Esperando el amanecer

Cuando arribase el alba, nos iban a ahorcar a los dos. Nos acusaban de violadores y asesinos, y éramos culpables. Él me brindó palabras de consuelo durante toda la noche; me habló del fin de los sufrimientos y las tribulaciones, de los granos de arena del reloj de la miseria, que caerían uno a uno hasta el final. Es evidente que no me juzgó preparado para afrontar la ejecución, y por eso decidió retener el amanecer.

Antes de que el primer resplandor rosáceo apareciera por el este, se aproximó a la ventana del calabozo y allí se plantó, con la vista fija en el exterior, dispuesto a obrar el prodigio. La luz se debilitó, su tímido albor se apagó… Fue como si el tiempo se detuviera. Yo, aterido por el pánico, tiritaba en mi sucio camastro, derramando lágrimas de horror y balbuceando oraciones inútiles a los dioses indiferentes, invisibles, silentes… Él, allí plantado, apenas una estatua de carne y huesos, de piel y cabello erizado, de alguna manera consiguió posponer el amanecer. Era un acto de voluntad pura: quizá se había propuesto aplazar el momento hasta que me sintiera preparado; tal vez pretendía, nada menos, abolir para siempre la llegada del alba.

No sé cuánto tiempo estuvo de pie ante el ventanuco de nuestra celda. No sé durante cuánto tiempo consiguió que el sol no terminara de asomar por el este. Ahora, con la soga al cuello y a punto de abrirse la trampilla bajo mis pies, pienso que fueron días enteros… Semanas… Tal vez meses.

Cuando finalmente se derrumbó, aplastado por la agonía y el cansancio, vencido por las fuerzas cósmicas, yo ya había dejado de temblar y de lloriquear. Seguía sin sentirme preparado para afrontar la muerte, pero sí, al menos, para contaros su hazaña sobrehumana.

Durante todo el tiempo que compartimos cautiverio, durante los incontables meses y años que dedicó a retener el último amanecer, estuve convencido de que compartiríamos cadalso. Pero no…; en este templo de la muerte solo me encuentro yo. A él no hizo falta ahorcarlo, ya que a la salida del sol no era más que un saco de huesos pulverizados.

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