«Macbeth»: ambición, apariciones y premoniciones

El pasado fin de semana, y como cada 23 de abril, hemos celebrado un nuevo Día Mundial del Libro. Como ya sabes, esta fecha tan especial coincide con la del fallecimiento de una de las figuras capitales de la literatura universal: el dramaturgo William Shakespeare. Hasta hace muy poco también se conmemoraba en este día la muerte de Miguel de Cervantes, pero la última actualización de su ficha biográfica en el archivo de la Real Academia de Historia, a cargo de Martín de Riquer Morera (13 de junio de 2021), señala su deceso el día 22 de abril de 1616 (puedes consultarlo accediendo desde aquí). En ese caso, el genio inglés aparece ahora monopolizando esta efeméride, y lo hace, además, por partida doble, ya que «El Bardo» también nació un 23 de abril.

William Shakespeare (1564-1616)

Es muy poco lo que podríamos aportar desde El Disparaletras® sobre una figura tan paradigmática. Se trata, simplemente, del escritor más importante de la historia de las letras universales y de uno de los creadores fundamentales del canon de la cultura occidental. Un autor imprescindible no solo en la concepción del teatro como medio expresivo, sino como modelo de creación de personajes, caracteres, elementos de resolución escénica, presentación de prototipos humanos mediante la acción dramática y un largo, larguísimo etcétera. Es, en definitiva, el máximo retratista de la condición humana, formulador de un espectro inabarcable de actitudes, pasiones, perfiles psicológicos y arquetipos emocionales. Una de las mejores citas respecto a este genio incomparable pertenece al gran director de teatro polaco Jerzy Grotowski: «La gente no cree en Dios, pero Dios existe, y es Shakespeare. Solo Dios podría saber tanto del ser humano». Poco más podemos agregar.

Haciendo un repaso por los anales de la literatura sobrenatural, y recopilando casos de espectros y aparecidos en la historia de las letras para un ensayo que preparo, me encuentro con las Brujas del Acto I de Macbeth, una de las tragedias más universales y conspicuas de entre las que compuso «El Bardo». Representada por primera vez en 1606, Shakespeare se adelanta con ella unos ciento sesenta años al surgimiento del movimiento Gótico y a las primeras novelas de horror sobrenatural. Así, cuando Macbeth y su compañero Banquo cabalgan hacia Forres, tras aplastar la invasión de Escocia por parte de noruegos e irlandeses, se encuentran con las tres apariciones. Estas comunicarán a Macbeth una profecía, un designio: pronto dejará de ser barón de Glamis para convertirse en barón de Cawdor…, y no mucho después se convertirá en rey. Esta es la primera, pero no la única de las premoniciones que tendrán lugar a lo largo del drama, que sostiene su desarrollo en base a un discurso abiertamente determinista: nuestro destino está sellado, y nada podemos hacer para cambiarlo.

Macbeth (edición bilingüe), de William Shakespeare. Cátedra, Madrid, 2005. 392 páginas

Macbeth, sobre todas las cosas, es un escalofriante retrato sobre la ambición desmedida y las ansias de poder. Impulsado por la pérfida Lady Macbeth, su mujer, el protagonista se verá empujado a traicionar y asesinar a gente de su confianza, para posteriormente incurrir en el más abyecto de los crímenes: el regicidio. La tragedia está repleta de momentos violentos y de enorme carga psicológica; uno de los más recordados, y que ha servido como ejemplo universal de lenguaje semiótico, tiene lugar en el Acto V, Escena I, cuando Lady Macbeth frota desesperadamente sus manos, que ella ve manchadas de sangre. Shakespeare establece aquí una de las analogías visualmente más poderosas sobre el remordimiento y el sentimiento de culpa.

Durante un nuevo encuentro con las Brujas (Acto IV, Escena I), las apariciones tranquilizan a Macbeth en medio de sus tribulaciones anunciándole que seguirá invicto, y conservando su corona, siempre y cuando el bosque de Birnam no se desplace colina arriba, hacia Dunsinane, donde se encuentra su castillo. Esta profecía otorga cierta paz al tirano, pero más tarde (Acto V, Escena IV) semejante augurio se hará realidad cuando Malcolm y Macduff, complotados con Siward, conde de Northumberland, ataquen el castillo de Dunsinane con un ejército de soldados camuflados bajo las ramas de los árboles del bosque de Birnam; Macbeth, asomado a una de las almenas del castillo, creerá ver cumplida la infausta premonición de las Brujas. Esta escena, como se ha comentado muchas veces, inspiró años más tarde a J. R. R. Tolkien la creación del bosque de Fangorn, dando vida a Bárbol y a los Ents, los árboles parlantes con capacidad de desplazamiento que protagonizan uno de los momentos más inolvidables de Las dos torres, segunda entrega de su saga El Señor de los Anillos.

Primer encuentro de Macbeth y Banquo con las Brujas (Acto I, Escena I)

Macbeth es una de las obras de teatro más representadas de la historia de la escena mundial, y también ha sido adaptada al cine en numerosas ocasiones. De entre las más prestigiosas adaptaciones a la gran pantalla podemos citar la que realizó Orson Welles en 1948 (con el propio Welles encarnando a Macbeth), la que dirigió Roman Polanski en 1971 (con John Finch en el papel protagónico), o la versión moderna de Justin Kurzel de 2016 (con Michael Fassbender en el rol principal). Pero si tuviera que quedarme con una sin duda elegiría la adaptación que, en 1957, realizó el maestro del cine japonés Akira Kurosawa, titulada Trono de sangre. Si bien cambia su ambientación al Japón feudal, pocas películas han sabido retratar la esencia de la tragedia shakesperiana como este impresionante film del genio nipón. Cuenta con una prodigiosa fotografía en blanco y negro, sumamente etérea y vaporosa, que transmite todo el tiempo esa sensación de irrealidad, de pesadilla animada que emana del texto original.

Fotograma de Trono de sangre (Kumonosu-jô, Akira Kurosawa, Japón, 1957), posiblemente una de las mejores adaptaciones al cine de la tragedia shakesperiana

Macbeth: uno de los retratos más lúcidos sobre la ambición y el apetito de poder, pero también un muestrario de apariciones y premoniciones que nos permite vislumbrar la complejidad conceptual de la tragedia shakesperiana, siempre ligada a lo mítico, lo fabuloso y lo legendario. Una pieza literaria imperdible, de esas que hay que leer y releer cada cierto tiempo, y disfrutar, también, tanto desde una butaca en un teatro como a través de la pantalla de un cine. Una historia profunda que despierta hondas reflexiones y que nos acerca, como siempre en Shakespeare, a uno de los aspectos más genuinos y universales de la condición humana.

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