Función teatral

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Me deslicé entre el público, que apestaba a colonia barata y a after shave peleón. No había joyas ni pieles, pero sí mucho oropel falaz y lujo de cartón piedra.

Vi su cabeza por encima de la multitud, casi a mitad del patio de butacas. Se abanicaba con un programa y oteaba el panorama, inquieto. Me buscaba. Y yo a él. Pensé en levantar la mano para que me viera, pero eso hubiera sido tanto como delatarnos. Casi tanto como confesar. Pedí perdón unas cuantas veces, pero no por eso dejé de soltar codazos y patadas al respetable.

Fila 17. Asientos B y C.

Nos sentamos.

—Todo listo —dije. Todavía persistían el tictac, las telarañas, la humedad. El encanto de lo furtivo. El morbo de la destrucción.

Él asintió con la cabeza y permaneció con la vista al frente, atento a la función, que estaba a punto de comenzar.

Esta noche terminaría antes de lo previsto.

Fue al abrirse el telón cuando comprendí que él no era mi cómplice, sino yo el suyo. Fue entonces cuando me di cuenta de que había sido él quien lo había ideado todo, y yo únicamente el brazo ejecutor.

Sonó un redoble… y enseguida estalló la primera salva de aplausos.

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