Henry James: dominador de la ambigüedad

Comienza una nueva temporada en El Disparaletras® —la quinta ya—, tras el obligado parón vacacional. Lo cierto es que echaba de menos venir cada lunes a este rincón a compartir contigo noticias, impresiones y microcuentos; ha sido un verano de enorme actividad, y conforme vayan pasando las semanas te iré poniendo al tanto de los distintos proyectos que se vislumbran. Hoy, por lo pronto, me apetece compartir contigo el resabio de la que ha sido una de las más placenteras relecturas del verano: La vuelta de tuerca, de Henry James.

La vuelta de tuerca, de Henry James. Valdemar, Madrid, 2022. 205 páginas

Dicho queda hasta la saciedad: se trata de una de las mejores novelas de horror de todos los tiempos, además de una obra cumbre de la literatura universal. Este dictamen valdría para cerrar el comentario y pasar a otra cosa. Ríos de tinta han circulado a raíz de sus múltiples interpretaciones y del juego de ambigüedad discursiva que Henry James plantea en la novela. La historia es la de una joven institutriz que arriba a una mansión en la campiña inglesa —Bly Manor— para encargarse de la educación de dos pequeños huérfanos, Miles y Flora. Los niños, como cabe imaginar, son encantadores, pero enseguida la protagonista —y con ella, el lector— comprenderá que ambos esconden un oscuro secreto, ya que parecen estar recibiendo visitas de una pareja de espectros perteneciente a dos empleados de la finca que han muerto en extrañas circunstancias: la predecesora en el puesto de institutriz y un siniestro factótum que la había convertido en su amante.

Esta es la premisa, que puede sonar simple en principio, pero que gana en complejidad a través de la herramienta discursiva que mejor sabía manejar el genio Henry James: la ambigüedad, elemento que le permite, a través del acertado punto de vista en primera persona, entregarnos el testimonio de un narrador poco fiable. Y es que, en efecto, la lucidez de la institutriz no parece del todo sólida, y el lector alberga todo el tiempo la sospecha de que esas apariciones de espectros puedan ser un producto de la perturbada imaginación de la narradora. Al mismo tiempo, el candor y la nobleza de espíritu de nuestra institutriz hacen que el lector establezca una relación de empatía permanente con ella. Así, mediante este discurso ambiguo, James establece un fascinante juego entre lo objetivo y lo subjetivo, entre lo abstracto y lo concreto, dando forma a una narración estremecedora, amén de perfectamente construida.

Portada de la edición inglesa de The Turn of the Screw, de Henry James (Penguin Classics)

The Turn of the Screw ha sido llevada al cine y la televisión en numerosas ocasiones. La más reciente en la que llevó a cabo el prestigioso director Mike Flanagan para Netflix. Tras el éxito obtenido en 2018 con su adaptación de La maldición de Hill House de Shirley Jackson —una serie que en nada se parecía a la novela, pero que resultó de gran factura—, se decidió por repetir fórmula y buena parte del reparto en 2020 para desarrollar La maldición de Bly Manor, una serie, en mi opinión, fallida y poco consistente. La que sin duda podemos calificar de gran adaptación es la que hizo el director inglés Jack Clayton en 1961, The Innocents —incomprensiblemente titulada en español como Suspense—, una soberbia versión en blanco y negro que recoge toda la esencia de la novela…, ¡incluso la ambigüedad en el discurso!, algo muy difícil de trasladar al lenguaje cinematográfico. Este logro se hace realidad, en buena medida, gracias a la impagable interpretación de una sublime Deborah Kerr, una de las mejores actrices del cine clásico. La película está maravillosamente ambientada y posee una cadencia narrativa sumamente respetuosa para con el discurso pausado y reflexivo de las obras literarias de Henry James.

La extraordinaria Deborah Kerr interpretando a la institutriz sin nombre en Suspense (Jack Clayton, Reino Unido, 1961), posiblemente la mejor adaptación cinematográfica que se ha hecho de La vuelta de tuerca

En cuanto al autor, decir que es uno de los mayores escritores de la literatura universal, alabado hasta la saciedad por Borges y otros grandes de la pluma. Nacido en Nueva York el 15 de abril de 1843, pasó buena parte de su vida en Europa —principalmente en Francia e Inglaterra—, y se nacionalizó británico un año antes de morir. Desarrolló una obra compleja y abundante que lo consagra como a una de las figuras clave en la transición del realismo al modernismo anglosajón. Sus grandes innovaciones están relacionadas con la siempre acertada elección del punto de vista, técnica que le permite efectuar profundos análisis psicológicos de sus personajes con enorme habilidad. También fue un reputado crítico literario, tanto de los novelistas de su época como de los clásicos, y desarrolló una importante obra como dramaturgo. En cualquier caso, su legado más importante está relacionado con la narrativa, especialmente cuentos —una enorme cantidad de ellos— y novelas, entre las que cabe destacar Roderick Hudson (1875), El americano (1877), Los europeos (1878), Washington Square (1880), Retrato de una dama (1881), Las bostonianas (1886), Los papeles de Aspern (1888), La vuelta de tuerca (1898), La fontana sagrada (1901), Los embajadores (1903) y La copa dorada (1904), entre otras. Fallecido el 28 de febrero de 1916, emerge como uno de los escritores más originales e influyentes del siglo XIX, pero cabe aclarar que sus obras no resultan una lectura fácil ni ligera; su complejidad discursiva, su ambicioso esquema de frases subordinadas y el profundo carácter introspectivo de su narrativa lo convierten en un autor sumamente exigente para con el lector; lo cual, como siempre decimos, no deja de ser un beneficio para los que estamos a este lado de la obra: el rigor y la exigencia de un autor nos convierte, siempre, en mejores lectores.

Henry James (1843-1916)

Nada mejor para empezar un nuevo año en este blog que hacerlo a través de esta novela irrepetible e inolvidable. La edición que cayó en mis manos esta vez es la que publicó Valdemar en mayo de este año, una flamante reedición en mi adorada Colección Gótica —número 125—, con traducción e ilustraciones del gran Francisco Torres Oliver. Un ejemplar de colección, para atesorar por siempre…, y para regresar a sus páginas cada cierto tiempo, cuando uno siente que echa de menos los rincones oscuros de Bly Manor…

2 comentarios en “Henry James: dominador de la ambigüedad

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