Literaturas del encierro II: Historia universal de la infamia

Literatura de altísimos quilates para tiempos de confinamiento. A la vez una muestra meridiana de la capacidad del maestro Borges para el relato breve y un repaso por un amplio crisol de culturas y civilizaciones, la Historia universal de la infamia ha sido desde siempre uno de los volúmenes más queridos por todos los que veneramos al viejo Inquisidor. En tiempos en donde el futuro se presenta como un talismán incierto y difuso, la visión universal de este verdadero animal de la literatura oferta un panorama abigarrado y multiforme de la humanidad a través del cual es posible arribar a una mayestática conclusión: el mundo, más o menos, ha sido y seguirá siendo lo mismo: un conjunto caótico de situaciones y consecuencias que cada cierto tiempo lo llevarán a tambalearse al borde del abismo, sin terminar de despeñarlo del todo.

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Historia universal de la infamia, de Jorge Luis Borges. Alianza, Madrid, 1997. 144 páginas

A través de conspicuas biografías de personajes (reales o no) y de situaciones y reminiscencias culturales, Jorge Luis Borges emplea toda su vocación de cuentista para regalarnos siete piezas deliciosas que, con gran humildad estructural y economía de medios, abarcan las más diversas culturas y épocas de nuestro querido mundo. Así,  en «El atroz redentor Lazarus Morel» viajamos al corazón del Mississippi y al contrabando de hombres de color en el tórrido Sur profundo de los pantanos y lodazales. Con «El impostor inverosímil Tom Castro» asistimos a la jocosa relación de una suplantación imposible, con campañas de desprestigio y augustas damas aristocráticas y llorosas. «La viuda Ching, pirata» nos traslada al mundo corsario oriental y a la historia de una de las más destacadas piratas chinas y su caída ante las tropas imperiales. Con «El proveedor de iniquidades Monk Eastman» nos trasladamos a los barrios bajos de Nueva York y al mundo gansteril de puños de hierro y malevaje, de lupanares y sordos homicidios en callejones. Una simpática postal del far west nos llega a través de «El asesino desinteresado Bill Harrigan», que no es otro que el famoso Billy the Kid; a través del relato asistimos a su caída ante las balas justicieras del sheriff Pat Garrett. «El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké» nos devuelve a oriente, en este caso al Japón feudal, para ofertarnos la mítica historia de la venganza de los cuarenta y siete samuráis, tan socorrida en la cultura japonesa —especialmente en el celuloide— durante el siglo XX. Finalmente, «El tintorero enmascarado Hákim de Merv» nos ofrece una vieja leyenda musulmana, cuya cultura, bien sabemos, siempre fue carísima a la estética borgiana. El volumen continúa con un relato ficticio y totalmente magistral: «Hombre de la esquina rosada», uno de los tantos cuentos del maestro que centra su eje temático en la cultura del gaucho, el puñal, la taberna y los duelos, una cultura cuyo paradigma encontramos en las páginas del Martín Fierro. Para terminar, un breve apéndice llamado «Etcétera», donde Borges relata seis pequeñas fábulas extraídas de otras tantas leyendas, algunas de ellas de su adorado Las mil y una noches.

Historia universal de la infamia fue el primer libro de cuentos publicado por Borges, en 1935. Para entonces ya habían visto la luz tres de sus volúmenes de poesía —Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929)— y cinco de sus libros de ensayos —Inquisiciones (1925), El tamaño de mi esperanza (1926), El idioma de los argentinos (1928), Evaristo Carriego (1930) y Discusión (1932)—. Conociendo el carácter perfeccionista de Borges para el cuento de ficción, no es de extrañar que su primer libro de relatos tardara tanto en llegar, aunque las piezas incluidas en este volumen ya habían sido publicadas en el diario Crítica entre 1933 y 1934. En cualquier caso, la riqueza del lenguaje y la apabullante profundidad léxica y simbólica que alcanzan algunos pasajes lo revelan como un escritor prodigioso, un verdadero superdotado de la palabra. Como siempre, la urdimbre de la ficción borgiana se teje mediante el inabarcable bagaje cultural, la bibliofilia sin límites, en anchuroso caudal de lecturas y la reinterpretación de las claves universales mediante el filtro de las palabras y el lenguaje.

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Portada de la primera edición de Historia universal de la infamia (Editorial Tor, Colección Megáfono, 1935)

Cabe aclarar que aunque muchos de estos cuentos están narrados en clave ensayística, casi como si se trataran de auténticos testimonios históricos, el arbitrario retoque de hechos, fechas y lugares hace que deban considerarse como historias ficticias. La convicción narrativa de Borges nos lleva a, en cualquier caso, adoptar una postura de docilidad absoluta ante la verosimilitud de los hechos. Este será un rasgo característico de toda la obra cuentística de Borges: sus técnicas de verosimilitud son materia de estudio obligada en academias y cursos de escritura creativa (y quienes me soportan en el Taller de Escritura Creativa de Fuentetaja pueden dar sobrada fe de esto).

Como suele ocurrir con todos los libros de Borges, Historia universal de la infamia es un libro que no solo no envejece, sino que con cada lectura uno siente que se aproxima cada vez más al concepto de «modernidad» en literatura, si es que tal cosa existe. El fondo cultural que uno va adquiriendo entre una lectura y otra ofrece cada vez un prisma distinto, aunque la esencia narrativa siempre está allí, asequible para cualquier tipo de lector. La estética borgiana cobra forma de relato de ficción, y a partir de entonces se irá perfeccionando en futuros volúmenes, en aquellos libros míticos que son un dechado de perfección estética e inmejorable hacer narrativo —especialmente Ficciones (1944) y El Aleph (1949)—. A propósito de la estética borgiana, te dejo aquí un enlace donde analizo este concepto en referencia a toda la poesía del maestro (tan solo pincha aquí).

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Jorge Luis Borges en 1951

El mundo sumergido en la infamia y la iniquidad; entonces como ahora, siempre es necesaria una reinterpretación y una reflexión acerca de los hechos que, en su caótico devenir, en ocasiones pueden generar un orden establecido que, como se está demostrando, resulta totalmente ilusorio.

Y Borges ya lo sabía, claro.

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