Expediente Ligotti. Parte III: El soñador muerto

De entre los mensajes que semana tras semana me encuentro en la casilla de correo de este blog, una importante cantidad de ellos reclamaba una y otra vez la continuidad de este monográfico sobre Thomas Ligotti. A la mayoría les he respondido lo mismo: no se trata de un autor del que uno pueda pegarse un «atracón» literario, sino que su obra ha de ser degustada muy poco a poco. Una sobredosis de Ligotti puede ser letal para el ánimo hasta del más nihilista de los lectores. En todo caso, y como ya ha transcurrido un tiempo más que prudencial, me decidí a traerte esta semana el capítulo III, en el que ya nos adentramos de lleno en la obra narrativa de este singularísimo escritor, para mí el mejor autor de terror desde que el genio Lovecraft nos dejara en una húmeda mañana de marzo de 1937. Y empezaremos analizando, como corresponde, la primera obra de Thomas Ligotti: un compendio de piezas de terror titulado Canciones de un soñador muerto. Además, haremos también un repaso a otra de sus colecciones, una especie de breviario o resumen de los grandes mitos del terror en literatura bajo el título La agónica resurrección de Victor Frankenstein y otros cuentos góticos. Sí: has tenido que esperar, pero como recompensa hoy te traigo un dos por uno.

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Canciones de un soñador muerto, seguido de La agónica resurrección de Victor Frankenstein y otros relatos góticos, de Thomas Ligotti. Valdemar, Madrid, 2019. 354 páginas

Canciones de un soñador muerto (Songs of a Dead Dreamer) se publicó originalmente en 1986. Se trata de un impresionante volumen de cuentos de horror en donde ya destaca la presencia de escenarios narrativos relacionados con lo grotesco, concepto mediante el cual Ligotti daría una vuelta de tuerca al género y que ya analizamos en la primera entrega de este monográfico. Dividido en tres partes («Sueños para sonámbulos», «Sueños para insomnes» y «Sueños para muertos»), todos los relatos de este volumen están impregnados de una extraña atmósfera de pesadilla. A medida que las narraciones se desgranan, el lector irá encontrando una serie de puntos en común o motivos literarios que se repiten y que otorgan una muy interesante línea de continuidad, a pesar del carácter eminentemente unitario de cada una de las piezas. Uno de estos motivos literarios es el del muñeco, marioneta o maniquí, utilizado por Ligotti como una representación falaz de la humanidad, o incluso como una alegoría del muerto o del durmiente. La simbología se vuelve patente en relatos como «El sueño de un maniquí», «El doctor Voke y el señor Veech» o «Bebe a mi salud solo con ojos laberínticos», segundo capítulo de un relato en tres partes llamado «La trilogía del nictálope». Otro tema que se repite a lo largo del volumen, y que se volverá proverbial en la obra de Ligotti, es el de la mascarada, la farsa o la fiesta de disfraces. Encontramos unas trabajadísimas atmósferas de terror camuflado tras la protección de caretas y antifaces en relatos como «El mayor festival de máscaras» o la pieza «La mascarada de una espada muerta: una tragedia», cuyos tres capítulos («I. El rescate de Faliol», «II. La historia de los anteojos» y «III. Anima mundi») están ambientados en un colorido fandango de carnaval. Ligotti sorprende con una soberbia historia de vampiros llamada «El olvidado arte del crepúsculo», impresionante recreación del mito ambientada en una comarca francesa, y con un par de piezas que comienzan como lecciones sobre el arte de escribir relatos de terror para mutar, a mitad de camino, una de ellas en una escalofriante narración («Anotaciones sobre la narrativa de terror: un relato»), y la otra en una aguda reflexión cruzada entre narrativa sobrenatural y filosofía nihilista («Breves lecciones del profesor Nadie sobre el horror sobrenatural»). No deben dejar de mencionarse dos de los relatos más reputados del autor: «La secta del idiota» (lovecraftiano hasta la médula) y «El retozo», así como el infaltable cuento sobre libro maldito: «Vastarien», relato que cierra un volumen prodigioso.

