Adiós, veinte-veinte

El de hoy será el último Disparaletras® del año 2020. Durante la última semana del año, y en la agonía del mes de diciembre, suele prevalecer la difusa sensación de que se cierra una etapa y comienza otra nueva, cuando lo cierto es que uno no para. Este año, quizá más que nunca, sobrevuela esa predisposición psicológica —basada principalmente en la esperanza— de que todo lo malo que ha ocurrido en 2020 se irá con él, y de que el nuevo año supondrá la superación de todos estos problemas. No quiero mostrarme ni demasiado agorero ni demasiado esperanzado. Simplemente diré: ojalá.

La medianoche que marca el límite entre un año y otro casi siempre ofrece un mínimo espacio para la reflexión. Se piensa, en ocasiones, en lo que se ha vivido durante esos doce meses, o en cómo progresarán ciertos proyectos que uno espera que encuentren continuidad en el año que empieza. También suele ocurrir que cuando uno piensa: «A ver qué nos traerá el nuevo año…», enseguida otra voz interna responde: «¿Y qué nos va a traer? Lo mismo de siempre». Ahora sabemos que esa voz nunca pudo haberse equivocado más que en lo referente a este infausto 2020 que, estoy seguro, nunca jamás olvidaremos.

Creo y siento que ni la más fértil imaginación creativa hubiera podido pergeñar semejante disparate de año, lo cual viene a demostrar una vez más lo que todos ya sabemos: que la realidad siempre supera a la ficción. Y ya no se trata de si alguna vez recuperaremos el mundo y nuestras vidas tal y como las recordamos, ya que muy probablemente ese fue el origen de todo el problema. A todo nos acostumbraremos y a todo nos adaptaremos, como siempre… Este 2020 nos ha traído un nuevo y desagradable compañero de viaje —me ahorro el nombrarlo—. Su compañía es como una mochila: condiciona nuestro devenir diario, supone una amenaza permanente, ha matado y seguirá matando gente, ha masacrado y seguirá masacrando nuestro desarrollo social… En una palabra: es como una pesadilla que no desaparece.

Bueno, ya me puse oscuro… Es deformación profesional. Vamos a intentar positivar un poco. Y es que, en lo personal, también ha sido un año complicado, con sucesos dolorosos, inesperados y cercanos a la tragedia. Sin embargo, a nivel profesional el tema no ha ido nada mal, y una vez más, como es costumbre, quisiera dedicar un pequeño espacio en este blog para agradecer a todos aquellos que lo hicieron posible. 2020 me ha permitido ofrecer a los lectores dos nuevas publicaciones: Lugares prohibidos y El Vástago del Mal. El primero, un reto que me orienta hacia un nuevo rumbo narrativo, mi propuesta para un público juvenil al que hasta ahora no había tenido acceso; el otro, el inicio de un proyecto de narrativa ambicioso y estimulante, el pistoletazo de salida de mi obra más amplia hasta la fecha. Los dos gozando de muy buena salud en el mes y medio que llevan entre los lectores. Los dos aportándome unas alegrías de fin de año con las que ni soñaba en marzo o abril. Es justo, por supuesto, el agradecimiento a todos los lectores y lectoras que se han acercado tanto a un libro como al otro, y que en tiempos donde gastar dinero se ha convertido en algo cercano a la utopía siguen apostando por este humilde Disparaletras. Este agradecimiento se hace extensivo, por supuesto, a mis editores: Jorge Liria, de Mercurio Editorial, y Verónica García Melgar y Juan Carlos Saavedra de Bilenio Publicaciones. Es obvio que sin ellos no existiría ningún lugar prohibido que visitar ni ningún vástago del mal al que dar a luz…

También quiero agradecer a todos mis alumnos y alumnas de los Talleres de Escritura Creativa por todo lo que hemos podido compartir durante este año. A todos aquellos que pusieron ganas y voluntad para adaptarse al formato videoconferencia cuando las cosas se pusieron verdaderamente complicadas, y a todos los que, tras un verano extraño y lleno de incertidumbre, volvieron a las clases presenciales en octubre con el mismo entusiasmo de siempre. También a los que se incorporaron hace poco y a todos aquellos que contratan tutorías y cuentan conmigo para su formación. Nuestras vivencias en la República de las Letras nos han permitido recordar por qué amamos tanto la creación literaria: sencillamente porque nos facilita el acceso a mundos que, muchas veces, son mucho más agradables que el nuestro, aunque sólo sea por el hecho de que son ficticios. Tenemos mucha peripecia literaria por delante, y esto, desde luego, continúa en 2021. Todo esto no sería posible, desde luego, sin la confianza que Fuentetaja sigue depositando en mí, y desde aquí un abrazo enorme a todos mis compañeros de la Academia; hemos tenido que sostener y sacar adelante una situación complicada que, en otras latitudes de España, sigue siendo inmensamente difícil. Lo estamos consiguiendo: nuestro amor y nuestra pasión por las letras lo puede todo.

Es justo también, y como siempre, enviar un agradecimiento a toda esa gente silenciosa que trabaja con ahínco y responsabilidad, y cuya colaboración resulta imprescindible para que pueda desarrollar este oficio con tanta tranquilidad y placer: agentes, representación, correctores, lectores beta, ilustradores y libreros. También a los organizadores de eventos que han contado conmigo durante este año tan complicado: es admirable el tesón y la irreductibilidad con la que han luchado para que salgan adelante los eventos culturales, viéndose, en la mayoría de los casos, pisoteados por la realidad. Algunos de estos encuentros salieron adelante y pudimos celebrarlos, aún con medidas restrictivas y todo lo demás. Otros se quedaron a medias y no hubo más alternativa que tirar de las nuevas tecnologías para llegar a los lectores y asistentes. Otros, por desgracia, debieron cancelarse del todo. Aquí no voy a hacer distinciones: desde aquí, un aplauso fuerte y de pie para todos los que pugnaron por sacar esos eventos adelante. Han sido un ejemplo de lucha y superación, y su esfuerzo sienta un precedente para este año que comienza.

También quisiera darte las gracias a ti, que frecuentas este blog y que este año me has ayudado mucho con tus visitas, comentarios y difusión; sin tu interés por las tonterías que escribo por aquí, hubiera sido imposible sacar adelante este rinconcito tan querido y tan importante para mi comunicación con los lectores y lectoras.

Finalmente, expreso mi agradecimiento final del año a los más cercanos: a mi familia, por asimilar y paliar mis agudas tribulaciones y comprender que todas mis dudas y miedos y anhelos y esperanzas vayan dirigidas hacia la misma obsesión de siempre —es algo que no puedo evitar, y lo saben… y lo aceptan, que es lo más complicado de todo—; y a mis amigos y amigas, con quienes, pese a la distancia, hemos logrado algunos momentos muy, muy especiales. Algunos del ambiente literario, otros no, han estado ahí en todo momento, compartiendo inquietudes y alucinando conmigo al respecto de todo lo que ocurría conforme avanzaban los meses.

Bueno, suficiente por hoy. Es más: suficiente por este veinte-veinte. Despidámoslo como se merece… Y estemos preparados para el que viene: ¿mejor?, ¿peor? Nunca se sabe. Este, desde luego, ha sido inolvidable y, en cierta medida, demoledor…

¡Feliz 2021!

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