La sublimación del horror en el cine

Hoy, además de literatura —y literatura de terror de altos quilates—, hablaremos en El Disparaletras® de cine, un medio que no analizamos demasiado aquí y que, seguramente, merecería un espacio mayor del que tiene. Claro: ocurre que no desgranaremos cualquier película, sino la que probablemente sea la película de terror más grande jamás filmada. Adaptación, además, de una de nuestras novelas favoritas del maestro Stephen King… Sí; creo que con estas pistas ya tienes suficiente para adivinar que hablamos, ni más ni menos, que de El resplandor, de Stanley Kubrick.

El resplandor, de Stanley Kubrick (Warner Bros. Pictures, 1980, 116 minutos)

A finales de los setenta, el gran cineasta Stanley Kubrick estaba a la búsqueda de un nuevo proyecto fílmico. Su última película había sido Barry Lyndon (1975), un trabajadísimo film de época basado en la novela de William M. Thackeray. Huelga aclarar que, por esos años, el nombre de Stephen King estaba en boca de todos. El autor de Maine había irrumpido como una locomotora en el panorama de la literatura de terror y estaba llamado a ser —como finalmente lo fue— el gran renovador del género. Había publicado las novelas Carrie (1974), El misterio de ‘Salem’s Lot (1975), El resplandor (1977), La danza de la muerte (1978) y La zona muerta (1979), y el impresionante volumen de relatos El umbral de la noche (1978). También había publicado dos novelitas marginales (aunque obras maestras en su factura): Rabia (1977) y La larga marcha (1979), aunque estas habían sido firmadas con el seudónimo de Richard Bachman, y por tanto habían pasado prácticamente desapercibidas para el gran público. Aunque en estos pocos años de carrera King ya había publicado una buena porción de sus obras maestras definitivas, sin duda El resplandor era la novela que más prestigio le había granjeado; fue su primer gran éxito en tapa dura, triunfo que lo catapultó hasta ubicarlo en una categoría diferente dentro de la emergente literatura de terror. En resumidas cuentas: era el amo absoluto (y como bien sabemos, lo sigue siendo).

Stephen King en 1979. Entonces y ahora, el autor de terror más popular y reconocido

Kubrick escoge, pues, El resplandor como base narrativa para su película, pero tiene la osadía de dinamitar no solo la trama, sino el discurso general de la novela. A lo largo de estos cuarenta y pico años de vida de la película se ha alimentado una gran polémica —en mi opinión, francamente estéril— respecto a las excesivas libertades que Kubrick se tomó para la adaptación cinematográfica. Descartado el análisis que hace King en la novela acerca de la desintegración familiar y el alcoholismo como elemento catalizador de la furia y la violencia, Kubrick decide centrar la fuerza de su discurso en una atmósfera visual y sonora absolutamente asfixiante, opresiva y claustrofóbica. A través de una narrativa fragmentada, que indudablemente busca la complicidad y la participación activa del espectador, consigue estimular las membranas del horror y sacudir la sensibilidad de un par generaciones de adeptos al género. El resplandor tiene, pues, el mérito de transmitir la sensación terrorífica no tanto a través de los diálogos y la violencia explícita, sino mediante la «masa de aire» que envuelve los escenarios.

Una de las principales bazas con las que cuenta Kubrick es, qué duda cabe, la escalofriante interpretación de Jack Nicholson en el papel de Jack Torrance, el escritor alcohólico que, en horas bajas, consigue un empleo como cuidador, durante las estaciones frías, del hotel Overlook, un destino turístico enclavado en las Montañas Rocosas de Colorado. El trabajo de gesticulación de Nicholson forma parte de la propia mitología del cine; es impresionante cómo consigue transmitir al espectador la progresiva destrucción de la frágil estructura psíquica del personaje. Si bien se ha dicho que la película peca de mostrar a un Torrance que parece un lunático ya desde la primera escena, haríamos bien en comparar al sereno y afable Jack Torrance de la primera escena, durante la entrevista de trabajo con Stuart Ullman, con el desenfrenado asesino que surge como una tromba desde detrás de una columna para clavar un hacha en el pecho del cocinero Dick Hallorann.

