«Cumbres Borrascosas»: más allá de la novela gótica

Cuando se analiza la cronología de la literatura gótica y, posteriormente, del terror victoriano, aparecen obras inclasificables y asombrosas que sin duda marcan un punto de inflexión, especialmente debido al tratamiento tan original que hacen del tema; en ocasiones, el factor distintivo se lo otorga la inclusión en la historia de un personaje indeleble para la memoria. En el caso de Cumbres borrascosas, de Emily Brontë —novela ideal para leer en estos días lluviosos y fríos (Canarias), o azotados por una furiosa tormenta de nieve (resto de España)— nos encontramos con una novela que reúne ambas características. El resultado es una obra literaria de una intensidad emocional, espiritual y metafísica pocas veces vista.

Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë. Valdemar, Madrid, 2014. 397 páginas

Cumbres Borrascosas narra la historia de dos fincas ancladas en los desolados e inhóspitos páramos de Yorkshire (norte de Inglaterra), y de la ruina moral y física de dos familias: los Earnshaw, propietarios de Cumbres Borrascosas, y los Linton, instalados en la vecina Granja de los Tordos. Ambos árboles familiares caerán en desgracia a causa de la perversidad de un ser ruin y carcomido por el odio y el resentimiento: el mestizo Heathcliff, un niño desarraigado y de origen incierto que el señor Earnshaw adopta de pequeño, y que lleva a vivir con sus dos hijos pequeños, Catrherine y Hindley. Entre Heathcliff y Catherine se forjará muy pronto una relación obsesiva y malsana, un amor imposible que el paso del tiempo y las influencias familiares convertirán en la grotesca caricatura de una pasión incontenible. El perverso Heathcliff, rechazado por Catherine en beneficio de Edgar Linton, huirá derrotado de Cumbres Borrascosas…, pero regresará años después, dispuesto a llevar a cabo una cruenta e implacable venganza: todo su odio y crueldad se volcarán en contra de cualquier Linton o Earnshaw superviviente, hasta convertirse en el señor de ambas fincas. Así y todo, su pasión por Catherine sólo podrá ser satisfecha una vez que ambos atraviesen la barrera de la muerte.

Un aspecto muy interesante de Cumbres Borrascosas es su punto de vista. La novela está narrada en primera persona desde la perspectiva de Lockwood, un simple inquilino que arrenda la Granja de los Tordos en 1801. Una visita accidental a Cumbres Borrascosas despierta su curiosidad, y es entonces cuando entra en escena Ellen Dean, el ama de llaves, que es quien lleva la voz cantante en toda la novela, recreando la cronología de ambas familias mientras Lockwood se recupera de su enfermedad. El relato de Dean se verá salpimentado por intervenciones de otros personajes, quienes en determinados momentos también adoptarán el papel de narradores, y toda la historia se desplegará a través del testimonio de primera mano de todos los que intervienen. De esta manera, veremos que no se registran acciones objetivas desarrolladas por una visión omnisciente, sino un constante solapamiento de relatos en primera persona. Aun así, Emily Brontë maneja con enorme equilibrio esta pirámide de narradores, haciendo que la historia sea, a la vez que compleja e intrincada, perfectamente inteligible para el lector.

Los desolados páramos de Yorkshire (al norte de Inglaterra), escenario de la novela Cumbres Borrascosas. La familia Brontë también vivía en este condado, el más extenso de Gran Bretaña

