Armand

Cualquiera podría haber pensado que nuestro estado sería ruinoso; sin embargo, las técnicas de embalsamamiento ayudaban a que nos mantuviéramos en forma.

Aquella noche estaba especialmente ansioso; iba a visitar a Armand después de mucho tiempo. Nunca nos conocimos en vida, pero la cantidad de correrías al amparo de las tinieblas en las que habíamos participado tiempo atrás eran recordadas en todo el recinto. Después, decidimos descansar durante unos años.

Atravesé el camposanto desierto y de paisaje ralo en dirección al refugio de Armand. Las alimañas de la noche acechaban a la espera de un bocado; el dominio de la carroña subterránea enviaba sus efluvios hacia el exterior a través de una densa vaharada pestilente.

Divisé a los lejos el panteón en donde subsistía Armand, coronado por una cruz medio derruida. Superé con ágiles pasos en anquilosamiento de años de quietud. Con huesudos nudillos llamé a su puerta. Esta se abrió con un chirrido prolongado y herrumbroso. Del otro lado del ancho soportal de piedra estaba mi amigo Armand.

—Cuánto tiempo —dijo—. Pasa. Te estábamos esperando.

Muy poco después, se desató un auténtico festín de canibalismo y tanatofagia.

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