«El horror de Dunwich». Lovecraft y los miedos arquetípicos

Llevábamos un tiempo sin hablar del genio de Providence en este blog —no mucho tiempo, en realidad; más concretamente, desde el 15 de marzo—. Pero ya sabes que aquí, en El Disparaletras®, el bueno de H. P. Lovecraft es dueño y señor, y siempre que tengo oportunidad me suelto a comentarte algo sobre su vida o su obra. En este caso, te traigo algunas de las impresiones que me ha dejado una nueva relectura —no me pidas que las enumere— de una de sus obras maestras definitivas: «El horror de Dunwich».

El horror de Dunwich, de H. P. Lovecraft. Alianza, Madrid, 2018. 254 páginas

Este relato fue compuesto en 1928, en pleno desarrollo de los Mitos de Cthulhu, y cuando comenzaba a consolidarse la estructura temática y conceptual del horror cósmico. HPL nos regala aquí una soberbia historia de ambientación rural, provista de una imaginería sin igual y con una trabajadísima atmósfera de horrores materializados a través de lo que podríamos llamar «miedos arquetípicos», esos miedos que anidan no ya en el inconsciente colectivo de la raza humana, sino en una especie de fuente primigenia que se originó cuando el universo era muy joven, cuando el ser humano aún no caminaba por la tierra. En este caso, sirva como perfecta analogía el texto de Charles Lamb que Lovecraft cita al comienzo del relato, y que extrae de su obra Witches and Other Night-Fears. Los rostros del miedo, las diferentes configuraciones del horror, han variado a lo largo de los siglos, pero su esencia siempre ha estado ahí, desde el principio de los tiempos.

«El horror de Dunwich» narra la historia de la familia Whateley, un clan de brujos que habita en una comarca perdida, anclada en el ostracismo y la ignorancia, allende las montañas de la zona central de Massachusetts. El patriarca del clan, el viejo Whateley, practica rituales y ceremonias paganas en la cima de una colina, Sentinel Hill, donde invoca a dioses primigenios y criaturas primordiales, entre ellas, a Yog-Sothoth, la Llave que abre la Puerta. Un buen día, su hija Lavinia, una albina deforme de treinta y cinco años, queda embarazada. Los pueblerinos desconocen quién es el padre de la criatura y las habladurías se extienden como un reguero de pólvora. Mucho más cuando, nueve meses más tarde, Lavinia da a luz a Wilbur, un niño precoz y muy difícil de ver: sin mentón, de largas extremidades y con un rostro caprino y deforme. El crío desarrolla, en muy poco tiempo, unas capacidades inexplicables para su corta edad: a los cuatro años ya vocaliza perfectamente, tiene vello facial, voz gruesa, va abotonado hasta el cuello y porta un arma de fuego, ya que los perros de la comarca lo acosan y pretenden atacarlo. La familia Whateley, conforme el desarrollo del «pequeño» Wilbur se vuelve cada vez más desproporcionado, compra ingentes cantidades de ganado y lleva a cabo rudimentarias pero inacabables reformas en su granero y su finca. Los alrededores de esta huelen muy mal y los pueblerinos se temen lo peor, ya que todo parece indicar que, además de al mocoso híper desarrollado con facciones caprinas, Lavinia ha traído al mundo a otra criatura… probablemente más horrenda y peligrosa aun que el propio Wilbur.

Impresionante recreación visual de la escena final de «El horror de Dunwich», de H. P. Lovecraft

Lovecraft estructura el relato en nueve capítulos y ambienta la historia en dos escenarios de enorme contraste: los rústicos parajes agrestes de Dunwich y los eruditos salones de la Universidad Miskatonic, en Arkham, donde el caso de las anomalías de Dunwich llamará la atención del profesor Henry Armitage, un estudioso del folclore local que, entre otras cosas, custodia el valioso ejemplar del Necronomicon que se almacena en la biblioteca de dicha universidad. Lovecraft implementa una estrategia narrativa muy especial, y bastante inusual en él: en lugar de adoptar el punto de vista de un narrador personaje —su punto de partida más frecuente—, elige contar la historia desde un narrador omnisciente que se permite el desplazamiento entre escenarios y personajes, consiguiendo de esta forma un relato extraordinariamente coral. Así, mediante testimonios y conversaciones a través del teléfono comunal, tenemos acceso a los hechos ocurridos en Dunwich desde la perspectiva de los rústicos habitantes de la comarca, de algunos visitantes a la granja de los Whateley, de los azotacalles que malgastan su tiempo en el almacén de Osborn y, por supuesto, desde el punto de vista de los estudiosos de Arkham, con quienes el lector inevitablemente empatizará.

Un recurso muy curioso que utiliza el autor de Providence en este relato es la diferenciación en el habla entre los personajes. Para resaltar el profundo atraso intelectual de los pueblerinos de Dunwich, Lovecraft los hace «hablar» con faltas y defectos ortográficos y gramaticales, buscando de esta forma reproducir una dicción muy deficiente. Es importante aclarar que esta diferenciación en el habla no ha sido respetada por todas las traducciones al castellano. La editorial Valdemar —cuya traducción corrió a cargo de Juan Antonio Molina Foix— sí ha trabajado a fondo esta traslación, consiguiendo que la experiencia de lectura sea mucho más sensitiva; la edición de Alianza que citamos aquí, y cuya traducción llevó a cabo Aurelio Martínez Benito en 1981, opta no obstante por una traducción neutra. Dicha edición incluye, además, otros tres relatos de Lovecraft en el volumen; estos son «El modelo de Pickman», «El susurrador en la oscuridad» y «El extraño», amén de un texto muy interesante de August Derleth en donde desglosa someramente la vida y la obra del maestro de Providence.

«El horror de Dunwich» es la obra favorita de una gran cantidad de lectores lovecraftianos, y yo personalmente la considero una de las mejores, un pico en la trayectoria del mejor autor de terror de todos los tiempos. Su estructura ambiciosa de perspectiva múltiple, su desarrollo narrativo, el crescendo del horror cósmico que trabaja, los impresionantes giros en la trama, la descripción precisa y abigarrada de las aberraciones que se producen en el pueblo y, sobre todo, la representación conceptual que lleva a cabo de los miedos arquetípicos lo convierten en uno de los relatos de horror más influyentes jamás escritos. Una pieza maestra cuya lectura impacta y embelesa, al tiempo que nos lega un montón de preguntas inquietantes acerca de nuestro papel en la realidad cósmica, nuestro verdadero e insignificante rol ante esa puerta que domina Yog-Sothoth y que, un buen día, puede llegar a abrirse…

1 comentario en “«El horror de Dunwich». Lovecraft y los miedos arquetípicos

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