Demasiado ego

—¿Ves esta pluma? Debes escribir sobre alguien a quien admiras. Alguien que por sus méritos merezca la pena ensalzar en un escrito.

—Yo. Yo soy digno de admirar. Soy un artista íntegro, incorruptible, auténtico. Poseo el don de la creación y lo alimento con trabajo y sacrificio, con tesón, con una voluntad inquebrantable. Hay otros que también lo intentan, pero sus proyectos son simples, superficiales, planos. Yo soy el único de todos ellos que busca y encuentra la profundidad, el origen y el destino. Estoy por encima de ellos. De todos. Por tanto, ¿a quién podría elegir para ensalzar en un escrito? A mí mismo.

—¿Ves esa tarima? Debes subirte a ella y hablarle al mundo acerca de alguien que pasará a la historia. Alguien que por su inferencia en el mundo de las artes ocupará un lugar de privilegio en la galería de los grandes creadores.

—Yo. Yo pasaré a engrosar la lista de los inmortales, de los olímpicos, de los inalcanzables. Destruiré a mis contemporáneos y aplastaré sus mínimos logros, su magra herencia artística, su insignificante legado. A fuerza de genialidades me abriré camino y me fabricaré un lugar entre los más célebres nombres de la creación artística. Y no solo eso: también los destruiré a ellos. Nada quedará de los antiguos dioses. Su tan laureada influencia se verá reducida a cenizas que se llevará el viento. El tiempo se rendirá ante mí. Yo seré el tiempo. Estaré por encima de los nombres y de las épocas. Por tanto, ¿a quién podría elegir para gritar su nombre al mundo entero? A mí mismo.

—¿Ves ese lienzo? Debes pintar en él la imagen de un genio inalcanzable, de unos de esos milagros de la naturaleza. De alguien cuya capacidad creativa lo haga comparable solo con Dios.

—Yo. Otra vez yo. Siempre yo. Soy el más grande creador que ha dado la humanidad. El más auténtico. El más prolífico. Un ente sobrehumano. La palabra «genio» se hace añicos ante mis creaciones, ante mis utopías, ante mis demostraciones de mayestática inventiva. Dios y yo. Dios y yo somos dos generales en el mismo campo de batalla. Él conduce sus tropas para intentar derrotarme: millones y millones de creadores que, no obstante, jamás podrán estar a mi altura. No podrían lograrlo ni aunando la fuerza de sus creaciones combinadas. Una sola de mis manifestaciones dejaría en ridículo sus ingentes esfuerzos, sus vanos trabajos. Las tropas de Dios: ingenuas y desbordantes de fe. Las mías: mis propias creaciones, monstruosas, gigantes, todo dientes y músculos. Dios y yo. Semejantes. Pares. Iguales en poder. Él creó el mundo. Puede que incluso me creara a mí. Pero yo he creado más que él. Y mejor. ¿A quién pintar, entonces, en esta tela, que merezca compararse con Dios sino a mí mismo? Yo. Mi rostro. Mis ojos vivaces. Mi gesto de superioridad ganada a pulso. Yo. Como ves, ya no hay nadie. Me pides que escriba sobre alguien. Que grite al mundo el nombre de alguien. Que pinte en una tela el rostro de alguien. No existe alguien. Existo yo. Alguien soy yo.

—¿Ves esa arma? Debes matar a alguien.

—¿Yo?

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.