¿Por qué un blog en estos tiempos?

La de hoy será la última entrada de El Disparaletras® de la temporada. Como sabes, este blog se toma vacaciones durante el mes de agosto, aunque quien suscribe permanecerá en su lugar de siempre, disparando caracteres en diversos proyectos abiertos y pendientes de conclusión. En cualquier caso, el primer lunes de septiembre me tendrás nuevamente por aquí.

Ha sido, qué duda cabe, una temporada convulsa y llena de incertidumbre, especialmente desde marzo hasta la fecha. Las dudas respecto al futuro no se han disipado aún, desde luego, pero me parecía este un buen momento para reflexionar acerca de la naturaleza de este espacio que compartimos tú y yo desde hace casi dos años. La idea de crear un blog surgió como una necesidad de comunicación con los lectores. Ahí estaban las redes sociales y los intercambios de mensajes, pero yo sentía que tenía muchas cosas que contarte y que no era suficiente con lo que publicaba en los libros. Mi pulsión por la palabra escrita necesitaba otro espacio, otra plataforma de comunicación. Ante la idea de un blog, los consejos de amigos y allegados fueron todos en la misma dirección: que era un formato obsoleto y completamente pasado de moda, y que lo que se estilaba en la actualidad era un canal de YouTube o, como mucho, una seguidilla de podcast en Ivoox. ¿Pero qué pintaba yo poniendo la cara ante una cámara o la voz ante un micrófono? Yo no quiero que me veas o me escuches, sino que me leas. Y a mí lo que más me gusta es escribir. Lo mío era un blog, y estaba decidido a llevarlo a cabo, fuera cual fuese el resultado.

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Así, el 1 de octubre de 2018 nació El Disparaletras®, este pequeño blog de abundantes caracteres en el que comencé a dejar mis impresiones sobre ciertas lecturas muy especiales en las que iba incursionando, a ponerte al tanto de los diversos eventos en los que iba a participar, o —quizá la sección preferida de muchos de los que frecuentan el blog— a dejarte de vez en cuando alguna historia reducida, un relato minimalista y de no más de quince o veinte líneas: lo que por aquí llamamos Microcuentos. Como era de esperar, el blog apenas tenía rebote al principio. Entusiasmó a los que ya conocían mi obra publicada, a los alumnos del Taller de Escritura Creativa, a los conocidos de siempre. El feedback era más bien escaso, pero no me importó. Implacablemente, cada lunes me pasaba por aquí a dejar un pequeño retazo de literatura para compartir contigo.

Casi imperceptiblemente, la familia de este blog fue creciendo de forma exponencial, y hoy son un buen puñado aquellos que se suscriben, que comentan y que comparten este contenido. El desarrollo de este blog, la forma en la que lo cuidé y lo sostuve hasta las últimas consecuencias, me ha demostrado algo que ya sabía desde antes: que el secreto no está en el talento, sino en el trabajo y la constancia, y que las metas se alcanzan simplemente yendo a por ellas. Hoy somos muchos los que nos damos cita en este lugar; se trata de un rinconcito muy pequeño, absolutamente insignificante en el maremágnum abrumador de las redes, pero donde creo que todos nos sentimos muy a gusto. Aquí venimos a hablar de literatura aunque el mundo se derrumbe a nuestro alrededor, y aunque la fiebre de la comunicación nos quiera empujar hacia otros derroteros. Venimos aquí porque nos gusta leer y amamos la comunicación escrita. Y yo, desde aquí, quería agradecértelo especialmente.

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Así, este último Disparaletras de la temporada se convierte en un mensaje de gratitud para ti, que frecuentas este recodo y te pasas cada lunes a ver qué vengo a contarte. Que te suscribes y esperas el nuevo post, y que me dejas un comentario, compartes el contenido en tus redes o me envías un mensaje privado cuando he cometido alguna incorrección (que las hay, desde luego). Para ti, querido lector o lectora, que formas parte de esta familia creciente y tan querida para mí. Hoy no te traigo ningún Microcuento o Microensayo, sino un enorme gracias, gracias por estar ahí siempre.

Te deseo un buen verano. Ya sabes que el 7 de septiembre me tendrás por aquí. Sí, lo has adivinado: todavía tengo mucho, muchísimo más que contarte.

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