Tiempo

El Tiempo no se ha detenido; simplemente ha dejado de existir. Todo comenzó cuando las agujas del reloj interrumpieron su curso. Al principio, lógicamente, creí que era el artefacto —un medidor de Tiempo falible— lo que había dejado de funcionar, pero poco después observé que todos los relojes a mi alcance se habían detenido en el mismo segundo exacto. Entonces me asomé a la ventana y contemplé el flujo de Tiempo detenido en un crepúsculo eterno, en un ocaso petrificado que reflejaba una reminiscencia de eternidad.

No sé cuánto Tiempo llevo ante la ventana; lo que sí sé es que las luces no modifican su intensidad, que no hay desplazamientos cósmicos. La gruesa, indestructible, inexorable línea cronológica se ha hecho añicos. Parpadeo, muevo mis manos frente a mis ojos, percibo la constancia de mi respiración; las funciones vitales, motrices, mentales y conscientes siguen allí. Lo único que parece haberse desvanecido es el Tiempo; su transcurso. La muerte final del Padre Cronos. Pienso en la aniquilación del léxico afín: «periodo», «intervalo», «lapso», «época», «tarde», «temprano»…; vocablos destinados a extinguirse.

Sigo aquí. Ante la ventana. El Tiempo no se ha detenido, simplemente ha dejado de existir.

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