«El entierro prematuro»: la apoteosis del horror

Establecer una lista de relatos para una antología de Edgar Allan Poe siempre se me ha antojado una tarea imposible: ¿cómo cribar diez o doce de entre las sesenta y siete obras maestras de la narrativa breve que escribió el genio de Boston? Por suerte hubo y hay personas capaces de hacer una selección, y en la mayoría de las antologías ahí están los infaltables: «El gato negro», «El tonel de amontillado», «El pozo y el péndulo», «El corazón delator», «La máscara de la muerte roja», «La caída de la casa Usher» y algunos más. En unas selecciones se opta por los retratos de las «damas malditas», como «Ligeia», «Berenice» y «Eleonora», y otros incluyen las aventuras del investigador Dupin. No en todos aparece compilado «El entierro prematuro», unas sus narraciones más singulares y que dio origen a lo que podríamos considerar una especie de subgénero dentro de la macro-estructura del horror literario. Se lo puede encontrar, desde luego, en las ediciones de sus Cuentos completos (Alianza, Páginas de Espuma y Edhasa tienen las ediciones más recomendables), pero también en el volumen Narraciones extraordinarias que, con traducción de Mauro Armiño, publicó Valdemar en 2009 (para más señas: entre las páginas 191 y 212).

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Narraciones extraodinarias, de Edgar Allan Poe. Madrid, Valdemar, 2009. 276 páginas

«El entierro prematuro» constituye una de las cumbres del género de terror por su alusión directa a uno de los horrores más mórbidos que puede experimentar el espíritu humano: la posibilidad de ser sepultado vivo. Poe, especialista en la exploración de los temas que obsesionaban a la sociedad de su tiempo, indagó en los entresijos de este fenómeno y estableció un relato que en algunos aspectos se acerca más a una crónica periodística que a un cuento de ficción. El gran Julio Cortázar dijo de él que «se trata menos de un cuento que de un artículo». Y es que, para comprender el alcance del horror potencial inherente al desgraciado hecho de ser enterrado con vida, Poe comienza la narración haciendo una revisión de unos cuantos casos reales de entierro prematuro, a cuál más truculento y morboso. La catalepsia era un mal bastante habitual por aquel entonces, lo mismo que los casos «comprobados» de entierros antes de tiempo (utilizo las comillas porque muchos de estos casos no eran tales, ya que solían confundirse los avances de la putrefacción con los espasmos de un cuerpo vivo sepultado erróneamente). Sea como fuere, Poe tuvo el acierto narrativo de viajar hasta el fondo del horror más absoluto de sus contemporáneos planteando la historia de un protagonista cuyo máximo terror arraiga en la posibilidad de despertarse un día en un ataúd, víctima de uno de sus repetidos ataques de catalepsia. Para evitar tan desgarrador desenlace le vemos adoptar numerosas precauciones, como el establecimiento de una cerradura endeble en el panteón donde han de descansar sus restos, un ataúd carente de cierres, un avituallamiento de provisiones en el mausoleo para no morir de inanición en el caso de despertar, e incluso una cuerda con una campana instalada en lo alto del recinto fúnebre, para que cualquier allegado escuche su llamada desesperada una vez que se produzca su regreso del reino de los muertos. El cuento está impregnado de un sentimiento de paranoia y de fatalidad tan grande que, a medida que se desarrolla, en todo momento sentimos que la desgracia latente acabará cebándose sobre el personaje y que todas sus minuciosas previsiones serán inútiles. Poe, en un final verdaderamente atípico en él, muestra una regeneración casi total en el carácter del protagonista, no sin antes, desde luego, hacerle atravesar el momento más pavoroso de su existencia, y que fácilmente puedes imaginar sin que yo te lo cuente…

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Entierro precipitado, obra del pintor y escultor belga Antoine Wiertz (1854)

«El entierro prematuro» se erige en una de piedra fundacional de lo que podríamos considerar una subespecie de relato de terror basado en esta espantosa posibilidad. Cuantiosos autores han indagado en el tema casi como materia obligatoria para cualquiera que se adentre en los umbríos corredores del horror literario. El propio Edgar Allan Poe desplegó el mismo concepto en muy diversos registros, logrando relatos tan impactantes como «Berenice» (1835), «El tonel de amontillado» (1846) o, por supuesto, la que para muchos es su obra maestra definitiva: «La caída de la casa Usher» (1839), relato de una perfección insultante. Guy de Maupassant redujo el tema a su mínima expresión en su estremecedor cuento «El tic» (1884). El genio de Providence, H. P. Lovecraft, estableció con su relato «En la cripta» (1925) una asombrosa variante a la temática, logrando una de sus mejores narraciones de la llamada «Etapa gótica». Cornell Woolrich, uno de los maestros indiscutibles del suspense noir, pergeñó bajo el seudónimo de William Irish un asombroso relato llamado «Tumbas para los vivos (1937),  que narra el accionar de una oscura secta encargada de este tipo de casos. Y, si me permites que hable aquí de mi propia obra, la temática me sedujo tanto en su día que también me puse a la tarea de escribir una humilde historia sobre entierros prematuros, y que por suerte vio la luz poco después en «El caso de Heriberto Kasewski», el primero de los siete relatos incluidos en la antología Un puñado de sombras (2016). Huelga decir que la temática sigue muy viva, y que en numerosas ocasiones podemos encontrarnos con casos de enterrados vivos en la literatura y el cine contemporáneos, siendo los más populares el de la deliciosa Uma Thurman en Kill Bill, Vol. 2 (Quentin Tarantino, 2004)  y el de Ryan Reynolds en Buried (Rodrigo Cortés, 2010).

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Uma Thurman, enterrada viva en Kill Bill, Vol. 2

«El entierro prematuro» («The Premature Burial») se publicó por primera vez en julio de 1844 en el periódico The Philadelphia Dollar Newspaper, y desde entonces no ha dejado de cautivar a lectores de todo el mundo. Ha sido fuente de inspiración para muchos autores de terror, quizá porque más allá de las presencias sobrenaturales o los monstruos informes que recorren la cronología del horror literario puede que no exista un miedo más auténtico que el que suscita la posibilidad de abrir los ojos y sentir allí mismo, a centímetros de nuestra nariz y en medio de una noche eterna y uniforme, la obtusa tapa de madera y los kilos de tierra que nos hunden en el abismo de una muerte ilusoria y anticipada, para dar paso, entonces sí, al más espantoso de los desenlaces. Su trascendencia se debe sin duda a su capacidad para representar la apoteosis definitiva del sentimiento y la quintaesencia del horror como materia literaria, campo en el que el genio Edgar Allan Poe supo desenvolverse como nadie.

1 comentario en “«El entierro prematuro»: la apoteosis del horror

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