La broma de Foster Wallace

Hoy me apetece hablarte de La broma infinita, la mega novela de David Foster Wallace. Es un tema que suelo tocar en las clases de Escritura Creativa en Fuentetaja, y también con amigos y compañeros de profesión: el cómo en nuestros días es realmente complicado encontrar obras universales, novelas cuya genialidad las coloque en un plano artístico que va más allá de las esferas comerciales en las que por lo general se mueve el mundillo literario. Y, también, el cómo resulta casi imposible hoy en día conseguir cierta originalidad en nuestros planteamientos y en el desarrollo de nuestro material narrativo. Siempre he sostenido la teoría de que ningún libro puede intimidar el ánimo de un lector comprometido, y que todo es cuestión de ir línea tras línea y página por página desde el punto A hasta el Z. La broma infinita es uno de esos libros que pueden, en principio, poner en jaque a esta teoría, y por eso mismo no quería dejar de compartir contigo mis impresiones y mi experiencia de lectura en este blog.

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La broma infinita, de David Foster Wallace. Literatura Random House, Barcelona, 2011. 1216 páginas

La novela impone ya desde su aspecto físico. Se trata de un muy poco maleable ladrillo de más de 1200 páginas, pero todavía impone más cuando uno lo abre, lo hojea y se encuentra con una estructura granítica de párrafos apretujados, letra menuda y casi ningún espacio en blanco. No se aprecian a simple vista divisiones en partes o capítulos, y proliferan los puntos y seguidos y las subordinadas. Además, a partir de la página 1093 comienzan las «Notas del Autor», donde se podría decir que prácticamente se desarrolla una novela diferente. Pero el tema de las notas merece un párrafo aparte y lo comentaré más adelante. Quizá te resulte curioso que me dedique, en primer término, a hacer un infructuoso análisis de lo que es la arquitectura del libro sin hablar del texto en sí, pero quería hacerlo constar porque el peso y la apariencia compacta y pantagruélica del volumen es algo a lo que uno se enfrenta durante todo el proceso de lectura.

Bien, ahora hablemos un poco de la historia. Ambientada en un futuro no muy lejano, aunque bizarro y ciertamente antiutópico, Foster Wallace nos habla en ella de un mundo totalmente mercantilizado en el que hasta los años naturales son patrocinados por empresas multinacionales y sus más burdos productos. El autor disemina a un puñado de personajes con bastante entidad, y profundiza principalmente en dos de ellos: Hal Incandenza, niño prodigio de la familia y futuro tenista de élite, y Don Gately, exadicto a todo tipo de fármacos que realiza labores comunitarias en la Ennet House, una residencia en la que se tratan distintos tipos de adicciones. El resto son tan pintorescos y freaks como el tono mismo de la novela, empezando por todos los miembros de la familia Incandenza —Orin, un ligón trasnacional; Avril, la madre de familia ninfómana; James O., el cineasta perturbado y patriarca del clan; y Mario, el enano deforme— y terminando por los miembros de la AET —Academia Enfield de Tenis—, con el nazi Schtitt a la cabeza y el intrépido Michael Pemulis como alumno revolucionario.

David Foster Wallace (1962-2008)

El inusual y originalísimo contexto sociohistórico que Foster Wallace plantea como punto de partida para la trama me pareció un aporte de genialidad realmente único en la narrativa contemporánea. La historia es más o menos así: Estados Unidos elige como presidente a uno de los tantos neuróticos que han ocupado la Casa Blanca. Para no perder la costumbre, un hombre que pertenece a la farándula, un excantante de poca monta. Este hombre, obsesionado con la limpieza, decide enviar todos los residuos radiactivos del país, vía catapulta, a una concavidad ubicada en el estado de Maine. Dicho estado se convierte, entonces, en un hervidero de deformidades abominables: niños con cabezas gigantes y cinco ojos, monstruosas ardillas superdesarrolladas y otros entes ciclópeos de este tipo. El presidente, entonces, determina que esta concavidad pútrida e hipertóxica tiene que dejar de ser territorio estadounidense, para lo cual propone una reconfiguración territorial, dando nacimiento a la ONAN —Organización Nacional de América del Norte—. Esta operación supone unos costes fastuosos, así que desde la fundación de la ONAN los años ya no se cuentan por número, sino que estarán patrocinados por productos que pagarán ingresos monumentales por publicidad —tenemos así el Año de la Hamburguesa Whopper, el Año del Parche Transdérmico Tucks, el Año del Superpollo Perdue y el Año de la Ropa Interior para Adultos Depend, que es cuando transcurre la acción—. Cuestión, que la concavidad radiactiva es desde entonces territorio canadiense. Los habitantes de Québec, ciudad fronteriza del sur de Canadá, se sublevan y comienzan a realizar actos de terrorismo a través de unos renegados francófonos en sillas de ruedas, creando entes antiONAN. Cuentan, para ello, con un arma sumamente letal: La broma infinita, una de las películas filmadas por James O. Incandenza, capaz de controlar la mente humana.

