Rutina

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Hubo un tiempo en el que no me dedicaba a empujar mi destino cuesta arriba. Antes era diferente. Tenía mi sustento, al que alimentaba y veía crecer. Hasta que el vecino, aquel caco desvergonzado, comenzó a perpetrar una serie de hurtos camuflados; un ladrón de guante negro, manchado de estiércol. Pero lo desenmascaré y su oprobio me regaló una fugaz aventura, un retozo ocasional con su hija, una adúltera de muy buen ver. Después entré y salí, disputé y engañé, y escapé a las garras del deceso por pura astucia.

El anhelo de estos días, en cambio, consiste en lograr algo notorio. El encargo, simple en perspectiva, se ha vuelto repetitivo hasta lo imposible, perpetuo hasta la demencia, interminable hasta la desesperación. Pura rutina. Mi única meta es la recompensa, a menos que ellos sean unos liantes y yo un comevidrios. O un escarabajo pelotero. A ratos me da por pensarlo, pero suelo estar tan ocupado, tan ofuscado en esta práctica embrutecedora y sin sentido que casi no me centro en llegar a conclusiones.

Aquí viene otra vez, y otra vez empiezo a empujar. ¿No me estarán tomando el pelo…?

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