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Máscara y marioneta: dos motivos literarios de primer orden en la narrativa de Thomas Ligotti

Thomas Ligotti consigue con este primer libro de cuentos sentar las bases estéticas de su discurso y una clara postura metodológica para el planteamiento del relato de terror, al que de alguna manera redefine en estructura. La lectura de estos relatos nos transporta a escenarios imposibles donde finalmente ocurre lo imposible, pero cuya relación de coherencia interna convierte al prodigio en un fenómeno absolutamente verosímil. Amparado por la visión difusa de las pesadillas, el concepto de «irrealidad» termina por arraigar en el entorno trastocado, cosa que permite al autor romper las barreras de «no probable» y convertir lo intangible en elementos de una peligrosa y estremecedora híperrealidad. En este nuevo escenario asoman todos nuestros miedos (los más íntimos, los más elementales, los más primigenios). El autor exige a través de símbolos y alegorías la inteligencia participativa del lector, quien en la mayoría de los casos arribará a las estremecedoras conclusiones del relato no en el momento exacto de la lectura, sino uno poco más adelante, cuando el material narrativo haya tenido oportunidad de germinar en sus capas de conciencia.

La editorial Valdemar decidió añadir a este primer compendio un pequeño breviario que el autor publicó originalmente en 1994: La agónica resurrección de Victor Frankenstein y otros cuentos góticos (The Agonizing Resurrection of Victor Frankenstein and Other Gothic Tales). Ligotti se ha mostrado como un consumado conocedor del horror literario, un lector atento y estudioso de los mimbres de la materia, condición que sin duda le ha permitido establecer las bases discursivas de su reinvención del género. En este pequeño resumen lleva a cabo un sentido homenaje a todas esas obras y autores que marcaron su trayectoria, y lo hace a través de reducidos cuentos apócrifos que otorgan continuidad a la historia de esos personajes de los que un día tuvimos noticias. Aquí veremos qué fue de las vidas (o muertes) del doctor Moreau de H. G. Wells, del Henry Jekyll de Stevenson o del Victor Frankenstein de Mary Shelley. También se hace un repaso a los grandes espectros o criaturas del horror literario, como Drácula, el hombre lobo o el fantasma de la ópera. En estas páginas nos rencontraremos con heroínas muy caras a los lectores de novelas góticas, como la Emily St. Aubert de Los misterios de Udolfo (Ann Radcliffe) o la institutriz sin nombre de Otra vuelta de tuerca (Henry James). Por último, Ligotti rinde homenaje a los dos grandes maestros del género: Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft, y lo hace mediante una pequeña antología de cada uno de ellos en las que revisitamos los inolvidables escenarios de relatos como «Ligeia», «William Wilson», «La caída de la casa Usher» o «La llamada de Cthulhu».

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Típica atmósfera ligottiana, en esta impresionante ilustración de Aeron Alfrey

Canciones de un soñador muerto es una obra maestra. Tenemos aquí un volumen de relatos que deja huella en lector gracias a la recreación enteramente literaria de una serie de atmósferas oscuras y apabullantes en las cuales Ligotti comienza a desarrollar su concepto de «horror grotesco» con toques filosóficos. Son relatos que narran mucho más de lo que dicen y que en numerosas ocasiones nos obligan a efectuar una peligrosa mirada introspectiva, tras la cual descubriremos con estupor que ese horror convertido en literatura siempre estuvo ahí, muy dentro de nosotros.

Por supuesto que volveré por aquí con más Thomas Ligotti, el gran reinventor del género de terror, un autor absolutamente necesario y que consiguió resucitar esa materia inane en la que parecía haberse convertido el horror literario. Gracias a su audacia creativa, el género camina hoy entre nosotros…, como si fuera una criatura revenida desde el sepulcro…

4 comentarios en “Expediente Ligotti. Parte III: El soñador muerto

  1. Pingback: Thomas Ligotti. Parte IV: El escriba del lado tenebroso | El Disparaletras®

  2. Pingback: Expediente Ligotti. Parte VI: la apoteosis de lo inmaterial | El Disparaletras®

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