El hombre de la piara

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Los cerdos se revolcaban tranquilamente en el barro de la porqueriza; era un magma de detritus, barro licuado y restos fecales. Me había aislado del grupo, embelesado en la contemplación de aquella acumulación de mugre y excrecencias malolientes.

El hombre surgió de allí mismo, de aquel fango roñoso en el que retozaba la piara. Primero apareció una mano, negra por el contacto con la pecina. Agitó un poco los dedos y buscó apoyo, como si pretendiera vencer el encierro de su prisión subterránea. No le resultó fácil encontrar asidero, pero de alguna manera consiguió aferrarse. Pronto apareció un brazo, y después el otro. Cuando tuvo la cabeza y medio torso al descubierto, abrió mucho la boca y aspiró una enorme bocanada del aire fétido que reinaba en la porqueriza. Pareció recuperar fuerzas; las suficientes, al menos, como para apoyar ambas palmas en el suelo inestable y, mediante un impulso vertical, terminar de salir.

Después, sencillamente, el hombre de la piara se dedicó a deambular por entre el barro de la pocilga, como si fuera un cerdo más. Hasta me pareció oír que emitía un gruñido. Estaba cubierto de mierda de la cabeza a los pies.

Medio mareado por el tufo insoportable que emanaba de aquel reino excrementoso, me alejé de la porqueriza en busca del grupo, sabiendo que nadie, nunca jamás, creería mi historia.

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