Un Planeta muy, muy lejano

Si hay algo de lo que carece este blog es de artículos incendiarios o polémicos. No pierdas la calma: este seguramente tampoco lo será.

Como todo el mundo, tengo mi opinión sobre los más diversos temas: política, sociedad, religión, cultura… Nunca comparto estas opiniones en las redes sociales o en este blog, plataformas que prefiero utilizar para comunicarme con mis lectores o con cualquiera que esté interesado en las actividades que llevo a cabo.

Pero durante la pasada semana tuvo lugar un hecho curioso y pensé que era una buena ocasión para, convertido el hecho en anécdota, resumirla aquí.

El martes 15 de octubre fallaron los Premios Planeta. Tú ya lo sabes: es el galardón más prestigioso del mundo editorial en España. Del ámbito hispanohablante en general, más bien dicho. Se entrega anualmente, durante las dos últimas semanas de octubre, y se prepara al respecto una gran cruzada publicitaria de cara a la campaña de Navidad. El miércoles por la mañana comencé a recibir mensajes de WhatsApp de amigos y conocidos que trabajan en el mundo del libro: comerciales, representantes de editoriales, libreros, lectores a los que respeto mucho. Todos me preguntaban qué opinión me merecía la elección de los ganadores (Premio y Finalista). Me hizo sentir muy halagado el que mi punto de vista les interesara. Después me llamaron de una radio y de un periódico (que no voy a nombrar) para solicitar, también, mi opinión al respecto. Más halagado me sentí, lógicamente, y para mí hubiera sido muy fácil adoptar cualquiera de estas dos posturas: o bien emitir una opinión cáustica y venenosa acerca de la supuesta transparencia del concurso, o bien pronunciarme en pro de este reputado premio, siguiendo un poco el juego y empleando un tono de circunspecta gacetilla pelotillera. Lo que fuera, digamos, con tal de ver aparecer mi nombre junto al del premio en el medio en cuestión, aunque solo fuera en el papel del perrito del ciego. Y aunque agradezco sinceramente el interés que han mostrado estos medios por mi opinión, sentí que no estaría siendo sincero si adoptaba cualquiera de estos dos papeles. Así que me vi en la obligación de decirles la verdad: que no tengo una opinión formada que merezca la pena publicarse en un periódico o emitirse a través de la radio.

Por eso, y como posiblemente me sienta en deuda con esa curiosidad insatisfecha, intentaré esbozar aquí algo parecido a una opinión, por ajeno y remoto que me resulte el tema.

Cuando la gente te conoce y llega a saber que te dedicas a la literatura suele ser una broma habitual el comentario: «¡A ver si un día ganas el Premio Planeta!». Uno sonríe y pone cara de «¡Es imposible!», pero la persona que ha hecho el comentario no sabe hasta qué punto es realmente imposible. A veces la coletilla germina y acaba ramificando en una conversación, y es entonces cuando yo siento que el Premio Planeta (y con esto puedo englobar al Nadal, el Alfaguara, el Espasa y todos los premios de prestigio que se entregan en este país) forma parte de una realidad en la que ni remotamente me deslizo a diario. No se trata ya de que uno juegue en otra liga; más bien se tiene la sensación de que uno practica otro deporte, con otro balón y otro equipamiento en general. Y bajo un reglamento distinto. Para mí hablar del Premio Planeta es como hablar de los despachos de la embajada letona en Montreal o del apareamiento de la cucaracha «banda café». Es algo de lo que no tengo ni idea.

Cuando lo planteas así, la gente se extraña y te dice, con toda lógica: «Pero ¿cómo? ¿Tú no eres escritor?». Y entonces te preguntas si conviene o no explicarle que toda esta movida tiene un poco que ver con la escritura y con la literatura (un poco), pero que hay muchas otras cosas que quizá ejerzan una influencia más decisiva, y que todos esos factores no tienen ninguna relación con lo que es tu trabajo diario, ese que consiste en recrear historias mediante la palabra, trabajar técnicas literarias, redactar, pulir, releer y corregir, leer a tus autores favoritos, estudiar nuevas técnicas y ampliar los horizontes de conocimiento, volver a redactar y, en fin, todo lo relacionado al oficio de escritor.

