Al-Azif

Había recorrido medio mundo para conseguirlo. Había pagado todas las cuotas morales necesarias para acceder a él. Había superado el inveterado pavor que despertaba su leyenda. Había asimilado que su lectura destrozaría mi cordura para siempre, y que tras sumergirme en sus páginas solo tendría por delante desgracias e infortunios. Pero el anhelo de toda mi vida por fin se iba a hacer realidad; después de mucho tiempo, por fin accedería al conocimiento prohibido.

Abrí el volumen maldito; mis ojos hambrientos volaron hacia la página 751…

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