La viuda del ventrílocuo

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Después de treinta años de parlotear ironías y de soltar chistes picantes, Morris por fin se había quedado callado. Muerto el hombre que le otorgaba vida, movimiento y voz, ahora no era más que un trozo de madera pintado y ataviado con un minúsculo esmoquin con pajarita, olvidado para siempre. Desde la noche anterior dormitaba en el fondo de un armario.

La viuda del ventrílocuo se estuvo preguntando durante todo el funeral qué haría ahora con aquel condenado muñeco. Echarlo al incinerador era su auténtico deseo, pero eso habría supuesto un agravio para los miles de fans que Morris atesoraba a lo largo y ancho del país. Donarlo a algún museo o galería equivalía a una burla; Morris solo era Morris cuando la mano del demiurgo hacía girar su cuello o mover su mandíbula, y cuando la habilidad del ventrílocuo ponía en su boca aquellos chascarrillos obscenos.

Ya habría tiempo para pensar en un destino para Morris. Ahora, muerto y enterrado el ventrílocuo, la viuda regresó a la soledad de su casa y se dirigió al armario donde descansaba el monigote. Sabía que no era posible. Sabía que era demencial siquiera esperar una respuesta. No obstante, la asaltó el presentimiento de que Morris aún tenía algo que decir.

Abrió la puerta del armario y se enfrentó a esa mirada vidriosa. La mandíbula muerta caía sin fuerza y dejaba al descubierto el agujero negro de la boca sin vida. El pelo pajizo y apelmazado. El esmoquin arrugado. Los ojos como canicas pulidas.

—Vamos —dijo la viuda—. Vamos, habla. Di lo que tengas que decir.

Nunca sabremos cuáles fueron las palabras finales de Morris, pero casi todos los vecinos escucharon, en mitad de la tarde soleada, un grito de pavor absoluto y de desesperante locura… Y todos supieron que lo había proferido la viuda del ventrílocuo.

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