Donde duermen los monstruos

Entramos con sigilo, buscando la forma de no perturbar su silente hibernación. Había cadáveres por las calles. También colgaban de los postes de telégrafo y de los balcones en ruinas. La esencia de su maldición estaba presente en el aire, en el hedor nauseabundo que se había apoderado del vecindario.

Estaban allí, dormidos, protegiéndose de la luz del sol. El cielo plomizo insinuaba una complicidad con su naturaleza que confiábamos en que fuese engañosa. Algunas alimañas correteaban por la calle empedrada; otras aullaban desde los rincones húmedos de los callejones.

Avanzamos en silencio. Las coronas de ajo, alrededor de nuestros cuellos, emitían crujidos secos y ensordecedores en el silencio tétrico de aquella calle poblada de monstruos…

—Vamos —dije—. No falta mucho para el ocaso.

Ella asintió sin decir nada, como siempre, y siguió mis pasos, bien aferrada a las estacas de fresno.

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