Literaturas del encierro VI: El Día del Libro… entre libros

Como sabes, el pasado jueves 23 de abril se celebró el Día del Libro. No hace falta que te diga que esta conmemoración obedece a la fecha en que murieron William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Sí, ambos murieron el mismo día del mismo año (1616), aunque se supone que Cervantes murió en realidad el 22, y se supone que tampoco es que murieran exactamente el mismo día, ya que uno fue según el calendario Gregoriano y otro según el calendario Juliano y bla, bla, bla… En fin, esa historia que tú tan bien conoces. Lo cierto es que para los que formamos parte de la comunidad literaria, es siempre un día muy especial. De vez en cuando coincide con el inicio de la Feria del Libro en nuestra ciudad, o en otras ciudades que tengamos oportunidad de visitar, respondiendo a una invitación. También suele ser jornada de firma de ejemplares en alguna librería, aparición en alguna radio, eventos de ese tipo. En mi caso particular, también tuve oportunidad de conmemorar mi primera década como escritor publicado, ya que mi primer libro, Orlando Brown, se presentó en sociedad un 23 de abril de 2010.

Por supuesto, nada de todo esto ha sido posible este año, debido a esta situación de confinamiento tan particular que nos toca vivir. Y sin embargo, y por paradójico que pueda sonar, ha sido uno de los Días del Libro en los que más cerca me he sentido de la esencia misma de la literatura, y que no está relacionada tanto con el hecho de acudir a estos eventos sino con las tareas, mucho más puras y ascéticas, de simplemente leer y escribir. En anteriores entregas de esta obligada sección informalmente llamada «Literaturas del encierro» (sexta entrega, y contando) te comenté que había aumentado exponencialmente mis horas de lectura. La falta de comunicación con el exterior, la supresión de algunas distracciones outdoor y un mayor grado de concentración me han permitido llevar tres y hasta cuatro lecturas diferentes a la vez, algo que hacía mucho tiempo que no hacía. De esta manera, pude sentir el pasado jueves que esto era verdaderamente un Día del Libro como mandan los cánones: en el rincón, junto a la estantería de los libros, y sumergido en la magia de sus páginas.

Esta será una entrada breve, porque no quiero aburrirte desgranando esas lecturas simultáneas que estoy llevando a cabo. Te mostraré, eso sí, qué libros son, con la promesa de que pronto me pasaré por aquí para comentarte el resultado de estas lecturas. Porque estamos de acuerdo en que es una época dura e indeseada, y de incertidumbre absoluta respecto al futuro, pero también estaremos de acuerdo en que la literatura y el encierro siempre han sido buenos amigos. La reclusión, forzada o no, allana sin duda el camino para esa otra reclusión: la de la mente del lector en el embrujo que solo le proporcionan sus impagables horas de lectura.

En todo esto ando metido ahora mismo:

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Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki. Valdemar, Madrid, 2010. 860 páginas

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Poemas escogidos, de John Keats. Cátedra, Madrid, 2005. 213 páginas

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Cuentos completos, de Juan Carlos Onetti. Alfaguara, Madrid, 2014. 533 páginas

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Ensayos completos, de Michel de Montaigne. Cátedra, Madrid, 2003. 1117 páginas

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Zanoni, o el secreto de los inmortales, de Edward Bulwer Lytton. Valdemar, Madrid, 2015. 481 páginas

Por supuesto, nos vemos y leemos muy pronto por aquí.

¡Ah! Y feliz Día del Libro.

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