«El Monje»: la cúspide del Gótico

Si frecuentas este blog conocerás mi devoción por esas novelas que marcaron la génesis del género de horror, allá por el tercio final del siglo XVIII. De hecho, ya registramos aquí un par de microensayos basados en dos de las obras maestras incontestables del movimiento: El castillo de Otranto, de Horace Walpole, y Vathek, de William Beckford (puedes acceder cliqueando en los títulos). Pero hoy te traigo la novela que flamea para siempre en la cumbre del género Gótico. Una novela terrible y estremecedora, tanto por estética como por complejidad narrativa, y que marcó un antes y un después en el desarrollo de esta maravillosa escuela literaria. Hoy hablaremos de El Monje, de Matthew G. Lewis.

El Monje, de Matthew G. Lewis. Portada correspondiente al N.º 3 de la Colección Gótica. Valdemar, Madrid, 2009. 423 páginas. (Ilustración: Hagamos otra criatura, Francisco Torres Oliver.)

El Monje es una novela que excede los estrechos márgenes que delimitan el género al que pertenece, y tanto su sombra de influencia como su calidad narrativa la convierten en una de las cuatro o cinco novelas de horror más grandes jamás escritas. Hay que tener en cuenta que el género Gótico, desde sus inicios, intentó marcar una ruptura con las posturas racionalistas que el pensamiento del siglo XVIII (lo que Julio Cortázar llama «optimismo filosófico») había impuesto como norma a las manifestaciones artísticas. El lector moderno, sin embargo, no debe perder de vista que dichas obras, leídas fuera de contexto, no despiertan la sensación de miedo tal y como la conocemos en pleno siglo XXI. Tanto lo ajeno de los escenarios (castillos medievales, monasterios, conventos, ruinas, criptas y mazmorras) como el desarrollo narrativo de tipo teatral en muchas de las escenas, más cierto aire onírico, hacen que el horror que sustenta su discurso sea un poco artificial; acartonado, digamos. En este sentido, El Monje también señala un punto de transgresión con las novelas góticas que se venían escribiendo desde 1765, especialmente con las técnicas empleadas por Ann Radcliffe, otro de los grandes nombres del género. La novela de Lewis transmite una sensación de miedo real totalmente adelantada a su tiempo, y es una obra cuya fruición estética, relacionada con esa sensación de escalofrío e inquietud que todos los lectores del género buscamos, sigue vigente hasta nuestros días.

La novela cuenta la historia de Ambrosio, un monje español que es presentado como la idealización de la virtud atribuida a los ministros de Dios. Casto, frugal, disciplinado, piadoso y puro, y al mismo tiempo humilde, dócil y servicial, es un estereotipo de la integridad sin mácula, incorruptible, que se espera de los representantes del catolicismo. Pero Ambrosio, un buen día, se verá tentado por un ser infernal, encarnado en la figura de una mujer irresistible que, en un principio, se hace pasar por monaguillo para irrumpir en el mundo santificado del eclesiástico. La versatilidad de este Ángel del Mal hará caer a Ambrosio desde el pináculo más elevado de su virtud hasta el pozo más hondo, hasta la sima más profunda de la abyección, condenando para siempre su alma corrupta. Como en un juego de muñecas rusas o matrioskas, la novela ofrece también un puñado de historias paralelas, tangencialmente relacionadas con la trama principal, pero al mismo tiempo con la autonomía suficiente como para resultar sumamente interesantes por sí mismas. La historia finaliza con uno de los desenlaces más estremecedores de la historia de la literatura de horror: un final desesperante, angustioso y excepcionalmente trágico.

Portada de El Monje, de Matthew G. Lewis, perteneciente, en este caso, al N.º 4 de la colección El Club Diógenes. Valdemar, Madrid, 2011. 501 páginas. (Ilustración: La lámpara del diablo, Francisco de Goya, 1797-1798.)

La novela está ambientada en un Madrid oscuro, tenebroso, garbancero, perfectamente descrito por Matthew G. Lewis. Debe entenderse que la novela Gótica encuentra su origen en Inglaterra, en pleno corazón del protestantismo; sus autores, la mayoría de ellos liberales empedernidos, trasladaban el escenario de sus narraciones a aquellos contextos religiosamente más sombríos y sumidos en la intolerancia; es decir, a los territorios en donde el poder del catolicismo era inexorable y donde la Inquisición echaba su aliento de dragón sobre cualquier connato de herejía. Es por este motivo que las grandes novelas del Gótico (El castillo de Otranto, Los misterios de Udolfo, El Italiano, Manuscrito encontrado en Zaragoza o la que nos ocupa) están ambientadas siempre en Italia o en España. Así, estos autores protestantes nos muestran el lado más siniestro del oscurantismo, la superstición y el fanatismo religioso emparentado con el catolicismo más rancio. En este sentido, cabe aclarar que la ambientación que elabora Matthew G. Lewis a la hora de construir este Madrid castizo y lóbrego es extraordinaria. La España de la Inquisición llega al lector a través de una abigarrada paleta visual, auditiva, y principalmente olfativa, trabajada al detalle por el autor.

