Literaturas del encierro I: Desde mi celda

Sí, estamos confinados. Y por supuesto, la literatura está siendo mi mejor y casi único paliativo para combatir la incertidumbre y perplejidad de estos días que nos toca vivir. También supone una oportunidad excelente para escudriñar esos niveles de la biblioteca personal que uno muy pocas veces visita, y profundizar en los tesoros que anidan allí desde hace tiempo, a la espera de su tiempo de lectura. Entre todos esos compromisos pendientes encontré un título que, por su aparente semejanza con la situación actual, me atrajo inmediatamente; y sumergirme en su lectura y disfrutarlo hasta el punto final fue cosa de una sola e intensa jornada de lectura. Hablo de una obra singular de Gustavo Adolfo Bécquer, más allá de sus célebres Rimas y Leyendas. Me refiero a un conjunto de cartas que el autor sevillano redactó desde la soledad, el encierro y el aislamiento producto de una enfermedad, y que se han compilado bajo el título Desde mi celda.

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Desde mi celda, de Gustavo Adolfo Bécquer. Cátedra, Madrid, 2002. 296 páginas

A finales de diciembre de 1863, Gustavo Adolfo Bécquer partió en compañía de su hermano Valeriano hacia la sierra del Moncayo —cadena montañosa situada entre Zaragoza y Soria— para restablecerse de sus enfermedades: tisis y tuberculosis. Por entonces articulista en nómina del periódico madrileño El Contemporáneo, se comprometió con la redacción a enviar una serie de cartas que se publicarían entre mayo y octubre de 1864. Bécquer escribió las primeras ocho cartas en Tarazona, en el monasterio de Veruela, en cuyas celdas vivió durante aquel invierno y principios de la primavera. La novena carta la escribió ya en Madrid, aunque ese mismo verano volvería a Veruela.

La Carta I, publicada en El Contemporáneo el 3 de mayo de 1864, narra el viaje del poeta desde Madrid hasta Tudela en tren, y desde allí a Tarazona en diligencia, y su posterior llegada al valle del Moncayo. La Carta II (12 de mayo) recoge una serie de reflexiones sobre el oficio periodístico y acerca de los agudos contrastes entre la urbe madrileña y los resecos y agrestes paisajes de Tarazona. Son dignos de destacar párrafos como el que sigue, de gran riqueza léxica y elegancia decimonónica:

Ya todo pasó. Madrid, la política, las luchas ardientes, las miserias humanas, las pasiones, las contrariedades, los deseos; todo se ha ahogado en aquella música divina. Mi alma está ya tan serena como el agua inmóvil y profunda. La fe en algo más grande, en un destino futuro y desconocido, más allá de esto, la fe de la eternidad, en fin, aspiración absorbente, única e inmensa, mata esa fe al pormenor que pudiéramos llamar personal, la fe en el mañana, especie de aguijón que espolea los espíritus irresolutos y que tanto se necesita para luchar y vivir y alcanzar cualquier cosa en la tierra.

La Carta III (5 de junio) glosa una serie de pensamientos de Bécquer sobre la muerte, y a través de ella elabora una regresión a la infancia; la visita del poeta a un cementerio abandonado impulsa estas reflexiones. La Carta IV (12 de junio) nos habla de la pérdida de la identidad española y reclama veneración y respeto por los clásicos; Bécquer referencia este declive de la idiosincrasia hablando de la «caída de murallas fenicias, romanas, godas o árabes», y advierte sobre una incipiente y peligrosa globalización —incluso en la inexistencia de este vocablo en su época—. La Carta V (26 de junio) narra una visita al Mercado de Tarazona seguida de una excursión al pueblo de Añón, del que Bécquer describe en detalle el carácter impetuoso de sus mujeres.

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La entrada al monasterio de Veruela en un dibujo de Valeriano Domínguez Bécquer, hermano del poeta

Tiene lugar, entonces, la redacción de las más populares de estas cartas, ya que su estilo narrativo las emparenta con el de sus famosas Leyendas. La Carta VI (publicada en El Contemporáneo el 3 de julio de 1864) narra la escalofriante lapidación de la tía Casca, conocida por todos como la «Bruja de Trasmoz». Para los que indagamos en el mundo de la brujería con fines literarios el nombre de este pueblo no nos es desconocido; su larga tradición en leyendas sobre brujas y hechicería, a la altura de Barahona y Zugarramundi, lo han convertido en el único pueblo maldito y excomulgado de España. Narrativamente hablando, se trata del episodio más álgido y vibrante de todo el libro. La Carta VII (10 de julio) cuenta el surgimiento del castillo de Trasmoz a través de una leyenda morisca. El relato está emparentado con la carta anterior ya que este castillo, una vez en manos aragonesas y abandonado a la incuria, se transformaría en sede habitual de los aquelarres de las brujas de Trasmoz. Resulta muy llamativa la descripción de cierto «libro prohibido» que se utiliza como elemento ritual para el levantamiento del castillo, y que Bécquer describe como «escrito en caracteres árabes, caldeos y siríacos». La Carta VIII (17 de julio) sirve como complemento a los dos relatos anteriores mediante la sencilla historia del cura Mosén Gil el Limosnero y su sobrina Dorotea, que establece un pacto con las brujas. Finalmente, la Carta IX (escrita en Madrid, y publicada en El Contemporáneo el 6 de octubre de 1864) narra la aparición de la Virgen de Veruela a uno de los notables de su época, episodio que derivó en la construcción del monasterio desde cuya celda Bécquer efectúa la redacción de sus Cartas. Es llamativa la descripción del paisaje durante la aparición de la virgen, y que el poeta compara con algunos de los cuadros de Murillo que decoran las capillas de la catedral sevillana.

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Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870)

Como era de esperar, el dominio del estilo romántico y la expresividad decimonónica de Bécquer alcanza aquí unas cotas estéticas que nada tienen que envidiar a sus magistrales Leyendas. De hecho, algunos de los relatos contenidos en este libro bien podrían sumarse a las narraciones de aquel. Bécquer asimiló la circunstancias de su aislamiento en las sierras del Moncayo elaborando un maravilloso fresco narrativo inspirado en los paisajes y las leyendas locales de que se vio rodeado durante ese periodo, legando una obra equilibrada que mezcla con gran habilidad el testimonio epistolar con una ficción ascética, muestras depuradas del alto vuelo de la imaginación del poeta sevillano. Una colección epistolar de muy grata lectura para estos días de claustro obligado en los que, gracias a la literatura y la reflexión, sin duda puede que encontremos muchos tesoros… En las estanterías de nuestra biblioteca personal, sí, pero también, quizá, dentro de nosotros mismos.

[Como sé que no puedes salir a la calle a por este libro, te dejo aquí un enlace a Cervantes Virtual, que ha tenido a bien digitalizar el contenido completo de Desde mi celda. Pincha aquí, y a por él].

1 comentario en “Literaturas del encierro I: Desde mi celda

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