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El trofeo que recibe el ganador del Premio Planeta, además de una importante dotación económica

¿Qué es para mí un Premio Planeta? Supongo que un libro, sí. Nunca me he comprado ninguno, a decir verdad, porque aunque me muevo entre libros durante gran parte del día, me siento demasiado ajeno a lo que pueden ofrecerme Ganadores y Finalistas como material literario. Es más: puede que sea el propio galardón el que me despierte alguna reticencia a la hora de acercarme a cualquiera de los títulos. Eso, además de la lejanía insalvable que supone el posicionamiento de toda su maquinaria comercial. Es como si yo estuviera arrinconado en un ático telarañoso en la planta diecisiete de un edificio, escribiendo mis tonterías, y la fragua donde se cuece el Premio Planeta se encontrara en el cuarto subsuelo, ardiendo y escupiendo fuego en medio de calderas sulfurantes y amenazadoras. Y, como si uno fuera K. en El castillo de Kafka, conjetura que todas las puertas que hay entre un recinto y el otro están cerradas y herméticamente protegidas. Y digo «conjetura» porque, sinceramente, nunca me he acercado a ellas, nunca he intentado abrirlas, nunca he golpeado a ver si había alguien del otro lado. Ya escucho los ecos de algunas voces que dicen: «Tranquilo, que no pensábamos abrirte. Ni siquiera nos asomaríamos a la mirilla para verte el careto». Y aunque no me escuchen, también yo me siento con ganas de responder desde este lado: «Tranquilos, que de momento se está a gusto aquí, en el rincón telarañoso del ático, escribiendo tonterías».

Una vez, no obstante, cogí un Premio Planeta de una estantería en mi librería favorita. Creo que fue simple curiosidad. Incluso lo abrí y estuve echando un vistazo. Y resulta que era un libro, con palabras, frases y párrafos. Y contaba una historia. Me sentí estúpido. «¡Ah, pero esto se parece un poco a lo que hago día a día!», pensé. Pasé las páginas con gesto idiota, parpadeé un par de veces, lo cerré y volví a dejarlo en su sitio. Antes de alejarme de él, me pregunté: «¿Dónde radicará la diferencia esencial? ¿Existe allí una especie de conjuro mágico? ¿O es algo que todos menos yo pueden ver, como aquel traje del emperador?». Pensé entonces en el misterio insondable, en el arcano inaccesible que seguramente escondían sus páginas y que, por más que me esforzara, un tontolaba como yo nunca sería capaz de asimilar. Y volví a sentirme estúpido y deseé regresar al rincón del ático. Después vi otros libros y me animé un poco.

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Javier Cercas y Manuel Vila, ganador y finalista (respectivamente) de la edición 2019 del Premio Planeta

Parece que hubo algo de polémica este año: Planeta ha premiado a los «galácticos» de Penguin Random House (Javier Cercas y Manuel Vila), y en muchos medios de comunicación esta decisión huele a tentación por parte del Grupo Planeta por absorber y sustraer a ambos autores. Por birlárselos a la competencia, vamos. Me preguntan: ¿casualidad o burda estrategia comercial?

En fin… Todos somos ya mayorcitos y conocemos el mundo en el que vivimos. Y esto no es una crítica ni al Premio Planeta, ni al Grupo Planeta, ni al sistema de premios en España. Como digo, este tipo de opiniones específicas me las guardo para mí, y nunca he sido ni lanzabombas ni propenso a la genuflexión, ni avieso antisistema ni recalcitrante guardián de los tesoros del mismo. Tan solo quiero dejar constancia de que no puedo emitir una opinión formada al respecto porque, como digo, todo este microuniverso de los premios y los estratos administrativos que los despachan me son demasiado ajenos, demasiado remotos.

Para mí es como si me preguntaran sobre el ecosistema de un Planeta muy, muy lejano al que (de momento) me toca habitar.

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