El libro está salpicado de momentos memorables y pequeñas historias paralelas, un recurso muy habitual en la novela Gótica clásica. Uno de los episodios más memorables es el de «La monja ensangrentada», un relato estremecedor que tiene lugar a las puertas de un castillo, y que posteriormente fue extraído y descontextualizado de la novela e incluido como un cuento con autonomía en numerosas antologías. Además, la novela desarrolla las típicas persecuciones por túneles, pasadizos, mazmorras, bóvedas de cementerios, corredores de conventos tenebrosos, castillos, monasterios y ruinas medievales, enclaves que componen el escenario tradicional de la novela Gótica. También veremos enredos y confusiones de identidad, pero sobre todo un sentido del morbo y la crueldad que hasta ese momento no se había apreciado en el género. Se efectúan veladas referencias a lo sexual y a unas relaciones carnales absolutamente enfermizas, por demás escandalosas en el ámbito de la narrativa de finales del siglo XVIII. Sin duda por este motivo el libro produjo una auténtica conmoción en la época, siendo tildado de maldito y blasfemo por las autoridades eclesiásticas…, cosa que, como suele ocurrir, le granjeó una popularidad aún más grande.

Matthew G. Lewis (1775-1818)

Del autor, Matthew Gregory Lewis, diremos que fue un dramaturgo, novelista y político británico nacido en 1775 en Londres. Educado en Oxford, recorrió durante su juventud Francia y Alemania, y en 1796, con solo veintiún años, compuso su obra maestra: El Monje. Cuenta la leyenda que la escritura de la novela tuvo lugar a lo largo de diez semanas febriles de redacción, durante las cuales el autor estuvo poseído por un éxtasis creativo sin igual. En 1812, a la muerte de su padre, heredó unas plantaciones en Jamaica, a donde se trasladó. En uno de sus viajes a Europa coincidió en Villa Diodati, en 1816, con el grupo de escritores allí reunidos (Lord Byron, Percy Shelley, Mary Shelley y John William Polidori). Aunque no es un hecho contrastado, una teoría sostiene que estuvo presente en la célebre noche del 17 de junio de 1816 en la que la jovencita Mary Shelley escribió las primeras páginas de Frankenstein, o el moderno Prometeo y John Polidori dio a luz a «El vampiro». Tras un nuevo viaje a Jamaica, Lewis regresó a Europa en 1818; ese año contrajo la fiebre amarilla y falleció a los cuarenta y dos años de edad. Además de El Monje, su primera novela, cabe destacar entre sus obras dos colecciones de narraciones breves (Cuentos de terror [1799] y Cuentos maravillosos [1801]) y las obras de teatro El espectro del castillo (1796), El indio (1799) y Alfonso (1801). También fue traductor al inglés de los poetas alemanes Friedrich Schiller y August von Kotzebue.

El Monje fue una obra que revolucionó el panorama de la novela Gótica a finales del siglo XVIII. Cuando a mediados de los años veinte del siglo XIX el género se quedó obsoleto, la novela cayó en el ostracismo, aplastada, como todas las del movimiento, por el auge del novedoso horror victoriano. Aun así, numerosos autores decimonónicos registraron una manifiesta influencia de la novela en su obra; un claro ejemplo lo podemos apreciar en Nuestra Señora de París, una de las obras maestras de Victor Hugo. La novela merecería una muy justificada reivindicación ya en el siglo XX, cuando tanto André Breton como Antonin Artaud, mentores del naciente movimiento Surrealista, la catalogarían como la mejor novela Gótica jamás escrita, y como uno de los logros más notables del Romanticismo.

1 comentario en “«El Monje»: la cúspide del Gótico

  1. Tanto “El monje” (1796), como “Manuscrito encontrado en Zaragoza” (1805) “Melmoth el Errabundo” (1820) y “Drácula” (1897) son las cuatro grandes novelas góticas. Hoy «El castillo de Otranto» como «Los misterios de Udolfo», precursoras, claro, pero se nos antoja un tanto infantil comparándolas con las otras. “El monje” era una novela, como bien dices, muy considerada por el movimiento Surrealista. “El Manuscrito…” por Luis Buñuel que quiso llevarla al cine. Melmoth fue el nombre que se puso el gran Oscar Wilder cuando se registró en aquel hotel de París para morir allí.

    Sigo este blog con más entusiasmo que los canales de los booktubers o como rayos se escriba eso. Apuesto siempre por la palabra escrita, y si hay que hablar, mejor en una terraza con un par de amigos departiendo sobre literatura hasta por los codos.

    Entiendo ese encierro domiciliario (voluntario). A mí me ocurre lo mismo. Vivo de tal manera que espero, en cualquier momento de la noche, que griten mi nombre obligándome a salir, como le ocurría a Robert Neville en “Soy leyenda”.

    – ¡Sal, Neville!

    O quizás como a los protagonistas de “La invasión de los ladrones de cuerpos; el Dr., Miles Bennel y Bechy Discoll cuando tienen que huir del lugar donde están confinados por esos seres pasivos. Miles le dice: “Mantén la mirada vacía, y trata de no mostrar ninguna emoción.”

    En la novela gótica los siniestros seres necesitaban encerrarse a cal y canto para llevar a cabo sus fechorías más denigrantes. Ahora se ha invertido la situación; la gente sensible intenta ocultarse porque los instintos más bajos, no solo están en la calle, sino en el ámbito laboral, en la televisión, etc.

    Un abrazo.

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