El ensayo

Después de la bronca que habíamos tenido tras el último ensayo, los ánimos parecían estar más calmados. Habíamos tenido que mandar a reparar los violines y el chelo, y el mástil de la viola de mi compañero se había partido por la mitad. También hubo que cambiar tres de las sillas de la sala de ensayos, amén del atril en donde nuestro dictador colocaba sus partituras.

Desde el púlpito, ese lugar de privilegio desde el cual nos tiranizada con su sadismo, comenzó a mover los brazos y la batuta, y la música empezó.

Él tenía un ojo amoratado y una venda en el cuello. En ese momento, y cuando volábamos sobre el primer movimiento, pensé que tal vez no había aprendido la lección. Habíamos estado a punto de matarlo, pero aun así seguía mirándonos con arrogancia.

Ataqué el Allegro con destreza y profesionalidad; ya veríamos cómo terminaba todo después del ensayo…

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