«El Horla»: una reflexión sobre la materia

De entre mis relecturas habituales, el gran relato «El Horla», de Guy de Maupassant, es una de esas obras a las que regreso con cierta regularidad, ya que cada revisión me ofrece nuevos descubrimientos y prismas interpretativos. Considerada como una de las mejores piezas de horror clásico de la historia, intentaré ofrecerte aquí, en «El Disparaletras®», un somero análisis.

El Horla. Cuentos fantásticos y de horror, de Guy de Maupassant. Alianza, Madrid, 2021. 408 páginas

La narración se desgrana a través de las entradas del diario del protagonista, un joven sin nombre que pasa unas vacaciones en una ciudad portuaria cercana a Rouen (Francia). El período vacacional se desarrolla con normalidad hasta la llegada al puerto de un barco brasileño procedente de Sao Paulo. A partir de entonces, el protagonista comienza a percibir la presencia intangible, aunque al mismo tiempo innegable, de un ser etéreo que lo visita por las noches y le absorbe su energía vital. El narrador describe en su diario una serie de oscuros delirios referidos a este ser, así como su creciente estado febril, manifestación de su progresiva enfermedad. Desesperado, el protagonista emprende un viaje de un mes a París, del cual regresa totalmente restablecido; este hecho le brinda la pauta fundamental de que el mal no está en su interior, sino alojado en la casa de veraneo, teoría que gana fuerza al comprobar que la presencia del misterioso ser también afecta a los criados de la finca. El narrador organiza entonces una serie de experimentos nocturnos que le permitan verificar la presencia del ser: coloca unas jarras con agua y leche junto a su lecho, las cubre con algodón impoluto y mancha sus manos con hollín, para así comprobar que no ejerce ningún acto bajo los efectos de un presunto sonambulismo. Los resultados arrojan una conclusión irrefutable: por las noches, un extraño ser de inexplicable naturaleza y origen se aproxima a su lecho y fagocita buena parte de su energía…

Portada de la edición ilustrada de El Horla, obra de Guillaume Sorel. Ponent Mon, Tarragona, 2017. 64 páginas

A través de su acostumbrada maestría y sutileza narrativa, Maupassant nos ofrece un relato inquietante, a ratos desasosegante, pero a lo largo del cual el ente no ejerce ningún tipo de violencia sobre el narrador, si bien su mera presencia lo trastorna; el discurso, de esta forma, se afirma en los preceptos básicos del horror psicológico. Esto lleva a la voz narrativa a establecer una serie de lúcidas reflexiones acerca de la materia y la percepción; la intrahistoria nos habla de la limitación de los sentidos humanos para captar gran parte de los acontecimientos universales que ocurren alrededor, circunscribiendo los elementos que componen aquello que llamamos «existencia» a lo que los órganos sensoriales (casi siempre fatigados y falibles) pueden captar. El protagonista se reafirma, entonces, en la presencia de un ser de naturaleza material, aunque imperceptible para cualquiera de los cinco sentidos humanos. El relato prefigura algunos conceptos ampliados años más tarde por el genio H. P. Lovecraft, como la presencia de estirpes superiores y su posible contacto con la raza humana; esto queda de manifiesto cuando, en un momento dado, se produce un choque de voluntades en el seno de la narración, enfrentamiento que el ente domina sin dificultad, manipulando los actos del protagonista. La narración contiene multitud de frases memorables, entre las que destaca la que sigue:

«Cuando estamos solos mucho tiempo, poblamos el vacío de fantasmas»

Esta apreciación del narrador desvía hábilmente la atención del lector hacia una posible conclusión racional: la soledad y el aislamiento voluntario del protagonista bien pueden ser la causa de una serie de alucinaciones. Entre los pasajes imborrables que incluye el relato, cabe destacar el momento en el que el narrador se coloca delante de un espejo y no puede ver su imagen reflejada en él…, por la sencilla razón de que el ente, invisible, se interpone. Así, el mensaje del relato orienta su vertiente terrorífica hacia una honda reflexión acerca de la materia y lo material en relación con la existencia humana, alcanzando una profundidad conceptual no muy frecuente en el género de horror. El desenlace, mediante el recurso redentor del fuego, ofrece un panorama completamente devastador y desesperanzado.

Guy de Maupassant (1850-1893)

«El Horla» se publicó por primera vez el 23 de octubre de 1882 en el prestigioso periódico francés Le Galois. Años más tarde, en 1887, y ya en formato libro, sería publicada una versión ampliada del relato. Actualmente existen traducciones castellanas de ambas versiones. Algunos estudios literarios han especulado con la comparación entre el mal que aqueja al protagonista y el que padeciera el propio Maupassant, es decir, la crisis nerviosa que el autor sufrió en enero de 1892, producto de la sífilis, y que lo condujo a acabar sus días en una institución mental (Maupassant moriría un año y medio después, en julio de 1893). En cualquier caso, la obra condensa y destila la inimitable maestría del autor francés para el relato breve y su aguda percepción de los horrores que acechan en la vida cotidiana. Los delirios y el acceso a «manifestaciones inmateriales» conectan su literatura con los pozos psicológicos umbríos y desquiciantes del mejor Edgar Allan Poe, pero su literatura del horror opera con un discurso propio y muy distinguible: la capacidad de trasladar lo sobrenatural e intangible al terreno puramente material.

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