Los tatuajes nos cuentan historias

Siempre es un placer volver al refugio que sólo brindan los grandes maestros. Me refiero a esos autores especiales que marcaron nuestro albor como lectores y que nos hicieron amar la literatura y el arte de contar historias. Y, de entre los muchos genios creativos que resultaron claves en mi formación, sin duda Ray Bradbury es de mis favoritos. Todavía recuerdo el estupor con el que, con trece o catorce años, deglutí las páginas de esa maravilla titulada La feria de las tinieblas, uno de los primeros libros que me permitió adentrarme en este sendero de tinieblas literarias en el que transito ahora día tras día. Por eso, y en agradecimiento perpetuo a tantas enseñanzas y a tantos momentos de placer lector, suelo regresar a las obras de Bradbury con cierta asiduidad. Hace muy poco releí una de sus mejores y más populares colecciones de relatos: El Hombre Ilustrado. Y, tras la deliciosa lectura, no podía menos que pasarme por aquí a compartir contigo las impresiones que me dejó.

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El Hombre Ilustrado, de Ray Bradbury. Barcelona, Booket, 2009. 288 páginas

El hombre ilustrado es un soberbio compendio de lo mejor que Bradbury puede ofrecer en materia de narrativa breve, siempre orientada hacia la literatura distópica, tan en boga en nuestros días. Coqueteando con otros géneros más definidos en su parámetros estéticos, como la ciencia ficción o la fantasía pura, el autor de Waukegan nos regala en este volumen dieciocho relatos de extraordinaria factura, unidos por el nexo de una fantasía sorprendente, de esa que actúa no sólo sobre el ánimo del lector, sino también sobre la estabilidad emocional de los personajes, sea cual sea el entorno en el que estos se encuentren. Así, en «La pradera» asistimos al estupor de unos padres ante la desbordante imaginación de sus hijos; en «Calidoscopio», una de las obras más reputadas del autor, nos encontramos a un grupo de cosmonautas a punto de perecer, pero que encontrarán ocasión para liberar sus sentimientos a través de una serie de parlamentos en la distancia cuya autenticidad resulta demoledora; en «El otro pie», sin duda una de las mejores piezas de todo el volumen, Bradbury le da la vuelta al calcetín del problema eterno del racismo, culminando el cuento en una soberbia reflexión sobre la condición humana. «La carretera», relato breve pero estremecedor, esboza apenas una pincelada de un violento e inminente Apocalipsis; «El Hombre» nos trae la perspectiva mesiánica desde un escenario futurista y demencial; «La larga lluvia» es una narración escalofriante y preñada de una atmósfera angustiante y claustrofóbica, que encuentra en su desenlace la eclosión de las esperanzas y los anhelos, que nunca deben desfallecer. «El hombre del cohete» nos remonta a las incógnitas infantiles, las relaciones paterno-filiales y la eterna curiosidad por la contemplación de las estrellas, tema recurrente en la obra del autor. «La última noche del mundo» es apenas un diálogo, un breve intercambio de palabras entre un matrimonio, pero que esconde todo el horror del advenimiento del Armagedón, otro tema frecuente en la literatura de Bradbury. «Los desterrados» es una arriesgadísima pieza narrativa en la que el autor resucita a muchos de los más célebres escritores fantásticos y góticos del pasado (entre ellos Poe, Bierce, Machen y Dickens) en un sentido homenaje a sus ídolos literarios.

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Rod Steiger interpretando al Hombre Ilustrado en la versión cinematográfica (Jack Smight, 1969)

«Una noche o una mañana cualquiera» supone una escalada hasta la locura más abierta y descarnada, en medio de un escenario caótico y tenebroso. «El zorro y el bosque» es un relato que explora con gran habilidad el tema de los desplazamientos en el tiempo, y en el cual Bradbury se muestra como un digno discípulo de H. G. Wells; de soslayo, recae nuevamente sobre el drama de la alienación, tal y como hiciera en la inmortal Fahrenheit 451. En «El Visitante» nos enfrentamos a la problemática del talento desbordante, un tema bastante habitual no sólo en la obra de Bradbury, sino también en la de uno de sus más aventajados alumnos: Stephen King (recuérdese la escalofriante La zona muerta). «La mezcladora de cemento» retoma la temática marciana y nos presenta la eventual invasión de nuestro mundo por parte de los habitantes del planeta rojo, con la consiguiente mixtura imposible entre ambas especies. «Marionetas, S. A.» es, definitivamente, mi relato favorito del todo el volumen, un cuento de ciencia ficción utópica con un final espeluznante. «La ciudad» es otro de los relatos en los que se desprende una buena muestra de la portentosa imaginación del autor, dando vida a una terrorífica metrópoli extraterrestre con suficiente autonomía como para fagocitar y exterminar a sus invasores. «La hora cero» nos lleva a la magia de la infancia, deviniendo en un oscuro relato sobre invasión alienígena. En «El cohete» asistimos a un largo viaje hasta el corazón de la fantasía, en un relato en el que veremos a un padre hacer hasta lo imposible por cumplir el anhelo de sus hijos. Por último, y cerrando la antología, «El Hombre Ilustrado» refleja la peripecia de ese ser misterioso, enorme e inabarcable, cuyo cuerpo cubierto de tatuajes nos revela historias pasadas y, lo que resulta más escalofriante, futuras. Su pavoroso desenlace corona una colección de relatos verdaderamente apasionante.

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Ray Bradbury (1920-2012)

Cabe destacar el acierto de Bradbury para ofrecernos un Prólogo y un Epílogo en los que el narrador se encuentra con el propio Hombre Ilustrado, jugando con la posibilidad de que los relatos del volumen sean extractos narrativos de las ilustraciones que el portento humano exhibe en su piel. Esta técnica, interesantísima y muy sugerente, la adoptaría años más tarde Clive Barker en sus extraordinarios Libros de Sangre, en los que las piezas narrativas son imágenes desprendidas del cuerpo sanguinolento de un ser violentamente mutilado.

Siempre he tenido el convencimiento de que El Hombre Ilustrado es una de las antologías de relatos más equilibradas y armónicas que la literatura fantástica clásica nos puede ofertar. El lenguaje, como siempre en Bradbury, es preciso y asequible, y enaltece numerosas postales de una imaginería imposible con retazos de realidad cercana, jugando siempre con la nostalgia, la memoria y los deseos corporizados. Es esa magia intangible, ese halo de fantasía que sobrevuela nuestros sueños y pesadillas, lo que Ray Bradbury supo manejar quizá mejor que ningún otro autor.

1 comentario en “Los tatuajes nos cuentan historias

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