Por un instante

El profesor había tomado una decisión: era la última vez que proyectaba esa película en uno de sus cursos. No tenía ningún sentido exponer a veinte o treinta alumnos criados en pleno siglo veintiuno a una filmación muda, expresionista y en alemán que se había rodado en 1922. Por más que el tema del film fueran los vampiros y la muerte, las calamidades y la sangre, la verdad es que no se lo tomaban en serio; desde que aparecía en pantalla aquel no-muerto calvorota y con cara de rata, desde que la heroína empezaba a estremecerse con espasmos teatrales, desde que el loco del manicomio comenzaba a reírse y a enseñar sus dientes pútridos, todo eran risas, comentarios irónicos, pitorreo… No había respeto por los albores del cine, y además ellos no veían la hora de que aquella tortura acabara…

La proyección fue lo que el profesor esperaba: una salva de carcajadas, algarabía, bullicio, intercambio de notitas, un espabilado que había conseguido colar los auriculares y escuchaba música, algún que otro besuqueo preadolescente en la oscuridad de la sala.

Minuto 92 de proyección. El vampiro, finalmente, se sacia en el alimento que le proporciona una mujer libre de pecado. Ella se ha sacrificado para salvar de la desgracia a su novio y a sus conciudadanos; la ola de muerte tiene que terminar. El vampiro pierde la noción del tiempo, el gallo rompe el silencio de la noche con el primer canto de la mañana. Un rayo de sol (apenas la destrucción de una sombra en la rudimentaria dirección fotográfica de 1922) irrumpe en la habitación y el vampiro, con una pureza jamás vista en el cine, se desvanece entre una leve membrana de humo.

Ese era el instante, y el profesor lo sabía. Desde su posición observó a los alumnos; la contemplación embelesada solo duró un segundo, pero el profesor sintió que ese momento se perpetuaba en el tiempo. No había risas; no había burlas. Un silencio expectante, ojos bien abiertos contemplando la pantalla, asombro e inquietud, una ligera parálisis.

Después, alguien pareció pulsar el Play. Volvieron las risas y los comentarios socarrones. Seguramente olvidarían muy pronto aquella película absurda que alguien había pergeñado en el alba del cine; seguramente nunca jamás la comentarían, o tan solo lo harían para escarnecer a aquel revenido con orejas de vulcano, cabeza calva y dientes de roedor.

La sala se quedó vacía. El profesor, recordando aquel momento de éxtasis, rectificó en su decisión. No importaba lo mucho que se burlaran. No importaba que no se tomaran en serio ninguno —menos uno— de los fotogramas de aquella obra maestra. El profesor comprendió que, aunque solo fuera por ese instante, merecía la pena regalarles esa magia intangible que era el cine.

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