Mariana Enriquez, o la nueva tesis del cuento de horror

A día de hoy, casi no hay libros que reúnan cuentos de horror. Puede parecer falaz lo que comento, ya que en cualquier librería te puedes encontrar decenas de antologías con narraciones breves adscritas al género, pero cabe puntualizar que lo que la mayoría de los autores practican no es el cuento de horror, sino el relato de terror, género muy similar —hermano, diríamos—, pero del que lo separan algunas sutiles diferencias que un día quizá analicemos en profundidad en este blog. Por esta razón, la satisfacción que uno vive cuando se topa con genuinos cuentos de horror es casi insuperable, y hoy vengo a hablarte de la autora que mejor se maneja en este registro tan difícil de encontrar; hablo de mi compatriota Mariana Enriquez, y en concreto de los cuentos reunidos en su primer volumen, Los peligros de fumar en la cama.

Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enriquez. Anagrama, Barcelona, 2017. 201 páginas

Mariana Enriquez plantea en estos escritos una especie de nueva tesis del cuento de horror. Apoyándose en los sustratos temáticos de los maestros clásicos —Sheridan Le Fanu, Poe, o M. R. James, pero con claras influencias de contemporáneos como Shirley Jackson o Thomas Ligotti—, recrea un mundo soterrado de espantos sutiles que filtran sus garras hacia una realidad tangible y muy reconocible: la de la Argentina de las últimas cuatro décadas. Diversos elementos característicos de la iconografía del género son recreados en sus textos, pero actualizados y despojados de la rimbombancia de otras épocas. El estupor va de la mano de las revelaciones, pero los cuentos no poseen momentos ruidosos ni explosivos, y toda reminiscencia a la tan mentada carnalidad del género se queda en unos muy apropiados momentos en fuera de campo. Mariana Enriquez maneja a la perfección el arte de la insinuación, de la sugerencia, de la referencia solapada, y lo hace, además, mediante un lenguaje cercano, a ratos un tanto frío, pero siempre profundo, y verbalizado, la mayoría de las veces, a través del fiable punto de vista del narrador protagonista o testigo. De esta forma, crea la ilusión de unas realidades que, por más imposibles que resulten en su concepto, entablan un diálogo verosímil por su articulación en el contexto de la narración.

La implementación de esta tesis le permite a la autora componer cuentos verdaderamente estremecedores, como son «La Virgen de la tosquera» —una historia de celos adolescentes con retazos de oscuro misticismo—, «El carrito» —narración de una maldición urbana a manos de un vagabundo desharrapado—, «El aljibe» —donde se revive el mundo de la brujería a través de una desgarradora historia familiar—, «Carne» —un cuento de fanatismo en el que se mezclan el rock, la muerte y la necrofagia— y, sobre todo, «Chicos que faltan», probablemente el más impactante de los cuentos de este volumen, una narración intensa y dramática sobre la reaparición de adolescentes en los parques del centro de Buenos Aires tiempo después de que se los diera por perdidos. Algunos otros cuentos ahondan en cuestiones más bien existenciales, como «El desentierro de la angelita» o «Los peligros de fumar en la cama», u otros en los que ciertas prácticas sexuales o masturbatorias se convierten en vehículos expresivos del horror, como en «Dónde estás corazón» o «Ni cumpleaños ni bautismos».

En todo caso, lo más destacado de estas piezas literarias es su pertenencia al género del cuento, que no al del relato. Lo que más abunda en el mundo de la narrativa breve de terror es este último, generalmente mucho más extenso y con una estructura granítica de introducción, nudo y desenlace. Por lo común, estos relatos cuentan con álgidos momentos de acción o terror gore, personajes heroicos o desgraciados, masacres, clímax y anticlímax, y un desenlace perfectamente atado en cuanto a coherencia y cohesión con el corpus de la narración. Los cuentos de Mariana Enriquez, en cambio, ofrecen estructuras de tipo confesional, un planteamiento circunstancial derivado de una realidad solo sugerida por la voz del narrador, horrores más bien relacionados con lo atmosférico, lo psicológico y lo emocional —aquí se acerca mucho a Ligotti—, y desenlaces abiertos, ambivalentes, en ocasiones enigmáticos e irresolutos…, pero siempre inquietantes y perturbadores. Esta es la función principal del cuento de horror, y lo que más lo separa del relato de terror —cabe resaltar aquí tanto la distancia que existe entre «cuento» y «relato» como la que separa al «terror» del «horror»—: esa función convierte al lector en un ente activo del proceso de comunicación, lo obliga a pensar y a rellenar los huecos del texto con posibles eventos narrativos que se han quedado fuera del espacio de lo contado, y así lo empuja, irremisiblemente, a una participación casi corporal en el entorno de esa historia en particular.

Mariana Enriquez

Algún día hablaremos un poco de la magistral novela de Enriquez Nuestra parte de noche, ganadora del Premio Erralde 2019, Premio de la Crítica de narrativa castellana 2019 y Premio Celsius 2020, y de algún otro de sus libros. De la autora podemos decir que es periodista y subdirectora del suplemento Radar del diario argentino Página/12, además de docente. De sus libros cabe destacar el que nos ocupa, la fabulosa novela arriba mencionada y «Las cosas que perdimos en el fuego», otro de sus volúmenes de cuentos, y del que hablaremos muy pronto en «El Disparaletras®». Todos estos títulos están publicados por Anagrama, y han elevado a Mariana Enriquez a lo más alto de la narrativa de horror actual. La originalidad en el tratamiento de los temas, la reinterpretación tan radical que efectúa de los códigos básicos del género y, sobre todo, su apego al «cuento» en su concepción más «borgiana» la convierten en una lectura obligada en nuestros días, justamente cuando nuestro amado género más necesita de propuestas renovadoras y frescas, aunque en la búsqueda incansable del mismo viejo objetivo de siempre: el escalofrío ante la irrupción de lo irreal, de lo «imposible», en nuestra realidad tangible; el eterno escalofrío del horror transmitido a través de las palabras.

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