Carol, en la oscuridad

Su forma de impresionar a las chicas siempre había sido a través de la creatividad, orientada a la recreación de atmósferas macabras. El aspecto físico o ciertos rasgos de su personalidad no importaban; en su caso, la conquista se basaba en la cantidad de miedo que fuera capaz de hacerles pasar.

Con Carol, sin embargo, había sido diferente. Ella se había mostrado inmune a sus historias, a sus representaciones, a los numeritos que se montaba en las fiestas nocturnas de la universidad, cuando se quedaban a oscuras en un rincón y él le contaba cuentos macabros que iba improvisando. A ella le resultaba simpático, original, incluso talentoso…, pero su interés no pasaba de ahí.

Entonces decidió llevarla a la famosa «Casa del crimen» —siempre hay una «Casa del crimen» en estos cuentos, incluso cuando son sátiras—. Supuso que sería el golpe definitivo. Pasar con ella una noche en aquella casona abandonada, donde habían degollado a una asistenta hacía treinta años, tenía que resultar. Era un edificio sobre el que circulaban muchos rumores…, habladurías de esas que a él no le quitaban el sueño, pero que podían conmover a una chica como Carol.

Ella aceptó, ligeramente interesada. Antes de acudir, fueron juntos a la hemeroteca y leyeron todos los detalles del caso en los archivos de prensa de la época. Realmente sangriento. Había una foto de la víctima en los periódicos: morena, pálida, de ojos saltones… Todo lo contrario de Carol, que era rubia, fresca, de mirada cándida, muy atractiva.

Se internaron en la casa; él delante, ella detrás, cogida de su mano. Se colaron a través de una ventana, cuyo cristal habían roto los gamberros a pedradas. Caminaron por el suelo crujiente del vestíbulo —«Aquí fue donde el asesino la persiguió», susurraba él—; después se adentraron en un estrecho pasillo —«Y aquí fue donde finalmente la arrinconó», siguió él, con tono lúgubre—. Al llegar al final del corredor, entraron en una habitación vacía, a mano izquierda. Olía allí muy mal. Él notó que la mano de ella se enfriaba, y sospechó que por fin estaba consiguiendo impresionarla. «En esta habitación fue donde la degolló, Carol», dijo. «¿A que impresiona?». Ella no respondió…, y su mano se puso rígida. Él se volvió, sabiendo que por fin contemplaría el miedo en su rostro.

«¿Carol?» susurró en la oscuridad.

Pero Carol no estaba con él. Aquella chica rubia a la que pretendía impresionar había desaparecido, y quien sostenía su mano era un pálido espectro de rostro exangüe y ojos saltones. Una medialuna negruzca atravesaba su cuello de lado a lado, y borbotones de sangre parda y espesa manaban de su garganta.

Él cerró los ojos.

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