Jack Torrance, segundos después de asesinar a Dick Hallorann con un hacha. Jack Nicholson firmó en El resplandor uno de sus papeles más memorables

La película registra escenas y planos que han pasado a formar parte de nuestro imaginario popular, o de lo que Lacan llamaría «inconsciente colectivo». Las gemelas al fondo del pasillo, el recorrido silencioso y terrorífico de Danny a bordo de su vehículo a pedal por los corredores del hotel, la imagen de Lloyd, el barman, delante de la estantería de bebidas iluminada, el rostro sonriente de Jack a través de la puerta destrozada, el impactante baño de sangre que emana desde el ascensor, la letras de la palabra REDRUM escritas con lápiz labial sobre la puerta, el plano de Jack congelado tras la obtusa persecución de su hijo por el laberinto… Muchas, muchísimas postales que conforman una galería inolvidable y que han jalonado nuestro amor por este género. De entre todas ellas, siempre ha sido mi favorita la que nos ofrece el plano lateral de la puerta del baño, con una Wendy Torrance absolutamente en pánico, esgrimiendo un cuchillo, y el filo del hacha asesina cada vez más visible a través de las hendiduras en la puerta; finalmente, y tras un microsegundo de silencio insoportable, el hachazo definitivo que le permite ver el tamaño y la violencia de esa arma homicida, y el grito desaforado que no se hace esperar… Una secuencia tremenda, cargada de una tensión sobrecogedora.

Danny Torrance y uno de sus encuentros con las mellizas Grady, tras el icónico recorrido en triciclo por los pasillos del hotel Overlook
Sin duda uno de los momentos más intensos de toda la historia del cine de terror: el hacha de Jack irrumpe en el frágil escondite de una Wendy Torrance en pánico
El impresionante baño de sangre que emerge del ascensor; otro de los momentos míticos de la película

Como comprenderás, no es mucho más lo que puedo añadir sobre la película que ya no sepas o que no puedas encontrar en multitud de libros, ensayos, blogs, foros de debate, etcétera. Con lo que me quiero quedar es con la siguiente reflexión: siempre he sido un fan del género de terror, especialmente en literatura, pero también en el cine. Y admiro muchísimo a los grandes directores que han hecho escuela en el género: desde el Tod Browning de los años treinta, pasando por el Terry Fisher de la Hammer de los sesenta, hasta los grandes maestros que surgieron en los años setenta: David Cronenberg, Wes Craven, Tobe Hooper, John Carpenter, etcétera… Ahora: qué diferencia se aprecia cuando la temática cae en manos de un genio irrepetible del cine como Kubrick. El salto de calidad es evidente, y no deja de ser notorio que la película de terror más grande de todos los tiempos —en mi opinión, al menos— haya sido realizada por un director que no se especializó, ni mucho menos, en el género.

Volviendo a nuestro querido genio de Maine, El resplandor supuso un antes y un después en la relación de Stephen King con la factoría del cine. Profundamente disgustado a causa de la tergiversación que Kubrick había hecho del mensaje de su novela, exigió a partir de entonces fiscalizar y aprobar —o desaprobar— los guiones adaptados de todas sus obras, tanto para el cine como para la televisión. Indudablemente, su posición de privilegio en el mundo literario le permitió tomarse esa potestad. Muchos años después, incluso, escribiría un guion para una adaptación especialmente supervisada por él: hablamos de El resplandor, la miniserie de 1997 dirigida por Mick Garris, que resultó ser una reproducción casi página por página de la novela. El resultado es una obra notable, de auténtico mérito, aunque, como es fácil imaginar, sin casi nada de la magia cinematográfica que solo un superdotado como Kubrick puede crear en materia de puesta en escena y jerarquía visual e interpretativa.

El genio Stanley Kubrick, en plena labor

Controversias aparte, creo que hablamos de una de las películas más míticas (sino la más) de nuestro amado género de terror. A través de una atmósfera perturbadora, una recreación del lugar maldito inigualable y unas actuaciones para el recuerdo, Stanley Kubrick se hace un hueco en la historia grande del cine de horror adaptando, muy a su manera, una de las mejores y más complejas novelas de Stephen King. El resultado es la sublimación del horror en el cine, la expresión más visceral del sentimiento a través del fotograma. Pura leyenda del celuloide.

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