«Tommyknockers»: una novela a reivindicar

Durante estas últimas semanas, Stephen King ha vuelto a ser noticia: la publicación de Después (After), su última novela, y los debates sobre si lo que ofrece es novedad o refrito, homenaje o directamente plagio, han inundado los blogs, las redes sociales y las pocas charlas de cafetería en las que he participado. Quienes me conocen un poco saben que mis preferencias están más bien orientadas hacia lo que podríamos llamar el «King clásico», así que a falta de una opinión formada sobre su último trabajo —sí: lo más probable es que tarde o temprano lo termine leyendo—, hoy me paso por «El Disparaletras®» para hablarte de la que para mí ha sido y sigue siendo una de sus novelas más fascinantes y ambiciosas: Tommyknockers.

Tommyknockers, de Stephen King. Debolsillo, Barcelona, 963 páginas

Era la cúspide de su creatividad, el momento de mayor fragor en su producción, una época en la que los libros excepcionales prácticamente se le caían de los bolsillos…, pero también uno de sus momentos personales más complicados, cuando su adicción al alcohol y a todo tipo de sustancias había llegado a lo más alto y amenazaba con hacer volar su vida en pedazos. Sí: nos ubicamos en la segunda mitad de los años ochenta; para muchos —entre los que me incluyo— indudablemente el momento más álgido en la carrera del escritor. Solamente hay que hacer un breve repaso a la nómina: El pistolero y Las cuatro estaciones (1982), Christine y Cementerio de animales (1983), El talismán y Sacrificio (1984), Skeleton Crew (1985), It (1986), La llegada de los tres y Misery (1987)… Demasiado, ¿no? Por si fuera poco, y coronando esta impresionante pirámide de obras maestras, aparece Tommyknockers, una novela potente y desenfadada, compuesta desde la más absoluta libertad creativa y ambición estructural, y destinada a convertirse en un rotundo fracaso de crítica y público. Sí: porque si algo tiene de curioso esta novela es el agudo contraste que existe entre su calidad intrínseca —en mi opinión, irrefutable— y la mala fama que la ha perseguido, principalmente debido a la forma tan despiadada en la cual la crítica especializada la fustigó, pero también a lo mal que ha hablado de ella el propio autor en unas cuantas entrevistas.

Posiblemente se deba a su atrezo, a su vestimenta de película de serie B, porque lo cierto es que Tommyknockers funciona como una especie de recreación de las películas de ciencia ficción de los años cincuenta: ya sabes, de esas en las que se veía el platillo volante sostenido por el cordelito. En cualquier caso, la gran apuesta de King consiste en desgranar la historia de la influencia nociva de un ovni desde dentro, desde la realidad comunitaria y desde el punto de vista de un enorme puñado de personajes, convirtiendo una premisa sencilla en el germen de una inabarcable novela coral. La modernidad en el tratamiento del tema o motivo literario consiste en trasladar el escenario, como siempre, al ámbito de la Norteamérica medio rural de los años ochenta, y a una especie de hongo expansivo de la influencia tóxica de la nave desde un epicentro concreto: el pueblecito de Haven, una de sus tantas localizaciones inventadas y ubicadas en el mapa de Maine, su estado natal.

Contraportada de la primera edición de Misery (Viking Press, 1987), publicada el mismo año que Tommyknockers.

La protagonista de la historia es Roberta Anderson, una escritora de novelas del oeste que vive aislada del mundanal ruido en una casa en medio de los bosques, a las afueras de Haven. Un día, y mientras pasea con Peter, su fiel sabueso, tropieza con un trozo de metal enterrado. Aquí entra en juego una de las situaciones narrativas favoritas del autor, y que mejores resultados le ha dado: la apertura de una especie de tecno-caja de Pandora, ese acercamiento al conocimiento prohibido que tan bien supo explotar H. P. Lovecraft en su día. Y es que el tropiezo inicial de Roberta Anderson se convierte en una verdadera obsesión por descubrir la naturaleza de ese objeto enterrado; así, no mucho después ya la tenemos excavando frenéticamente en su búsqueda, y pronto descubriremos, junto con el personaje, que dicho objeto resulta ser un enorme platillo intergaláctico. Aquí se desata el giro argumental maestro de la novela: los extraterrestres que pilotaban la nave no están muertos, sino en estado de hibernación en el interior de la nave, y el descubrimiento del platillo los ha despertado. A partir de entonces, emplearán sus habilidades telepáticas para influir en los ciudadanos de Haven. ¿Cuál será el resultado? Evidentemente, una ola de locura, crímenes, asesinatos, desapariciones y baños de sangre.

Stephen King mantiene una prodigiosa coherencia interna en el trazado de la historia, desplazándose con enorme soltura y equilibrio a lo largo de una gran cantidad de escenarios narrativos. Como siempre, resulta muy convincente la construcción de personajes, la creación de la atmósfera y la introducción de insertos. Esta riqueza de detalle le permite la confección de una novela sólida y atrapante, fascinante durante largos pasajes. En lo que es una de sus señas de identidad, el lector podrá comprobar cómo se deshace el contrato inicial: esto es, cómo se desmoronan las premisas narrativas de partida en pos de una metamorfosis conceptual tanto del escenario narrativo como de la naturaleza de los personajes. A la hora de analizar los distintos niveles estructurales que maneja, comprendemos que la novela funciona como una parábola de la involución, y como el resultado de la imposible convivencia entre dos razas separadas por un abismo cósmico. Por supuesto, no hace falta destacar la influencia patente del magistral relato de Lovecraft «El color del espacio exterior» (The Colour Out of Space, 1927) en esta novela.

Portada de la edición en rústica de Tommyknockers, de Stephen King. Plaza & Janés, Barcelona, 1992. 704 páginas

Al margen quedará la opinión fundada de los numerosos críticos que la pusieron a caldo en su día y que, por diversos motivos, siguen defenestrándola hoy. Fuera de este análisis dejaremos las razones por las cuales el propio Stephen King reniega de ella —es muy probable que lo retrotraiga a una época gloriosa de su vida creativa, pero también a un periodo muy desagradable de su peripecia personal—. A un lado dejaré los porqués de la reprobación del público en general, incluso de sus fanáticos más adeptos; como siempre, baso estas palabras en una opinión subjetiva y personal: creo y siento que Tommyknockers es una novela a reivindicar, un clásico a redescubrir y una obra magnífica que ha ser leída sin complejos ni preconceptos. En sus páginas, Stephen King nos ofrece una de las cumbres de su fecunda creatividad y recrea aquellos miedos siderales que nacieran con el horror cósmico en los años veinte y que se potenciarían con los miedos nucleares de los años cincuenta, plasmados en cantidades industriales de cine de ciencia ficción; ese miedo primordial a aquello que está en el exterior y que sabemos que algún día puede desatar lo peor que llevamos dentro de nosotros mismos; la presencia de los tommyknockers, llamando a tu puerta…

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