La conquista de Marte

He comenzado el año 2022 reencontrándome con ciertas lecturas que me llevan hasta mi adolescencia, un periodo febril de lecturas incontenibles y sueños imposibles. Estas ceremonias no hacen sino confirmar algo que ya sospecho desde hace años: que nunca hay dos lecturas iguales, y que la madurez que solo otorga el transcurso vital nos hace apreciar con distintos ojos (con distinta mirada, mejor dicho) un mismo texto. El libro, obviamente, es el mismo: son las mismas palabras, y en el mismo orden; todo indica que los que hemos cambiado somos nosotros, y ahora tenemos la sensación de estar leyendo un libro diferente. Esa misma sensación la he experimentado la pasada semana cuando me sumergí, después de más de veinte años, en el mundo de Crónicas marcianas, de Ray Bradbury.

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. Minotauro, Barcelona, 2017. 351 páginas

Según la Introducción escrita por el propio Bradbury, la estructura a medio camino entre la novela y el volumen de cuentos que posee Crónicas marcianas se la inspiró al genio de Illinois la lectura de Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, libro que ya microanalizamos en este blog (accede a dicho artículo desde aquí). Esto es: una serie de cuentos o relatos independientes, con suficiente autonomía y entidad como para leerlos por separado sin que se pierda un ápice de su discurso, pero que al mismo tiempo forman un todo coherente, siguiendo un juego de continuidad conceptual, con escenarios, personajes, hitos y situaciones recurrentes. Así, Crónicas marcianas se erige como un audaz experimento estructural, quizá el más arriesgado que practicara el autor a lo largo de su dilatada carrera.

La novela/volumen de cuentos narra la conquista y colonización del planeta Marte por parte de la humanidad, y su posterior abandono. Todas las historias se sitúan en un marco cronológico destacado: desde enero de 1999 —«El verano del cohete»—, que es cuando tiene lugar la llamada Primera Expedición, hasta diciembre de 2005 —«Los pueblos silenciosos»—, una vez desatada una incontenible guerra nuclear en la Tierra que obliga a los colonos a regresar a su planeta de origen. El libro tiene, además, tres relatos finales ubicados, a modo de coda, en un escenario cronológico muy posterior: entre abril y octubre de 2026.

Bradbury narra la colonización del planeta rojo desde una perspectiva que responde a los cánones de la historia: la conquista de un territorio siempre ha de ser gradual, y nunca podrá ubicarse en una fecha concreta. Al igual que el descubrimiento de América, se trata de mudar y trasladar todo un sistema de costumbres, idiosincrasias y rutinas al nuevo planeta. Así, las tres primeras expediciones a Marte fracasan en su intento de colonización: la Primera sucumbe a la explosión del cohete, que nunca llega a tocar tierra; los miembros de la Segunda Expedición son tomados por locos por los nativos y conducidos a un extraño manicomio marciano; los astronautas de la Tercera Expedición, por su parte, son emboscados hábilmente por los habitantes de Marte, quienes les hacen creer que han viajado en el tiempo y se han reencontrado con sus familiares muertos en sus pueblos de origen. Esta Tercera Expedición, no obstante, va a conseguir algo importante: contagiar a los nativos marcianos una enfermedad que, poco tiempo después, aniquila a casi toda la población. Para cuando los miembros de la Cuarta Expedición lleguen a Marte, se lo encontrarán prácticamente despoblado, y solo entonces comenzará el verdadero proceso colonizador.

Ilustración del puesto de perritos calientes que Sam, uno de los miembros de la Cuarta Expedición, abre en pleno desierto marciano. Fuente de la ilustración: Subterranean Press

Crónicas marcianas no es solo una novela de ciencia ficción… Es más: yo diría que ni siquiera es una novela de ciencia ficción. Los conceptos científicos están tratados muy superficialmente y la implantación de la tecnología apenas se explica a lo largo de los escritos. Técnicamente hablando, casi podríamos afirmar que el único relato de ciencia ficción de todo el volumen es «Vendrán lluvias suaves», uno de los epílogos ubicados en el año 2026. El resto de las historias, además de constituir, en ocasiones, fascinantes narraciones de aventuras espaciales, ahondan en profundas y muy lúcidas reflexiones acerca de la condición humana y en cuestiones tan cercanas como la soledad, el aislamiento, el racismo, las relaciones personales, la ambición y, por sobre todas las cosas, la capacidad mayor o menor de adaptación que muestra el ser humano en determinadas circunstancias. No debemos olvidar que una de las primeras acciones del proceso colonizador consiste en transportar cientos de miles de metros cuadrados de madera de bosques americanos para recrear, sobre la superficie marciana, los pueblos y los trazados urbanísticos de la Tierra en el nuevo planeta. A lo largo de la narración nos encontraremos con personajes «iluminados» que comprenderán muy pronto que la colonización de Marte no será otra cosa que una extensión territorial de las perniciosas costumbres y los vicios del ser humano, reflexión que nos lleva a una conclusión tan triste como cierta: así como la humanidad ha terminado por destruir y volver casi inhabitable el planeta Tierra, lo mismo ocurriría si lograra conquistar un nuevo cuerpo celeste.

La novela —o conjunto de relatos— da un giro inesperado cuando, a finales de 2005, una explosión nuclear volatiliza Australia entera, desatando una guerra mundial de más de veinte años de duración. Los habitantes de Marte, que supuestamente se habían marchado de la Tierra para huir de las catástrofes y las desgracias, se ven impelidos a regresar, ya que todos ellos tienen familiares allí. En esos momentos se vuelve dramática la situación de los pocos que permanecen en Marte, y es cuando más palpable se vuelve el mensaje de intensa, de insoportable soledad y aislamiento.

Por lo demás, Bradbury no entre en cuestiones de índole científica como la naturaleza de los cohetes, la adaptación del ser humano al ecosistema marciano, la densidad del oxígeno, la aplicación de la agricultura al suelo marciano y otras. Son contingencias narrativas que deben librarse en la imaginación del lector, ya que para el autor el mensaje de la historia es otro: le interesa, principalmente, la fabulación acerca de los actos del ser humano en un nuevo escenario de acción. Así, la novela alcanza momentos realmente emocionantes y nos deja esa inefable sensación que solo transmiten las grandes piezas narrativas: la de la atemporalidad. Sí, porque Crónicas marcianas fue escrita en 1946, pero tranquilamente podría haber sido escrita en nuestra época. Sus postulados son igualmente válidos y aplicables —yo diría que aún más— en los paradigmas de la sociedad actual.

El genio Ray Bradbury en el «orden» de su estudio

Del autor, Ray Bradbury, ya hemos hablado en este blog —accede a un jugoso microensayo sobre otra de sus obras maestras, El hombre ilustrado, aquí—.  Si bien es cierto que se trata de un autor que he leído en diferentes etapas de mi vida —y que espero seguir descubriendo y redescubriendo siempre—, lo tengo muy asociado a mi adolescencia, a un periodo entre los catorce y los diecinueve años, cuando me conquistó para siempre con libros como La feria de las tinieblas, La bruja de abril y otros cuentos, Fahrenheit 451, El hombre ilustrado y, por supuesto, la cautivadora fábula espacial que hoy nos ocupa. Creo que se trata de uno de los grandes maestros de la fantasía de todos los tiempos, y cuyo trabajo terminó de consolidar una serie de géneros por entonces apenas emergentes en el siglo XX. Aquí, en El Disparaletras®, siempre le brindaremos el proscenio y el lugar de privilegio que sin duda merece.

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