La novela ofrece una oscura y atormentada visión metafísica del destino, arraigada en el deseo y la pasión de Heathcliff por su hermana adoptiva Catherine. Esta relación representa el foco central de las emociones en la narración, pero termina funcionando como causa de otras uniones, todas ellas saturadas de un apasionamiento incontenible. Discursivamente, es una de las novelas más violentas del siglo XIX: los personajes se agreden verbal y físicamente, y perpetran actos de una crueldad manifiesta, basados principalmente en el maltrato psicológico y la vejación emocional. La novela incluye flagrantes abandonos a enfermos terminales, secuestros, palizas, intentos de asesinato, humillaciones morales y hasta actos de necrofilia. Apelando a la descomposición ética y espiritual de estos rústicos habitantes de los páramos, la joven Brontë parece haberse esforzado en exagerar intencionadamente el tono y la atmósfera elegidos para narrar la novela, y el romanticismo del discurso alcanza altísimas cotas en numerosos pasajes de la narración. Esto crea una sensación estética muy particular en el lector: la historia resulta adictiva por la perfecta estructuración de la trama, mientras que la destilación puramente melodramática y la fuerza expresiva del mensaje crean escenarios narrativos muy impactantes para el lector.

La aparición del libro supuso una ruptura absoluta de los cánones del decoro que la Inglaterra victoriana esperaba y exigía a sus novelas; Emily Brontë se propuso bucear en lo más umbrío y retorcido de la conciencia humana, y articular la novela en la simbología entre las almas torturadas que la protagonizan y la hostilidad climática del entorno; los páramos yermos, desolados, lluviosos, rocosos e impracticables casi son un personaje atormentado más de esta épica tragedia, y resulta asombroso cómo la autora aprovecha estas características escénicas para conseguir, a través de la pura semiótica, circunstancias estéticas que conmueven al lector.

Emily Brontë (1818-1848)

La autora, Emily Brontë, nació en Thornton, Yorkshire, en 1818. Fue la quinta de seis hermanos, siendo muy conocidas también dos de sus hermanas por la popularidad que alcanzaron sus obras literarias Jane Eyre (Charlotte Brontë, 1847) y Agnes Grey (Anne Brontë, 1847). En agosto de 1824, las hermanas Brontë fueron enviadas al crudo internado de Clergy Daughters, en Cowan Bridge (Lancashire), de donde volvieron enfermas de tuberculosis. Las muchachas poseían una imaginación desbordante, lo cual les permitió crear un mundo ficticio que alimentaron con poesías, relatos y novelas. Fue entonces, al regresar del internado, cuando concibieron el plan de escribir una novela cada una, siendo el resultado las obras arriba mencionadas, más Cumbres Borrascosas (1847). A pesar de que las tres novelas son consideradas clásicos de la literatura inglesa, ninguna alcanzó el punto de popularidad de esta última, al menos en nuestros días. Cabe aclarar el hecho de que las tres hermanas tuvieron que publicar las novelas con seudónimos masculinos, debido a los problemas que tenían las mujeres por aquel entonces para editar sus trabajos literarios. Respetando las iniciales de sus nombres, Charlotte publicó Jane Eyre bajo el nombre de Currer Bell; Anne entregó Agnes Grey con el pseudónimo de Acton Bell; y Emily firmó Cumbres Borrascosas con el nombre de Ellis Bell. En septiembre de 1848 falleció su hermano Patrick, y en el entierro de este Emily enfermó y ya nunca se recuperó. Moriría tres meses después, el 19 de diciembre de 1848, con tan sólo treinta años.

Una lectura para disfrutar y paladear, para vibrar y asombrarse, Cumbres Borrascosas emerge como una de las historias de pasión enfermiza más intensas y mejor estructuradas del siglo XIX. La joven Emily Brontë consigue un melodrama inolvidable y entrega para la galería uno de los personajes más oscuros e implacables de la literatura: el perverso Heathcliff, paradigma del resentimiento y la obsesión, y reverso tenebrosos de los típicos héroes byronianos.

Para terminar, una cita de H. P. Lovecraft acerca de la novela en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura: «El inquietante terror de la señorita Brontë no es un mero eco de la novela gótica, sino la expresión tensa de la reacción estremecida del ser humano ante lo desconocido. En este aspecto, Cumbres Borrascosas se convierte en símbolo de una transición literaria, y señala el nacimiento de una nueva escuela, más competente». Ha hablado el maestro… ¿Qué más puedo añadir yo?

2 comentarios en “«Cumbres Borrascosas»: más allá de la novela gótica

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