El autor nos cuenta con detalle el funcionamiento fascista de la Academia Enfield de Tenis, y narra con tal profusión de detalles la vida en la Ennet House y en las reuniones de Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos que se hace inevitable pensar que tuvo que desfilar en persona por estas asociaciones. Se pueden verificar estos datos leyendo casi cualquier resumen biográfico de la vida del inestable David Foster Wallace.

El resto de la novela se desarrolla en largas y profusas narraciones de escenas inconexas y barroquísimas que hacen gala de un vocabulario muy completo y de un fondo de cultura popular realmente amplio. Se tocan temas como el sexo, el incesto, la violencia, el terrorismo, la desintegración familiar, la alienación en el mundo del deporte universitario, la política, el arte, las violaciones y, muy por sobre todas las cosas, las adicciones al alcohol y a sustancias psicotrópicas. Foster Wallace elabora un catálogo completísimo de farmacología adictiva y explica, además, los compuestos químicos de cada alucinógeno y las redes comerciales para adquirirlos. Aquí un profano en la materia fácilmente puede confundir material de investigación con triquiñuelas propias de la invención del cosmos de la historia, pero lo que sí hay que destacar es que la línea que establece Foster Wallace entre drogas recreativas y medicinales es tan delgada que a veces se pierde entre los actos y las intenciones de los personajes, la mayoría de ellos involucrados en problemas de drogadicción.

David Foster Wallace arrastró una larga depresión durante toda su vida. Se suicidó en septiembre de 2008

Las «Notas del Autor», de las que dije que merecían un párrafo aparte, agregan un curioso y profundísimo apéndice a todo lo que se narra en las primeras mil páginas. Allí podremos encontrar, por ejemplo, una monografía detallada de la obra filmográfica de James O. Incandenza —con un resumen de cada una de sus películas—, minuciosos detalles científicos de los fármacos que se nombran, o teorías físicas que explican los distintos efectos de algunos golpes tenísticos (¡!). También hay entrevistas a algunos de los personajes que nos revelan quizá más detalles que las descripciones de la novela, así como entretelones familiares y anécdotas académicas que solo se insinúan en el transcurrir narrativo.

La biografía de Foster Wallace daría para otra entrada en este blog, así que solo la comentaré muy por encima. Se trataba del típico niño estudioso y superdotado. Sus padres eran profesores de Literatura y Filosofía. Pronto destacó en el campo académico y en el tenis. Ya desde muy joven comenzó a arrastrar problemas de depresión, que fue tratando con los años a través de fármacos antidepresivos. Durante los últimos veinte años de su vida estuvo convencido de que era esta medicación antidepresiva lo que le había llevado a ser tan productivo a nivel literario. Cuando comenzó a sufrir graves efectos secundarios derivados de la medicación, su médico le recomendó que los dejara. Esto ocurrió en 2007. La depresión regresó y el autor se sometió a otras terapias, entre ellas la electroconvulsiva. Cuando finalmente regresó a su medicación, comprobó con desesperación que esta ya no impulsaba su creatividad. Sumido en una profundísima depresión, se suicidó ahorcándose el 12 de septiembre de 2008. La muerte del autor significó un auténtico sacudón para el mundo literario de entonces, y acrecentó así la leyenda de David Foster Wallace, a quien se considera hijo dilecto de autores como Don DeLillo y padre de la generación de los William T. Vollman, Richard Powers o Jonathan Franzen.

La broma infinita es una obra tan singular y de tan inusual factura que no podía dejar de hablarte de ella aquí. Desde mi humilde óptica, estamos ante la novela en lengua inglesa más grande de los últimos treinta años, que es decir muchísimo. Con el correr de las décadas es posible que su semilla se extienda y termine por germinar una influencia decisiva, al nivel de otras novelas universales tan ambiciosas estructuralmente, como  puede ser el Ulises de James Joyce.

1 comentario en “La broma de Foster Wallace

  1. Pingback: Foster Wallace: un autor inagotable | El Disparaletras®

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