Cueva de lobos

Amparado por las tinieblas, rotas solo por el resplandor lechoso de la luna llena, arribó hasta la cueva. Olía a fieras hermanas, a salvajismo consanguíneo. No recordaba cuándo había empezado todo; solo podía consignar la sensación de una horrenda pesadilla fragmentaria y caótica, llena de gritos y espanto.

La sangre manchaba sus manos (cada vez más grandes). Se irguió; la necesidad de respuestas lo empujó nuevamente hacia el exterior de la cueva, hacia el paisaje agreste, solitario y brumoso de los páramos.

El aullido al disco plateado de la luna resquebrajó en mil pedazos el silencio de la noche inmemorial.

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