«Ficciones»: la apoteosis del cuento fantástico

Si es verdad que todos los caminos conducen a Roma, no menos cierto es que todas las literaturas conducen a Borges. Referencia totémica del cuento fantástico hispanoamericano, hablamos del gran artesano, del alquimista por excelencia de la composición de corte fantástico en nuestra lengua; un hombre que es más una suma ontológica de literaturas que un hombre en sí mismo. Su apabullante perfección formal y su inabarcable universo conceptual deshumanizan, a ratos, su contorno como narrador, y el lector puede tener la sensación de enfrentarse no a un escritor, sino a una deidad con forma de libro colosal, un ente inalcanzable —incluso incomprensible— ante el cual no queda más que el humilde acto de la genuflexión. Y probablemente sea la relación de cuentos que compendia Ficciones la que despierte con más intensidad esa sensación de estar leyendo la apoteosis definitiva del cuento fantástico.

Ficciones, de Jorge Luis Borges. Alianza, Madrid, 2002. 218 páginas

El tomo está compuesto, en realidad, por dos libros que Borges había compilado en 1941 —El jardín de senderos que se bifurcan— y 1944 —Artificios—, respectivamente. En ese mismo año, ambos libros fueron reunidos y publicados en un solo volumen. Treinta años más tarde se publicaría la edición canónica del tomo, revisada por el autor y editada por Emecé (Buenos Aires, 1974). El primer libro contiene los mejores ejemplos de la habilidad de Borges para practicar la intertextualidad y la creación de literatura ficticia; sus más asombrosas incursiones en lo que podríamos llamar «metaliteratura». Se inicia con una de sus obras más complejas: «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», la relación enciclopédica de un mundo pergeñado al margen de la realidad, en la pura literatura, pero del cual ciertos objetos se manifiestan en nuestra esfera tangible. Le sigue «Pierre Menard, autor del Quijote», cuento en clave desmitificadora que glosa la historia de un autor que se propone escribir la obra cumbre de Cervantes en pleno siglo XX, palabra por palabra…, aunque sin recurrir al plagio. «Las ruinas circulares», a continuación, ofrece una de las muestras más depuradas del pensamiento metafísico de Borges, convertido en fábula literaria; una pieza impactante y emocionante, merced, sobre todo, a su inesperado desenlace. «La lotería en Babilonia» deviene en una profunda reflexión sobre el azar, y cómo este determina los senderos por los que discurre la Historia Universal, concepto que obsesionaba al autor. «Examen de la obra de Herbert Quain» ofrece la referencia bibliográfica de un autor ficticio, y en clave narrativa despliega una completísima tesis sobre la composición del cuento y sobre las cualidades matemáticas de la estructuración narrativa. «La Biblioteca de Babel» es, definitivamente, una de las obras más sobresalientes y abrumadoras de toda la obra borgiana, ya que plantea el problema de la existencia humana en un escenario determinado —la Biblioteca como Mundo— y elabora un impresionante juego de paralelismos, con los libros como único alimento, la sabiduría como exclusiva posesión, la persecución de la verdad acrisolada en los hexágonos que componen la Biblioteca como único objetivo vital; también nos habla de la obsesión que despierta el fenómeno que se produce al juntar esos símbolos llamados «letras», que dan forma a «palabras», que dan forma a «libros», que dan forma a «bibliotecas», etcétera. El tomo se cierra con «El jardín de senderos que se bifurcan», narración de corte detectivesco en la que también opera un inteligentísimo juego de intertextualidad interna; la historia de un libro que es todos los libros, un libro que es un laberinto de infinitas bifurcaciones.

Borges pergeñando sus vastos mundos conceptuales (Autor anónimo)

El segundo segmento del volumen, Artificios, se inicia con una de las narraciones más comentadas y reputadas de Borges: «Funes el memorioso», relato de impecable factura que plantea, según el autor, una profunda metáfora sobre el insomnio; el discurso, evidentemente, va mucho más allá, y se hace preguntas sobre lo que es «pensar» y «recordar», sobre lo que es «diferenciar» y «conceptualizar». Analiza cuestiones filosóficas de primer orden, como el símbolo, y establece un diálogo directo con Schopenhauer y su magnum opus: El mundo como voluntad y representación (1819). «La forma de la espada» es un prodigio de la estructuración y un ejemplo inmejorable de inversión literaria, ejercicio desarrollado a través de la narración de un traidor del IRA. Siguiendo la estela temática, «Tema del traidor del héroe» plantea las diferencias entre historia oficial e historia íntima en la leyenda de un traidor que necesitó «ficcionalizar» su heroísmo en aras de la causa. «La muerte y la brújula» es otro de los laberintos narrativos más elaborados de Borges; a través de la historia de unos crímenes religiosos, compone una fascinante telaraña en la que quedará irremediablemente envuelto el investigador Erik Lönnrot. «El milagro secreto» juega una vez más con el concepto Tiempo y su indudable maleabilidad; la narración de un condenado a muerte que, ante el paredón de fusilamiento, encuentra un año de plazo para acabar su obra literaria. «Tres versiones de Judas» establece una curiosa fantasía cristológica en la que se analiza la figura del célebre traidor, en busca de una nueva reinterpretación del concepto del Hijo; un análisis teórico de la Trinidad que arroja una conclusión asombrosa acerca del papel del Iscariote en la crucifixión. «El fin» recrea una escena del Martín Fierro de José Hernández, libro citado permanentemente por Borges y referencia ineludible de la literatura argentina. Finalmente, «La secta del Fénix» desarrolla un tema muy querido para el autor: las sociedades secretas. Dejé para el final —y también Borges en el armado del volumen— «El Sur», un cuento que quizá debamos analizar en una entrada exclusiva en «El Disparaletras®»; se trata de una narración tan compleja y fascinante que no sería apropiado designarle un comentario tan somero como a las demás; habrá que buscarle un espacio como el que se merece, pero se rumorea por ahí que probablemente sea no sólo el mejor cuento de Borges, sino tal vez el mejor cuento jamás escrito por cualquier autor. Hipérboles aparte, creo que no había mejor forma de concluir el volumen.

Ilustración que plasma la maldición de Funes, el memorioso, aprisionado tras los barrotes de su portentosa capacidad mnemotécnica

Ficciones es uno de los mejores libros de cuentos de Borges; solo El Aleph (1949) está a su altura. En las páginas de este volumen encontramos al Borges más complejo y existencialista, pero a la vez el más narrativo, el más «ficticio». Como siempre, los cuentos están sembrados de referencias culturales y eruditas, e impregnados de la bibliofilia sin límite que jalonó toda la existencia del autor. Su lectura nos adentra de lleno en su universo conceptual y nos exige un gran esfuerzo de asimilación y concentración. Porque Borges es un autor que nos obliga a ser cultos; al abrir numerosos frentes temáticos, reclama un lector cuya implicación intelectual esté a la altura de las circunstancias; y esa postura discursiva irremediablemente nos convierte en mejores lectores, en mejores intérpretes de la literatura como espacio de comunicación.

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