Viaje nocturno

—Para el coche —dije—. Yo me bajo aquí.

Su sonrisa, cargada de ironía, volvió innecesaria cualquier aclaración. Él no podría detenerse, y yo no podría bajarme. El impacto ya había tenido lugar un trecho antes, y ahora la Muerte nos perseguía a toda velocidad.

Contemplé embelesado el negro destino en forma de pavimento, las líneas amarillas de la carretera, la oscura e impenetrable lontananza de un destino incierto allá delante. Volábamos sobre el asfalto con la velocidad de las almas en pena. Él ya apestaba considerablemente. Yo apenas percibía mi propio hedor, pero eran señales sensitivas inocuas. Hablarlo hubiera sido redundante, tautológico. La realidad estaba bien clara, y no importaba que esa pegajosa capa de irrealidad tergiversara el escenario con aquel sopor de Leteo.

—¿Crees que nos alcanzará? —pregunté. Mi voz sonó hueca a mis propios oídos. Provenía de ultratumba; hacía rato que la venía oyendo en mi cabeza.

—Ya nos alcanzó hace rato —sentenció, y me miró.

Su rostro ya se caía a pedazos, víctima de la putrefacción…

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