Ventana

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Anoche soñé con el horror.

Soñé que el mundo había llegado a su fin y que todos habían muerto. Soñé que la tierra abría sus fauces hambrientas y se tragaba a la humanidad entera. Soñé que el pavor y la destrucción se cernían sobre las almas de las personas, aniquilándolas para siempre.

Pero yo estaba en mi cama, agitado, sudoroso. Rechinaba los dientes y sentía que el final estaba cerca, que mi estancia en esa habitación era efímera, una prórroga de excepción, un ligero error de cálculo en la implantación de ese Apocalipsis que ya había arrasado con todo lo demás.

Poco a poco logré tranquilizarme. Me imbuí de pensamientos racionales y me convencí de que todas aquellas visiones espeluznantes y terroríficas no eran sino el resultado de una pesadilla, de un sueño atorado entre los pasadizos oscuros del dédalo de mi subconsciente.

Logré incorporarme y, poco después, ponerme de pie. La ventana era mi objetivo. Si alcanzaba la visión de una imagen real, el vislumbre de una postal concreta y el influjo de la realidad desnuda, cualquier rastro de ese sueño pavoroso desaparecería por fin.

Me acerqué. Incrédulo, apoyé las manos sobre el cristal nitroso y empañado por la mortaja de una obtusa neblina.

Fuera, la pesadilla encontró una horrorosa continuidad…

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