Thomas Ligotti. Parte I: La tercera pata del banco

Algunas de las personas que me frecuentan y unos pocos amigos con los que suelo intercambiar opiniones sobre literatura me han pedido que les explique cabalmente mi fanatismo por Thomas Ligotti. Digo «unos pocos» porque, en realidad, son en verdad muy escasos los que siquiera registran este nombre. Y a estos, lo hayan leído o no, les despierta curiosidad la enorme admiración que he llegado sentir por su literatura. Pero el caso de Ligotti es muy especial; se trata de un autor «incómodo», incluso «antipático». No es un escritor que despierte el fetichismo del lector o sobre el que se pueda debatir abiertamente y con las herramientas tradicionales de la crítica. Por eso pensé que tal vez era hora de expresar por escrito lo que opino sobre su literatura, y qué mejor espacio que este blog, donde siento que puedo comunicarme contigo a mis anchas. En todo caso, es tanto lo que tengo para decirte que voy a estructurar este monográfico por partes. Hoy, vamos con la primera.

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Son muy pocas las imágenes de Thomas Ligotti que puedes encontrar en Internet. Aquí, una ilustración aproximada…

Suele decirse que toda estructura o sistema necesita, como un banco, de al menos tres recias patas que lo sostengan. Quizá todo medio artístico tenga su trinomio indiscutible —en música clásica se habla de Bach-Mozart-Beethoven, por ejemplo—. Como explorador y estudioso del género de terror he llegado a la conclusión de que el horror literario ha encontrado su Santísima Trinidad: Poe-Lovecraft-Ligotti. En el reparto de papeles la cosa quedaría así: Padre (Poe), Hijo (Ligotti), y Espíritu Santo (Lovecraft).

Antes de que me taches de exagerado o de hereje, paso a explicar los motivos de esta consideración, que son varios.

En primer lugar, Ligotti ha entendido mejor que nadie que el soporte verdaderamente genuino —y el más eficaz— para la materia terrorífica es el relato, y no la novela. El motivo literario, ese hilo conductor temático que forma el esqueleto de toda obra escrita, necesita en el ámbito del terror permanecer tenso todo el tiempo, sostener al lector en una atmósfera de silencioso pavor y no permitirle una distensión que lo refugie en los confortables huecos de la realidad. El relato, en su propia naturaleza como formato literario, no permite esta distensión. Un relato de terror es siempre de terror; una novela, en cambio, necesita de la combinación de la atmósfera horrorosa con un background de realidad convencional, incluso en escenarios totalmente ilusorios. Así, el efecto terrorífico se diluye de manera inevitable.

En segundo lugar, Thomas Ligotti se ha desprendido por completo de la tan cacareada «visualidad» en sus relatos, elemento que —siempre lo he dicho— constituye en mi opinión un lastre para la expresión literaria. Cuando Poe escribía sus relatos no existía el cine; cuando escribía Lovecraft sí, pero era tan grande el desprecio y la indiferencia que el genio de Providence sentía hacia este medio expresivo que, en cuestiones estéticas, es como si no hubiera existido; en una de las escasas entrevistas que le he visto dar, Ligotti se confiesa como un gran aficionado al cine de terror, pero lo importante es que no ha permitido que los códigos expresivos del cine invadan y perviertan su literatura. Sus relatos son puramente literarios y se desarrollan exclusivamente mediante las herramientas que el medio tiene a su alcance, mucho más poderosas e ilimitadas que las del cine —otro tema sobre el que he discutido hasta la saciedad, pero no voy a abrir el debate aquí—. Ligotti es el único de los escritores contemporáneos de terror que ha entendido la importancia del lenguaje literario en la comunicación de su mensaje. Autores como Barker, Campbell, Koontz o King han caído inevitablemente en la «visualidad» —especialmente los dos últimos—, y han otorgado a sus narraciones ese aire de película que vuelve a sus escritos más asequibles a los ojos del lector moderno, obnubilado por el bombardeo de imágenes. No tengo duda de que esto obedece en muchos casos a motivos comerciales: los libros escritos bajo los códigos visuales se venden mucho mejor. A Ligotti se nota que los motivos comerciales le importan bien poco y por eso escribe relatos, menos vendibles que las novelas; y relatos totalmente literarios, mucho menos vendibles que los «visuales».

Tercer punto: la literatura de Thomas Ligotti tiene un trasfondo tan vasto e inabarcable como la de Lovecraft. Obedece a una propia cosmogonía, a un universo creado al margen del papel, pero sumamente coherente, y que basa su discurso en un aspecto del horror que nunca hasta ahora había sido tratado: el concepto de lo grotesco. Poe inventó el horror macabro; Lovecraft dio vida al horror cósmico; Ligotti creó el horror grotesco. Sus relatos están poblados de marionetas, payasos y mascaradas, criaturas híbridas que se han colado en la realidad desde los sueños, supuestos humanos bajo cuya epidermis subyace el embrión de una criatura desarticulada y ancestral; sus escenarios colindan con entornos de pesadilla y su discurso se eleva sobre la acostumbrada banalización del género para instalarse en una especie de terror filosófico donde prima el pensamiento, lo que la mente es capaz de evocar y recrear, la materia del subconsciente que nunca alcanza una forma concreta en la realidad pero que justamente se vuelve más horrorosa por esta cualidad difusa. Y por otras tantas: es una materia subjetiva, inconexa, pulsátil, siempre presente y exclusiva de cada lector, ya que los resortes que activan sus apariciones tienen su origen en sus propios miedos, una especie de punto sensible del subconsciente que el autor de Michigan ha sabido alcanzar como nadie.

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Ilustración interior de una de las ediciones de Noctuario, una de las obras maestras de Thomas Ligotti. Este impresionante cover, obra de Aeron Alfrey, refleja a la perfección la esencia del universo ligottiano.

No son solo tres puntos los que sostienen mi teoría de que Thomas Ligotti es la tercera pata del banco de la literatura de terror, sino unos cuantos más, pero no quiero extenderme demasiado hoy. Muy pronto me pasaré por aquí para seguir hablándote de este autor. Por supuesto que no es un autor fácil ni de consumo rápido. No es el escritor que te llevarías al aeropuerto, a la playa o al apartamento donde pasas las vacaciones. Es un autor en el que has de sumergirte en tu rincón de lectura favorito, con diccionarios y libros de consulta al lado, a ser posible con algún volumen de Schopenhauer cerca, con una lámpara que apunte directamente sobre las páginas del libro y sin ruidos o interrupciones que detengan la magia y la hipnosis de su literatura…

¿Que cuáles son mis obras favoritas de Thomas Ligotti? Te lo cuento otro día, en la segunda parte de este monográfico. Ese día te prometo ahondar en su obra y desgranarte algunos de los relatos que más me han impactado.

Con lo de hoy, creo tenemos suficiente como para empezar…

4 pensamientos en “Thomas Ligotti. Parte I: La tercera pata del banco

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