porros y las borracheras, las ansias literarias, la incomprensión de los mayores, las gamberradas protoperiodísticas y, finalmente, esa madurez ilusoria, esa sensación de haber traspasado el umbral de la adultez que nunca termina de ser concreta, que nunca termina de ser real. De todo eso y de mucho más nos habla Sergio del Molino en este libro, jugando con una estructura de saltos en el tiempo que da forma a un maravilloso diálogo entre pasado y presente y que otorga muchísimo relieve a la narración, siempre a través de los ojos de su narrador.

Sergio del Molino es un autor que me llegó casi por casualidad. La hora violeta cayó un día entre mis manos y lo leí, con más curiosidad que expectativa. Es de esas novelas que te dejan con la boca abierta, de esas que no sabes explicar de forma palmaria por qué te han gustado tanto, especialmente tratando un tema tan espinoso, tan complicado. Poco después descubrí que el autor y yo compartíamos claustro en los Talleres de Escritura Creativa de Fuentetaja; otra casualidad. Enseguida caí sobre Lo que a nadie le importa, esta vez sí con unos niveles de expectativa bastante elevados; no me defraudó en absoluto, pues encontré una literatura igual de compleja y al mismo tiempo igual de fluida, patrón estilístico que, insisto, es lo más llamativo de su obra. Ahora, tras La mirada de los peces, apunto con letra indeleble al autor como uno de esos de los que hay que estar atento a cada publicación suya (me he saltado La España vacía, su exitoso ensayo del año pasado, sobre el que caeré en breve).

La mirada de los peces sale a la venta el 7 de septiembre (fui uno de los privilegiados a los que la editorial confió uno de los ejemplares no venales, bendita sea por siempre su existencia). Le auguro, desde luego, un fulminante éxito de crítica, tal y como lo tuvieron sus anteriores novelas. Creo que estamos ante un ejemplo más de la buena salud que goza la literatura en lengua española fomentada por un grupo de autores jóvenes, entre los que destacaría, además de a Sergio del Molino, a Patricio Pron y a Jesús Carrasco. Literatura seria, pero fresca; profunda, pero accesible, y hecha (estas cosas se notan) con devoción y respeto hacia el oficio.

Taller de Escritura Creativa: El deseo de escribir

Hoy vengo a disparar letras para anunciarte una feliz noticia: este verano estaré impartiendo dos talleres de Escritura Creativa en Fuentetaja Literaria, institución con más de treinta años de experiencia en el campo de la didáctica aplicada a la escritura creativa. El taller, que será presencial, tendrá lugar a partir del miércoles 12 de julio, en las dependencias de la Galería Manuel Ojeda (C/ Buenos Aires, 3, Las Palmas de Gran Canaria). Puedes acceder a toda la información desde la web de Fuentetaja o en Librería Sinopsis (C/ Perdomo 6, Las Palmas de Gran Canaria).

La idea del taller es motivar e incentivar a todos aquellos que sientan la nacesidad de expresarse creativamente a través de la escritura. Allí manejaremos dinámicas de grupo, horizontales, en las que primará el intercambio de ideas y de opiniones y un feedback que nos ayudará a deshinibirnos y a liberarnos de cualquier tipo de prejuicio a la hora de enseñar nuestros escritos. Se trata de un taller intensivo, de quince horas repartidas en seis sesiones, mediante las cuales abriremos el camino a la imaginación, nos adentraremos en él y llegaremos al misterioso corazón de la escritura. Así, romperemos bloqueos, estimularemos la creatividad y superaremos las barreras que dificultan la expresión literaria.

También compartiremos opiniones y debatiremos acerca de textos de autores imprescindibles que, a modo de material práctico, nos ayudarán a adentrarnos en el complejo mundo de la expresión escrita. En definitiva: un taller que busca no tanto formar a escritores profesionales (que también), sino estimular la creatividad en todos aquellos que sientan afición por la expresión escrita, por esto tan mágico y maravilloso que conocemos como “literatura”.

Si eres de los que quiere escribir y no se atreve, o si crees que te faltan herramientas, conceptos o tan sólo un empujón para lanzarte a la aventura, te espero en “El deseo de escribir: los primeros pasos en la escritura”.

NOTA: Hay otra convocatoria de este mismo taller en septiembre (haz clic aquí para acceder a la información del taller).