La sombra alargada de Hill House

Hoy te traigo una de esas novelas que no solo hacen las delicias de todos los amantes del género oscuro, sino que además se ha convertido en una auténtica referencia para todos aquellos que gustamos de un buen rato de miedo entre las páginas de un libro. Se trata de una obra que numerosos autores de terror han citado como influencia y que se ha ganado, por derecho propio, un lugar entre las más destacadas novelas góticas de todos los tiempos. Te hablo, claro, de La maldición de Hill House, de Shirley Jackson.

La maldición de Hill House, de Shirley Jackson. Madrid, Valdemar (2008). 256 páginas

La Maldición de Hill House es una de las primeras novelas en utilizar el terror psicológico como elemento conductor del sentimiento que inspira en sus lectores. Utilizando una técnica muy depurada y llena de sutileza, la autora esgrime el pasado y las cicatrices en el alma de los personajes como catalizadores en la aventura que se disponen a vivir en las profundidades de Hill House. Se trata de una herramienta que numerosísimos autores del género han utilizado posteriormente —Ramsey Campbell en Nazareth Hill y Stephen King en El resplandor son solo dos ejemplos—. La novela es también la madre de todas las historias sobre casas encantadas que ha dado la literatura, un tema trillado y masticado hasta la saciedad por la voracidad incontenible de las mandíbulas del género, pero que probablemente nunca después encontró una representación tan auténtica y genuina de lo que realmente significa una casa embrujada. De entre la tonelada de literatura posterior que ha crecido bajo su sombra, probablemente La casa infernal de Richard Matheson sea la más digna de sus representantes.

Shirley Jackson elabora en esta novela un delicioso catálogo de personajes principales: Eleanor, una mujer desdichada que tras pasar once años cuidando a su madre enferma intenta luchar contra los fantasmas de su soledad y su remordimiento, buscando entre los tablones sombríos de Hill House algunos jirones de su  identidad despedazada. Theodora, una joven frívola y despreocupada con una inquietante capacidad telepática; y Luke, un vividor mentiroso y granuja que ha sido invitado solo por pertenecer a la familia propietaria de la mansión de marras. Todos ellos han sido convocados a una estancia indeterminada en Hill House por John Montague, doctor en Filosofía y antropólogo, afanoso investigador que lleva años volcado en la indagación de las perturbaciones psíquicas que suelen tener lugar en las supuestas casas encantadas.

Fotograma de La mansión encantada, la más célebre de las las múltiples adaptaciones cinematográficas de la novela (Robert Wise, 1963)

La novela es lo más alejado del gore y el género sangriento que nos podamos imaginar. De hecho, la violencia apenas hace una ligera aparición entre sus páginas, lo cual otorga un doble mérito a la obra de Jackson. Porque lo cierto es que durante largos pasajes la narración despierta realmente miedo en el lector, sin que en ningún momento tengamos una idea clara de lo que sucede. El estilo de la autora es claro y sin dobleces, pero al otorgar a la propia casa la entidad de un personaje más, sus  silencios obstinados y las misteriosas e indescifrables fluctuaciones de la realidad que se producen entre sus muros umbríos despertarán una inevitable sensación de inquietud y desasosiego en el lector, posiblemente la esencia misma de lo que es una narración de terror como tal. En todo momento nos encontramos con el dilema de la objetividad: ¿están teniendo lugar realmente los hechos paranormales que se nos relatan, o tan solo son producto de la psique de los personajes, perturbados por la atmósfera malsana y por sus propios remordimientos? Es ahí donde Shirley Jackson, con gran maestría, involucra irremisiblemente al lector entre las agobiantes líneas de su narración. Valiéndose de un estilo más bien frío y siempre comedido, la autora logra adaptar las directrices básicas del relato gótico clásico a la atmósfera de su época, con las preocupaciones y dilemas sociales de sus contemporáneos, dando forma a la que muy posiblemente se la novela de terror clásico por antonomasia.

Como la mayoría de los autores del género, la biografía de Shirley Jackson resulta un tanto pintoresca. Nacida en San Francisco en 1916, publicó su primera novela, The Road Through the Wall, en 1948. A estas seguirían Hangsaman (1951), The Bird’s Nest (1954), The Sundial (1958) y, por supuesto, la que nos ocupa: The Haunting of Hill House (1959). Habría tiempo para una más: We Have Always Lived in the Castle (1961). Asimismo, también publicó en vida multitud de relatos, entre ellos una de las piezas más exquisitas y soberbias de la literatura breve de terror: «La lotería», un ejemplo más de la economía de medios y de la precisión narrativa de esta singular autora. Los años finales de su vida suscitan cierta polémica ya que su marido, en cierta ocasión, declaró públicamente que la señora Jackson practicaba la brujería y el satanismo, que poseía un tablero Ouija y cartas del Tarot y que solía entregarse al frenesí de una serie de rituales oscuros. La autora siempre lo negó, pero tras su muerte en 1965 —de un ataque al corazón— su hijo Laurence Hyman confirmó buena parte de estos rumores.

Shirley Jackson (1916-1965)

Más allá del anecdotario, cabe destacar la importancia capital de Shirley Jackson en el marco de la narrativa de terror de mediados del siglo XX; una sombra alargada bajo la cual se cobijarían muchos de los exitosos autores que vieron florecer sus carreras algunas décadas después —Neil Gaiman, Stephen King, Clive Barker, Ramsey Campbell, Donna Tartt, Thomas Ligotti y un largo etcétera—.

Yo, personalmente, no dejo pasar un año sin releer esta maravilla llamada La maldición de Hill House y que hoy me apetecía compartir contigo. 256 páginas de verdadero terror —del auténtico, del que te estremece y emociona sin baños de sangre ni motosierras chirriantes— y de un estilo intachable, en el cual la sutileza sirve como vehículo a la oscuridad.

4 comentarios en “La sombra alargada de Hill House

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