«En las colinas, las ciudades», una reflexión política

Son días de relectura, de reencuentro con algunos de esos libros que marcaron a fuego mi perfil como lector y mis gustos literarios. Siempre he creído que no existe placer como el de redescubrir las sensaciones que nos despiertan algunos relatos y novelas; quizá el único privilegio superior consista en alcanzar un nivel de comprensión o de asimilación conceptual de ciertas piezas literarias cuando uno vuelve a ellas después de un tiempo, con otro bagaje, otras experiencias, otro conjunto de opiniones y preceptos como base de nuestro caudal de conocimiento. Es lo que me ha ocurrido esta semana cuando, releyendo por quinta o sexta vez los fabulosos Libros de sangre de Clive Barker me reencontré con una de las maravillas del género de horror del siglo XX, un relato singular e irrepetible titulado «En las colinas, las ciudades».

Libros de sangre, Vol. 1, de Clive Barker. La Factoría de Ideas, Madrid, 2004. 336 páginas

La narración se inicia con el viaje en coche de Mick y Judd, una pareja de homosexuales ingleses que celebra una improvisada luna de miel recorriendo iglesias, monumentos y carreteras de la Yugoslavia comunista de mediados de los ochenta. La pareja atraviesa algunos problemas de comunicación: mientras que Mick es sensible, reflexivo, contemplativo y aficionado al arte, Judd es pragmático, polemista y de carácter brusco; para él «todo es política», concepto que choca con la visión idealista y platónica de la vida que tiene Mick. Perdidos en una carretera yugoslava cercana a unas colinas, llevan a cabo una fogosa reconciliación en mitad de un campo de trigo; mientras tanto, y no lejos de este escenario, dos ciudades gemelas, Popolac y Podujevo, se preparan para la celebración de una extraña y demencial ceremonia de confrontación.

El joven Clive Barker —tenía unos treinta años cuando escribió este relato— basa la premisa en el contexto algo exótico de la República Federativa Socialista de Yugoslavia. Se trata, en su superficie, de un relato de terror perfectamente confeccionado y ambientado, pero también desarrolla en su intrahistoria una interesante reflexión política y social. Los debates que Judd y Mike llevan a cabo en el coche —un Volkswagen que tendrá gran protagonismo en la historia— entroncan directamente con la clave del argumento: el enfrentamiento de las urbes tendrá lugar mediante la confrontación entre dos seres gigantescos compuestos por los propios miembros de las comunidades. Es decir, que los ciudadanos de Popolac y Podujevo formarán una descomunal pirámide humana, desnudos y atados entre sí con cuerdas y arneses, para configurar una enorme criatura antropomorfa que se desplace hasta las colinas, donde se llevará a cabo el encuentro. Barker hace mucho hincapié en la complejidad de este imposible entramado de seres humanos: juntos conformarán los músculos, tendones, meniscos, ligamentos, articulaciones, huesos, órganos internos y externos, y todas y cada una de las partes de un cuerpo humano. El lugar de los ojos lo ocuparán los ciudadanos con mejor vista; el de la garganta y la boca, aquellos que posean una voz más potente. Juntos deberán coordinar sus movimientos y posiciones para hacer avanzar hasta las colinas la forma de un gigante monstruoso e inaudito compuesto únicamente de seres humanos.

In the Hills, the Cities, ilustración de John Bolton (©Bolton Studio)

Aquí el autor juega con una muy visible alegoría política basada en los preceptos de socialismo y materialismo histórico, además de en otros conceptos básicos asociados a la teoría política. Los ciudadanos de ambas comunidades interactúan en la conformación del gigante con su aporte particular a un Bien Común, concepto desarrollado por Platón y Aristóteles y retomado más adelante por Tomás de Aquino en su Suma Teológica. La reflexión implícita en el relato incluso va más allá: el enfrentamiento entre las ciudades presagia, trágicamente, el desmembramiento de la antigua Yugoslavia, que tendría lugar menos de una década después de escrito el relato. La catastrófica caída de uno de los gigantes —el que representa a la ciudad de Podujevo, con más de 38.000 personas muertas— reclama también las deficiencias del sistema político: el Bien Común se resquebraja cuando un conjunto de los individuos no cumple con su parte en el contrato social, provocando así el colapso. Aunque una de las ciudades permanece en pie y avanza hasta las colinas en el último y escalofriante segmento del relato, este plantea una más que interesante dicotomía entre el individualismo —representado en el suicidio de un anciano que se encarga de rematar a los moribundos tras la catástrofe— y la preservación de la comunidad como órgano social.

Al margen de estos planteamientos, el relato alcanza los niveles de descripción visceral y profunda exposición de elementos que son característicos en el autor. Su talento visual ha sido ampliamente aprovechado por el cine y las artes gráficas —el propio Barker se ha sabido desempeñar con gran competencia en numerosas disciplinas—, y el relato resulta sumamente impactante en secuencias como la llegada de la pareja de ingleses al lugar del colapso y la descripción absolutamente dantesca de la tragedia, un verdadero pandemonio de sangre y destrucción humana que impactará a personajes y lector por iguales. Tanto y más destacados resultan los pasajes finales, con el paso del gigante por el camino de una pequeña cabaña que acaba aplastada por un pie compuesto exclusivamente de seres humanos: son los pies del coloso que representa a la ciudad de Popolac, en su inexorable ruta hacia las colinas.

Clive Barker

Los escritores de terror hemos tenido que asumir, desde nuestra propia génesis en el siglo XVIII, el estigma de ser meros creadores de entretenimiento vacuo. Nuestro quehacer literario ha permanecido al margen de academicismos y compromisos sociales debido, muchas veces, a la naturaleza «irreal» de las temáticas que nos toca trabajar. Con «En las colinas, las ciudades» el sagaz Clive Barker demuestra que un cuento de terror puede erigirse como materia de reflexión social y debate político, sin perder por eso sus cualidades como sustrato literario de la estirpe del horror más puro. Por supuesto que no es este el único relato de terror que logra este cometido —casi me atrevería a decir que cada pieza maestra de nuestro querido género lo consigue, e incluso la obra completa de autores como Thomas Ligotti están firmemente arraigadas en el compromiso con la reflexión social—; en todo caso, resulta un claro ejemplo de literatura de terror fresca, perfectamente elaborada y con una suculenta intrahistoria que ahonda en la cuestión política.

El relato, como ya comenté más arriba, forma parte de la colección Libros de sangre, probablemente el más fascinante compendio de relatos de terror de un solo autor surgido durante la segunda mitad del siglo XX, por encima de otras maravillas como El habitante del lago de Ramsey Campbell o El umbral de la noche de Stephen King. «En las colinas, las ciudades» cierra el volumen 1 de la colección; un colofón perfecto merced a la originalidad de su premisa y a lo impactante de su desenlace.

1 comentario en “«En las colinas, las ciudades», una reflexión política

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