Oda a la soledad

Magnífica novela la que nos ofrece aquí Carson McCullers, que se ha convertido en todo un clásico de las letras americanas, en especial gracias a su tono sosegado y al torrente de sentimientos que desprende la descripción precisa y pasional de cada uno de sus personajes. Una obra que ha marcado escuela y que me ha tenido subyugado durante estos últimos días. No podía, por tanto, dejar de compartirla contigo en este blog, al tiempo que recomendarla como una lectura rica en matices y con momentos de auténtica genialidad.

El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers. Bercelona, Seix Barral, 2003. 392 páginas

Hija dilecta del gran William Faulkner y hermana mayor, se podría decir, de Eudora Welty, McCullers expone en El corazón es un cazador solitario el arraigado sentimiento de pertenencia para con el Sur de los Estados Unidos, una región que ha sido todo un paradigma en la literatura americana desde mediados del siglo XIX, cuando la Guerra de Secesión puso fin a la esclavitud y dio comienzo a un periodo de segregación quizá aún más oscuro y denso, con las diferencias sociales campando sobre la cotidianidad de sus habitantes. La particularidad del relato que quiero hoy compartir contigo radica, principalmente, en que no ubica la acción dramática en ninguna ciudad ni estado en concreto. Identifica la zona simplemente como «el Sur», dando lugar a que la inteligencia del lector se encargue de imaginar la idiosincrasia, las costumbres y, sobre todo, las connotaciones políticas que envuelven a los protagonistas.

De estos hay que decir que están perfilados con mano maestra. La autora efectúa una descripción de caracteres magistral, con un fondo psicológico que sobrepasa la epidermis y te introduce en el alma misma de cada uno, componiendo una magnífica oda a la soledad, una soledad que cada uno de ellos intenta compartir con los demás para, así, aniquilarla, pero que acaba consumiéndolos debido a las diferencias personales que indefectiblemente separan a unos de otros y a todos del núcleo común que los reúne: el sordomudo John Singer.

Se trata este de uno de los personajes más complejos que nos ha regalado la literatura contemporánea. Tolerante, contemplativo, reflexivo y socialmente abierto , es el eje sobre el que se apoya toda la voz narrativa, pese a su dificultad de comunicación con los demás. Es el personaje sobre el que todos vuelcan sus inquietudes y del que muy pocos conocen su fondo y el sentimiento de profundo dolor que le provoca la convalecencia de su amigo, el griego Spiros Antonapoulos. Es sobre todo en los pasajes finales cuando el desconocimiento del alma del mudo invade a quienes lo rodean. Su solución final desconcierta a todos, hasta tal punto que ninguna conclusión al respecto parece válida. La construcción que efectúa McCullers del perfil del protagonista admira y emociona; un catálogo de sentimientos humanos expuestos sin una sola palabra hablada (y sin demasiadas escritas, la verdad).

Otro de los personajes principales es Mick Kelly, una jovencita de trece años cuya entrada en la «edad difícil» le provoca un torrente de sentimientos que muy difícilmente puede aplacar. Melómana por naturaleza y rebelde a causa de su aguda soledad, la pequeña Mick puede que sea un reflejo directo de lo que pudo haber sido la joven McCullers en la preadolescencia, o al menos es lo que se puede llegar a especular dada la profundidad del personaje, sin duda en el que más incide la autora. Imbuida en una situación familiar compleja y a las puertas del primer amor, la niña se convertirá en algo parecido a una mujer hacia el final del relato, cayendo en la brutal decepción de la entrada temprana en la adultez.

Bartholomew «Biff» Brannon regenta el café Nueva York, en el centro de la ciudad, y es otro de los vértices cuyo lucero apunta hacia el centro de gravedad que es John Singer. Un hombre silencioso y al parecer simple y vulgar, que pasa la mayor parte del tiempo tras la caja registradora de su local, observando el ir y venir de su fustigada clientela. Mantiene una relación más bien fría (y algo tirante) con su esposa Alice, y solo la muerte de esta parece despertarle del sopor en el que vive inmerso. Su compañía más cercana, desde entonces, son su cuñada y su sobrina Baby, por quien siente adoración. Aquí McCullers se maneja con una cautela que también es de admirar, pues no resulta fácil abrir los sentimientos de un personaje tan hermético, sobre todo cuando en todo momento se nos insinúa el impulso erótico que este siente hacia Mick Kelly, la joven de la que antes hablaba. Es, desde luego, un amor prohibido, pero resulta magnífica la mención de las torturas internas que provocan en el dueño del restaurante las constantes visitas de la cría y, sobre todo, la aguda metamorfosis que observa en ella. La visión de Brannon, pesimista y oscura, es la que cierra la obra en el último párrafo, de una magnífica sutileza poética.

Jake Blount es, quizá, el espíritu más rebelde y atormentado de toda la novela. Revolucionario, intelectual y disidente, busca la forma de alertar a la masa humana acerca de las calamidades del capitalismo y de la opresión del obrero. Desarrolla al principio de la novela un llamativo concepto que le lleva a discriminar a las personas que saben de las que no saben. Está convencido de que la opresión de los pueblos se basa en la ignorancia que atesoran, y que no les permite vislumbrar la red de carnívoros engranajes que día a día se los traga. Con tendencia al alcoholismo y a la trashumancia por los estados del Sur, será otro de los confidentes directos del sordomudo John Singer, al tiempo que se emplea en un parque de atracciones donde vende boletos, repara la maquinaria y asiste, entre atónito y contemplativo, a las luchas políticas y raciales que se llevan a cabo en derredor suyo, en parte, muchas veces, provocadas por él mismo.

Y, por último, el doctor Benedict Mady Copeland, un médico de color que predica a favor de su raza y que, al igual que Blount, lucha por abrir los ojos a su pueblo como si de un profeta se tratara, al tiempo que afronta complicadas situaciones familiares con su hija Portia y sus hijos Hamilton, Karl Marx y Willie (este último víctima de un escalofriante abuso de autoridad policial).

Carson McCullers (1917-1967)

Es en este quinteto de personajes principales en el que McCullers apoya toda la trama, sin descartar a un puñado generoso de secundarios que apuntalan la acción y dan relieve al relato. De más está decir que la novela posee connotaciones de índole política, social y filosófica suficientes como para dejarte pensando un buen rato, amén de agudas reflexiones sobre el amor, la muerte, las relaciones familiares, el progreso, la religión, el racismo y la convivencia humana.

Obra magnífica y muy representativa de la cultura americana de principios de los cuarenta, El corazón es un cazador solitario es una novela que me ayudó a descubrir el talento de esta gran autora, alabada por Graham Greene en la edición de Seix Barral que cayó en mis manos y comparada por la crítica nada menos que con Faulkner y D.H. Lawrence. Un completo disfrute y todo un canto a la soledad, esa que nos aprisiona y que nos lleva, muchas veces, a refugiarnos en este tipo de lecturas para, así, no sentirnos tan solos.

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