Atrapado bajo el hielo

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No sé dónde estoy, pero un océano acristalado me aprisiona entre la incertidumbre y la desesperación. No sé cómo he llegado hasta aquí, pero estalagmitas sin número aguijonean mi piel con picaduras de un frío que, de tan intenso, quema como el mismo infierno. No sé cómo ha surgido sobre mi cabeza esta capota cristalina y espejada, este firmamento gélido que se extiende hasta donde no alcanza la vista, que se expande hasta donde mi imaginación abotargada no puede llegar.

No creo haber deseado encontrarme donde estoy ahora, nadando desnudo en un fluido glacial y espeso. No creo haber fantaseado con la posibilidad del agotamiento del oxígeno en el mínimo espacio que separa la línea de flotación de la base de esta techumbre rocosa y congelada, donde apenas existe un resquicio para que mis fosas ateridas exhalen una respiración vaporosa y cada vez más exangüe.

Pego mi labios amoratados e insensibles a la capa de hielo y ahogo un grito de estupor y pánico. No suena porque nadie puede oírlo, nadie puede rescatarme, nadie sabe que yazgo aquí, bajo esta inmensidad helada.

Finalmente grito. Y lloro. Y muero con exasperante lentitud. El frío espesa la sangre en mis venas y una densa niebla helada cubre mis pupilas, bien abiertas ante la desesperación de la hora final. No encuentro explicación, y no puedo despertar de algo que no es una pesadilla.

No puedo salir.

Inequívoca e irrefutable conclusión: estoy atrapado bajo el hielo.

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