Café envenenado

Él me quería matar. Yo lo sabía. Y él sabía que yo lo sabía. No era muy creativo, en realidad. Al ser un químico —un hombre de ciencias, ya sabéis—, la creatividad no era una de sus cualidades. En cambio, sí poseía conocimientos suficientes como para matarme sin dejar huellas. Por eso quiso utilizar un truco tan viejo como el del café envenenado. Pero yo sabía que lo iba a hacer. Y estaba preparado. Y decidido: no solo no iba a permitir que me matara, sino que lo mataría yo a él.

Sirvió las tazas con simpatía; intercaló un chiste, incluso. Un chiste muy malo, muy propio de un hombre de ciencias. Se sentó y me ofreció una taza. Yo le había visto volcar el polvillo letal en la taza de la izquierda… No, en la de la derecha. En la de la izquierda, sí. En la de la izquierda. ¿O acaso…? Bueno, en una de las dos. Vale, que me despisté, ¿de acuerdo? O quizá fue él quien logró despistarme. Pero tenía todavía una oportunidad: podía hacerle creer que sabía muy bien en qué taza estaba el veneno, y en consecuencia confundirlo yo a él.

Abrió el azucarero.

—¿Cuántas? —preguntó.

—¿No tienes sacarina?

—No te imaginaba tan… delicado.

—Estoy cuidándome un poco.

Se levantó y se dirigió hasta la alacena. O sea: que me dio la espalda. La pregunta era: ¿Cambio las tazas de lugar… o solo finjo cambiarlas? ¿Era la de la izquierda o la de la derecha? ¿Sabría él que me había perdido… o estaría pensando que intentaba fingir que me había perdido? Pero se iba a dar la vuelta en cualquier momento, así que tenía que dar el paso ya. Sí: cambiar las tazas de lugar. O hacerlas entrechocar para que crea que las he cambiado. O cambiarlas de verdad.

Sí: cambiarlas de verdad. No: entrechocarlas. En todo caso, hacer algo. Las entrechoqué. Clink. Cualquiera podría pensar que las había cambiado de sitio. Él se dio la vuelta, sonriente. Se acercó con la sacarina.

—¿Cuántas? —preguntó.

—Una.

Plic. Una pastillita blanca cayó en el café… de la izquierda. ¿Se había dado cuenta? ¿Se había dado cuenta de que me había dado cuenta? ¿Se había enterado de que me había enterado de todo y que estaba intentando hacer que se diera cuenta de que me había dado cuenta? ¿O era al revés? Qué lío… Me bebí el café. Él se bebió el suyo. Sin azúcar.

Se le agrandaron los ojos. Se ruborizó. Entonces supe que había triunfado, que lo había vencido. Se puso serio. Después rio. Y siguió riéndose y riéndose… y riéndose y riéndose… Mientras, yo empecé a sentir que un fuego me consumía desde el estómago y me empujaba a un abismo de oscuridad.

Era un químico. Un tipo de ciencias. Un sujeto muy poco creativo.

Pero lo cierto es que me lié con el rollo de las tacitas, oye…

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