Saki: el cuentista perfecto

Sin duda el siglo XIX fue de los más fecundos si hablamos de los grandes cultivadores del cuento como forma narrativa. Solo por nombrar a los más destacados, tenemos a Conrad, Stevenson, Maupassant, Poe y Chéjov. Hacia finales de siglo surge también la figura de un escritor magistral aunque no demasiado conocido, y cuyo tratamiento del cuento lo convierte en uno de los mejores autores de su generación; un cuentista perfecto que por derecho propio ha de ocupar un lugar entre aquellos otros nombres ilustres. Me refiero al inimitable Hector Hugh Munro, más conocido como Saki.

Animales y más que animales, de Saki. Valdemar, Madrid, 2011. 296 páginas

La narrativa breve de Saki se basa en un cuidado equilibrio entre fondo y forma y en una combinación milimétrica de los tres elementos primordiales con los que un autor trabaja el ritmo en un cuento —escena, descripción y resumen—. Así, sus relatos están dotados de una cadencia y de un pulso narrativo tal que en ningún momento la acción parece acelerada ni ralentizada. Valiéndose de un instinto infalible, Saki elige inmejorablemente en qué partes de su cuento aplicar la triada de elementos, consiguiendo de esta manera que la pieza sea en todo momento atrapante y sumamente agradable de leer. Por supuesto que el contenido de los cuentos es interesante y está tratado muy ingeniosamente, pero el enorme valor literario de la obra de Saki descansa sobre todo en la composición, en la aplicación de la técnica y en el pulido exhaustivo de cada uno de sus cuentos.

La temática de estos gira en torno a la burguesía inglesa de finales del siglo XIX. Criado por unas tías autoritarias y prejuiciosas, Saki destila en sus escritos su frontal aborrecimiento hacia los comportamientos impostados y la hipocresía de la clase acomodada británica, y lo hace desde el empleo del más fino sentido del humor. De hecho, quizá sus cuentos sean una de las muestras más depuradas de aquello que se conoce como «humor inglés». Irónico y mordaz, Saki arremete contra los típicos personajes infatuados que en otro momento fueron la gloria del Imperio, y que de alguna manera poblaron con su pomposidad buena parte de la literatura realista del siglo XIX. Desde una perspectiva siempre humanista, Saki ofrece un catálogo de personajes arquetípicos y despliega todas sus miserias vitales a través de secuencias de una comicidad siempre sutil, pero no menos devastadora. El humor que desprenden estos cuentos flirtea en ocasiones con lo macabro y con situaciones realmente siniestras, lo que ha convertido al autor en uno de los máximos exponentes del humor negro. Saki utiliza muchas veces a un personaje, Clovis Sangrail, como testigo ocular y participante de excepción de muchas de las historias; en ocasiones, este personaje actúa como alter ego del autor, destilando en sus declaraciones muchos de los preceptos de la filosofía vital del propio Saki.

Las tías con las que nuestro autor se crio mostraron siempre un obtuso aborrecimiento por los animales, motivo por el cual Saki exhibió un intenso amor por ellos. El lector que se acerqué a cualquiera de sus volúmenes de cuentos los encontrará muchas veces protagonizados por gatos, tigres, perros, cerdos, comadrejas, gallinas, conejos y una muy nutrida y variopinta fauna. Saki se recrea en la relación siempre especial entre los humanos y las distintas especies animales, resaltando en muchos casos la nobleza de estos sobre la mezquindad de aquellos.

En Animales y más que animales (1914) encontramos un delicioso catálogo de cuentos, de entre los cuales resulta muy complicado destacar a unos sobre otros, lo cual nos da una muestra del impresionante equilibrio de calidad y composición que todos ellos poseen. Como bien dice  Tom Sharpe —frase recogida en la trasera del volumen—: «Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado, querrás empezar otro; y cuando los hayas leído todos, jamás los olvidarás». Un efecto curioso que genera la lectura de estos cuentos es una extraña sensación de nostalgia cuando se acaba uno de ellos…, la sensación que uno ha perdido algo. Entonces el lector vuelve la página y empieza el siguiente, con la clara premonición de que no será tan bueno como su predecesor. Sin embargo, la sorpresa lo asalta cuando comprueba que es tan genial como todos los que ha leído hasta ahora. Este efecto —sin duda una reacción psicológica ante la sucesión y continuidad de las piezas—, se repite una y otra vez hasta el final del volumen. Solo por destacar unos pocos nombres del índice: «La ventana abierta», «El golpe más cruel», «El método Schartz-Metterklume», «La prima Teresa», «La tortilla bizantina», «El alce» o «La filántropa y el gato feliz», sin que esto desmerezca en absoluto la calidad del resto de los cuentos, sin duda a la misma altura de estos que menciono.

Saki (seudónimo de Hector Hugh Munro) (1870-1916)

La biografía de Saki no es demasiado pintoresca. Nacido en 1870 en Akyab (Birmania), era hijo de un inspector general de la policía birmana. Tras la temprana muerte de su madre fue trasladado a Inglaterra, donde se criaría con sus tías puritanas. En 1893 ingresó en la policía birmana, siguiendo los pasos de su padre, pero tuvo que abandonarla debido a algunos problemas de salud. Posteriormente trabajó como periodista en diversos medios gráficos de Inglaterra, labor que le permitió sobrevivir mientras escribía cuentos, ensayos y novelas. La que sí resulta pintoresca y sumamente irónica es la historia de su trágica muerte, acaecida el 14 de noviembre de 1916 durante la batalla de Beaumont Hamel (Francia), en el marco de la Primera Guerra Mundial. Según cuenta Graham Greene, momentos antes de morir se le oyó exclamar: Put that damned cigarette out! («¡Apaga ese maldito cigarrillo!»). Un segundo después, fue abatido por un francotirador. Indudablemente, un final digno de uno de sus cuentos.

Saki es un cuentista perfecto. Sus piezas recuerdan al Oscar Wilde más mordaz, y su legado se extiende como influencia directa en autores como Tom Sharpe, Roal Dahl o el propio Borges, quien lo ubica a la altura de Kipling y Thackeray. Su narrativa es un modelo absoluto de ritmo en el relato, así como de una perfecta utilización del tono y la atmósfera. Sus historias, aunque breves e incluso minimalistas, poseen tal calado que el lector difícilmente las olvidará. Animales y más que animales ofrece una muestra palmaria del inagotable talento de Saki en 296 páginas que, una tras otra, funcionan como pequeñas pero imborrables lecciones de literatura y composición.

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