Charlotte Perkins Gilman: la locura emparedada en amarillo

Hoy, 8 de marzo, es el Día Internacional de la Mujer. Nada que tú no sepas, pero mientras la movida discurre entre polémicas sobre si manifestación sí, o manifestación no, quiero dedicar el espacio en El Disparaletras® de hoy a una mujer muy especial, una autora que aunque no está oficialmente adscrita a la literatura de terror nos ha legado a los fanáticos de este género uno de los relatos más terroríficos jamás escritos. Una escritora que, además, fue de las primeras en reivindicar el papel de la mujer en la sociedad. Te hablo de Charlotte Perkins Gilman y de su gran obra maestra: «El papel pintado amarillo».

El papel pintado amarillo, de Charlotte Perkins Gilman. José J. de Olañeta Editor, Palma de Mallorca, 2014. 93 páginas

Traducido en ocasiones como «El papel amarillo» o «El tapiz amarillo», se trata de un relato escrito por Gilman en 1890 y publicado en 1892 en la revista The New England Magazine. Como decimos, se trata de una rara avis dentro de la producción literaria de la autora, cuya obra siempre estuvo más orientada hacia la crónica periodística y el ensayo en pro de la igualdad de género. Hay que decir, no obstante, que como relato puramente de terror, «El papel pintado amarillo» también ofrece una visión muy particular sobre el concepto de la mujer atrapada y oprimida, y el mensaje implícito que se desliza a través del discurso de horror sobrenatural funciona como un grito de socorro ya no de la propia autora, sino de la mujer en sociedad como colectivo.

El relato está contado a través del diario personal de la protagonista, quien se ve obligada a escribir a escondidas, ya que su marido, un reputado médico, le tiene prohibida tal actividad debido a una crisis nerviosa que ella ha sufrido poco antes de que el matrimonio se instale a pasar una temporada en una casa de veraneo. El posesivo marido coarta todo el tiempo la capacidad imaginativa de la protagonista, dando lugar a una situación de asfixia psicológica realmente angustiante. Al poco de comenzar el relato, el lector conocerá la obsesión de la narradora por el papel pintado que cubre las paredes de una de las habitaciones de la planta alta del caserón. La descripción de dicho papel tapiz es, en un principio, muy difusa, aunque a medida que el relato avanza comenzará a pormenorizarse. En un momento de la narración, la protagonista lo describe con unas palabras realmente inquietantes: una especie de «románico degenerado con delirium tremens».

Alegoría de la mujer atrapada tras el papel pintado de amarillo

Existe en todo momento la duda sobre si las cualidades del dibujo para mutar y trastornar a quien lo ve son producto de un fenómeno sobrenatural o de la locura incipiente de la narradora. Es entonces cuando Gilman demuestra una gran habilidad para el discurso doble o solapado; al otorgar el punto de vista a una narradora poco fiable, siembra esta duda en el lector, quien nunca sabrá cuál es la verdadera naturaleza del portento. En todo caso, las entradas en el diario, a través de las cuales se desarrolla toda la historia, dejan patente que la demencia del personaje va en aumento conforme se intensifican sus experiencias en esa habitación. Poco a poco, las fluctuaciones en el fascinante tapiz amarillo conforman la figura de una mujer atrapada tras el papel pintado, en lo que resulta una impactante alegoría de la situación que vive la narradora y, probablemente, también la autora en su vida real: la presencia de la silueta femenina tras la desquiciante tonalidad amarilla del tapiz funciona como figura semiótica de la mujer prisionera bajo el despotismo masculino representado en el ahogo matrimonial que vive la protagonista. El relato culmina, como cabría esperar, en un desenlace frenético, espejo de la locura total del personaje principal. Cabe aclarar que el relato, de tintes indiscutiblemente autobiográficos, fue escrito por Gilman tras una profunda depresión posparto.

Charlotte Perkins Gilman (1860-1935)

La autora, Charlotte Perkins Gilman, nació en Hartford, Connecticut, en 1860. Destacó como socióloga, novelista y cuentista, aunque también escribió poesía y obras de no ficción. Colaboró activamente con varias asociaciones feministas y reformistas, desarrollando una gran actividad como conferenciante. Se casó dos veces, y el divorcio de su primer marido trajo aparejada una fuerte crítica social por tratarse de algo inaceptable en la época. Tuvo dos hijos, y fue pionera también en la defensa de la eutanasia para los enfermos terminales. Tuvo un final trágico, ya que se suicidó en 1935 con una sobredosis de cloroformo al habérsele diagnosticado un cáncer de mama. De entre sus obras cabe destacar, además del relato que nos ocupa, la serie de textos reunidos en el volumen Si yo fuera un hombre (UVE Books, 2018), un conjunto de escritos en clave tragicómica en los que las protagonistas femeninas deciden dar un giro radical a su vidas y convertirse en el centro activo de las mismas. También cabe resaltar la fascinante novela Matriarcada (Akal, 2018), un relato distópico que describe una sociedad ordenada y ascética en la que sus habitantes son exclusivamente miembros del género femenino que conviven en paz y armonía, con una historia de más de dos mil años sin hombres. Al margen de estas obras tan interesantes, su nombre ha pasado a la historia por la confección de esta maravilla llamada The Yellow Walpaper, «El papel pintado de amarillo».

En un día muy especial, era justo dedicar este espacio a una autora y un relato muy especiales. Un relato que siempre fue de mis favoritos, y que no dudé en incorporarlo a mi lista de los «20 mejores relatos de terror de la historia», un recorrido en forma de conferencia que realicé hace algún tiempo (puedes verlo aquí).

Es todo por hoy; el próximo lunes es 15 de marzo, un nuevo aniversario de la muerte de H. P. Lovecraft. Amén de resultar tautológico, creo que es obvio a quién irá dedicado el siguiente post…

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