Fichaje estrella

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El «Solteros» versus «Casados» era un clásico en la oficina desde hacía años. Ellos no tenían mejor equipo que nosotros. Ni en broma. Ni de lejos. Pero tenían a Chema, un auxiliar de contabilidad —soltero— que era un crack. La racha se extendió hasta lo humillante. No es que nos golearan ni mucho menos; eran partidos igualados, pero Chema siempre hacía la diferencia. Chema es pequeñajo, corcovado, un poco feo. Con voz de pito y halitosis. Y en la oficina es un empleaducho más, ampliamente prescindible. Pero cuando coge el balón y empieza a regatear no hay forma de pararlo. Y tiene un chut fortísimo.

Con Chema en el equipo de los «Solteros» no había manera.

Empezamos… Bueno, más bien dicho: empecé a estar harto de que nos dieran para el pelo semana tras semana. Me junté con algunos de los «Casados» para ver qué solución encontrábamos, pero para ellos los partidos de los sábados solo eran una anécdota, un divertimento; la cuota de ejercicio semanal recomendada por el médico, o la forma de perder de vista a la parienta por un par de horas durante el largo fin de semana.

Estaba en mis manos, dependía solo de mí, y concluí en que solo tenía tres opciones, a saber: 1) Matar a Chema —descartada, por las obvias connotaciones legales y morales—. 2) Hacer que despidieran a Chema —descartada solo por las connotaciones morales; dejar a un tipo en el paro solo porque juega bien al fútbol…—. Y 3) Que Chema contrajera matrimonio y se convirtiera en nuestro fichaje estrella.

Y lo conseguí. Me llevó meses emparejarlo con mi cuñada la Pili… La hermana fea de mi mujer —es decir, la más fea de todas ellas—. Pintaba para solterona y en la familia sabíamos que iba a ser complicado «colocarla», pero las piezas no tardaron mucho en encajar. Se emparejaron casi por puro descarte. Tanto mi mujer como todos los de la oficina se preguntaron de dónde había sacado yo un instinto de celestino tan agudizado. Les monté cenas, fines de semana, e incluso un viajecito a Torremolinos.

Y salió de puta madre. Mi mujer estaba encantada con mi labor de casamentero. La Pili, loca de contenta, de repente me adoraba, y mi suegra abolió para siempre el odio innegociable que me había profesado desde el Principio de los Tiempos. Digamos que maté varios pájaros de un tiro, aunque a mí solo había un  pájaro que me interesaba derribar: los partidos de los sábados.

Después les organicé el bodorrio, que terminó siendo un fandango cutre en un saloncito cerca de casa, con bocadillos de chóped y refrescos y dos botellas de sidra para todos. Daba igual. Lo importante era que Chema firmara el acta de matrimonio. Cuando lo vi hacerlo en el registro civil —fui uno de los testigos, obviamente— me sentí como el presidente empoderado en el momento de presentar a su fichaje estelar. Solo faltó que Chema se diera la vuelta y dijera: «Siempre soñé con vestir estos colores».

Como podéis imaginar, las cosas cambiaron muchísimo desde entonces. El lugar de Chema en el equipo de los «Solteros» lo ocupa ahora un becario torpe que entró en la oficina poco después de la boda; un tuercebotas, un inútil.

Y nosotros, con nuestro fichaje estrella, ganamos por goleada todos los sábados.

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